Ni Marvel ni High School DxD son de mi propiedad, pertenecen a sus respectivos autores. Yo hago esto sin ánimo de lucro, solo para pasar el rato. Este fic contiene/contendrá violencia, palabrotas y demás cosas. Leedlo bajo vuestra responsabilidad, que yo ya lo he puesto en categoría M.
—comentarios.
—pensamientos.
—*hablando por teléfono, comunicador, etc.*
—[Ddraig, Albion, etc.]
Capítulo 10:
INVESTIGACIÓN
La gran sala de reuniones de Grigori se encontraba sumida en una atmósfera solemne y profesional. Las paredes estaban reforzadas con múltiples capas de seguridad mágica y tecnológica, bloqueando cualquier intento de espionaje externo. Sobre la mesa ovalada de cristal oscuro flotaban varias pantallas holográficas, listas para proyectar la información pertinente.
Uno a uno, los líderes de la organización tomaban asiento, cada uno con su propia actitud reflejando su forma de ver la reunión. Azazel, el Gobernador General, se reclinó despreocupadamente en su asiento con una pluma girando entre sus dedos. A su lado, Shemhazai mantenía una postura recta, con su expresión habitual de calma y eficiencia.
Baraqiel llegó poco después, su imponente presencia precedida por una ligera descarga eléctrica en el aire. Aunque era un hombre de pocas palabras, su sola presencia imponía respeto. Kokabiel, en cambio, se dejó caer en su asiento con los brazos cruzados, su ceño fruncido dejando claro que consideraba esto una pérdida de tiempo.
Penemue, con su siempre organizada tableta en mano, revisaba los informes en completo silencio, mientras que Armaros y Sahariel analizaban datos en sus respectivos dispositivos. Tamiel, con su semblante neutral, llegó revisando documentos sobre la economía y las relaciones comerciales de la organización. Una vez todos estuvieron en su lugar, Azazel alzó la mirada con su característica mezcla de pereza e inteligencia afilada.
—Bien, ya estamos todos. Vamos a empezar antes de que Kokabiel decida largarse a hacer algo más «interesante» —comentó con una ligera sonrisa, sin molestarse en ocultar el tono burlón de sus palabras.
Kokabiel gruñó con desdén, pero no replicó. Sabía que era cierto. Shemhazai fue el primero en tomar la palabra, deslizando su mano por la pantalla holográfica que flotaba frente a él. Con un leve gesto, la información de la organización apareció ante todos.
—Antes de tocar asuntos más específicos, haré un resumen del estado general de Grigori. Nuestros proyectos de investigación han progresado sin contratiempos. Los experimentos con Sacred Gears avanzan dentro de los parámetros esperados, aunque aún enfrentamos ciertas dificultades en la replicación de habilidades.
Armaros asintió, interviniendo con voz mesurada.
—Los intentos por sintetizar una copia funcional de un Sacred Gear siguen sin dar los resultados deseados. A pesar de nuestros avances en antimagia y compatibilidad, todavía nos falta información clave sobre la estructura interna de estas reliquias.
Azazel tamborileó los dedos sobre la mesa, pensativo.
—Nada que no esperara. Si Dios y los humanos hubieran dejado más documentación en lugar de solo darnos problemas, ya habríamos avanzado más. Pero bueno, sigamos.
Shemhazai asintió y pasó a la siguiente diapositiva.
—El flujo de recursos y el sector comercial de Grigori siguen en estabilidad. Tamiel, ¿algo que añadir?
Tamiel repasó rápidamente un documento antes de hablar.
—Las alianzas económicas que mantenemos se han reforzado, y el acceso a materiales de alta tecnología sigue asegurado. Algunos grupos externos han mostrado interés en nuestros avances, pero hemos restringido la distribución para evitar filtraciones de información.
Azazel asintió levemente.
—Perfecto. No queremos que nuestros juguetes acaben en manos de idiotas.
Kokabiel, que hasta ahora solo había escuchado, se incorporó ligeramente en su asiento con una expresión de hastío.
—Todos estos informes burocráticos son irrelevantes. Lo único que importa es la seguridad de nuestra facción. No hemos detectado movimientos de los demonios ni de los ángeles en meses. Siguen aferrándose a su maldita tregua sin sentido.
Baraqiel, que hasta entonces se había mantenido en silencio, entrecerró los ojos.
—Eso no significa que podamos bajar la guardia.
Kokabiel soltó una risa seca.
—¿Bajar la guardia? Por favor, nadie tiene la capacidad de hacerle frente a Grigori. Y si lo intentaran, los aplastaríamos antes de que pudieran reaccionar.
Azazel dejó escapar un suspiro y le dirigió una mirada cansada.
—Siempre con el mismo discurso, Kokabiel. Me sorprende que no hayas intentado provocar una guerra aún.
Kokabiel no respondió, pero la tensión entre ambos se hizo evidente. Shemhazai, con un suspiro, cambió la pantalla nuevamente.
—Hablando de seguridad, hay un asunto que requiere nuestra atención.
En la mesa apareció la imagen de cuatro rostros conocidos. Raynare y sus tres subordinados. Baraqiel frunció el ceño.
—¿Qué sucede con ellos?
Penemue habló con su tono preciso y analítico.
—Hace más de dos semanas que no hemos recibido ninguna comunicación de este grupo.
Azazel dejó caer la pluma que giraba entre sus dedos y se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Raynare… —murmuró, observando su imagen con interés.
Baraqiel se cruzó de brazos.
—¿Y qué tan inusual es eso?
Shemhazai miró de reojo a Penemue antes de continuar.
—Inicialmente, no le dimos demasiada importancia. Pensamos que simplemente estaban ignorando los reportes. Raynare y su grupo siempre fueron más independientes y poco disciplinados. Sin embargo, esto ha durado más de lo habitual. Ni siquiera sus contactos dentro de Grigori han logrado localizarlos.
—Eso no es todo —añadió Penemue—. Han desaparecido sin dejar rastro.
Kokabiel resopló.
—Si murieron, fue por incompetencia. No deberíamos perder el tiempo en casos aislados.
Shemhazai lo miró con severidad.
—No estamos sugiriendo que debamos hacer un escándalo por esto, pero sí que investiguemos. Es nuestra responsabilidad entender qué ha sucedido.
Azazel se acarició la barbilla, pensativo.
—Lo cierto es que es extraño. Incluso los más irresponsables saben que no pueden simplemente desaparecer sin avisar.
Baraqiel miró a los demás con seriedad.
—No podemos asumir que murieron sin pruebas. Si algo les pasó, debemos saber qué fue.
Azazel, tras un momento de reflexión, sonrió levemente y se encogió de hombros.
—Bien, entonces hagámoslo. Que nuestros agentes en la zona empiecen a investigar. Quiero un informe completo sobre sus últimos movimientos.
El resto de los líderes asintieron.
—Nos aseguraremos de averiguar qué sucedió —concluyó Shemhazai.
Hablado aquel asunto, la reunión se extendió por casi una hora más, dejando todos los puntos clave de la organización de los ángeles caídos hablado y confirmado.
La sala de reuniones de Grigori quedó en silencio tras la partida de los demás líderes. La puerta se cerró suavemente con un siseo mecánico, dejando solo a Azazel y Shemhazai dentro. La luz tenue proyectaba sombras suaves en la larga mesa de conferencias, reflejando la sensación de calma que solo ocurre después de un debate tenso.
Azazel suspiró con pesadez y se recostó en su asiento, estirando los brazos tras su cabeza. Sus ojos dorados, siempre llenos de un brillo astuto, se clavaron en el techo mientras jugueteaba distraídamente con una pequeña esfera metálica que flotaba sobre su palma, un gadget de su propia invención. La giró con la punta de los dedos, dejándola levitar en cortas ráfagas de movimiento controlado.
—Bueno, eso fue agotador —comentó con una sonrisa ladeada—. Y eso que ni siquiera discutimos algo tan relevante como quién se encarga de la cafetera en la base.
Shemhazai, en contraste, permanecía recto en su asiento, revisando datos proyectados en una pantalla holográfica frente a él. Su expresión era la de siempre: seria, calculadora, metódica. Apenas desvió la mirada para responder.
—Para ser justos, no hemos tenido muchas reuniones tan… organizadas últimamente. —Deslizó un dedo por la interfaz, ampliando ciertos informes—. Aunque, si te soy sincero, todo esto me deja un mal presentimiento. No es solo la desaparición de Raynare y su grupo. Es el cúmulo de pequeñas cosas que se van apilando.
Azazel bajó la mirada a su subordinado y arqueó una ceja.
—¿Pequeñas cosas? Vamos, Shemhazai, no me vengas con misterios. Si tienes algo en mente, suéltalo.
Shemhazai dejó escapar un leve suspiro antes de voltear la pantalla para que Azazel pudiera verla. En ella se desplegaban varios reportes de actividad reciente en el mundo humano, con algunos marcados en rojo, indicando posibles anomalías.
—Observa esto —dijo, señalando uno de los informes—. Son patrones de movimiento entre agentes humanos con interés en Sacred Gears. Los hemos estado monitoreando, pero en las últimas semanas, algunos grupos que solían actuar con discreción han desaparecido o han cambiado sus rutas de operación. No sabemos por qué. Y ahora, Raynare y su equipo desaparecen sin dejar rastro. Es demasiada coincidencia para mi gusto.
Azazel chasqueó la lengua, dejando que la esfera metálica cayera en su palma antes de cerrarla en un puño.
