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CRÓNICAS DE LAS ALMAS PERDIDAS
Una historia basada en RANMA 1/2 de Rumiko Takahashi
Escrita por ZETAGÉ
CAPÍTULO III – LAS SOMBRAS DE JUSENKYO
La consciencia regresó a ella como una brisa tenue que disipaba el peso del sueño. Apenas abrió los ojos, Akane sintió que algo se desvanecía de su mente, como un recuerdo imposible de atrapar. Tenía la impresión de haber soñado con alguien, pero como suele ocurrir con los sueños, la imagen se fue volviendo cada vez más borrosa conforme despertaba, hasta desaparecer por completo y dejar tras de sí solo vagas sensaciones: el calor de un sol agobiante, la aspereza de la arena bajo pies descalzos y la continua sensación de no pertenecer a ningún lugar.
Se giró en la cama, incómoda. Afuera, más allá de la ventana, las nubes grises se acumulaban anunciando una inminente tormenta. Un viento húmedo hacía temblar las hojas de los árboles y oscurecía la luz de la tarde. Pero aún era de día. No podía haber pasado demasiado tiempo desde que perdiera el conocimiento.
Comprendió que la habían trasladado a su habitación y tras incorporarse sobre la cama, dejando caer un paño húmedo que le habían puesto en la frente, descubrió a Kasumi sentada junto a ella, tomándola de una mano con la expresión de quien acababa de relajarse al verla volver en sí.
—¿Te encuentras bien, Akane? —le preguntó con evidente alivio.
—Eso creo —respondió ella, aún medio dormida—. ¿Qué sucedió? Estábamos en el comedor y… ¡¿Mh?!
No terminó la frase, sino que frunció el ceño con dureza al notar que, mirándola directamente desde el centro de la habitación, sentada sobre sus piernas como un adorno extraño que alguien había dejado en el piso, se encontraba la anciana que había visto antes en el comedor, la que había lanzado el comentario acerca de Ranma. Su sola presencia le hizo tensarse de inmediato.
—¿Usted qué hace en mi habitación? —exigió saber.
—Akane, por favor, no le hables así —intervino Kasumi al notar el cambio de ánimo de su hermana—. Ella fue quien trajo a tío Genma a casa; cree que puede ayudar.
Antes de que pudiera insistir, la anciana levantó una mano con calma, indicando que no necesitaba defensa.
—Gracias —dijo con su marcado acento—, pero no la culpo por estar desconfiada. El agua que se estanca en la hondura del espíritu termina por volverse sombra en lugar de reflejo.
Se hizo un momento de pausa en el que Akane y Kasumi se miraron sin entender del todo la metáfora. La anciana dejó escapar un suspiro y se levantó mientras soltaba una frase en su idioma natal. Akane no entendió el significado de las palabras, pero reconoció rápidamente el idioma como chino.
—Quiero decir que debí ser más cuidadosa con mis palabras —continuó hablando la anciana, inclinando ligeramente la cabeza—. Me disculpo por su dureza, pues te he hecho enojar.
—¡Ni que lo diga! —bufó Akane sentándose al lado de su hermana sobre la cama. Todavía vestía sus ropas de escuela—. ¿A quén se le ocurre soltar algo así de buenas a primeras?
—Jovencita —la anciana la miró directamente, como si la analizara con fria lógica—, tú pediste la verdad y yo te la di. Si la verdad te sobrepasa, no deberías pedirla.
Si las disculpas de la anciana habían aplacado un poco la tensión dentro de Akane, esta última frase había vuelto a avivar el fuego.
—¡Eso no tiene sentido! ¡¿Y qué demonios quiso decir sobre Ranma?!
—Akane… —intentó moderar Kasumi, pero antes de que pudiera hacer algo, la anciana volvió a hablar.
—¡El agua no juzga, solo fluye!
—Señora, por favor… —volvió a intentar hablar Kasumi, pero su hermana la interrumpió ahora.
—¡¿Se está burlando de mí?! ¡Solo dice disparates!
—No son disparates, muchacha —espetó de vuelta la anciana—. ¡El Gran Espejo ofrece su conocimiento a quienes están dispuestos a escucharlo!
—¡No me venga con…!
Aunque los ánimos se habían caldeado rápidamente, ambas se detuvieron en el acto cuando Kasumi, atrapada entre dos mujeres de carácter fuerte, las detuvo con unos correctivos aplausos. Luego, con ceño fruncido y con actitud maternal, les habló:
—Akane, señora, esto no está ayudando. Les pido que, por favor, se calmen y conversen bien.
El rostro de Akane se deformó como si, literalmente, hubiera tenido que tragarse sus palabras. Cerró los ojos con fuerza, su respiración se volvió pesada. Contó hasta tres en su mente antes de soltar aire por la nariz, pero no sirvió de nada. Seguía sintiendo el fuego en su pecho, aunque intentó contenerlo. Se tomó un momento para aplacarlo y, tras respirar hondo, volvió a hablar. Mantenía los ojos cerrados, como si quisiera evitar mirar a la anciana para no volver a enojarse.
—Tienes razón, Kasumi. Lo lamento.
—Yo también reitero mis disculpas —añadió la anciana, nuevamente haciendo una inclinación de cabeza—. Teniendo en cuenta lo delicado del asunto, espero que tengamos la oportunidad de volver a empezar.
—¡Qué bueno! —celebró la mayor de las Tendo dando un último aplauso al juntar ambas manos ante ella con una sonrisa—. Entonces, para que podamos entendernos, ¿qué les parece si partimos por presentarnos?
