Disclaimer: Los personajes y la historia están basados en la saga de Harry Potter, propiedad de J.K. Rowling

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Capítulo 6: La visita del hombre extraño

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El 10 de marzo de 1971, Remus cumplió once años; eso hacía que tuviera más edad de la que tenía cuando fue atacado. Su vida antes de eso ya no podía recordarla, a veces llegaban como vagos y difusos recuerdos, pero todo quedaba en el pasado, porque ya no era Remus el niño, era Remus el hombre lobo y así sería por el resto de su vida.

Era nostálgico, sí. Anhelar un pasado que ya no le pertenecía.

El chico sacudió la cabeza, no era momento para la melancolía, era su onceavo cumpleaños y lo pasaría increíble. Su madre había preparado todo un festín para celebrar.

—Vamos, respira, la luna llena no va arruinar tu cumpleaños —se dijo, liberando el aire retenido en sus pulmones.

Inhaló y exhaló, tal cuál le enseñó su madre. Trató de calmar los temblores de su mano cerrándola en un puño, dejó que el aire lo inundará, relajó sus músculos y cerró los ojos.

«Este sería el año que irías a Hogwarts» pensó.

—¡Mierda! —gritó. Abrió los ojos y se levantó de golpe.

Decidió salir de su habitación, tal vez estando en compañía se olvidaría de todo por un momento. Además, su abuela había venido a visitarlos desde Cardiff y se quedaría toda la semana, aunque eso implicará que lo viera en su peor momento.

—Mierda.

—Parece que alguien no está de buen humor —la voz de su abuela lo sobresaltó cuando se cruzaron en el pasillo. Remus abrió mucho los ojos, siendo tomado por sorpresa.

—Lo siento —dijo apenado.

—No pasa nada, cariño. —Le tranquilizó su abuela—. Todos algunas veces necesitamos desahogarnos.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó el chico, apuntando hacia la caja que llevaba cargando.

—Tu regalo de cumpleaños —respondió la mujer palmeando la caja con sus manos—. Sé que tu abuelo quería dártelos cuando tuvieras la edad suficiente para entenderlo.

—¿Qué es? —preguntó acercándose con curiosidad.

—Abrelo y lo averiguarás —Remus recibió la caja, era algo pesada por lo que tuvo que recargar la caja en su pierna y balanceándose con poco equilibrio abrió la caja para encontrar varios libros antiguos de…

—¿Cartografía? —preguntó en voz alta, viendo los títulos de estos.

—No sé si lo sabes, pero tu abuelo fue un gran cartógrafo durante la guerra. Sé que quería compartir contigo este pasatiempo.

—¿Qué hace un cartógrafo? —preguntó Remus, intrigado.

—Bueno, crean mapas y planos para ayudar a otros a diseñar estrategias de movilización.

Remus sonrió, asintiendo con entusiasmo.

—Me gusta. Gracias, abuela.

Remus bajó la caja con cuidado al suelo y se inclinó para abrazarla. Ella lo rodeó con ternura, deslizando los dedos entre sus alborotados rizos antes de plantar un suave beso en su coronilla.

—Anda, bajemos. Tu madre nos espera.

Remus recogió la caja llena de libros y rápidamente la dejó sobre su cama para bajar junto a su abuela. Su mal humor se había esfumado, pero aún sentía cierta melancolía rodeándolo. Trato de ocultarlo sonriendo en todo momento, conversando con su familia, riendo de sus comentarios. Remus quería decir que era feliz, pero ciertamente creía que nunca lo sería.

—Papá, ¿cuándo obtendré mi varita? —interpelo Remus después de partir su tan ansiado pastel de triple chocolate.

Su madre y su abuela continuaron conversando, pero él notó como su atención estaba puesta en ellos.

—Te prometo que iremos en el verano al callejón Diagon y te conseguiremos una varita. —Respondió su padre con una sonrisa—. Mientras tanto, aprenderás lo indispensable en casa.

Remus quiso contener su emoción, pero la sonrisa lo delató. Tal vez, después de todo, una promesa podría convertirse en su mejor regalo de cumpleaños. Y ahora, más que nunca, esperaba con ansias la llegada del verano.

