Juegos de Sangre
La tensión era densa como el humo tras una explosión. El Capitolio, normalmente inmerso en un silencio posbélico, se estremecía con el murmullo creciente de una población que despertaba, otra vez, entre miedo, rabia y una necesidad voraz de justicia.
Llevaban cuatro días encerrados. Cuatro días de discusiones, gritos, puertas cerradas de golpe y miradas que no podían sostenerse. Los ex vencedores, convocados en lo que alguna vez fue la sala de estrategia rebelde, ahora convertida en una especie de tribunal improvisado, apenas podían llegar a acuerdos sin que alguien alzara la voz.
—¡Esto es una locura! —vociferó Finnick, golpeando la mesa con el puño—. ¿Van a hacer lo mismo que Snow? ¿Un nuevo Juego... con descendientes?
—No cualquier descendencia —replicó Enobaria, con su tono gélido y expresión pétrea—. Solo los que apoyaron su régimen. Incluyendo a su nieta. ¿Eso no te parece justo?
Johanna había dejado desde el inicio su posición y se alegraba que el resto viera las cosas desde una perspectiva objetiva.
Katniss guardaba silencio, observando el caos frente a ella. Sentía las palabras en la garganta, como cuchillas. A su lado, Peeta no paraba de moverse en su asiento, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños. Haymitch estaba recostado al fondo, con los ojos entrecerrados, como si el mundo le diera dolor de cabeza constante.
—¿Y qué propone la presidenta Paylor entonces? —disparó Annie desde una pantalla. Su holograma se proyectaba entre los presentes; Se había negado a asistir en persona, aún marcada por las pesadillas y para que su hijo no fuese al Capitolio—. ¿Un solo Juego? ¿Una edición especial?
—Una única edición —confirmó Plutarch con tono neutro—. No es una decisión tomada a la ligera. Pero la presión pública es insostenible. La existencia de Zahra Snow se filtró. Las protestas escalan. Quieren una ejecución inmediata. La alternativa a los Juegos es una masacre.
Silencio.
—¿Y entonces qué hacemos? —dijo Beetee—. ¿Jugamos a ser Snow para evitar que nos maten con ella?
Los rostros se miraron entre sí. No había salida limpia. Solo opciones sucias con distintos sabores de culpa.
Paylor levantó la mano. Su rostro, desgastado, mostraba cansancio y algo peor, resignación.
—Mi voto es a favor —dijo. Y el mundo pareció tambalearse.
Katniss cerró los ojos. Un segundo. Solo uno. Cuando los abrió, su mirada cruzó con la de Peeta, que ya la estaba observando. Con miedo.
—¿Katniss...? —murmuró.
Ella se puso de pie lentamente.
—A favor —declaró, y su voz atravesó la habitación como una flecha.
—¡¿Qué?! —Peeta se levantó de golpe—. ¡¿Estás escuchando lo que estás diciendo?! ¡¿Unos malditos Juegos del Hambre más?! ¡¿Después de todo lo que pasamos?!
—Es una edición única. Un castigo para las familias que sostuvieron al régimen, no para el pueblo - Johanna intervino
—¡No lo justifiques! —le gritó Peeta, fuera de sí—. ¡¿Y tú, Katniss?! ¿La Sinsajo? ¡Tú eras la esperanza! ¡La ruptura del ciclo! ¡Ahora eres parte de él!
Katniss no respondió. No tenía respuestas limpias. Solo cenizas.
Peeta apretó los dientes. La rabia se le subía al rostro y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Entonces está decidido —escupió con la voz rota—. Si esa muchacha va a los Juegos, voy a ser su mentor.
Todos lo miraron. Algunos con horror. Otros con lástima.
—Es una Snow, ¿no? —añadió con voz quebrada—. Al menos que alguien la prepare para morir.
Peeta salió de la sala sin mirar a nadie. Sentía que el aire le faltaba. Las paredes del Capitolio, frías y asépticas, parecían cerrarse sobre él como una prisión invisible. Caminó a paso rápido, sin rumbo claro, solo queriendo alejarse del juicio, de las voces, de la decisión que acababan de sellar.
