Capítulo 10:Un llanto en la oscuridad

—¿Estás seguro, Panda? —preguntó el maestro Shifu, con una mirada de duda. Apenas había tenido un día para aprender lo necesario para salvar a Tigresa, él calculaba alcanzar a tener un día más pero Po prefirió no esperar , cada segundo que se tardaba era un segundo más de sufrimiento para la mujer que más amaba en todo el mundo.

—Nunca estuve más seguro —respondió Po , mirando a sus amigos —Chicos ¿Encontraron un objeto?

—Nos decidimos por el báculo de Oogway , Po —dijo Mantis , con una leve vacilación—Nos pareció que al tratarse de un objeto sagrado y que hace parte del durazno sagrado podría tener más poder de contención . Claro si el maestro Shifu lo permite — dijo el pequeño insecto mirando a su maestro. A este último no le hacía mucha gracia la idea pero al tratarse de su hija estaba dispuesto a sacrificar cualquier cosa. Asintió en señal de aprobación. Po también observaba atento, a él realmente no le importaba mientras hubiese un objeto.

Po asintió , pero su mente no estaba completamente en el objeto. No le importaba tanto lo que usaran, solo que era lo único que quedaba.

—Mientras sirva, no importa cual sea— dijo con urgencia en su voz, apenas escuchando las palabras de Mantis.

De repente, un grito desgarrador cortó la conversación. Era Tigresa. El tiempo se había acabado.


Tigresa clavaba las garras afiladas en el piso de madera, el dolor era insoportable, las lágrimas fluían inevitablemente por sus ojos y su preocupación incrementaba , sabía que el dolor se debía a que esa cosa atacaba a su bebé y que no resistiría mucho antes de perder la consciencia, de hecho ya debía haberla perdido pero se esforzaba, ponía toda su concentración en mantenerse consciente porque sabía que su bebé moriría si ella se rendía. Gritaba y se retorcía , era como si una corriente eléctrica atravesara su vientre, zigzagueando por su piel, quemando cada fibra nerviosa, cada músculo, hasta llegar hasta sus huesos.

Pero ella sabía que no era su cuerpo el que realmente sufría. Era su alma, atrapada en los hilos del demonio, tejida con sus miedos más profundos. Ella sabía que el demonio no podía tocarla físicamente, después de todo, solo atacaba en sueños. Pero jugaba cruelmente con su percepción de la realidad, con sus sensaciones y con su bebé.

—Lo sientes ¿verdad?. Cada músculo, cada hueso, cada nervio ;ardiendo de dolor. Eso es lo que soy. No eres más que un cuerpo roto, Tigresa ¿Crees que un cuerpo así puede salvar a alguien?. Ríndete o tu cría morirá — rió una burlona voz que solo Tigresa pudo escuchar . Hablaba lento y arrastrando las palabras como si gozase con cada una de ellas.

Po llegó corriendo , con los ojos brillando en angustia y rabia. Al verla , sintió como su corazón se quebraba. No era la mujer fuerte que conocía, se veía tan … indefensa. Era víctima de un dolor inimaginable y él, no podía hacer nada. Su alma se rompía con cada grito que emitía la felina.

—Estoy aquí contigo — le dijo el suavemente a la felina mientras acariciaba su mano con delicadeza en un intento por aflojar su agarre en el suelo de madera. Pero no funcionó.

— El bebé… lo lastima — Sollozó Tigresa, su voz quebrada .Po miró el rostro de ella deformado por el dolor y la angustia . No solo sufría por el dolor físico que la consumía, si no por el terror que, si no podía soportar más , perdería a su bebé.

—Todo estará bien, déjate ir amor—le dijo el panda, tratando de infundirle calma, la misma calma que él no tenía pero que necesitaba transmitirle — Me encargaré de todo a partir de ahora

Tigresa quería soportar , en verdad quería soportar por su bebé , temía que si se rendía en ese momento ese ser lo dañara, era lo más importante para ella, más que su propia vida .