….

Esa noche la cama era incómoda, Remus no dejaba de dar vueltas tratando de encontrar la mejor posición para dormir. Estaba nervioso y con todos sus sentidos en alerta, podía escuchar la suave respiración de su madre y los ronquidos fuertes de su padre durmiendo en la habitación de al lado.

Su mente activa rememorando su cumpleaños, había sido una tarde tranquila, acogedora y de cierta forma divertida. Sobre todo cuando su abuela le contó algunas historias sobre su madre cuando era una niña. Le encantó saber que Hope Howell era intrépida, inteligente, astuta y amable. Le gustaba salir a caminar por el bosque, bailar e ir al cine, aunque hacía mucho tiempo que nadie de su familia lo hacía.

También le contó sobre su abuelo y lo feliz que estaba cuando él nació, Remus tenía muy pocos recuerdos de él, casi no lo veía porque sus padres se mudaron lejos de Gales al poco tiempo de casarse, pero al menos había podido estar cerca de su abuelo antes de morir. Sin embargo, lo que Remus no podía olvidar era ese sentimiento de pérdida.

Porque recordarlo, dolía.

Remus lloró mucho esa noche, deseando que toda su vida fuera diferente. A veces pensaba que si él y su padre no se hubieran ido esa noche, su abuelo seguiría con vida.

Al crecer descubriría que no había nada que pudiera hacer, que la muerte era un suceso inevitable.

….

—Abuela —llamó Remus, acercándose a la mujer sentada en la cocina.

Ella levantó la mirada de su taza de té, mientras su madre, de espaldas, terminaba de preparar café. En esa casa, era bien sabido que las noches de luna llena nadie dormía.

Su abuela le dedicó una sonrisa cansada.

—¿Qué pasa, cariño? —preguntó con dulzura, haciendo un gesto para que se acercara.

—No me odies, ni me temas después de esta noche.

—Jamás lo haría, mi pequeño niño.

—Pero ya no soy un niño —protestó con una voz tan suave como cansada. Su abuela le sonrió con ternura, deslizando una mano por su cabello.

—Claro, mi pequeño niño grande —Remus quisó sonreírle de vuelta, pero tenía los nervios a flor de piel.

—¿Quieres un té, cariño? —Intervino su madre, observándolo con preocupación—. No comiste nada en toda la tarde.

Remus negó con la cabeza, sintiendo el estómago revuelto.

—No, siento que voy a vomitar.

Y no era para menos, todas las sensaciones y emociones se concentraban en su estómago. Tenía miedo de lastimar a alguien esta noche. Temía que el lobo fuese más fuerte que antes. Temía perderlo todo, otra vez.

Remus bajó al sótano, su padre ya lo esperaba abajo comprobando que las cadenas aguantarán sus bruscos movimientos. No dijo nada, ni tampoco su padre, simplemente el silencio fue llenado con el sonido de las cadenas, los grilletes apretando fuerte sus tobillos. Cuando terminó de colocarlas, conjuro un hechizo para retenerlo.

—Vas a estar bien —declaró su padre antes de salir.

Cuando estuvo completamente solo, Remus se sacó el camisón que llevaba puesto, le era mucho más cómodo y fácil, además de que su ropa no terminaba hecha añicos después. Él esperó, faltaba poco, podía sentirlo.

Y ahí estaba el primer espasmo. Remus se quejó.

El dolor que le siguió lo hizo arrodillarse, su corazón estaba latiendo como loco en su pecho, sus manos sudaban frío, todo su cuerpo temblaba y luego sus huesos se rompieron.

El grito desgarrador que salió de su boca irrumpió en las penumbras cuando se le contrajeron las costillas, cuando su boca se transformó en hocico y las piernas se le alargaron. Terminó cuando su piel se cubrió de pelaje y ya no había más rastros del niño, sólo un lobo atormentado por la luna llena.

….

Remus despertaba de la inconsciencia, pero volvía a ser arrastrado a la oscuridad. Fue una mala noche, lo sabía. Podía notar la preocupación en la voz de sus padres, olía la sangre, ¿qué tan malo había sido? Tenía dolor, pero no lograba identificar exactamente en qué parte. Estaba cansado, se sentía débil y hambriento.

