Capítulo 2.
Contrario a lo que pensó, Jamie durmió bien. Bostezó e intentó ponerse de pie, sin embargo, un bulto encima de él se lo impidió. Era una gata que dormía encima suyo como si nada más importase en el mundo.
Al seguir moviéndose, el animal se tiró al suelo y salió por la puerta que estaba entreabierta. Poniendo más atención a eso, se preguntó: «¿acaso Yang no había cerrado la puerta ayer?» Y supuso que lo fue a revisar durante la noche para cerciorarse de que sus heridas no hubiesen empeorado.
Bajó lentamente las escaleras luego de no detectar signos de vida en la segunda planta.
Escuchó el sonido de las personas pululando alrededor hablando en voz alta y los platos chocándose unos con otros. El restaurante estaba abierto desde muy temprano, sin embargo, no había sido capaz de oírlo porque había estado demasiado cansado como para despegar ojo.
Jamie se quedó de pie a mitad de las escaleras observando a los gemelos que llevaban ágilmente las tareas del restaurante. Ahora que era de día el niño pudo ver mejor cada detalle. Las mesas redondas eran lindas, pero se les notaba un poco el deterioro de los años, así como también pudo ver los adornos de la pared que consistían en cuadros viejos con pinturas de alguien que para su gusto no tenía mucho talento y también vio los percheros que estaban sosteniendo algunos de los abrigos de los clientes. Tuvo el tiempo suficiente para ver a Yun y Yang moverse de forma experta entre la cocina y la zona de comensales. El letrero que estaba sobre el marco de la puerta de la entrada decía en grande: "Shinryuken Restaurant".
Entre todo el ajetreo, fue Yun quien vio primero a Jamie, todavía con su cara modorra y los cabellos revueltos.
—Oh, ¡niño!, ¡por fin despiertas! —exclamó el hermano mayor mientras estaba atendiendo las órdenes de una mesa.
—Hola… —saludó de vuelta con voz débil.
—¡Jamie! Buenos días —habló Yang desde el fondo de la cocina—. ¿Cómo te encuentras? Siéntate a desayunar, en seguida te preparo algo.
Jamie se sentó en una de las mesas del fondo sin rechistar. Todavía no se sentía muy confiado como para sentarse en la entrada o al centro del lugar.
Yun que no sabía qué decir con exactitud al verse totalmente responsable de cuidar el pequeño junto a su hermano, apenas pasó cerca para dejarle el plato con arroz y pollo agridulce. Se quedó quieto un instante pensando en las palabras correctas.
—La verdad pensé que al despertar ya no te vería aquí —dijo.
—No puedo irme sin antes asegurarme de que cumplan su promesa.
—¿Qué promesa? —Entornó sus ojos rasgados.
—¡Mis cosas! ¡Me ayudarían a recuperar mis cosas!
—Oh, eso. —Frunció el entrecejo—. ¡Yang!, ¿oíste eso?
—Sí, claro —respondió el mencionado fritando algo en la sartén y con unas tenazas en la otra mano—. Lo ayudaremos.
—¡¿Con toda esta clientela?! No quiero cerrar el restaurante de nuevo.
—Ay, es verdad… Entonces, ¿por qué no van ustedes?
—¡¿Nosotros?!
Jamie se quedó atento a los hermanos que se hablaban desde un extremo a otro extremo del local casi a puros gritos.
—Sí, yo me encargo ahora del negocio.
—¡Pero…!
—¡Soy más rápido que tú! Además, estoy seguro de que los tipos esos de anoche cederán más fácil cuando te vean a ti.
—¡Es igual!
—También tenemos que ir a comprar varias cosas para Jamie en caso de que no devuelvan sus pertenencias.
Eso ultimo recalcó en la consciencia de Yun, quien simplemente se había esforzado mucho durante los últimos meses en trabajar duro y conseguir dinero. Lo que menos quería era incrementar los gastos del hogar.
—Está bien —cedió luego de resoplar. Se volvió hacia Jamie y dijo—: Nos iremos cuando hayas terminado de comer.
Pero Jamie no dijo nada. Tomó los palillos y se dispuso a terminarse el desayuno rápidamente para acabar con sus problemas de una vez.