—De acuerdo… —suspiró Akane, aunque se sentía como una niña a la que habían regañado en el jardín infantil. Se cruzó de brazos—. Partamos de nuevo: mi nombre es Akane, y Ranma es mi prometido. Acerca de lo que dijo en el comedor… —volvió a abrir los ojos de golpe, mirando directamente a la anciana con una intensidad que contrastaba con la amabilidad que intentaba impregnarle a sus palabras—… le pido que me explique con claridad qué está ocurriendo con él.
—Qué niña —murmuró la anciana sintiendo el peso de su mirada. Se aclaró la garganta y ella también se presentó:—. Mi nombre es Lu-Xun. Soy la sacerdotisa madre de Dà Shuǐ Jìn, mi pueblo natal y donde habita mi tribu, en las montañas Bayankala, en China.
—¿Las Montañas Bayankala? —preguntó Kasumi.
—Es donde se encuentra Jusenkyo —aclaró Akane, enseriándose tras prestar atención a las palabras de la anciana—. También es un lugar lleno de tribus extrañas a las que les encanta fastidiar a los demás.
—Oh —exclamó Kasumi con sorpresa.
—Ahora recuerdo —dijo la anciana—. Yǐn Lù Rén mencionó que ustedes habían tenido conflicto con algunas de las tribus. Aunque no sé si te refieres a la tribu de la Gente Fénix o las Amazonas. Tengo entendido que una de las niñas de esa tribu es una visitante habitual de tu prometido.
—¿Yǐn… Lù…? —intentó repetir Kasumi, sin pronunciar bien la palabra en chino.
—En su idioma lo conocen como el "Guía de Jusenkyo" —aclaró la anciana.
—Oh.
Akane frunció el ceño, retomando el tema.
—¿Se refiere a Shampoo? —preguntó con un dejo indignado en la voz.
—Shānpǔ… —corrigió la anciana en su idioma.
Kasumi se apresuró a intervenir, notando como la tensión regresaba:
—Shampoo es una chica que trabaja como camarera en el restorán de su abuela, aquí cerca. No creo que venga al caso actual, señora Lotion.
—¿Lotion? —la anciana parpadeó un par de veces, arqueando una ceja.
—Así sonaría en japonés —sonrió Kasumi, juntando las manos—. ¡Como la loción del baño!
—¿Estás comparando mi nombre con un ungüento?
—No lo había pensado así, pero… ¡es más fácil de recordar!
—Eres una chica bastante amable —reconoció la anciana Lotion, por fin dibujando una mueca de sonrisa—. Aunque algo extraña.
Akane bufó.
—¿Podemos ir al grano? —retomó—. Si viene de las montañas Bayankala, y como mencionó a un tal Señor de Jusenkyo, asumo que lo que sea que esté pasando tiene relación con sus tribus. No creo que la tribu de Shampoo esté involucrada en esto, pero ¿podría ser que la Gente Fénix nuevamente haya hecho algo?
—No —respondió rápidamente la anciana Lotion—. No han vuelto a mostrarse desde que su líder renació como un bebé. Aunque la batalla que tuvieron contra ustedes nos causó muchos problemas a los habitantes de las montañas cuando las aguas de las pozas se mezclaron.
—Eso suena impresionante —preguntó Kasumi mirando a Akane—. ¿De verdad ocurrió?
Akane simplemente asintió con la cabeza. No eran recuerdos tan agradables de abordar.
La anciana carraspeó.
—Por fortuna, Jusenkyo volvió a la normalidad poco después… Sin embargo, parece que la mezcla de las aguas ha perturbado el delicado equilibrio existente, despertando al peligroso Shui-Feng de su letargo. Eso fue lo que me trajo a su país, y específicamente a esta casa. Así lo señalaron los augurios del Dà Shuǐ Jìng, el Gran Espejo de Agua.
—¿Me está diciendo que por culpa de ese Shui-Feng, Ranma desapareció? —preguntó Akane—. ¿De verdad espera que me crea eso?
La anciana se quedó en silencio un momento sin despegar los ojos de Akane, quien se sentía incómodamente inspeccionada, como si la mujer estuviera evaluando si sería correcto develar lo que venía o no.
—No solo a Ranma, muchacha. No. Si vine aquí se debe a la desaparición repentina de todos los que alguna vez cayeron en las aguas de Jusenkyo. Eso incluye a tu prometido, por supuesto, pero también a esa muchacha Shampoo que mencionaron antes, y de todo aquel que alguna vez tocó las aguas de los manantiales.
—¡Pero usted lo que dijo es que Ranma había muerto! —señaló Akane poniéndose de pie de golpe.
Al ver esta reacción, la anciana Lotion dirigió sus ojos hacia Kasumi.
—¿Tu hermana menor es siempre tan irascible?
—¡Para nada! —respondió Kasumi—. Puede ser muy dulce cuando se lo propone… aunque no siempre se note.
Akane giró la cabeza hacia su hermana mayor lentamente, como si fuera una muñeca con una pieza trabada en el cuello.
—Con eso no me ayudas, hermana.
Kasumi simplemente sonrió.
—Sé lo que dije —la anciana Lotion retomó el tema—, y también que lo más probable es que su alma, y la de todos los desaparecidos, haya sido reclamada por el misterioso Shui-Feng, Señor de Jusenkyo —miró a Akane directamente. Los músculos de la menor de las Tendo volvieron a tensarse ante sus ojos—. Y mantengo mis palabras: que el señor Shui-Feng reclame tu alma equivale a morir. Por doloroso que resulte, tu prometido Ranma está muerto y debes aceptarlo.
