La primera vez que llegó al Last Corridor se sorprendió por lo brillante que era.

Reluciente.

Cegador.

Imponente.

Lo primero que Frisk notó fueron las grandes columnas de oro se extendían hasta el cielo, como si sostuvieran el peso del mundo, el peso del Underground, que, con una sonrisa, él se había encargado de masacrar.

Después fueron los grandes ventanales, también con un marco de oro, pero con un cristal brillante, aunque opaco, del color de la nieve de Snowdin, que él se había encargado de tintar en rojo.

Y por último se fijó en las losas. Losas que alternaban de colores dorados y anaranjados, con un cuadrado sin relleno del color contrario -en las losas doradas el cuadrado era naranja, en las naranjas, el cuadrado era oro. No tenía ni una nota de polvo, no como ese que, en la actualidad, hoy cubría todos los rincones del subsuelo.

Pero, a Frisk no le importaba, eso es lo que él había querido esa partida.

Había hecho con anterioridad la que llamó como Neutral. Había sido una pequeña equivocación, se había asustado, y en aquel momento, su cabeza había decido por luchar antes que huir. Nadie hubiera pensado que un niño flacucho como él, hubiera sido capaz de derrotar aquellos monstruos. Pero lo había hecho, y al final, Flowey, bueno, el baile con OmegaFlowey había comenzado.

Fue dura, o es lo que recuerda, ¿quién se hubiera pensado que una flor sin pies ni piernas puediera tener tan buen ritmo? Aunque, en su versión Omega si le salieron extremidades -quizás haya sido una de las cosas más raras que él ha visto, y eso que el Underground estaba lleno de peculiaridades-.

Aun así, aunque desde pequeño su especialidad había sido el ballet. ¿Vals? ¿Baile de salón? No tenía idea alguna sobre ese tipo de bailes, por eso, se alegró de las pequeñas clases que le había dado Toriel sobre ello. Habían servido, venciendo a la flor y conociendo a el pequeño hijo de Asgore.

Era, como la bella y la bestia de los monstruos, una historia que sorprendente había tenido un final casi feliz.

Ahora, Frisk había decidido, bueno, hacer algo más movidito. Después del Reset, y con la adrenalina después del baile, había decidió vencer a todos. Se sentía con energía, con ganas de brillar la pista de baile, de que todos los miraran y observaran lo bien que sus pies se movían; aquí él no era el títere, sino, el que manejaba los hilos.

Y hasta ahí había llegado, hasta la entrada del Last Corridor. Pero, sentía que algo iba mal.

No era remordimiento, por qué no era el pecho que le dolía. Su corazón latía con normalidad, algo más emocionado que lo usual, pero, nada más allá. Lo sentía más arriba, detrás de la cabeza. Algo fallaba. Algo faltaba. Algo estaba mal.

¿Por qué todo estaba en silencio?

¿Donde estaba la música del boss final?

¿Y por qué un susurro le decía que tenía que ser Sans?

No entendía nada. Conocía de bailes y peleas, conocía de monstruos y humanos, conocía de soles y lunas, pero, ¿por qué conocía que Sans tenía que estar allá?

No tenía sentido.

No había conocido mucho a Sans, dos veces como mucho se había encontrado con él. Era un chico tímido en comparación con su hermano, no parecía saber bailar, parecía, como él bien había dicho, "ser un saco de huesos". No había nada en él que gritara "soy el mejor bailarín".

Entonces, ¿por qué Sans debería estar esperando al final del pasillo?

¡A saber!

Todavía con esa musiquita pegada en su cabeza, avanzó por el largo corredor, sin encontrarse con nadie, pero con esa sensación, de que alguien estaba tras sus pasos.

Avanzó y avanzó por el frío pasillo, sintiendo el frío atravesar las suelas planas de sus zapatos planos, el viento correr a través de los pliegues de su tutú mientras que un escalofrío nacía desde su cabello hacia abajo. Algo estaba muy mal, malísimo.

Y así fue, antes de atravesar la puerta de salida, vio unos ojos que le sonreían.

"¿Falta todavía 1?"

Mientras se desmayaba, Frisk no pudo evitar pensar que las letras brillaban en rojo, al igual que esos mismos ojos.

Se despertó de nuevo en el inicio, con la ridícula frase de Flowey: "Bailar o ser bailado" molestando en sus oídos. Frisk frunció la cara en una expresión de desconcierto. Ni había reseteado, no había muerto, no había hecho nada. Los monstruos habían pasado a cero, uno por uno, hasta que la Determinación había aparecido en rojo, con letras brillantes.

¿Qué acababa de pasar?

¿Era un fallo? ¿Un error de código?

Todo era tan extraño…

Con un pequeño suspiro se levantó otra vez, quizás la voz tenía razón y se había dejado un monstruo por ahí perdido, quizás tenía que hacer algo antes de terminar el Genocidio.

Mas no tenía sentido.

No había ninguna prueba para confiar en las voces de su cabeza, las voces parecían más un signo de locura que de realidad, no era tan confiado. Aun así, no le quedaba otra. Si todo había comenzado desde cero, no quedaba más que avanzar, y masacrar a los monstruos de nuevo.

