Capítulo 2: 'Despertares'

Desconocía cuánto tiempo había pasado desde su muerte. Pero el nuevo despertar puso a prueba su fuerza de voluntad de juntar los pedazos de su espíritu y dispersos en la oscura vacuidad.

Primero fue consciente de sí mismo. De su yo como ser que una vez existió. Millares de recuerdos flotaron a su alrededor como estrellas titilantes de imágenes que en un inicio no pertenecían a él si no a alguien más. Poco a poco fue asiéndolos entre sus incorpóreos dedos. Poco a poco fue reconociéndolos como propios. Y poco a poco los sentimientos arraigados a esas memorias anidaron en su alma.

Tristeza, dolor por las inmensas perdidas que sufrió. Su hermano Min Yi. Una amistad falsa. Sentimientos hacia una persona que nunca conoció realmente. Las mentiras. La traición. El crimen. El ser a quien sentía como su último bastión seguro: Xie Lian. Su propia estupidez. Su fútil inocencia.

Su miedo. Oh, si, ese terror que se introdujo bajo su piel y no lo abandonó jamás desde que El Reverendo de Las Palabras Vacías llegó a su existencia. Inflamándose más intensamente cuando regresó a su vida después de cientos de años con otro rostro, pero con un ansia multiplicada por acabar con su vida.

Con su destino robado.

He Xuan.

Curvó su cuerpo buscando contener el calor que lo abandonaba rápidamente. Buscando consuelo para su corazón roto.

No oía ninguna voz, pero sentía que algo le hacía una pregunta.

¿Aún quieres existir?

Más que ser capaz de verlas, sentía unas garras extenderse, aguardando a que las tomase entre sus manos. Pero como era de esperarse de un miedoso crónico, al principio vaciló. Apretó la mandíbula, hasta que sintió el regusto de la sangre en el interior de su boca, ahora más tangible que antes. Nunca experimentó el odio hacia sí mismo, pero ahora lo hizo de forma virulenta.

Se desharía de ese terror de una vez por todas.

Si era atacado hasta dejarlo lisiado en un intento por arrebatarle su pureza, entonces él se ensuciaría al punto de volverse indeseable.

Si su enemigo era enorme como una montaña, él se convertiría en un vasto e indomable océano para devorarlo.

Si querían asesinarlo, él los estaría esperando con un poder inmensurable para borrarlos de la faz de la tierra.

No cedería al miedo.

Se era necesario, se convertiría en el terror mismo.

Más allá de esas garras que le esperaban, se encontraba un ser oscuro. Se lanzó hasta abrazarlo, dejando que ingresara en su interior.

Sus pulmones se expandieron buscando aire. Se vio rodeado de agua y al mirar hacia arriba vio la luna que se entreveía entre las danzantes aguas en las que estaba sumergido. Obligó a sus piernas a moverse, peleando contra el entumecimiento que lo arrastraba hacia el fondo. Esa oscuridad más allá de sus piernas también parecía tener voz propia:

No hay posibilidades de que sobrevivas si muero, así que podrías también venir conmigo, Gege!'

¡No! Exclamó su espíritu. Miro hacia esa luna sobre sí, y peleo con todas sus fuerzas hasta que rompió la superficie. Sintió el lecho de la playa bajo sus pies y pronto avanzó hasta la orilla. Observó su pierna, que antes lesionada, ahora se apoyaba firme y sin dolor. Levantó su brazo contra la luz de la luna. La piel pálida y los músculos firmes obedecieron a cada acción que quisiera realizar. No sería una carga. No más.

Notó las yemas de los dedos y las uñas teñidas de un negro intenso, pero lo tomó con normalidad. Después de todo ya no era un mero humano decrépito o un dios caído en desgracia y sin poderes.

Era una maldita Calamidad.

Una risa suave brotó tras una sonrisa de satisfacción. Jaló con nimia fuerza los harapos mojados que le cubría el cuerpo, quedando desnudo sobre la arena. A lo lejos divisó su nuevo hogar, que se erigía imponente en la distancia.

'No Gege. Voy a seguir existiendo. Espérame un poco más y me reuniré contigo en el infierno, pero por el momento voy a continuar'.

Si, había mucho qué hacer. Y tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo.


Hua Chen corrió las suaves cortinas que rodeaban la cama, dejando a su amado descansar por el resto de la noche. Aunque pronto amanecería, así que no era mucho tiempo. Sonrió, sintiendo que su existencia le llenaba de satisfacciones. Pero pronto su sonrisa se borró, tornado su expresión feliz a una seria.

Había experimentado una perturbación muy grande en sus poderes y necesitaba ir a verificar.

Salió de la habitación, sacó los dados y los arrojó para luego volver a abrir la misma puerta. Tomó los dados entre sus dedos y atravesó el umbral.

La penumbra era cercenada en secciones por los umbrales que dejaban pasar la intensa luz de la luna. Unas escaleras se erigían más adelante y en lo alto de ésta había un ancho asiento con un extraño resplandor. No le era posible distinguir detalles, pero sí la forma de un hombre sentado en ella. Iba descalzo, repantingado en el trono, vestido con un pantalón que parecía negro y una túnica de color clara puesta de cualquier forma.

-Lluvia Carmesí que Busca una Flor-. Reconoció el tono de voz. El hombre modificó su postura, llevando su rostro a la luz de la luna, dejando que Hua Cheng notara los cambios por los que Shi Qingxuan había atravesado al convertirse en lo que era ahora.

- ¿Cómo debería llamarte?

Los labios del otro se extendieron lentamente.