—Vamos… confía en mí — escuchó la voz de Po nuevamente, esa voz reconfortante y dulce , le transmitía calma y se sintió segura, confiaba en él. Tigresa cerró los ojos permitiéndose rendirse a la oscuridad. El dolor era insoportable, pero la voz de Po, suave y cálida la envolvía. Confiaba en él, más que en nadie en el mundo . Y en ese instante, lo único que podía hacer era aferrarse a esa confianza mientras la inconsciencia la arrastraba.

—Tienes que hacerlo ahora — le dijo Shifu a Po.

El panda se sentó en posición de loto en el suelo junto a su amada, tomó la mano de ella firmemente y cerró los ojos. Shifu del otro lado de Tigresa hacia el mismo procedimiento, iría con el panda para ayudar a su hija .No era sencillo, aunque pareciera una meditación normal habían dos cosas que le jugaban en contra a Po, la primera que la concentración no era su fuerte particularmente y la segunda su angustia creciente . Por más que intentaba seguía en el mundo terrenal.

—Concéntrate panda — le murmuró Shifu

Po apretó los ojos , el caos en su mente tratando de calmarse. El dolor de Tigresa, su angustia…todo eso lo envolvía. Su corazón latía firme y fuertemente en su pecho , pero debía concentrarse. "No puedo fallar ahora" pensó, y lentamente, con una concentración que le costaba más de lo que podía imaginar, sintió como su energía comenzaba a fluir. Al inicio muy levemente, venía desde la punta de sus pies y hasta las yemas de sus dedos , su cabeza , sus piernas , su estómago hasta su corazón. Su ser entero comenzó a vibrar , alineándose con el flujo de su chi .

Po sintió el peso de su cuerpo desaparecer, sus extremidades se aliviaban de la tensión . Cerró los ojos y , como si el aire mismo lo despojara de su ser , visualizó su alma deslizándose fuera de su cuerpo, suspendida en un limbo. Cada respiración lo llevaba más allá de la realidad . Se concentró en transmitir esa energía que canalizaba desde su propio ser por la mano de Tigresa, canalizó su propio chi, su energía vital pasar por la mano y el brazo de su amada hasta el corazón de ella queriendo hacer parte de ella , queriendo acceder a su alma, a su mente , a sus sueños…


Tigresa estaba en medio del bosque , de hecho ,en el valle de las sombras ,a las afueras de aquella caverna .No estaba embarazada por lo que supo que se trataba de un sueño, había caído en su trampa. Escuchó un siseo como el que había escuchado hace tanto tiempo atrás en aquella caverna y de fondo esa risa socarrona y repetitiva cuyo volumen aumentaba gradualmente . Se puso en posición de defensa esperando el ataque , agudizó sus sentidos , con su postura impecable, los músculos tensos bajo su pelaje anaranjado y negro. Sus ojos, llenos de concentración, observaban cada movimiento por mínimo que fuera , cada respiración que resonaba en el ambiente. Un susurro de movimiento, casi imperceptible , comenzó a llenar el aire . Alguien la observaba.

Sin previo aviso una sombra oscura saltó sobre ella, con la intención de atacarla con un golpe directo. Tigresa apenas tuvo tiempo de reaccionar , en un parpadeo giró hacia su atacante evitando que su golpe la impactara en el rostro.

De pronto ,una risa macabra cortó el silencio. Era una risa que conocía bien:aquella risa socarrona, burlona que siempre predecía a algo terrible

Tigresa frunció el ceño, pero no se giró. Sabía que esa voz no era real, que era una manifestación de sus propios miedos y dudas, pero aún así la presión sobre su pecho aumentó. Sabía que estaba siendo atacada, pero no de manera física. Era algo más profundo, algo que la alcanzaba en su alma. El enemigo no estaba delante de ella, sino en su mente, literalmente. De las sombras emergió una figura esbelta y deformada, su silueta distorsionada por la densa niebla que la rodeaba. Al principio, parecía una mancha oscura en el aire, una aberración sin forma definida. Luego, lentamente, su cuerpo comenzó a materializarse: patas largas y huesudas, una piel tensa y ajada que parecía pegada a sus huesos, como si estuviera hecha de sombras vivas. Su pelaje, enmarañado y sucio, oscilaba entre un gris mortecino y un negro profundo, como si absorbiera la luz a su alrededor.

