Lavellan

El Faro había cambiado un poco, se dio cuenta.

Observó su alrededor, curiosa. Se acercó al centro de la plazoleta del exterior, donde había una estatua de lobo mirando a la nada.

Apoyó su mano en la estatua, mientras analizaba su entorno. Había menos plantas muertas y el cielo parecía tener más brillo, incluso...

¿Parecía que estaba atardeciendo?

Lavellan parpadeó, confusa.

Es cierto que antes la luz era extraña, pero ahora realmente parecía un verdadero atardecer.

Uno lleno de naranjas, de rosas y amarillos preciosos.

¿Eso era posible en el más allá?

Y no era lo único extraño y nuevo. Había aparecido una isla flotante más, una que conectaba con unas escaleras. Se dirigió a ellas, curiosa y las subió, lentamente.

Una puerta de madera oscura, tallada con intrincados patrones casi como ramas entrelazadas, recibió a Lavellan, quién parpadeo curiosa. La puerta estaba entreabierta, como si el Faro mismo supiera de su curiosidad y quisiera invitarla a entrar, demostrándole de que no había problema alguno en hacerlo. Cruzó el umbral con cierta cautela, sin saber que se iba a encontrar, pero al dar el primer paso dentro, no pudo evitar jadear, sorprendida por lo que encontró.

El baño era inmenso, mucho más grande de lo que habría imaginado al ver el exterior. Lavellan giró sobre sí misma, intentando captar cada detalle mientras su expresión de asombro se mantenía intacta, con la emoción burbujeando dentro de ella. Las paredes estaban revestidas con azulejos brillantes, azulados y con detalles en blancos perlados, casi como si fuese un baño de lujo de las altas esferas de Minrathous. Los azulejos reflejaban la luz tenue de varias lámparas encantadas que flotaban en el aire, parecidas a las que flotaban por todo el Faro, iluminando cada estancia. Estas luces emitían una calidez suave que hacía que todo el espacio se sintiera acogedor a pesar de su gran tamaño.

Todo parecía mágico, extraño, se dijo, mientras avanzaba hasta el centro de sala, entre el vapor del ambiente. Se fijó en lo que encontró justo en el centro, con más curiosidad aún.

El baño estaba dividido en dos secciones, separadas por un muro bajo de piedra pulida, de color negro y decorado con motivos ondulantes que imitaban el flujo del agua, acompañando a la ambientación de la habitación. A un lado del muro, un estanque, casi del tamaño de una piscina, emitía un vapor que se elevaba perezosamente hacia el techo abovedado, llenando el aire con una humedad agradable y un leve aroma a hierbas. Al acercarse, Lavellan notó que el agua era cálida, casi como si invitara a sumergirse en un abrazo reconfortante, para destensar los músculos después de una jornada agotadora.

En la otra sección, el contraste era palpable, súbito. Había otro estanque, del mismo tamaño, pero el agua era cristalina y fría al tacto, tan fría que le arrancó un escalofrío al rozarla con los dedos, que hizo que los apartase de golpe. Parecía diseñada para refrescar a quiénes lo necesitaran, quizás para días calurosos, aunque Lavellan no recordaba haber sentido nunca en lo poco que llevaba en el Faro una variación en la temperatura del Más Allá.

Al final, el Faro parecía estancado en el tiempo, en algún lugar entre el presente, pasado y futuro.

Aun así, pensó Lavellan, la división entre el calor y el frío era perfecta, como si alguien hubiera previsto cada posible necesidad, tanto para quién quisiese frio, calor o la mezcla de los dos.

Como un spa, pensó, divertida, mientras miraba las estanterías cercanas, que contenían toallas, geles y todo lo que hiciese falta para un buen baño.

Observó las fuentes de donde brotaba el agua más allá, un flujo infinito que caía en cascadas silenciosas desde boquillas talladas en formas de criaturas míticas: dragones, hallas y lobos, que parecían cobrar vida bajo el resplandor de las lámparas. El agua caía en un flujo constante, pero nunca llegaba a desbordar los estanques, como si una magia oculta controlara el equilibrio perfecto, evitando el desbordamiento.

En una de las paredes principales, grandes ventanas arqueadas se abrían hacia el exterior. A través de los cristales, se veían las ruinas flotantes del Más Allá, estructuras colosales que desafiaban la gravedad y giraban lentamente en un cielo sin tiempo. Fragmentos de torres, arcos y muros parecían suspendidos en un vaivén eterno, envueltos en una luz tenue que no pertenecía ni al día ni a la noche, en esa especie de atardecer infinito. Era una vista hipnótica, casi como si las mismas ruinas observaran a quienes se aventuraban a contemplarlas.

Y la isla donde estaba el baño estaba lo suficientemente alta para que nadie viese a quién se estuviese bañando, contemplando la vistas, mientras se relajaba en el frio o en el calor de las aguas mágicas.