Su habitación lo recibió con el mismo silencio que él mismo arrastraba. Cerró la puerta y apoyó la frente contra la madera. Respiró hondo. Una, dos, tres veces. Pero el temblor en sus manos no desaparecía.
Quería entender a Katniss. Realmente lo intentaba.
Ella nunca fue simple. Nunca fue una heroína pulcra, de esas que las historias pintan como luz inmaculada. Tenía sombras, aristas, rincones llenos de rabia y heridas mal cerradas. Lo sabía. Y la amaba por eso.
Pero esto… esto era diferente.
Caminó hacia la ventana y apoyó las manos en el marco. Miró las luces del Capitolio, ese lugar donde todo comenzó, donde todo se rompió. ¿Volver a ver a una joven entrar en esa arena? ¿Otra vez? Y esta vez… por decisión de ellos mismos.
Tragó saliva.
—¿En qué te estás convirtiendo, Katniss? —susurró.
Y, más aún, ¿Quién sería él si se quedaba a su lado después de esto?
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando escuchó la puerta abrirse. No necesitó girarse para saber que era ella. Reconocía sus pasos, su forma de respirar.
Katniss entró sin decir nada al principio. Cerró la puerta con suavidad. Lo observó de espaldas, rígido como una estatua.
—Paylor se me acercó antes de la reunión —dijo finalmente—. Me conto sobre las células leales a Snow.
Peeta giró apenas el rostro, lo suficiente para escuchar mejor, pero no para mirarla.
—¿Qué células?
—No tienen un grupo definido. Se infiltran entre civiles. Están buscando a Zahra… quieren acercarse a ella. Convencerla. Hacerla "resurgir", como heredera del régimen.
Peeta giró por completo.
—¿Y crees que matarla antes de que siquiera entienda qué está pasando va a evitar eso?
Katniss bajó la mirada.
—Mañana… mañana la conoceremos todos. Nos dirán qué va a suceder, oficialmente.
Peeta río, seco.
—¿Y eso para qué? ¿Creen que ponerle rostro a una víctima va a justificar el crimen?
Katniss alzó la vista.
—No va a evitar nada. Es solo protocolo. Circo.
Ese último comentario fue un certero disparo a lo que quedaba de control en Peeta.
Se acercó a la cama, abrió su maleta con rabia y comenzó a meter sus cosas. La camisa, los papeles, sus medicamentos. Todo con movimientos bruscos. Katniss lo miraba, inmóvil. Ni sorprendida, ni molesta. Solo callada.
Cuando Peeta cerró de golpe la maleta, se detuvo. Su mano permaneció sobre el cierre unos segundos. Dudó.
—¿Ese fue el verdadero motivo? —preguntó, sin volverse a verla—. ¿Por eso votaste a favor?
Katniss inspiró profundamente. Se sentó en el borde de la cama y respondió con una tranquilidad que ni siquiera buscaba disfrazar.
—Independientemente de las células, quiero un mundo donde no quede nada de la sangre de Snow.
Peeta no respondió.
—Quiero una vida sin mirar atrás, Peeta. Quiero hijos que nunca conozcan lo que fue esta guerra. Que no teman a un apellido, a una historia. Si sacrificar a Zahra es el precio por eso… lo haría una y mil veces.
Él la miró. Por fin. Y lo que vio no fue maldad. Fue determinación. Fría, calculada, profundamente humana. Y fue eso lo que más le dolió.
La amaba. Pero no podía seguir cargando con esa versión de ella sin romperse por dentro, por lo menos no por el momento.
Así que asintió. Sin palabras. Tomó su maleta y salió.
Se fue a una habitación más cercana a Haymitch, sabiendo que él no preguntaría. No juzgaría.
Y por primera vez desde que salieron de la arena años atrás, Peeta Mellark sintió que la distancia con Katniss no era una herida temporal. Era un abismo que tenían que curar.