Pero lo más perturbador eran sus ojos. Brillaban con un rojo intenso, un fulgor malévolo que destellaba con cada movimiento, como brasas encendidas en la oscuridad; pero no un rojo como los ojos de ella , no, este rojo tenía un tinte oscuro y malévolo . Cuando sonrió, su boca se alargó más de lo natural, mostrando una hilera de dientes afilados y amarillentos, demasiado grandes para su mandíbula. Su lengua, negra y viscosa, se deslizó lentamente por sus colmillos, saboreando el miedo en el aire.

La hiena inclinó la cabeza, observando a Tigresa con una expresión burlona y hambrienta, como un depredador jugando con su presa antes del golpe final. Su risa, baja al principio, se transformó en una carcajada escalofriante que resonó en el aire, reverberando como el eco de mil voces superpuestas.

—En serio ¿vas a pelear maestra? —Le dijo , mirándola solo gruñó en respuesta— Si eso quieres…

La hiena arremetió contra ella, el impacto fue feroz y a pesar de la destreza de la maestra para moverse rapidamente, el golpe logró rozarle el costado derecho. Sintió el ardor del impacto, pero eso no iba a ser suficiente para derribarla.

La felina retrocedió, saltando hacia atrás para ganar distancia. Estaba tensa, preparada para el siguiente ataque. Sus ojos brillaban con determinación, no permitiría que la sorpresa del primer golpe la desestabilizara.

Su atacante no la dejó recuperarse por mucho tiempo, arremetió contra ella con una patada buscando golpear su cabeza. Tigresa no dudó ni un instante. Con una agilidad impresionante se agachó y en el último momento giró sobre su pierna derecha dejando que la pierna del cánido pasara rozando su rostro.

Era su turno, arremetió contra la hiena con una patada girando en el aire sobre si misma y cayendo de pie de nuevo en posición de defensa, sonrió al ver que había conectado el golpe . Sin dejarle respirar , apoyó en sus brazos abrazando con las piernas a su oponente y lanzándolo a unos cuantos metros.

—Preferiría no pelear contigo, nuestros encuentros anteriores han sido más…placenteros — Habló el canino levantándose y limpiándose la boca lascivamente con la lengua. Tigresa se estremeció sabiendo a lo que se refería, esos sueños , esos encuentros subidos de tono con "Po" que inclusive la hicieron despertar de una manera que sintió que su cuerpo había sido asaltado y vulnerado.

El demonio sonrió y atacó nuevamente. Ni siquiera la impecable agilidad de la maestra fue suficiente para evitar el siguiente ataque: un puño directo que el demonio lanzó girando sobre sí mismo, buscándola con una precisión mortal.

El impacto fue brutal, Tigresa a pesar de intentarlo fue incapaz de esquivarlo completamente . Fue golpeada en el abdomen con tal fuerza que perdió el aire por un instante .

—Ya me cansé de jugar , Tigresa

—No te saldrás con la tuya — exclamó la maestra adoptando una posición de ataque, la ira contenida en su mirada amenazaba con sacar fuego de sus ojos ambarinos.

—¿Estás dispuesta a morir por tu bebé ? — Le preguntó la hiena

—Una y mil veces— Respondió ella sin titubear —Déjalo ir, me quieres a mi

—Cuidado, no hagas promesas en vano y sin pensar ,maestra…

Un sonido desgarró el aire.

Un llanto.

Agudo. Estridente. Desesperado.

Tigresa sintió cómo su cuerpo entero se tensaba en el instante en que lo escuchó. Fue como si algo dentro de ella se rompiera de golpe, como si un dolor invisible la atravesara desde el pecho hasta cada fibra de su ser.