Lavellan se fijó en que la luz que entraba por las ventanas se mezclaba con el brillo de las lámparas, creando patrones danzantes en las superficies del agua y las paredes, hipnotizantes junto al olor de hierbas del ambiente. Durante un instante, pensó que podía escuchar un leve susurro proveniente de las ruinas, al fijar su vista en el exterior, como si estas guardaran secretos que deseaban compartir, pero se sintió, por un momento, como si se encontrase en el fondo de un bosque, bañándose, con temor de ser descubierta quizás por algún dios curioso, tentado a cometer algún pecado con ella, al descubrir su cuerpo desnudo.

Quizás un dios que fuera un lobo, pero que vestía pieles de elfo, con unos ojos de un profundo violeta, arrebatador cuando la mirase y bajase las manos por su cuerpo, haciendo que...

Lavellan se sonrojó profundamente, cortando ese pensamiento de golpe, con un pequeño temblor en su ser, mientras un calor se arremolinaba en su interior.

No iba a imaginarse a Solas tocando nada de ella. No podía. Ya tenía suficiente cuando se lo imaginaba por las noches, entre sus sábanas, con sus propios dedos recorriendo su cuerpo como si fuesen los suyos.

Movió la cabeza para despejarse, y siguió mirando la habitación a su alrededor. Al fondo de la estancia, la Inquisidora distinguió otra puerta entreabierta. Al acercarse, encontró una pequeña estancia, con varios retretes, lavamanos y diferentes espejos ovalados, enmarcados en un bronce caoba, que parecía recién pulido. Era un espacio sencillo, pero funcional, suficiente para cubrir las necesidades del día a día de cada uno. El espejo reflejaba su rostro con una claridad extraña, casi como si no se empañase nunca, y el agua, que goteaba ligeramente del grifo, emitía un suave susurro, como si el Faro estuviera vivo, hablándole en un idioma que aún no entendía, pero que ella sin duda querría comprender algún día, para agradecerle todo lo que estaba haciendo por ellos.

Todo en el baño daba la sensación de que el Faro estaba feliz de tener visitantes de nuevo, como si quisiera complacerlos con todo lo que podía ofrecer. Era más que un lugar para planear y discutir; era un refugio, un recordatorio de que incluso en lo desconocido, aún existía confort y cuidado, que necesitaban para cuidar tanto su cuerpo como su alma.

Eso solo le hacía estar en acuerdo de porque Solas había decidido elegir al Faro como su refugio personal.

Lavellan cruzó de nuevo la estancia y salió del baño, cerrando la puerta tras de sí, algo encantada de esta nueva habitación que había aparecido de la nada. Al fin podrían asearse adecuadamente, sin necesidad de tener que acudir al Vi'Revas hasta otra ciudad, perdiendo un tiempo valioso por el camino.

Sin previo aviso, un viento venido de la nada agitó su vestido y le trajo unas palabras, un susurro que había recogido por el camino.

-Isatunoll...

Lavellan bajó las escaleras, buscando el sonido de esa voz conocida. Se paró al llegar a la plaza, mirando su alrededor, hasta que lo localizó. Dentro de uno de los edificios, podía oír murmurar a una ferviente Harding, como si estuviera estudiando profusamente.

Gracias a Mythal, su oído era bastante bueno de aquí a hace unos años atrás. Algo bueno que vino de todo lo malo, se dijo, sombríamente. Se dirigió hacia ella y tocó la puerta, curiosa. Podía escuchar aún murmurar a la enana, pero no le dio paso, como si no hubiese escuchado la llamada de la Inquisidora. Lavellan abrió la puerta, despacio, sin querer interrumpir nada privado.

-¿Harding? -preguntó, algo tímida.

La enana se sobresaltó, y la miró, girándose. Estaba apoyada mirando un libro escrito en lengua común, pero con algunos textos en enano, que tapaba levemente con la mano.

Su vista también había mejorado, se dijo Lavellan, al poder distinguir la letra desde tan lejos.

-¡Inquisidora! -exclamo Harding, con sorpresa.

-Lavellan- la corrigió rápidamente esta con una sonrisa rápida. Siempre le haría algo de gracia que Harding se dirigiese tan formalmente hacia ella, como si realmente muchas de las misiones no hubiesen salido victoriosas gracias a la enana.

Harding soltó una risita nerviosa, frotándose el cuello.

-Perdón, la costumbre -se disculpó, en voz baja.

-No pasa nada -le dijo Lavellan, negando con la cabeza, haciendo que su pelo se moviese de un lado a otro, brillando bajo la luz. Se acercó a donde estaba la enana, y bajó su mirada al libro, observando los escritos.

-Toldar Isatunoll vedun gar valos atredum - leyó, mezclando su acento élfico con la escritura enana. Harding sacudió la cabeza.

-Pero Isatunoll no tiene que ver nada con valos atredum.

Lavellan la observó, curiosa.