Antes de irse, Yun volvió a dirigirle la palabra juguetonamente. "Tienes las marcas de las cobijas en las mejillas", soltó de golpe y Jamie se talló con el torso de la mano para disipar un poco aquella evidencia de su profundo sueño. Por supuesto, Yun solamente estaba molestándolo.
El mayor de los hermanos se dirigió a la segunda planta para cambiarse de ropa. Cuando volvió a bajar al cabo de unos treinta minutos, Jamie ya le esperaba de pie junto a la puerta, en donde también estaba Yang aprovechando un momento de clientela baja.
—Procuren terminar rápido, tampoco es que pueda ocuparme del restaurante yo solo por demasiado tiempo. —Yang hablaba viendo a su hermano mientras volvía a poner curitas sobre las heridas del rostro de Jamie.
—Ya que no vas a ir me tardaré lo que yo quiera —dijo con cara seria.
Yang se encogió de hombros con media sonrisa.
—Buena suerte, Jamie.
El niño hizo una reverencia en agradecimiento y se encaminó junto al joven hombre en busca de los bravucones que le despojaron de sus cosas.
Durante los primeros minutos de trayecto no hubo otra cosa más que silencio, pero aunque tenía su fuerte carácter, Jamie también era un niño muy curioso y comenzó a interrogar a Yun de todas las formas posibles. Que si el restaurante era de ellos, que si conocían métodos de curación, que si eran buenos peleando, que si usaban alguna técnica de pelea en especial y un largo etcétera.
—Mira, niño, estamos aquí para buscar tus cosas, las cuales no habrías perdido en primer lugar si no te hubieses escapado de tu casa, ¿ok? Basta de preguntas.
Yun siguió caminando con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera. La gorra le cubría la frente y la mitad de los ojos. Jamie le seguía desde atrás al mismo ritmo.
—Y… ¿sabes en dónde encontrar a esos ladrones?
—Tengo una idea.
—¿Cómo sabes?
—Gente como esa se halla solamente en los callejones de los barrios bajos de Hong Kong. Aunque esta ciudad sea enorme creo conocer los mejores sitios de reunión.
—Bueno. Pero… ¿cómo sabes? —volvió a preguntar. Si bien no se sentía totalmente desconfiado a causa de que Yang le había caído bien, todavía tenía un ligero recelo hacia Yun.
—Basta de preguntar cosas sin sentido, niño.
Y siguieron caminando, visitando cada uno de los callejones en donde creían encontrar a cualquiera de los sujetos que vieron la vez anterior. Sin embargo, algo debían estar haciendo además de perder el tiempo porque a ninguno se le veía a la redonda. Estaban a punto de rendirse. Para Jamie casi todos los callejones eran iguales; eran oscuros, sucios, estrechos y con un aspecto fantasmal. Las tuberías goteando pegadas a las paredes provocaban un olor combinado entre humedad y suciedad que comenzó a provocarle nauseas. Siguieron buscando por todos lados, pero no encontraron a nada y a nadie por un buen rato. Tampoco es que hubiesen estado buscando por un largo tiempo, pero ambos comenzaron a cansarse de merodear sin rumbo y aparentemente sin propósito alguno.
"Vámonos" dijo Yun acomidiéndose a la idea de tener que ir a comprar las cosas que le pidió Yang para el niño. Sin embargo, Jamie dijo: "No, estoy seguro de que podemos encontrarlos". Yun suspiró todavía resignado. "Ya habrán vendido las cosas que traías en tu dichosa mochila".
—¡Claro que no! El gran Jamie Siu no puede rendirse así de fácil —exclamó y tomó del brazo a Yun, jalándolo hacia una dirección que no habían probado todavía.
«¿El gran Jamie Siu?» se repitió el mayor en su mente no pudiéndose creer que aquel chiquillo fuese tan presumido de una fuerza que no poseía.
—No seas terco… —Torció el labio.
—¡Por favor vamos, Yun!
El muchacho abrió mucho los ojos ante la mención de su nombre. Sabía que su hermano se lo había dicho y que el niño a su vez los había escuchado, sin embargo, no esperaba que le tomara confianza.
