nota:

corrigiendo errores en los capitulos


María se acercó al borde de la barandilla para tener una mejor vista de la ciudad. El sitio estaba medio vacío, con solo unos pocos transeúntes.

—¡Ahhhh! ¡Esta ciudad es tan grande! —dijo María emocionada, sus ojos brillando mientras contemplaba el paisaje. Juno la miraba con una sonrisa al ver cuánto le gustaba el lugar.

—¡Mira, hermano, se puede ver la academia desde aquí! —exclamó María, llamando a Elias.

—Voy, voy —respondió Elias algo cansado, tras subir la colina. Se colocó a su lado para mirar junto a ella—. Increíble, desde aquí se ve todo muy bien —comentó con entusiasmo.

Juno se acercó también, mientras los demás se sentaban en las bancas cercanas para descansar y observarlos.

—Me alegro de que te guste —dijo Juno sonriendo. María la miró, también feliz.

—Sí, nunca había visto una ciudad tan grande. Ni siquiera las de Edén son así de enormes —respondió María con una gran sonrisa. Todos notaban su alegría, y Juno sintió curiosidad.

—¿Les puedo hacer una pregunta a los dos? —preguntó Juno intrigada, captando la atención de Legoshi y los demás.

—Claro, ¿qué pasa, Juno? —preguntó Elias, volviendo la mirada hacia ella.

—Bueno, tengo curiosidad… ¿por qué olían así cuando me acariciaban a mí y a Legoshi? —preguntó Juno, curiosa. Los demás escuchaban atentamente.

María rápidamente se olió a sí misma y luego a Elias, quien, apenado, se apartó. Juno y los demás se rieron suavemente ante sus reacciones.

—Yo no huelo nada, y Elias tampoco huele raro —dijo María, confundida.

—Ah, no me refería a que olieran mal, sino que cuando estaban cerca de mí podía oler un aroma especial, como si fuera muy… alegre, por alguna razón —explicó Juno, tratando de describir el olor. María y Elias intentaban entender a qué se refería.

—Sí, yo también lo olí, y los demás también. Además, sentía una paz especial por alguna razón —dijo Legoshi, recordando su propia sensación.

Elias y María se miraron, pensativos, hasta que Elias pareció entender algo.

—¡Ah! Creo que ya sé qué es —dijo Elias, llamando la atención de todos.

—¿Qué es? —preguntó María, curiosa.

—Bueno, según lo que vi en la clase de biología, algunos animales pueden oler las hormonas. Creo que ustedes pueden oler una hormona específica que producimos, llamada oxitocina —explicó Elias.

—Pero nosotros también producimos esas hormonas —dijo Jack, incrédulo por que fuera eso.

—Sí, pero, según lo que leí, ustedes las generan, aunque no de la misma forma ni en la misma cantidad que nosotros. Nuestro cuerpo la produce en mayor cantidad debido a diferencias fisiológicas —respondió Elias mirando a Jack.

—Entonces, ¿ustedes pueden producirla más intensamente? ¿Es por eso que nos sentíamos tan felices y en paz? —preguntó Jack, asombrado.

—Exacto. Eso hace que puedan sentir nuestras emociones, ya que de alguna manera pueden olerlas no se si sea atraves de los poros de la piel o de otra manera —respondió Elias, con una sonrisa.

Jack parecía intrigado, mientras que algunos de los demás, aún confundidos, trataban de entender la explicación.

—Disculpa que pregunte, pero ¿qué es la oxitocina? —preguntó Legoshi, curioso sin saber a qué se referían.

—Ah, bueno, es conocida como la "hormona del amor". Se libera cuando estás con alguien que quieres, como un familiar, o cuando abrazas a alguien conocido o con alguien que amas —explicó Elias amablemente.

Legoshi y los demás comprendieron finalmente. Agata e Ibuki escuchaban también, entendiendo un poco más sobre la naturaleza de los humanos y la razón de aquel comportamiento peculiar del adicto.

—Entonces, ¿ustedes sienten las emociones de manera un poco más intensa? —preguntó Juno, intrigada.

—Sí, algo así —respondió Elias tranquilamente.

Con esa explicación, todos comprendieron un poco mejor a Elias y María, y en general, la biología humana.

Elias y Maria conversaban alegremente con el grupo, mientras Ibuki y Ágata mantenían una conversación en voz baja, asegurándose de que nadie los escuchara.

—Oye, Ibuki, ¿crees que por eso el adicto se comportó así? —preguntó Ágata en un susurro, lanzando una mirada cautelosa hacia Elias y Maria.

—Tal vez —respondió Ibuki, también en voz baja—. Pero por ahora dejaremos de intentar llevarlos al mercado negro. Lo mejor será sacar toda la información que podamos primero.

Ibuki observaba a Elias y Maria, que reían despreocupadamente junto a ellos, mientras en su mente repetía una inquietante conclusión: "Realmente son muy peligrosos los humanos."

De repente, Maria dejó de reír y, con curiosidad, dirigió su mirada al centro de la plaza.

—Por cierto, ¿qué es ese monumento en medio del lugar? —preguntó intrigada.

Jack, al notar el interés de Maria, cambió su postura, claramente incómodo ante la pregunta. Los demás también sintieron el peso del momento.

—Ah, es un monumento a los... caídos durante la guerra —contestó Jack, con un tono precavido, temiendo que la reacción de Maria pudiera ser negativa.

—Oh, quiero verlo —dijo Maria, sin dudar, mientras sonreía con entusiasmo.

Jack se levantó de la banca y la acompañó hasta el monumento. Elias hizo el amago de seguirlos, pero en ese instante, Bill lo detuvo.

—Oye, Elias.

Elias se volteó, sorprendido por el llamado inesperado.

—¿Sí? ¿Qué pasa? —preguntó, observando a Bill con curiosidad.

—Quería preguntarte si realmente vas a llevar a ellos a tu país —dijo Bill, refiriéndose a los compañeros de cuarto de Legoshi y a Juno.

Elias asintió lentamente, sin entender a dónde quería llegar Bill.

—Sí, como dije antes, planeo ir con ellos en las vacaciones de verano. ¿Por qué?

Bill vaciló un instante antes de responder, notoriamente nervioso.

—Bueno... quería saber si también puedo ir.

Las palabras de Bill cayeron como un rayo sobre el grupo. Aoba y Tao lo miraron incrédulos, mientras que Elias apenas podía creer lo que escuchaba. Su mente se llenó de dudas. "¿Otro más? ¿Esto es una broma?" pensó, sintiendo cómo la preocupación se apoderaba de él ante la perspectiva de llevar a más personas.

Elias dirigió una mirada seria a Bill, quien parecía cada vez más incómodo por el prolongado silencio.

—Lo... lo siento, sé que nos acabamos de conocer, pero realmente, después de ver lo bien que te llevas con ellos, quiero conocer mejor a los humanos como tú —añadió Bill, con un tono titubeante.

—¡¿Qué?! ¿¡Quieres ir?! —exclamó Aoba, completamente descolocado por la petición de su amigo.

—¿Bill, por qué? —preguntó Tao, claramente preocupado.

—Vamos, solo quiero conocerlos mejor —respondió Bill, enfrentando la mirada de Aoba con tranquilidad.

—Si no te conociera, diría que estás loco —respondió Aoba, todavía atónito.

Elias seguía observando la conversación, sintiendo que las cosas se le escapaban de las manos. Finalmente, decidió intervenir.

—Mira, Bill, realmente no sé si podré llevar a más de ustedes. No estoy seguro de dónde se quedarían todos ustedes, y además, no he hablado con la embajada sobre cuántos podrían viajar —dijo Elias, tratando de explicar la situación con la mayor calma posible, aunque su nerviosismo era evidente.

Todos lo miraron, expectantes.

—Espera... ¿todavía no has hablado con tu embajada sobre cuantos podemos ir? —preguntó Durham, mirándolo con seriedad.

Elias asintió, intentando no parecer más nervioso de lo que ya estaba.

—No, aún no. Y como dije, no sé cuántos me permitirán llevar ni dónde podrían quedarse. Mi casa no es lo suficientemente grande para todos ustedes —admitió Elias, pasando una mano por su cabello en un intento de relajarse.

–¿Entonces puedo ir? –preguntó Bill, insistente, mientras observaba a Elias con esperanza.

–Bueno, no lo sé, pero veré qué me dicen en la embajada cuando les mande una carta –respondió Elias, intentando calmar la insistencia de Bill. Luego, se giró para mirar a Aoba y Tao, cruzando los brazos y adoptando una expresión seria–. Supongo que también van a querer ir, ¿verdad?

Aoba soltó un suspiro antes de responder, intentando mantener la compostura aunque en el fondo estaba nervioso.

–Bueno, supongo que sí... Después de todo, Bill se metería en problemas si no fuera –admitió Aoba, su tono tranquilo aunque con una tensión evidente. Elias desvió la mirada hacia Tao, que parecía notablemente más nervioso y asustado.

–Bueno, yo... yo... realmente no lo sé –tartamudeó Tao, temblando ligeramente–. Pero... también siento un poco de curiosidad. Solo quiero saber algo... ¿ustedes no lanzan maldiciones, verdad? –preguntó Tao con temor, observando a Elias con incertidumbre.

Hubo un breve silencio, y luego Elias soltó una carcajada, aliviando un poco la tensión en el aire.

–No, claro que no –respondió Elias, aún riendo por la absurda pregunta de Tao. La conversación continuó de manera más relajada, mientras Maria y Jack se encontraban frente al monumento.

La piedra de granito negro se alzaba imponente en el centro de la plaza, una estructura rectangular cuyas superficies estaban cubiertas de nombres grabados en interminables filas. Maria, intrigada, se agachó para leer una pequeña placa de bronce colocada al pie del monumento.