No era un grito, no eran palabras.

Era un lamento puro y primitivo, el llanto de alguien pequeño, indefenso, aterrado.

Y lo supo.

No porque lo viera. No porque alguien se lo dijera.

Lo sintió en sus entrañas, en su sangre, en su alma.

Era su bebé.

Su bebé la estaba llamando. Buscándola.

Y ella no podía verlo.

El miedo que había sentido antes no era nada comparado con esto. Esto era una tortura.

Porque no había mayor pesadilla que escuchar a su bebé llorar por ella, necesitarla… y no poder alcanzarla.

—¡Eres un cobarde! ¡Déjalo en paz!

—Tu hija me pertenece maestra — se burló aquella voz profunda, la hiena había desaparecido de su vista —¿Quieres verla?

Tigresa calló,¿dijo hija? ¿Era una niña? .Estaba atenta a lo que podía suceder, buscaba desesperadamente con sus orejas el origen del llanto, buscaba a su bebé. El llanto se hacía más fuerte y así mismo lo hacía la risa macabra de su atacante.

Entre las sombras se materializó la figura de la hiena ,cuando giró sostenía a su hija con una mano, la pequeña apenas visible en sus garras.

Tigresa se detuvo por un momento , observando la escena , impotente. Su hija luchaba , pero era tan pequeña, tan frágil. Sus ojitos … esos ojos verde jade cautivadores , iguales a los de su padre, brillaban con terror. Esa era su hija y la estaban lastimando.

Un grito estridente rasgó el aire.

No era un simple llanto. Era terror puro.

El cuerpecito de la cachorra se sacudía en aquellas garras desconocidas, sus patitas revolviéndose en un intento desesperado de liberarse, pero era tan pequeña… demasiado pequeña.

Tigresa sintió un escalofrío mortal recorrer su espina dorsal.

Era su bebé. Su cachorra. La había llevado dentro de su vientre durante nueve meses hasta ahora, No podía dejar de sentirla. Su pequeña… su hija… era real.

Por meses la había llevado dentro de su cuerpo, pero nunca la sintió realmente. Su embarazo no fue normal; no hubo pataditas que la despertaran en la noche, no hubo movimientos que le recordaran que no estaba sola. Solo incertidumbre. Solo miedo. Solo la angustia de no saber si estaba bien, si estaba viva, si algún día podría conocerla.

Hubo noches en las que, en silencio, acariciaba su vientre, esperando—rogando—por una señal. Algo que le confirmara que su bebé estaba allí, que la sentía, que existía.

Pero nunca la obtuvo.

Era parte de ella. Y aunque sabía que estaba atrapada en un sueño—un reflejo distorsionado de la realidad, un mundo moldeado por su propia mente—, la pequeña no era una ilusión. No era una sombra, ni un engaño. No era un simple fragmento de su subconsciente. No… ella era real.

No su cuerpo, no su presencia física… pero sí su esencia, su alma pura y dulce, la misma que creció dentro de ella en silencio, oculta, frágil, inalcanzable. La misma que nunca pudo sentir realmente en su vientre, que era más pequeña de lo esperado…que le hizo dudar, temer, preguntarse si estaba allí en absoluto.

Pero ahora estaba allí

Por primera vez desde que supo que sería madre, lo sintió con certeza absoluta: su bebé existía.

Y ahora… ahora estaba siendo sostenida por aquel monstruo, alejada de los brazos que la habían protegido incluso antes de nacer.

El miedo se transformó en pánico.

No importaba quién era. No importaba cuántos enemigos había enfrentado, cuántas batallas había ganado, cuántos golpes podía resistir.

Nada de eso servía ahora.

Porque era su hija la que estaba en peligro.

Su respiración se volvió errática, su pecho subía y bajaba con dificultad, como si su propio cuerpo se negara a seguir funcionando.