Y al ver al niño con esa cara de perrito pidiendo por comida no pudo decirle que no, porque, aunque Jamie no era tan tierno tampoco era un chamaco tosco y terminó cediendo a su petición. «Vamos por esa estúpida mochila», pensó Yun y se encaminó en compañía del otro.
Bien se dice que el que busca encuentra. Pues bien, Yun y Jamie se toparon con varios de los tipejos de la última vez. Estaban molestando a otro sujeto que terminó por huir cuando Yun sirvió de distracción para los grandulones.
—¡Ah, son ellos, son ellos! —exclamó Jamie apuntando hacia los ladrones a la vez que palpaba rápidamente el brazo de Yun—. Yun, ¡son ellos!
—Sí, ya me di cuenta —dijo con tono de molestia. Se metió de lleno al callejón y se plantó enfrente de los otros—. Devuélvanle al niño lo que se llevaron y dejaré pasar esta conducta.
—¡¿Qué?! ¿Vienes a decir qué hacer? —exclamó un sujeto tosco.
Estaban a punto de rendirse, nadie era capaz de hacerle frente a los dragones gemelos. Sin embargo, el grupo de gamberros contaba con mucha más compañía que la última vez en que se toparon y ello les hizo sentir confianza. Uno de los monstruos que estaba escoltando a los más pequeños se puso frente a frente con el joven Lee y le tentó el pecho con el dedo índice.
—¿Qué vas a hacer si no queremos? Además, ¿de dónde demonios salió ese mocoso? Lee, sabes perfectamente que esta ciudad no acepta más forasteros.
—¿Forasteros? —Yun bufó—. ¿De qué demonios hablan? Este niño no viene de muy lejos. Ya lo han escuchado hablar, ¿no? Tenemos el mismo acento. No se armen cuentos y simplemente devuélvanle sus cosas, ya tiene demasiados problemas el pobre.
—No, en realidad solo ellos son mi problema —interrumpió el menor.
—Niño, no te metas —pidió Yun.
—¡Pues da igual! —exclamó otro de los matones—. Ese niño pobretón no llevaba consigo la gran cosa. Los cuantos yuanes que tenía ya tuvo que habérselos gastado alguien. —Burlonamente se volteó hacia sus hombres—. Muchachos, ¿quién fue? ¡Devuélvanles a estos pobres ratoncillos sueltos su gran fortuna!
Todos soltaron risotadas mofándose del chiquillo que yacía detrás de Yun Lee con la cara roja por la ira contenida.
—Oh, ¿nos estamos burlando? —respondió Yun—. Ok… Déjame ver. Ah, ¿no son ustedes quienes andan por ahí diciendo que son los forasteros quienes arruinan nuestra hermosa ciudad? No nos pongamos quisquillosos, hombre. ¡Mira que no he visto a nadie que haga más daño que todos ustedes! Pensé que tarde o temprano tendría que hacer algo al respecto… —Sonrió de lado—. Esto de recibir quejas de todos lados en el restaurante ya me tiene cansado. Hay que zanjar el asunto de una vez.
—¡¿De qué carajos estás hablando, renacuajo?! ¡Esta ciudad no es tuya! Podemos andar por donde nos pegue la gana. ¿Acaso te crees el rey de las calles?
—"El rey de las calles". Me gusta…
Los sujetos comenzaron a impacientarse con la personalidad tan sarcástica del muchacho.
Entre el movimiento de los cuerpos que amenazaban con agredirle, Jamie pudo divisar su mochila con sus cosas colgando del brazo de uno de los bravucones. Fue muy imprudente al pensar que la mejor idea para recuperarla era saltar de lleno hacia la estampida de sujetos peligrosos e intentar recuperarla por la fuerza, porque lo único que obtuvo de ello fue un puñetazo bien dado en seco sobre su mejilla. Jamie terminó en el suelo aturdido por el golpe. Para cuando volvió a ponerse de pie, una patada le impactó de lleno en uno de los hombros obligándolo a volver a recostarse en el piso; el dolor fue tan agudo que le costó no sentir dolor en otras áreas que ni siquiera se habían visto afectadas.