-Barco que se Hunde en Aguas Oscuras…me temo que ha ocurrido un ligero cambio en la cúpula de este lugar.

- ¿He Xuan?

Shi Qingxuan no respondió con palabras. Se limitó a señalar hacia arriba con el índice. Su sonrisa se ensancho más.

-Que bien que hayas decidido venir a verme, Dios Fantasma, hay algo sobre lo que me gustaría charlar contigo.

- ¿Sobre qué? - inquirió. Aún trataba de determinar si este cambio monumental en las piezas de la mesa de juego significaba un peligro cercano para Gege.

-Negocios.

Con su mano apuntó a su lado, donde del suelo surgió un cómodo asiento en evidente invitación a que se quedara un tiempo más.

Picado en su curiosidad, Lluvia Carmesí avanzó por las escaleras.

Sospechaba que no pasaría mucho antes que tuviera novedades de parte de He Xuan.


El alba apenas rompía el horizonte cuando Shi Qingxuan notó que, a la distancia, en mar abierto, varias criaturas andaban en círculos. Aguardando a que les prestara atención.

Introdujo sus pies en el agua, para ir al encuentro de esas criaturas, quienes a su vez comenzaron a aproximarse a él.

Suspiró encantado.

-Siempre quise tener dragones.

Cuando se adentró al mar se vio rodeado. Tres enormes cráneos huesudos lo miraban con cuencas oculares vacías. Elevó sus brazos y las criaturas bajaron a su altura hasta que pudo alcanzarlas. Pronto un haz de luz los rodeó.

Recordó el estado alerta de Hua Cheng más temprano. No volvería a sentir terror, pero no sería culpable si los demás se lo tendrían a él.


Levantó sus manos hasta su frente, haciendo sombra sobre sus ojos, dándole un momento tanto a su vista, como al resto de los sentidos, a acostumbrarse al bombardeo de estímulos que lo recibieron. De su propio cuerpo brotaba una tenue luz dorada que no tardó en dominar hasta hacer que desapareciera. Pero aún emanaba del suelo y los edificios, del enorme arco en el que acababa de materializarse, flotaba en el aire, como una tenue estela dorada.

Del aire vibraba un tenue eco. Casi como si el poder que erigió ese sitio reclamara su atención.

No es como si no estuviera acostumbrado a la intensa luminosidad de La Capital Celestial, después de todo, estuvo caminando por sus calles como si perteneciera allí por decenas de años. Es justamente allí donde radicaba la diferencia.

Ahora pertenecía a ese lugar. Su tacto transmitía calor. Su corazón latía en su interior. El aire que exhalaba era tibio. Estaba vivo.

La imagen de Shi Qingxuan clavándose la daga en el corazón se formó en su mente. Se volvió hacia el inmenso arco dorado por donde apareció. Intentó trasladarse con un array hasta su fortaleza en el Mar Negro, pero algo lo bloqueaba. Como si su antigua morada rechazara su regreso. Antes de poder hacer otro intento usando más de sus recién adquiridos poderes, detrás suyo varias personas se acercaron.

Si bien estaba con su verdadero rostro y éste tenía leves diferencias con la faz que usó cuando ocupaba la identidad de Ming Yi, nadie allí lo reconoció.

Para ellos, él era He Xuan, un trágico héroe de la antigüedad que anduvo vagando como espíritu por la tierra, cultivando con ahínco hasta que se le presentó la oportunidad de ascender.

'¿Y qué mejor manera de ascender que un Dios que señoreaba sobre dos elementos?'. Decían entre ellos. 'Domina el viento y el agua. Un verdadero Dios, no como sus predecesores.'

Su mirada fría los hizo callar. Alguien irrelevante le pasaba unos informes y le hablaba de algo que no llegaba a procesar.

Tenía que encontrarlo. Porque se negaba a aceptar que estaba muerto. Las palabras que pronunció antes de matar a su hermano se asemejaban a un conjuro. No tenía sentido preguntarse por qué lo hizo. Pero el conocer los motivos no hacían más que acrecentar su desazón. La culpa lo atenazaba duramente. De encontrarlo ¿Qué le diría? Recordó su antigua expresión. Aquella franca sonrisa que irradiaba la calidez que yacía en su alma bondadosa y desinteresada.

Una sonrisa que él había quebrado.

Ambos eran víctimas, pero en tanto su victimario fue Shi Wudu, él era el ejecutor de la desventura y causante de los padecimientos de Shi Qingxuan. Y odiaba serlo. Odiaba el papel que tuvo en todo ello. Pero desear cambiar lo que hizo sería ofender la memoria de su familia y tomar por fútil su venganza. Así como Shi Qingxuan eligió no hacer daño a su criminal hermano, él también escogió a su familia por sobre encima de todo al ejecutarlo.

Reflexionaba sobre sus propios actos una y otra vez, sin ser capaz de dar descanso a sus pensamientos y sentimientos. Sobre la ira que lo embargó cuando Shi Qingxuan no lo eligiese por sobre su hermano. Pero ahora todo estaba sobrescrito. Y le costaba asimilarlo porque nada de eso quitaba ni un gramo de culpa de su alma.

Los días pronto pasaron de modo vertiginoso. No es como si desconociera sus deberes, pero estaba haciendo las labores de dos deidades, cuyos puestos estuvieron vacíos por mucho tiempo y había demasiado qué hacer. En parte agradecía el estar copado de labores todo el tiempo, pero por otro lado lo llenaba de frustración no ser capaz de bajar a su antigua fortaleza. Otra opción sería violentar la soberanía sobre un territorio que ya no le pertenecía. Y eso podía terminar en conflictos, pero ¿Con quién exactamente? Shi Qingxuan no fue visto en su templo por ninguno de los subalternos que envió. Lo cual acrecentaba su temor hacia la posibilidad de que su otrora amigo careciera de la fuerza de voluntad suficiente para asir su identidad como Rey Fantasma.

