Lavellan

Harding se inclinó profundamente ante Lavellan, lo que hizo que esta hiciese una mueca, algo descontenta.

Por el Hacedor, nunca le había gustado esas muestras de respeto innecesarias hacia ella. Y menos ahora que no era realmente nadie, tras la absorción de la Inquisición por parte de la Capilla.

—Harding, no te inclines, por favor. Nos conocemos de hace años —le pidió, nerviosa, posando una mano en su hombro, mientras veía por el rabillo del ojo la cara de desconcierto de Rook.

Volvió a torcer el gesto. Supongo que la presentación no podía ir a peor, se dijo, aún más nerviosa.

Harding rio, volviendo a enderezarse, y mirándola, con esa amabilidad que siempre caracterizaba a la enana exploradora. Lavellan no pudo evitar devolverle la sonrisa, levemente. Aunque no hubiese querido verlos de esta manera… Se alegraba de poder volver a compartir sus sonrisas con ellos. Aunque esas sonrisas cada vez fueran más escasas.

Harding posó una mano en su cadera al mirarla.

—Eso no quita que eres la Inquisidora —le inquirió, con cierto retintín. Lavellan no pudo evitar poner los ojos en blanco al escuchar a la enana.

—Sabes que eso hoy en día no es más que un título de nada —le respondió ella a su vez, poniendo sus manos a la espalda, mientras entrelazaba sus dedos.

Entonces, se fijó que Rook las miraba alternativamente, sin saber cómo interrumpir la conversación.

Ah, pensó Lavellan, examinándola con ojo crítico, ese mismo ojo que siempre la había salvado al juzgar a las personas.

Así era la Cuervo en la que Varric había confiado para la misión que le había encomendado, la misma que Lavellan había solicitado, personalmente. Lavellan tendió una mano hacia ella, con la curiosidad asomándose en su expresión, sin evitarlo. Antes no se había atrevido a saludarla de cerca, por temor a su reacción al ver alguien desconocida, pero la presencia de Harding había aliviado la tensión del ambiente, a su favor.

—Lavellan a tu servicio —se presentó, con su mano extendida—. Me llaman muchas cosas, pero entre todas la más conocida es Inquisidora. Llámame Lavellan, por favor. Te lo suplico— le dijo, con cierta sorna dirigida a cierta enana, que bufó, divertida.

Rook le aceptó el apretón de manos, algo indecisa, casi como si pensase que era un peligro. Lo que ella no sabía era lo cerca que estaba de acertar, pensó Lavellan, sombría. Pero no era un peligro para ella. Nunca lo sería para quién la estuviese ayudando.

Lavellan aprovechó ese momento para observar más detenidamente, mientras Harding la ponía un poco al tanto de la situación.

Era una elfa joven, más joven que ella, por unos cuántos años. Tenía el pelo corto, rosado, y unos ojos dignos de admirar, uno de un profunda plata y otro de un rosado chicle, muy bonito. Era esbelta, muy guapa, con un cuerpo bastante curtido, con lo justo de femenino pero sin llegar a serlo del todo. Su estatura era bastante pequeña para ser una elfa, sacándole Lavellan incluso algo de altura, lo que era algo notable, ya que Lavellan nunca se había caracterizado por ser muy alta. Además, tenía un maquillase suntuoso en labios y ojos, pero era tan bonito que en su cara parecía una obra de arte. No tenía nada que envidiarle a la propia Lavellan, a sabiendas de que mucha gente le tenía envidia por su aspecto físico. Lavellan frunció los labios, ligeramente.

Un aspecto que no quería para nada, muchas veces.

Empezó a jugar con sus dedos, entrelazados a la espalda, mientras se sumergía en sus pensamientos.

Lavellan sabía que Rook debía conocerla, no solo porque era la Inquisidora. No, debía conocerla porque era la propia Lavellan quién había redactado el contrato que había extendido hacia los Cuervos, solicitando a la famosa Tejedora.

