Todos observaban la conversación entre Elias y Maria, quienes hablaban en su idioma natal. Maria parecía preocupada, y Elias le respondía con un tono igual de cansado y comprensivo. La inquietud crecía entre los amigos de Legoshi, quienes murmuraban en voz baja.
—¿Qué crees que están diciendo? —preguntó Tao, intrigado.
—No lo sé —respondió Bill, esforzándose por captar alguna palabra, aunque sin entender nada.
—¿Pero, Juno, realmente vas a ir a ese lugar con él? —preguntó Bill, aún incrédulo.
—Sí, de hecho, Legoshi y sus compañeros de cuarto también irán —respondió Juno con calma.
—¿Qué? ¿Tú también irás? —preguntó Aoba, sorprendido, dirigiéndose a Legoshi.
—Sí, pero no fue porque Elias nos invitara. Nosotros le preguntamos primero. Al principio no queríamos, pero luego pensé que no quería que Juno fuera sola, así que decidí ir. Luego Jack y los demás se sumaron, así que ahora vamos todos —explicó Legoshi, algo nervioso, pero manteniendo su tono de voz sereno.
—Espera, ¿dices que todos ustedes van a ir sin saber si es seguro? —preguntó Bill, preocupado.
—Sí, ¿han perdido la cabeza? No saben nada de su nación ni si realmente los recibirán bien —añadió Aoba, tratando de entender por qué estaban tan decididos.
—No, claro que no. Solo tengo curiosidad acerca de cómo es su hogar, igual que ellos —respondió Juno, seria. Tao escuchaba en silencio, mientras Jack y los demás se mantenían atentos.
Miguno, al darse cuenta de la creciente multitud que se acercaba para observar la discusión entre Elias y Maria, miró a su alrededor, visiblemente nervioso. Tomó el hombro de Durham y Jack para llamar su atención.
—Oigan, creo que deberíamos movernos. Hay demasiada gente aquí —dijo Miguno, incómodo.
—Tienes razón —respondió Jack, mirando alrededor y notando cómo más personas se acumulaban.
—Increíble, son muchos. Al parecer, ellos dos ni siquiera se han dado cuenta —comentó Durham, nervioso ante la creciente curiosidad de la multitud.
—Voy a avisarles —dijo Jack, caminando hacia Elias y Maria.
Mientras Jack se acercaba, Elias trataba de tranquilizar a Maria.
—"Sí, lo sé. De hecho, intenté decirles que tal vez no los traten igual que, yo lo hago con ellos. Tú eres un ejemplo de cómo los ven en Eden" —dijo Elias, intentando hacerle entender a Maria.
Maria frunció el ceño, molesta.
—"¿Yo como ejemplo? Solo intento que no me vean como alguien inferior" —respondió haciendo un puchero.
—"Bueno, al menos ya te llevas bien con Jack. Te disculpaste con él" —añadió Elias, sonriéndole un poco, reconociendo su esfuerzo.
—"Lo hice solo porque me pediste que les diera una oportunidad" —admitió Maria, aunque en el fondo se sentía un poco mal por su comportamiento anterior.
Elias le sonrió, hasta que ambos notaron a Jack acercándose, con una expresión de preocupación en el rostro.
—Hey, Elias y Maria, será mejor que nos vayamos ya… —dijo Jack, acercándose a ellos y hablando en voz baja—. Hay mucha gente observándolos.
Jack se rió nerviosamente, mientras Elias y Maria dejaban de discutir y miraban a su alrededor. La cantidad de personas que los observaban era considerable, lo que hizo que Maria rápidamente se escondiera detrás de Elias, visiblemente asustada.
—Sí, creo que deberíamos irnos —respondió Elias, un poco nervioso. Tomó a Maria de la muñeca para guiarla hacia donde los demás estaban esperando, quedándose rodeados por el grupo. Bill y Aoba aún discutían con Juno y Legoshi.
—Entonces… ¿ustedes van a las tierras de esos demonios? —preguntó Bill, aún asimilando la información que le habían dado.
—Sí, Bill, pero no les llames así. Ellos no son monstruos ni demonios —respondió Juno, un poco molesta.
—¿Y cómo sabes eso, Juno? ¿Y si solo tratan de ganarse tu confianza para hacerte algo? —cuestionó Aoba, mirándola con seriedad, intentando hacerla reflexionar.
—Elias me ha demostrado que es alguien muy confiable —dijo Juno, mirándolo con total seguridad. En ese momento, todos notaron que Elias, Maria y Jack regresaban hacia ellos.
—Creo que ya deberíamos movernos de aquí —dijo Elias, aún algo nervioso, mientras Maria miraba a su alrededor inquieta. Juno notó su incomodidad y sonrió para tranquilizarlos.
—Sí, vamos. No está lejos —respondió Juno alegremente, haciendo una seña para que la siguieran. Elias asintió, avanzando con Maria justo detrás de él. Los demás también comenzaron a moverse. Bill, Aoba y Legoshi miraron alrededor, inquietos por la cantidad de personas que los observaban. Agata e Ibuki observaban todo desde la retaguardia.
—¿Cómo se supone que los llevemos al Mercado negro si atraen tanta atención? —dijo Agata, un poco frustrada.
—Parece que será un día largo, pero encontrare la manera, tal vez tengamos que posponer esto. —respondió Ibuki con calma, mirando a la multitud mientras intentaba idear una forma de cumplir con su misión. Vieron que el grupo avanzaba y decidieron acercarse a Elias y Maria, colocándose a su lado para actuar como escolta.
El grupo caminó por las calles de la ciudad, sintiendo las miradas curiosas de los transeúntes. Después de recorrer varias calles, finalmente llegaron al centro comercial. Maria y Elias se quedaron asombrados ante el imponente tamaño del edificio.
—¡Mira, hermano, es enorme y hay muchos edificios! —exclamó Maria emocionada, observando el centro comercial con los ojos muy abiertos.
—¡Sí! Se parece mucho a la ciudad de Garden, solo que aquí hay más edificios y autos —respondió Elias, igual de entusiasmado. Juno sonrió al ver su emoción.
—Vamos adentro, ¡seguro les va a fascinar! —dijo Juno alegremente, haciendo un gesto para que la siguieran.
Elias y Maria asintieron y entraron, sorprendidos al ver cómo las puertas se abrían automáticamente. Miraron alrededor, fascinados por las tiendas y la disposición de los pisos superiores, tan diferente a lo que conocían en Edén. Para los demás, ver sus reacciones ante algo tan cotidiano les arrancaba sonrisas, mientras la gente en el centro comercial observaba incrédula, mirando de reojo a los humanos.
—¿A dónde sugieres ir primero, Juno? —preguntó Maria, tomando su mano con entusiasmo.
—Vamos aquí, ¡síganme! —respondió Juno con alegría, llevándola hacia una de las tiendas.
Ibuki le hizo una seña a Agata para que las siguiera. Agata suspiró, murmurando para sí mismo, "¿Por qué tengo que hacer esto? Qué molesto", aunque igualmente se apresuró a ir tras ellas. Ibuki, por su parte, se quedó junto a Elias.
—Oye, Elias, ¿vamos allá? —preguntó Jack, señalando el segundo piso.
—Claro, vamos —respondió Elias con una sonrisa. Caminó con ellos a través del centro comercial, tratando de ignorar las miradas curiosas y los murmullos que alcanzaba a escuchar.
—¿Oye, ese no es el humano del video? —Creo que sí, es él. —¡Mira, es el humano de la academia Cherryton! ¿Qué hace afuera? —Así que así se ven los demonios… —Lo vi con otra humana que se parece a él, deben ser hermanos.
