El atardecer caía sobre la Academia Kuoh, tiñendo los ventanales del viejo edificio del club ocultista con tonos rojizos. Todo parecía en calma, hasta que una grieta interdimensional se abrió en medio del pasillo.

—¡¿Otra vez tú?! —exclamó Rias Gremory, con una ceja arqueada.

De la grieta emergió Azazel, con su característica sonrisa de tío cool... solo que hoy venía vestido con una capa negra, un casco brillante que imitaba a cierto lord Sith, y una bolsa de galletitas Chips Ahoy en la mano.

—Tranquilos, tranquilos, no vengo a pelear —dijo, mientras se quitaba el casco revelando sus gafas de sol—. Vengo a... hacer una oferta.

—¿Una oferta? —preguntó Sona Sitri, ajustándose las gafas con desconfianza.

—¡Así es! —respondió Azazel, con voz grave, imitando a Darth Vader—. Únanse al lado oscuro... el lado oscuro de Grigori.

Hubo un silencio incómodo.

—¿Qué parte de eso se supone que es tentadora? —dijo Kiba, cruzado de brazos.

Azazel levantó un dedo dramáticamente.

—No tenemos reglas aburridas... ni deberes. ¡Tenemos Rock! ¡Tenemos Metal! ¡Y... galletitas! —abrió la bolsa con una reverencia teatral— Muchas galletitas.

Issei se atragantó con su propia saliva.

—¿¡Muchas galletitas!? ¿Cuántas exactamente?

—¿Suficientes para llenar una bañera entera? —preguntó Saji, asomándose desde el fondo con ojos brillantes.

—¡Tres bañeras! Una de galletas de chispas, otra de Oreo, y una con esas que vienen rellenas de crema de cacahuate. —Azazel hablaba como un profeta del apocalipsis. O de la diabetes.

—¡Oh cielos! —exclamó Gasper desde una caja—. ¿Y tienen metal... del bueno?

Azazel sacó una guitarra eléctrica negra como el alma de un político corrupto, la conectó a un pequeño amplificador, y con un acorde atronador soltó un solo digno de Metallica, Slayer y Iron Maiden juntos.

—Esto... esto es hermoso —murmuró Xenovia, derramando una lágrima.

Pero Rias no estaba convencida.

—¿Y qué harían exactamente en Grigori? Además de comer galletas y dañar tímpanos.

—¡Ciencia, magia y headbanging a medianoche! —exclamó Azazel—. ¡Ah, y tenemos un pingüino mecánico que sirve café! Lo llamamos Café-Trón 9000.

Irina levantó la mano con curiosidad.

—¿Aceptan ángeles caídos en recuperación?

—Obvio. Nuestro lema es: "Si tienes alas, entra. Si no tienes, también. Solo no rompas la cafetera".

Issei se acercó, indeciso.

—¿Y... chicas?

Azazel chasqueó los dedos. Una pantalla holográfica apareció, mostrando un "Tour Virtual por el Área Recreativa de Grigori": una piscina infinita, una sala de videojuegos del tamaño de un Walmart, y una zona exclusiva llamada "Metal Heaven", donde una banda de súcubos tocaba versiones demoníacas de AC/DC.

—Grigori: donde los sueños húmedos y el heavy metal se dan la mano —dijo Azazel, con voz de tráiler de cine.

Issei ya estaba a punto de firmar, cuando Akeno le lanzó una descarga eléctrica de advertencia.

—Ara ara, no tan rápido, Issei-kun.

—¡P-pero... las galletitas!

—También puedo hornear —dijo Akeno, con una sonrisa peligrosa.

Azazel chasqueó la lengua.

—Chicos, piénsenlo. En Grigori pueden tener libertad, rock, dulces... ¡y un jefe que no te obliga a usar uniforme! —Se giró hacia Saji—. ¿Tú no estás harto de que

Sona te haga practicar ejercicios de matemática por diversión?

—...Sí —susurró Saji, con una lágrima contenida.

—¡Pues en Grigori los problemas se resuelven con música y café! —exclamó Azazel, lanzando una galleta como si fuera una pokébola.

El ambiente estaba tenso. Un solo paso más y varios chicos se rendirían al poder de las chispas de chocolate. Pero entonces, Sona tomó la palabra.

—¿Y qué hay del seguro dental?

Azazel parpadeó.

—¿Eh?

—Con todas esas galletas... los gastos odontológicos deben ser altísimos. ¿Ofrecen plan completo? ¿Cobertura ortodoncia? ¿Endodoncias?

El ángel caído sudó.

—Bueno, técnicamente solo cubrimos empastes básicos y—

—¡Ja! —exclamó Rias—. ¡Ahí lo tienes! En la Casa Gremory ofrecemos seguro dental premium, cobertura de colmillos y hasta limpieza gratuita con fluoruro bendito.

Issei se detuvo.

—¿En serio? ¿Gratis?

—Sí, y nuestras galletitas tienen stevia —añadió Akeno, con una sonrisa dulce.

Azazel suspiró.

—Maldita burocracia médica...

Justo cuando parecía que todo estaba perdido, Gasper levantó la voz.

—¿Y si... hacemos intercambios? ¿Un día a la semana en Grigori, con galletitas y metal, y los otros con Rias-sama?

Todos lo miraron.

—¿Un tratado de intercambio cultural... con cookies? —musitó Azazel.

—Diplomacia gastronómica —añadió Sona, pensativa.

Issei levantó el puño.

—¡A favor!

Todos gritaron al unísono, menos Rias y Sona, que se miraron con resignación... y algo de orgullo. Sus chicos al menos estaban usando el cerebro (aunque fuera por azúcar y guitarras).
Azazel sonrió.
—Así se hace. ¡Bienvenidos al Lado Semi-Oscuro de la Fuerza!