Salía de su palacio cuando un administrativo se le acercó a la carrera.

-Mi Señor, hay movimiento en la costa de la Fortaleza Negra.

Se volvió, arrojando al aire un array pero tan pronto intentó avanzar, éste se resistió como si intentara atravesar una pared de roca. Maldijo por lo bajo.

-Tengo que conseguirme unos malditos dados-. Farfulló modificando el destino del portal.

Pronto se vio en las cercanías del Templo de las Mil Lámparas. No necesitó adentrarse demasiado para dar con la pareja.

- ¿Por qué no me dejas verlo? Necesito saber cómo está-. Declaraba Xie Lian y sus palabras llegaron a los oídos de He Xuan, al igual que la respuesta del pelinegro:

-Gege es peligroso…- Hua Cheng se interrumpió cuando lo vio acercarse. No sonrió, pero se percató del brillo burlón en sus ojos al observarlo-. Vaya, pensé que andarías por ahí con una ridícula armadura dorada-.

Siseó despectivo. Mantenía su estilo sobrio. El negro llegaba hasta los brazaletes de cuero. Con tres cinturones alrededor de sus caderas y el resto del largo caían libres tras pasar la hebilla hasta el borde inferior de la túnica, la cual llegaba hasta los tobillos. En los bordes de las prendas y del cuero estaban bordados con hilos de plata. Lo único dorado eran los hilos de oro de sus aros que llegaban hasta medio cuello.

-Le dejo las extravagancias a sujetos que les fascina la atención-, replicó con sorna. Las vestimentas rojas del otro no hacían nada por pasar desapercibido. Saludó con una leve reverencia al Dios de pie al lado del Rey Fantasma.

-Su Alteza.

-He Xuan-. Era observado con cautela, pero ahora no tenía tiempo para aclarar posturas.

-Necesito hablar con él-, dijo dirigiéndose a Lluvia Carmesí.

-Está muy ocupado-. Replicó Hua Cheng.

La respuesta lo dejó perplejo, pero retomó la línea de sus pensamientos.

-O sea que sí regresó. No he podido ingresar a la isla desde que ascendí-.

-No es de extrañarse. No eres más lo que solías ser. Sin su permiso no podrás entrar-.

- ¿Acaso lo has visto? – Quiso saber He Xuan.

-Por supuesto. ¿Es que deseas preguntar cómo está? Pues…bien muerto. Por lo que puedes dejar de desesperarte por verlo.

-Yo no…-, se interrumpió. Sí que estaba desesperado por verlo

Al ver que no continuaba, Hua Cheng dejó escapar una sonrisa burlona.

-Permitiste que el hambre del Reverendo de las Palabras Vacías te condujera a robarle los poderes y luego lo dejaste tirado en ese cuchitril que él llamaba templo por meses. Ahora que por fin se cansó de arrastrarse en la mugre y cambia su destino, ¿Qué buscas?

-No lo hizo por él-. Comenzó sintiendo la agitación ebullir en su interior-. ¡Lo hizo por mí! No se lo he pedido…-.

-Eras una Calamidad porque sólo así serías capaz de acabar con Shi Wudu. Fuera de eso, cualquiera opinaría que apenas tolerabas serlo. Ahora tienes lo que estaba en tu destino. Deberías dejarlo ir y dedicarte a tus asuntos.

-San Lang-. Desde hacía unos momentos Xia Lian buscaba parar las palabras de su pareja-. Ambas partes sufrieron enormemente. No es sencillo.

La dureza en el ojo de Lluvia Carmesí se disolvió.

-Lo sé, Gege.

-Sin embargo-, Xie Lian dirigió su mirada a su colega. -Sí creo que es momento de dejarlo que… se aclimate a su nueva existencia.

He Xuan desistió por un momento a sus necesidades. Por lo que se retiró para marcharse, solo que esta vez sin un destino fijo en mente. Se volvió sobre sus pasos y caminó un buen rato mientras cavilaba sobre qué hacer. Se adentraba en el camino que atravesaba el bosque cuando sintió que Su Alteza Real lo llamaba. Al verlo, éste le dedicó una suave sonrisa de disculpa.

-Perdona la brusquedad de San Lang. Ha estado algo tenso últimamente.

- ¿Por Shi Qingxuan?

-Lo queramos o no, una nueva Calamidad se ha manifestado. No sabemos qué postura tendrá en este mundo. Los tres reinos se mantenían en una relativa armonía gracias a un tácito acuerdo de no inmiscuirse en los asuntos de los demás. Quiero verlo, pero no deseo profundizar las preocupaciones de San Lang.

- ¿Tan cambiado lo notó? - Para convertirse en Calamidad había que desnudar las porciones más oscuras del alma. Emociones intensas que forzaban a la energía Yi a modificar por completo la existencia del alma y el espíritu.

-Seguramente. Pero no lo suficiente como para sentir que debe eliminarlo.

-Soy responsable de esto. Si alguien debe acabar con él, soy yo.

Xie Lian se aproximó a él, depositando en sus manos sobre el brazal izquierdo.

- ¿Podrás hacerlo? -. Vio aflicción en los ojos del Príncipe. – También es mi culpa, me centré en mí mismo y no acudí en su ayuda. Él jamás me dejo solo cuando lo necesité y le fallé. Sé que de tener que enfrentarme a él…no sé, no creo ser capaz de…-. Sacudió su cabeza sin apartar los ojos de He Xuan-. Creo que no sería capaz.