-Isatunoll... Eso fue lo que dijiste cuando tocaste la daga y pasó aquello -insinuó, sin decir nada más. Harding asintió, frunciendo el ceño, mientras repasaba la misma frase.

-Isatunoll es una afirmación. Una confirmación del ser-le explicó, haciendo un gesto con la mano. Lavellan se apartó de la mesa, pensativa, mientras observaba a través de su ventana, bastante grande ya que la estancia parecía ser una especie de invernadero.

-Pero no es un "yo". Ni un "nosotros". Es más complejo que eso-murmuró, sosteniéndose la barbilla. Harding asintió, entusiasmada, colocándose a su lado, mientras abría levemente sus manos por la emoción.

-¡También sabe enano, Inquisidora! ¡Qué sorpresa! -exclamó, encantada-. Nunca lo habría dicho, ya que durante la Inquisición no dijo nada.

Lavellan apartó la mirada de ella y tocó su prótesis, agotada. Si la enana supiese... Lavellan empezaba a sentirse, en lo poco que llevaba aquí, como un actor en una obra interminable, siempre temiendo que alguien descubriera su máscara.

Una máscara que no podía sacarse, de momento.

-He tenido un poco de tiempo para estudiar. La Inquisición ya no me ocupa tanto...trabajo -dijo, velando un poco la verdad y entremezclando la mentira.

Harding asintió, triste, creyendo a pie juntillas a su amiga. Volvió a mirar el libro, con algo de pena esta vez.

-Solo tengo la certeza en que si a nosotros, los enanos, se nos ha olvidado algo tan importante, ¿qué más habremos olvidado -preguntó con pesar, un poco al aire, como si esperase una respuesta del viento.

Lavellan frunció el ceño, mordiéndose un poco el labio inferior.

Ella realmente podría ofrecerle una pista, algo que la encaminase en el camino más fácil. Solo tenía que romper una promesa.

Pero ¿le valía más romper una promesa hecha hacia alguien que protegía un tesoro o revelar la verdad a una amiga cercana, que parecía perdida, al mirarla con esos enormes ojos castaños?

-Yo... -empezó Lavellan a decir, sin saber exacto el qué.

-No, Inquisidora- Harding la interrumpió, con una media sonrisa-. Sé que no puede decir nada. Me conformaré con los papeles que me prometió traer.

Lavellan la miró con una disculpa igualmente, sintiéndose algo culpable. Moviéndose un poco, se acomodó en el suelo y fijando su mirada en una planta que Harding había colocado en una maceta con suma delicadeza. Se rodeó las piernas con sus brazos, y apoyó la cabeza, dejando que su cabello cayese como una cortina.

-¿Cómo te ha ido estos años, vieja amiga? -le preguntó, queriendo saber más de la enana, que no había visto en todos estos años, sabiendo de ella solo por las cartas que se escribían, con reportes de las misiones.

Harding se sentó al lado suya, cruzando los pies. Empezó a jugar con una rama del suelo, escribiendo algo que Lavellan no supo leer.

-Bien- frunció el gesto-. Bueno, no tan bien como debería, con esto de la búsqueda, pero...

Se encogió de hombros, como si la elfa supiese lo que quería decir. Lavellan suspiró, con culpabilidad surgiendo de nuevo, sin poder evitarlo.

-No debería haberos hecho buscar a Fen'Harel solos-le susurró, evitando su mirada.

Si ella hubiese sido más valiente... Si Lavellan no se hubiese encerrado como lo hizo, podría haber ayudado mucho más a Harding y a Varric. Y nunca le hubiese pasado nada al enano, pensó, sombríamente, recordando el ritual.

Recordando la daga en su pecho.

-¡Ni hablar! -exclamó Harding apuntándola con la rama y sacándola de sus pensamientos-. Estábamos encantados de ayudarla a buscarlo. Solas se merece una buena bronca, dios élfico o no. Y éramos perfectamente capaces de eso y de más.

La Inquisidora no pudo evitar pensar en esta pequeña enana, delante del dios élfico arrodillado, aguantando su bronca. Sabía que el Lobo Terrible se dejaría hacer, por respeto a su amiga, agachando ligeramente la cabeza, mientras desviaba la mirada hacia Lavellan, con una media sonrisa, que ella le devolvería, sin dudarlo.

Lavellan rio en voz baja, ante ese pensamiento, a lo que Harding sonrió a su vez, con algo más de dulzura, pero con una tristeza en su mirada.

-Ahora ríe poco, Lavellan- Harding se acercó a ella, preocupada-. Los rumores decían que se pasó esto 8 años encerrada en Feudo Celestial, incluso cuando cada vez había menos gente, hasta que se vació, con usted sola en el interior. Casi no te vieron salir de ahí -se acercó a ella un poco más-. Y no has crecido nada, Lavellan. Sigues igual de joven.

Lavellan apretó los labios, sin querer hablar. Harding apoyó una mano en las suyas, apretándolas entre sí.