–"En memoria de los caídos en la colina de Zebuth y a todos los que dieron su vida. 19XX" –leyó en voz baja, acariciando con la yema de sus dedos la fría superficie de la placa. Jack, a su lado, la observaba con cierta incomodidad, como si no supiera cómo abordar el tema.

–¿No se supone que la colina de Zebuth es donde está la academia? –preguntó Maria, mirando a Jack con curiosidad.

Jack tragó saliva, esbozando una sonrisa nerviosa.

–Sí... Bueno, según lo que sé, este monumento se colocó aquí como un símbolo para recordar a aquellos que cayeron allí. Es por eso que la plaza está orientada hacia la academia –explicó Jack, su voz intentando sonar calmada. Maria desvió la mirada hacia la piedra, pasando suavemente la mano sobre los nombres tallados, perdiéndose en ellos.

–Es triste ver que tantos perdieron la vida en una guerra... por las malas decisiones de unos pocos –comentó Maria, su voz grave y seria, aunque ocultaba su tristeza detrás de una expresión neutral. Jack sintió el peso de sus palabras y compartió el dolor que ellas transmitían.

–Sí... Fue una guerra larga y dolorosa –dijo Jack, con una mezcla de melancolía y respeto–. Muchos de estos nombres son de aquellos que se sacrificaron para tomar la colina. No puedo imaginar lo que debieron sentir estando ahí.

–Yo tampoco me imagino el miedo y desesperación que sentían en ese momento, nosotros también tenemos monumentos como este... para recordar a los que murieron durante la guerra –añadió Maria, su rostro reflejando una tristeza contenida–. Es doloroso ver cómo nos aferramos al pasado.

Jack, notando la tristeza en ella, decidió intentar animarla. Adoptó una expresión cálida, sonriendo sinceramente.

–Pero, ¿sabes? Puede que no hable por todos, pero realmente me alegra que tú y tu hermano estén aquí. Nunca creí que los humanos fueran tan alegres y estuvieran llenos de sorpresas. Por eso, me gustaría compartir más momentos con ustedes –dijo Jack, su voz cargada de calidez y gratitud.

Maria lo miró sorprendida, pero pronto sus labios se curvaron en una sonrisa débil, aunque genuinamente alegre.

–A pesar de haberte conocido hace poco, puedo notar que eres un buen chico –respondió Maria con una sonrisa cálida. Jack sintió que su cola se movía sin control, agitándose de un lado a otro. Avergonzado, trató de detenerla, pero entonces notó una suave mano sobre su cabeza. Al girarse, vio que era Maria quien lo acariciaba.

–Gracias, Jack –dijo Maria con dulzura, mientras sus dedos recorrían su cabeza y rozaban suavemente sus orejas. El rostro de Jack se encendió en un tono rojo intenso, incapaz de articular palabra alguna mientras ella continuaba acariciándolo. Sin previo aviso, Maria lo abrazó, envolviéndolo con sus brazos.

–Lo siento, Jack, pero no pude resistirlo. Te ves tan tierno –añadió Maria, sonriendo con alegría. Jack se quedó completamente en blanco, sus pensamientos desvaneciéndose mientras la calidez del abrazo lo envolvía. Podía percibir el mismo aroma que había sentido antes, pero ahora, con ella tan cerca, el olor era mucho más intenso. Sintió una paz desconocida mientras el mundo a su alrededor se desdibujaba.

Finalmente, Maria lo soltó, mirándolo con una sonrisa afectuosa.

–Eres un buen amigo, Jack –dijo ella con sinceridad. Jack, aún sin palabras, se limitó a devolverle la sonrisa. Su mente estaba llena de emociones que no podía procesar, pero la expresión de Maria parecía aliviarlo. Ella soltó una risita al ver la torpe reacción de Jack, y en ese momento, una mano se posó sobre su hombro.

–Veo que se están divirtiendo –dijo Elias, acercándose con los demás. Maria giró la cabeza, encontrándose con él y con el resto del grupo que se aproximaba.

–Sí, un poco –respondió Maria con una sonrisa suave, volviendo su atención hacia Elias.

–Este es el monumento –comentó Elias, observando la gran piedra de granito negro y los nombres grabados en ella. Juntó sus manos en un gesto solemne, y Maria lo imitó, inclinando la cabeza en señal de respeto mientras ambos murmuraban una oración silenciosa. Los demás miraban con curiosidad por el lenguaje que usaban.

Cuando ambos terminaron, pronunciaron un bajo "Amén" casi al unísono, y luego levantaron la vista, notando que todos los ojos estaban puestos en ellos.

Jack seguía sumido en sus pensamientos, intentando procesar todo lo que había ocurrido. Legoshi se le acercó, moviendo una mano frente a su cara, pero Jack no reaccionaba, perdido en su mundo interior. Mientras tanto, Elias y Maria charlaban con los demás.

–Bien, ¿adónde iremos ahora? –preguntó Elias con entusiasmo.

Juno lo miró, y una idea cruzó su mente; le sonrió con alegría.

–¿Qué tal si vamos al Cafe? –sugirió Juno, emocionada.

Elias y Maria la miraron confundidos.

–¿Cafe? ¿Qué es eso? –preguntó Elias, reflejando la misma expresión de desconcierto que tenía Maria. Los demás los miraban incrédulos.

–Vamos, estoy segura de que les gustará. No está muy lejos de aquí –respondió Juno, animada.

Elias y Maria intercambiaron una mirada y, finalmente, asintieron. Decidieron seguirla, y los demás también se unieron a ellos, excepto Legoshi, que seguía preocupado por Jack. Durham, Collot, Miguno y Voss se detuvieron al ver que Legoshi intentaba hacer reaccionar a su amigo y se acercaron para ayudar.

–Jack, ¿estás bien? –preguntó Legoshi con preocupación, al ver la expresión ausente de su amigo.

Durham se acercó, observando la expresión en blanco de Jack.

–¿Qué le pasa? –preguntó, frunciendo el ceño.

–Oye, Jack, ¿me escuchas? –intervino Miguno, moviendo la mano frente a él sin obtener respuesta.

–Déjame intentarlo –dijo Collot, dando un paso adelante y sacudiendo a Jack con firmeza.

–¿Jack, estás bien? –insistió, zarandeándolo.

La sacudida surtió efecto, y Jack parpadeó rápidamente, volviendo en sí. Miró a su alrededor, encontrándose con las miradas preocupadas de Legoshi y los demás.

–¡Ah! Lo siento, estaba pensando en algo –respondió Jack, riendo nerviosamente.

Los otros lo miraban con incredulidad, aún preocupados por su comportamiento.

–¿Dónde están los demás? –preguntó Jack, notando la ausencia de Elias y Maria.

–Fueron por allá, vamos antes de que se nos pierdan –respondió Durham, señalando la dirección que habían tomado Elias y Maria con los demás.

Sin más, comenzaron a caminar, con Jack uniéndose al grupo. Aunque la situación parecía normal, había una tensión en el aire. Legoshi caminaba detrás de ellos, observando a Jack con detenimiento.

"Se ve extraño, algo cambió en él. ¿Qué le estará pasando?" pensó Legoshi, con el ceño ligeramente fruncido. "Además, puedo oler ese mismo aroma de antes, mezclado con el de Maria... viniendo de Jack."

El grupo siguió caminando, mientras Legoshi intentaba desentrañar el enigma que lo tenía tan inquieto.

Caminaron todos juntos por la calle, con Elias y Maria observando los locales que se alineaban a cada lado. Había tiendas de todo tipo, desde pequeñas boutiques hasta librerías y tiendas de antigüedades. Cuando llegaron al café, Elias y Maria se detuvieron un momento, sorprendidos por la apariencia del lugar. El café tenía un aire rústico pero moderno, con detalles de madera y hierro que le daban un encanto especial. Al entrar, notaron que el local era amplio, con grandes ventanas que dejaban pasar la luz natural, iluminando las mesas y sillas colocadas a los lados de las ventanas. Frente a ellos, se extendía una larga barra con sillas individuales, y en el fondo, un escaparate lleno de objetos que Elias y Maria no lograban identificar. Al lado de la barra, una vitrina mostraba una gran variedad de postres, cada uno con su precio bien visible.

Lo que más llamó la atención de Elias y Maria fue la presencia de algunas chicas vestidas con uniformes de sirvientas, lo que los dejó desconcertados. Parecía un estilo que nunca antes habían visto, y no estaban seguros de si era algo típico de ese café o si formaba parte de alguna costumbre desconocida para ellos. Justo en ese momento, una de ellas se acercó a Juno. Era una chica perro de pelaje blanco con manchas y un largo flequillo que le cubría los ojos. Parecía de la misma estatura que Juno.

–¡Juno! –exclamó la chica con alegría al reconocerla–. ¿Cómo has estado?

–Bien, vine con unos amigos –respondió Juno con una sonrisa, mientras la chica se acomodaba el flequillo para ver mejor.

Sin embargo, al notar a Elias y Maria entre el grupo, la chica se quedó congelada y comenzó a tartamudear al hablar.

–V-veo que trajiste a muchos amigos... –dijo, deteniéndose cuando vio a los dos humanos. En las otras mesas, algunos clientes se quedaron mirando en silencio a Elias y Maria, generando un ambiente de ligera tensión.

Juno notó la reacción de su amiga y le sonrió, intentando tranquilizarla.

–Tranquila, ellos también son amigos míos –dijo Juno animadamente.

La chica perro respiró hondo y, aún algo nerviosa, les indicó con la mano.

–S-s-sí... Vamos a buscarles una mesa –respondió, su voz temblando ligeramente mientras los guiaba hacia una mesa grande en una esquina del café, alejada de las demás. Señaló con su mano una mesa rectangular con largos asientos acolchonados a los lados.

