Lavellan

Lavellan vio como la presencia de Rook desaparecía de la prisión del más allá, en una bruma, quedándose ella sola, en mitad de ninguna parte.

Se giró, observando el entorno, con curiosidad. Las ruinas parecían detenidas en el tiempo, como si no supiesen como caer. Como si quisiesen quedarse ahí, para siempre, sin avanzar en el tiempo.

Cuánto menos, era lúgubre. Apagado. Triste.

Se parecía a ella, no pudo evitar pensar, con amargura, posando una mano en su pecho, mientras agachaba la vista.

A ella, tras tanto años sumida en la desesperación. A ella, que había aprendido cuánto odio y cuánto amor podía sostener un solo corazón a la vez.

—¿Quién está ahí?

Su voz, esa voz que tanto le gustaba y tanto odiaba, hizo que pegase un respingo. Dio un paso atrás, sin creérselo, mientras abría los ojos como platos y alzaba la vista al frente, sosteniendo la respiración.

Solas volvió a aparecer, con el ceño fruncido, delante suya. El abismo había desaparecido, una vez que Rook se marchó, como si ya se hubiese satisfecho, lo que le daba acceso al dios hacia donde ella estaba. Lavellan retrocedió un paso, sorprendida de tenerlo tan cerca, de repente. Su corazón empezó a latir, como si tuviese un tambor en su pecho. Sus mejillas se sonrojaron, de la excitación y sus ojos no pudieron evitar emborronarse un poco, por las lágrimas que acudieron a sus ojos, traicioneras. El odio que había tenido antes, el enfado, se esfumó, como si nunca hubiese existido, aunque sabía que era solo una ilusión, ocultándose en lo más profundo de su interior. Levantó una mano hacia él, sin llegar a tocarlo.

Dios mío. Solas, su Solas, estaba tan cerca.

Su vhenan. Una sonrisa acudió a sus labios, leve, endulzando su rostro.

Pero entonces, estos ochos años le vinieron de golpe. Todo lo que había pasado. Todo lo que había sufrido.

Todo por su culpa, directa o indirectamente.

Retiró la mano, mientras su corazón se enfriaba, inevitablemente y el rencor se filtraba en ella de nuevo. Su brazo izquierdo empezó a dolerle, de repente, recordándole que no debía dejarse engañar una vez más.

Que no debía dejar que su corazón la controlase, por mucho que simplemente quisiese dejarse llevar.

Entonces, el Lobo Terrible miró hacia donde estaba ella, como si hubiese sentido su cambio de humor, sus pensamientos hacia él. Su mirada no era fija, se dio cuenta, con curiosidad.

Es como si no pudiese verla, realmente, como antes, aunque si podía sentirla.

Se llevó una mano a la barbilla, pensativa, mientras lo analizaba. Sus suposiciones eran ciertas, entonces. No sabía que era a ella a quién le hablaba, porque no podía ni siquiera vislumbrarla. Pero, de alguna manera, la sentía, sabiendo donde estaba, más o menos.

En resumen, sabía que Lavellan estaba ahí, pero no sabía que era ella.

Pero ¿por qué ahora sí y antes con Rook no? se preguntó, confusa. Entonces, recordó donde estaban. Con quién estaba. Y se encogió de hombros.

Supuso que era algo que tendría que ir averiguando con el tiempo.

Solas volvió a acercarse unos pasos, inesperadamente, quedando muy cerca de su cuerpo. Tan, tan cerca, que si alzasen una mano, se tocarían, mutuamente.

—Seas quién seas, te convendría revelarte antes de que realmente me enfade— murmuró entre dientes el dios, en una amenaza velada, apretando los puños. Su ceño se frunció, amenazante, por no poder identificar el peligro, por no poder controlar lo que pasaba.

Lavellan se acercó a su vez, inconscientemente, al verlo tan frustrado, tan amenazante. Le recordaba a aquella vez que un espíritu afín a él, una amiga, murió, de forma inevitable, corrupta por unos estúpidos humanos que se habían creído superiores. Ese momento en el que miró a los humanos de la misma manera.

Como el Lobo Terrible, no como Solas.

Y ella no se había ni dado cuenta pensando que era solo que su amigo, normalmente tranquilo, estaba realmente enfadado, muy enfadado, emocionándola un poco, dentro de su tristeza por verlo así.

Qué tonta había sido. Las señales habían estado ahí, pero su amor por él la cegó desde el primer momento, sin tan siquiera saberlo.