—Podría ser paranoia. O tal vez alguien más está moviendo piezas en el tablero y aún no nos hemos dado cuenta —admitió, su tono perdiendo algo de la ligereza usual—. ¿Qué otras pistas tienes?
Shemhazai amplió la imagen en la pantalla, mostrando una serie de registros financieros.
—Fondos transferidos a cuentas desconocidas, algunos recursos desviados sin explicación. No es mucho, pero indica que alguien dentro de Grigori podría estar actuando de forma independiente. Si esto se conecta con la desaparición de Raynare y su equipo…
—O con Satanael y su puñetera Brigada del Caos —completó Azazel, frunciendo el ceño por primera vez en toda la conversación.
El silencio cayó entre ellos por un momento. Satanael, uno de los suyos, un antiguo camarada, había traicionado a Grigori años atrás para formar parte de un movimiento extremista. Era un tema espinoso, que aún causaba incomodidad entre los líderes.
—No quiero saltar a conclusiones —dijo Shemhazai tras una pausa—, pero no me sorprendería que él o alguien con su mentalidad estuviera detrás de esto. Si hay un nuevo actor en la ecuación, tendremos que movernos con cuidado.
Azazel se frotó la barbilla, pensativo.
—Bien, bien, me has convencido. Mantendremos un ojo en esto. No me gusta actuar sin pruebas, pero tampoco podemos ignorarlo. Avisa a nuestros informantes que intensifiquen la vigilancia. No quiero sorpresas desagradables.
Shemhazai asintió y guardó la información, apagando la pantalla.
—Como siempre, eres un desastre cuando se trata de formalidades, pero al menos sigues sabiendo cuándo tomarte algo en serio.
Azazel rió, volviendo a recostarse en su asiento.
—Por eso me tienes a ti, Shemhazai. Para recordarme que el mundo no es solo diversión y juguetes.
El vicegobernador general negó con la cabeza con una leve sonrisa, antes de levantarse de su asiento.
—En ese caso, iré a encargarme del seguimiento. —Se dirigió a la puerta, pero antes de salir, se giró una última vez—. Solo trata de no dormirte aquí dentro, Azazel. No sería una buena imagen para nuestro querido gobernador general.
Azazel sonrió sin moverse.
—¿Yo? Dormirme en el trabajo… Qué falta de confianza en mí, Shemhazai.
La puerta se cerró tras el segundo al mando, dejando a Azazel solo en la sala. Por unos instantes, se quedó en silencio, observando la esfera metálica en su mano. Sus pensamientos eran más serios de lo que dejaba ver.
—Si esto sigue así, tal vez tengamos que hacer algo que no queremos —murmuró para sí mismo, antes de ponerse de pie y salir de la sala por otra puerta lateral.
…..
El eco de las pisadas resonaba en el amplio pasillo de piedra mientras Baraqiel caminaba con aire pensativo. La reunión había terminado, pero su mente aún pesaba con los temas discutidos. A su lado, Kokabiel avanzaba con los brazos cruzados, su expresión pétrea y ceñuda, como si estuviera conteniendo palabras que tarde o temprano acabarían saliendo.
—Una reunión como cualquier otra —murmuró Kokabiel, rompiendo el silencio con su voz profunda y áspera—. Mucho hablar, mucho discutir… y al final, seguimos en la misma posición cobarde de siempre.
Baraqiel apenas giró el rostro, pero sus ojos brillaron con un destello de advertencia.
—¿Cobarde? —repitió con calma medida, aunque en su voz había una nota de severidad—. Reflexionar antes de actuar no es cobardía, Kokabiel. Es prudencia.
El Jefe de Operaciones dejó escapar un resoplido sarcástico.
—Prudencia… prudencia —repitió, como si saboreara la palabra con desdén—. Llevamos siglos siendo «prudentes», Baraqiel. Observamos, vigilamos, intentamos no hacer ruido… ¿y qué ha cambiado? Seguimos atrapados en las sombras, jugando a ser eruditos mientras ángeles y demonios nos ven como meros parias.
Baraqiel se detuvo, girándose para encarar a su compañero con una mirada firme. La diferencia entre ellos se volvía aún más evidente en momentos como aquel. Kokabiel irradiaba impaciencia, su postura era rígida, casi militar, como un guerrero encerrado demasiado tiempo sin una batalla que librar. En cambio, Baraqiel mantenía una compostura firme, pero serena, sin dejar que la hostilidad del otro lo alterara.
—Sabes perfectamente por qué actuamos con discreción —dijo, su voz baja pero cargada de convicción—. No es cuestión de miedo, sino de estrategia. Azazel ha trabajado siglos para que Grigori tenga estabilidad. No podemos permitirnos cometer errores por impulsos innecesarios.
Kokabiel chasqueó la lengua y desvió la mirada con exasperación.
—Esa «estabilidad» nos ha convertido en meros burócratas con alas —soltó con amargura—. Mientras nosotros debatimos, Heaven sigue mirando desde su pedestal de superioridad y los demonios expanden su influencia sin vergüenza alguna. Estamos desperdiciando nuestro potencial.
Baraqiel suspiró, cruzándose de brazos.
—Sabes bien que una guerra no nos beneficiaría en absoluto.
—No hablo de guerra —corrigió Kokabiel, entrecerrando los ojos—. Hablo de actuar con más determinación, de dejar de escondernos y empezar a imponer respeto.
Baraqiel lo estudió por unos instantes. Podía entender la frustración de Kokabiel; después de todo, él mismo había sentido algo similar en el pasado. Pero el problema con Kokabiel era que su deseo de acción siempre se inclinaba demasiado hacia la confrontación. Y eso… era peligroso.
—Grigori ha sobrevivido porque ha sabido moverse con inteligencia —dijo finalmente—. Si lo olvidamos, podríamos condenarnos nosotros mismos.
Kokabiel esbozó una sonrisa seca, llena de cinismo.
—Sigue diciéndote eso —musitó, dando un paso hacia adelante—. Pero llegará un día en que nos demos cuenta de que solo estuvimos prolongando lo inevitable.
Baraqiel no respondió de inmediato. Se limitó a observarlo mientras se alejaba por el pasillo, su silueta rígida perdiéndose en la penumbra. La conversación lo había dejado inquieto. No era la primera vez que hablaban sobre aquello. Y algo le decía que no sería la última.
…..
Las luces frías del laboratorio subterráneo brillaban con intensidad, reflejándose en las superficies metálicas de las mesas de trabajo. La atmósfera estaba cargada del zumbido de los dispositivos de análisis, el parpadeo intermitente de pantallas llenas de datos y la suave vibración de cristales sellados con energía mágica.
Sahariel se inclinó sobre uno de los monitores, con el ceño fruncido, revisando una serie de gráficas complejas que mostraban la actividad mágica en ciertas áreas bajo vigilancia. A su lado, Armaros observaba con los brazos cruzados, su expresión menos centrada en los números y más en el significado detrás de ellos.
—No me gusta —murmuró Sahariel, sin apartar la vista de la pantalla—. Hay fluctuaciones anómalas en los registros de varios puntos clave. Lugares donde Grigori tiene intereses, pero que no deberían mostrar alteraciones tan inestables.
Armaros arqueó una ceja, inclinándose ligeramente para observar los datos.
—Define «anómalas» —pidió con voz calmada.
Sahariel suspiró y pasó un dedo por la pantalla, resaltando una serie de lecturas.
—En estos sectores, la densidad de energía ha cambiado drásticamente en las últimas semanas. Algunos lugares presentan una caída abrupta, como si la energía hubiera sido drenada, mientras que en otros ha habido picos súbitos, como si algo estuviera acumulando poder.
Armaros frunció el ceño.
—¿Crees que podría estar relacionado con la desaparición de Raynare y su grupo?
Sahariel se enderezó y se cruzó de brazos, pensativo.
—Es una posibilidad. Su última ubicación conocida estaba en un área que ahora muestra uno de esos picos irregulares. No digo que haya una conexión directa, pero la coincidencia es inquietante.
Armaros soltó un leve suspiro y pasó una mano por su barbilla.
—Si hay algo que he aprendido en todos mis años investigando es que las coincidencias raramente son solo eso.
Hubo un breve silencio entre ambos, roto solo por el sonido constante de las máquinas trabajando.
—¿Qué hay de nuestros proyectos actuales? —preguntó Armaros, cambiando ligeramente el tema—. ¿Alguno de ellos podría haber causado estas alteraciones?
Sahariel negó con la cabeza.
—Nada de lo que estamos desarrollando debería afectar estas áreas. La investigación de la Luna sigue su curso sin inconvenientes, y hasta donde sé, tus estudios sobre antimagia no han mostrado efectos a gran escala.
—Exacto —afirmó Armaros—. Lo que significa que, o bien alguien más está interfiriendo en estos lugares, o hemos cometido un error en nuestra seguridad.
Sahariel entrecerró los ojos.
—Si hay una brecha en la seguridad, necesitamos encontrarla antes de que se convierta en un problema mayor.
Armaros asintió lentamente.
—Contactaré con Penemue para ver si tenemos registros recientes de actividad inusual en esas zonas. Si alguien ha estado jugando con fuerzas que no debería, es mejor descubrirlo ahora que cuando ya sea demasiado tarde.
Sahariel le dedicó una última mirada a los datos antes de asentir.
—Entonces pongámonos a trabajar.
Sin más palabras, ambos se separaron, cada uno sumido en sus propios pensamientos, conscientes de que lo que habían discutido podría ser solo la punta del iceberg.
…..