De repente el ataque de uno contra uno con palabrerías se transformó en una cobarde pelea de uno contra quien-sabe-cuantos. Si bien al principio eran al menos unos nueve hombres, poco a poco comenzaron a llegar más aliados que al final fue difícil de contar.
La adrenalina llamaba a Jamie y la misma fue la que le dio la fuerza para ponerse de pie. Estaba a punto de ser golpeado otra vez, pero rápidamente dejó fluir un golpe veloz como serpiente pero potente como tigre, logrando magullarle —o quizás romperle— la nariz a alguien que no pudo ver bien porque para entonces tenía la vista borrosa, causa del revoltijo de emociones y golpes recibidos. Ya ni siquiera estaba viendo quien recibía los golpes o quien los lanzaba. Comenzó a defenderse ciegamente de cualquiera que intent ase hacerle más daño.
Entre todo el ajetreo Yun no tuvo más opción que saltar a la defensa del jovenzuelo. Con movimientos expertos y un estilo totalmente limpio soltó golpes certeros que inmovilizaron a los agresores salvajes. Jamie, detrás de Yun, se defendió a su manera y siempre con la vista clavada en su mochila.
Los demás no se rindieron y cuando vieron que Yun estaba a punto de soltar otro golpe, se fueron en un punado contra él. Pero era Yun Lee a quien enfrentaban. No tuvieron oportunidad, pues el muchacho repartió golpes precisos en blancos precisos, haciendo que todo aquel que se atreviese a tan siquiera mirarle terminara en el suelo con un dolor irreparable y quizás algo roto.
Ni siquiera fue necesario para Jamie seguir peleando, estaba claro que el mayor se encargaría rápidamente del trabajo sucio. Aprovechando que aquel que tenía sus pertenencias estaba ya en el suelo con una terrible expresión de dolor, se aproximó y le arrebató la mochila con rapidez, luego volvió a un lado de Yun y se plantó justo detrás de él. La escena era algo cómica, pues si bien el niño era bueno peleando, lo cierto era que tampoco era lo suficientemente habilidoso como para enfrentarse en una pelea en donde debía enfrentar a más de dos o tres. Por eso, se quedó boquiabierto cuando vio a Yun, que en ese momento lucía mucho más alto, más fuerte, más imponente.
—¡Mierda! —se quejó el sujeto que comenzó a provocarlos.
—¡Qué poco hombres son! —exclamó Yun con los nudillos de los puños mallugados—. ¡Se lanzan hacia un niño entre todos! Pues claro, ¡no pueden ganar contra alguien de su calaña!
—¡Eres un desgraciado, Lee!
—Agradezcan que no los hare añicos justo ahora, no tengo más tiempo que perder aquí. —Se giró hacia Jamie—. Niño, ¿tienes tus cosas?
A modo de contestación, Jamie asintió con la mochila abrazada contra su pecho.
Antes de irse, Yun remató dándoles otra advertencia del tipo: "Si me vuelvo a enterar de que andan causando alborotos por las calles, se las verán conmigo". Luego ambos se retiraron. Jamie sin poder creer lo que acababa de ver, vio hacia atrás para volver a contemplar el mismo escenario: los bravucones que lo golpearon y asaltaron yaciendo en el suelo con heridas graves. Y desde ese momento su respeto por Yun Lee creció considerablemente.
Cuando caminaron hacia las afueras mezclándose otra vez entre el gentío eran varios los que los miraban con espanto puesto que tenían salpicaduras leves de sangre por la ropa, la cara y los puños. Yun, todavía enojado por lo de antes, tomó a Jamie del hombro y lo obligó a detenerse a las afueras de un local que vendía artesanías. Había una banca y ahí fue donde se sentó. El mayor le tomó la cara y el pequeño no pudo evitar soltar un gemido de dolor ante el tacto brusco, pues tenía de nuevo raspones en la cara y los curitas que traía puestas ya se habían aflojado otra vez.
—Maldita sea. No tenía por qué haber pasado esto… —murmuró mientras limpiaba el rostro del chiquillo con la tela de sus mangas.
—¡Fue sensacional!
—¡¿Sensacional?! ¡Si yo no hubiera estado ahí te hubieran hecho puré!
—¿Cómo aprendiste a pelear así?