Elias escuchaba los comentarios mientras avanzaban hacia las escaleras mecánicas. Al llegar, se detuvo, observando las escaleras automáticas mientras los demás subían con naturalidad.
—Mira, seguro no sabe qué son —se oyó decir a alguien en tono burlón. —Sí, parece un salvaje.
Elias suspiró, intentando ignorarlos, cuando Legoshi notó que se había quedado atrás.
—¿Qué pasa, Elias? —preguntó Legoshi.
—Bueno… es la primera vez que veo algo como esto —admitió Elias, sonriendo nerviosamente.
—Solo pon tu pie en un escalón y subirás —explicó Legoshi tranquilamente.
Elias asintió, imitando a los demás y subiendo al escalón, sintiendo una extraña emoción al experimentar su primera vez en una escalera mecánica.
Maria y Juno entraron en una tienda de ropa, y Maria quedó fascinada al ver los maniquíes vestidos con diferentes estilos. Sus ojos brillaban de emoción, lo cual hizo sonreír a Juno. Maria se acercó a las prendas, admirándolas con curiosidad. Algunos clientes la miraban intrigados, mientras que otras parecían un poco nerviosas.
—¡Qué bonito! —dijo Maria, observando una prenda que jamás imaginó ver.
—¿Te gustaría probártela? —preguntó Juno alegremente, acercándose a su lado.
—¿Se puede? —preguntó Maria, con una sonrisa que reflejaba toda su emoción.
—Mmh, claro que sí —respondió Juno, sonriéndole.
Una de las empleadas de la tienda, un ave de plumas coloridas, se acercó nerviosa al ver a Maria con Juno.
—Ho… hola, ¿necesitan ayuda? —preguntó amablemente, aunque sus nervios eran evidentes.
—Sí, mi amiga quiere probarse algo de ropa —respondió Juno con amabilidad.
—Claro, síganme, por favor. Vamos a los probadores —dijo la empleada, aún un poco inquieta. Las guió y Maria entró en uno de los probadores con la ropa que Juno le había dado. Todos esperaban afuera, mirándola expectantes.
Después de unos minutos, Maria corrió la cortina del probador y salió, luciendo un vestido blanco hasta las rodillas, con un lazo negro alrededor de su cintura. La parte superior estaba abotonada y las mangas cubrían sus brazos hasta las muñecas, donde la tela blanca y suelta se ajustaba con pequeños botones. Todos en la tienda se quedaron sin palabras, incluida Juno.
—¿Qué tal me queda? —preguntó Maria, un poco avergonzada, mientras las miradas de admiración se posaban en ella.
—¡Se te ve precioso! —exclamó Juno emocionada.
—¿De verdad? —preguntó Maria, sonriendo aún más al ver las expresiones de aprobación a su alrededor.
—Sí, te ves muy bonita con ese vestido —respondió Juno, admirando lo bien que le quedaba.
—Me gusta, pero… tiene un pequeño problema —dijo Maria, algo avergonzada.
—¿Qué es? —preguntó la empleada, ahora menos asustada y sorprendida de lo bien que le quedaba el vestido a Maria.
—Bueno… es que tiene un agujero en la parte de atrás —respondió Maria, sonrojándose mientras intentaba cubrir la parte trasera.
Juno, comprendiendo de inmediato, soltó una risita amable.
—Ah, lo siento, olvidé que ustedes no tienen cola —dijo Juno, disculpándose.
—No, no tenemos —respondió Maria, aún un poco cohibida.
—No te preocupes, podemos darte otro sin el agujero —dijo la empleada amablemente. Maria asintió, agradecida, y continuó probándose diferentes prendas.
Finalmente, Maria salió del probador con su último conjunto, una falda larga de cuadros marrones que se ajustaba a su cintura, dejando ver parte de sus tobillos. Llevaba una camisa roja debajo y encima una camisa blanca, larga y holgada, con botones en las mangas hasta las muñecas. Al salir, sus ojos brillaban de emoción.
—¿Se ve lindo, verdad? —preguntó alegremente, girándose para que Juno pudiera verla mejor.
—Sí, te ves increíble —respondió Juno, sonriéndole con entusiasmo, sin darse cuenta de que una pequeña multitud se había reunido para ver cada salida de Maria del probador.
—Quisiera llevármelo —dijo Maria, mirándose en el espejo y sonriendo encantada con su reflejo.
Maria miró el precio del conjunto: 1200 yenes.
—Mmm... no sé cuánto sería en mi moneda, Juno, pero ¿no es algo caro? —preguntó Maria, preocupada.
—No te preocupes, no lo es —respondió Juno, sonriéndole con amabilidad. Alrededor, varios clientes admiraban la belleza y ternura de Maria.
—¿Segura, Juno? Me hace sentir mal no poder pagártelo —dijo Maria con una expresión triste y tierna. Aquellos que la observaban sintieron una inesperada ternura ante su preocupación.
—Sí, tranquila, después de todo, yo me ofrecí, ¿sí? —respondió Juno, intentando alegrarla al ver la expresión en su rostro. Maria asintió y le sonrió, más animada.
—Bueno, será mejor que me cambie —dijo Maria, dándose la vuelta hacia el probador para volver a su ropa habitual.
—Espera, puedes quedártelo puesto. Solo tenemos que pagar —sugirió Juno. Maria asintió, recogió su ropa del vestidor y juntas se dirigieron a la caja.
Después de pagar, salieron de la tienda y encontraron a Agata esperándolas afuera, observando cómo la gente se había reunido alrededor de la tienda y viendo a Maria. "Realmente, las mujeres de la especie humana son hermosas… ¿Qué estoy pensando?" reflexionó Agata cerrando los ojos por un momento, perdido en sus pensamientos, cuando sintió que alguien lo tocaba. Se giró y vio a Maria cerca de él.
—Disculpe, señor Agata, ya podemos irnos —dijo Maria con una sonrisa.
—Sí, claro, niña —respondió Agata tranquilamente, recuperándose de su distracción y listo para acompañarlas.
—Bien, vayamos a buscar a mi hermano —dijo Maria alegremente. Juno asintió, y junto con Agata comenzaron a buscarlo por el lugar.
Mientras tanto, Elias y sus amigos caminaban entre las tiendas, rodeados de todo tipo de artículos: ropa, electrónicos y otras curiosidades. Elias se detuvo ante una vitrina llena de aparatos electrónicos, fascinado por lo extraños que se veían. La gente en el segundo piso lo miraba con curiosidad, y algunos sentados en las bancas no le quitaban el ojo de encima.
—Oye, Elias, ¿no tienes hambre? —preguntó Jack, recordando que habían pasado un buen rato desde que salieron de la academia.
—Sí, un poco —admitió Elias, un tanto avergonzado.
—Vamos a ese puesto de comida rápida —respondió Jack animado.
—¿Estás seguro? Como le dije a Juno, no tengo con qué pagarte —dijo Elias, sintiéndose un poco mal.
—No te preocupes, yo invito. Después de todo, somos amigos —respondió Jack alegremente. Elias asintió y siguió al grupo hasta el lugar.
Elias observó el local, que tenía una decoración rústica y moderna a la vez, con paredes de ladrillo y muchas mesas y sillas. Algunos comensales se detuvieron a mirarlo, sorprendidos, mientras él y sus amigos se acercaban al mostrador. Aunque nervioso, el empleado los atendió y tomaron sus pedidos antes de sentarse. Elias se ubicó en una mesa junto a Bill y Legoshi a su izquierda, y Jack y los demás en la mesa de al lado.
Miró su comida con curiosidad: papas fritas, una bebida oscura y lo que parecía ser un sándwich con algo en el medio. Todos esperaban expectantes a que Elias probara su comida.
