KURENAI

"Rojo profundo"

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Segundo eslabón

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Había algo realmente perverso en sentirse incapaz de alcanzar aquello que deseas. InuYasha lo estaba comprobando con una ferocidad que no había conocido hasta este momento. El deseo había sido poco más que cándido, antes que la intimidad entre Kagome y él hubiese llegado a un plano físico. Cuando aquello había sucedido, el conocerse y reconocerse se convirtió en una aventura que practicaron cada vez con menos recato y más fluidez. Sin embargo, lo que ahora sentía era diferente, intenso de un modo inquietante.

Se mantenía con ambas manos engrilletadas por cadenas fuertes que encontraban un anclaje en dos vigas laterales que sostenían el techo del templo. Probablemente, si se esforzaba, podía llegar a liberarse. No obstante, la razón por la que estaban probando con esto le decía que no lo intentase. Respiró todo lo profundo que pudo, recordándose el autocontrol que venía a buscar. Kagome permanecía arrodillada ante él, a distancia suficiente como para estar cerca y no ser alcanzada. InuYasha comenzaba a percibir la pesadez de su sangre al no verse satisfecho, dado que ella había comenzado a aflojar la ropa que llevaba. Aquel gesto había recreado de inmediato en su mente la imagen de la piel desnuda, y la gama de tonos rosa que se gestaban en ella cuando sus deseos se volvían semejantes.

Debía reconocer que éste no era el mejor escenario para comenzar a pensar en un encuentro pasional, no obstante, lo deseaba. Quizás fuese la presión de los últimos acontecimientos la que permanecía en él como un detonante que esperaba su momento. Esa misma tensión y ansiedad lo hacía temer a una transformación, aunque ésta no pareciese manifestarse ahora mismo. InuYasha permanecía inmerso en el temor a que el youkai lo dominara, del mismo modo que lo hizo en aquel pueblo al que fueron para acabar con la amenaza de un demonio. La paradoja resultaba graciosa, si no se tratara de una pesadilla en su mente.

Se sentía herido, maltratado por la bestia que lo habitaba. Ésta respondía a la exaltación de sus emociones de un modo que InuYasha no era capaz de manejar. Lo llevaba a una oscuridad parcial que odiaba, que lo sumergía lo suficiente como para no ahogar del todo su consciencia, no obstante le impedía cualquier rasgo de voluntad. O quizás, la voluntad de la bestia era su naturaleza real, atada por el hanyou.

¿Quién habita mi corazón? —la pregunta cruzó su pensamiento.

Volvió a centrar su atención en Kagome, necesitaba de ella para encontrar equilibrio en medio de la angustia de su mente. Ella era su bienestar, su contención, su mayor fuente de lucidez. Él y ella eran como rojo profundo, sobre blanco inmaculado.

La mano de Kagome entró con lentitud por el cuello del hitoe que vestía. InuYasha fue capaz de seguir el movimiento y recrear el contacto de los dedos de su compañera por sobre la piel. La intensidad de aquella sensación fue tan fuerte, que él tensionó involuntariamente los músculos de los brazos, consiguiendo un chasquido en las cadenas que lo ataban.

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Continuará.

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N/A

Como dije en el primer capítulo de esta historia que pretendía ser algo fácil, sin embargo el desarrollo me está pidiendo cuidado a la hora de ordenar las piezas y eso me encanta.

Muchas gracias por leer y comentar.

Besos

Anyara