—No hables y cierra los ojos. —Sacó un paño de entre sus bolsillos y siguió limpiando los restos de sangre, tierra y sudor—. Ahora me pregunto, ¿de verdad piensas asistir a un torneo de combate con este nivel de fuerza?
—¡Tengo habilidad!
—No lo creo. —Tomó una de las vendas que Jamie ya traía puestas y las cambió de sitio para favorecerle a los nuevos rasguños.
—Y… ¿qué estilo es?
—¿Eh?
—¡Peleaste sensacional! Todos cayeron con un solo golpe tuyo… De verdad, ¿cómo eres tan fuerte?
Los ojos de Jamie casi disparaban brillos como si se tratase de fuegos artificiales. Se le veía fascinado, todavía dejándose curar las heridas mientras seguía abrazado a su mochila y sentado en la banca.
—Bajiquan —dijo Yun de repente.
—¿Cómo?
—Ese es mi estilo. En parte.
—Enséñame —pidió de inmediato.
—No.
—¡Por favor!
—¿No ves lo que acaban de hacerte? ¡Y todo fue porque te lanzaste sin pensarlo! Eres muy problemático, niño. No quiero ser responsable de lo que pueda pasarte si te enseño alguna técnica que no deberías aprender.
—¿Yang sabe pelear también?, ¡quizá él sí quiera enseñarme!
—No lo hará y ni se te ocurra molestarlo.
Pero Jamie ya no dijo nada, se había dado cuenta de que Yun estaba ocasionalmente de muy mal humor. Y más allá de seguirse molestando por su necedad, siguió mirándolo con asombro y con un enorme deseo por volverse su pupilo. Estaba tan ido en sus pensamientos que cuando presionó más la mochila contra su cuerpo sintió el vacío de ésta. Yun de inmediato se dio cuenta de que la expresión del menor cambió y automáticamente su ceño se frunció también.
—Ay. Yun…
—¿Qué pasa? —gruñó.
—Mis… Mis cosas…
—¿Qué hay con eso? —dijo y tomó la mochila del niño para terminar de abrirla y darse cuenta de que estaba vacía. El tan solo ver el fondo sin absolutamente nada en ella hizo que el corazón le diera un vuelco—. ¿Qué demonios?, ¿en verdad todo fue para nada? —Apretó puños y dientes con rabia—. ¡Agh, esos malditos! Debería volver y terminar de hacerlos picadillo.
—Lo siento…
—¡Pff! Olvídalo. Supongo que no entendieron que al decir que queríamos la mochila queríamos en realidad lo que había adentro de ella. ¡Pero qué cabezas huecas!
—Entonces, ¿qué haremos?
—Volvamos al restaurante. Hay que volver a curarte las heridas. Pero antes de eso voy a pasar a comprarte unas cosas para que puedas quedarte más tiempo. ¿Qué era lo que llevabas en la mochila?
—Dinero. Y mi invitación al torneo. Ah, también mi celular.
—Bueno, supongo que puedes usar el teléfono de la casa para llamar a tu familia y decirles que estás aquí. Voy a comprarte un cepillo de dientes y también te conseguiré algo de ropa, mira qué sucio andas.
—¿Eso quiere decir que me aceptas en tu casa?
—¿Qué? Yang fue el de la idea, niño. Todo esto es culpa de mi torpe hermano. Y no te me pegues tanto.
—¡Gracias, Yun! De verdad trataré de dar lo mejor de mí para que me aceptes como tu discípulo.
—¿Discípulo?, ¡no acepto discípulos! Anda, camina. Luego veremos qué hacer con el resto de problemas que sigan lloviendo sobre mí.
Aunque Jamie se había mostrado desconfiado y rebelde con él, tuvo que pasar muy poco para que sus sentimientos cambiaran hacia aquel joven hombre y pronto comenzó a verlo como una figura de autoridad; como alguien respetable y confiable. Comenzó a verlo como un hermano mayor, justo como había hecho con Yang la noche anterior, aunque no había querido admitírselo a sí mismo. Y a pesar de los inconvenientes que surgieron, Jamie siguió caminando detrás de él con una sonrisa bien dibujada.