—¡Eso no es verdad y no lo aceptaré! —gritó Akane con los ojos brillándole. Kasumi le tomó una mano en un intento por calmarla. No funcionó—. ¡Usted dice que todos los desaparecidos fueron reclamados por ese tal señor de Jusenkyo! ¡Pero el tío Genma está allá abajo, y está vivo! ¡No le creo una palabra, señora!
La anciana Lotion también se puso de pie. Ahora que la tenía de frente, Akane notó lo pequeña que era, llegándole un poco más arriba de la cintura y con la espalda curvada hacia adelante. Su aspecto físico no era nada impresionante, pero la autoridad que emanaba de ella hacía notar el peso de los años.
—¿Te refieres al hombre que cayó en el Shonmaonīchuan, la Poza del Panda Ahogado? ¿Es que no viste el estado en el que se encontraba? El misterioso Shui-Feng nos ha precavido sobre su caprichosa voluntad, por lo que ignoro qué ha hecho ese hombre para no haber perdido su cuerpo, pero está claro que ha perdido su alma. Yǐn Lù Rén lo encontró tirado allá en las montañas y lo llevó hacia nosotros, pero no es sino solo un cascarón vacío. ¡Un muerto en vida!
—¡Es suficiente! —volvió a exclamar Akane—. ¡No quiero seguir escuchando!
—¡Tienes que hacerlo! —exclamó la anciana—. ¡Debes aceptar que…!
—¡Deténgase!
—Akane —intentó intervenir Kasumi—, sé que esto es difícil y que estás sufriendo, pero…
—¡Ya basta! —exclamó, soltándose de la mano de su hermana—. No necesito que me tengan lástima, ni que vengan aquí a decirme lo que supuestamente pasó. ¡Conozco a Ranma y no voy a aceptar nada de lo que están diciendo! —miró directamente a la anciana Lotion y lamentó no poder controlar las lágrimas que comenzaban a alojarse en sus ojos. Cuando habló lo hizo apretando los dientes con dureza:—. El tío Genma será una cosa, pero mi Ranma no es débil y no está muerto. No aceptaré que me digan lo contrario.
Ni Akane ni la anciana Lotion desviaron la mirada de la otra, mientras en la habitación se hizo un silencio espeso que solo era roto por el soplido del viento en el exterior. Kasumi llevó los ojos de una mujer a la otra, notoriamente incómoda, y se revolvió sobre la cama de Akane donde estaba sentada, sin saber cómo actuar. Finalmente, la anciana Lotion, tras dejar escapar un suspiro agotado, volvió a tomar la palabra:
—Jovencita, tienes la pasión del agua que bulle —dijo—, pero la ira no te ayudará nada en esta situación.
Si quería hacerla enojar, la anciana Lotion presionó los botones correctos. Akane sintió como el pecho se le apretaba y la sangre se le subía hasta la coronilla de la cabeza, cegándola. Apretó los puños y los dientes en un último intento por contener la explosión, pero le resultaba dolorosamente difícil.
—Fuera… —murmuró en un tono casi inaudible.
—Akane… —intentó Kasumi, pero fue inútil.
—Fuera —dijo Akane, ahora un poco más alto.
—Jovencita, necesito… —intentó decir la anciana, pero fue peor.
—¡Las dos, fuera! —Akane explotó—. ¡Salgan de mi habitación!
La anciana intentó decir algo para no dejar el tema, pero Kasumi la detuvo con un gesto de mano mientras negaba con la cabeza. Se puso de pie en silencio y se dirigió a la puerta, señalando a la anciana para que la siguiera.
—Entiendo —dijo esta, inclinando la cabeza levemente—. No la molestaré más por ahora.
Y ambas salieron en silencio, con Kasumi dando un último vistazo a su hermana pequeña antes de cerrar la puerta con cuidado y tratando de no hacer ruido.
Por fin estando sola, Akane intentó controlar su respiración. Sabía que la anciana tenía razón, la ira no la estaba ayudando en nada. Pero esa ira era el único medio que había encontrado para no derrumbarse por completo. Necesitaba estar enojada y nadie parecía entenderlo. Agotada, se dejó caer nuevamente sobre la cama y se cubrió por completo bajo las sábanas. Fue entonces, en el silencio de su soledad, que logró escuchar el llanto de su padre flotando desde algún lugar de la casa. Tomó la almohada y se cubrió la cabeza intentando aplacar el sonido, pero solo consiguió oír sus propios latidos agitados martillándole en los tímpanos. Su mente no dejaba de dar vueltas mientras el corazón latía con fuerza contra su pecho.
Mientras las primeras gotas de lluvia golpeaban contra la ventana, en su garganta se formó un doloroso nudo. Sentía ganas de llorar, pero se negaba a hacerlo. Finalmente, salió de su refugió debajo de las sábanas a sabiendas de que no encontraría ahí descanso. Se puso de pie y se dirigió hacia su armario mientras se quitaba las ropas de la escuela. No iba a permitir que las emociones la derrumbaran y solo conocía de un lugar en el que podía mostrarse tan cual era. Sacó su gi de combate el armario y sintió alivio al rozarlo con los dedos.
Iría a practicar al dojo. Quizás eso le ayudaría a despejarse.
~ o ~
Resultó que Akane tenía razón. Entrenar en el dojo era lo que necesitaba. Sobre ella la lluvia se había dejado caer con toda su intensidad, retumbando como un galope amortiguado contra las tejas, pero en su corazón parecía brillar un sol radiante.