—Déjala ir… —La primera súplica escapó de sus labios antes de que pudiera detenerla.

Tigresa no suplicaba. estando al borde de la muerte en batallas había suplicado por su propia vida.

Pero ahora… nada de eso importaba.

—Déjala ir… por favor… —Su voz se quebró, apenas un susurro desgarrado.

Sus patas temblaban. Su mente rugía con furia, con impotencia, pero su instinto solo le pedía una cosa: salvar a su bebé.

Sus ojos estaban clavados en su pequeña, en esos ojitos verde jade llenos de miedo.

No podía soportarlo. No podía.

Su orgullo, su fuerza, su reputación como guerrera… todo se desmoronó en un instante.

—¡Mátame a mí! —gritó, dando un paso adelante, su voz ronca por la angustia—. ¡Haz lo que quieras conmigo, pero déjala ir!

No había rabia en su tono. No había desafío.

Solo desesperación.

Porque Tigresa podía soportarlo todo… menos perder a su bebé.

—Me temo que no estás en posición de negociar tu vida maestra… ya que también me pertenece —Rió, una risa estridente y repetitiva y esa sonrisa cruel en su rostro. La pequeña tigresa de bengala , con su pelaje blanco y negro , miraba a su madre con desesperación. La hiena, jugando con ella, acercó peligrosamente su garra a la cabeza de la cachorra.

Tigresa sabía que era el alma de su pequeña.

Y sin embargo, estaba totalmente inmóvil.

Nada la sujetaba. Nada la retenía.

Pero no se atrevía a moverse.

Su mente estaba nublada, su cuerpo paralizado en un miedo que nunca había sentido antes. Podía soportar el dolor, la pérdida, la derrota… pero esto era diferente.

Era su bebé.

Tan pequeña. Tan indefensa.

Cada sollozo desgarrador le clavaba garras invisibles en el pecho. Su respiración se volvió errática, su visión borrosa. El sonido del mundo desapareció, como si todo se hubiera reducido a ese llanto, a ese llamado silencioso que su hija le hacía sin palabras.

Algo ardió dentro de ella.

No.

No podía permitirlo.

El miedo, la parálisis, el dolor… todo se convirtió en algo más profundo, más primitivo.

En un solo latido, su instinto se encendió.

Una ola de furia incontrolable explotó dentro de su pecho, recorriendo su cuerpo como un incendio. La adrenalina quemó cada rastro de duda, cada sombra de miedo, cada segundo de inmovilidad.

La Maestra del Kung Fu, la guerrera imparable, la discípula de Shifu…

Desapareció.

Solo quedaba una madre.

Y su bebé estaba en peligro.

Sin pensarlo, sin planearlo, se lanzó al ataque.

Su cuerpo se movió con una velocidad arrolladora, impulsado por un único propósito: recuperar a su hija.

Un rugido feroz escapó de su garganta, un sonido que no solo era furia, sino desesperación.

Antes de que la hiena pudiera reaccionar, Tigresa ya estaba sobre ella.

Su garra cortó el aire con una precisión letal, impactando con fuerza en la muñeca del enemigo. Hueso y sombra crujieron bajo su golpe.

La criatura dejó escapar un gruñido de dolor y soltó a la cachorra.

Tigresa ni siquiera esperó a ver la reacción del demonio.

Su mirada ya estaba en su bebé.

La pequeña cayó al suelo con un sonido seco y frío, y el estruendoso llanto que escapó de su diminuto cuerpo le perforó el alma.

Pero ahora ella estaba libre.

Y Tigresa no iba a detenerse hasta tenerla de nuevo en sus brazos.