Jamie, quien se había comportado reacio hacia Yun ahora se sentía finalmente tranquilo como si caminara a un lado de un muy buen amigo, aunque el mayor no pensara otra cosa distinta de haberse ganado un dolor de cabeza.
Pese a todos los alborotos que se armaron en vano, el muchacho accedió a salir de compras con el chiquillo para provisionarle. No se sentía obligado a hacer todo aquellos en el sentido estricto de la palabra, pero tampoco deseaba enviarlo a las calles como si nada. De cualquier forma el pequeño Jamie Siu no tenía la más mínima intención de volver a su casa con su abuela o de abandonar el torneo de artes marciales o de separarse permanentemente de los gemelos hasta que le hubiesen enseñado algo de verdadero kung-fu.
Cada que Yun pasaba y tomaba algo para echárselo al canasto de las compras no podía hacer más que pensar: «Y allá va mi dinero…»
Se hizo de un cepillo de dientes primeramente porque Yang le había dicho que le hacía falta uno. También compró algo de ropa de la medida del niño puesto que la suya y la de su hermano podía ser demasiado holgada como para pensar en prestársela incluso aunque fuera para dormir solamente. Y no consiguió nada más en realidad. ¿Dinero?, podía darle algo de dinero de vez en cuando siempre que se portara bien. Ya había quedado en que podía comunicarse libremente usando el teléfono de la casa y también le acondicionarían mejor un sitio para que pudiese vivir junto a ellos mientras finalizaba el dicho torneo.
Jamie cargó la mochila con los nuevos artículos para el hogar. Iba muy contento, esperanzado en pedirle a los hermanos que lo aceptasen como su discípulo más allá de solamente como un invitado temporal.
Yang azotó la gorra de Yun contra la mesa cuando se la arrancó de pura irritación. No solamente estaba preocupado; estaba molesto.
Tanto Yun como Jamie llegaron justo a una hora tranquila, pues no había nadie en el restaurante y tampoco se veía a nadie por los alrededores de las calles más cercanas. Después de que ambos salieran sin un celular u otra forma de contacto, era lógico que el hermano menor estuviera molesto con los descuidos de su gemelo al tardar tanto vagando por ahí. Su intranquilidad no mejoró al verlos porque al mirarles la cara con gotas de sangre y tierra mezclada solo consiguió preocuparse más. De repente los deseos de Yang por darle la bienvenida a su hermano y a Jamie se transformaron en deseos de soltar un reclamo.
—¡¿Se puede saber qué estuvieron haciendo?!
—¡Hey, calma! Ya te dije que ellos atacaron primero… Estaba intentando entablar una conversación tranquilamente y esos rufianes no dudaron en golpear al chamaco.
—¿Crees que voy a creer eso? —cuestionó entornando los ojos, recargándose con una mano sobre la mesa y posando la otra sobre su cintura.
Yun torció los labios. No era muy común ver a su hermano tan enojado, aunque tampoco era algo imposible, pues a veces lograba sacarlo de sus casillas con mucha facilidad.
La discusión de hermanos se volvió una batalla de miradas por un largo rato hasta que el mayor puso los ojos en blanco, hizo una mueca extraña y sonrió de lado.
—¡Tú ganas! La verdad es que fue este niño quien se lanzó primero sin pensar en las consecuencias —dijo posando su mano sobre la cabeza del menor.
—¡Fue para recuperar mis cosas! —exclamó Jamie a la defensiva.
—Las cuales no encontramos, por cierto.
—¿Quieres decir que esos tipos al final se llevaron todo? —preguntó Yang—. ¡Qué desgraciados!
—¡Ya les daré su merecido en otra ocasión! Créeme, esto hubiera seguido si no fuera porque ahora ando de niñero. —Tomó su gorra y se la puso.
Sin nada más que añadir, Yang fue de nuevo hacia Jamie y lo obligó a sentarse para limpiarle la cara y volver a cubrirle las heridas y aquellas nuevas raspaduras y moretones que se había ganado recién. Yun se quedó descansando en un sofá cercano dándoles la espalda.