–Aquí... tomen asiento –dijo con una sonrisa nerviosa.

Elias y Maria pasaron junto a ella, notando cómo la chica daba un paso hacia atrás, claramente incómoda. Se sentaron uno junto al otro, seguidos por el resto del grupo. La chica les entregó los menús con manos temblorosas y se retiró rápidamente, visiblemente aliviada por la distancia.

Elias abrió el menú con curiosidad, y Maria se asomó para mirar junto a él. Las páginas estaban llenas de imágenes de postres y bebidas coloridas, con nombres desconocidos para ellos. Había pasteles de diversos colores, helados con toppings extraños y bebidas en vasos altos que parecían salidas de algún mundo de fantasía. Ambos miraban las ilustraciones con asombro, sin entender exactamente qué era lo que estaban viendo, pero claramente intrigados.

–Si quieren, puedo ayudarles a elegir algo –ofreció Juno, divertida por sus expresiones.

Elias asintió rápidamente, sintiéndose abrumado por tantas opciones.

–Por favor... nunca había visto nada parecido –respondió con una risa nerviosa.

Maria también asintió, todavía fascinada por las imágenes en el menú.

–Sí, parece todo tan... diferente –dijo, su voz reflejando una mezcla de curiosidad y entusiasmo.

Los demás miembros del grupo también hojeaban sus menús, eligiendo sus pedidos mientras el ambiente empezaba a relajarse poco a poco.

La chica regresó con paso inseguro, todavía nerviosa, para tomar los pedidos de la mesa. Comenzó con Juno y fue avanzando uno por uno, anotando cada orden en su libreta. Cuando llegó el turno de Elias y Maria, se detuvo y los miró con una mezcla de incertidumbre y temor, su mano temblando ligeramente mientras sostenía la pluma.

—¿Q-q-q-qué van a pedir? —preguntó, tartamudeando de miedo.

—Yo pediré por ellos, tráeles el helado con fresa —respondió Juno con una sonrisa tranquilizadora. La chica rápidamente anotó el pedido y se fue casi corriendo, claramente aliviada por haber terminado.

Elias y Maria observaron cómo la chica mantenía una distancia prudente, sin poder evitar darse cuenta del evidente miedo que les tenía. Fue entonces cuando Bill, sentado frente a ellos, rompió el silencio.

—Oye, Elias y Maria, ¿es su primera vez en un café? —preguntó Bill, incrédulo, como si no pudiera creer que alguien no conociera este tipo de lugar.

—Bueno, de donde venimos, solo conozco un tipo de lugar parecido, pero solo sirven café, y nada más —explicó Elias con calma, mirando a Bill mientras hablaba. Los demás en la mesa escuchaban con atención, intrigados por el tipo de vida que llevaban Elias y Maria.

—Entonces, ¿dices que solo van al café por un café? —Bill seguía sin creer lo que oía.

—Sí, de hecho, se me hace raro ver sirvientas tomando pedidos. Normalmente, uno va al mostrador y lo pide ahí —respondió Elias, esbozando una sonrisa, aún algo confuso por la experiencia.

Bill lo miró como si acabara de decir la cosa más extraña del mundo.

—Espera, entonces... ¿no saben lo que es un café de sirvientas? —preguntó Bill, intentando procesar la información.

—No, hasta donde sé, las sirvientas solo están al servicio de los que tienen mucho dinero en Edén. Pero es muy raro ver a una. Mi hermana y yo conocimos a una cuando teníamos 14 años, aunque no recuerdo bien la situación. Creo que estaba buscando a alguien... —Elias se quedó pensativo, tratando de recordar.

Maria, que había estado escuchando, intervino para ayudarle.

—Veo que no te acuerdas. Buscaba al hijo de su jefe. Tú y yo la llevamos al parque donde estaba, para que se lo llevara. Creo que era hijo de algunos de los ministros —dijo Maria tranquilamente, mirando a Elias. Los demás en la mesa escuchaban con curiosidad creciente.

—¡Ah, ahora lo recuerdo! —exclamó Elias, su rostro iluminándose al evocar el recuerdo—. Ese niño iba vestido muy formal, recuerdo que era un presumido. Así que yo y otros lo retamos a que saltara lo más alto posible a ver si nos podía ganar. Pero lo que él no sabía es que estaba sobre un charco de agua y lodo, ¡y lo hicimos ensuciarse completamente! Me reí un buen rato antes de ir a buscarte. Cuando llegué, tú estabas con la sirvienta y le dijiste dónde estaba el niño. Fuimos juntos y la vimos regañarlo por ensuciar su traje, ¡y cómo lo arrastraba jalándolo de la oreja! —Elias se reía al recordar, claramente disfrutando del momento.

Maria le dio un ligero golpe en el brazo, sonriendo.

—Eres un tonto, ¡eres malo! —le reprochó con un tono divertido.

—Vamos, tú también te estabas riendo, no me mientas. Solo lo disimulabas —replicó Elias, sonriendo de oreja a oreja.

—Sí, lo admito —confesó Maria, una sonrisa cruzando su rostro—. Recordarlo me da ganas de reír, pero trato de no hacerlo.

Ambos compartieron una carcajada, contagiando a los demás con su buen humor. La tensión que había en el ambiente se había disipado por completo, y los presentes no pudieron evitar sonreír al ver lo unidos y alegres que parecían Elias y Maria mientras narraban su anécdota.

—Vaya, ustedes sí que tienen muchas historias —dijo Bill, sonriendo, atrayendo nuevamente la atención de Elias y Maria.

—Ah, lo siento, Bill, por desviarme del tema. Bueno, lo principal es que en Edén no hay este tipo de locales —respondió Elias, sonriéndole mientras retomaba la conversación.

—Mmm, ya veo —dijo Bill, asintiendo mientras comenzaba a entender un poco más cómo eran las cosas en el país de Elias y Maria. Los demás en la mesa escuchaban atentos, compartiendo la misma curiosidad.

—Por cierto, ¿por qué hay sirvientas en este local? —preguntó Maria, aún sorprendida al ver tantas chicas vestidas de esa manera.

Juno fue la primera en responder, con una sonrisa en el rostro.

—Bueno, es la temática del café. La idea es hacer sentir al cliente como si fuera su amo —explicó Juno, provocando una expresión de perplejidad en Elias y Maria.

—Sí, se supone que deben preguntarte algo como "¿Qué va a pedir, amo?" o decir "Bienvenido, amo" —añadió Bill, imitando en broma el tono que usaban las sirvientas del local.

Elias y Maria lo miraron incrédulos, con las cejas levantadas, como si no pudieran procesar la extraña costumbre.

—Eso suena muy raro... Normalmente solo dicen "señor" o "señora" —comentó Elias, rascándose la cabeza mientras trataba de comprender la lógica detrás de esa práctica.

—Sí, tampoco hay comida tan colorida como aquí —agregó Maria, igual de confundida que Elias. Ambos miraban el menú con creciente curiosidad, fascinados por las diferencias culturales.

—Entonces, ¿qué es lo que comen normalmente? —preguntó Collot, intrigado por los hábitos alimenticios de Elias y Maria.

Elias y Maria intercambiaron una mirada antes de que Elias comenzara a explicar.

—Mmm... Normalmente comemos muchas verduras y frutas, pero desde que negociamos con su nación, algunas de nuestras recetas cambiaron un poco. Por ejemplo, la crema de hongos, que nos encanta a mi hermana y a mí, o los fideos de Jutsuku, que llevan algunos ingredientes de su país, como el tofu —respondió Elias con entusiasmo, sonriendo al recordar sus comidas favoritas.

Los demás lo escuchaban con interés, asombrados por los platos que Elias mencionaba, nombres que nunca habían oído.

—Vaya, ustedes sí que tienen comidas diferentes —comentó Durham, sonriendo con asombro.

—Sí, pero creo que ustedes no podrían comer muchas de ellas —respondió Elias con tranquilidad.

La respuesta dejó a todos confundidos, y Durham no tardó en preguntar:

—¿Por qué?

—Bueno... algunas de nuestras recetas llevan cebolla u otros ingredientes que son tóxicos para ustedes —dijo Elias, riéndose nerviosamente al recordar esa peculiar diferencia.

Los otros se quedaron boquiabiertos, sorprendidos por lo que acababan de escuchar.

—¡Ustedes le echan cebolla a casi todo! Aún no puedo creer que puedan comer eso, especialmente desde que nos lo dijiste en la cafetería —exclamó Miguno, todavía incrédulo de que los humanos pudieran procesar como alimento algo que para ellos era venenoso.

Elias sonrió, encogiéndose de hombros con una expresión de complicidad.

—Supongo que nuestros estómagos están hechos para soportar cosas muy diferentes. Pero no se preocupen, no les haría probar nada peligroso —bromeó Elias, aligerando el ambiente.

Los demás rieron, aunque todavía impresionados por las diferencias entre las culturas humanas y la suya.

El ambiente en la mesa cambió repentinamente cuando Bill, sin medir sus palabras, formuló una pregunta que dejó a todos en silencio.

—Por cierto, he oído que comen carne —dijo casualmente, sin darse cuenta del impacto de sus palabras. De inmediato, la conversación se detuvo, y todas las miradas se clavaron en Elias y Maria. Aoba, molesto, le dio un codazo a Bill y lo miró con seriedad.

—Oye, ¿por qué hiciste eso? —preguntó Bill, sin comprender, mientras Aoba se inclinaba hacia él para hablarle en voz baja.

—Cállate, no hables de eso aquí. No ves que los estás incomodando —le reprochó Aoba, tratando de mantener la calma, pero visiblemente irritado.