Esta vez, se aseguraría de que realizar un perfect kill.

Y allí estaba de nuevo, en el Last Corridor. Frisk había sentido como todo se volvía un poco más fácil, un poco más rápido. Había canciones que ya casi era capaz de seguir el ritmo, objetos que encontraba antes, monstruos que caían uno tras otro. Supuestamente ya era el momento de nuevo, de descubrir el final de la Genocida.

Todavía le sorprendía el Last Corridor, su brillo dorado y su belleza impasible. Era tan cautivador como la primera vez. Igual de vacío.

De nuevo… ¿había otro fallo? ¿Un nuevo bug?

Esta vez miro por todos los lados del Last Corridor, admirando de reojo al final. No había mucho que buscar, era un pasillo gigante, recto, sin escondrijos aparentes. Era como la sala de un juego 2D, con la profundidad limitada, no había mucho donde esconderse.

Siguió su camino hasta el final buscando alguna pista, algo, lo que sea que le señálese que estaba pasando. Pero, al acercarse como la última vez, sintió el escalofrío por su columna vertebral, y de nuevo, oscuridad.

Los ojos volvieron aparecer en el último minuto.

"¿Todavía falta 1?"

Y él quiso gritar.

Lo repitió de nuevo.

Y de nuevo.

Y otra vez.

¿Cuántas veces habían sido ya?

Había perdido la cuenta.

Todo era igual.

Misma trama, misma música, misma pauta.

Estaba perdiendo la cabeza.

Y más.

Más, más y más.

¿Quién faltaba?

¿Dónde estaba Sans?

Cansado, intento recordar por qué intento iba, no pudo, había dejado de contar en cuando bailar se volvió sencillo.

Ya no importaba que monstruo fuera, todo acababa con facilidad. ¿Vals? ¿Bailes de Salón? Acaba con Toriel en segundos, sin necesidad de pensar. ¿Tango? ¿Salsa? Papyrus había perdido la cabeza más veces de la que podía contar, podría acabar con el esqueleto con los ojos cerrados. ¿Hip Hop? Undyne era insignificante contra el humano, en cuanto Frisk dejó de tropezar con la humedad del suelo, fue invencible. ¿Tarantela? ¿Jazz? Ni las arañas bailarinas ni los robots danzantes podían contra él.

No había nadie ni nada que pudiera contra Frisk, a excepción de ese maldito error.

Algo cambió.

Paulatinamente.

Aquellos ojos rojos, se convirtieron poco a poco en un rostro. Parecía la escena del travieso gato de Cheshire, con esos ojos enormes (aunque en vez de azul eran sangre) y esa sonrisa desagradable. Cada ruta se hacía más visible, intento tras intento volvía ese rostro en un cuerpo.

Era… una niña, del tamaño de Frisk, algo más mayor que él parecía. Tenía el cabello castaño que se parecia a las decoraciones en cobre de la casa de Toriel, su piel clara como la nieve que caía en Snowdin, sus ojos afilados del color de la lava en Hotland, unos labios azules como los caminos de Waterfall. Parecía una niña sencilla, con un jersey ancho y usado.

Cada vez se hacía más visible, convirtiendo el verde apagado de su ropa en las hermosas hojas del principio, siendo la única raya que decoraba su jersey, del color de las flores que tanto se parecían a Flowey.

Y en su pecho brillaba un pequeño corazón dorado, un hermoso collar con unas letras en cursiva que era incapaz de distinguir.

Al comienzo, ella era un mero espectador. Ella lo miraba sin hablar nada, con ojos afilados, desdeñoso. Frisk no la sentía a menos que estuviera muy cerca de ella, y mucho tiempo quieto. Era... bueno, nadie en aquel juego.

Hasta que comenzó a hablar y se convirtió en el narrador de todas sus desgracias.

Para el punto de vista de Frisk, era una persona molesta. La risa -esa maldita risa la perseguiría hasta el final de sus días- sonaba de vez en cuando, cada vez que ganaba contra un monstruo, cada vez que llegaba al final del Last Corridor, cada vez que desmayaba por ese maldito bug. Era el recordatorio de que seguía en esa línea temporal sin principio ni final.

Hacía comentarios perspicaces, afilados. Había veces que era la voz de la razón y otras el odioso demonio de su hombro.

Ella era como un maldito mosquito, molesto, desagradable, le ponía de los nervios.

Y no se iba.

Parecía ser su castigo para toda la eternidad.

En algún momento, Frisk comenzó a hablar con ella, con Chara. No porque le apeteciera, pero, en ese mundo de tantos reset, ella era la única con la que Frisk podía entenderse. No era npc, de diálogos predeterminados y bailes aún más repetitivos. Era la única que parecía humana, y eso que no era más que un fantasma.

Era molesta si, odiosa si, pero, en su soledad, era lo único que tenía.

Y no quería pensar demasiado profundo en ello, después de todo, los movimientos de Frisk habían causado eso.