El despacho de Penemue estaba iluminado por la tenue luz de una lámpara de escritorio, proyectando sombras sobre los documentos dispersos por la mesa. A diferencia de otras áreas de Grigori, donde la tecnología y la magia dominaban, este espacio estaba repleto de libros, informes encuadernados y pantallas flotantes que proyectaban datos en tiempo real sobre las actividades de la organización.
Tamiel se apoyó contra una estantería con los brazos cruzados, observando a Penemue mientras esta revisaba un informe en su tableta. Su expresión era neutra, pero el silencio prolongado indicaba que su mente estaba procesando múltiples escenarios.
—Cuatro de los nuestros desaparecidos sin dejar rastro —comentó finalmente Tamiel—. No es algo que podamos ignorar.
Penemue no levantó la vista del informe.
—Por supuesto que no. La pregunta es: ¿quién tuvo los recursos y la información suficiente para hacerlos desaparecer sin alertarnos antes?
Tamiel se apartó de la estantería y caminó lentamente hacia la mesa.
—Si hubieran sido los ángeles o los demonios, ya lo sabríamos. No tienen razones para ocultarlo y habrían usado la desaparición como una advertencia contra nosotros.
Penemue asintió.
—Eso descarta a las dos facciones principales. Pero aún quedan muchas otras opciones.
Deslizó el dedo por la tableta y mostró un desglose de posibles enemigos: grupos extremistas humanos, facciones disidentes de ángeles caídos, sociedades secretas con intereses en lo sobrenatural. Luego, con un movimiento fluido, amplió la sección dedicada a Japón.
—Y no podemos descartar a las facciones locales —añadió—. Japón no solo es un territorio en disputa entre las tres facciones principales, sino que también tiene sus propios jugadores: los Cinco Clanes, las deidades sintoístas, los youkais de Kioto… cualquiera de ellos pudo haber visto a Raynare y su grupo como una amenaza o una oportunidad.
Tamiel frunció el ceño.
—Raynare era ambiciosa, pero no estúpida. No creo que hubiera hecho algo que provocara una respuesta tan extrema por parte de un grupo tan poderoso.
—Quizás no intencionalmente. Pero si se cruzaron con la gente equivocada en el momento equivocado…
Tamiel se frotó el mentón, pensativo.
—Eso es lo que me preocupa. Si hubieran sido eliminados, habríamos encontrado rastros de combate. Pero si fueron capturados…
Penemue entrecerró los ojos.
—Si fueron capturados, significa que alguien quería información de ellos. Y eso nos pone en peligro.
Tamiel apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia ella.
—¿Qué impacto tendría su desaparición en nuestras operaciones?
Penemue suspiró y deslizó otro informe frente a él.
—En términos prácticos, no eran piezas clave. Raynare y su grupo ocupaban un nivel bajo en nuestra jerarquía. Sin embargo… —hizo una pausa, escogiendo sus palabras—, conocían lo suficiente sobre nuestras actividades en ciertas regiones como para comprometer algunas de nuestras células más pequeñas.
Tamiel leyó el informe con detenimiento.
—Entonces nuestra prioridad debería ser averiguar quién está detrás de esto antes de que usen esa información contra nosotros.
Penemue asintió.
—Ya he comenzado a movilizar nuestros recursos de inteligencia. Pero hasta que tengamos algo concreto, lo mejor que podemos hacer es reforzar la seguridad de nuestras operaciones en las zonas donde ellos estuvieron activos.
Tamiel se enderezó y cruzó los brazos de nuevo.
—Y si descubrimos que fueron capturados y siguen con vida…
Penemue le dirigió una mirada calculadora.
—Entonces tendremos que decidir si vale la pena rescatarlos… o si es más seguro asegurarnos de que no puedan hablar.
El silencio entre ambos se alargó por unos segundos, hasta que Tamiel exhaló pesadamente.
—Espero que no lleguemos a ese punto.
Penemue solo le dedicó una leve sonrisa, volviendo a centrarse en los informes.
—Siempre es mejor prepararse para todas las posibilidades.
Sin más que decir, Tamiel se giró y salió de la oficina, mientras Penemue seguía revisando los datos en busca de cualquier patrón que pudiera darles respuestas.
XXXXX
El día transcurría con normalidad en las instalaciones de Grigori, pero en una de las salas de reuniones privadas, el ambiente era más serio. Shemhazai, el vicegobernador general, esperaba pacientemente mientras revisaba unos documentos sobre la mesa. Su expresión era calmada, aunque sus ojos mostraban la aguda atención de alguien que siempre analizaba cada detalle antes de tomar decisiones.
Uno a uno, los miembros del equipo Slash/Dog fueron llegando. Tobio Ikuse entró primero, su andar tranquilo pero atento a cada detalle. Detrás de él, Natsume Minagawa llegó con su actitud relajada, aunque la curiosidad se reflejaba en su mirada. Kouki Samejima apareció con su típica confianza despreocupada, mientras que Lavinia Reni cerró el grupo con su habitual aire de calma y una leve sonrisa en los labios, Shigune Nanadaru y Sae Kujou observaban todo con cierta quietud. Después de todo, cuando Shemhazai les convocaba no era por algo pequeño. Cuando todos tomaron asiento, Shemhazai los observó por un momento antes de hablar con voz firme.
—Gracias por venir. No os habría convocado de no ser por un asunto que requiere de vuestra experiencia. Os he convocado porque necesito su ayuda con una investigación —El equipo guardó silencio, atentos—. Se trata de la desaparición de cuatro ángeles caídos —continuó—: Raynare, Kalawarner, Dohnaseek y Mittelt.
El equipo intercambió miradas. No eran nombres particularmente famosos dentro de la organización. Kouki dejó escapar un suspiro.
—Como siempre, esos dando problemas. ¿Hace cuanto?
— Su última comunicación fue hace unas semanas, y desde entonces no ha habido respuesta.
—¿Y por qué hasta ahora nos mandan a investigar? —curioseó Sae.
—Porque no fue una decisión tomada a la ligera. Queríamos asegurarnos de que no estuvieran operando de manera encubierta o fuera de contacto por otras razones. Pero tras múltiples intentos de comunicación sin éxito, y considerando su historial de comportamiento, creemos que algo les ocurrió. Sabemos que actuaron, fuera de cualquier misión oficial. Eso es lo preocupante. No estábamos supervisando sus movimientos hasta que su rastro desapareció por completo hace unas semanas.
Natsume cruzó los brazos.
—Si no estaban en una misión, ¿qué estaban haciendo?
Shemhazai deslizó una carpeta por la mesa hacia Tobio, quien la abrió para revisar la información.
—Según lo que hemos podido reconstruir, estaban interesados en recolectar información y posibles usuarios de Sacred Gears por su cuenta. No respondían a órdenes directas de la organización, pero tampoco parecían tener intenciones de desertar. Estaban operando con demasiada independencia y en algún momento perdimos su rastro en Europa del Este.
Kouki dejó escapar un suspiro.
—Así que ni siquiera sabemos dónde desaparecieron exactamente.
—Correcto —afirmó Shemhazai—. La última vez que tuvimos noticias de ellos, estaban en Rumania. Sin embargo, después de eso, toda comunicación cesó. No sabemos si fueron eliminados, capturados o si se ocultaron por razones desconocidas.
Lavinia inclinó la cabeza, pensativa.
—Si su interés eran los Sacred Gears, podrían haber estado tratando de extraerlos de humanos.
Todos recordaron los experimentos que Satanael realizó hacía años, y uno de los motivos por el cuál tuvo un encontronazo con varios líderes de Grigori.
—Es una posibilidad —concedió Shemhazai—. Y si estaban haciendo algo así, habrían estado atrayendo la atención de varias facciones.
Lavinia inclinó la cabeza con curiosidad.
—¿Y qué hay de la posibilidad de que hayan desertado?
Shemhazai negó con la cabeza.
—Poco probable. No tenían motivos aparentes para hacerlo, y si hubieran cambiado de lealtad, ya habríamos visto señales.
Tobio cerró la carpeta con un leve gesto de asentimiento.
—Entonces, nuestra tarea es seguir su rastro desde Europa del Este hasta donde nos lleve.
—Exacto —confirmó Shemhazai—. Por ahora, seguid los datos disponibles y descubrid qué les pasó.
Natsume exhaló lentamente.
—Si ya pasaron semanas, es posible que ni siquiera encontremos sus cuerpos.
—Es posible —admitió Shemhazai—. Pero aún así, necesitamos respuestas.
Kouki sonrió con confianza.
—Bueno, encontrarlos o no, algo aprenderemos en el camino.
Shemhazai los observó un momento más antes de asentir.
—Preparaos para partir mañana.
El equipo asintió, poniéndose de pie mientras Tobio guardaba los documentos. Con la misión clara, la investigación comenzaría en Europa del Este… pero el camino podría llevarlos a cualquier parte del mundo.
XXXXX
El viaje hacia Rumania fue relativamente rápido, pero la investigación estaba lejos de ser sencilla. El equipo Slash/Dog llegó a Bucarest con un objetivo claro: rastrear los últimos movimientos conocidos de Raynare y su grupo.
La capital rumana era un punto de conexión entre varios territorios sobrenaturales, con actividad de diferentes facciones y grupos independientes. No era extraño que ángeles caídos, magos y otros seres usaran el país como un punto de tránsito. En ese sentido, Raynare y su grupo pudieron haber estado operando sin llamar demasiado la atención… al menos al principio.