—¿Qué pasa, Elias? —preguntó Jack al notar que no la tocaba.
—No es nada… Es solo que, a decir verdad, nunca vi algo así —respondió Elias sinceramente, mirando el plato.
—¿En tu país no existe este tipo de comida o lugares? —preguntó Jack, intrigado. Los demás escuchaban la conversación con interés.
—Realmente no, ni siquiera sé qué es la comida rápida, si te soy sincero —respondió Elias, rascándose la nuca con nerviosismo.
—Increíble, ustedes sí que viven muy alejados de las cosas modernas —comentó Bill al escuchar lo que decía.
—Tal vez… pero ustedes sí que tienen comida muy extraña —respondió Elias, sonriendo un poco.
—¿Por qué no la pruebas? —alentó Jack.
—Sí… —respondió Elias, tomando el sándwich y probándolo con un poco de recelo. Al primer bocado, notó que tenía un sabor algo parecido a la comida de la cafetería, solo que mejor. Sintió la textura arenosa y un toque de sal en la comida.
—Sabe bien, aunque es un poco mejor que la comida de la cafetería —dijo Elias sonriendo.
—Me alegra que te gustara —dijo Jack animadamente, y los demás comenzaron a comer y a conversar entre ellos.
Elias aprovechó el momento para dirigirse a Jack.
—Oye, Jack, por cierto, hay algo de lo que quería hablarles respecto al viaje —dijo Elias, llamando la atención de Jack y de los demás, que voltearon a escucharlo con curiosidad.
—Mmm, claro. ¿Qué es? —preguntó Jack mientras comía, interesado.
Elias miró a su alrededor, observando la cantidad de gente en el lugar. —Mejor se los digo cuando estemos en un lugar más privado… no quiero incomodarlos —respondió con nerviosismo, consciente de todas las miradas curiosas.
—No hay problema —respondió Jack, entendiendo la situación mientras observaba el lugar lleno.
Sin embargo, Bill interrumpió sin pensarlo. —¿Es acerca de algo de tu país? —preguntó con interés. Algunos de los clientes cercanos se atragantaron y otros escupieron sus bebidas. Jack y los chicos se quedaron quietos, notando que muchas miradas se enfocaban en ellos. Legoshi, rápido, intervino.
—No digas eso en voz alta —respondió Legoshi, lanzándole una mirada seria.
—Vamos, solo quiero saber —dijo Bill, con curiosidad. —Además, quiero conocerlo mejor. Apenas ahora nos conocemos —añadió, tratando de justificarse, mientras Legoshi lo miraba, dudando.
—Solo intenta ser más cuidadoso con lo que dices —advirtió Legoshi, señalando con la mirada el lugar lleno de gente.
—Sí, sí, claro, claro —respondió Bill con una sonrisa nerviosa, intentando calmar el ambiente. Tao y Aoba escuchaban atentos mientras Elias volvía a hablar.
—No es algo muy delicado, es solo que… —Elias hizo una pausa antes de continuar—. Es sobre la discusión que tuve con mi hermana al salir del metro. Ella no quiere que vayan —explicó con un aire desanimado, mirando su comida.
—¿Qué? Pero si hace un momento se comportaba diferente con nosotros —respondió Durham, serio, mirando a Elias.
—No es porque le caigan mal o los deteste… es porque realmente está preocupada por ustedes —aclaró Elias, con una expresión de preocupación.
—Es sobre eso que mencionaste, que no nos tratarían igual que tu nos tratas. Vamos, no te preocupes —respondió Jack con calma. Elias lo miró y asintió, suspirando.
—Sí, me ha estado rondando la cabeza desde que Juno me lo pidió. No puedo dejar de pensar en ello —dijo Elias en un tono preocupado.
—Vamos, Elias, ya lo sabemos. Te dijimos que no nos importa. Después de todo, estoy seguro de que nos tratarán bien si nos conocen mejor —respondió Miguno, animado.
—Sé que todos están muy positivos sobre ir, y es verdad que habrá gente que los trate bien… pero —Elias hizo una pausa, mirando a cada uno de ellos con seriedad— todavía hay personas que son muy fanáticas y realmente… los odian profundamente.
—¿No creo que sea tan malo, o sí? —preguntó Jack, intentando aligerar el ambiente con una sonrisa, aunque su expresión denotaba cierta preocupación. Elias lo miró, serio.
—Bueno, Jack… ahh, ¿cómo lo explico? —Elias miraba al techo, buscando las palabras adecuadas—. Algunas veces, en mi comunidad, se celebra un festival llamado "Marque le Lupo, ing" que significa algo así como "Marcar al lobo". En el festival, alguien de la comunidad se disfraza de lobo y los demás lo persiguen, lanzándole tomates.
Todos escuchaban con atención, especialmente Legoshi, quien parecía más intrigado por el nombre del festival que por la explicación.
—¿Y por qué le lanzan tomates? —interrumpió Legoshi, interesado.
—Bueno… —Elias hizo una pausa, pensativo—. Se supone que el festival tiene un significado simbólico. Cada tomate que golpea al que va disfrazado representa, en teoría, el acto de "matar" a un lobo. A medida que el disfrazado recibe más tomates, su traje se va tiñendo de rojo, simulando… bueno, como si estuviera sangrando.
Los rostros de sus amigos cambiaron a expresiones de sorpresa y algo de incomodidad.
—Al final, el disfrazado corre por toda la ciudad hasta llegar a la plaza principal, donde se quita el traje y… —Elias se detuvo y miró hacia su plato, antes de continuar en voz baja—… y lo colocan en una hoguera para simbolizar la "muerte" del lobo.
La inquietud se hizo visible en sus compañeros.
—¿Tú has participado alguna vez? —preguntó Aoba, serio, dudando un poco.
Elias asintió, un poco avergonzado.
—Sí, lo he hecho, pero… fui yo quien tuvo que disfrazarse de lobo en una ocasión. —Se cubrió el rostro con las manos, claramente avergonzado.
Sus amigos se miraban entre sí, incrédulos ante la confesión.
—¿Entonces significa que… aún sienten resentimiento hacia nosotros? —preguntó Jack, con una mezcla de curiosidad y preocupación.
—Bueno, puedo decir que, por parte de los más jóvenes, casi no nos importa ya que solo es un festival. Nunca hemos visto a alguno de ustedes, eso me incluye hasta ahora, solo hemos leído sobre ustedes en historias. A algunos, incluso, les encantaría conocerlos o verlos en persona —explicó Elias, tratando de aclararles el contexto. Los demás escuchaban atentamente, llenos de curiosidad y algo de inquietud.
—¿Espera, entonces ustedes quieren vernos? —preguntó Durham, incrédulo, mientras los demás lo miraban sorprendidos, sin poder creerlo.
—Sí —respondió Elias, recordando algo con una sonrisa—. De hecho, esto me recuerda una conversación que tuvieron unos compañeros cuando estaba en el servicio. Había uno al que le gustaba hacer preguntas tontas cuando estábamos en el cuartel, y un día nos soltó una que nos dejó perplejos. Dijo: "Oigan, ¿creen que las chicas animales son lindas?" —Elias soltó una leve risa al recordar—. Todos nos quedamos viéndolo raro, y uno de nosotros bromeó: "Creo que este se volvió a caer de la cama y se le zafó un tornillo." Nos empezamos a reír y a hacerle burlas tontas. Pero, de repente, uno de los tipos más serios del grupo se lo tomó en serio y dijo: "Tal vez sí lo sean."