Le creía, porque estaba en igual situación de conflicto.

-No lo sé-, respondió honestamente.

-Hay una oportunidad para verlo, si lo deseas. Pero debes tener mucho cuidado. No deberías revelarte ante él.

-Dime Su Alteza, prometo tener cuidado para no generar una disputa.

Xie Lian asintió, creyendo en su palabra.

-Me contó San Lang que están preparando una embarcación con toda la gente que habita en el templo abandonado de los antiguos señores del agua y viento. Se rumorea que los llevará a su encuentro, pero no hay certezas de ello.

He Xuan sabía que desde que vivía en ese lugar, Shi Qingxuan siempre intentó ayudar a esa gente. Dudaba que los relocalizara para hacerles daño. Quizás buscaba ayudarlos. En caso contrario, sabría que todo estaba perdido para Shi Qingxuan.

-Gracias Su Alteza, ha sido de gran ayuda.

He Xuan se acomodó un tanto los harapos que vestía mientras se apartaba de la multitud desperdigada en los pisos del templo. Se acercó un tanto a las semidestruidas esculturas de los dioses caídos, sin darles una segunda mirada. Temía en cierto grado la visión de uno de los dos y lo que ello causaría en su interior. De lo que sí no podía rehuir era de la sensación de creciente expectación que ahondaba su irritación por el paso de los días. Si Su Alteza Real tenía razón, y dudaba que se equivocara sobre eso, en cualquier momento Shi Qingxuan iba a arribar para llevarse a esa gente miserable, pero desconocía la fecha y la hora exacta. Por lo que He Xuan llevaba allí cuatro días sin que hubiera señas de la recientemente nacida Calamidad.

Se negó a dejarse llevar por la incipiente idea de que finalmente tal evento no se llevara a cabo por cuestiones que desconocía, porque significaría que no sería capaz de verlo. Y si esta vía fracasaba, dudaba ser capaz de refrenarse e invadir esa maldita isla de una vez, llevando un ejército si era posible.

Desde el día en que su existencia se transformó por completo, una pregunta punzaba su interior con insistente y molesta regularidad: ¿Estaba satisfecho finalmente?

Por un lado, su hambre voraz había desaparecido. Ahora tenía un cuerpo vivo y su espíritu reposaba junto a su alma en superficial quietud. Somera porque lo perturbaba el desasosiego sobre su antiguo amigo. No podía contestar esa pregunta que lo aquejaba hasta no verlo y ser capaz de desprenderse de ese interés que siempre solía experimentar acerca de lo que él hacía, pensaba o siquiera sobre lo que causaba su risa. Quizás si lo viese divertido en ser una Calamidad, podría desvincularse y simplemente dedicarse a lo que por predestinación le pertenecía. Una divinidad tardíamente otorgada, pero que finalmente era suya.

Después de dejarlo en la capital, cerca de este mismo templo, pensó que podría desatenderse de su existencia por completo, más en varias ocasiones se sorprendía a sí mismo arrastrándose una y otra vez hasta las proximidades de este lugar, aunque nunca ingresando para verlo. Y cada vez se maldecía y se obligaba a largarse de allí. En la batalla contra la horda de espíritus lo notó lesionado, pero lo asoció a la batalla. Cuando se celebró el cumpleaños de Hua Cheng finalmente puso los ojos sobre su persona. Sí, lo percibió algo diferente y con un paso poco firme, pero sinceramente creyó que era algo irrelevante y que su amistad con Xie Lian le proporcionaría un cuidado adecuado sobre sus heridas. Jamás habría imaginado que las mismas tenían mucho tiempo de existencia. Quizás sucedieron poco tiempo después de haberlo dejado en la capital, tras cumplir con su venganza. Era estúpido preguntarse las razones de estas. Shi Qingxuan nunca en toda su existencia como deidad experimentó los infortunios de una persona sin medios. En retrospectiva era evidente que la crudeza de las dificultades había hecho mella en su ser. Cerró su puño firmemente al verse asaltado por el recuerdo de cuando se trasladó a su recamara, la memoria del tacto de ese cuerpo enjuto, donde los huesos de las costillas eran fácilmente distinguibles.

Apoyó la cabeza contra la pared, el eco de la risa de Shi Qingxuan reverberó en su mente.

'-Te daré mi completa compañía femenina para compensar-'.

Rehuyó de ese recuerdo que buscaba emanar de lo profundo de su pasado con dificultad, pero quedó embargado por la nostalgia.

Odiaba la manera en que con unas pocas palabras emitidas por la boca de él fueron capaces de hacerlo dudar, de cumplir cada maldita cosa que deseara, como si Shi Wudu no sólo torciera su destino, sino también hubiera atado su voluntad a los deseos de su hermano menor.

Un par de horas más tarde, un pequeño tumulto se produjo en la entrada del hall. Los mendigos descansaban en sus lugares con suave charla amena después de que todos regresaran de conseguir un bocadillo donde sea que se los hubieran dado.

Un hombre se subió a una tarima ubicada en la entrada, donde antes se colocaba el buzón de las ofrendas. Su largo cabello blanco estaba sujeto en una coleta atrás de su cabeza a media altura, usando un antifaz negro que cubría hasta la nariz, la mitad superior del rostro. Sus prendas oscuras lo cubrían por completo desde el borde superior del cuello y sus manos estaban enguantadas en igual tono negro.

-Señores…

-Ahhh…aquí no hay naa dieso, señor, solo gentes con la tripa vacía.