El primer paso fue contactar a algunos informantes. Tobio, Shigune, Sae y Natsume se encargaron de reunirse con un contacto local, un exorcista retirado que a veces trabajaba con Grigori, mientras que Kouki y Lavinia revisaban otras fuentes en los barrios donde había habido actividad inusual en las últimas semanas.
Después de varias conversaciones y horas de búsqueda, lograron obtener un punto de partida: una pequeña ciudad en el interior del país donde se decía que un grupo de forasteros con energía de ángeles caídos había pasado hace un mes. No dejaron un rastro claro, pero algunos rumores indicaban que estaban interesados en personas con habilidades inusuales, algo que coincidía con su obsesión por los Sacred Gears.
Viajaron hasta el lugar en cuestión, una localidad de aspecto tranquilo, pero con un trasfondo mucho más turbio. No tardaron en encontrar evidencia de que Raynare y su grupo habían estado allí. En una casa abandonada a las afueras del pueblo, encontraron restos de un sello de barrera desgastado, posiblemente usado para mantener cautivo a alguien. No había rastros de cuerpos, pero sí signos de una pelea.
—Definitivamente estuvieron aquí —dijo Kouki, cruzándose de brazos mientras observaba las marcas en el suelo—. Pero esto no nos dice qué les pasó.
—Alguien vino después —apuntó Tobio—. Es posible que los atacaran, o que huyeran al notar la presencia de otro grupo.
—Sea como sea, el rastro sigue —añadió Natsume, señalando huellas apenas visibles en la tierra—. Siguieron hacia el oeste.
El equipo continuó con la investigación, moviéndose de un lugar a otro. En cada nuevo sitio que visitaban, encontraban fragmentos de información. Raynare y su grupo habían estado activos en varias ciudades de Europa del Este, siempre interesados en los Sacred Gears y en la extracción de poder. Sin embargo, en algún momento, algo cambió. Dejaron de moverse en grupo y su rastro se hizo más errático.
Finalmente, llegaron a una ciudad en la frontera entre Austria y Alemania donde un cazador de recompensas sobrenatural les proporcionó información clave: había visto a un grupo de ángeles caídos intentando ocultarse en un puerto de carga.
Las pistas los llevaron hasta un informe de actividad reciente en el Lejano Oriente. Según algunos registros, individuos con una energía similar a la de Raynare habían sido detectados. La investigación en Rumania había sido solo el primer paso. A medida que el equipo avanzaba por Europa, los fragmentos de información que reunían iban formando un patrón claro: Raynare y su grupo no solo se estaban moviendo con sigilo, sino que en algún punto de su viaje, algo los había obligado a cambiar su comportamiento.
En cada localidad donde encontraban su rastro, se repetía un patrón inquietante: los testigos los recordaban buscando información sobre individuos con habilidades sobrenaturales, particularmente humanos con habilidades inusuales. Pero lo extraño era que, a diferencia de los primeros días de su viaje, sus apariciones se volvían cada vez más erráticas. En un pueblo al sur de Polonia, un informante les aseguró que los vio discutiendo acaloradamente entre ellos. En otro punto, cerca de Praga, alguien reportó que parecían estar huyendo, nerviosos y en estado de alerta constante.
—Es como si estuvieran siendo perseguidos —comentó Natsume mientras revisaban los registros de actividad mágica en un pequeño café de Viena.
—Pero no tiene sentido —respondió Tobio, observando un mapa donde había marcado los puntos en los que habían detectado su presencia—. Al principio se movían con una intención clara, buscando Sacred Gears y estudiando posibles objetivos. Pero en algún momento, algo cambió.
—Quizás hicieron enojar a la gente equivocada —aventuró Shigune.
Lavinia, que había permanecido en silencio mientras analizaba algunos documentos mágicos, levantó la vista con una expresión pensativa.
—Si estaban usando teletransportación mágica, deberían haber dejado rastros. La magia de los ángeles caídos es distinta a la de otros seres, y cuando se usa en grandes distancias, suele generar residuos de energía.
—¿Puedes rastrearlo? —preguntó Tobio.
Lavinia asintió con una leve sonrisa.
—Necesitaré tiempo, pero si hicieron múltiples saltos de teletransportación, puedo reconstruir su ruta.
La maga comenzó su trabajo, examinando los puntos donde Raynare y su grupo habían sido avistados por última vez. Usando un conjunto de cristales especializados, fue capaz de detectar los residuos de energía dejados por sus movimientos mágicos. Lo que descubrió fue sorprendente: en los últimos días antes de su desaparición, sus teletransportaciones se habían vuelto más frecuentes y erráticas.
—Es como si estuvieran tratando de perder a alguien —dijo Lavinia, con el ceño fruncido—. Hay múltiples saltos en un corto periodo de tiempo, como si hubieran estado huyendo desesperadamente.
—Eso explicaría por qué su rastro desapareció de repente —dijo Kouki.
Finalmente, Lavinia encontró un patrón que se repetía en sus últimos desplazamientos. Siguiendo la firma mágica de Raynare, logró rastrear su último salto de larga distancia antes de que su rastro desapareciera por completo.
—Japón —dijo en voz baja, sorprendida.
El equipo intercambió miradas.
—¿Japón? —repitió Natsume—. ¿Por qué irían ahí?
—No lo sé —admitió Lavinia—. Pero es el último destino confirmado antes de que su rastro desaparezca por completo.
—Si estaban huyendo de algo y decidieron ir a Japón, entonces había una razón —dijo Tobio.
—O simplemente no tenían otra opción —apuntó Kouki—. Puede que fuera un salto al azar, un intento desesperado de escapar.
—Sea lo que sea, tenemos que ir allí y descubrirlo nosotros mismos —concluyó Tobio.
Con eso, el equipo Slash/Dog puso rumbo a Japón, sin saber que la verdad detrás de la desaparición de Raynare los llevaría a un escenario mucho más complicado de lo que imaginaban. La llegada a Japón fue silenciosa. El equipo Slash/Dog aterrizó bajo identidades falsas, facilitadas por Shemhazai y una red de contactos cuidadosamente establecidos por Grigori para mantener operaciones discretas en el extranjero. El cielo estaba cubierto por una neblina suave que apenas lograba oscurecer el sol del mediodía, mientras la humedad del verano japonés envolvía el ambiente con una calidez pegajosa y persistente.
No hubo discursos ni declaraciones cuando salieron del aeropuerto. Tobio se colocó las gafas de sol sin decir palabra, y Lavinia, envuelta en su chaqueta blanca habitual, echó una mirada al cielo antes de suspirar suavemente.
—Aquí comienza la parte complicada —murmuró, casi para sí.
El grupo se instaló en un alojamiento discreto en una ciudad del centro del país, lejos de grandes urbes como Tokio o Osaka. No era casualidad. Según los análisis mágicos realizados por Lavinia, varios puntos en esa región mostraban fluctuaciones inusuales en la energía residual, como si algo —o alguien— con una firma energética fuera de lo común hubiese cruzado por ahí semanas atrás.
—Son como huellas sobre la arena húmeda —explicó ella mientras señalaba un mapa extendido sobre la mesa del comedor. Sobre él había colocado varios cristales marcados con energía, los cuales reaccionaban a su propia magia de rastreo—. No son fáciles de seguir. Algunas se desvanecen, otras se mezclan con otras firmas locales. Y lo que más me inquieta… es que estas huellas mágicas no están frescas. Son débiles, muy tenues. Esto ocurrió hace varias semanas, quizás más de un mes.
—Lo cual coincide con su última aparición registrada por Grigori —apuntó Sae, hojeando un pequeño dossier con información recopilada.
Durante los días siguientes, el equipo visitó varios puntos de interés. En un pequeño templo sintoísta, Lavinia detectó una perturbación menor en los flujos mágicos. En un callejón apartado de una ciudad portuaria, Tobio creyó ver un símbolo grabado con sangre seca en la pared —demasiado erosionado como para ser útil—, pero bastó para mantener la tensión entre ellos.
Un anciano sacerdote en una villa alejada mencionó, con voz temblorosa, que hace semanas había sentido «la presencia de una tormenta oscura» cruzar el bosque cercano. Nada concluyente, pero lo suficiente como para que Lavinia y Natsume pasaran una noche escudriñando el área con magia de rastreo.
Fue recién al sexto día en suelo japonés cuando Lavinia, ya agotada por los esfuerzos constantes, se detuvo frente a un nuevo conjunto de lecturas y alzó la vista lentamente hacia Tobio.
—Esta vez no es una pista perdida. Es una línea. Una dirección. No sé aún adónde nos lleva… pero apunta hacia el oeste.
Tobio se inclinó sobre el mapa. Allí, señalada con un fino trazo mágico apenas perceptible para ojos comunes, una línea curvada descendía por el país como una corriente. Y en su punto final, aún sin nombrar pero lo suficientemente claro para llamar la atención, aparecía un pequeño punto cerca del centro del mapa.
—¿Alguna idea de qué hay en ese lugar?
Lavinia esbozó una sonrisa débil.
—Aún no lo sé con certeza. Pero si las huellas llevan ahí… entonces eso es lo que sigue. El nombre de ese sitio…
Ella giró el mapa y leyó el nombre en voz baja:
—Kuoh.
XXXXX
El tren que cruzaba las afueras de la prefectura correspondiente avanzaba con suavidad, su traqueteo apagado por la insonorización del vagón reservado. Afuera, los campos verdes y el cielo parcialmente cubierto ofrecían una escena tranquila, casi en contradicción con el propósito del viaje. Dentro del compartimento, cinco figuras se mantenían en silencio, cada una sumida en sus propios pensamientos.