Yang solía confiar mucho en la fuerza de su hermano que era tan similar a la suya propia. Sin embargo, sabía que el pequeño Jamie no estaría acostumbrado a los tratos duros de las calles de Hong Kong y que ello podía haberle costado muy caro. El solo pensar en que dicha situación hubiese acabado en algo peor le ponía la piel de gallina. Viéndolos bien se dio cuenta de que el único que llevaba consigo nuevas heridas era Jamie mientras que Yun solamente llevaba encima sangre que no era la suya.
—¿Sabes? Por un segundo pensé en salir y pedirles a Hoimei y Shaomei que cuidaran el restaurante mientras yo salía para buscarlos a los dos —habló Yang mientras limpiaba las mejillas de Jamie con una toallita húmeda.
—¡Exageras! —exclamó Yun sin voltear a verle—. Si ibas a estar así de preocupado, ¡entonces deberías haber ido tu a enfrentar a esos bravucones! Aunque no creo que el resultado hubiera sido otro. Ellos ya iban con todas las ganas de pelear… Se confiaron porque solo vieron a uno de nosotros, Yang.
—Espero que no busquen venganza.
—Nope. Ya vieron que uno solo de nosotros puede con ellos, sin importar cuántos monos salvajes traigan consigo.
—¡Habías prometido que no pelearías! —exclamó—. ¿Qué pasó con eso del pacificador de Hong Kong?
—¡Ya te dije que yo no quería hacerlo!
Ninguno siguió la discusión porque sabían que no llegarían a un acuerdo. Así eran ellos: parecidos pero no iguales. El ambiente se vio tenso, sin embargo, Jamie se atrevió a exteriorizar sus pensamientos.
—Yang, ¿puedes enseñarme a luchar? —pidió con las mejillas sonrojándose.
—Aquí vamos de nuevo… —balbuceó Yun.
—¿Luchar?, ¿yo?
—¡Sí! Vi la forma en que Yun luchaba y es… es… ¡espectacular! Mi kung-fu es fuerte, pero sin duda no se le compara al Bajiquan. ¡Y dice que no quiere enseñarme! Pero tú sí, ¿verdad, hermano Yang?
Yang debía admitirlo: ese apodo hizo que su corazón se sintiera conmovido.
—No estoy seguro.
—¡Por favor! Sigo pensando que no es coincidencia que los conociera a ambos cuando apenas llegué a la ciudad. Quizá mis desgracias eran solo el inicio de una nueva era. ¡El destino quiere que ustedes sean mis maestros! Por favor, enséñeme… ¡Necesito ganar el torneo!
—Jamie, ese torneo no es el fin del mundo.
—¡Puede que para ustedes no lo sea, pero para mí significa todo!
—Anda, Jamie. Baja la voz —dijo riéndose. Le asombraba la energía del niño.
—Es que… ¡por favor!
Con ambas de sus manos Jamie tomó la mano derecha de Yang.
—Niño…, ¿oyes lo que estás diciendo? —habló Yun desde el sofá en donde estaba reposando con la gorra cubriéndole la cara—. El torneo es dentro de poco. Nada de lo que pudiéramos enseñarte podrías aprenderlo en ese lapso. Es una locura.
—¿Cómo puedes saberlo si no lo intentas? —exclamó Jamie.
—¡Lo primero que hay que hacer es mejorar tu disciplina!
Como era costumbre, Yun y Jamie comenzaron a discutir como dos niños pequeños sobre las razones por las que deberían o no deberían enseñarse aquellas técnicas del kung-fu. Yun convenía en que no podía enseñarle artes marciales a alguien que solamente quería patear traseros por diversión y por querer sentirse el rey, no solo de las calles, sino del mundo. Yang reía para sus adentros cuando escuchaba que iban subiendo la voz de poco en poco hasta que los dos casi terminaron con la garganta seca.
—Por cierto —habló Yang—, escuché a uno de los clientes hablar sobre el dichoso torneo. Al parecer en la sede dijeron que es posible que se retrase unos días porque uno de los participantes viene de afuera del país. —Se encogió de hombros y sonrió al ver que logró captar la atención de Jamie y su hermano—. Puede que sí haya una oportunidad, ¿no crees, Yun?
Jamie sonrió abiertamente y abrazó a Yang. El mayor, que no estaba acostumbrado a esa clase de tacto, le devolvió tímidamente tal muestra de afecto. Yun bufó sin poder creer que su hermano hubiese cedido tan fácil a las peticiones del menor.
