Nota:

segunda parte aqui. dejenme su opinion.

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Los dos corrieron por las calles mientras el cielo se volvía cada vez más oscuro. Las nubes grises se transformaban en un manto opresivo que dejaba caer finas gotas de agua, anunciando la inminente llegada de la lluvia. El aire frío les azotaba el rostro mientras avanzaban apresurados, sus corazones latiendo con fuerza por el esfuerzo y la tensión acumulada.

Finalmente, llegaron a la entrada del mercado negro. Jack reconoció el lugar de inmediato, lo había visto cuando salieron con Elias y María aquel día en el que exploraron la ciudad. Sin embargo, ahora parecía completamente diferente, más sombrío, más amenazante. Jack se detuvo a medio escalón de las escaleras que llevaban al interior, su respiración acelerada mientras miraba alrededor.

—Ya hemos estado aquí —dijo Jack, su voz cargada de inquietud mientras fijaba la mirada en el entorno.

Legoshi, que ya estaba unos pasos adelante, se giró y se acercó a él.

—Jack, hay algo que debes saber —dijo Legoshi con un tono serio.

Jack lo miró con preocupación, su cuerpo tenso como si estuviera a punto de enfrentarse a algo desconocido.

—¿Qué es? —preguntó Jack, temiendo por la respuesta.

Legoshi lo observó por un momento, como si estuviera sopesando sus palabras antes de hablar. Luego, tomó a Jack por los hombros y lo miró directamente a los ojos.

—Cuando entremos ahí, no te detengas. No mires. Solo sigue corriendo, ¿entendido? —dijo Legoshi con calma, pero la firmeza en su voz dejó claro que no había espacio para cuestionamientos.

Jack sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. Algo en la mirada de su amigo le dijo que aquello que iban a enfrentar no sería fácil. Aun así, asintió lentamente, intentando confiar en él.

—Bien, te lo explicaré luego. Por ahora, solo corre conmigo y no te distraigas. Ignora todo lo que veas —añadió Legoshi antes de darse la vuelta y continuar subiendo las escaleras.

Jack se quedó unos segundos atrás, inmóvil, pero finalmente reunió el valor para seguirlo. Al llegar a la entrada, sus ojos se encontraron con una escena que nunca habría imaginado. El olor a carne invadió sus fosas nasales, un aroma penetrante y metálico que lo hizo estremecerse. Vio trozos de carne colgados, claramente de herbívoros, y sintió que un nudo se formaba en su estómago. Su rostro reflejaba una mezcla de terror y asco.

"¡María! ¡Elias! ¡Están aquí! ¡No, no, no!", pensó Jack mientras el pánico comenzaba a apoderarse de él. Levantó las manos para cubrirse la cabeza, intentando bloquear la imagen y el olor. Su mente estaba inundada por imágenes horribles de lo que podría haberles sucedido a sus amigos.

Legoshi, notando su estado, se giró de inmediato. –¡Jack, tranquilízate! –dijo con firmeza, sujetándolo de los hombros y sacudiéndolo ligeramente. –Tenemos que pasar por aquí para entrar. Trata de ignorarlo. Concéntrate en otra cosa –le aconsejó con un tono que buscaba calmarlo, aunque él mismo sentía la presión del lugar.

Jack levantó la vista hacia su amigo, su voz apenas un susurro tembloroso. –L-Legoshi… ¿Qué es este lugar? ¿Qué… qué está pasando aquí? –preguntó con un nudo en la garganta.

Legoshi evitó su mirada, claramente incómodo. –No hay tiempo. Te lo explicaré después –respondió antes de soltarse y empezar a correr por el mercado.

Jack dudó, pero no podía dejar a Legoshi solo allí. Cerró los ojos con fuerza, tratando de ignorar el olor y las imágenes que lo rodeaban. Corrió tras su amigo, pero los gritos de los vendedores y el constante murmullo del mercado lo perseguían como un eco persistente. El hedor invadía sus fosas nasales, despertando un instinto que no podía controlar. "¡No, no, no, no! ¡Esto no es real!" pensó, luchando contra la repulsión y el hambre que comenzaban a mezclarse en su interior.

Decidió pensar en Maria, en su sonrisa y su risa, usando esos recuerdos como un ancla para su mente. Vio a Legoshi girar en un callejón y lo siguió sin dudar. Ambos salieron al otro lado y, frente a ellos, se erigía un edificio alto y oscuro.

–¡Legoshi! ¿Estamos cerca? –preguntó Jack, jadeando.

–Sí –respondió Legoshi sin detenerse. –Al salir del callejón, está la clínica.