Tobio Ikuse miraba por la ventana con el ceño levemente fruncido, los dedos entrelazados sobre su regazo. Su apariencia relajada contrastaba con la intensidad de su mirada. El viaje no era largo, pero la carga que llevaban consigo, invisible a ojos humanos, era pesada.
—Estamos cerca —comentó Lavinia Reni con voz suave, como si no quisiera romper del todo el silencio.
La maga de cabello plateado cerró el grimorio que había estado hojeando desde la salida de Rumanía. A su lado, Kujou Sae revisaba por enésima vez los registros energéticos que había recopilado en sus paradas anteriores. Su rostro reflejaba concentración, pero también una creciente inquietud.
—La firma energética que encontramos en Rumanía era tenue —murmuró Sae—, pero lo suficiente como para encajar con la de esos tres ángeles caídos desaparecidos. El rastro se ha ido debilitando con cada traslado, pero sigue siendo identificable.
Natsume se desperezó en su asiento, con los brazos sobre la cabeza.
—Espero que no nos tengáis todo el día persiguiendo pistas débiles. Si no fuera porque es parte del trabajo, juraría que esto se parece demasiado a una cacería sin presa.
Kouki bufó.
—A veces el tipo de presa no importa. Lo que importa es quién la dejó tirada.
Tobio giró la cabeza hacia ellos, con un leve asentimiento.
—Recordad que no venimos a confrontar, sino a esclarecer. El rastro termina en esta ciudad, eso es lo único que sabemos por ahora. No hay certezas, pero si lo que Sae ha detectado es correcto, la actividad sobrenatural aquí ha sido inusualmente densa para un lugar tan aparentemente pacífico.
Kuoh. Una ciudad japonesa sin especial relevancia histórica o política, pero que había ganado un lugar en los archivos internos de Grigori por un patrón extraño de energía durante los últimos dos meses. Nada confirmado. Nada concreto. Solo sombras entre sombras. Lavinia asintió, acariciando con los dedos la empuñadura de su bastón, aún enfundado.
—Antes de cualquier paso, propongo hacer las cosas con la cortesía adecuada. Solicitemos audiencia con las líderes de la zona. Son herederas importantes, y si bien la información oficial dice que no están involucradas, podrían saber más de lo que aparentan.
—Rias Gremory y Sona Sitri —confirmó Tobio—. No será un problema. Con suerte cooperarán. Y si no, al menos sabremos dónde no buscar.
El tren redujo la velocidad mientras entraba en la estación de Kuoh. El silencio volvió a reinar, esta vez cargado con una calma tensa, como la antesala de algo inevitable. Cuando las puertas se abrieron con un leve silbido, los cinco se levantaron al unísono.
Salieron del vagón sin apuro. A pesar del calor húmedo de la tarde japonesa, ninguno parecía particularmente afectado. Eran operativos de campo curtidos, cada uno con experiencias que rebasaban los estándares normales de cualquier organización secreta. Pero el aura que envolvía Kuoh era distinta. No era opresiva. No era hostil. Pero se sentía… expectante. Tobio se ajustó la camiseta mientras caminaban por el andén.
—Primero, encontraremos dónde establecer base temporal. Luego, me pondré en contacto con el círculo de Gremory y Sitri.
—¿Tú crees que nos contarán todo? —preguntó Shigune, entrecerrando los ojos por el sol.
—Lo dudo —respondió Tobio con tranquilidad—. Pero no hace falta que lo hagan. A veces, lo que no se dice es tan valioso como lo que se dice.
Tras abandonar la estación, el grupo caminó por las calles de Kuoh sin prisa pero con dirección. A esa hora, la ciudad bullía con la rutina de una tarde cualquiera: estudiantes de vacaciones disfrutando del día, amas de casa haciendo la compra, trabajadores volviendo a casa en bicicleta o en coche. La vida fluía con una normalidad apacible, sin rastro visible de ninguna perturbación sobrenatural. Pero eso era lo que solía pasar con estos lugares.
—No parece gran cosa, ¿eh? —comentó Kouki, lanzando una mirada a los edificios bajos y a los comercios que se alineaban en la calle principal—. No me extraña que se haya mantenido al margen de la atención general.
—Precisamente por eso —replicó Sae, mientras consultaba la tablet que llevaba consigo—. Este tipo de tranquilidad… a veces es la mejor máscara. Según los registros, el volumen de energía sobrenatural aquí ha sido irregular desde mayo. Aparece, desaparece. Fluctúa como si estuviera tapado por algo.
—O por alguien —añadió Lavinia en voz baja, mirando en dirección al horizonte, donde se alzaban los árboles que delimitaban la zona boscosa de las afueras—. Las herederas demoníacas están aquí por algo. No suele haber coincidencias cuando se trata de linajes tan importantes.
Tobio asintió mientras caminaban. El edificio que buscaban no tardó en aparecer ante ellos: una casa de huéspedes discreta, reformada hace poco, situada en una calle secundaria alejada del bullicio. Shemhazai había gestionado su reserva como cobertura para su estancia. A ojos del mundo, eran un pequeño grupo de investigadores de campo del extranjero con becas especiales del Ministerio de Cultura japonés.
Cuando entraron en la casa, fueron recibidos por una mujer mayor, amable y discreta, que parecía acostumbrada a no hacer demasiadas preguntas. Tras unas breves formalidades y el reparto de las habitaciones, cada uno empezó a organizar sus cosas.
Tobio fue el primero en montar su equipo de comunicaciones, una sencilla red de enlace que les permitía mantenerse conectados en todo momento sin recurrir a dispositivos mundanos. Lavinia se hizo con una esquina de la sala común, extendiendo mapas y círculos mágicos de rastreo con meticulosidad casi obsesiva. Natsume, más inquieta, salió a explorar los alrededores para asegurarse de que no había vigilancia, ni mundana ni mágica, y Kouki se puso a revisar su equipo de combate como si se preparase para una emboscada inminente. Sae, por su parte, se encargó de ajustar la sintonización del escáner portátil con los datos recogidos en Rumanía.
—El flujo energético de los desaparecidos aún es localizable —informó a media voz, con el ceño fruncido mientras sus dedos se movían rápidamente sobre la pantalla táctil—. Está muy diluido, pero algo queda. Como una mancha antigua que nadie ha limpiado del todo.
—¿En esta ciudad? —preguntó Natsume desde el marco de la puerta, con un refresco en la mano.
—En las cercanías, al menos. Puede que esté desplazado. Necesito triangular con más precisión.
—Hazlo —dijo Tobio, que acababa de terminar una llamada cifrada con Shemhazai—. Pero no haremos movimientos serios hasta tener permiso.
—¿Y qué te ha dicho el jefe? —preguntó Shigune, dejando a un lado su bolsa.
—Que tenemos vía libre, mientras mantengamos el respeto hacia las jerarquías locales. Ya he enviado un mensaje formal a través de los canales oficiales pidiendo audiencia con Rias Gremory y Sona Sitri.
—¿Y si no aceptan? —cuestionó Lavinia, sin levantar la vista de su círculo de rastreo.
—Entonces actuaremos con más discreción. Pero dudo que se nieguen. Si tienen la más mínima sospecha de que esto puede poner en riesgo su territorio, cooperarán.
Un silencio se instaló en la sala mientras el sol descendía lentamente por el horizonte. Afuera, la ciudad seguía con su vida cotidiana, inconsciente de los hilos que se movían por debajo de la superficie. Dentro, el equipo afilaba sus sentidos, preparándose para una investigación que, aunque en sus primeras fases, ya se presentaba con una mezcla de misterio, riesgo y revelaciones que no estaban en los informes.
Tobio se levantó del tatami y se estiró, la sombra de su Canis Lykaon temblando brevemente a su espalda como una silueta apenas visible.
—Nos reuniremos con ellas en cuanto respondan. Hasta entonces, vigilia y preparación.
El calor húmedo del verano empezaba a colarse incluso entre las sombras de Kuoh. El cielo, a pesar de estar despejado, tenía esa pátina dorada de finales de la tarde que envolvía la ciudad en un tono cálido y adormecido. A simple vista, no había nada en Kuoh que destacase: era una ciudad tranquila, con casas ordenadas, parques bien cuidados y una atmósfera casi soporífera. Y, sin embargo, el grupo recién llegado no tardó en percibir esa vibración oculta que sólo los iniciados podían notar.
Tobio Ikuse fue el primero en bajar del coche, con la chaqueta medio echada al hombro y el gesto serio, observando en silencio la zona que rodeaba la estación. A su lado, Natsume Minagawa estiraba los brazos con cierta desgana.
—No parece gran cosa, ¿eh? —comentó ella, mirando a su alrededor—. Pero se siente... raro. Como si el aire vibrara distinto.
—Está demasiado tranquilo —añadió Samejima, que ya había encendido un cigarrillo, apoyado de manera informal contra una farola—. Demasiado perfecto.
Lavinia Reni, con su habitual porte elegante y tranquilo, no dijo nada. Sólo caminó unos pasos más adelante, cerró los ojos y murmuró un pequeño encantamiento de rastreo. Una brisa inusual revolvió su pelo rubio platino. Sae Kujou, que cargaba con parte del equipo portátil, se acercó a ella sin perder detalle.
—¿Notas algo?
—No hay distorsiones mágicas activas ahora mismo —respondió Lavinia—, pero este lugar... está saturado de energía oculta.