-¿Qué pasó, Lavellan, amiga mía? ¿Qué secreto guardas, que te hizo ocultarte estos años? -le susurró, queriendo comprenderla.

Pero Harding no podía saber nada. No, se dijo Lavellan, no es que no pudiese saberlo.

Es que ella no quería contárselo, por miedo a su rechazo.

Cogió aire lentamente, preparando otra mentira, otra media verdad entre sus labios.

-Hubo...muchas cosas. Yo...

Un toque en la puerta las interrumpió, cortando en seco las palabras de Lavellan. Rook se asomó por la puerta, saludando con una de sus manos.

-Ey, chicas. Vengo en busca de la jefa- saludó con sorna. Lavellan la miró con una ceja levantada, sabiendo que la buscaba a ella, pero queriendo burlarse antes un poco de la elfa.

-Buscarte a ti misma es algo raro, ¿no? -le preguntó, inocentemente, mientras parpadeaba en su dirección, como si no supiese de quién hablaba.

-Ja, ja- Rook rodó los ojos ante su broma, apoyando una mano en su cadera.

A Lavellan, curiosamente, ese gesto le recordó a Morrigan, haciendo que una sonrisa acudiese a su rostro sin poder evitarlo.

Ojalá Rook pudiese llegar a ser tan amiga de ella como lo era Morrigan, deseo en su interior.

Había algo en esa elfa, quizás su optimismo, su manera de liderar o su forma de afrontar las cosas, que algo en su interior quería acercarse a ella, inevitablemente, aunque tuviesen sus rifirrafes.

Además, era la única aliada que tenía ahora mismo en esos sueños que tenían de Solas

Se levantó y se despidió con un gesto de Harding, quien se lo devolvió, aunque su sonrisa seguía algo apenada al verla. Salieron del invernadero, una junto a la otra. Rook le hizo un gesto para que la siguiera, llevándola hacia algún sitio que aún no le había informado.

-Bueno, Inquisidora -empezó a decirle, girando su cabeza ligeramente hacia ella-. Supongo que no tienes un sitio para dormir, ¿verdad?

Lavellan inclinó la cabeza, curiosa por ese tema de conversación tan inusual.

-No, la verdad es que no -le contestó, levantándole una ceja.

Rook asintió, como si la respuesta la hubiese satisfecho.

-Perfecto. Te voy a presentar tu habitación entonces.

La siguió hasta la mesa central, entrando en el edificio principal. Rook se dirigió hacia una de las paredes, que parecía tener un surco circular. Apoyó la mano en el surco, haciendo que se iluminase, levemente. La pared rodó hacia un lado, dejando suficiente hueco para pasar.

-Aquí. Sígueme -le dijo, señalando hacia dentro.

Lavellan dudó un poco, pero confió en Rook, sabiendo que la elfa no iba a hacerle daño. Se adentró a un pasillo iluminado por pequeñas luces, que contenían en su interior unas pequeñas volutas. Delante de ellas había una puerta de madera, sencilla. Rook apoyo la mano en el picaporte de esta, pero se quedó a poco de tocarla, como si dudase un poco. Se giró hacia ella, con la cabeza ladeada.

-No he entrado para ver como es, pero tengo la sensación de que te va a gustar -le murmuró, con una pequeña sonrisa, como si supiese un secreto que ella no.

Entonces, abrió la puerta. Una luz cegó a Lavellan por un momento. Cerró los ojos abruptamente, evitando que la luz le hiciese daño, pero la mano de Rook cogió su mano izquierda, y la guio, con entusiasmo, hacia la habitación. Lavellan abrió los ojos tras unos momentos, cuando sintió que Rook la soltó.

Y al ver lo que la rodeaba, el mundo se le vino encima, quedándose sin aire.

Era una preciosa habitación, en la que tenía una hermosa cristalera en una de las paredes, dejándole ver el exterior, que era por donde la luz se filtraba. Un piano se encontraba en el centro y una pequeña cama estaba a un lado, junto a un pequeño armario.

Pero eso no era lo que la había hecho quedarse congelada.

Toda la habitación estaba repleta de objetos, pero eran objetos que ella conocía. Empezó a moverse por la habitación, despacio, como si se encontrase en un sueño febril. En un lado, había una pequeña representación de Feudo Celestial, hecha con algo que parecía madera y, a su lado tenía unas delicadas figuras de maderas a color. Al acercarse a ellas, su aliento salió de golpe, abandonándola como el traicionero que era.

Ahí estaban Sera, Blackwall, Cole, Cassandra, Cullen, Dorian... Todos y cada uno de sus compañeros de la Inquisición, transformados en pequeñas figuras, cada una con su personalidad bien impresa, mientras estaban sentados entre ellos, en una charla infinita.

La suya parecía tallada con más delicadeza, y su mirada se dirigía hacia la de Solas, que tenía los ojos cerrados, como si estuviese disfrutando de la diatriba de sus compañeros.