—¿Qué? Solo tenía curiosidad desde que los escuché a Louis decir algo hacerca de eso hace unos días —respondió Bill, señalando a Elias con una expresión obstinada. Pero antes de que la discusión pudiera continuar, fue el propio Elias quien intervino, con una expresión seria en su rostro.

—Sí, de hecho comemos carne —confirmó Elias, dejando clara la verdad sin rodeos. Juno y Legoshi, que ya conocían este hecho, permanecieron en silencio, mientras que los demás se miraban entre ellos, sorprendidos e inseguros. Ibuki y Agata, que observaban desde la distancia, se tensaron ligeramente, atentos como siempre.

—¡¿Qué?! ¡Han comido carne! —exclamó Jack, claramente perturbado, mientras el resto de los compañeros de dormitorio compartían la misma sorpresa y miedo.

—Sí, pero como le expliqué a Louis, no es carne de mamíferos. Comemos pescado —respondió Elias, mirando a Bill y luego a Jack, tratando de calmar sus temores.

—¿Pero no se vuelven adictos a la carne y pierden el control? —preguntó Durham con cierto nerviosismo, tratando de no mostrar su incomodidad.

—No. Como ya dije, nosotros tenemos control sobre ese impulso de una forma en la que ustedes no pueden —contestó Elias, mirando a Durham con seriedad, mientras los demás lo escuchaban con atención.

Elias tomó aire antes de continuar, y su rostro reflejó un dolor que los demás pudieron notar.

—No lo hacemos como si fuera algo cotidiano. Hay una razón detrás. Hace mucho tiempo, antes de que mi hermana y yo naciéramos, mi padre nos contó historias de su niñez. En aquellos tiempos, después de la guerra, la comida era escasa. Muchos niños no sobrevivían al nacer por falta de nutrientes. No había suficientes vegetales o frutas para que pudiéramos vivir... —explicó Elias, dejando entrever las dificultades que habían enfrentado los humanos, mientras los demás lo escuchaban con empatía, sintiendo un peso en sus corazones al imaginar esa dura realidad.

—Así que recurrimos al mar. Entre los pocos de nosotros que hablaban el idioma marino, se logró un acuerdo con los habitantes del océano. Solo tomaríamos lo que necesitábamos y, a cambio, les devolveríamos lo que tomamos —dijo Elias, con tristeza en sus palabras.

Tao, que había estado escuchando en silencio, preguntó con suavidad, buscando comprender mejor.

—¿De qué manera se lo regresan?

Elias lo miró, con un atisbo de tristeza en sus ojos, y respondió.

—Bueno, Juno y Legoshi ya lo saben, pero se los diré. Enterramos a nuestros muertos en el mar, para que sus cuerpos sean consumidos por sus habitantes. Todos aquellos que fallecen son enviados al mar en ataúdes que se descomponen fácilmente. Las orcas, tiburones y otras criaturas marinas asisten para llevar el cuerpo mar adentro, alejándolo lentamente de la costa —explicó Elias con solemnidad, su voz reflejando una melancolía que caló en los corazones de quienes lo escuchaban.

Un silencio pesado se apoderó del grupo mientras Elias hablaba. Incluso aquellos que no conocían bien a los humanos podían sentir la tristeza en sus palabras.

—Aunque ellos nos permitan cazarlos, aún nos sentimos culpables. Siempre que los pescadores regresan, rezamos por las vidas que han tomado... Es difícil vivir sabiendo que hemos tenido que matar para sobrevivir —concluyó Elias, con un dolor palpable en su voz. Maria, a su lado, asentía con la cabeza, compartiendo esa carga de tristeza.

Bill, que al principio solo tenía curiosidad, empezó a sentirse profundamente arrepentido de haber preguntado. Había destapado un tema que no solo era complejo, sino doloroso para Elias y Maria. Los demás también sentían la pesadumbre de la conversación, impresionados por el peso de las decisiones que los humanos debían tomar para sobrevivir.

—Lo siento, no debí preguntar sobre eso —dijo Bill, visiblemente arrepentido mientras bajaba la mirada. Elias y Maria lo observaron, y Elias le sonrió ligeramente, tratando de tranquilizarlo.

—No te preocupes, es algo con lo que hemos aprendido a vivir. No tienes por qué sentirte mal —dijo Elias, tratando de aliviar la tensión.

—Sí, no te preocupes —añadió Maria, sonriéndole también—. Además, ya casi no lo hacemos. Ahora que la comida es más abundante e importamos productos de su nación, las cosas están mucho mejor.

Las palabras de Elias y Maria ayudaron a relajar el ambiente. Poco a poco, los demás comenzaron a sentirse más cómodos. Maria, queriendo cambiar de tema, preguntó con entusiasmo:

—Entonces, díganme, ¿cómo es ese festival que celebran ustedes?

Juno fue la primera en responder, emocionada al explicar los detalles del festival, y pronto todos se unieron a la conversación, compartiendo sus anécdotas y expectativas. Mientras tanto, Agata e Ibuki conversaban en voz baja, con la misma actitud vigilante de siempre, como si fueran los guardias de Elias y Maria.

—¿Crees que ya podamos llevárnoslos? Esto ya comienza a hartarme —murmuró Agata, claramente irritado.

—¡Cállate! —replicó Ibuki en voz baja, mirándolo con seriedad—. No hables de eso aquí, podrían oírte. Te lo dije, solo estamos aquí para obtener información. Hay que ser precavidos.

—¿Qué? Pero me dijiste que encontrarías la manera de llevárnoslos —dijo Agata, frustrado.

—¡Ya te lo había dicho! Parece que no prestaste atención. No sabemos si están ocultando algo —contestó Ibuki, su tono molesto mientras miraba fijamente a Elias sin que este se diera cuenta.

Agata, un poco más calmado, asintió y preguntó.

—¿Cómo sabes que están ocultando algo?

Ibuki suspiró, respondiendo con seriedad.

—No lo sé, pero tengo el presentimiento de que traen algo consigo. Por eso cambiamos los planes, no confío en ellos —dijo, manteniéndose vigilante.

Agata, cansado, suspiró y preguntó.

—Entonces, ¿cuándo lo haremos?

—No lo sé, pero tal vez durante el festival tengamos una oportunidad —dijo Ibuki con voz firme. Justo cuando iba a continuar, notó que la camarera se acercaba con la comida, y le tapó la boca a Agata, indicándole que guardara silencio.

La chica dejó la bandeja sobre la mesa, con cuidado de no interrumpir demasiado la conversación.

—Gracias —dijo Juno con una sonrisa.

—S-sí... de nada —respondió la camarera, antes de marcharse apresuradamente.

Elias y Maria miraron el vaso de cristal frente a ellos, decorado con una montaña de nieve rosada coronada con fresas. La expresión de confusión en sus rostros hizo reír a Juno y a los demás.

—¿Qué pasa? —preguntó Juno, divertida.

—Es que… ¿qué se supone que es esto? —preguntó Elias, rascándose la cabeza.

—Sí, nunca habíamos visto algo así —añadió Maria, mirando la nieve con curiosidad.

—Es nieve —respondió Juno con una sonrisa.

—¿Nieve? ¿Como la de invierno? —preguntó Elias, aún más confundido.

—¿Eh? ¿Pueden hacer nieve? —añadió Maria con los ojos muy abiertos.

Juno y los demás rieron suavemente al ver sus caras de asombro.

—No, esta nieve está hecha con leche. Es de sabor a fresa, ¿por qué no la prueban? —dijo Juno, animándolos a degustarla.

Elias y Maria intercambiaron una mirada intrigada antes de probar la nieve. Con la primera cucharada, sus rostros se iluminaron, sorprendidos y encantados con el sabor dulce y refrescante.

Juno no pudo evitar sonreír al ver las expresiones de Elias y Maria. Parecían dos niños pequeños probando algo dulce por primera vez, y esa reacción hizo que los demás también sonrieran.

—¡Mmmhh, sabe muy bien! —dijo Maria, sonriendo con alegría mientras disfrutaba el dulce sabor.

—¡Está muy frío, pero es delicioso! —añadió Elias con una risa alegre, saboreando la nieve.

Las sonrisas de sus compañeros se ampliaron al ver la felicidad de ambos.

—Me alegra que les guste tanto —respondió Juno con satisfacción, observando cómo seguían disfrutando.

Elias y Maria asintieron entusiasmados mientras continuaban comiendo la nieve, igual que los demás. Tras unos momentos de risas y conversación animada, Maria cambió de tema.

—Entonces, ¿el festival celebra a los dinosaurios por el meteorito que chocó en la Tierra? —preguntó, recordando la explicación que Juno les había dado antes.

—Sí, prácticamente de eso se trata —confirmó Juno, asintiendo con la cabeza.

—Mmmhh, creo que ya tengo una idea de qué cantaré para su festival —dijo Maria, sonriendo mientras tomaba otro pedazo de nieve con la cuchara.

—¿En serio? ¡Eso suena genial! —respondió Juno con entusiasmo, mientras seguía comiendo su comida.

En ese momento, Legoshi, que había estado escuchando en silencio, llamó la atención de Elias.

—Oye, Elias... —dijo, un poco nervioso.

Elias levantó la vista, todavía con una sonrisa.

—Sí, ¿qué pasa? —preguntó, curioso.

—Quería preguntarte algo... ¿Qué pasaría si te pierdes? —Legoshi se detuvo al ver cómo todos lo miraban de golpe, y se dio cuenta de que su pregunta había sonado extraña—. Ah, lo siento, creo que lo pregunté mal. Solo quería saber cómo es que tu nación les permitió venir aquí tan fácilmente, considerando que nos ven como peligrosos.

El ambiente se tensó ligeramente, y Elias y Maria intercambiaron una mirada.