No estaban para llamar la atención aún. Habían acordado actuar con la máxima discreción posible. Era territorio extranjero, técnicamente neutral, pero no querían empezar con mal pie con los poderes locales. Por eso, tras asentarse en un discreto hotel de las afueras —uno con habitaciones reforzadas para albergar a seres con alta energía mágica—, decidieron pasar el resto del día caminando por la ciudad, sin destacar, simplemente observando.
Pasaron por las inmediaciones de la Academia Kuoh, y aunque el edificio estaba tranquilo, todavía se notaba cierta actividad. Estudiantes entrando y saliendo, seguramente aquellos que no aprobaron alguna asignatura, algunos con uniformes deportivos, otros con mochilas cargadas de libros. Lavinia fue quien más tiempo se detuvo mirando.
—¿Ese es el famoso instituto? —preguntó en voz baja, más para sí misma que para los demás—. Interesante elección como base de operaciones.
—Demasiado obvio, quizá. Pero funciona —añadió Sae—. Si no supiéramos lo que sabemos, jamás pensaríamos que dos herederas demoníacas están aquí.
Natsume miró a su alrededor, analizando.
—He escuchado que incluso entre las facciones japonesas, este sitio es… especial. Algunos dicen que es un cruce de caminos, que aquí las líneas del mundo espiritual se enredan.
—Sea como sea —interrumpió Tobio—, mañana nos reuniremos con las herederas. Hoy nos limitamos a recopilar toda la información posible y preparar la solicitud de audiencia. No queremos parecer una amenaza.
Samejima dejó caer el cigarro y lo pisó sin decir nada más. La noche empezaba a caer mientras se dispersaban con discreción por distintos sectores del distrito. Observaban, tomaban notas mentales, percibían los rastros de energía residuales. Lavinia se detuvo frente a una iglesia abandonada —la misma donde, semanas atrás, todo se había desencadenado con Raynare y su grupo—, pero la magia había sido cuidadosamente purgada. No obstante, algo quedaba.
—Aquí es donde todo empezó —murmuró ella.
—¿Estás segura?
—No hay duda. La energía residual... es antigua. Y perturbada. Como si alguien hubiese jugado con fuerzas que no terminaba de controlar.
Con esa última observación, se retiraron al hotel. Tobio pasó la noche redactando con cuidado el mensaje dirigido a Rias Gremory y Sona Sitri, solicitando una reunión privada al día siguiente, al atardecer, en la sede del Club de Ocultismo. Cortesía, firmeza, claridad. El mensaje fue enviado mediante los canales sobrenaturales adecuados, y ahora solo quedaba esperar su respuesta.
XXXXX
Tras una tarde y mañana dedicadas a la observación discreta y el análisis energético del distrito de Kuoh, el equipo Slash/Dog no tardó en confirmar lo que ya sospechaban: aquella ciudad aparentemente tranquila estaba plagada de rastros sobrenaturales. Desde el instituto hasta ciertas calles residenciales y, sobre todo, en torno a la antigua iglesia, los ecos de magia celestial, infernal y de otras naturalezas menos definidas impregnaban el ambiente.
Aunque no hallaron pruebas concretas aún sobre el paradero de Raynare o sus compañeros, sí identificaron zonas con residuos de energía similares a las que se encontraron en Rumanía, lo cual reforzaba la idea de que los ángeles caídos habían pasado por allí. Sin embargo, cualquier intento de rastreo era complicado: las energías estaban entrelazadas, superpuestas y, en algunos casos, deliberadamente ocultas. La situación exigía cooperación.
Por ello, sin más dilación, y tras recibir la confirmación, el grupo se dirigió aquella tarde al club de ocultismo del instituto Kuoh. La sede del club, una mansión victoriana a los límites del campus, se alzaba majestuosa entre los árboles del jardín occidental, bañada por la luz anaranjada del atardecer. Las sombras del día estival se estiraban con lentitud sobre la hierba mientras los cinco miembros del equipo caminaban con paso firme hacia la entrada principal.
Tobio iba al frente, serio y atento, seguido de Lavinia, elegante como siempre. Shigune, Natsume y Samejima mantenían una conversación en voz baja, mientras Sae cerraba la marcha, revisando mentalmente los puntos clave de su exposición. Al llegar, la puerta se abrió antes de que pudieran llamar.
—Bienvenidos —dijo una voz suave y cortés.
Era Sona Sitri, impecable como siempre con su uniforme escolar perfectamente colocado, flanqueada por Tsubaki Shinra. A su lado, Rias Gremory los observaba también, con los brazos cruzados y una expresión mesurada, aunque cargada de interés. Akeno, como una sombra sonriente, permanecía unos pasos detrás.
—Adelante —indicó Rias con un leve gesto—. Os estábamos esperando.
Con un cruce de miradas entre ellos, los miembros del equipo Slash/Dog entraron al edificio. La reunión estaba a punto de comenzar. El interior de la sede del club de ocultismo estaba bañado por una cálida luz tenue, procedente de unas lámparas de pie estratégicamente colocadas para dar al lugar una atmósfera acogedora y, a la vez, ceremoniosa. Las paredes cubiertas de madera oscura y los estantes repletos de libros antiguos acentuaban el aire de solemnidad que se respiraba allí dentro.
En el centro, una mesa de té de estilo clásico ya había sido preparada. Rias Gremory se acomodó en el extremo opuesto a la entrada, con Akeno a su derecha y Kiba a su izquierda. Más allá, Koneko se sentó con su habitual aire distante junto a Asia, mientras Sona y su grupo tomaban posición en una hilera lateral, como si se tratara de una audiencia observadora pero involucrada. Tsubaki permanecía a su lado, seria y atenta, mientras Momo, Reya y las demás integrantes del consejo estudiantil mantenían una presencia sobria. Por unos breves segundos, Akeno y Tobio cruzaron miradas. En ellas no había resentimiento ni desconfianza, pues ambos se conocía, eran primos después de todo, y ambos habían sido maltratados por el Clan Himejima. Había respeto entre ellos.
—Podéis sentaros —indicó Sona, cruzando las piernas con elegancia—. Esto no es un interrogatorio, aunque tenemos algunas preguntas.
Tobio asintió con respeto y ocupó el asiento que le fue ofrecido, seguido por sus compañeros. Lavinia, con su habitual sonrisa enigmática, se acomodó a su lado, mientras Shigune, Natsume y Samejima intercambiaban una mirada antes de sentarse también. Sae, con un portapapeles en mano, fue la última en tomar asiento, lista para exponer cualquier información relevante. El silencio inicial fue denso, casi respetuoso. Finalmente, fue Tobio quien lo rompió.
—Gracias por recibirnos. Sabemos que este no es un territorio cualquiera, y queríamos asegurarnos de actuar con transparencia.
Rias inclinó la cabeza levemente, aceptando el gesto diplomático.
—Nos ha llegado la notificación de vuestra llegada a Kuoh, y de que estáis llevando a cabo una investigación sobre ángeles caídos desaparecidos. ¿Podéis explicarnos la situación con más detalle?
Sae carraspeó suavemente y desplegó una hoja con un mapa parcial de Europa y Asia. Lo colocó sobre la mesa con delicadeza.
—Hace unas semanas, varios miembros de Grigori desaparecieron por completo. Se sabe que estuvieron operando fuera de los protocolos de la organización, pero aún así… su rastro se perdió repentinamente aquí.
Sona ladeó la cabeza ligeramente.
—¿Tenéis pruebas de ello?
Lavinia asintió con suavidad, su tono más etéreo.
—Residuos mágicos, rastros energéticos, y una línea de desplazamiento que, aunque irregular, converge en esta región. Algo ocurrió aquí, algo que no cuadra con la ruta esperada.
—¿Y queréis investigar aquí, en Kuoh? —preguntó Rias sin perder la compostura—. ¿Qué esperáis encontrar?
Samejima, que había estado en silencio hasta ahora, se apoyó en la mesa con una expresión más dura.
—Cadáveres. O respuestas. Porque algo nos dice que el final de su ruta es esta ciudad.
Akeno entrecerró los ojos con leve interés.
—¿Y por qué pensáis que están muertos?
Tobio fue quien respondió esta vez, su voz firme.
—No tenemos confirmación, pero los indicios apuntan a un final poco prometedor. Ningún contacto en semanas, interferencias mágicas inusuales… y, sinceramente, si estuvieran vivos y en Kuoh, algo tan elemental como la magia de rastreo básica ya nos habría alertado de su presencia.
Rias y Sona intercambiaron una mirada, como si evaluaran la situación silenciosamente.
—Curioso —murmuró Rias entonces, con un dejo de ironía en la voz—. Porque hace un tiempo, tres ángeles caídos intentaron causar problemas cerca de la antigua iglesia del distrito. Recuerdo haberlos visto… y se retiraron con vida.
Rias no miró a Sona al no mencionar a Raynare y su desaparición junto a la de Issei, pues estaban sopesando qué tan beneficioso o no sería dicha revelación. Lavinia alzó las cejas, interesada.
—¿Cuándo ocurrió eso?
—Hace más de un mes —respondió Sona, cruzando las manos sobre el regazo.
Sae tomó nota al instante, y Tobio volvió a tomar la palabra.
—¿Notaron algo extraño después de aquel incidente? ¿Una perturbación mágica, una explosión energética, algo inusual?
Rias meditó brevemente antes de responder.
—Hubo un incidente en la iglesia abandonada que hay aquí con un ex exorcista llamado Freed Sellzen, y nos ocupamos de él, pero nada más relevante.