Remus abrió los ojos hasta después del medio día, cuando su estómago rugía por comida. Su abuela estaba ahí con él, acariciaba sus rizos revueltos, llenos de sudor y polvo.

—Eres muy valiente, Remus —musitó. En su mirada veía el temor, el amor y la pena embargándola. Remus se odio por eso. No quería que alguien más sufriera por él, suficiente tenía con sus padres.

—Estoy bien, abuela. No es nada. —Intentó persuadirla sonriendo y mejorando su ánimo. Trató de incorporarse en la cama para mostrar su fortaleza, pero fue ahí cuando sintió el dolor en su costado. Quiso reprimir la mueca, pero ya era tarde, su abuela lo había visto—. Estoy bien —insistió.

Ella no estaba tan segura.

Aún así, su abuela volvió a Gales una semana después, cuando por fin vió a Remus recuperado por completo. No quería dejarlos, aún estaba preocupada, seguro de que lo que escuchó aquella noche la dejaría con pesadillas para siempre. Sus padres habían llegado a un acuerdo silencioso de no revelarle a Remus nada de lo que pasaba fuera del sótano en las noches de luna llena, sólo le contaban lo esencial.

Aún así, él podía intuir lo que había hecho con sólo ver las marcas en su cuerpo, en el suelo, en las paredes y cualquier cosa que le quedará cerca. Desde aquella noche en la que casi lo destroza todo, su padre se aseguraba de retenerlo con cadenas y hechizos.

Nada grave había pasado desde entonces y todo en su vida volvía a ser igual de aburrida, cotidiana y mundana existencia.

….

El día que la vida de Remus Lupin comenzó a cambiar, estaba lloviendo.

A finales de junio, cayó un gran aguacero en Bridgend, el chico jugaba gobstones en la sala de su casa, mientras su madre preparaba la merienda en la cocina. La radio reproducía una canción de ABBA a todo volumen, y desde el salón, él podía escuchar a su madre cantar. Por el contrario, su padre se encontraba en el sótano, reparando los desperfectos que había ocasionado en la anterior luna llena. Todo indicaba que sería un día normal, de no ser por el sonido del timbre de la puerta.

No recibían muchas visitas.

Realmente, los Lupin no recibían visitas.

Remus llamó a su madre, pero ella no lo escuchó, molesto se levantó del suelo para abrir la puerta y encarar a la persona que había osado interrumpir su juego.

En la entrada se encontró con un hombre de larga barba canosa, lentes de medialuna y una túnica azul medianoche que contrastaba con sus ojos celestes.

—Buenas tardes. —Saludó el hombre inclinando un poco su cabeza y una sonrisa cálida sobre su rostro—. Tú debes ser Remus Lupin, mi nombre es Albus Dumbledore —anunció el extraño, alargando su mano para estrechar la suya, Remus tomó su mano, el agarre era firme y le transmitía una paz que lo hacía preguntarse qué clase de hechizó estaba utilizando para no mojarse—. ¿Puedo pasar? Hay algo importante de lo que me gustaría que habláramos.

El chico estaba impresionado, anteriormente había conocido magos y brujas, pero nunca alguien que desprendiera magia tan intensa como el hombre frente a él. Remus se hizo a un lado, abriendo un poco más la puerta para dejarlo pasar. Incluso su sola presencia parecía no encajar con la estancia de su casa.

—Disculpe Señor, ¿podría decirme qué encantamiento estaba utilizando? —pregunto, y el hombre de larga barba blancusa sonrió exuberante.

—Eres un chico curioso, y educado. —mencionó, aunque parecía más como si se hablará a él mismo—. Se llama encantamiento impervius. Y estoy seguro de que algún día podrás realizarlo sin problema.

Remus asintió sin saber exactamente qué hacer o qué decir. No es como si recibieran muchas visitas, y mucho menos de algún mago que se apareciera de repente en su casa. A menos que… «hubiera hecho algo malo ¿o tal vez…? ¿Era posible que alguien lo hubiera descubierto?», pensó.