En otro punto durante esos cuatro días, Zahra había estado confinada en una habitación del antiguo palacio presidencial, ahora reacondicionado como sede temporal del gobierno. Aunque el lujo de antaño ya no brillaba como antes, la estructura seguía siendo la misma. El mármol frío bajo sus pies, los techos altos que hacían eco de cada pensamiento, y esa ventana enorme desde donde se podía ver el centro del Capitolio… todo le resultaba sofocante.
No había barrotes, pero tampoco libertad. Y lo que era peor, allí aún vivían los fantasmas. Las paredes le susurraban memorias. Risas forzadas en fiestas llenas de trajes falsos y copas eternamente llenas. Miradas lujuriosas de hombres viejos que la observaban cuando apenas era una niña, con la aprobación tácita de su abuelo.
Coriolanus Snow, el mismo que le decía que un buen matrimonio valía más que cualquier carrera, que su mayor aporte al poder sería ser deseada, vendida al mejor postor con influencia. "Una Snow debe saber usar sus mejores armas", solía decir, como quien da un consejo de cocina. Ella lo sabía desde siempre. Y por eso lo había odiado antes incluso de entender qué significaba odiar.
Estaba sentada en el rincón más apartado de la habitación, con las rodillas contra el pecho y la frente apoyada en ellas, aún con el uniforme gris de prisionera que no le cambiaban más que para dormir. No lloraba. No se movía. Parecía una estatua cansada.
Cuando Gale entró, la atmósfera no cambió. Solo se volvió más pesada.
Ella no lo miró. Ya lo había sentido llegar desde el pasillo. Sus pasos eran distintos a los de los Vigilantes: más pesados, pero más humanos.
—Zahra… —murmuró Gale, como si su nombre pudiera despertarla sin romperla.
Ella no se movió.
—¿Viniste a decírmelo tú?
Su voz era baja. No dolida. No amarga. Solo resignada.
Gale cerró la puerta con suavidad detrás de él. Asintió, aunque ella no lo viera.
—Se tomó una decisión —empezó, con cautela, como si cada palabra fuera una granada sin seguro—. No fue fácil. Pero se filtró tu existencia… y las protestas empezaron a escalar. La gente quería una ejecución pública. Exigían justicia. Algunos... querían venganza. Y también hubo quienes salieron a defender tu derecho a vivir, a.… a seguir el legado de Snow.
Zahra levantó apenas la cabeza.
—¿Y?
—Se votó una única edición especial de los Juegos del Hambre —continuó Gale, tragando saliva—. Solo con descendientes de quienes sostuvieron el régimen. Serás parte de esa lista.
El golpe no fue físico, pero lo sintió igual. Como si algo dentro de ella se hubiese roto en mil pedazos. El alma. El aliento. La poca esperanza que había intentado ocultarse en alguna esquina del cuerpo.
No gritó. No lloró de inmediato. Solo se levantó lentamente, como si no pudiera controlar el peso de sus propios huesos.
—Entonces... ¿me van a matar en una arena? ¿Eso es? —preguntó, con la voz trémula.
Gale la miraba.
—Lo escuche, hubo discusiones y todo, pero… Katniss votó a favor. Y su voto valía doble. Eso selló todo.
Zahra río. Pero fue un sonido hueco, doloroso. Como si se burlara del destino.
—Snow siempre cae de pie… —murmuró—. Eso me decía mi abuelo. Siempre. Como una maldita canción de cuna.
La frase le quemó la lengua. No sonaba como consuelo, sino como una condena.
—¿Y sabes qué? Ojalá no lo hubieran intentado tanto. Ojalá mi madre me hubiera dejado morir. Como él quería —espetó, refiriéndose a su abuelo—. Él supo desde el principio que yo era un estorbo. Que era mejor deshacerse de mí. Pero ella se negó. ¡Se negó! ¿Y para qué? ¿Para esto?
Sus manos temblaban. Se las apretó contra el pecho, como si pudiera contener la rabia que empezaba a aflorar. Sus ojos, húmedos, chispeaban con una ira cruda.
—¡Todo esto es por una maldita sangre que no pedí tener! ¡Una familia que nunca elegí! ¡Un linaje que me arrastra a la tumba como si eso resolviera algo!