Al final, tenía sus contactos. Siempre supo de ella. Y Lavellan necesitaba a los mejores, para poder detener a Solas.

—¿Cómo he de dirigirme hacia ti? — le preguntó Lavellan, aunque ya sabía su nombre de sobra. Simple politiqueo, se dijo, con sorna, recordando otros tiempos. Mejores o peores, quedaba a jurisdicción de quién quisiese analizarlo.

Rook inclinó la cabeza, confusa, probablemente intuyendo de que la propia Lavellan ya debía conocer su nombre. Al final, tras unos segundos, le ganó los modales.

—Mi nombre… Me puedes llamar Rook —le susurró, con esa voz algo ronca, pero siempre alegre, optimista.

La Inquisidora asintió, satisfecha. Pero le faltaba por saber algo. Lavellan inclinó a la vez su cabeza, cruzándose de brazos.

—¿Cómo prefieres que me dirija hacia ti?

Rook echó la cabeza hacia detrás, sorprendida, entendiéndola al instante.

—¿La mismísima Inquisidora, quién me contrato hace un año, me está preguntando por mis pronombres? —comentó, sorprendida, demostrando y, dejando caer a la vez, que sabía perfectamente quién era la Inquisidora.

Lavellan sonrió, astutamente. Había contratado a una persona lista, sabiendo no solo cómo atacar con unas dagas reales, sino también manejando las palabras.

Perfecto. La Tejedora no la decepcionaba.

—¿No es lo normal? —preguntó ella, entrecerrando los ojos, sin dejarse amilanar—. Recién te conozco, y, en las cartas que intercambie con Varric, me menciono algo por encima de ti— le rebatió ella a su vez—. Una cosa he aprendido en todos mis viajes, y es respetar a las personas, por encima de todo. Y más en estos tiempos arduos —dijo, con el tono sombrío.

Rook bufó, moviendo un mechón de pelo rosa, mientras empezaba a golpear su pie contra el suelo, molesta.

—Dichoso enano entrometido—suspiró, frotándose entre las cejas, pero la miró, con una leve sonrisa—. Elle, o ella. Como persona no binaria, estoy acostumbrada a cualquiera, aunque me suelen referir por ella. Ya sabes —se señaló a sí misma, destacando su aspecto femenino—. Me siento cómoda con cualquiera.

Lavellan asintió, apuntándolo en su biblioteca mental. Después, se giró hacia Harding, cruzándose de brazos.

—Harding, ¿has podido explorar los alrededores? — le preguntó, con cierta autoridad en su voz aunque, automáticamente, se regañó a sí misma en el interior.

Tenía que quitarse esa costumbre venida de la época de la Inquisición. Una época que ya había quedado atrás.

La enana asintió, contenta, sin darse cuenta de su discusión interna.

—Sin duda, esto es el Más allá. Todo indica eso—se llevó una mano a la barbilla, con la curiosidad impregnada en su rostro—. A dónde vamos cuando se sueña… Aunque claro, los enanos no sueñan—dijo ella, riendo ligeramente, mientras frotaba su cuello.

Lavellan asintió, satisfecha ante su respuesta. Su propia exploración, desde que se levantó, le había indicado lo mismo.

Por si las islas flotantes no eran una pista suficiente, claro, pensó sarcástica.

—He llegado a la misma conclusión. Parece que era también el refugio de Solas cuando tenía que descansar y planear sus estrategias —comentó, intentando aparentar soltura, pero apretando sus dedos entrelazados—. Tenía algunos libros en la biblioteca redactados con su letra, con todo lujo de detalles sobre comandar a sus ejércitos y los próximos movimientos que iba a realizar, además de los nombres de toda la gente que alguna vez llegó a refugiar aquí. Muy propio de él—no pudo evitar que algo de amargura se filtrase en su voz, al recordar al elfo enterrado en sus papeles, hace años, pareciendo que solo investigaba nuevas técnicas de curación o hechizos.