Le encantaba la sensación de sus músculos al tensarse y la liberación que seguía con cada golpe. Además, el olor de su sudor y la sensación del aire llenando sus pulmones antes de plantar sus pies fuertemente contra el tatami hacía le sentir plena, como si estuviera haciendo lo correcto. Incluso había logrado sonreír con cada movimiento, lo que era genial, pues con todo lo que estaba pasando temía haber olvidado cómo hacerlo.
Akane se detuvo un momento en medio del dojo y dibujó un círculo con ambas manos antes empuñarlas rígidamente a la altura de sus caderas. El estilo Tendo, con bases tradicionales del arte marcial japonés, se basaba en líneas y rectas, con movimientos dirigidos y fuertes, cuyo objetivo era golpear con fuerza y precisión al oponente para vencer en un ataque devastador. Siendo así, Akane inició uno de los kata que había aprendido de su padre desde pequeña. Constaba de posiciones preestablecidas y marcadas, con movimientos angulares de cadera y espalda, y con golpes de puño y patadas dirigidas a puntos vitales.
Curiosamente, los movimientos que realizaba llevaron la memoria de Akane al primer encuentro que había tenido con Ranma, hace ya más de año y medio, cuando ella creyó que estaba enfrentando a una chica y no a un hombre que se transformaba en una al tocar el agua fría. Por inercia, comenzó a imitar los movimientos de aquella vez en el dojo, recordando cómo Ranma se las arreglaba para esquivar cada golpe con agilidad gatuna. A diferencia del Tendo, el estilo Saotome de combate libre no se basaba en la fuerza ni en movimientos rectos, sino que en la velocidad y en la capacidad para utilizar la fuerza del oponente en su contra; sin contar la gran cantidad de artimañas que el tío Genma había añadido al estilo de Ranma durante su entrenamiento. Se podían decir muchas cosas del señor Saotome, pero había convertido a Ranma en un guerrero magistral.
Akane inspiró hondo tras terminar el kata y nuevamente se puso en guardia. Aunque, de pronto, con los ojos cerrados y con la memoria llena de imágenes de Ranma combatiendo, sintió el impulso por tratar de imitarlo. Se giró sobre sus pies, aún con los ojos cerrados, expulsó aire lentamente por la boca y comenzó a trazar con su propio cuerpo los movimientos que había visto a Ranma hacer tantas veces en las kata del estilo Saotome. Trató de imitar la forma en que se deslizaba sin esfuerzo, la manera en que su cuerpo parecía fluir con cada ataque, como si el combate fuera para él tan natural como respirar.
No parece tan difícil, se dijo, impulsándose en el aire con una patada giratoria, buscando imitar su agilidad. Pero ella no tenía el equilibrio de Ranma y falló. Su pie apenas rozó el suelo antes de que su espalda chocara contra el tatami con un golpe seco.
—¡Otra vez! —exclamó tras levantarse.
Adoptó nuevamente la postura de su prometido e intentó realizar nuevamente el kata, pero el resultado fue el mismo. Chasqueó la lengua y trató de concentrarse. Cerró los ojos nuevamente y dibujó la imagen de Ranma en su mente, poniendo mucha atención en sus movimientos e imitándolos tanto como le fuera posible, pero nuevamente cayó.
—¿Cómo lo hace? —se preguntó antes de levantarse e intentarlo de nuevo.
Podía verlo con claridad. Ya fuera en su forma de hombre o de mujer, podía verlo como si lo tuviera frente a ella en una sesión de entrenamiento. Como si pudiera mirarlo a los ojos.
—No me sale… —se dijo tras caer otra vez y volver a levantarse para iniciar de nuevo, siempre con los ojos cerrados.
Podía imaginar su mirada y su sonrisa mientras esquivaba los golpes que ella le lanzaba; podía ver la tensión de sus músculos al moverse para impulsarlo y sentir su aroma al danzar a su lado con cada ágil movimiento. Incluso era capaz de escuchar su voz lanzándole pesadeces mientras entrenaba junto a ella.
—¡No puedo! —exclamó tras caer nuevamente.
Comprendió que imitar los movimientos de Ranma había sido un error. No porque su estilo fuera distinto al de él ni tampoco por no tener su agilidad, sino porque ahora su corazón estaba lleno de imágenes de él. Le dolía.
—¡Maldición! —gruñó, golpeando el piso con el puño.
La frustración la carcomía. La sonrisa había desaparecido por completo, reemplazada por la sensación de que el entrenamiento no había servido de nada. A pesar del buen comienzo, terminó echándolo todo a perder y ahora su mente insistía en volver a Ranma, a la posibilidad de que él… No. Se negó a terminar ese pensamiento, pero los ojos se le habían llenado de lágrimas.
—Si sigues luchando contra el agua, solo te ahogarás más rápido.
Akane se incorporó de golpe al escuchar la voz. No había oído la puerta deslizarse, pero ahí estaba la anciana Lotion, de pie a un costado del dojo, observándola con sus pequeños ojos astutos.
—¡¿Qué hace usted aquí?! —exigió saber Akane mientras se limpiaba los ojos bruscamente con el brazo. La sola presencia de la anciana la hacía enojar.
—Viniste a entrenar, ¿cierto? —preguntó ella con serenidad—. Te dejé un rato para que te calmaras, pero está claro que sigues hirviendo por dentro.
—No necesito hablar con usted.
—¿No? —Lotion ladeó la cabeza—. ¿Ni siquiera si puedo ayudarte a resolver qué ocurrió con tu prometido?
Akane apretó los dientes. No estaba de ánimos para continuar esa conversación, no con todo el significado que esa mujer traía consigo. Pero la propuesta era tentadora.
—Si no quieres escucharme, al menos dame la oportunidad de calmar las aguas que se agitan en tu interior.