Los chicos alrededor de la mesa escuchaban atentos y sorprendidos. —Nos quedamos en silencio cuando lo dijo —continuó Elias—, hasta que el que hizo la pregunta volvió a hablar, diciendo: "Vamos, piénsenlo, imaginen salir con una chica animal, sería divertido." Algunos empezaron a responderle de forma divertida. Uno le dijo: "¿Qué? ¿Y terminar lleno de pelos?" Otro bromeó: "O que te tenga que llevar cargando porque eres más pequeño y débil que ella." Solo me acuerdo de lo mucho que nos reímos, hasta que la discusión se puso más seria y empezaron a debatir cuál sería la mejor opción.
Los demás en la mesa lo miraron boquiabiertos, sin palabras ante lo que acababan de escuchar.
Todos miraban a Elias con una mezcla de sorpresa e incredulidad.
—¿Qué? —preguntó él, algo nervioso al notar las miradas curiosas que le lanzaban—. Es solo que… algunos de nosotros somos muy curiosos —dijo, rascándose la nuca con una sonrisa incómoda.
—¿Entonces no les importa que seamos de especies diferentes? —preguntó Collot, aún tratando de asimilar la situación.
—Pues, prácticamente no. Sé que suena extraño, pero algunos de nosotros somos así —respondió Elias, soltando una risa nerviosa. Los demás intercambiaron miradas, aún sorprendidos por la manera en que algunos humanos los veían.
—Pero, así como hay quienes querrían conocerlos y aprender de ustedes, también hay otros que preferirían hacerles daño. Eso es lo que realmente me preocupa —añadió Elias con un tono serio. Todos pudieron ver la preocupación reflejada en su rostro.
—Vamos, no es para tanto —respondió Jack, intentando aliviar el ambiente—. Además, no nos dijiste que el embajador de tu nación impondría algunas reglas antes de que vayamos.
—Sí… pero aún me preocupa. No quiero que piensen mal de nosotros, especialmente porque tengo una gran responsabilidad en mis hombros —suspiró Elias, dejando ver el agotamiento mental que llevaba consigo.
—¿A qué te refieres? —preguntó Tao con un toque de curiosidad.
Elias apoyó los codos en la mesa y se sostuvo la cabeza, liberando un poco de su tensión.
—Imaginen que tuvieran que representar a toda su especie en un lugar que apenas conocen, que deben hacer amigos y conocer lugares nuevos. Es… difícil. Más cuando sabes que todo tu país cuenta con que vuelvas con buenas noticias, que les dé esperanza de que todo vaya bien —explicó, dejando escapar parte de la presión que sentía.
Todos lo miraban con comprensión, notando por primera vez la carga que llevaba consigo.
—No sabía que te sentías así, Elias… —dijo Jack, mirándolo con preocupación.
—Sí, un poco. Pero ahora que mi hermana está aquí, puedo hablar con ella. Eso también me alivia un poco —respondió Elias, sonriendo levemente, como si quisiera devolver algo de calma al ambiente.
—Pero lo estás haciendo bien, por lo que veo —dijo Legoshi, tratando de animarlo. Elias volteó y sonrió.
—Gracias. Aunque todavía hay algunas cosas que me falta contarles, pero eso será después. Por ahora, será mejor que terminemos nuestra comida para poder visitar otros lugares —respondió Elias, agradecido y con una sonrisa para no preocuparlos.
Asintieron y continuaron comiendo, hablando sobre diferentes temas. Elias escuchaba con interés mientras los demás discutían de varias cosas; en un momento, oyó a Bill hablar sobre su novia, lo que parecía incomodar un poco a Legoshi, pero él estaba más atento a la conversación de Jack.
—Podemos ir a un mirador cerca de aquí —sugirió Jack, hablando con Miguno y los demás.
—Sí, así podríamos mostrarles mejor la ciudad a Elias y María —añadió Miguno alegremente. Los demás asintieron, proponiendo otros lugares también.
—¿Tú qué dices, Elias? —preguntó Durham, mientras Elias tomaba un sorbo de su refresco, y luego hacía muecas al sentir el gas. Los demás rieron por su expresión.
—¿Es tu primera vez probando refresco? —preguntó Durham, riendo.
—Sí. ¿Qué es esto? Sabe bien, pero ¿por qué tiene gas? —preguntó Elias, tratando de acostumbrarse a la sensación burbujeante.
—Es soda, pensábamos que ya la habías probado. Tiene gas carbonatado —explicó Jack entre risas.
—Sabe bien, pero el gas me pica en la boca —dijo Elias, aún sintiéndose raro. Luego añadió con una sonrisa—. A donde decidan ir, por mí está bien. Me gustaría conocer más de su ciudad.
—¡Bien! Entonces veremos muchos lugares —respondió Jack, animado.
Siguieron conversando hasta que salieron del lugar. Elias miró alrededor buscando a María cuando Miguno le habló.
—Oye, Elias, ¿no quieres ver los instrumentos? —preguntó Miguno, captando su atención.
—¡Claro! —Elias lo siguió, y ambos entraron en una tienda de instrumentos, seguidos por los demás. Ibuki parecía algo fastidiado, pero pensó: "Si no puedo dejarlos solos, tal vez pueda sacar algo de información importante".
Al entrar, Elias miró fascinado la gran cantidad de instrumentos. En las paredes colgaban instrumentos de diferentes marcas y formas. Al fondo, se podía ver un área de prueba con más instrumentos, incluso un piano. Los clientes y empleados de la tienda miraban a Elias con curiosidad, algunos con cierto recelo. Elias, sin embargo, se centró en las guitarras junto a Miguno, mientras los demás se dispersaban por la tienda. Jack se quedó al lado de Elias.
—¡Ah, esto es increíble! Nunca pensé ver tantas guitarras en mi vida —dijo Elias, emocionado.
—Veo que te gustan mucho las guitarras —comentó Miguno, sonriendo al verlo tan feliz.
—Sí, pero también sé tocar otros instrumentos —respondió Elias alegremente, observando los diferentes diseños. Jack escuchaba con interés.
—¿Qué otros instrumentos sabes tocar? —preguntó Jack, curioso.
—Bueno… sé tocar un poco de violín, tambores y… —se detuvo un momento, recordando algo incómodo—, y el piano —agregó Elias, esbozando una pequeña sonrisa.
—¿Sabes tocar todo eso? Vaya, no perdías el tiempo —dijo Miguno, sorprendido.
—Digamos que aprendí un poco de todo —contestó Elias, riendo nervioso.
—¿No quieres probar alguno? Hay un área donde dejan tocar los instrumentos que tienen en la tienda. Yo de vez en cuando vengo y los pruebo —ofreció Miguno, entusiasmado.
—Bueno… no sé, Miguno. Se ve que son caros solo con verlos, y no quisiera meterme en problemas —respondió Elias, mirando un poco nervioso.
—Vamos, no creo que se rompan. Aparte, muchos los usan para probarlos —insistió Miguno, mirándolo con una sonrisa alentadora.
—Tal vez... probaré uno —respondió Elias, cediendo ante la presión de Miguno.
—Oye, Elias, ¿por qué no pruebas el piano? —sugirió Jack, sonriéndole alegremente, lo que solo hizo que Elias se sintiera más nervioso.
—Sí, me da curiosidad ver qué tan bien lo tocas. Quiero escuchar qué tipo de música tocan ustedes —dijo Miguno con interés.
Jack y Miguno avanzaron hacia el área de prueba, mientras Elias se quedaba un poco atrás, nervioso, pero al final los siguió. Miraba a su alrededor, notando cómo algunos clientes y empleados lo observaban con curiosidad. Un ciervo vestido elegantemente se les acercó con una sonrisa.
—Ah, Miguno, has vuelto otra vez. Es un gusto verte y, por lo que veo, trajiste amigos —dijo el ciervo, con voz amable.
—Sí, señor Aime. Ellos son mis amigos de la academia. Este es Jack —dijo Miguno, presentándolo con una sonrisa.