Tendría que haber mirado esos papeles más de cerca, se dijo, chasqueando la lengua, descontenta.

Rook alzó las cejas ante eso, pero Harding solo dejó soltar un suspiro pesado, algo agotada ante la situación.

—Pues sí. Cambiando de tema —se giró hacia Rook, sonriéndole—, veo que te encuentras bien.

—Sí, solo tengo un leve chichón— le guiñó el ojo la pelirrosa, dándose unos toquecitos en la cabeza—. Se me curará en seguida, como cabeza dura que soy.

—Bien—dijo la enana. Después, señaló con la cabeza hacia el edificio donde se encontraba el eluvian por donde habían venido—. No sé si te comentó Neve de reunirnos en la mesa del centro de la sala principal para saber qué hacer ahora.

Rook frunció el ceño, confusa. Lavellan entendió automáticamente ese gesto como que no sabía nada.

Ella tampoco, pero así era su vida. Pura adaptación al caos.

—No, no me comento nada —le contestó Rook, posando las manos en su cadera— ¿Vamos, entonces? —entonces, miró dudosa hacia Lavellan, que solo alzó una ceja. Inclinó la cabeza, dejando que su pelo cayese un poco hacia delante.

Rook pensaba que era ella la que mandaba ahora, se dio cuenta, con una sonrisilla. Ah, pero qué lejos se había quedado esta elfa curiosa de la verdad.

—No te equivoques, Rook. Aquí mandas tú. No yo— le sonrió, con astucia—. No por nada te contraté, ¿verdad? —le preguntó, inocentemente, devolviéndole la de antes.

La elfa la miró, sonriente. Touché, le dijo sin palabras, trasmitiéndoselo con solo la mirada. Rook se giró, haciendo un gesto con la cabeza.

—Entonces, vamos. Hay mucho que hablar—empezó a andar, impaciente por hacer algo útil.

Pero Lavellan no había terminado con ella aún. La paró en seco, tocándole el brazo. Sintió como ella se estremeció, teniendo un escalofrío ante su tacto.

Seguramente recordando algo que había pasado muy recientemente y ese algo era lo que quería discutir sin falta Lavellan.

—Rook, ¿podemos hablar un momento en privado? —le preguntó, aunque casi fue como una orden indirecta, nuevamente. Lavellan volvió a patearse mentalmente, sin dudarlo.

Recuerda, Lavellan. No seas una mandamás. Ya no eres nada de eso. Tenía que grabárselo a fuego en la piel, desde que tuviese tiempo.

Harding, pillando la indirecta no tan sutil, volvió a inclinarse brevemente y se apartó, despidiéndolas mientras entraba en el edificio principal.

Esta enana siempre tan inteligente, la alabó su amiga en silencio.

Lavellan soltó a Rook, sabiendo que su tacto, ahora mismo, no era del todo agradable. Se tocó el brazo de la prótesis, los nervios alzándose en su pecho, lentamente.

¿Cómo debía empezar esta conversación tan extraña?, se preguntó, recorriendo el metal de su brazo, mientras pensaba.

La mirada de Rook cayó en su prótesis, mientras fruncía el ceño, confusa. Aun así, no comentó nada.

Lavellan supo el porqué de esa mirada. Al final, siempre había intentado ocultar que llevaba la prótesis las pocas veces que había tenido que estar en público. Y seguramente Rook no sabía de su existencia hasta ahora. Aun así, a su pesar, los rumores corrían rápido. Lavellan sacudió la cabeza, quitando ese pensamiento de su cabeza, mientras volvía a lo que quería preguntarle. La miró, nerviosamente. Y abrió la boca, soltando las palabras, con brusquedad:

—¿El sueño fue real, verdad?

El silencio continuó a esas palabras. Rook asintió, lentamente, después de unos segundos, sabiendo a que se refería la Inquisidora.