Gale intentó acercarse, pero ella lo fulminó con la mirada.
—No me toques. No me mires con lástima.
Él se detuvo. No porque tuviera miedo, sino respeto. Porque entendía el dolor, aunque no pudiera aliviarlo.
—Sal —dijo ella, con voz firme pero quebrada.
—Zahra...
—¡Sal de aquí! ¡Lárgate! ¡No quiero ver a nadie!
Desde el otro lado, Gale escuchó cómo algo se rompía. Tal vez un objeto. Tal vez ella misma.
El llanto vino después. No como el de una niña. Ni siquiera como el de una víctima. Era un llanto seco, torcido. Un grito mudo de impotencia. El llanto de alguien que ya no sabe si tiene derecho a existir.
Pero incluso mientras lloraba, Zahra no era del todo caos. No. Dentro de su mente, algo se mantenía despierto. Un rincón que pensaba. Que recordaba.
Sabía perfectamente lo que implicaba ir a la arena. Había visto cada edición de los Juegos desde que tenía uso de razón. Desde los nueve años, cuando empezaba a entender que algo no estaba bien en esos espectáculos de muerte, hasta el Vasallaje final, donde todo se derrumbó. Había odiado esos Juegos desde siempre, aunque nunca lo pudo decir en voz alta.
Y, aun así, los ayudó. Pequeñas acciones, disimuladas. Un favor al personal de limpieza del Capitolio para esconder una medicina. Una transferencia mínima de créditos a una familia que luego apareció "milagrosamente" con recursos. Una carta interceptada y destruida antes de que llegara a la mesa de su abuelo. Cosas pequeñas, pero constantes.
Por eso la golpearon. Por eso su tío la llamó "ingenua". Por eso su abuelo una vez le apagó un cigarro en el brazo, donde ahora una pequeña quemadura cicatrizada aún respiraba en la piel.
Miró esa marca, como tantas veces antes. Era diminuta. Pero ahora ardía con un nuevo sentido.
La había ganado por ayudar —en secreto— a la Sinsajo. Katniss Everdeen. Sí. Esa misma. En uno de los peores momentos de la rebelión, cuando la situación era desesperada y los movimientos insurgentes apenas podían comunicarse, Zahra había enviado desde una terminal anónima una pequeña cantidad de dinero para que un grupo del Distrito 7 pudiera abastecerse de lo necesario y seguir protegiendo la ruta hacia el 13.
"Para que la esperanza no muera", había escrito.
Y ahora… ahora esa misma esperanza acababa de firmar su sentencia.
Katniss. La heroína. Su verdugo.
—Qué ironía de mierda… —susurró, con una risa amarga que se ahogó en lágrimas.
Por un segundo, pensó que si hubiera hecho todo distinto… si hubiera sido la nieta perfecta, fría y orgullosa, tal vez ahora estaría viva. Tal vez estaría protegida. Tal vez...
Pero no. La Zahra que era, la que intentó no ser un monstruo como su abuelo, era la misma que ahora iba a morir con su apellido colgando como una soga.
Gale, afuera, permanecía en silencio. No sabía si era justo escucharla llorar, o si eso también era violencia.
El llanto fue apagándose. Como si Zahra se deshiciera lentamente hasta quedarse dormida entre cenizas de rabia. Su cuerpo temblaba por dentro, pero sus ojos ya estaban secos. Todo ardía, pero ya no salían lágrimas.
Y justo cuando el silencio pareció tomar control otra vez, el comunicador en el brazo de Gale se encendió.
—teniente Hawthorne —dijo la voz metálica—. Diríjase con urgencia al laboratorio de Beetee. La presidenta ha autorizado el rastreo de los descendientes restantes. Necesitamos ubicarlos. Los Juegos deben comenzar con los nombres completos.
Gale no respondió de inmediato. Abrió los ojos. Miró la puerta cerrada frente a él. El futuro estaba empezando a construirse. Otra vez, sobre cuerpos.
Celeste Creed - POV
Hay días en los que una sola noticia puede partirte la vida en dos. Para mí, fue la mañana del segundo día, cuando llegó al Distrito 12 el rumor que Zahra Snow estaba viva.