Lavellan desvió la vista, sin poder mirar más esa escena, el dolor surgiendo en su pecho a pasos agigantados.

En otro lado había una pequeña reliquia del templo de Mythal que habían visitado, un lobo que tenía algunas partes faltantes, junto a la figura de piedra de la propia diosa. Al lado de ellos, en una mesita, se encontraban unas notas que tanto había ojeado en Refugio, antes de que todo pasase, en donde ella había apuntado las necesidades de todos, minuciosamente. Su letra en ese momento había sido firme, dispuesta a hacer lo que fuera por esas personas.

¿Cómo había conseguido eso Solas? ¿Había vuelto a los escombros de Refugio, a lo mejor, en busca de otra cosa, pero había decidido llevarse eso a cambio?

Suponía que nunca lo sabría.

Se acercó a una esquina de la habitación, intentando recuperar el aire, intentando que el mundo dejase de tambalearse, pero encontró algo que solo empeoró su estado emocional, mientras se acercaba, con un resoplido, casi un gemido de dolor.

Ahí, estaba la antigua ropa de Solas, esa ropa tan característica suya, esa túnica de apóstata de color verde, como los bosques, puesta en un maniquí, como si hubiera querido conservarla pero no se hubiese atrevido a portarla de nuevo. Y, a su lado, estaba su siempre fiable bastón, el que le había visto portar en batalla muchas veces. Lo acarició, despacio, como si no creyese que estuviera ahí.

Ahí estaban todos los recuerdos de Solas, todos los que había mantenido de su época de la Inquisición, como si de verdad le hubiese importado. Como si de verdad viniese a esa habitación, a recordarlos, a recordar los buenos momentos que pasaron todos juntos, y no solo con Lavellan, sino con todo el circulo interno de la Inquisición.

Era imposible. A Fen'Harel solo le importaba una cosa y era su maldito ritual, sus malditos planes imposibles.

O quizás te equivocas, le susurró una voz en su mente, la voz de su corazón esperanzado. Quizás él quiere volver a esa época. Quizás quiere que le detengas pero no sabe cómo decírtelo. O no puede, por culpa de su orgullo. De su solas.

Lavellan tragó saliva. ¿Podría ser eso cierto? ¿Podría ser que la orgullosa fuera ella, que no quería darse cuenta de que Solas se arrepentía, profundamente, y quería que lo detuviese? ¿Qué necesitaba una mano tendida hacia él, una mano en la que confiase?

Una mano que podría ser la suya.

Algo por el rabillo del ojo brilló, llamándole la atención. Lavellan se dirigió a una pequeña mesita donde había un orbe chamuscado y partido en dos, casi como si fuese basura.

Pero no lo era. No para ella.

El orbe de Corifeus, pensó, quedándose otra vez sin aire. Alzó una mano temblorosa, acariciando el orbe. La última vez que lo había visto había sido hace diez largos años. Ese orbe, que realmente no pertenecía al maese corrupto, no.

Había sido el orbe del Lobo Terrible, que había buscado una solución extrema y equivocada para recuperar sus poderes, después de haber estado sumido mil años en el sueño llamado Uthenera, una práctica antigua que tuvo que realizar Solas, al no tener más remedio.

Y al lado del orbe, había una rama de árbol, sin hojas. Solo la rama, quizás una rama cualquiera, que la Inquisidora no reconocía. Lavellan la cogió, sin entender porque guardaría algo así el elfo, pero sabiendo que todo en esta sala tenía su significado.

Aunque ella no supiese cual.

-Lavellan.

La voz de Rook, dicha en un susurro quedo, le llegó, rompiendo sus pensamientos. Dejando la rama en su sitio, se giró hacia ella, quién señalaba las paredes, estupefacta.

-Mira eso.

Lavellan dirigió su mirada hacia las paredes, en las que no se había fijado antes. El mundo pareció detenerse mientras el dolor se filtraba por cada rincón de su ser, mirándolas, mientras se tambaleaba, acercándose.

Por Mythal. Eran murales pintados a mano, con diferentes escenas, unos murales que se parecían a los que había hecho en las paredes de Feudo Celestial, pero con diferentes representaciones.

Lavellan siempre reconocería su manera de pintar, porque era perfecta, pero misteriosa, extraña.

Como Solas.

Las analizó, como si su vida dependiese de ellos, queriendo sentirse cerca de él de nuevo. En todas, siempre aparecía un lobo sentado, observando desde lejos. Y todas eran escenas que habían pasado hace diez u ocho años, a lo sumo. Lavellan caminó, observándolas una a una, posando una mano en ellas, ligeramente.

La primera brecha que cerró, con la mano de Solas sujetándola, y su mirada al verla, por primera vez. Lavellan recordó lo extraño que le había parecido los ojos violetas de ese elfo, y su tacto, uno de los pocos que había sido algo amable, de los pocos que había recibido en toda su vida, hasta que llegó a la Inquisición. Recordaba el frio, las miradas desconfiadas de Cassandra, las falsas sonrisas de Varric, que también desconfiaba de ella, las miradas sospechosas de Leliana, que no sabían quién era, sabiendo solo que había aparecido de la nada, en medio del cónclave fallido.