—Bueno... —Elias dudó por un momento, mirando a Maria en busca de su aprobación. Ella le sostuvo la mirada y le asintió ligeramente antes de que él volviera a mirar a los demás—. ¿Puedo confiar en ustedes? —preguntó Elias, con seriedad.

El grupo se miró entre sí, asintiendo con firmeza. Finalmente, Elias continuó.

—Bueno, no se lo cuenten a nadie, pero tenemos un teléfono que nos dio el embajador. Nos sirve para localizarnos, al igual que el que ustedes tienen —dijo en voz baja, lo suficiente para que solo ellos pudieran oír.

—Entonces, ¿sí tienen teléfonos? —preguntó Miguno, claramente intrigado, pues no esperaba que tuvieran esa tecnología. Los demás escuchaban con la misma curiosidad.

—No, no es algo común donde vivimos. Este es especial, según nos dijeron, solo para emergencias en caso de que nos pase algo a Maria o a mí. Supongo que también te dieron uno, ¿verdad? —explicó Elias, dirigiéndose a Maria, quien asintió confirmando sus palabras.

—¿Podemos verlo? —preguntó Miguno, con los ojos brillantes de curiosidad.

—Ah... lo siento, no puedo mostrárselos. Es por seguridad, pero lo llevo conmigo —respondió Elias, disculpándose.

El grupo asintió, comprendiendo la situación. Sin embargo, Ibuki y Agata, que habían estado escuchando desde la distancia, intercambiaron miradas significativas.

—¿Ves? Te dije que ocultaban algo, solo tenemos que recolectar toda la información posible por ahora —susurró Ibuki a Agata.

Agata, que parecía impaciente, asintió lentamente, sin apartar la vista de Elias y Maria. Había algo en la forma en que esos dos hablaban y en sus gestos que mantenía alerta a Ibuki, seguro de que aún había más por descubrir.

—Ah, ya veo —dijo Legoshi, entendiendo por qué Elias y Maria parecían tan tranquilos pese a estar en territorio desconocido.

—Por cierto, ¿a dónde vamos? —preguntó Maria, sonriendo mientras seguía disfrutando de su comida junto a Elias.

—¿Qué tal si vamos a la plaza donde se celebrará el evento? —sugirió Juno con entusiasmo, observando cómo Maria comía animadamente.

—¡Sí, claro! —respondió Maria con una sonrisa radiante.

El grupo terminó su comida, pagaron la cuenta y se despidieron del local. Salieron juntos a las calles, donde el sol ya comenzaba a descender más allá del mediodía. Elias y Maria caminaban al ritmo del grupo, disfrutando de la compañía y de la atmósfera del lugar. De repente, Maria le hizo una pregunta a Juno.

—Juno, ¿dónde está la plaza?

Juno se detuvo un momento y miró a Maria, algo confusa.

—Mmm, no lo sé. ¿Alguien de ustedes sabe? —preguntó al resto, deteniéndose junto con todos los demás.

—No —respondió Jack, seguido por los otros que negaron con la cabeza.

—No, pero creo que Bill tiene el Zoomap abierto con la dirección para llegar —comentó Aoba, mirando a Bill, que revisaba su teléfono.

—Sí, no está muy lejos de aquí, según la aplicación. Síganme —dijo Bill, sonriendo con confianza mientras comenzaba a caminar.

El grupo lo siguió por las calles, pasando por varios lugares. A medida que avanzaban, el sol lentamente se ocultaba en el horizonte, dejando paso a la oscuridad. Subieron y bajaron escaleras, recorriendo callejones y pasando por lugares desconocidos hasta que finalmente llegaron a una larga escalera. Comenzaron a subir mientras la luz natural desaparecía, reemplazada por la luz artificial de las farolas en las calles desiertas.

—Bill, ¿seguro que es por aquí? Parece que estamos perdidos —preguntó Aoba, frunciendo el ceño, cansado y frustrado de dar vueltas por la ciudad.

—No, la aplicación está cambiando la ruta a cada rato. Parece que no está funcionando bien —contestó Bill, irritado mientras miraba su teléfono.

—Yo digo que deberíamos volver —sugirió Miguno, claramente agotado por la caminata.

—Sí, sería más fácil regresar por las estaciones del tren —añadió Durham, igualmente cansado.

El grupo guardó silencio, agotado y dudoso. Elias y Maria, caminando junto a Juno, empezaban a sentirse inseguros, con la oscuridad envolviéndolos cada vez más. Subieron el último escalón y se detuvieron en lo alto de un callejón estrecho, que parecía aún más siniestro bajo la débil luz.

Desde la distancia, Ibuki y Agata los subían lentamente mientras se movían para tratar de alcanzarlos.

—¡Oye, mira! Están caminando hacia el mercado negro. Esta es nuestra oportunidad —susurró Agata emocionado.

—¡Eres un idiota! ¿No escuchaste que llevan un teléfono para rastrearlos? —respondió Ibuki enojado, agarrando a Agata por la camisa con una expresión furiosa.

Agata asintió rápidamente, entendiendo la gravedad de su error. Ibuki lo soltó y, aún molesto, dio instrucciones claras.

—Ahora subamos rápido para que se vayan de aquí. Si alguien nos reconoce, arruinará todo —ordenó, subiendo las escaleras a paso ligero para alcanzarlos antes de que fuera demasiado tarde.

Agata lo siguió, tratando de subir rapidamente mientras sus pasos resonaban ligeramente en la oscuridad. El tiempo parecía correr en su contra mientras las sombras se alargaban a su alrededor, ocultando sus verdaderas intenciones.

—¡Bill, nos perdiste! ¡No sabemos dónde estamos! —le reclamó Aoba, visiblemente irritado, con el ceño fruncido y los brazos cruzados.

—¡Vamos! No es mi culpa que esta porquería de aplicación fallase —respondió Bill, enojado, tratando de excusarse.

—¿Por cierto, dónde estamos? —preguntó Tao, mirando nerviosamente a su alrededor, claramente preocupado por haberse perdido.

Legoshi observaba el callejón con atención, notando un extraño aroma en el aire. Jack y los demás también empezaron a olfatear el mismo olor, algo que les resultaba incómodo y perturbador. El aroma parecía emanar del otro extremo del callejón, donde una enorme caja bloqueaba la entrada.

—Huele raro, ¿qué será? —preguntó Juno, frunciendo el ceño mientras trataba de identificar el origen del olor.

—Sí, es un olor extraño —añadió Jack, inquieto.

Elias y Maria, sin la misma agudeza olfativa, se mantenían cerca de Juno, sintiendo una creciente incomodidad. Justo en ese momento, Agata e Ibuki llegaron al final de las escaleras, sorprendiendo al grupo. Con un movimiento rápido, tomaron a Elias y Maria, dejando a todos perplejos.

—Chicos, será mejor que nos vayamos. Los llevaremos de vuelta al lugar que buscaban. Este no es un buen sitio para estar de noche, es demasiado peligroso —dijo Ibuki con voz firme, proyectando una calma que no parecía del todo auténtica.

Elias y Maria, aunque asustados, intentaron mantener la compostura. Elias simplemente asintió, su mano temblando un poco al agarrar la de Maria.

—Sí... los seguiremos —contestó Elias, tragando saliva nerviosamente.

En ese instante, la enorme caja que bloqueaba la entrada al callejón fue movida, revelando lo que había detrás. El aire se llenó de un olor aún más intenso y nauseabundo. Ibuki murmuró una maldición, claramente frustrado. Rápidamente, empujó a Elias, Maria, Juno y al resto del grupo, alejándolos del lugar.

—¡Vámonos! Aquí no hay nada que ver —dijo Ibuki con firmeza, haciendo que todos dieran media vuelta sin protestar demasiado. Sin embargo, Maria, que apenas había alcanzado a ver algo, temblaba mientras se aferraba más fuerte a Elias.

Agata, que también había llegado al callejón, no perdió tiempo y comenzó a empujar a Bill, Tao, Aoba y Legoshi hacia las escaleras, tratando de apartarlos de la vista de lo que estaba delante de ellos. solo ellos tuvieron una breve pero clara visión del oscuro mercado negro que se extendía más allá de la caja, repleto de carne de origen incierto.

—Vamos, ¡bajemos ya! ¡No hay nada aquí para nosotros! —insistió Agata, empujándolos con más fuerza, cuando de repente una voz grave rompió la tensión.

—¿Desean comprar uno?

Todos se detuvieron en seco, girando sus cabezas hacia la fuente de la voz. Ante ellos, un viejo herbívoro emergía de las sombras del mercado negro, con una expresión amarga en su rostro. Levantó las manos en señal de saludo, pero el gesto solo los horrorizó aún más. Sus manos estaban mutiladas, faltándole varios dedos, y los que le quedaban tenían pequeños carteles con precios grabados en ellos.

El silencio fue absoluto. Nadie se atrevió a moverse ni a decir palabra, atrapados en un instante de horror y sorpresa. El viejo herbívoro los observaba con ojos cansados, como si ya hubiera aceptado su destino en aquel macabro mercado.

—Vamos, pueden comprarme uno y comérselo... —dijo el herbívoro, sentado en el suelo, con una voz apagada mientras movía sus manos mutiladas, ocultas en una túnica negra que apenas dejaba ver su rostro cansado y desalentado.

Legoshi se quedó petrificado, incapaz de apartar la mirada de las manos extendidas del herbívoro. Por un instante, la imagen de Haru cruzó por su mente, viéndola con claridad en ese momento, como si pudiera tocarla a través de aquel desconocido. Una sensación de angustia lo invadió.

—¡Oye, déjalo! ¡Vámonos de aquí, ahora! —ordenó Agata con una voz firme, empujando a Legoshi hacia las escaleras. Al ver que no reaccionaba, lo agarró del hombro y tiró de él con fuerza—. ¡Vamos! —gritó con determinación.