Gobstones. Me encantaba ese juego cuando era un niño, aunque debo admitir que nunca fui muy bueno —dijo el hombre con naturalidad, moviéndose con cierta gracia por la estancia.

Reemus había permanecido inmóvil hasta que las palabras del hombre lo trajeron de vuelta a la realidad. Su nerviosismo bajando un grado para estabilizar su corazón.

—¿Usted juega? —preguntó, aferrándose a la conversación como un salvavidas.

—Me temo decir que la última vez que jugué gobstones fue cuando aún estaba en Hogwarts, y puedes deducir que eso fue hace mucho tiempo —los ojos del anciano lo miraron divertido. Remus sonrió tratando de imaginar al hombre en sus años escolares, pero no pudo tener una visión muy clara de ello.

—¿Quiere jugar? —la pregunta fue dicha tan pronto surgió en su mente.

Estaba seguro, de que la escena podría parecer un tanto peculiar desde el exterior, un niño y un hombre mayor, sentados en la sala, entregados en una partida de gobstones. Pero a Remus no le importó en lo más mínimo, hacía mucho que no se divertía tanto. Había intentado enseñarle a jugar a su madre, pero ella no era especialmente buena en eso, y realmente le molestaba la peste.

Remus reía, escuchando las historias más locas del anciano. Aún no sabía exactamente a qué había ido a su casa, pero le agradaba, y eso ya era decir mucho.

Cuando su madre apareció en la estancia, llevaba una bandeja de té, leche, galletas y tostadas. Pero justo al ver aquel extraño hombre sentado junto a su hijo, su semblante sonriente cambió en un instante mostrándose atemorizada. La bandeja trastabilló entre sus manos y estuvo a punto de caer al suelo de no haber sido levitada por el anciano, que la llevó con delicadeza hasta la mesa del centro.

—Buenas tardes, Sra. Lupin —saludo Dumbledore con una cálida sonrisa.

Su madre no respondió. Presa del pánico, comenzó a llamar a su padre, quien apareció unos segundos después, mirando atónito la escena.

—Dumbledore —pronunció su padre con cautela. Su postura se mantuvo firme mientras avanzaba hacia la sala de estar con todos presentes ahí, intentando proyectar tranquilidad y confianza—. ¿Puedo saber a qué le debemos el placer de su visita?

—Por supuesto. —Respondió el hombre con una sonrisa apacible—. Pueden tomar asiento, si lo prefieren. —Sus padres se miraron entre sí, Remus podía sentir la tensión aumentando a cada instante. Sus movimientos eran rígidos, incluso cuando se sentaban en el sillón frente a ellos—. Vayamos al punto, me parece. Decidí venir personalmente para entregarle su carta al joven Lupin —puntualizó, sacando de entre su túnica un sobre amarillo y ofreciéndoselo a Remus, quien lo tomó entre sus manos, su nombre escrito en el frente con tinta verde.

«Señor R. Lupin, New Candlestone #16 en Bridgend» leyó Remus, su mirada dirigiéndose al anciano, como si lo que estuviera viendo fuese una broma. Su asentimiento de cabeza, le dio la pauta para abrir el sobre y leer.

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA Y HECHICERÍA

Director: Albus Dumbledore

Orden de Merlín, Primera Clase, Gran Hechicero, Jefe de Magos, Jefe Supremo, Confederación Internacional de Magos.

Querido Señor Lupin:

Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el Colegio de Hogwarts de Magia y Hechicería. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios.

Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del 31 de julio.

Muy cordialmente, Minerva McGonagall

Directora adjunta

Su corazón palpitaba estrepitosamente, tuvo que leer por segunda vez la carta para comprender lo que estaba pasando. Su rostro reflejaba las mil y una emociones que sentía en ese momento. La euforia, sobre todo, pero entonces, lo recordó.

—Lo siento, Señor. Pero no puedo ir a Hogwarts —sus manos evidenciando la principal razón. Remus dobló la carta, deslizándola de vuelta al sobre.

—No veo cuál es el problema. Hemos hecho todos los ajustes necesarios para que puedas asistir al colegio como cualquier otro estudiante.