Ante la interrupción, el desconocido lo observó brevemente, ocasionando que nadie más osara hablar mientras no fueran invitados a ello. He Xuan procedió a moverse más de cerca. El extraño parecía estar sólo. Aunque notaba en él un aura extraña. Dudaba que fuera humano. Shi Qingxuan finalmente hacía su movida.

-Señores, mi nombre es Jinhai y trabajo para Ol'Feng-. Murmullos de sorpresa se desperdigaron por la multitud, los cuales se silenciaron al instante cuando Jinhai levantó su mano para recuperar la atención general. -Muchos de ustedes sabían por boca del propio Ol'Feng que fue un dios que sufrió un revés desafortunado en su existencia, pero debido a su gran poder, fue capaz de recomponer su camino. Debido a esto, él desea que sepan que no se ha olvidado de todos ustedes, quienes aún en la ausencia de riquezas, fueron siempre bondadosos con él, inclusive cuando sufría esas fiebres alucinógenas en los primeros días que estuvo aquí. Ol'Feng desea verlos, para hacerles una oferta que los beneficiará en gran manera. Para esto deben acompañarme, será un viaje corto en barco hasta las tierras donde él reside. A cambio de las molestias que este viaje les ocasione, serán recompensados con un pago en monedas de oro y un plato caliente de comida. Si deciden rechazar la oferta, serán escoltados nuevamente aquí, con los mejores deseos de parte de mi señor.

Sin esperar a que se realicen preguntas, Jinhai descendió de la tarima y salió del templo. Poco había para deliberar. La promesa de dinero y comida era suficiente para que todos siguieran al hombre de cabellos blancos donde quisiera llevarlos. El lugar se vació por completo, He Xuan fue el último en salir.

¿Por qué pensó que vendría personalmente?

Ahora él era una Calamidad. Todo se movía según su deseo y los demás elegían si seguirlo o no.

Pero de todos los presentes, tenía la creciente sensación de que él no tenía esa opción. De que quizás nunca la tendría. Y la sospecha de que ni siquiera quería tenerla.

Como si estuvieran arriando ovejas, el gentío se movía en silencioso orden por las calles que conducían al puerto. Los transeúntes que se encontraban con tal procesión los observaban con asombro e inquietud. Nunca se sabía cuándo una revuelta de los hambrientos podía desatarse sobre 'la gente de bien'. Movidos por la curiosidad, varios ciudadanos se aventuraron a seguirlos a una distancia que consideraron segura. Una vez en el muelle, al ver el estado lamentable del barco, con madera ennegrecida y en tal mal estado, rehusaron al impulso de seguirlos hasta su destino final. La embarcación parecía estar a punto de hundirse bajo el peso del ancla.

No creyó que fueran hasta la isla navegando. Y cuando vio el array sobre la cubierta y a en lo extenso de la barandilla, confirmó su primer pensamiento. Los transportaría hasta la isla.

-Por favor, todos reúnanse en el centro del dibujo que ven en suelo. No salgan del mismo hasta que se los diga. Procuren no dejar brazos o piernas fuera de la circunferencia o podrían resultar heridos-.

La pequeña multitud se encargó de seguir sin peros las instrucciones de Jinhai, quien se ubicó en lo alto del mástil mayor, sobre el palo transverso, juntó las palmas de sus manos e inmediatamente los diagramas del array brillaron intensamente. Una estela de luz los rodeo, incrementando su densidad, haciendo difícil ver más allá de los dedos frente a la cara. Por unos momentos el ambiente ingrávido fue sentido por todos los presentes, que se despegaron escasos centímetros del piso de la embarcación que ocasionaron diversas reacciones. Desde gritos de horror, vómitos explosivos entre sí y desmayos. Los que se encontraban en este último grupo, quienes estuvieron cerca de caer fuera de la barrera que le habían colocado de límite, fueron sostenidos por sus compañeros, evitando que haya pérdidas accidentales. La presión en los oídos era difícil de soportar para todos. Cuando parecía que la multitud caería en un estado de pánico generalizado, la intensa luminosidad que los rodeaba se arremolinó vertiginosamente, dispersándose violentamente fuera de la embarcación.

Extenuados física y mentalmente, la mayoría de ellos se desplomó en el suelo, sin importarles en lo más mínimo si se mantenían dentro de los límites del dibujo circular bajo sus pies. Solo uno quedó en pie.

He Xuan sabiendo que las personas desplomadas estaban bien, concentró su atención en los alrededores. No había ya un puerto. Estaban por un lado rodeados por el mar embravecido y por el otro una loma que les dificultaba la vista de lo que estaba más allá de la isla. Ahora todos estaban ante una playa extensa con una arena blanquecina que le era familiar. Sin rastro del barco desvencijado al que se habían subido previamente.

Las sensaciones que el inminente encuentro le produjeron casi ocasionaron que lanzara su actitud cauta por un precipicio. Anhelaba correr esa distancia hasta ser capaz de verlo. Pero no cedió ante sus arrebatadores y sorprendentes deseos. Primó la prudencia y se forzó a avanzar al mismo paso lento y reservado de sus desconocidos compañeros de viaje.

Tras lo que le pareció una eternidad, el grupo fue puesto en el gran salón donde se ubicaba el trono del palacio. La roca dura del piso parecía tener una ligera patina de brillo que no era por una extenuante limpieza. He Xuan sabía que eso era poder puro de la Calamidad que aún se mantenía ausente ante sus invitados. Pero no podía extender sus dedos sobre la misma para averiguar la naturaleza de este. De hacerlo, rebelaría su presencia. Y aún no tenía una mínima noción de cuál sería la recepción que le daría su antiguo amigo.