—¿Qué?
—Si me ganas en un combate de práctica, me iré y no volveré a molestarte —dijo la anciana Lotion con una sonrisa que insinuaba en la comisura de sus labios—. Pero si pierdes…
Akane se puso de pie.
—¿Si pierdo?
—Tendrás que caminar conmigo un rato.
Akane se cruzó de brazos.
—Eso suena muy sospechoso —dijo—. Además, no voy a pelear con una anciana.
—¿Acaso temes perder?
Akane sintió que un tic le saltaba en la ceja.
—Está bien —exclamó finalmente—, pero no me culpe si la lastimo sin querer.
Lotion soltó una risa seca.
—Ya veremos, niña.
Aún con dudas, Akane adoptó una postura de combate y esperó a que la anciana hiciera lo mismo, pero la mujer simplemente se quedó donde estaba, en medio del tatami, mirándola fijamente bajo el cabello gris y con ambas manos detrás de la espalda. Su pequeño cuerpo oculto bajo las holgadas ropas de sacerdotisa extranjera, impidiendo que Akane pudiera descifrar si la anciana planeaba algo o si se estaba burlando de ella.
Finalmente, cuando Akane lanzó su primer golpe, lo hizo sin convicción, conteniéndose demasiado debido a la edad de la anciana, y Lotion aprovechó esa duda para hacer un movimiento demasiado ágil para sus años, posicionándose en un abrir y cerrar de ojos a un costado de Akane para golpearle con un dedo bajo las costillas.
—¿Y es con esa fuerza que temías lastimarme? —tanteó la anciana, mirando a Akane de soslayo.
Molesta, la menor de las Tendo decidió que no iba a contenerse más, y el siguiente golpe lo lanzó con toda su fuerza, plantando con firmeza el pie en el tatami. Pero la anciana Lotion volvió a deslizarse fuera de su alcance como si simplemente la hubiera visto venir antes de que siquiera moviera el brazo.
La anciana era rápida. Increíblemente rápida para su edad.
Akane giró sobre su eje y lanzó una patada baja, pero la anciana saltó con facilidad y la golpeó en el hombro con la palma abierta. No fue un golpe fuerte, pero el impacto hizo que Akane perdiera momentáneamente el equilibrio.
—El agua se adapta a su entorno —comentó la anciana, esquivando otro puñetazo con una facilidad exasperarte—. No lucha contra la corriente, fluye con ella.
—¡¿Por qué lo relaciona todo con el agua?! —exclamó Akane, intentando alcanzarla con una patada lateral.
—Soy la sacerdotisa madre de la tribu del Gran Espejo de Agua, niña —aclaró—. ¡De agua! ¿De qué más esperabas que hiciera metáforas? ¿De tu mal carácter?
Akane cayó en la provocación de la anciana y permitió que las emociones se apoderaran de ella. Sin embargo, antes de que pudiera responder, Lotion se deslizó ágilmente a un lado y le propinó un rápido golpe con el dorso de la mano en la nariz. No lo suficientemente fuerte para lastimarla, pero sí para hacerla dar un paso atrás.
Akane gruñó, apretando los dientes, y volvió a la carga, pero la anciana la esquivó con la misma facilidad. La joven sentía como la rabia hervía en su pecho. No le molestaba perder, pero el hecho de que esa mujer apenas hiciera un esfuerzo para esquivarla la estaba sacando de sus casillas.
—No puedes luchar bien si estás nublada por la ira —tanteó Lotion, esquivando otro ataque—. Controla el agua dentro de ti antes de que termine desbordándote.
Akane bufó con exasperación.
—¡Ya basta con el agua!
La anciana simplemente sonrió y, con una facilidad pasmosa, giró sobre su talón y la empujó suavemente hacia atrás. Akane perdió el equilibrio y cayó sentada sobre el tatami, jadeando.
Hubo un momento de silencio. Akane, aún con los puños apretados, cerró los ojos y tomó una bocanada de aire. Sintió la rabia aflojarse un poco en su pecho.
Cuando volvió a abrir los ojos, la anciana la miraba con aprobación.
—Así está mejor.
Akane suspiró, apoyando los brazos sobre sus rodillas.
—No pensé que fuera tan fuerte.
—No es fuerza —señaló ella, levantando un dedo—. El agua no golpea con fuerza si no lo necesita, pero intenta controlarla y se escabullirá por cada rendija que encuentre —Akane simplemente se la quedó mirando con rostro de agotamiento. La anciana suspiró—. No importa. El caso es que te he ganado.
—Sí —concedió Akane poniéndose en pie lentamente. Por mucho que hablara de que no se trataba de fuerza, le dolía donde la anciana la había golpeado—. ¿Y ahora qué?
—Ahora caminamos, ¿no habíamos quedado en eso?
—¿Bajo esta lluvia? —señaló Akane, escuchando el golpeteo constante del agua que caía sobre las tejas del dojo—. ¡Y no me venga con más metáforas, por favor!
—Puedes llevar un paraguas si quieres, a mí el agua no me molesta.
—No creo que sea buena idea, la verdad —protestó la muchacha.
—Pues yo creo que podría interesarte. Quiero mostrarte algo.
—¿Qué cosa?
La anciana aguardó un momento sin despegar la vista de ella y Akane nuevamente se sintió estudiada por esa mirada inquisitiva. Por un momento creyó que la anciana Lotion no iba a hablar, quieta como estaba en medio del salón de entrenamiento, pero aunque tardó, sí lo hizo:
—Honestamente, temo decírtelo. No sirve de nada que vuelvas a enojarte conmigo.