—Eso cuadra —murmuró Lavinia—. Pudimos percibir vestigios mágicos residuales cerca de la iglesia durante la inspección de esta mañana.
—¿Puedo preguntar si estáis ocultando algo? —preguntó Tobio con firmeza, pero sin acusación en el tono—. No por desconfianza, sino porque si alguien está detrás de esto… necesitamos saberlo.
Sona se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Creemos que es bastante probable que ese ex exorcista estuviera trabajando con los ángeles caídos que buscais, pero nada podemos asegurar.
—Lástima que esté muerto —comentó Shigenu.
—Quien causa problemas en nuestro territorio debe afrontar las consecuencias, y en este caso, recibió lo que merecía —dijo la heredera Sitri con tono contundente.
—Es totalmente respetable.
—Freed logró extraer una Sacred Gear —dijo Rias luego de medir las posibilidades—. No sabemos cómo obtuvo esa información. ¿Quizás Grigori logró tal tecnología o sería de otro?
Los miembros del equipo Slash/Dog se miraron entre ellos.
—No tenemos ni idea. Eso vamos a tener que investigarlo —afirmó Tobio.
Rias se recostó con elegancia contra el respaldo, cruzando las piernas. Su tono fue firme, sin perder la cortesía.
—Tenéis nuestro permiso para investigar. Siempre que no interfiráis en los asuntos internos de nuestra demarcación.
Sona asintió.
—Y os exigimos un informe detallado de todo descubrimiento. Si esto tiene ramificaciones mayores, preferimos estar preparados.
Tobio inclinó la cabeza ligeramente.
—Lo entendemos. Apreciamos vuestra cooperación.
La atmósfera se relajó apenas, pero el eco de la sospecha y la incomodidad aún flotaba sobre la sala. No hubo más palabras tras aquel último intercambio. Durante unos segundos, tan solo el suave tintinear de las tazas al ser dejadas sobre los platillos rompía el silencio, como un eco doméstico que contrastaba con el trasfondo de lo discutido. Las despedidas fueron corteses, pero cargadas de una seriedad tácita: las dos herederas entendían que lo que acababa de acordarse podía desatar consecuencias mayores, aunque por ahora no tuvieran rostro ni forma. Los miembros del equipo Slash/Dog abandonaron la sala con paso medido, sin prisas, conscientes de que, a partir de ese momento, cualquier hallazgo en territorio demoníaco debía manejarse con diplomacia y precisión.
La tarde ya se deslizaba hacia el ocaso cuando volvieron a pisar las calles de Kuoh, ahora con una nueva meta más concreta. Si existía una conexión entre Freed Sellzen y la desaparición —ahora probable asesinato— de los tres ángeles caídos, no tenían tiempo que perder. La zona de la antigua iglesia sería su punto de partida.
Tobio lideraba al grupo con pasos firmes pero atentos, mientras Sae, ligeramente por detrás, repasaba notas en su portapapeles. Natsume y Samejima intercambiaban impresiones a media voz, trazando mentalmente la ruta de búsqueda. Lavinia, por su parte, caminaba en silencio, con los ojos entrecerrados, percibiendo corrientes mágicas que quizás el resto no podía notar.
La iglesia abandonada se alzaba aún como un vestigio melancólico de tiempos anteriores. Su estructura había resistido milagrosamente el paso de los años, aunque su interior mostraba huellas claras del conflicto que allí tuvo lugar. Las marcas en las paredes, restos de combustión mágica y una sensación persistente de sacralidad marchita impregnaban el ambiente. Lavinia se detuvo en el umbral, alzando la mano con suavidad.
—Sin duda fue aquí donde se llevó a cabo la lucha entre los demonios y Freed Sellzen, pero no hay rastro alguno de ángeles caídos. No es aquí.
—Debemos seguir buscando pues —comentó Shigenu.
El grupo abandonó la iglesia, no sin antes confirmar que allí se llevó a cabo una extracción de Sacred Gear, tal y como comentaron los demonios. Siguiendo las pistas, el grupo llegó hasta otro lugar donde sin duda sí había habido presencia de ángeles caídos.
—Aquí fue donde todo empezó… o, tal vez, donde todo acabó para ellos —susurró Lavinia.
Sae asintió sin decir nada y se adelantó con su instrumental, comenzando a tomar medidas. Una vez dentro, dispersaron el equipo con eficiencia. Mientras Natsume, Shigenu y Samejima inspeccionaban el sótano y las estancias laterales, Lavinia y Tobio avanzaron hasta lo que parecía ser la sala principal. No tardaron mucho en encontrarlo.
En una sección trasera del terreno, parcialmente oculta por vegetación crecida y escombros, una hondonada natural les reveló la escena. Tres cuerpos, o mejor dicho, lo que quedaba de ellos, yacían dispuestos en una formación desordenada. No estaban sepultados, sino abandonados, como si quien los hubiese eliminado no hubiese tenido el menor interés en ocultarlos. La visión era impactante, incluso para ojos acostumbrados a la muerte.
Los restos habían entrado ya en un estado avanzado de descomposición. La carne se había marchitado, dejando entrever huesos oscurecidos por la intemperie y fragmentos de órganos secos. Aún así, la vestimenta de cada uno —harapienta pero reconocible— permitía deducir que se trataba de individuos con la estética característica de ciertos ángeles caídos. Tobio convocó inmediatamente al grupo, que no tardó en reunirse.
—¿Son ellos? —preguntó Samejima en voz baja, sin dejar de observar desde la distancia.
Tobio se agachó, sin tocar nada todavía, y asintió tras unos segundos.
—Coinciden con la descripción que recibimos de Shemhazai. Dos mujeres y un hombre. Pero...
—Falta una —interrumpió Lavinia, arrodillándose junto a los cuerpos—. Raynare.
—¿Estás segura?
—No hay rastro de su magia entre estos tres. Tampoco de su firma energética.
Sae se unió al grupo al instante y empezó a desplegar sensores. El aire parecía más denso en aquella zona, cargado de una quietud macabra.
—Voy a empezar con el escaneo mágico completo. No toquéis nada aún.
Los demás retrocedieron levemente, permitiendo que tanto ella como Lavinia comenzaran su trabajo. Las dos mujeres, cada una desde su especialidad, empezaron a examinar restos, a medir fluctuaciones de energía, a analizar el entorno. Tardaron más de una hora, y al caer la noche, el aire parecía más frío, aunque no hubiera brisa.
—Confirmado —dijo Sae finalmente, retirándose los guantes con gesto mecánico—. Heridas provocadas por armas de luz. Hay marcas de cauterización en los huesos que no corresponden a ningún tipo de hechizo conocido. Es daño físico, directo. Y las ropas... también tienen quemaduras concentradas. Las armas de los exorcistas dejan una firma concreta cuando penetran la carne.
Lavinia asentía, casi en trance.
—Y no solo eso. Estas heridas no fueron hechas al azar. Fueron asestadas con técnica. Con rabia, sí… pero también con conocimiento. Quien lo hizo sabía cómo matar a un ángel caído.
—¿Freed Sellzen? —preguntó Samejima, aunque la respuesta ya flotaba en el ambiente.
—Todo apunta a él —confirmó Tobio—. Si no fuese porque sabemos que está muerto, juraría que fue él. Solo él tenía ese patrón de violencia… y ese desprecio por todos.
—¿Y Raynare? —preguntó Natsume, mirando en derredor con una sombra de inquietud—. ¿Dónde está ella?
Nadie respondió de inmediato. Solo Lavinia, que se levantó con la mirada aún fija en el horizonte, susurró con un deje de preocupación:
—Ese es el misterio que nos queda.
—¿Volvemos a preguntar a los demonios? Me da que pueden saber algo —apuntó Shigenu.
—No será necesario. Ya sabemos dónde están tres. Avisemos a Shemhazai para que venga a por ellos mientras nosotros buscamos a Raynare.
La noche había caído por completo cuando el grupo abandonó el terreno. El cielo, despejado, ofrecía una luna pálida que iluminaba con tenue melancolía las calles de Kuoh. A pesar de la fatiga acumulada durante el día, ninguno de ellos hablaba de inmediato; las imágenes de los cuerpos, el hedor sutil de la muerte aún adherido a la memoria, pesaban más que cualquier conversación trivial.
Se hospedaban en una discreta residencia alquilada a través de canales diplomáticos de Grigori, situada en las afueras de la ciudad, entre una zona residencial tranquila y un pequeño bosque. Era un lugar sobrio, cómodo, sin lujos innecesarios, ideal para pasar desapercibidos.
Ya en el interior, se repartieron por el espacio de manera automática. Lavinia se retiró al patio trasero, donde el leve murmullo de un riachuelo acompañaba su silencio. Tobio se dejó caer en uno de los sofás del salón, mientras Samejima se ocupaba de revisar las defensas mágicas del perímetro. Shigune se había encerrado en la cocina, preparando té sin decir palabra, como si el ritual de hervir el agua y medir las hojas la mantuviese anclada a la realidad. Natsume se sentó en la mesa, con los brazos cruzados y la mirada fija en un punto invisible del suelo. Sae se sentó junto a Tobio, pensativa.
—Ha sido un día largo —comentó Tobio por fin, rompiendo el silencio con voz grave—. Y lo peor es que solo estamos empezando.
—Sí… pero al menos ya tenemos una certeza —respondió Natsume, sin apartar la mirada del suelo—. Tres de ellos están muertos. Y el cabrón que lo hizo… también.