El tenue murmullo de los presentes se silenció tan pronto las enormes puertas al otro lado del salón se abrieron por sí mismas y finalmente esquivo anfitrión se hizo presente. Aquellos que alguna vez lo observaron sorprendidos el firme caminar y las lujosas ropas que vestía, sintiendo curiosidad y hasta esperanza de que quizás gracias a Ol'Feng, la suerte de todos fuera a cambiar.

Sólo un par de ojos lo siguieron sin perder un ápice de detalle. La piel casi traslúcida, donde en ciertas secciones bajo la mandíbula se apreciaba una tenue sombra de poder. Iba descalzo, vestía ropas de un verde tan oscuro que parecía negro. Túnica, pantalones y una amplia capa que se arrastraba tras suyo, cerrando su paso. En ella lucía un bordado plateado que emulaba el oleaje y la espuma de un mar tan salvaje como el que los rodeaba en estos momentos en el exterior. Su cabello caía suelto y largo hasta la base de su espalda. Observó su perfil, anhelando poder ver sus ojos, descifrar su expresión. Ser capaz de conocer sus pensamientos como una vez fue capaz en el pasado.

He Xuan se vio observado tan pronto como él se ubicó ante el trono. No era de extrañar. El dios era más alto que toda la multitud de pordioseros que lo rodeaban. Se encontraba a una distancia de unos escasos metros a la misma altura que los demás sin subir los escalones al trono. Pero tres hombres, entre los que se incluía el tal Jinhai se mantenían firmes entre Shi Qingxuan y los demás. Sospechaba que no permitirían que nadie se aproximara sin previa autorización. Y era algo tan evidente que todos se percataron de ello, por lo que nadie oso moverse de su sitio, limitándose a escuchar lo que su anfitrión tenía para decir.

-En primer lugar, quiero agradecerles enormemente que hayan venido hasta aquí, como les fue informado, serán recompensados, más allá de si acepten o no mi humilde propuesta para ustedes…

El resto de las palabras se perdieron para los oídos de He Xuan. No le interesaban. Solo deseaba que todos se fueran.

Pronto las mezquinas aspiraciones del dios del viento y del mar se vieron cumplidas. Dos de los subalternos de La Calamidad escoltaron a la multitud fuera del salón. El mar de personas sorteó al dios sin tocar ni un hilo de sus arrepiento disfraz. De él emanaba una intensidad que les parecía peligrosa.

El silencio los rodeó. Los ojos de Shi Qingxuan no se movían de su rostro. Y eso le gustaba. Sólo quedaba alguien más allí y no parecía estar dispuesto a moverse. He Xuan observó a Jinhai, pero éste lo ignoró monumentalmente, volviéndose donde su maestro, esperando instrucciones.

-Era de esperar que buscaras confirmar si resistí la transición.

La voz de La Calamidad sonaba con un ligero tono aburrido, mientras observaba aproximarse al dios. Entre ambos quedó Jinhai, cuya expresión estaba oculta por la máscara plateada. Shi Qingxuan permaneció tras él, mirando al señor del viento y del mar por encima del hombro del hombre de los cabellos plateados, quien era tan alto como He Xuan. La Calamidad era unos diez centímetros más bajo que ellos dos, pero no por eso deslucía en ninguna forma. Siempre fue hermoso, con un aura cálida. Ahora lo seguía siendo, pero con un toque de desapego que caló hondo en el pecho del dios.

-Quiero hablar contigo.

Ante sus palabras, La Calamidad sonrió brevemente. Se apoyó en la espalda de Jinhai, extendiendo los brazos por encima de los hombros éste, abrazando a su subalterno. Sus ojos brillaron con cierta diversión al percatarse de que sus ojos no perdían detalle de sus movimientos. Esos ojos lo observaron desde la curva entre el cuello y el hombro de Jinhai.

-Entonces habla.

Shi Qingxuan sabía que quería estuvieran solos. Y sus palabras ahora eran una abierta negativa a su tácito pedido. Jamás le había negado nada. He Xuan lo observó intensamente. No tenía derecho a enfurecerse. Pero aun así lo hizo.

- ¿Por qué lo hiciste?

-Se te adeudaba un destino. Me limité a pagar esa deuda.

- ¿Por qué? No es algo que te pedí.

- No. Pero mi sentido de justicia me lo pedía a gritos para poder estar en paz conmigo mismo.

- ¿Convertirte en un monstruo te trajo paz?

-La paz ahora es irrelevante, Mi Señor.

'¿Y qué es lo importante para ti ahora?'

He Xuan sabía que su pregunta no sería contestada. Por lo que se la guardó para sí. En otro momento la formularía. Cuando él le diera todo lo que, reconocía ahora que lo tenía frente suyo, comenzara a anhelar algo más allá de respuestas.

-Tienes algo que me pertenece, Shi Qingxuan.

Vio el reconocimiento en los claros ojos.

-Por supuesto, mis sinceras disculpas por mi descuido, mi señor-. Se apartó de Jinhai y se encaminó hasta la puerta de dobles hojas por donde había ingresado más temprano. El hombre de la máscara lo siguió, interponiéndose entre ambos todo el camino, como una barrera. La Calamidad se mantenía a varios pasos de distancia de él. No deseaba su proximidad y no era tímido en demostrarlo.

He Xuan pensó en ello todo el camino hasta una sala de menores dimensiones a la del trono. Su antiguo amigo no había hecho contacto físico con nadie que no fuera su subalterno. Comparando con el antiguo Shi Qingxuan, quien siempre se mostró amigable y poco considerado con el espacio personal apreciado por lo demás, ahora se mostraba renuente a las aproximaciones.