Zahra. La nieta de Coriolanus Snow. La niña que jugaba conmigo cuando nadie nos veía, cuando aún no sabíamos cómo se desmoronaría el mundo. No éramos mejores amigas, pero compartíamos algo extraño: el rechazo a lo que todos aplaudían. A los Juegos. A esa barbarie disfrazada de honor.
Ella era una Snow, y yo una Creed. Nacidas en lujos, criadas para servir intereses que nunca elegimos. Recuerdo que, de niñas, ambas fingíamos que vivíamos en otro mundo. Uno donde los tributos no morían y los vencedores no lloraban por las noches.
Cuando estalló la rebelión, yo tenía quince años. Mi madre acababa de decidir visitar a su hermana en el Capitolio. Nunca volvió. Murió dos días antes del final, y yo fui indultada. Una niña huérfana no era prioridad para el nuevo orden, aunque todos sabían muy bien de dónde venía. Me mandaron con mi tía, que jamás me perdonó por haber sobrevivido, y a los dieciocho, en cuanto pude, escapé de todo eso. Vine al Distrito 12 buscando un poco de aire. De anonimato. De redención.
Trabajé duro en el restaurante de Sae. Me hice cercana a su nieta, Zuley, que me mira como si no viniera de la cuna de los monstruos. Conocí a Katniss, a Peeta. Incluso a Effie, que a su modo también cargaba con cicatrices. Me enamoré de Haymitch, porque sí, porque fue fácil enamorarse de alguien que ya había vivido el infierno y aún seguía de pie. Pero él me dejó claro que no sentía lo mismo. Y dolió… pero aprendí a seguir.
Creí que eso sería lo peor que me pasaría en mucho tiempo.
Me equivoqué.
Dos días después de que la noticia de Zahra estallara como una bomba en los medios, vino el verdadero golpe: el anuncio oficial del nuevo vasallaje.
Lo llamaron "Juegos de Sangre". Qué ironía tan cruel. Justificaron que era una medida para evitar una masacre civil, que los distritos estaban perdiendo la paciencia, que la existencia de Zahra había encendido fuegos que llevaban años dormidos. Protestas en todos lados. Incluso aquí, en el Distrito 12, donde hasta la calma suena a silencio antes del trueno.
Lo anunciaron como algo inevitable. Como una solución "contenida". Solo participarán los descendientes vivos de las doce familias que financiaron o apoyaron activamente los antiguos Juegos. Solo entre los 17 y los 23 años. Una franja pequeña. Justa, dijeron. "Medida histórica, ejemplificadora".
Y ahí fue cuando me congelé.
Porque yo tengo 20 años.
Porque yo soy Celeste Creed.
Y hasta donde sé, no hay nadie más con ese apellido, ni con esa edad. Ni en el Distrito 2, ni en ningún rincón de Panem.
Mi primera reacción fue negarlo. Decirme que no lo harían. Que después de todo lo que se luchó, nadie permitiría esto. Pero entonces recordé las miradas. Las cicatrices de los que sobrevivieron. El miedo aún enterrado en muchas calles. La rabia que aún hierve bajo la superficie.
Recordé también quién fui. De dónde vengo. Cómo mi apellido decoraba los papeles de patrocinio. Cómo las cenas en mi casa celebraban a los tributos victoriosos como si fueran animales de exhibición. Aunque yo los odiara. Aunque yo me escondiera en el cuarto de servicio para no oír los discursos.
Y ahora el pasado me alcanzaba.
Me recosté en mi cama, con la radio aún encendida y mi corazón golpeando como un tambor de guerra. Afuera, algunos vecinos discutían en la calle. No sabían que vivían al lado de una Creed. O sí. Y eso me aterraba más.
Pensé en Zahra. En sus ojos tristes cuando nadie la miraba. En cómo compartíamos el silencio incómodo de pertenecer a un mundo que nos asfixiaba. Ahora nos volvíamos piezas de un nuevo tablero. Solo que esta vez, no éramos espectadoras. Éramos piezas.
Y esta vez… no habría salida.