—Tiene que ver con Ranma, ¿me equivoco? —preguntó Akane directamente.
Admitió que la anciana tenía razón en cuanto a su enojo, pues la simple idea de regresar a ese tema le bullía la sangre.
La anciana asintió con la cabeza.
—El Gran Espejo de Agua me dio la misión de encontrar la forma de regresar al peligroso Shui-Feng a su letargo, y no puedo hacerlo si no comprendo qué fue lo que lo hizo despertar y apoderarse de las almas de los malditos de Jusenkyo. Esta casa —dijo, haciendo un ademán— aparece en nuestros registros como un centro neurálgico de reunión de malditos, pero no es el único. Necesito ir a los otros que están cerca.
—¿Y por qué tendría que acompañarla yo?
—Porque prometiste que lo harías si te vencía, ¿recuerdas? —Akane hizo una mueca al escucharla—. Además, quizás te ayude a procesar el dolor por la muerte de tu prometido.
—Ranma no está muerto —señaló ella rápidamente—. No importa cuántas veces lo repita, señora.
—¿Por qué te cuesta tanto aceptarlo, niña? —suspiró la anciana.
—Porque su única pista para asegurar que Ranma murió es que él era un maldito de Jusenkyo —aclaró Akane, intentando no alzar la voz, aunque le resultaba casi imposible—. Pues no solo el tío Genma está allá en el comedor, sino que yo también caí en una poza de Jusenkyo, y a mí no me ha pasado nada. Estoy bien. Estoy viva. ¡Entonces Ranma también debe estar vivo! ¡Me niego a creer que esté muerto!
La anciana pareció congelarse por un momento, sorprendida, y se quedó mirando a Akane con ojos extrañados.
—¿Qué estás diciendo? ¿Que tú también caíste en una de las pozas?
—¡Así es!
De pronto, la anciana sacó un pequeño contenedor de cerámica de entre sus ropas y se lo arrojó sin aviso a Akane, quien lo interceptó en el aire por reflejo con un puñetazo, rompiéndolo y desparramando su contenido encima de ella, empapándola.
—¡Oiga! —se quejó.
—Mmhh… —musitó la anciana con sospecha—. ¿Se puede saber a qué estás jugando? Te arrojé agua fría encima y no cambiaste de forma.
—¡Era una poza nueva! ¡Nadie se había ahogado ahí antes!
Lotion observó a Akane con una mezcla de sorpresa genuina.
—¿Me estás diciendo la verdad? Eso es interesante, niña —dijo—. Eso te convertiría en el último ser tocado por las aguas de Jusenkyo, y pudiste mantener tu vida. ¿Cómo fue que ocurrió?
—Una de las sirvientes de Saffron me atacó tras secuestrarme y llevarme a Jusenkyo. Creo que se llamaba Kiima, o algo así.
—¿Uno de los seres alados de la tribu del Monte Fénix? ¿Y qué hizo? ¿Te empujó a una de las pozas? ¿Con qué fin? —la anciana se mostraba impaciente.
—No, no me empujó… —admitió Akane, desviando la mirada, un poco avergonzada—. Mientras huía de ella no me fijé donde pisaba y caí en la poza sin darme cuenta…
—lìhài! —exclamó la anciana en su idioma natal—. Quién hubiera pensado que tu torpeza presentaría esta oportunidad. ¡Los augurios del Gran Espejo de Agua ahora cobran sentido! Necesito que me acompañes urgentemente.
—¿Qué? —protestó Akane, ofendida por el comentario de la anciana—. ¿No se supone que quería "caminar" conmigo? ¿Ahora tenemos urgencia?
—¡Siempre, niña! ¡Siempre! —la anciana se giró hacia la puerta del dojo—. ¡El agua no deja de fluir por más que uno desee calmarla! Y tú, creo que podrías ser importante para resolver qué es lo que anhela el oscuro Shui-Feng tras despertar de su letargo.
—¿De verdad? —Akane todavía no daba crédito—. ¿Y a dónde se supone que iremos con tanta prisa?
—Pues pensé que estaba claro cuando lo conversamos en tu habitación —señaló la anciana como quien no quiere la cosa—: al restaurante de esa chica Shampoo que tanto mencionaban. Nekohenta…
—¿El Nekohanten?
—Precisamente —concluyó la anciana, fastidiada con el idioma japonés—. En nuestros registros aparecen ella y su compañero como malditos de Jusenkyo. Son la otra fuente más cercana de pistas aparte de esta casa. Te iba a pedir que me acompañaras porque conoces el lugar, pero el saber que también caíste en una poza vacía y sobreviviste te convierte en la única pista viva que tenemos para resolver este misterio. ¡Es imperioso que vengas conmigo!
Akane suspiró profundamente. No le caía muy bien Shampoo por motivos más que obvios, pero sí sentía cierta responsabilidad en poder ayudarles. Además, mantenerse en movimiento con respecto a este asunto solidificaba su convicción de que Ranma continuaba vivo en algún lugar. Aunque…
Por un momento, una duda punzante se deslizó en su pecho.
¿Y si estaba equivocada? ¿Y lo que decía la anciana era verdad? ¿Y Ranma…?
¡No! Pensó, apretando los puños. Hasta que no vea su cadáver, no aceptaré que está muerto.
Así se lo decía su corazón.
—Muy bien, señora —dijo, decidida—. Iré con usted y recuperaré a Ranma.
—Te digo que él está… —la anciana soltó un suspiro resignado y, negando con la cabeza, comenzó a encaminarse hacia la puerta del dojo y hacia la lluvia que caía—. Qué niña más terca… —murmuró al salir.