¿Por qué motivo? ¿Acaso ese silencioso hombre era algo más para él? ¿O ese aislamiento tenía otra causa? ¿Y si la transición había dejado secuelas adversas para Shi Qingxuan? No se molestaría en preguntar. Se lo negaría o directamente evadiría la pregunta.

¿Sería capaz de mentirle? Jamás lo había hecho antes. Para él, Shi Qingxuan y la falsedad eran tan incompatibles entre sí como una gota de agua en el centro de una fragua incandescente. Abandonó esa idea de su mente, tomándola por inconcebible.

No se molestó más en cavilaciones decidido a comprobarlo por sí mismo.

Al atravesar el trío por la entrada a un pequeño salón, todo el ser de He Xuan quedó en silencio. En un silencio reverencial. Comprendiendo la necesidad de privacidad, Shi Qingxuan le indicó brevemente a Jinhai que permaneciera junto a la entrada. Acompañó a un par de pasos del dios de los cielos al interior. Frente al altar donde reposaban las vasijas oscuras y brillantes entre terciopelo rojo, pequeñas flores blancas en un suntuoso mueble de caoba rojo finamente grabado con repujes de oro que resaltaban el relieve de tigres y dragones que danzaban entre abultadas nubes.

En su llegada a la isla y tras un recorrido por todo el lugar, descubrió esa habitación, la cual estaba en malas condiciones y necesitaba reparaciones urgentes, ya que parte de la pared exterior se había derrumbado y todo el interior estaba a merced de las inclemencias del clima. Por el brillo apreciativo en los ojos del dios, podía aseverar que su accionar tenía su aprobación.

-He de decir-, comenzó expresando He Xuan. -Que has demostrado más respeto por mis seres amados de lo que nadie lo ha hecho jamás. Y es algo que no olvidaré-.

Por un momento Shi Qingxuan se quedó de una pieza ante el calor que irradiaban las palabras del dios junto con una expresión indescifrable en sus ojos. Antes de poder siquiera intentar determinar de qué se trataba, notó como éste apuntaba al piso y una ínfima porción de poder salía de su índice y se derramaba sobre el piso, quebrando el array protector que aislaba su cuerpo de la del dios de los cielos. Un suave crujido se oyó en el aire. Shi Qingxuan se percató de lo que el otro intentaba hacer y sus ojos buscaron la presencia de Jinhai. Aunque éste ya se aproximaba velozmente mientras desenvainaba la espada de la vaina en su cintura, se quedó quieto ante las palabras de He Xuan:

-No te acerques, a menos que quieras que este lugar explote en mil pedazos.

- ¿Qué demonios haces, He Xuan?- Shi Qingxuan empezaba a apartarse de él, cuando fue tomado por la muñeca. Un calor abrazador recorrió su piel, despertando trazas de algo olvidado en su interior. He Xuan giró su mano, llevando a sus labios y depositando un suave beso en la delicada piel interna de su muñeca.

-Sólo esto, y nada más, en muestra de agradecimiento por tu infinita bondad para con mis muertos, mi querido amigo.

Un siseo despectivo salió de la boca de La Calamidad.

- ¿Amigos? De eso hace mucho tiempo. Y ambos sabemos ahora que nunca fue verdad He Xuan.

-Siempre podemos volver a empezar. Y eso es justamente lo que haremos, Shi Qingxuan.

-No puedes obligarme a aceptar tal arbitrariedad...

-Es lo que deseo, y tú también.

Antes de poder refutar tales palabras, He Xuan se desvaneció en el aire tras un despliegue de brillos dorados de un array de traslado.

Shi Qingxuan observó a Jinhai y le sonrió con tristeza mientras le decía:

-No te preocupes, estoy bien.

Aunque no eran mentiras, estaba bien superficialmente. Pero por dentro, el caos se había desatado.


Sabía que estaba durmiendo. Pronto lo atenazarían las pesadillas de siempre, las cuales hacían parte de su tortura cada vez que el cansancio lo obligaba a dormir. Cuando ni siquiera las pociones que bebía para evitar el sueño funcionaban.

Aguardó entre la exasperación y la inquietud, pero la pesadilla nunca llegó. Sino algo mucho peor. Se llevo las manos a los ojos, tratando de no ver, más su existencia era incorpórea, traslúcida. Como si su propio inconsciente también se estuviera volviendo en su contra. Aquello era un recuerdo profundamente enterrado y selectivamente olvidado que jamás volvió a evocar por temor a su significado.

Inicio como una de esas tantas salidas a beber a las que arrastraba al falso Ming Yi. Todas sus 'amistades' a las que también invitó ya se habían marchado. La mesa tenía restos de comida desperdigada por doquier, botellas cuyo contenido estaba derramado por el suelo y parte del suave tapiz que cubría el piso. Vasos medio llenos, recipientes volcados y otros tantos rotos hacían de evidencia de la pequeña fiesta revoltosa que había tenido lugar pocas horas antes.

Una risa ebria broto de los labios de un ignorante Shi Qingxuan. Le resultó tan trágicamente extraño a sus propios oídos que le estrujó el marchito corazón que debía estar en su interior, aunque ya no lo sintiera latir.

'Era tan estúpido'. Se lamentó con cierto arranque de ira. Deseaba apartarlo del hombre que lo observaba silencioso a su lado, con esos ojos tan inescrutables que jamás pudo dejar de notar y de anhelar que lo mirasen.

'¡Es todo mentira, imbécil!'. Era inútil, lo sabía. Pero quedarse mirando como un idiota no hacía nada por aliviar la desesperación que lo urgían a salir de allí.