Pero sobre todo, recordó la mano de Solas mano, rodeando la suya, con presteza para cerrar la brecha, pero sin hacerle daño. Ella se la había tocado después, tímidamente, cuando él la soltó.

Y entonces le había sonreído, haciendo que su mundo girase, por primera vez. Porque Solas nunca sabría que había sido la primera sonrisa amable que había recibido en su vida, sin ninguna doble intención detrás.

Siguió observando, ignorando la sensación que le despertó ese recuerdo, lejano, pero tan presente como el primer día en su corazón.

El derrumbe de Refugio, cuando tuvo que actuar desesperada contra un ejército ella sola, sin ver otra salida, su rostro inmortalizado en determinación, mientras miraba a sus compañeros, con una mano apoyada en la puerta, dispuesta a salir para enfrentarse al maese corrupto.

Cuando la encontraron en mitad de la nieve Cullen y los demás, tiempo después. Y se fijó en la expresión del elfo, que estaba a su lado, recogiéndola en brazos. El rostro entero de Solas parecía paralizado en la pintura, pero podía ver el ceño fruncido y los labios apretados, mostrando una lucha por contener un torrente de emociones al verla, a lo mejor sin esperársela viva.

Pero podía ver el alivio en su rostro, el dolor, la esperanza.

Y la dulzura al mirarla, como si hubiese recuperado un trozo de su mundo.

Lavellan tembló un poco, al pasar un dedo por su rostro. Nadie le había dicho nunca quien la había encontrado en la nieve y ahora quizás se daba cuenta de porqué.

Porque Solas no había querido que supiese que ella le estaba empezando a importar hasta ese punto.

Al lado de este mural, había varias representaciones más pequeñas. La llegada a Feudo Celestial, con Solas detrás suya. Su rostro mostraba una ligera sonrisa al mirarla observar el castillo, sus rasgos endulzándose ligeramente, mientras ella le sonreía, ampliamente.

Y, debajo, ellos abrazados en mitad de un sueño, inducido por Solas. Sus rostros se tocaban, dándose el primer beso, en el que ella había tomado la iniciativa. Lo que Solas nunca supo tampoco en esta ocasión es que fue realmente había sido su primer beso en toda la vida. Y que había decidido regalárselo a él, aun sin saber lo importante que iba a ser para ella.

Sus primeros toques, sus primeras sonrisas, sus primeros besos. Todos pertenecían a ese elfo cabezota, sin que lo supiese. Al final, ella también sabia ocultar secretos.

En otra de las paredes, el baile en el Palacio del Invierno, donde estaban ellos dos solos en uno de los balcones, sonrientes, mientras bailaban juntos. Solas había captado perfectamente el amor entre ellos dos, ese amor que parecía una hoguera, que podría desafiar a todos esos nobles prepotentes. A ella no le había importado nada más, salvo ese elfo que la sostenía en sus brazos, en ese momento, deseando que el baile durase para siempre, deseando demostrarles a todos esa gente quién había cautivado su corazón, enseñarles que el elfo en sus brazos era mucho más que todos ellos juntos.

Lavellan empezó a fruncir el ceño, dándose cuenta de algo. Poco a poco, iba encontrando cada una de las escenas que habían protagonizado juntos, pero faltaba una de las más importantes: su ruptura en Crestwood.

¿Acaso Solas no había querido representarla, quizás por el dolor que podría darle esa escena en particular?

Extraño, pensó, mientras pasaba su vista hacia otra pintura. Era extraño, porque cada escena que estaba encontrando a ella le daba casi el mismo dolor por igual, uno infinito que no podía remediar.

Siguió recorriendo la pared con la mirada. Debajo de la anterior escena, había una más triste, algo que había desafiado la creencia de que su amor podría con todo, porque nunca podría haber previsto al Lobo Terrible.

Solas aparecía agachado a su lado, quitándole el áncora de su mano, inmortalizados en ese beso, que había estado lleno de dolor, mientras salvaba su vida de ser consumida por la magia. En el rostro de Solas, él mismo había dibujado la tensión de su mandíbula, pero la dulzura de sus labios, que parecían no querer separarse de los suyos. Y, en su rostro, un rastro de lágrimas que nunca había habido.

Quizás porque Solas se había resistido a ellas, para no mostrarle lo que realmente le dolía esta separación, esta traición a ella, a su corazón.

Entonces, se quedó congelada al llegar a la última pared, la más despejada de todas. Su boca se entreabrió en un jadeo ahogado, como si el aire le faltara de repente. Su corazón dio un vuelco, como si hubiera olvidado cómo latir por un instante porque sabía que lo que estaba viendo era los sentimientos más profundos de Solas. En su interior, había si una parte de ella que sabía que esto cambiaría todo, y el dolor de aceptarlo era insoportable.