~ o ~
La calle estaba desierta, azotada por la lluvia. Bajo su paraguas y vestida con ropa de calle y una gabardina impermeable con capucha para protegerse, Akane apuró el paso para no perder de vista a la anciana Lotion, que caminaba a un par de metros por delante como si el agua no le molestara en lo más mínimo.
El barrio donde se encontraba el Nekohanten no solía estar tan silencioso, ni siquiera bajo ese clima, pero esa noche parecía que hasta los postes de luz preferían guardar silencio, interrumpido de vez en cuando por truenos lejanos que explotaban lejos de ellos, en el cielo de nubes rojizas.
Cuando por fin llegaron frente al restaurante, Akane notó algo extraño.
—Qué solitario se siente…
No solo porque el lugar estaba a oscuras, sino porque el edificio mismo parecía carente de vida, como si lo hubieran abandonado y emitiera desde sus cimientos una tristeza profunda por este hecho.
La anciana Lotion asintió en silencio y abrió la puerta con un simple empujón.
—Ni siquiera aseguraron las puertas —dijo, luego volteó hacia Akane—. ¿Sabes desde cuando está así?
Akane negó con la cabeza. Hacía tiempo que no se pasaba por el restaurante de Shampoo. Solía evitarlo siempre que las locuras de su vida diaria le permitieran hacerlo.
—¿Esto también es por la desaparición? —preguntó.
—Es probable —respondió la anciana e ingresó al restaurante.
Akane tragó salva y aferró las manos al mango del paraguas, cruzando el umbral con cautela y aprehensión. En el interior reinaba la penumbra. Las luces estaban apagadas, las sillas seguían sobre las mesas como si nadie hubiera trabajado ahí en días. Había un olor ligeramente rancio, como a sopa abandonada o aceite viejo, mezclado con algo difícil de identificar… algo húmero. Como si el ambiente mismo estuviera empapado de miedo.
—Esto no me gusta…
—Mantente cerca, niña —indicó Lotion sin alzar la voz—, y guarda ese paraguas.
Akane se dio cuenta de que había entrado con paraguas y todo, y soltó el mango de metal. Estaba tan tensa y en alerta que le dolían los nudillos. Dejó el paraguas a un costado de la puerta y observó en la penumbra, sin poder distinguir nada. De pronto hubo un sonido, como si un animal se hubiera escabullido de un lugar a otro, y Akane dio un respingo.
—¿No podemos encender las luces? —susurró a Lotion, sin saber por qué susurraba realmente.
Pero la anciana no respondió. Se limitó a escanear cada rincón del salón con ojos muy pequeños y en silencio, como si esperara algo.
De pronto hubo otro sonido y las lámparas de papel colgante que adornaban el restaurante comenzaron a balancearse solas. Akane se detuvo en seco.
—¿Vio eso? —preguntó.
—Sí —respondió Lotion—. Ponte a mi espalda y en alerta.
Akane titubeó un segundo, pero al ver que la anciana sacaba de sus ropas unos artilugios que no reconoció—papeles de lino blanco con el carácter chino 'agua' escrito en rojo, el que Akane también pudo leer en japonés; un cuenco plano de cristal lleno de agua plateada, como un espejo tradicional; un abanico con motivos de las Montañas Bayankala y Jusenkyo, y una lámpara de aceite con una llama azul que la anciana encendió con un chasquido, iluminando las penumbras con un tinte que a Akane le resultó desconcertante.
—Dame espacio —dijo la anciana, posicionándose lo más posible al centro del salón—. Y prepárate. No estamos solas aquí.
Akane asintió rápidamente, con un nudo en la boca del estómago, y obedeció, plantando los pies con fuerza sobre las baldosas llenas de polvo, preparada para lo que viniera. Ella también sentía una presencia extraña.
La anciana posicionó la lámpara de aceite de tal manera que su brillo se reflejó en el cuenco de cristal lleno de agua. Se sentó frente a este y mientras empezaba a entonar la misma oración una y otra vez en chino, lanzó varios papeles con el kanji 'agua' alrededor del salón, los que se quedaron suspendidos en el aire como si estuvieran sujetos por una fuerza invisible. A Akane se le erizaron los vellos de la nuca. Entonces, luego de que usara el abanico para empujar el humo que se levantaba desde la lámpara de aceite hacia todos los rincones que pudiera dentro del restaurante, comenzaron a pasar cosas incluso más extrañas.
Lo primero fue que Akane percibió como si algo le rozara por la espalda. Se giró de inmediato, pero no vio nada. Luego, se oyeron crujidos y una brisa que fue tomando fuerza de a poco se formó alrededor del salón.
—Anciana Lotion… —murmuró Akane, sintiendo ahora que las presencias la rodeaban por todos los costados. Pero la anciana no respondió, concentrada en su ritual como estaba.
Cuando Akane volvió la vista al frente para mirarla, pudo jurar que… alguien la miraba desde detrás del mostrador. Aunque, viéndolo bien, bajo el brillo azulado del cuenco de agua, no era alguien, sino que era… ¿una sombra? Una sombra humana, pero sin rostro, que de algún modo Akane sentía que estaba mirándola, aunque no tenía ojos.
Se le activaron todas las defensas.
—¡Anciana Lotion! —gritó esta vez, con voz quebrada, y entonces se desató la locura.
La brisa se convirtió en un vendaval, las lámparas de papel del restaurante salieron volando por la fuerza del viento arremolinado y las sillas y mesas comenzaron a girar en torno a ellas dos. Akane, por instinto, se acercó hacia donde la anciana estaba haciendo su ritual, protegiéndose el rostro con un brazo mientras intentaba no caer por la fuerza del viento. Le resultaba imposible asumir nada parecido a una postura de combate.