Legoshi finalmente reaccionó, siguiendo a Agata mientras descendían a toda prisa las escaleras junto con el resto del grupo. Agata se quedó atrás para asegurarse de que todos bajaran, manteniendo su mirada fija en ellos.

En la base de la escalera, los demás los esperaban nerviosos, inquietos por el peligroso entorno que se volvía cada vez más oscuro. Maria temblaba visiblemente mientras se aferraba con fuerza al brazo de Elias. Él, notando su miedo, le dedicó una mirada preocupada.

—¿Qué pasa? —le preguntó suavemente, tratando de calmarla.

—"V-v-vide quid erat ibi, Elias!" —balbuceó Maria con voz temblorosa, hablando en su lengua materna. Elias frunció el ceño al verla tan asustada, sabiendo que rara vez se ponía en ese estado. Los demás también notaron el cambio en su actitud, preocupándose por ella.

—"Quid vidisti?" —preguntó Elias, ahora más preocupado.

—"Fleisch pendentibus ubique et coquebant eam." —respondió Maria, su voz quebrándose mientras temblaba y se agarraba aún más fuerte a Elias. La expresión de él cambió a una mezcla de preocupación y miedo, aunque los demás no entendían lo que estaban diciendo.

—"Volo abire, ing." —añadió Maria con lágrimas en los ojos, luchando por contener el pánico. Jack y los demás intercambiaron miradas de incertidumbre.

—¿Qué pasa? ¿Por qué Maria está así? —preguntó Jack, claramente angustiado al verla tan alterada.

Elias, consciente de que la verdad podría causar más alarma, mintió para tranquilizarlos.

—Ah, me dice que se siente mal y quiere volver al campus —respondió con una expresión seria.

Los demás asintieron, preocupados por la evidente incomodidad de Maria, cuyo rostro estaba pálido. Ibuki observaba la situación, consciente de que Maria había visto algo al otro lado del callejón, aunque no dijo nada.

Elias y él intercambiaron una mirada tensa.

—¿Podemos volver a la academia? —preguntó Elias, mirando a Ibuki con seriedad.

—Sí, claro. Solo déjame asegurarme de que todos estemos aquí —contestó Ibuki con calma, aunque sus ojos no se apartaban de Maria, que sollozaba suavemente.

—"Timorem habeo, frater." —sollozó Maria, aferrándose a Elias con fuerza, buscando consuelo en su abrazo.

Elias la abrazó con delicadeza, intentando calmarla.

—"Calma, nihil accidet, ing. Illos inquiétas." —le susurró en un tono tranquilizador, mientras acariciaba su espalda suavemente.

Juno, al ver a Maria tan afectada, sintió un nudo en el estómago. Sus ojos se llenaron de empatía, al igual que los de Jack y los demás.

—Sí, volvamos a la academia. Ya es muy tarde, y además, Maria se siente mal. Elias, si quieres, al llegar la llevamos a la enfermería cuando lleguemos —dijo Juno con evidente preocupación.

—Sí, tienes razón. Mañana podemos venir a ayudar si hace falta. Maria no se ve bien —añadió Jack, genuinamente preocupado mientras observaba a Maria, que no dejaba de temblar.

Elias y los demás esperaban con ansiedad a que el resto del grupo terminara de bajar. Las caras de todos reflejaban el mismo desconcierto y preocupación. Cuando al fin llegaron, Ibuki tomó la palabra, dirigiéndose a Agata.

—Nos vamos. Volveremos a la academia, la chica se siente mal —dijo Ibuki con calma, señalando a Maria, que seguía sollozando en los brazos de Elias. Agata, al notar la situación, asintió en silencio, entendiendo que no había lugar para más preguntas en ese momento.

Legoshi, notó cómo Maria temblaba, aunque no lograba comprender la razón exacta. La tensión era palpable, Maria parecía preocupar a todo el grupo. Había algo en esa atmósfera que hacía que todos quisieran regresar cuanto antes.

—Vamos, síganme —ordenó Ibuki, tomando la iniciativa y guiándolos por las estrechas y oscuras calles hasta la estación del metro más cercana.

El grupo caminó en silencio hasta la estación de metro más cercana. Maria, aunque más calmada, seguía sollozando débilmente, aferrada a Elias. Algunas personas en el andén les lanzaban miradas curiosas, pero al notar la presencia de Ibuki y Agata, quienes los escoltaban con firmeza, se abstuvieron de preguntar.

Cuando llegó el tren, todos subieron y tomaron asiento, inmersos en sus pensamientos mientras avanzaban de una estación a otra. Al llegar a su destino, Ibuki los guió fuera de la estación y hacia la academia, subiendo el largo camino donde se detuvieron frente a las grandes puertas del campus.

—Bien, hemos llegado —anunció Ibuki, parándose frente a la entrada junto a Agata.

Los chicos, visiblemente aliviados, entraron agradeciendo a sus escoltas. Elias y Maria, quienes aún estaban juntos, también se detuvieron un momento.

—Muchas gracias por todo, Ibuki y Agata. Gracias por cuidarnos —dijo Elias, inclinando ligeramente la cabeza en señal de gratitud—. Lamento si fue molesto tener que seguirnos todo el día.

Las palabras de Elias sorprendieron a Ibuki y Agata, pero ambos sonrieron un poco ante su sinceridad.

—No te preocupes, niño. Después de todo, es mi trabajo —respondió Ibuki con calma.

—Sí, cuídate —añadió Agata, dedicándole una leve sonrisa.

Elias asintió, despidiéndose con una inclinación de cabeza antes de acompañar a Maria hacia el interior de la academia. Los demás también siguieron su ejemplo y se encaminaron a sus respectivos dormitorios. Agata e Ibuki observaron cómo se alejaban hasta que finalmente desaparecieron detrás de las puertas.

—Ahhh, por fin terminó. Qué día tan agotador —exhaló Agata, soltando un suspiro de alivio.

—Vamos, eres más joven que yo y ya te estás quejando —replicó Ibuki, mirándolo con una mezcla de reproche y diversión.

—Sí, sí, como digas —murmuró Agata, sacudiendo la cabeza.

—Vamos, hay que volver con los demás —ordenó Ibuki, empezando a caminar hacia el lugar donde habían estacionado el auto.

Agata obedeció sin protestar, siguiéndolo mientras la noche envolvía a la ciudad en una tranquilidad engañosa tras un momento lleno de tensión.

Los chicos regresaron a sus dormitorios, pero la preocupación por María no desaparecía. Jack, sintiéndose inquieto, decidió ir a buscar a Elias, acompañado por Juno, que también estaba preocupada.

—Elias, vamos a la enfermería. Estoy segura de que la enfermera todavía no se ha ido —sugirió Juno, con genuina preocupación en su voz. Elias notó la angustia en su expresión, y entonces vio a Jack acercarse también.

—¿Elias, la llevarás a la enfermería? Todos están preocupados por ella —preguntó Jack, recordando la escena de María llorando y temblando en el callejón. Elias estaba atrapado, sabiendo que no podía revelar la verdad de lo que había visto María. Decidió seguir con la mentira.

—Sí, vamos. Estoy seguro de que solo necesita descansar —respondió Elias con calma, tratando de tranquilizarlos.

El grupo se dirigió al edificio principal, caminando por los pasillos casi oscuros de la academia, hasta llegar a la enfermería. Las luces aún estaban encendidas, lo que les dio algo de alivio. Juno abrió la puerta para que Elias y María entraran, con Jack cerrando la puerta tras ellos. La enfermera, Sakane, levantó la vista sorprendida al ver a los estudiantes a esas horas.

—¿Elias, qué haces aquí tan tarde...? —preguntó, pero se detuvo al ver a María, todavía aferrada a él. Recordaba haberla visto esa misma mañana, cuando la presentaron en el auditorio, pero ahora parecía una persona completamente diferente. Sakane se levantó de su silla, preocupada, y se acercó rápidamente a ellos.

—¿Qué le pasa? ¿Por qué está así? ¿Pasó algo? —preguntó, con evidente ansiedad. No sabía mucho sobre la biología humana, y temía no saber cómo atenderla.

—No, no es nada grave. Solo le duele la cabeza, le dije que solo necesitaba descansar —mintió Elias, intentando tranquilizar a Sakane.

Ella asintió con cierta duda.

—Bien, recuéstala en una de las camas para que descanse.

Elias la llevó a una cama cerca de la ventana y la acomodó con cuidado. Tomó una silla y se sentó a su lado, cubriéndola con una manta para que estuviera más cómoda. Juno y Jack se quedaron junto a él, observando con preocupación.

—¿Estará bien? —preguntó Juno, sus orejas caídas reflejaban su angustia.

—No se preocupen, estará bien. Solo necesita descansar —respondió Elias, tratando de sonar convincente.

—¿Estás seguro? —insistió Jack, dudoso.

—Sí, Jack, no te preocupes. Vayan a descansar, yo me quedaré con ella —añadió Elias, esbozando una sonrisa que buscaba tranquilizarlos.

Jack y Juno intercambiaron una mirada antes de asentir. Decidieron marcharse, dejando a Elias solo con María. Mientras se retiraban en silencio, la enfermería quedó en calma, y Elias se quedó sentado junto a María, observándola mientras respiraba lentamente, esperando que el peso de lo que había visto en el callejón no la afectara más de lo que ya parecía haberlo hecho.

Jack entró al dormitorio, donde todos los demás aún seguían despiertos, ansiosos por saber qué había ocurrido con María. Todos se giraron hacia él en cuanto abrió la puerta, sus miradas llenas de preocupación.

—¿Qué pasó con María? —preguntó Legoshi, recordando cómo la vio afectada cuando bajaba junto a ellos después de lo sucedido. Al igual que Bill, Tao, Aoba y él, sabía lo inquietante que podía ser ese tipo de experiencia en el mercado negro.