—Creo… creo que sí —le respondió, algo dudosa—. Solas me comentó que me enlacé con él a través de la sangre. A través de la magia de sangre —se corrigió, cruzándose de brazos. Después, se sujetó la barbilla con una de las manos, con aspecto pensativo—. Recuerdo verte con sangre en la cara, en uno de mis desmayos intermitentes. Quizás lo que me conectó a mí con él, te conectó a ti conmigo o viceversa.

—Ya que fui la única que sangro cerca de ti —dijo Lavellan en un susurro, repitiendo de otra manera lo que había dicho Rook. Hizo memoria, mientras un sudor frio empezaba a recorrerle el cuerpo.

Tenía que ser una broma del destino. Eso, o realmente…

Entonces, Lavellan empezó a reír, histéricamente. Lo que le faltaba. No era suficiente sufrimiento estos ochos años de noches interminables, sin dormir, para no soñar. No, al parecer no lo eran. Porque ahora tendría más sueños con Solas, pero esta vez hechos de pura y dura realidad, no como los anteriores.

Se llevó la mano a la boca, desesperada, mientras seguía riéndose, sin parar.

Ocho años. Ocho años sin encontrarlo, buscándolo, rozándolo. Y ahora, por fin, lo había encontrado, pero solo en sueños y sin que él supiese que era ella quién lo acechaba ahora. Magnifico. ¿No era eso acaso lo que había buscado? Pues tómalo, por partida doble.

Entonces, volvió a pensar en esa cuestión. En que Solas no podía verla. En verdad, él no podía saber quién era. Y, quizás, mirándolo bien, podía sacar ventaja de ello. Se giró hacia Rook, que la miraba como si se le hubiese soltado un tornillo.

Y, siendo sinceros, no le faltaba razón. Ella misma pensaba que había perdido un poco la cordura ya, después de todo.

—Bueno, él no me podía ver— le dijo, deteniendo su risa e informándola de ese suceso, que sospechaba que Rook ya sabía igualmente.

—Exacto— Rook frunció el ceño, mientras empezaba a jugar con su pelo, pensativa—. Eso sí que no lo entiendo. Quizás la conexión no es tan fuerte. O la magia de sangre se ha debilitado de alguna manera contigo.—Suspiró, frustrada—. Creo que Solas ni se ha dado cuenta de que, al realizar el hechizo, también lo hizo contigo, sin quererlo.

—Sin ofender, pero espero que eso siga igual —le comentó ella, levantando las manos—. Solas siempre defendió que la magia de sangre podía ser práctica. Pero sospecho que no hacía mucho uso de ella, por no decir ninguno. Quizás por eso no supo realizarla bien.

Rook la miró de reojo, con dudas en sus ojos.

—A mí me dijo que aborrecía la magia de sangre —le dijo, dudosa.

Lavellan bufó, sabiendo de esa parte, ya que lo había escuchado de él, cuando se lo dijo a la elfa pelirrosa en ese sueño tan raro.

—Sí, bueno. También es muy diestro en ocultar medias verdades, cómo te habrás dado cuenta. Cómo me di cuenta yo, hace años—le comentó, con amargura.

Entonces, el silencio cayó en ellas, con una pregunta no dicha en el aire. Rook abrió los labios, varias veces, sin saber cómo decirlo. Lavellan alzó una ceja, graciosa. Sabía perfectamente que estaba intentando decirle Rook.

Y le hacía mucha gracia su reticencia a preguntarlo, sabiendo como era con lo poco que la conocía. Lavellan se cruzó de brazos, graciosa.

—Sí, Rook. Solas y yo fuimos amantes. Fui su compañera. Su pareja. Su novia, cómo quieras decirlo— Lavellan hizo un gesto con la mano, pero se arrepintió un poco por la brusquedad con la que lo dijo. Suspiró, profundamente, descruzando los brazos y agachando la vista.

Quizás no debería de haberlo dicho de esa manera, tan ruda, pero estaba agotada.