—Y este es… —dijo Miguno, pero rápidamente lo interrumpió Aime—. ¿Elias, verdad? Eres el humano que llegó a la Academia Cherryton y el mismo que apareció en ese video que está circulando en internet —dijo Aime, mirándolo con seriedad y curiosidad.
—Sí, soy yo. Es un gusto conocerlo —respondió Elias, algo incómodo, saludándolo con la mano. No podía creer que ya supieran su nombre gracias a ese video.
—Bueno, yo soy el dueño de este lugar. Díganme, ¿qué los trae por aquí? —preguntó Aime, curioso al ver a Elias en su tienda.
—Queríamos probar un instrumento, pero más específicamente, queríamos oír cómo Elias tocaba el piano —respondió Miguno.
Aime abrió los ojos, intrigado por la petición.
—Oh, interesante. Así que sabes tocar el piano, además de la guitarra —dijo Aime, mirándolo con una mezcla de seriedad e interés.
—Sí, aprendí desde muy joven —respondió Elias, sintiéndose algo incómodo. Aime notó su reacción y se quedó pensativo, evaluando la situación. "Si lo dejo tocar, tal vez atraiga a más clientes. Solo espero que toque bien", pensó.
—Mmmm... Bueno, puedes probarlo si deseas. Solo sé cuidadoso —respondió Aime, serio.
—¡¿De verdad?! ¡Ves, Elias! Podrás probarlo —exclamó Miguno emocionado. Jack también compartía su entusiasmo, mientras Elias solo asintió, nervioso.
—Bien, vengan —dijo Aime, guiándolos hasta el piano. Elias lo miró impresionado.
—Increíble... Se ve muy refinado y limpio —comentó Elias, acercándose para verlo mejor.
Aime sonreía levemente, mirando la reacción de Elias.
—Sí, es uno de nuestros mejores pianos, y mi favorito —respondió Aime, viendo a Elias sentarse frente a él.
—En verdad se ve increíble. El que teníamos allá era muy viejo, pero siempre funcionaba. Era un poco más pequeño que este —dijo Elias, admirando el piano mientras abría la tapa de las teclas, revelando el color blanco y limpio.
—¿Está afinado? —preguntó Elias, volviendo la mirada hacia Aime y sus amigos, que estaban de pie a un lado.
—Sí, de hecho, yo mismo lo pruebo y lo afino de vez en cuando. Toco algunas canciones para comprobar su estado —respondió Aime, esperando con interés.
Elias asintió y se giró hacia el piano. Subió las manos, tocando suavemente las teclas con los dedos, pero antes de comenzar, se detuvo mirando el piano un poco triste. Jack, Miguno y Aime notaron su nerviosismo.
—¿Qué pasa, Elias? —preguntó Jack, algo preocupado.
—Ah, lo siento… Es que no les conté algo acerca de por qué sé tocar el piano —dijo Elias, con un tono triste, evocando un recuerdo que le hacía sentir incómodo. Jack lo miró con preocupación.
—Si quieres, no lo hagas... —lo interrumpió Elias con suavidad.
—No es por eso... —respondió Elias, tomando aire y mirando el piano—. Es que la razón es que me recuerda… a ella —dijo, serio, con un tono de tristeza en su voz.
Jack y Miguno lo miraron como se veía triste, incluso Aime, que lo observaba en silencio.
—¿Tus padres te obligaban? —preguntó Jack, tratando de entender lo que Elias había pasado.
—No, ellos nunca me obligaron. Fui yo quien quiso aprender —respondió Elias, mientras sus dedos descansaban suavemente sobre las teclas—. Fue gracias a ella, la madre superiora de la escuela donde estudiaba mi hermana, que aprendí todo lo que sé. Supongo que ella y mi abuelo se conocían bien... Puede que fuera estricta, pero siempre aprecio el potencial en mí y en mi hermana —agregó, con un aire de melancolía.
—Una de sus piezas favoritas era esta... se llama "Hora de Oro". La toqué para ella hasta el sus últimos días —murmuró Elias, antes de comenzar a tocar.
Las notas fluyeron de sus dedos, captando la atención de todos en la tienda. La melodía tenía una esencia nostálgica, y el sonido parecía llenar el lugar con una calma profunda.
—Sabes, Jack, no soy perfecto, y hace años que no toco un piano —dijo Elias mientras tocaba—, así que no esperen que suene demasiado bien.
Jack y Miguno escuchaban, cautivados por la emotividad de la melodía. Aime notó cómo una multitud comenzaba a reunirse alrededor, atraída por el sonido del piano.
Mientras tanto, afuera, Juno, María y Ágata subían al segundo piso buscándolos.
—Parece que no están en el primer piso. Deben estar en el segundo —dijo María con una sonrisa mientras subían las escaleras.
—Deben de estar cerca. No creo que hayan ido muy lejos —agregó Ágata.
Al llegar al segundo piso, vieron una multitud frente a una tienda, y Juno frunció el ceño, intrigada por el bullicio.
—¿Qué pasó? —preguntó, escuchando la música y sintiéndose confundida. María reconoció la melodía de inmediato y corrió hacia la multitud.
—¡¿María, espera?! —exclamó Juno, siguiéndola rápidamente.
Al entrar en la tienda, la gente se apartó al verla para dejarles pasar. Finalmente, llegaron hasta donde Elias estaba tocando el piano. María lo miró sorprendida sonriendo un poco, y él también la notó que traía ropa distinta, al igual que los demás. Ella se acercó lentamente y, se sentó a su lado y comenzó a tocar con él, cada uno ejecutando una parte de la pieza en perfecta sincronía.
—Increíble, tu amigo sabe tocar muy bien… y su hermana también —comentó Bill, impresionado mientras observaba a Elias y María tocar juntos.
—Sí, no esperaba que los humanos tocaran tan bien —añadió Aoba, escuchando atentamente.
—Yo tampoco esperaba algo así —dijo Legoshi, sorprendido, mientras miraba a los dos humanos, preguntándose qué otras habilidades podrían tener.
Tao observaba con admiración cómo Elias y María tocaban juntos, y decidió grabar el momento, al igual que muchas de las personas que los rodeaban. Al otro lado, Collot, Voss y Durham también miraban con asombro.
—Miren a Elias y María tocando al mismo tiempo… es increíble —dijo Durham, con los ojos fijos en los dos.
—Sí, no esperaba que supiera tocar el piano, y mucho menos que los dos pudieran hacerlo juntos —añadió Collot, impresionado.
Voss observaba en silencio, asombrado al igual que todos los presentes, mientras la música de los hermanos llenaba el ambiente, dejando a todos cautivados.
Juno estaba cerca de Jack y Miguno, todos escuchando a corta distancia, impresionados por cómo los hermanos tocaban en perfecta sincronía. A su alrededor, la multitud seguía acumulándose, atraída por la melodía.
Fuera de la tienda, Ibuki también escuchaba junto a Ágata, quien parecía impresionado.
—Oye, Ibuki… Es increíble cómo tocan esos dos. ¿Por qué crees que el jefe quiera al chico? —preguntó Ágata, observando la escena con curiosidad.
—No lo sé, pero supongo que quiere verlo de cerca. Aunque no puedo negar que son muy buenos, a pesar de venir de ese lugar lleno de demonios… como ellos —respondió Ibuki, admirando a los humanos con una mezcla de interés y recelo.
—Por cierto, Ibuki… ¿Qué hiciste con eso que te dio ese tipo? —preguntó Ágata, volteando a mirarlo, su curiosidad evidente.
Ibuki lo miró con seriedad.
—Lo probé —dijo con una expresión preocupada.