Jack caminó hasta la cama y se sentó al lado de Legoshi, mirando a sus amigos antes de responder.

—Elias dijo que solo tiene un dolor de cabeza, pero... realmente me siento mal por ella. Parecía tan adolorida —contestó Jack, con el ceño fruncido, aún preocupado.

—Sí, solo estábamos ahí y de repente se puso a llorar y empezó a hablar en su idioma —comentó Voss, su voz cargada de inquietud.

—Me pregunto qué habrá visto para ponerse así —añadió Durham, cruzando los brazos mientras pensaba en lo que había ocurrido.

—No lo sé, pero espero que esté bien —dijo Miguno, con el rostro serio, reflejando el sentir del grupo.

Legoshi los observó a todos, sus rostros reflejaban una preocupación genuina que lo hizo volver a sus propios recuerdos del mercado negro, aquel lugar oscuro y retorcido que había dejado cicatrices en su mente. Recordaba la primera vez que se enfrentó a ese infierno, cuando fue con Bill, Tao y Aoba a la ciudad, apenas unos días después del terrible incidente con Tem y luego de conocer a Haru, la pequeña coneja que había comenzado a despertar en él sentimientos que no entendía del todo.

El viaje había sido tranquilo al principio, pero las cosas se descontrolaron rápidamente cuando Bill, siempre impulsivo, sugirió comprar carne en el mercado negro. Legoshi, furioso ante la idea, se peleó con él en medio de la multitud, tratando de detenerlo. La batalla no fue solo física, sino interna; luchaba contra su amigo y, a la vez, contra sus propios deseos. Sentía cómo sus instintos carnívoros pugnaban por salir a la superficie, tentándolo a cruzar la línea.

En un impulso de desesperación, Legoshi corrió. Atravesó el mercado negro, huyendo tanto de Bill como de sus propios pensamientos. Las luces parpadeantes y los murmullos del mercado eran un caos a su alrededor, pero lo peor era el aroma de la carne, tan intenso que lo invadía todo, haciéndolo salivar involuntariamente. Cuanto más corría, más se hundía en la oscuridad del mercado, intentando encontrar una salida, un respiro, algo que lo alejara de esa tentación.

Finalmente, agotado, tropezó y cayó en un callejón oscuro. Su respiración estaba entrecortada, su mente dividida entre la culpa y el deseo, cuando sintió un fuerte golpe en la nuca. Todo se volvió negro.

Cuando despertó, estaba en un consultorio frío y austero, atado a una silla. Frente a él, un panda de aspecto intimidante lo observaba en silencio antes de comenzar a interrogarlo. Le preguntó quién era y por qué había llegado hasta allí,

Fue en esa conversación donde Legoshi, aún confuso y aturdido, le habló de Haru. Le contó sobre la coneja y los sentimientos que ella despertaba en él, sentimientos que a veces no lograba distinguir entre amor y simple instinto de caza. El médico, en lugar de ofrecerle consuelo, fue brutalmente honesto, advirtiéndole que los carnívoros que se volvían adictos a la carne explicándole con frialdad lo que pasaba con los carnívoros que cedían a la tentación de la carne, algunos terminaban autodestruyéndose, otros incluso hacían daño a aquellos que amaban, especialmente si estos eran herbívoros, confundiendo sus sentimientos con el instinto de caza.

Le dijo que el amor y el instinto podían confundirse fácilmente, y que tal vez Haru solo era su presa, una obsesión causada por su naturaleza depredadora.

Como último recurso, el médico le dio una revista, insinuando que si sus sentimientos por Haru eran reales y no solo instinto, podría encontrar en ella una respuesta. Fue un remedio extremo y frío, diseñado para forzarlo a enfrentar sus deseos más oscuros y ver si lo que sentía era auténtico.

Volviendo al presente, Legoshi parpadeó, sus recuerdos desvaneciéndose ante la imagen de sus amigos que lo miraban preocupados. La situación con María lo había llevado a revivir esos momentos, aunque deseaba tranquilizarlos.

—Estoy seguro de que estará bien mañana. Será mejor que descansemos; no hay mucho que podamos hacer ahora —dijo, tratando de calmar a sus amigos.

Jack suspiró, y bostezó, dejándose llevar por el cansancio acumulado.

—Ahhh, sí, creo que tienes razón. Solo espero que se recupere pronto —admitió, aceptando que era lo mejor que podían hacer en ese momento.

Uno a uno, los chicos asintieron y comenzaron a prepararse para dormir después de un largo día. Apagaron la luz y se recostaron en sus camas. En la oscuridad, Legoshi cerró su cortina para aislarse, pero al cerrar los ojos, los recuerdos del mercado negro volvieron a invadir su mente. Recordó la sensación de asco y temor cuando vio al vendedor ofreciéndole sus propios dedos, recordándole a Haru. La imagen persistía, haciéndole difícil conciliar el sueño mientras trataba de sacarse ese inquietante recuerdo de la cabeza.


Ibuki se subió al auto, seguido por Agata, quien se acomodó en el asiento del pasajero, visiblemente agotado tras haber recorrido la ciudad a pie.

—¿A dónde vamos? —preguntó Agata mientras se acomodaba, tratando de recuperar el aliento.

—Vamos a ver a Zac. Tengo unas preguntas que hacerle —respondió Ibuki, encendiendo el motor.

—¿De verdad le preguntarás sobre esos frascos a ese demonio? —dijo Agata, un tanto asustado por la idea de dirigirse hacia Zac.

—Sí, pero no lo haré directamente. Hay que ser más listos. Solo quiero saber qué pretendían dándome esos frascos.

Ibuki pisó el acelerador, y el auto comenzó a moverse por las calles vacías de la ciudad. Se dirigieron al puerto y, una vez allí, tomaron un camino de tierra que los alejaba hacia las afueras. Agata estaba tenso, aunque intentaba ocultarlo. "Debo estar listo para cualquier cosa", pensó mientras abría su saco para comprobar que su arma estuviera cargada. Ibuki lo observó de reojo, pero siguió conduciendo.

De repente, una de las llantas reventó, haciendo que el auto se tambaleara bruscamente y se quedara varado en medio del camino.

—¡Ahhh, mierda! ¡Lo que faltaba! —Ibuki salió del auto, molesto, mientras Agata lo seguía, alterado por el movimiento repentino.

—¿Qué fue eso? —preguntó Agata, mirando a Ibuki mientras inspeccionaba las llantas.

—No lo sé. Revisa las llantas de tu lado y dime cuál fue la que se pinchó.

Agata se agachó y revisó las llantas trasera y delantera de su lado, pero ambas estaban intactas.

—¡Ninguna de este lado! —gritó para que Ibuki lo escuchara, pero no recibió respuesta. Se levantó y rodeó el auto para encontrar a Ibuki examinando la llanta delantera, la cual estaba pinchada por gruesas púas.

Agata se quedó mirando, con un mal presentimiento en el pecho.

—Parece que alguien no quiere visitas —murmuró Ibuki, girando la cabeza para ver a Agata—. Trae el neumático de repuesto.

Agata asintió rápidamente y se dirigió a la parte trasera del auto, donde sacó el neumático de repuesto junto con el gato hidráulico y la llave para cambiar la llanta. Justo cuando se acercaba a Ibuki con las herramientas, ambos escucharon el crujido de ramas rompiéndose en la distancia. Inmediatamente, sacaron sus pistolas, mirando hacia los árboles en busca de algún rastro de la posible emboscada.

—¿Qué fue eso? —preguntó Agata en voz baja, sosteniendo su arma con las manos algo temblorosas mientras percibía un olor extraño proveniente de la dirección del muelle, donde se reunirían con Zac.

—No lo sé, pero siento un olor extraño. Proviene de más adelante. Ven, vamos. No quiero que nos embosquen. Si averiguamos quiénes son, será más fácil acabar con ellos —dijo Ibuki en un susurro, avanzando agachado en dirección al muelle, que estaba a pocos metros de distancia.

Agata, aunque asustado, siguió las instrucciones y se movió detrás de él con cuidado, tratando de no hacer ruido y siendo cauteloso con cada paso que daba. El olor se hacía cada vez más intenso, como si emanara directamente del muelle. La oscuridad de la noche y el cielo semi nublado les brindaban cobertura, pero también aumentaban la tensión del momento.

Mientras avanzaban entre la maleza que rodeaba el lugar, Ibuki levantó una mano, pidiendo a Agata que se detuviera. Ambos se agacharon rápidamente detrás de un arbusto denso, desde donde podían observar, con dificultad, el muelle. La tensión en el aire se volvió palpable al momento en que sus ojos captaron la escena frente a ellos: Zac estaba de rodillas, con las manos atadas a la espalda, mientras sus hombres, visiblemente heridos y sin máscaras, se encontraban rodeados y vigilados por dos figuras en trajes completamente negros. Estos sujetos, con máscaras del mismo color y fusiles con supresores, mantenían sus armas apuntando a Zac y a su grupo. La escena transmitía peligro; un solo ruido podría significar el fin.

Ibuki y Agata se quedaron inmóviles, sus corazones latiendo con fuerza, temerosos de ser descubiertos. Desde su escondite, pudieron oír que Zac gritaba algo en un idioma que sonaba extraño y furioso. Ibuki lo reconoció de inmediato; era el mismo idioma que había escuchado esa mañana, cuando escoltó al misterioso humano. Aunque las palabras de Zac eran un misterio para Agata, Ibuki logró entender parte del significado:

—"Sunt nequam, ing! Solvite vos, poenitebit vos! Vis specialis, solum est iniuria ad humanitatem!" —los gritos desesperados de Zac resonaban en el muelle, llenos de rabia. Pero los hombres de negro no parecían reaccionar, permanecían impasibles, ignorando la furia del prisionero.