—No me fío de que esté realmente muerto —murmuró Samejima desde el umbral, con la mano aún sobre el marco de la puerta—. Gente como él siempre encuentra la manera de volver.
—Freed Sellzen no va a volver —afirmó Sae con firmeza—. Los demonios le eliminaron. Si no ellos, alguien más lo habría hecho tarde o temprano. Pero ese no es el problema ahora.
Lavinia volvió entonces, cruzando el salón con pasos ligeros. Había estado invocando pequeños orbes de hielo para calmar su mente, y aún le brillaban fragmentos de escarcha en los dedos.
—No he dormido en más de un día —dijo con una sonrisa apagada—. ¿Alguien más va a fingir que no necesita descansar?
—Yo sí voy a dormir —anunció Shigune desde la cocina—. En cuanto me tome este té.
—Entonces descanso general —determinó Tobio, alzándose con un suspiro—. A primera hora saldremos a seguir el rastro de Raynare. Sae ha detectado algunos fragmentos de energía dispersos por la ciudad, y uno de ellos parece concentrarse en un parque no muy lejos de aquí. Con suerte, obtendremos respuestas.
—¿Y si solo nos conduce a otro cadáver? —preguntó Natsume sin ironía, solo con cansancio.
—Pues entonces, al menos, tendremos la verdad completa.
No se dijo nada más. La noche envolvió la casa como un manto de tregua temporal. Uno a uno fueron retirándose a sus habitaciones o a los rincones que les proporcionaban consuelo. Tobio fue el último en apagar la luz del salón. Durante unos minutos permaneció de pie, mirando el reflejo de la luna en la ventana. No pensaba en los cuerpos, ni en Freed, ni en Raynare. Pensaba en la constante repetición de todo aquello. En cómo, por más vueltas que diera el mundo, siempre parecían volver a lo mismo: muerte, dolor, rastros a seguir en la oscuridad. Cuando se metió en la cama, el sueño no llegó de inmediato. Pero eventualmente, el peso del día lo venció.
A la mañana siguiente la luz temprana filtrada entre las cortinas trajo consigo una calma relativa. El aire fresco matinal entraba por las ventanas entreabiertas, cargado con el perfume de los pinos del bosque cercano. Una a una, las habitaciones fueron despertándose a ritmo tranquilo. Shigune ya estaba en la cocina cuando Tobio entró, esta vez con el pelo todavía mojado y una taza de café entre las manos.
—¿Habéis descansado todos? —preguntó ella, sirviendo algo de arroz blanco en cuencos individuales.
—Dentro de lo posible, sí —respondió Tobio.
Poco a poco fueron reuniéndose todos en la mesa del comedor, y una vez terminado el desayuno, se dispusieron a revisar los datos de la noche anterior. Fue Sae quien se encargó de sintetizar la información más relevante:
—Anoche, mientras analizábamos la zona, encontré una concentración residual de energía oscura cerca de uno de los parques de Kuoh, al noreste. Es tenue, pero distinta. No es demoníaca, ni de un exorcista. Es magia de un ángel caído.
—¿Podría ser Raynare? —preguntó Natsume, dejando su taza a medio camino de la boca.
—No lo puedo asegurar al cien por cien, pero… coincide con las firmas que hemos detectado antes en otras localizaciones relacionadas con ella.
—Entonces ese será nuestro próximo destino —asintió Tobio, levantándose.
—De acuerdo —añadió Lavinia—. Pero con precaución. Si ese fue el último lugar donde estuvo, podríamos encontrar algo… o a alguien.
El parque al que se dirigieron esa mañana se encontraba algo alejado del centro de Kuoh, en una zona residencial tranquila, de esas que aún conservaban un aura de quietud incluso en las estaciones más movidas del año. Era un espacio amplio, rodeado por árboles altos y robustos, y con un lago artificial en su centro. Bancos de madera vieja, columpios que chirriaban al moverse con el viento, y una glorieta semiabandonada completaban el paisaje.
Llegaron poco después de las nueve. Lavinia fue la primera en descender del vehículo, cerrando los ojos apenas sus pies tocaron la tierra del sendero. Los demás la siguieron sin intercambiar muchas palabras; sabían que este tipo de lugares, tan ordinarios a simple vista, podían contener más verdades de las que aparentaban.
—Aquí fue donde se detectó la concentración mágica anómala —dijo Sae, desplegando una tableta de energía sobre su portapapeles. Un mapa tridimensional del parque se alzó en miniatura ante ella—. La mayor parte de la distorsión se encuentra cerca de la zona norte del lago, donde el terreno está algo más abierto.
—Dividámonos por ahora —propuso Tobio—. Samejima, tú conmigo. Natsume y Shigune, tomad la zona de los columpios. Lavinia, tú encárgate del perímetro con Sae. No toquemos nada hasta reunirnos.
El grupo asintió y se dispersó sin más palabras. Durante las siguientes horas, inspeccionaron cada rincón con paciencia meticulosa. A primera vista, el lugar parecía normal, incluso aburrido. Pero cuanto más escarbaban, más pequeñas anomalías aparecían.
En el claro junto al lago, Tobio y Samejima encontraron fragmentos de ramas rotas, marcas en la tierra —demasiado profundas y erráticas para una pelea corriente— y restos de energía oscura incrustada en la corteza de varios árboles.
—Aquí se luchó —confirmó Tobio, tocando una de las marcas con la yema de los dedos—. Energía angelical caída, y potente. Fue Raynare, sin duda.
—¿Contra quién? —Samejima se agachó, analizando la disposición de las huellas—. Aquí hay… esto no es humano. Mira el patrón. Garras. Y no pequeñas.
Mientras tanto, Natsume y Shigune daban con un conjunto de bancos de piedra desordenados, uno de ellos roto como si alguien lo hubiera estampado contra el suelo. Cerca, una mancha negruzca manchaba el césped.
—No es sangre —dijo Shigune, tras una comprobación con un hechizo—. Es una sustancia mágica residual. Como si alguien hubiera usado algún tipo de invocación o portal. Pero esto es… extraño. No es magia demoníaca, ni celestial. Ni siquiera de hechiceros humanos.
—Parece más... primitiva —añadió Natsume, con el ceño fruncido—. Y huele a quemado, ¿lo notas?
—Sí. Quemado, pero no por fuego. Es otra cosa.
Lavinia y Sae, por su parte, habían seguido un rastro tenue de energía que serpenteaba por el borde del parque. A medida que se adentraban en un tramo boscoso, Sae se detuvo en seco.
—Hay un desequilibrio en el flujo mágico del entorno —murmuró—. Aquí pasó algo importante. Como si el espacio hubiera sido desgarrado y vuelto a cerrar a la fuerza.
Lavinia cerró los ojos, extendiendo ambas manos. Una leve brisa helada la envolvió mientras murmuraba en voz baja un encantamiento de rastreo.
—Una barrera se formó aquí —susurró—. Y era fuerte. Quienquiera que la creó sabía lo que hacía… y quería ocultar lo que ocurría dentro.
Volvieron a reunirse todos cerca del mediodía. Compartieron hallazgos y comenzaron a componer el rompecabezas en voz alta.
—Raynare fue atacada aquí —resumió Tobio, señalando el mapa proyectado por Sae—. Se defendió con todo lo que tenía, eso está claro. Pero fue superada.
—¿Y por quién? —preguntó Natsume.
—No lo sabemos —dijo Lavinia—. Pero había tres presencias distintas junto a él. No humanas. No demoníacas. Criaturas. Bestias.
—¿De invocación? —aventuró Shigune.
—No —negó Sae tras revisar sus registros—. No detectamos sellos de invocación. Estaban con él desde antes. Son suyas.
—¿Y Raynare? —insistió Natsume.
—Se la llevaron —sentenció Lavinia con voz baja.
El silencio que siguió fue espeso. El parque entero parecía contener la respiración en ese instante.
—¿Estás segura? —preguntó Tobio al cabo de unos segundos.
—Sí. No hay rastro de desintegración. Ni restos de alma. No murió aquí. Fue noqueada, inmovilizada… y transportada. Algo o alguien se la llevó. Y no fue por azar.
—¿Lo tenían planeado? —Samejima frunció el ceño.
—Es posible. Tal vez ella era su objetivo —dijo Sae, pensativa—. Tal vez el grupo entero… o solo ella. No lo sabemos aún. Pero quien lo hizo tenía la fuerza suficiente para someterla, y la precisión para ocultar casi todos los rastros.
—¿Alguna pista de hacia dónde se la llevaron? —preguntó Tobio.
—No aún —contestó Lavinia—. Pero mañana seguiremos el rastro. Hoy solo hemos desvelado el principio del siguiente acto.
Tobio alzó la vista hacia el cielo, donde las nubes comenzaban a arremolinarse con lentitud. No era mal tiempo, pero algo en la atmósfera había cambiado. Raynare no estaba muerta. Pero lo que eso significaba… estaba aún por descubrirse.
Bueeeno, pues parece que la cosa se va animando poco a poco. Todo va con su rumbo, tranquilidad.
Zitfeng: nuevamente te adelantas demasiado. Apenas y estamos empezando, año 2008, y eso es en el 2012. Tranquilidad.
stipscrac: me pasa, y luego hay que estar arreglando jajaja. Gracias. Intento centrarme bastante en ello.
alexzero: claro, eso siempre lo está haciendo. Realiza su entrenamiento como agente (físico y educativo) y aparte el de la SG. Está cubierto. Ya llegará, hay temas que tratar y no hay prisa.
Y sin más que decir, me despido.
¡Nos leemos!