—¿¡Lo probaste en ti!? —preguntó Ágata, alarmado.
—No, nunca haría algo así. ¿Crees que soy un idiota? —replicó Ibuki, visiblemente molesto. Ágata se calmó un poco.
—¿Entonces a quién se lo diste? —preguntó Ágata, aún intrigado.
Ibuki lo miró con severidad.
—Si te lo digo, no podrás hablar de esto con nadie —respondió, más serio de lo habitual.
Ágata, algo inquieto, asintió.
—Bien, pero no digas que no te lo advertí —continuó Ibuki en voz baja—. Se lo di a uno de esos adictos que traen los traficantes para sus apuestas en peleas. Al principio, actuaba como cualquier adicto a la carne. Lo vi tomarse el líquido, y cuando se lo terminó, su comportamiento cambió por completo. Se veía más calmado, sin ninguna expresión en su rostro, y su mirada se volvió fría, como si algo dentro de él se hubiese roto. Fue… inquietante.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Cuando comenzó la pelea, colgaron un trozo de carne en medio. El oponente de siempre salió, entregado a sus instintos, pero este otro... salió calmado, observándolo. No hizo nada hasta que el otro se lanzó sobre él. Lo esquivó con facilidad, lo tomó del cuello y lo estampó contra la pared, arrastrándolo. Lo que pasó después fue una carnicería. Al final, el lugar quedó cubierto de rojo, y él seguía sin mostrar ninguna emoción.
Ágata escuchaba con una expresión de miedo mientras Ibuki le contaba los detalles.
—¿Entonces… volvió a la normalidad? —preguntó, interrumpiéndolo.
Ibuki lo miró con seriedad.
—No, ni siquiera miraba la carne. Miraba al público de una forma inquietante. Cuando abrieron la jaula para que saliera, no lo hizo; en cambio, subió y empezó a tratar de abrirla a la fuerza, doblando los barrotes. Casi lo logra, y cuando entró seguridad para detenerlo, bajó y comenzó a pelear con ellos, superándolos en fuerza. Al final, le dispararon y se deshicieron de él —relató Ibuki, aún impactado por lo que había presenciado.
Ágata empezó a sentir un renovado temor hacia los humanos, mirando de reojo a Elias y María, que seguían tocando.
—Entonces… lo que dicen es cierto. Los humanos son demonios —murmuró Ágata, asustado.
—¿Crees que el jefe se los quiera comer? ¿Y si al probar su sangre o su carne se vuelve igual? —preguntó, cada vez más preocupado.
—No lo sé, pero si llega a considerarlo, intentaré disuadirlo —respondió Ibuki con firmeza. Ágata asintió, sintiéndose un poco aliviado.
—¿Y qué hiciste con los demás frascos? —preguntó con curiosidad.
—Los tiré y les prendí fuego. Esa mierda es demasiado peligrosa para que esté circulando en el mercado negro. Solo espero que ese producto no haya tenido éxito entre los que trafica Zac —contestó Ibuki, observando cómo María y Elias terminaban de tocar.
Ágata, aunque se sentía más tranquilo al saber que Ibuki estaba haciendo lo correcto, entendía que debía mantenerse alerta ante cualquier peligro similar.
María y Elias terminaron de tocar el piano, y por un momento, todos se quedaron en silencio. Elias volteó a ver a su hermana.
—Nunca pensé que volverías a tocar un piano —dijo ella con una sonrisa.
—Sabes, es bueno recordar que aún puedo tocarlo, pero… me recuerda mucho a ella —respondió Elias con un tono serio, mirándola.
—Vamos, no te pongas triste. Después de todo, ella hubiera querido que sonrieras —dijo María, abrazándolo con calidez.
—Lo sé —Elias le devolvió el abrazo y, después de separarse, la miró con curiosidad—. Por cierto, ¿y esa ropa?
María se paró rápidamente y, entre risas, giró para mostrarle.
—¿Qué te parece? Juno me ayudó a elegirla —dijo alegremente.
—Te ves bien, te queda muy bien, hermanita —respondió Elias con una sonrisa sincera.
Antes de que pudieran decir algo más, escucharon los aplausos de Aime. Ambos se giraron, y pronto los clientes alrededor también comenzaron a aplaudir. Elias se colocó junto a María, un poco nervioso, mientras ambos agradecían al público; Elias saludaba con timidez, y María sonreía mientras saludaba con entusiasmo.
Jack, Miguno y Juno se acercaron, emocionados y sonrientes.
—¡Eso fue increíble! —exclamó Jack, moviendo la cola con alegría.
—Sí, no sabía que tocabas tan bien —dijo Miguno, impresionado.
—No sabía que podían tocar el piano al mismo tiempo. Son impresionantes, sí que están llenos de sorpresas —añadió Juno alegre, mirándolos con admiración y moviendo la cola.
Elias, un poco abrumado por tanta atención, sonrió nervioso, pero no pudo evitar sentirse agradecido por el apoyo de sus amigos.
Gracias, no esperaba que les gustara —respondió Elias, llevándose la mano a la nuca para intentar calmarse.
—Tu hermana también es impresionante, cómo se unió para tocar junto a ti —dijo Jack animado, volviendo la mirada hacia María. Al verla mejor, con su ropa nueva.
—¿Te gustó cómo tocamos? —le preguntó María, inclinándose un poco y sonriéndole.
—S-s-sí —respondió Jack nervioso, desviando la mirada, evidentemente avergonzado. María soltó una ligera risa.
—Me alegra que te haya gustado —dijo ella, todavía sonriendo.
—¡Eso fue increíble! Me encantó su música —añadió Miguno con una sonrisa, primero mirando a Elias y luego a María, quien le devolvió la sonrisa. Ambos agradecieron a sus amigos, encantados por el entusiasmo de todos.
—¡Bravo! Ustedes dos sí que son interesantes. Nunca pensé que conocería a un par de humanos en mi vida, pero para ser la primera vez me han dejado sin palabras —dijo el dueño de la tienda, Aime, visiblemente impresionado y hablando con calma. Esto tomó a María por sorpresa, y se ocultó tras Elias, mirándolo con cautela.
—Ah, lo siento si te asusté. Soy el dueño, puedes llamarme Aime. Tú debes ser la hermana de Elias —añadió Aime de forma amigable al notar el parecido.
—Sí, soy María, su hermana. Es un gusto conocerlo —respondió ella con calma, asomándose ligeramente desde atrás de Elias.
—Es un gusto conocerte, María. Ustedes dos no son como los describen en esos libros —comentó Aime, aún sorprendido y algo serio. María lo escuchó con curiosidad, aunque antes de que pudiera decir algo, Elias se adelantó.
—No, realmente somos como ustedes —respondió Elias, esbozando una sonrisa nerviosa. María decidió guardar sus preguntas para después, observando la conversación en silencio.
—Tocan muy bien los dos, y además tú sabes cantar y tocar otro instrumento —dijo Aime con amabilidad, y luego miró a María, que seguía escondida detrás de su hermano—. Supongo que tu hermana también tiene talento en la música.
—Sí, pero ella es mejor que yo en eso; muchos dicen que canta como un ángel —dijo Elias, sonriendo con orgullo. De inmediato, Juno se acercó con entusiasmo.
—¿¡Sabes cantar!? —preguntó Juno, con los ojos brillando de expectativa.
—Sí… —respondió María amablemente, saliendo un poco de detrás de Elias.
—¿¡Podrías cantar algo!? —suplicó Juno, emocionada. Todos los presentes escuchaban la conversación atentamente, y María, nerviosa, soltó una risa suave.