La tensión aumentó cuando, de entre las sombras, más figuras en trajes oscuros emergieron, todas ellas armadas. Ibuki y Agata los contaron rápidamente: al menos veinte, todos con sus armas listas. Sentían que estaban presenciando algo prohibido, algo que jamás debían haber visto. Sus respiraciones se volvieron superficiales, sus cuerpos rígidos como si un solo movimiento pudiera condenarlos.

Observaron cómo algunos de los hombres de negro tomaban las cajas que pertenecían a Zac y las lanzaban al suelo. Las tapas de madera se rompieron con un ruido seco, revelando el contenido en su interior, esparcido por el muelle. Fue entonces cuando la figura apareció: una silueta vestida de blanco se acercaba lentamente desde la dirección del barco de Zac, flanqueada por dos guardias que parecían aún más intimidantes que los demás. Uno de ellos era enorme, con una presencia que helaba la sangre, mientras que el otro, aunque más bajo, desprendía una aura de peligro. Ambos llevaban máscaras negras con cristales rojos en los ojos, que reflejaban la poca luz que había, dándoles un aspecto sobrecogedor.

Ibuki y Agata sintieron el impulso de correr, pero sus cuerpos se negaban a moverse, como si el miedo los hubiera clavado en la tierra. Mantuvieron la mirada fija en la figura blanca, que avanzaba con calma, atravesando la formación de sus propios guardias. Llevaba un traje blanco, adornado con líneas negras que cruzaban de arriba a abajo, y una máscara blanca que ocultaba completamente su rostro. No hacía falta dudar: lo reconocieron al instante. Era el embajador humano, el mismo que habían visto en las noticias hacía unos días.

El silencio en el muelle se rompió cuando el embajador habló con voz firme y clara, dirigiéndose a Zac.

—"Itaque mercabaris arma, vinum, nicotinam et sanguinem humanam mutatam... Dic mihi, quid dicis in tua defensione, Cabo Zac Teyber?" —preguntó Hughes, su voz tan fría y cortante como el viento nocturno, mientras observaba a Zac a través de la máscara blanca e imperturbable.

—"Putresce! Dummkopf damnata, humano verkleidet!" —rugió Zac, con el rostro desfigurado por la ira, escupiendo con fuerza hacia Hughes, pero fallando en su intento de alcanzarlo. Hughes permaneció inmutable, ni siquiera se molestó en retroceder.

—"Hoc est totum quod dicere potes?" —replicó Hughes con indiferencia, su tono gélido apenas variando. Su mirada, oculta tras los cristales rojos de la máscara, parecía perforar a Zac con una mezcla de desprecio y curiosidad. El silencio se hizo aún más denso cuando Hughes añadió —"Quae deceptio, amici tui in Edén multa mihi narraverunt de te."

De manera pausada, Hughes movió su mano derecha, hasta ese momento oculta tras su espalda, y levantó un dedo enguantado en un gesto imperceptible pero claro para sus subordinados. Los guardias a su alrededor levantaron sus fusiles al unísono, y en un abrir y cerrar de ojos, dispararon. Los disparos resonaron en la noche, cortos y precisos, seguidos de un silencio ensordecedor. Los cuerpos de los hombres de Zac cayeron al suelo sin un solo gemido, y el aire se llenó del penetrante olor a hierro y pólvora.

Ibuki y Agata contuvieron la respiración, sus ojos desorbitados por el horror que presenciaban. El miedo los tenía completamente paralizados, incapaces de apartar la mirada de la masacre que ocurría ante ellos. El grito desgarrador de Zac se elevó en la oscuridad.

—¡Noooooooooo!

Con pasos tranquilos, Hughes se acercó a Zac, su figura imponente en contraste con la desesperación del hombre arrodillado. Sin decir una palabra, Hughes extendió la mano y le arrancó la máscara con un rápido movimiento, revelando el rostro crispado de Zac, y antes de que pudiera reaccionar, lo golpeó en el rostro, obligándolo a callar. Zac cayó hacia adelante, jadeando y sollozando por el dolor, mientras Hughes lo sujetaba del cabello con un agarre férreo.

Con una calma perturbadora, Hughes rebuscó en el bolsillo de sus pantalones y sacó un pequeño frasco. Bajo la tenue luz del muelle, Ibuki y Agata pudieron ver claramente el líquido oscuro en su interior. Era la misma sangre que les había entregado Zac, la misma que había asegurado que tendría un propósito importante. Agata contuvo su respiración, mientras Ibuki trataba de controlar su miedo creciente, sin poder apartar la mirada del frasco que Hughes sostenía.

El silencio, denso y opresivo, los envolvía mientras Hughes inclinaba la cabeza ligeramente, observando el frasco con detenimiento antes de volver su mirada hacia Zac, quien seguía gimoteando a sus pies.

—"Nunc dic mihi, cur tu et amici tui hoc habebatis. Quis vobis dedit? Et quis ea fabricat?" —preguntó Hughes, su voz ahora cargada de una fría intensidad, mientras levantaba el frasco frente al rostro ensangrentado de Zac. Este, con una sonrisa despectiva en sus labios rotos, soltó una risa ahogada y susurró algo que solo Hughes pudo escuchar. Sin expresión alguna, Hughes lo soltó, dejándolo caer al suelo con un golpe seco.

—"Quae deceptio," —murmuró Hughes con una mezcla de desdén y desaprobación. Con un movimiento deliberado, desenfundó su pistola, cuyo supresor emitía un leve brillo metálico bajo la luz del muelle. Apuntó directamente a la cabeza de Zac, quien, con una última mirada desafiante, gritó.

—¡Vivat humanitas!

Hughes, sin un atisbo de duda, apretó el gatillo. El sonido sordo del disparo resonó en el muelle mientras el cuerpo de Zac se desplomaba inerte, una nube de humo elevándose desde el cañón de la pistola. Ibuki y Agata, aterrados, intercambiaron miradas rápidas, sintiendo que su presencia había sido demasiado temeraria. El peligro de ser descubiertos los mantenía inmóviles, testigos silenciosos de aquella escena infernal.

Guardando el arma con un gesto metódico, Hughes se volvió hacia el muelle y, con la misma calma implacable, comenzó a dar órdenes.

—"Mundate omnia, egredimur. Tollite corpora, iacite et comburite ampullas cum sanguine in solo. Nullum vestigium relinquite."

Sus palabras eran firmes, y los hombres bajo su mando se movieron con precisión. Ibuki y Agata observaban desde su escondite cómo los cuerpos de los hombres de Zac eran arrastrados hacia el barco, junto con todas las armas y materiales. El suelo quedó cubierto de frascos de sangre rotos, cuyo contenido se esparció en el lugar donde había caído la mercancía. La tensión aumentaba cuando vieron a uno de los soldados con una mochila negra cargada de cilindros. Ibuki reconoció inmediatamente el equipo, un lanzallamas.

Mientras el resto del equipo regresaba al barco, el hombre del lanzallamas quedó solo, encendiendo el dispositivo con un chasquido que resonó en la noche. Las llamas se dispararon en un rugido violento, devorando el suelo manchado y extendiéndose rápidamente por la maleza. El calor sofocante comenzó a propagarse, iluminando las sombras y llenando el aire con un olor acre a humo y sangre quemada, vieron como giraba dandoles la espalda. Fue entonces cuando Ibuki y Agata, conscientes de la oportunidad, decidieron actuar.

Con el guardia de espaldas, se retiraron rápidamente, agachados entre la maleza, hasta alcanzar su automóvil averiado. Ibuki trabajó frenéticamente, levantando el coche con el gato hidráulico mientras Agata le pasaba las herramientas, sus manos temblorosas pero eficaces. Reemplazaron la llanta pinchada en cuestión de minutos, y con el último rayo de esperanza, se apresuraron a meter la llanta vieja en el maletero.

—¡Vamos, vamos! —urgió Agata, susurrando desesperado, mirando de reojo el avance de las llamas que se acercaban peligrosamente. Ibuki, jadeando, guardó las herramientas y se lanzó al asiento del conductor. Con un giro rápido, arrancó el motor y retrocedió a toda velocidad, girando bruscamente para tomar la dirección de vuelta a la carretera.

En silencio, se alejaron del infierno que consumía el muelle, sin atreverse a intercambiar palabras, sus mentes atrapadas en la brutalidad de lo que habían presenciado. El aire se llenó de humo, y cuando estaban a una distancia segura, el cielo nocturno se iluminó repentinamente. Una explosión masiva sacudió el horizonte, bañando todo con un resplandor anaranjado cegador. El rugido ensordecedor llegó hasta ellos, haciendo temblar el coche y estrellando el sonido contra las ventanas de los edificios cercanos.

Ibuki y Agata sintieron el impacto de la onda expansiva, que sacudió el vehículo violentamente. Por un segundo, la vista de la bola de fuego ascendiendo hacia el cielo los dejó sin aliento. El terror en sus ojos reflejaba la intensidad de la explosión que resonaba incluso en la lejanía.

—¡¿Qué mierda usaron?! —gritó Ibuki, con una mezcla de incredulidad y horror, mientras sus manos temblaban sobre el volante.

Agata, pálido y con el miedo aún grabado en su rostro, apenas logró responder, asintiendo sin despegar la vista del retrovisor, donde la columna de fuego aún ardía en la distancia. Ibuki, aún nervioso y aturdido, apretó el acelerador, sintiendo cómo el coche avanzaba a toda velocidad. En su interior, sabía que lo que acababan de ver cambiaría todo lo que conocían. El camino a la ciudad se alargaba frente a ellos, mientras el fuego y la destrucción quedaban atrás, dejando una marca indeleble en sus mentes.