Ambos sentados ante la mesa, sobre abultados almohadones y las tenues luces le daban un aire de intimidad al ambiente que, seguramente sumado al alcohol en su sistema le afectaron los sentidos, conduciéndolo a actuar en la manera en que lo hizo.

Shi Qingxuan del pasado fijó su mirada en los ojos celestes pálido de su acompañante, sofocando dificultosamente el escalofrío que sintió cuando se notó observado. Si no estuviera ebrio se habría cohibido y no hubiera seguido adelante. Pero el vino corría salvaje por sus venas y como un adolescente en su primer enamoramiento se lanzó al precipicio sin miramientos a las consecuencias de sus actos.

-Eres un hombre muy atractivo Ming Yi. Más que el General Pei. ¿Cómo es que no tienes líos de faldas por doquier como él?

-No tengo tiempo para esas cosas-. Respondió secamente dando un trago a su bebida sin quitarle los ojos de encima a su acompañante.

-Pues…difícil de creer que ése sea un motivo de peso cuando muchos de los que conocemos los tienen.

-Bueno, quizás lo haría si no fuera porque acaparas todo mi tiempo libre-. Se volvió para alcanzar unos bocadillos.

- ¿Yo? -. Tambaleante se puso de pie entre risas, apoyando su agarre en los brazos y luego hombros de Ming Yi. -Habérmelo dicho antes. Te compensaré enormemente por las molestias…

-No me interesan tus méritos Shi Qingxuan.

Con una risotada y un vaivén de su mano, descartó sus palabras.

-Eso ya lo sé Ming Yi. Si te compenso es con algo que sí te interesará.

El rollo de verduras cayó de la mano del pelinegro, a mitad de camino hacia su boca. Sus claros ojos enfocaron el rostro de Shi Qingxuan, cruzándose de brazos. Elevó una ceja al tiempo que preguntaba:

- ¿Entonces cómo…? - Lo vio agitar sus manos, formando torpes sellos para cambiar a su forma femenina, pero era tal el estado de borrachera que se equivocó en todos. Luego se dejó caer de rodillas a escasos centímetros de él, abrazándolo por la nuca.

-Te daré mi completa compañía femenina para compensar.

-No has cambiado Shi Qingxuan-. Llevaba sus manos hasta su nuca para desembarazarse de su agarre.

-Mentira…o quizás no…no importa. Así también soy atractivo-. El siseo despectivo quedó silenciado cuando los labios de Shi Qingxuan se apoyaron sobre los propios. Sus ojos lo miraban desorbitados. El señor del viento se apartó un tanto para agregar: -Pero si quieres puedo intentarlo nuevamente-, propuso inseguro. Cosa que le pareció curioso. Shi Qingxuan no tenía problemas de autoestima.

Algo pareció desatarse en los ojos de Ming Yi, quién dejó de intentar liberarse de su agarre, llevando las manos a la cintura del otro, atrayéndolo a su regazo y respondiendo a la sugerencia del señor del viento.

-No será necesario.

Su boca fue recibida con ansias, deslizando su lengua para acariciar el interior de Ming Yi. Jadeó ante el fogonazo de deseo que su falso intento de broma pesada le recompensó. Porque si lo rechazaba era justamente eso lo que iba a decirle cuando le preguntase de qué se trataba todo eso. Pero no lo había rechazado. Si no que lo besaba con la misma intensidad que él. Ni siquiera fue necesario cambiar a su forma de mujer para seducirlo.

Ming Yi le gustaba muchísimo. Le encantaba estar a su lado. Todo él. Su ser taciturno, elegante y digno. Amable cuando creía que nadie se percataba de ello. Pero él si lo hacía, porque siempre le observaba.

-Shi Qingxuan-. Lo llamó entre besos.

- ¿Mmm? - Cada vez sentía que perdía más y más la capacidad de pensar.

- ¿Cuándo fue tu último amante?

- ¿Mmm? ¿Qué? No, yo no…-. Sintió frio cuando él dejó de besarle. Ming Yi lo miró con incredulidad, pero aun así insistió:

- ¿No…qué?

-Eh…yo nunca he…con nadie-. Intentó besarlo nuevamente, pero Ming Yi lo frenó, colocándole las manos en los hombros, apartándose de él. Se puso de pie.

-Estoy harto de tus bromas pesadas-. Dijo en un susurro furioso antes de marcharse del salón.

Shi Qingxuan miró largo rato la puerta por la que el otro se fue.

-Debí haber cambiado a mi forma de mujer-, concluyó. Después de todo, ¿Qué hombre rechazaría a una mujer que le ofrecía su pureza?

Totalmente opuesto al caso de un hombre virgen.

Bebió el resto del vino en su copa, cayendo de espaldas sobre los almohadones. Dejó que el sabor alcohólico lo arrastrara al bendito sueño.

Oh, mañana se arrepentiría de su arrojo. Pero ahora podía rogar soñar con esos besos que llevaba anhelando hacía un tiempo pero que ahora y por unos momentos, fueron toda una realidad.

El Shi Qingxuan del presente observó a su versión estúpida y ebria mientras empezaba a roncar sonoramente.

Eso era el pasado. Y aquello que sintió cuando lo tomó del brazo y beso su muñeca no tenía nada que ver con el deseo. Era terror. Ojalá pudiera borrar la sensación que permanecía escociendo su piel en todo momento. Después de todo, sólo un loco seguiría suspirando por una persona que le puso la vida de cabeza.

Está bien, estaba desquiciado.

Pero definitivamente no enamorado de He Xuan.

CONTINUARÁ…