—¿Qué quiere decir? —irrumpió por primera vez su padre.

—Hay una cabaña a las afueras de Hogsmeade. Yo mismo he colocado todos los hechizos y encantamientos de protección necesarios para evitar cualquier riesgo. Es ahí donde el joven Lupin pasará las noches de luna llena. —El silencio que se hizo en la sala fue tan atroz que podías oír las gotas de lluvia golpear la ventana.

—¿Quién más lo sabe? —cuestionó su padre, no tenía caso mentir sobre el asunto. Remus, sentía la piel erizada, el miedo, la angustia, todo mezclado en su estómago.

—Sólo las personas necesarias —aseguró el director—. Y confío plenamente en su discreción.

—¿Qué garantía tenemos de que Remus estará a salvo? —intervino su madre, su voz cargada de inquietud.

—Puedo garantizarles que estamos tomando todas las precauciones. Hogwarts será un lugar seguro para Remus.

—¿Y qué hay de los demás estudiantes? ¿Pondrá a todos esos niños en peligro, para que Remus pueda…?

—Completar sus estudios mágicos, sí. —Irrumpió el hombre con calma—. Me gustaría explicarles, si me lo permiten—. Remus estaba atento a cada movimiento, a cada palabra y exhalación. Sus padres enderezaron sus posturas, mientras la mano de su padre tomaba la de su madre, entonces Dumbledore, volvió hablar.

—Cada noche de luna llena, Remus se dirigirá a la enfermería, donde nuestra sanadora, Madame Pomfrey, lo acompañará a la cabaña y se asegurará de sellar la entrada para que nadie pueda entrar o salir. También se ocupará de todos los cuidados que Remus necesite. La cabaña, como mencioné, está conectada a Hogwarts por medio de un túnel secreto, cuya entrada permanece resguardada por un sauce boxeador, ningún estudiante podrá acercarse sin sufrir las consecuencias.

—Con todo respeto, profesor… usted está loco —espetó Lyall y pese al insulto, el hombre lo tomó con total naturalidad y diversión.

—Oh, no sería la primera vez que me lo dicen —respondió con calma—. Pero aun así, no encuentro una razón justificable por la cual Remus no pueda asistir a Hogwarts.

—Entonces… ¿Puedo ir? —preguntó Remus, su voz apenas un susurro. Todo era tan claro y confuso al mismo tiempo. Todo lo que él quería, su mayor sueño, hecho realidad. Aun así, Remus todavía no podía permitirse ilusionarse.

Sus padres guardaron silencio por un momento, mientras Remus los miraba expectantes. Su madre se alisó la falda, sólo para tener algo que hacer, el miedo estaba presente en su mirada. Su padre en cambio, pasó una mano por su cabello, soltando un largo y pesado suspiro. Finalmente, fue él quien habló.

—Si eso es lo que quieres…

Remus apenas podía respirar. Sentía como si estuviera atrapado bajo el agua, luchando por salir a la superficie y cada palabra fuese un braceo.

El chico, asintió.

—Sí. Quiero ir —dijo con decisión.

Hope cerró los ojos, como si estuviera conteniendo las lágrimas, pero cuando los abrió, le dedicó a su hijo una sonrisa sincera, aunque un poco temblorosa.

—Bien. Entonces, iremos a comprar tus libros.

—¡Maravilloso! —exclamó Dumbledore con auténtico entusiasmo—. Pero antes de retirarme, me gustaría tener unas palabras con el Señor Lupin.

Hope asintió, y Lyall se puso de pie al mismo tiempo que el director y señalando su estudio con una mano invitó al hombre a pasar.

—Por aquí, profesor.

—Si nos disculpan…

—Adelante —dijo Hope suavemente.

Remus no supo qué hablaron su padre y el director aquella tarde. Pero lo intuía. Tenía la certeza de que era sobre él. Años más tarde, descubriría que no estaba tan errado en sus suposiciones.


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Hola!

Lamento la demora, pero esto no acaba aquí. Seguiré la historia hasta donde pueda llevarla. Saludos a todos! Y gracias por seguir leyendo.

Chrushbut