El niño se separó de Yang y fue hacia donde estaba Yun todavía recostado para ofrecerle una reverencia y tomar su mano justo como había hecho antes con Yang.
—¡Voy a esforzarme, hermano Yun!
Sin poder evitarlo, Yun se ruborizó y meneó la cabeza sin decir palabra, solo dedicándole una mirada fría como advirtiéndole: "No causes más problemas".
Sin embargo, Jamie ya se sentía lo suficientemente contento como para sentirse intimidado por Yun, quien, por más fuerte que pudiera ser, escondía un buen corazón.
Alguien entró, la campanilla de la puerta se hizo sonar, a lo que los hermanos tuvieron que volver a sus puestos de trabajo para seguir atendiendo adecuadamente el restaurante. Aprovechando que ambos estaban ocupados con sus labores, Jamie tomó el teléfono y llamó a su abuela para hacerle saber que se encontraba acogido por dos buenas personas que le ayudarían a pulir su indiscutible talento. "¡Me tenías terriblemente preocupada, Jamie Siu!" exclamó la mujer dejándolo casi afónico a través de la línea. "Lo siento, abuelita. Pasaron unas cuantas cosas de las cuales no tuve control, pero me encuentro a salvo y también te aseguro que me esforzaré para volverme más fuerte". La mujer era lo suficientemente mayor y sabia como para saber que su querido nieto estaba a punto de experimentar una vivencia que le amargaría unos cuantos días de su juventud. No era que no le tuviera fe, sin embargo, sabía que todo luchador tenía que pasar por una experiencia en la que solo obtendría una derrota y una reflexión al respecto como recompensa. Sabía que Jamie nunca había tenido la dicha de perder en un combate uno a uno con alguien de su edad o incluso con alguien un poco mayor y que la derrota debería llegar tarde o temprano. "Cuídate, mi niño", dijo con una sonrisa que por supuesto él no pudo ver antes de colgar.
Los hermanos estaban demasiado ocupados atendiendo el restaurante. Tanto que no desviaban sus atenciones hacia otra cosa. Por todo ese día entero se dedicaron al trabajo arduo y a descansar arduamente una vez finalizada la jornada. Para su fortuna, se aproximó su día libre, por lo que podrían prestar atención a su nuevo pequeño amigo, pues Jamie había estado muy aburrido merodeando por la casa y por las esquinas del restaurante cuando no estaba perdiendo el tiempo viendo la televisión o leyendo las revistas de Yun.
Un nuevo día empezó. El cielo estaba despejado y el clima era cálido. Daba la sensación de que todo mundo había desaparecido de la ciudad, pues el silencio que transmitían las calles era en extremo inusual, sobre todo tratándose de la bulliciosa Hong Kong.
Esa mañana Jamie estaba sentado frente al televisor mientras sostenía una gran bolsa de potato chips que comía son ímpetu. Se giró cuando oyó que alguien se aproximaba. Era Yun que entró con confianza a la sala y se sentó a la orilla del sofá descansando su brazo en el respaldo. Llevaba el pelo suelo, shorts, sandalias y una camiseta blanca; recién había acabado de bañarse.
Ambos se quedaron viendo entre sí hasta que Yun decidió hablar.
—Niño, ¿quieres contarme sobre el torneo?
Jamie, que yacía en el suelo cruzado de piernas, se torció para poder verlo mejor. Soltó rápidamente la bolsa de papitas y se posó a la otra orilla del sofá.
—¡Yun!, ¿comenzaremos a entrenar? —Se acercó al mayor muy hiperactivo—. ¡Por favor!
—Primero me gustaría oír sobre el torneo. Y también sobre ti. ¿No te parece extraño de mi parte aceptar un discípulo sin antes saber nada de tus orígenes?
Asintió y pensó que había sido muy injusto de su parte no haberse presentado de nuevo al solicitar volverse un aprendiz. Debía comenzar de nuevo.
—¿Qué te gustaría saber, hermano Yun?
El mayor ignoró el apodo que más tarde corregiría.
—¿Por qué quieres volverte fuerte?