—Bueno… hace tiempo que no practico, puede que esté un poco desafinada —dijo María con humildad, notando que el rostro de Juno empezaba a mostrar decepción. Para evitar que se pusiera triste, le hizo una propuesta—. Pero, ¿qué te parece si canto en el festival que mencionó mi hermano? Solo necesitaría que él toque el piano.
Los ojos de Juno se iluminaron de alegría.
—¿¡De verdad!? —preguntó Juno, emocionada, y María asintió con una sonrisa. La expectación creció entre quienes los escuchaban.
Miguno escucho y se acercó para hablar con ellos.
—No quiero ser aguafiestas, pero… no hay piano en el club de musica para el festival —comentó Miguno, algo desanimado. La noticia apagó un poco el entusiasmo de Juno, y algunos del público también suspiraron decepcionados. Aime, que había escuchado la conversación con interés, intervino.
—¿Qué tal si les presto mi piano para el festival? —dijo Aime, captando la atención de todos.
—¿¡De verdad!? —preguntó Miguno, incrédulo.
Rápidamente Elias hablo algo preocupado.
—Sí, aunque… no quisiera romperlo, es muy caro y no podría pagarlo si algo le pasa —respondió Elias, preocupado, mientras María y Juno observaban, Jack estaba sumido en sus pensamientos cuando vio a sus compañeros acercarse para hablar con él.
—No te preocupes, yo me aseguraré de que esté bien. Además, quiero ir y escuchar su música; me intriga su cultura musical. Hablaré con su director para hacer los arreglos —aseguró Aime amablemente.
Miguno no podía creer que alguien prestara un instrumento tan costoso, y Juno estaba radiante, charlando emocionada con María, que también sonreía. Mientras tanto, Elias, perdido en sus pensamientos y con una sonrisa nerviosa, pensaba: "¿Por qué me pasan este tipo de cosas?"
—Bueno, será mejor que nos vayamos, así podremos ver otros lugares antes de que se haga tarde —sugirió Juno alegremente, mientras Elias, María y Miguno asentían.
—Sí… —respondió Elias sonriendo, y luego se volvió hacia Aime—. Por cierto, señor Aime, fue un gusto conocerlo. Muchas gracias por dejarnos probar su piano en su tienda.
—Sí, muchas gracias —añadió María, con una sonrisa agradecida.
—De nada, son libres de venir cuando quieran. Los veré después, estaré esperando con ansias el festival para escucharlos —dijo Aime amablemente, despidiéndose de ellos con una sonrisa.
—Gracias, señor Aime —dijo Miguno, devolviéndole la sonrisa.
—Sí, trae a tus amigos cuando quieran. Bueno, me retiro… —Aime se despidió de ellos y se giró para regresar a su trabajo, pero se detuvo por un momento—. Ah, por cierto, tienen muchos espectadores.
María y Elias se giraron, dándose cuenta de la multitud que los rodeaba. Al notarlo, María rápidamente se escondió detrás de Elias, algo asustada, mientras él solo se sentía nervioso ante tanta atención.
—Vamos, los demás ya están aquí —dijo Juno alegremente, notando la incomodidad de ambos y guiándolos hacia la salida. Elias, aún nervioso, asintió y comenzó a caminar, seguido por María que permanecía cerca de él, y luego Miguno, que se unió al grupo donde estaban Bill, Legoshi, Tao y Aoba.
—¡Eso fue increíble! —exclamó Bill, mirándolos emocionado.
—Sí, ¿quién imaginaría que sabrían tocar el piano así? —añadió Aoba, impresionado.
—Su música es muy buena. Nunca pensé que ustedes harían cosas como esas —comentó Legoshi, observándolos directamente. María, al notar su mirada, se sintió incómoda y se ocultó un poco más detrás de Elias, murmurándole algo en voz baja que solo él pudo escuchar. Legoshi lo notó y, queriendo calmar la situación, sonrió.
—Ah, sí, gracias. Me alegra que les haya gustado —respondió Elias, devolviéndole una sonrisa nerviosa.
Tao se acercó, esta vez mucho más emocionado y seguro que la primera vez que conoció a Elias.
—¿De verdad van a tocar en el festival? —preguntó, con una mirada de entusiasmo.
—Sí —contestó Elias, sonriéndole levemente, y luego miró hacia Jack y los demás.
—Ah, ustedes sí que guardan muchos secretos. Me pregunto qué más pueden hacer —comentó Durham, animado y alegre.
—Sí, me sorprende. Nunca creí que ustedes, los humanos, fueran tan talentosos —agregó Collot, con una sonrisa de admiración.
—Seguro son famosos en su país —dijo Voss alegremente. Elias y María rieron.
—No, solo lo hacemos como un pasatiempo... bueno, ya que no hay mucho que hacer allá —respondió Elias, esbozando una sonrisa nerviosa.
—Sí, solo lo hacemos como pasatiempo. A veces me invitan a cantar en la plaza principal de la ciudad por las festividades —añadió María, sonriendo.
Todos la miraron, incrédulos. Era difícil de creer que alguien con tanto talento lo viera solo como un pasatiempo.
—Pero bueno, será mejor irnos; quiero ver su ciudad —dijo Elias, animado.
—Ah, espera —lo interrumpió María, calmadamente, llamando la atención de todos. Salió de detrás de Elias, quedando frente al grupo y mirándolos a todos antes de inclinarse, disculpándose—. Quisiera pedirles disculpas a todos por... mi comportamiento cuando llegué aquí.
Ellos la miraron en silencio, mientras continuaba.
—Perdón por ser tan terca. Y también me disculpo contigo nuevamente, Jack, por llamarte de esa manera. Después de todo, no son tan diferentes de un humano —concluyó María, levantando la mirada para observarlos, viendo expresiones comprensivas en todos.
—Vamos, María, supongo que debías sentirte asustada. No te culpo si desconfiaste un poco de nosotros —dijo Juno de manera comprensiva y tranquila.
—Sí, ella tiene razón. Después de todo, cuando llegó tu hermano, también se veía muy asustado. Y no te culpo por lo que nos dijiste —añadió Jack, sonriéndole y aceptando la disculpa.
Los demás empezaron a aceptar su disculpa, aunque Bill, Tao y Aoba, quienes no estaban al tanto de lo ocurrido, se miraron confundidos.
—Gracias. Realmente me siento mal por lo que dije, y quisiera conocerlos a todos ustedes... ya que no sé sus nombres —dijo María, sonriendo alegremente.
Bill fue el primero en presentarse.
—Soy Bill, un gusto conocerlos a ustedes dos —dijo alegremente, mirando a Aoba.
—Yo soy Aoba, es un placer —añadió este último, tranquilo, mientras Tao, al lado de él, tomaba la palabra.
—Y-yo soy Tao. Es un gusto —dijo tímidamente.
Luego, el grupo que estaba con Jack y Juno también se presentó.
—Yo soy Durham, un gusto —dijo sonriente.
—Soy Collot, encantado de conocerlos —dijo, saludándola amablemente.
—Soy Miguno, mucho gusto —dijo alegremente, sonriéndole.
—Y yo soy Voss —añadió con una sonrisa.
María observó cómo todos se presentaban con ella, y su rostro se iluminó con una amplia sonrisa.
—¡Es un gusto conocerlos a todos! —dijo con alegría.
—Ah, lo siento por no haberte dicho mi nombre antes. Soy Legoshi, un placer conocerte —se presentó él también, ofreciéndole la mano.
María observó la mano de Legoshi acercarse y, con un pequeño temblor, extendió la suya y la estrechó suavemente, sintiendo la firmeza y el cuidado de su apretón. Miró a Legoshi a los ojos y sonrió.
—Eres un "Magnus Lupo Gris, sehr adorabilis malgré que parezcas terribilis." —dijo María alegremente, dejando a Legoshi y a los demás un tanto confundidos por su idiomas, pero su sonrisa les contagió.