La hiena furiosa contraatacó dando un salto hacia Tigresa, pero esta no le dio tregua. Se giró rápidamente y con un poderoso golpe de palmas abiertas , empujó a la hiena varios metros hacia atrás, aprovechando la fuerza de su propio cuerpo. Pese a que Tigresa había obtenido una ventaja en la pelea, ciertamente está aún no terminaba. La hiena se recompuso sin ningún esfuerzo y ofreció a la maestra una sonrisa torcida

—Puedes quitármela de las manos, pero recuerda que aquí yo mando —dijo el cánido y, seguido a esto, un aura oscura y densa rodeó a la maestra. Como si se tratara de un impacto de bala, cayó de rodillas al piso, quedando desconcertada por unos minutos. Su vista se nubló y, aunque no fuese tan clara, logró vislumbrar a su pequeña aún bastante lejos de ella. Y aunque estaba fuera de las garras de la hiena, seguía indefensa, llorando con desesperación por ayuda de sus padres, incapaz de moverse, aterrada.

Por más que intentaba moverse hacia ella, sus piernas no le respondían.

Estaba atrapada.

Y la hiena lo sabía.

Una carcajada baja y cruel rompió el silencio.

Tigresa sintió un escalofrío recorrer su espalda cuando la silueta de su enemigo se acercó, lenta y calculadamente, con esa sonrisa torcida en su rostro.

—Qué ironía… la gran Maestra Tigresa, la guerrera indomable, la alumna más fuerte de Shifu… ahora no es más que una muñeca rota —susurró la hiena, inclinándose hacia ella.

Tigresa gruñó, tratando de alzar una garra, de hacer algo.

Pero su cuerpo no respondía.

La hiena le agarró el mentón con rudeza, obligándola a mirarla a los ojos.

—¿Dónde está tu fuerza ahora?

Y sin previo aviso, el primer golpe la impactó con una brutalidad inhumana.

Un puño directo a su rostro.

El dolor explotó en su mandíbula, haciendo que su cabeza girara violentamente hacia un lado. Un sabor metálico llenó su boca.

Sangre.

El segundo golpe vino al estómago.

Un impacto seco, profundo, directo a sus costillas.

El aire escapó de sus pulmones en un jadeo ahogado.

La hiena no se detuvo.

Otro puñetazo, esta vez a su costado.

El crujido fue aterrador.

Un dolor punzante la recorrió desde el abdomen hasta la espalda.

Tigresa sintió cómo su cuerpo se inclinaba hacia adelante por inercia, pero la hiena la sostuvo del cuello, impidiendo que cayera.

—¿Duele? —susurró con burla, acercando su hocico al oído de la felina—. Espero que sí.

Y entonces, la soltó.

Tigresa cayó de bruces al suelo, tosiendo violentamente, sintiendo cómo la sangre se filtraba entre sus colmillos. Cada respiro era un tormento.

Pero no tuvo tiempo de recuperarse.

Una patada brutal la levantó del suelo solo para volver a estrellarla contra él con violencia.

Su espalda chocó contra en suelo con un estruendo seco, y su visión parpadeó en negro por un momento.

Dolía.

Todo dolía.

La hiena se acuclilló junto a ella, observándola con esa sonrisa torcida.

—No eres tan fuerte cuando no puedes moverte, ¿verdad, maestra?

Tigresa trató de responder. De gruñir. De insultarla.

Pero el dolor era sofocante.

Su cuerpo temblaba, su pecho se alzaba con respiraciones entrecortadas, sus extremidades estaban entumecidas.

—Qué triste… ni siquiera puedes levantarte para salvar a tu hija.

El corazón de Tigresa se detuvo.

Sus ojos, apenas abiertos, buscaron desesperadamente a su pequeña.

Y ahí estaba.

Aún lejos.

Aún llorando.

Aún llamándola.

Pero ella…

Ella ya no podía moverse.

Tigresa trató de inhalar, pero su pecho se negó a expandirse. Un dolor punzante le atravesó el costado, y su visión se llenó de destellos blancos. Sus patas temblaron, pero no pudo sostenerse. Su cuerpo la estaba traicionando.

Por primera vez en su vida, la desesperación la envolvió por completo.

Estaba rota.

Y su bebé…

Su bebé seguía en peligro.