Agotada, de tener que ocultar lo que sentía a todos, teniendo que aparentar como que no le importaba más. Agotada de ocultar su relación por alguien que la había desechado tan fácilmente.

Agotada de no poder hacer un cambio en su corazón, con un simple chasqueo de dedos.

Rook soltó un grito, triunfante.

—Lo sabía. Sabía que mi instinto no me fallaba —aun así, a pesar de su tono alegre, emitió un gemido, agarrándose la cabeza entre la manos—. Ay, pero que el hacedor me salve. Lo que me faltaba— se acuclilló, frotándose la cabeza—. Un par de amantes que se odian ahora rondan por mi cabeza. Que Mythal me ampare, porque lo voy a necesitar —se lamentó, en voz baja, aunque Lavellan la escuchó, perfectamente.

Si ella estuviera en su posición, pensaría igual, se dijo, encogiéndose de hombros. Lavellan lo desestimó con la mano, restándole importancia.

—Intentaré no entrometerme en tus charlas con Fen'Harel, Rook. Seguramente solo funcione si las dos dormimos a la vez —razonó, dándole unas esperanzas algo vacuas. Al final, Lavellan iba a intentar acomodarse a sus horarios de sueños, expectante por verlo una vez más. Para sacar información de Solas, claro. No para poder seguir viéndolo.

Por supuesto que no, se dijo, con sarcasmo.

—Yo me desperté poco antes que tú, por eso me pillaste despierta ahora —le explicó, continuando lo anterior, haciendo una pequeña mueca, por estar engañando a la elfa. Rook la miró desde abajo, con sospecha.

—Eso espero —le dijo, entrecerrando los ojos.

Lavellan supo en ese momento que la pelirrosa no se creyó su treta, pero le valía igualmente, pensó, encogiendo un hombro. Le tendió una mano de ayuda, que Rook aceptó alegremente, enderezándose. Una vez a la misma altura, Rook soltó su mano y señaló hacia detrás.

—Deberíamos ir con las chicas.

Lavellan le asintió.

—Yo voy en un momento —le dijo, abrazándose a sí misma.

Rook se giró, con un gesto de aprobación, y se encaminó al edificio, despidiéndose de ella con la mano.

Lavellan se quedó sola, con la brisa agitando el vestido blanco que había encontrado en una de las habitaciones superiores del faro, tras quitarse su armadura. Giró la cabeza hacia arriba, mirando ese cielo tan extraño encima suya, suspirando.

Era raro.

Después de tanto tiempo de búsqueda, después de tantos quebraderos de cabeza, por culpa de los agentes de Fen'Harel… Y ahora, así de fácil, sabían dónde estaba Solas con certeza. Lavellan sabía que ahí iba a mantenerse, hasta que él mismo descubriese la manera de salir. Lavellan apretó el puño izquierdo, el metal, de color plateado, casi blanco, resintiéndose un poco.

Cerró los ojos, sintiendo el viento del más allá.

"Nunca te olvidaré"

Lavellan recordó esas palabras, dichas en el susurro del viento. Las mismas palabras que le había dicho Solas hace ocho años, como una despedida inevitable.

Las mismas que le impulsaron en este camino, sabiendo que eran verdaderas, dentro de todas las mentiras que le había llegado a decir el Lobo Terrible.

Hace diez años, cerró la brecha del cielo y derrotó a Corifeus, consiguiendo una paz, rota en pedazos por las constantes guerras civiles, que había tenido que lidiar, para defender a su pueblo. Ahora, con dos dioses élficos con sed de venganza pululando por ahí, el mundo volvía a vibrar de anticipación ante lo desconocido, volviendo a valerse de unos pocos valientes, los únicos que podían evitar que todo se fuera al traste. Con esos pensamientos en su cabeza y con un paso grave, se dirigió a la reunión, dispuesta a salvar a su mundo, de nuevo.

Aunque su mundo fuese un dios tozudo con tendencias algo suicidas, se dijo, reticente a admitirlo.