Pero no podía apartar la vista de esa pintura, cuidadosamente hecha, como si cada pincelada se hubiera dado con sumo cuidado.

Rook se acercó a ella, en pequeños pasos, su rostro también lleno de incredulidad por cada cosa que veía. Pero se quedó sin aliento al ver lo que estaba mirando Lavellan, tapándose la boca en un impulso de la sorpresa.

-Eres...Tú -murmuró, sin poder evitarlo.

Lavellan parpadeó rápidamente intentando que las lágrimas que empezaban a acumularse en sus ojos no cayesen.

El mural era una fiel representación de ella, en todo su esplendor, con unos colores brillantes, perfectos. Parecía casi un espíritu, una diosa a los ojos de quién lo había pintado. En sus manos sostenía una pequeña luz que se dividía en pequeñas líneas, con pequeños orbes en algunos de los extremos, casi como si fuesen ojos.

No podía llegar a saber qué tipo de criatura era, pero a Lavellan le pareció preciosa, pura. Y no sabía por qué, pero le parecía antigua, poderosa. Nunca había visto algo así, pero ya tenía ganas de saber que era, su curiosidad acompañando a las demás emociones que la desbordaban.

Se fijo entonces en su propia figura, pasando los dedos por cada línea. Podía ver los trazos de su pelo, sus ojos, sus pestañas blancas, como si el pintor se hubiese fijado en cada minúscula cosa. Incluso en una parte de su rostro estaba la pequeña cicatriz, casi invisible, que tenía en una de sus mejillas. Sus ojos estaban medio abiertos, mirando a la criatura en su mano. El rosa y el azul estaban perfectamente combinados, con unos colores que parecían casi imposible de conseguir, pero Solas lo había hecho, demostrando su habilidad al pintar. Una túnica blanca tapaba las partes esenciales del cuerpo, pero estaba realmente conseguido, con unas curvas perfectas, como si quisiese que el espectador se quedase mirándola, pero sin desvelar realmente nada, demostrando que solo el pintor sabría como era su cuerpo, bajo esa ropa.

Y aun así, aunque a primera vista parecía simplemente una pintura perfecta, las emociones estaban impregnadas en esa Lavellan del mural. Su sonrisa, con los labios en negro, se curvaban ligeramente hacia debajo, con lágrimas en su rostro, ladeado ligeramente hacia el espíritu, como si quisiese besarlo, pero no pudiese hacerlo. Y, por una vez, el lobo que siempre estaba en las pinturas no era solo un lobo; era Solas, que la observaba de lejos, con expresión triste y arrepentida, con la cabeza gacha y tapándose parte del rostro, mientras se sujetaba el pecho, como si le doliese el corazón, estirando la camiseta, desgarrada en parte por la fuerza en que la sujetaba. Por el rostro de Solas corrían lágrimas de sangre, mientras sus ojos violetas miraban a la elfa, con anhelo, como si realmente la necesitase.

Como si quisiera estar cerca de ella, pero no pudiese.

Un sollozo escapó de sus labios, y se cubrió la boca con una mano, intentando contener las emociones que amenazaban con consumirla. Pero era inútil. Las lágrimas caían libremente ahora, trazando caminos sinuosos por su rostro. Cada pintura era una confesión muda, un fragmento del alma de Solas que él había dejado atrás para ella, como un eco de todo lo que no transmitir, como un arrepentimiento eterno, que solo podía recordarse cada día, al mirar estas pinturas, mientras el Lobo Terrible planeaba destruir su mundo.

¿Por qué me hiciste esto, Solas?, pensó entre lágrimas mientras otro sollozo escapaba de sus labios. ¿Por qué me amaste tanto, solo para irte?

Se dejó caer de rodillas, abrazándose a sí misma mientras el peso de su amor y su pérdida la aplastaban. Pero incluso en su dolor, una parte de ella no pudo evitar sentir una punzada de consuelo. En cada pincelada, en cada sombra y cada trazo, él seguía ahí. Aunque ahora estuviera lejos, aprisionado, aunque sus caminos hubieran divergido, esta habitación era un santuario de lo que habían compartido juntos, de él y ella, de todos sus amigos, que había dejado atrás, en pos de una misión que era prácticamente un suicidio, pensando que, tal vez, nunca más podrían perdonarlo.

Lavellan cerró los ojos, permitiéndose por un momento imaginar que él estaba allí, que esas manos que habían creado este arte también la tomarían entre sus brazos, consolándola, acariciando su pelo, tarareando esa canción que solo sabía él la letra, mientras la acurrucaba en sus brazos.

"Mis sentimientos por ti nunca cambiarán" le susurraba, como aquella vez, mientras clavaba sus ojos violetas en ella, con ese anhelo que ella había creído falso.

Pero esto solo demostraba que Solas volvía a tener razón, una vez más.