Al final, había sido mucho más adelante cuando se había dado cuenta del cambio en su corazón hacia el elfo. Cuando se dio cuenta de que cada latido de su corazón pertenecería a Solas, inevitablemente, a partir de ese momento e incluso desde antes.

Acercó su rostro al de él, aprovechando que no la podía ver. Observándolo más cerca, parecía más adulto que la última vez que lo vio, se dio cuenta, mirando de arriba a abajo, curiosa.

¿Eso era posible en un dios inmortal? ¿Crecer, madurar?

Levantó su mano, poniéndose un poco de puntillas. La acercó a su mejilla, deseando tocarlo. Se mordió el labio inferior, pasándose la lengua por él después, dudosa. La apoyó lentamente, aunque no sentía nada debajo de ella.

¿Qué pasaría si lo besase ahora?, se dijo, acercando su rostro, sin llegar a tocarlo más que con su mano, agachando la vista hacia sus labios. ¿Lo sentiría el dios? ¿O sería como si besase al aire, solo ella sintiendo esa tensión tan palpable en su cuerpo?

Dios, lo deseaba tanto, pensó, con sus ojos brillando de anticipación. Y él ni siquiera sabía que ella estaba allí.

De repente, Solas enfocó hacia donde estaba Lavellan, con tensión en esos ojos violetas, y con una ligera sorpresa. De un salto, se apartó de Lavellan, que se tambaleó, levemente, recuperando el equilibrio. Solas se llevó su propia mano a la mejilla, confuso, sin saber que estaba pasando, como si hubiese sentido su ligero toque. Sus ojos empezaron a brillar tenuemente con ese color verde característico demostrando que su magia empezaba a aflorar, quizás, sin quererlo.

— ¿Pero…qué? —suspiró, con la confusión grabada en toda su postura, tensa.

Lavellan inspiró, profundamente, maldiciéndose, al verlo así. Se llevó una mano al rostro, volviendo en sí misma y dando un paso atrás. Al parecer, sí que podía sentirla de cierta manera. Y ella...

Por Mythal. De verdad había querido besarle, dándole igual las consecuencias.

A él, quien la había traicionado tantas veces. A él, que la abandonó sin piedad, dijo algo en su interior, hablando con rencor, suprimiendo la calidez del amor que sentía.

Al dios que había apuñalado sin piedad a su amigo.

—Solas—suspiró su nombre, casi como una bendición o una súplica desesperada, pero también como una maldición velada.

No supo identificar cuál de todas era.

Agachó la cabeza, con pesar, mirando hacia el suelo, mientras se clavaba las uñas en la palma de la mano derecha. Sus labios temblaron ligeramente mientras apretaba la mandíbula, tratando de contener una furia que sabía justa. Sin embargo, cuando lo miró, sus ojos reflejaban todo lo contrario: un amor herido, casi desesperado. Pero sus palabras, a continuación, dijeron lo contrario, con una amargura infinita:

—Te odio tanto…—inspiró, sabiendo que era totalmente lo contrario. Retuvo el sollozo que quería salir, su corazón herido queriendo hablar. Aun así, se reprimió. Clavó una mirada determinada en el dios, que parecía tenso, congelado, casi como si la estuviese escuchando.

Ella esperaba que sí.

—Te salvaré. Por lo que fuimos. Por lo que somos —le murmuró, acercándose a él. Se puso de puntillas y, por un vez, no pensó lo que hizo.

Posó sus labios en los de él, levemente, casi como una caricia de mariposa. Un beso, que sabía a despedida en sus labios. Un beso que era de un amor herido, desesperado.

Solas parecía que seguía sin verla, pero sus ojos dejaron de brillar, con sorpresa y tristeza en ellos, cuando sus labios se juntaron. Un gemido, pequeño, triste, salió de sus labios, que parecieron apretarse con fuerza en los de ella, con desesperación.

Cómo si supiese que la resolución de Lavellan era salvarlo, pero olvidarse de él, a la vez.

Alzó la mano, queriendo tocarla, queriendo acercarla hacia si, para envolverla en sus brazos, pero Lavellan desapareció en un suspiro, dejándolo con ese último roce de sus labios flotando en el aire, como el último copo de nieve en el invierno.

Y casi que era así, pensaba Lavellan, envuelta en una bruma negra, mientras desaparecía, clavando los ojos en ese violeta que tanto le gustaba, envuelto ahora en confusión y dolor.

Porque su corazón albergaba ahora ese amor, frágil, como ese copo de nieve.

E igual de frio, pensó, mientras cerraba los ojos, desmayándose.


Términos élficos usados:

Vhenan: Corazón; a menudo usado como término cariñoso, habitualmente, entre amantes.