—¡¿Qué está pasando?! —exclamó con un grito para hacerse escuchar por sobre el bullicio.
A su alrededor, desde todas partes, podía ver docenas de sombras que giraban alrededor de ella, mirándola con ojos que se formaban como una rasgadura en la sombra, y con fauces de colmillos afilados y negros contra el brillo azul. Comprendió que no se podían acercar a ellas porque, lo que fuera que la anciana estaba haciendo, había creado una especie de barrera a su alrededor; pero que si fuera posible, esas sombras las atacarían como si fueran animales salvajes.
A pesar de esto, de un momento a otro Akane percibió que las sombras se iban acercando más y más hacia ellas. Miró a la anciana y vio el esfuerzo en su rostro mientras repetía el mantra. Tenía la piel sudada y el ceño tan fruncido que le marcaba las arrugas del rostro como líneas oscuras contra la luz azul proveniente del cuenco. Akane asumió que, fueran lo que fueran esas cosas, estaban ganando la batalla.
Como para darle la razón, una de las sombras se atrevió a abalanzarse hacia ellas con un chillido seco. Akane dio un salto hacia atrás, pero la anciana no se inmutó y la sombra se desvaneció en el aire al chocar contra la barrera invisible, la que era notoriamente más pequeña que antes. Envalentonadas, el resto de las sombras se tentaron con atacar en conjunto, pero la anciana ya se había adelantado. Levantó el brazo con el que sostenía el abanico y lo usó para dibujar trazos invisibles en el aire, como si estuviera escribiendo algo mientras continuaba murmurando palabras incomprensibles en su idioma.
El viento huracanado y los muebles que chocaban en el aire provocaban un ruido ensordecedor. Aún así, la anciana se levantó de un salto con un grito que se hizo escuchar sobre el torrente, con el abanico apuntando al aire. Los papeles con el carácter 'agua' se prendieron fuego y consumieron, mientras la luz azul del cuenco palidecía hasta estallar en un destello blanco que lo iluminó todo. Las sombras se desvanecieron una a una, desvaneciéndose como tinta en agua. Y tal como había comenzado, el viento amainó y el ruido desapareció con un último eco que resonó, profundo y hueco, cuando una silla terminó de caer. Akane y la anciana jadeaban como si hubieran corrido una maratón mientras a su alrededor se levantaba un amasijo desordenado de mesas desperdigadas, platos rotos, bandejas dobladas, sartenes partidos en dos, servicios de cocina tirados o clavados en las paredes, y un montón de otros artilugios típicos de un restaurante de comida china.
—¿Qué… Qué demonios fue eso? —preguntó Akane, cayendo de rodillas.
—Residuos de almas —respondió la anciana Lotion, agotada, de pie junto a ella—. Cientos de almas de seres vivos que han caído en las aguas de Jusenkyo, convertidas en espíritus malignos para usarlos como armas al servicio del oscuro Shui-Feng.
—¿Almas? —preguntó Akane—. Es una locura…
La anciana asintió con la cabeza, tratando de recuperar el aliento.
—La situación es peor de lo que esperaba... —concluyó.
Akane pensó en preguntar más, pero de pronto divisó una figura entre el amasijo de objetos a su alrededor. ¿Un cuerpo? ¿Había alguien más ahí? Abrió los ojos como platos, estremeciéndose, y se dirigió hacia ella de un salto.
—¡Ryoga! —gritó, mientras le quitaba de encima una mesa y varios objetos de cocina que lo cubrían.
Cuando lo hubo liberado, el reflejo blanquecino que continuaba saliendo del cuenco de agua le permitió ver el rostro desmayado de Ryoga ante ella. Se veía demacrado y sus vestimentas de color oscuro estaban empapadas y cubiertas de barro.
—¡Ryoga, despierta! —exclamó, pero el joven no respondió—. No lo entiendo —se dijo casi en un murmullo mientras le apoyaba la cabeza entre sus brazos—, ¿qué está haciendo aquí? ¿Qué le ocurrió?
La anciana Lotion se acercó hacia ella con ojos inescrutables. A pesar de su edad, parecía ya haberse recuperado. La sombra del cuenco dibujaba en su rostro sombras inquietantes.
—Mmhh… —murmuró, rascándose la barbilla—. Otro maldito de Jusenkyo…
—¿Qué dice? —preguntó Akane, mirándola sin creer—. ¿Ryoga?
—Pero su alma… ¿A qué estás jugando, Shui-Feng? —La anciana se giró sobre sus pies sin dar mayores explicaciones—. Creo que debemos llevarlo a tu casa, niña. No es seguro permanecer aquí.
—¡Sí! —Akane asintió sin hacer mayores preguntas.
Con un sentido de urgencia, hizo acopio de su fuerza y aunque le costó al principio, lo cargó a su espalda. Luego, sin perder más tiempo y con el deseo de ayudarlo, siguió a la anciana Lotion, quien ya había salido del Nekohanten.
Fuera, la lluvia seguía cayendo con fuerza, como si se rehusara a que el silencio durara demasiado. Aquel largo día terminaba con más preguntas que respuestas, y aunque Akane aún no lograba asimilar todo lo que había ocurrido, no pudo evitar notar que aunque la anciana había dicho que Ryoga era otro maldito de Jusenkyo, la lluvia fría lo mojaba, pero él seguía siendo Ryoga.
Agitó la cabeza y apuró el paso siguiendo a la anciana, dejando las preguntas para después.
La noche ya había caído.
Ranma 1/2 © Rumiko Takahashi