-Solas -murmuró, clavándose las uñas en el rostro, en el pecho, queriendo sacar todo ese dolor, ese anhelo que la consumía, mientras la sangre brotaba de las heridas.

Rook se acercó a ella, alarmada al ver la sangre, pero Lavellan negó, sin mirarla.

-Rook, por favor... Déjame sola -le suplicó, con la voz rota, dejando que la viesen vulnerable por una vez, cansada.

¿Cuánto dolor más debía aguantar? ¿Por qué Solas no luchaba por ella, por estar juntos, pero dejaba estas dedicatorias, mortales para su corazón?

Porque nunca pensó que las verías, le contestó la vocecilla de su alma, de su corazón.

Rook se acuclilló ligeramente a su lado, pero Lavellan la miró, con los ojos brillantes por las lágrimas derramadas, que corrían libres por su mejilla.

-Vete -le suplicó, una vez más, pero esta vez con la voz más firme, más autoritaria.

Rook se apartó dando un paso hacia atrás, con una expresión dolida.

Si era por la propia Inquisidora o por sus palabras, nunca lo sabría. Con los puños apretados, salió de la habitación, cerrando la puerta ras de sí, con un pequeño portazo. Lavellan sollozó en silencio y su pecho se llenó de un calor abrasador, una mezcla de tristeza y rabia que no podía contener. Su mano tembló mientras se levantaba, tambaleante, y un grito de frustración brotó de sus labios, al recordar todos los momentos que vivió con Solas.

-"¡Siempre estaré para ayudarte!" "¡Nunca te dejaré sola!" ¡Mentiroso! ¡Puto mentiroso! ¡Te quiero a ti! ¡Solo a ti! ¡No a las palabras vacías! -gritó, abrazándose a sí misma, mientras levantaba el rostro, desencajado, hacia la pintura- ¿Dónde estás, Solas? ¿¡Dónde estabas cuando más te necesitaba?!

Su voz resonó en la habitación, pero la única respuesta fue el eco vacío, leve. Los ojos de Lavellan ardían con las lágrimas derramadas mientras sus puños se cerraban, fuertemente.

De repente, todo su dolor y furia estallaron como una tormenta. Golpeó la pared con ambas manos, gritando desde lo más profundo de su ser. Las pinturas permanecieron intactas, como si el poder de sus emociones volubles no pudiera dañarlas. Pero ella no se detuvo. Golpeó, arañó, empujó, descargando su frustración contra esas imágenes que parecían burlarse de su soledad, que no parecían estropearse, quizás protegidas mágicamente, para evitar su deterioro. Intentó dañar cada uno, sin éxito.

-¡Eres un cobarde, Fen'Harel! - gritó, su voz desgarrada- ¡Me dejaste con esto! Con estas malditas pinturas, con estos recuerdos, con toda esta mierda, como si eso fuera suficiente -se sujetó otra vez el pecho, mientras su mano izquierda ardía, quemándola -¡No lo es! ¡No lo será nunca!

Su respiración era errática, y sus fuerzas comenzaron a fallarle, de nuevo, agotada por ese arrebato emocional. Se dejó caer de rodillas, y entre nuevos sollozos, apoyó su frente contra una de las pinturas, la que los mostraba juntos, en el baile eterno. Su piel rozó las pinceladas cálidas, y por un momento, fue como si pudiera sentirlo allí, como si su amor estuviera tratando de calmarla.

-¿Por qué me hiciste esto? -repitió, buscando la respuesta que no había conseguido antes, su voz apenas un suspiro, sin llegar respuesta-¿Cómo esperas que siga adelante con este peso? -preguntó, soltando las mismas palabras que se había repetido todas las noches estos últimos ocho años.

El silencio fue su única respuesta, pero las pinturas permanecieron inquebrantables, como un testimonio de todo lo que él había sentido, de todo lo que había dejado atrás para ella. Lavellan cerró los ojos, sus dedos aun rozando las paredes.

-Siempre igual. Siempre tengo que encontrar tus secretos, Solas. Nunca me contaste la verdad. Nunca confiaste en mí- la voz le tembló con esto último-. ¿Que hice mal, vhenan?

El susurro se perdió en el aire, se nuevo. Se levantó, temblorosa. Se dejó caer en la cama, mirando hacia el techo, que también estaba decorado con representaciones del cielo nocturno, lleno de estrellas y de las lunas. Se tapó el rostro con un brazo, las lágrimas fluyendo cada vez menos, como si ya no tuviese más para derramar.

-Te odio. Te odio. Te odio...-murmuró, agotada, mientas sus ojos se cerraban, del agotamiento, sabiendo que, aquí, la única mentirosa era ella. En su interior, prometió que algún día enfrentaría al elfo que había amado con todo su ser. Pero no hoy. Hoy, solo quedaba la furia, la pérdida y el amor inmortalizado en esos trazos, que grabó en su memoria mientras el sueño era el único acogía en sus brazos, consolándola en su abrazo inmortal.