Elias esbozó una sonrisa y bromeó con ella en el mismo tono.
— "Veritatem? Adorabilis videtur tibi, ing? Ego credidi que ti placent les lapins!" —dijo en voz baja, divertido.
María se rió y se acercó más a Legoshi, tomando con delicadeza una de sus orejas y acariciándola, mientras él se ruborizaba, sin saber cómo reaccionar. Los demás miraban asombrados, pues ella parecía disfrutar genuinamente de la textura de sus orejas.
—"Non possum resistieren plus, omnes sunt sehr adorabilis, praesertim leurs oreilles sunt belle, ing!" —comentó María feliz, jugueteando con las orejas de Legoshi, quien estaba completamente avergonzado.
Elias se acercó y le sonrió para tranquilizarlo.
—Tranquilo, Legoshi —dijo entre risas.
—¿P-por qué tu hermana me está tocando así? —preguntó Legoshi, nervioso y sonrojado, mirando a Elias en busca de respuestas.
—Bueno… es que mi hermana te considera adorable, lo siento si no pidió permiso. Cuando algo le gusta, suele querer tocarlo sin más.
Legoshi tartamudeó, sin poder evitar sentirse apenado.
—¿Q-quiero decir que le gusto a tu hermana? —preguntó, más avergonzado.
Elias soltó una risa.
Elias negó con la cabeza. —No es exactamente eso; simplemente le resultas muy adorable.
Legoshi frunció el ceño, confundido, mientras María seguía acariciándolo. —¿A qué te refieres con eso? preguntó.
—Es difícil de explicar, pero no es amor. Es más como un cariño sin ningún tipo de enamoramiento. Te considera adorable, como cuando alguien siente ese impulso de proteger algo pequeño o tierno. —explicó Elias, riéndose. —Seguro lo has sentido antes con alguien.
Legoshi asintió, recordando cómo sentía ese impulso protector hacia Haru. Los demás también empezaron a comprender la sensación.
—¿Estás diciendo que ustedes también sienten eso? —preguntó Bill, aún dudoso.
Elias asintió, un poco nervioso.
—Sí, de cierta manera... yo también quiero acariciarles, pero he tratado de contenerme desde que llegue.
Jack y los demás se miraron con incredulidad, mientras Legoshi se ruborizaba aún más al ver a María seguir acariciando sus orejas.
—¿Quieres decir que… también te gustaría acariciarnos como ella? —preguntó Jack, acercándose con una expresión divertida.
Elias miró hacia otro lado, nervioso.
—Sí… de cierta manera, en especial a ti y a Juno. Tienen unos ojos grandes y… muy adorables —respondió Elias sinceramente, dejando a Jack y Juno algo atónitos.
Juno, sorprendida y divertida, se acercó a Elias con una sonrisa juguetona.
—¿De verdad… te parezco adorable? —preguntó Juno, mirándolo fijamente con sus grandes ojos.
Elias, algo avergonzado, asintió y desvió la mirada, sin poder ocultar una leve sonrisa.
—Mmh, entonces te dejo que me acaricies —dijo Juno, mirándolo con una sonrisa. Elias la observó, sin poder creerlo, con un ligero sonrojo en las mejillas.
—N-no, Juno, no quisiera incomodarte —respondió Elias, tartamudeando de la vergüenza.
—Vamos, no me incomoda —dijo Juno mientras tomaba la mano de Elias y la colocaba sobre su cabeza, sorprendiéndolo.
—Es-espera, Juno... —murmuró Elias, cada vez más sonrojado. Sintiendo el suave pelaje de sus orejas, no pudo resistirse y comenzó a acariciarlas con delicadeza.
—Lo siento, Juno, pero ya no puedo más —dijo Elias, sonriendo mientras dejaba que su otra mano también acariciara la otra oreja de Juno. Ella, sorprendida, lo miraba sin decir palabra mientras él continuaba, fascinado por la suavidad.
—Lo siento, Juno, eres muy suave —admitió Elias, pasando sus manos por sus orejas una y otra vez, sin dejar de sonreír. Legoshi, que había estado observando la escena, también estaba sorprendido, cuando de repente sintió que María dejaba de tocarlo y se acercaba para unirse a Elias, comenzando a acariciar también a Juno.
"Por fin terminó, pero… ¿por qué huelen así?", pensó Legoshi, sintiéndose aliviado pero notando el peculiar aroma que emanaba de Elias y María. Sin poder evitarlo, su cola comenzó a moverse ligeramente, y él lo notó, nervioso. "¿¡Por qué estoy moviendo mi cola!? ¿¡Qué me está pasando!?" pensó, tratando de detener el movimiento.
Los demás observaron a Legoshi y notaron también el extraño aroma en el aire.
—¿Hueles eso? —preguntó Bill, observando cómo Elias y María seguían acariciando a Juno, que parecía estar disfrutando de la atención.
—Sí, emana de los dos… pero, por alguna razón, siento que parece divertido —respondió Tao, con una ligera sonrisa.
—¿De qué están hablando? Yo no huelo nada —dijo Aoba, confundido al ver la escena sin entender del todo lo que sucedía.
María y Elias se detuvieron lentamente, dejando a Juno un poco despeinada mientras seguían sonriendo.
—Lo siento, Juno, pero… me ganó el impulso —dijo Elias, avergonzado y sonriendo mientras trataba de calmarse.
—Sí, yo también lo siento —dijo María, disculpándose y sonriendo.
Juno, sin embargo, parecía muy alegre.
—No hay problema… pero se siente raro —dijo, moviendo la cola de alegría. Fue entonces cuando Durham se acercó y los interrumpió.
—Ah, chicos, creo que será mejor que nos vayamos… —se acercó a ellos y bajó la voz—. Estamos en público —señaló con el pulgar a la multitud que los observaba.
Elias y María miraron alrededor, sintiéndose repentinamente avergonzados. María se escondió detrás de Elias.
—S-sí, tienes razón. Vamos —respondió Elias, comenzando a caminar para salir del centro comercial.
Juno los siguió de cerca, feliz de estar con ellos. Los demás, que los habían observado en silencio, intercambiaron miradas y murmuraron entre sí, todavía confundidos por el extraño aroma que habían percibido. Finalmente, comenzaron a avanzar para seguirlos mientras hablaban entre ellos.
Legoshi, que los seguía, notó a Jack acercarse.
—Oye, Legoshi —dijo Jack, llamando su atención.
—¿Sí? ¿Qué pasa? —preguntó Legoshi, mirando a Jack de reojo mientras bajaban las escaleras automáticas.
—¿Pudiste oler el aroma que salía de los dos? —preguntó Jack, queriendo confirmarlo.
—Sí, lo percibí, pero parece que ya dejaron de oler así… aunque, por alguna razón, sentía la misma felicidad que ellos cuando ella me estaba tocando las orejas —respondió Legoshi, aún confundido por su propia reacción.
—Realmente, los humanos son raros. No sabía que podían hacer eso —dijo Jack, sorprendido e intrigado.
Salieron del centro comercial y se dirigieron al mirador que Jack había sugerido. Caminaban por las calles llenas de gente que los observaba con curiosidad, aunque apartaban la mirada al ver a Ibuki y Agata. Elias y María seguían de cerca a Juno, y cuando llegaron a la plaza con el mirador, quedaron asombrados al ver la ciudad en su totalidad. En el lugar había un monumento: una gran piedra en el centro con nombres grabados, rodeada de bancas y árboles que adornaban los pequeños jardines.
nota:
para los que quieran saber cual es la musica aqui el link: watch?v=1jhh-20r4rA
disfrutenlo.