Un escalofrío recorrió la espalda de la hiena cuando un nuevo sonido interrumpió su diversión.

Un rugido.

Feroz.

Potente.

Lleno de rabia contenida.

La hiena levantó la mirada con lentitud, girando su cabeza con una sonrisa confiada.

Y ahí estaba él.

Po.

De pie, con la respiración agitada, su pecho subiendo y bajando con furia. Su mirada, normalmente cálida y amigable, ahora era fría como el acero.

Pero no era solo enojo lo que ardía en sus ojos.

Era desesperación.

Era miedo.

Era el instinto de un guerrero… y el de un hombre al borde de la locura.

—Déjalas en paz.

Su voz retumbó en el aire, baja pero cargada de una amenaza latente.

La hiena sonrió de lado, divertida por su reacción.

—¿Cómo entraste aquí, Panda? —preguntó con fingida curiosidad—. No importa… de todas formas, llegas tarde.

Po apenas la escuchó.

Sus ojos se clavaron en Tigresa.

Su amada.

Tendida en el suelo.

Doblada sobre sí misma.

Sangre en sus labios.

Su pelaje, normalmente brillante y fuerte, estaba opacado por el dolor.

Sus brazos apenas temblaban en un intento débil de levantarse.

Y no podía.

Po sintió una punzada helada perforarle el pecho.

Nunca había visto a Tigresa así.

Nunca.

Ella era invencible.

Ella era inquebrantable.

Pero ahora…

Ahora estaba rota.

Y su hija aún estaba en peligro.

El panda sintió el impulso de correr hacia ella, de levantarla, de sostenerla en sus brazos y asegurarse de que estaba bien.

Shifu apareció rodeado de un aura dorada , calmado y calculador, observaba la escena con ojos analíticos. Su mirada se enfocó en la niña, miró a Po

En una mirada de Shifu lo detuvo.

Firme.

Decidida.

Sin necesidad de palabras, Po entendió lo que su maestro le decía con esos ojos penetrantes.

Ella puede soportarlo.

Tiene que soportarlo.

La bebé es lo primero.

El dilema fue un golpe directo a su corazón.

Cada célula de su ser le gritaba que corriera hacia Tigresa.

Pero cada instinto protector en su cuerpo le exigía que salvara a su hija primero.

Y entonces, la escuchó.

Un llanto.

Su llanto.

El de su pequeña.

Su cachorra.

Po tragó saliva con dificultad y dirigió su mirada hacia ella.

Era tan diminuta…

Tan frágil…

Sus ojitos verdes estaban empapados en lágrimas, su cuerpecito temblaba.

Su hija.

Su sangre.

El fruto del amor que sentía por Tigresa

La hiena dejó escapar una risa burlona, cruzándose de brazos con aire satisfecho.

—No importa lo que hagas, panda… —susurró con una voz llena de veneno—. Perderás a las dos.

El mundo se congeló por un instante.

Po sintió cómo la rabia y el pánico se enredaban en su pecho como una tormenta.

No.

No podía permitirlo.

No iba a perderlas.

No iba a fallarles.

El fuego en su interior se encendió con más fuerza.

Apretó los puños con tanta fuerza que sus garras se clavaron en su piel.

Con un solo pensamiento en su mente.

Salvarlas.

Po fijó su mirada en la hiena, y esta vez… no había miedo en sus ojos.

Solo determinación.


Hola! se que ha pasado un tiempo, pido perdón. Pero creanme que armé originalmente este capitulo de 10.000 palabras aproximadamente y cuando me di cuenta que era demasiado para un solo capítulo tuve que reestructurarlo para dividir el capitulo en este y el proximo que vendrá. Tuve o tengo un problema con como estoy dividiendo los capítulos ya que no quiero que se tornen tediosos o aburridos para ustedes (si se vuelve asi porfavor digan algo, ¡manifiéstense!). Espero que les guste el cap, como ya tengo el siguiente la actualización no tardará mucho.

Los leo en reviews!

Un abrazo