Aceleraron el paso hasta llegar a la puerta principal. Ambos se detuvieron frente a ella, intentando recuperar el aliento.

–Bien… aquí debe ser –dijo Legoshi entre jadeos. Jack, aún tembloroso, lo observó con preocupación.

Jack, todavía asqueado y conmocionado por lo que había visto, trató de mantener la calma. Cuando Legoshi levantó el puño para tocar la puerta, Jack lo detuvo.

—¡Espera! ¡Recuerda lo que dijo la voz por teléfono! —le recordó Jack con urgencia.

Legoshi asintió, bajando su puño cerrado con calma. Miró a Jack, buscando asegurarse de que estaba listo. Al ver que su amigo asentía, Legoshi dio tres golpes lentos a la puerta. Al terminar el último, dio un paso atrás, ambos esperando en un silencio que se volvió insoportable.

Pero no sucedió nada. El eco de los golpes se disipó, y la puerta permaneció cerrada. Jack y Legoshi intercambiaron miradas llenas de duda y preocupación.

La ligera llovizna comenzaba a caer con más intensidad, uniendo su murmullo al de las respiraciones nerviosas de los dos jóvenes frente a la puerta. Jack levantó la vista hacia Legoshi, su expresión llena de preocupación.

—¿Crees que hayan oído? —preguntó Jack, inquieto.

—No lo sé, tal vez... —respondió Legoshi, pero sus palabras quedaron interrumpidas al escuchar el sonido metálico de un cerrojo siendo retirado.

Ambos dieron un paso atrás instintivamente cuando la puerta se abrió lentamente, revelando un abismo oscuro frente a ellos. Ni un alma los recibía, y la oscuridad dentro era tan densa que parecía devorar cualquier luz exterior. Legoshi y Jack, a pesar de ser carnívoros, no podían ver absolutamente nada.

—Es como si... la luz no pudiera entrar —murmuró Jack, con la voz quebrada, mientras intentaba aguzar su vista y olfato, sin éxito. No había ni un olor que delatara lo que había dentro.

Legoshi avanzó un paso, pero Jack lo detuvo al instante, tomándolo del brazo.

—¡Espera! No sabemos quién está ahí —dijo Jack, temblando.

Legoshi lo miró con firmeza, aunque también estaba inquieto.

—Tenemos que entrar. Si no lo hacemos, María, Elias... y Haru... —murmuró, su tono impregnado de urgencia.

Jack asintió, tragando saliva para reunir el poco valor que tenía.

—Está bien... entremos juntos.

Ambos cruzaron el umbral al mismo tiempo, el corazón latiéndoles con fuerza. Apenas dieron unos pasos dentro, sintieron una extraña presión en el ambiente, como si algo o alguien— los estuviera observando. Sus pelajes se erizaron.

—¡Legoshi! ¿Sientes eso? —susurró Jack, inquieto.

—Sí... es como si nos estuvieran mirando —respondió Legoshi, en alerta.

De repente, la puerta detrás de ellos se cerró de golpe, resonando con fuerza y haciendo que ambos dieran un respingo. Pero antes de que pudieran reaccionar, sintieron algo frío y metálico apoyado en la parte trasera de sus cabezas. Jack se quedó petrificado, mientras Legoshi apretaba los puños, tratando de contener el pánico.

—No se muevan o les volaremos la cabeza. Contestarán nuestras preguntas y, si todo va bien, saldrán vivos de aquí —ordenó una voz firme y desconocida detrás de ellos.

La luz se encendió de golpe, pero solo iluminaba el pequeño espacio donde estaban ellos dos. Legoshi y Jack intercambiaron miradas nerviosas sin atreverse a moverse, mientras el eco de la amenaza retumbaba en sus oídos.

—¿Quién de ustedes dos es Legoshi? —preguntó la voz.

Jack miró a Legoshi, temblando, mientras este tragaba saliva antes de responder, con la voz quebrada:

—Y... y... yo soy Legoshi.

—¿Quién tiene los teléfonos de Elias y María? —volvió a preguntar la voz, con un tono más agudo.

Jack reaccionó lentamente, aterrorizado. Levantó una mano temblorosa.

—Y-y-y-y-yo... yo los encontré... con mi amigo —respondió Jack, las palabras saliendo atropelladamente.

—¿Ambos son amigos de María y Elias? —preguntó la voz con seriedad, como si tratara de evaluarlos.

Ambos asintieron, y en un hilo de voz, dijeron al unísono:

—S-sí...

—¿Saben quién se los llevó? —continuó la voz, ahora con un matiz de amenaza.

Legoshi intentó recordar algo, cualquier detalle que pudiera servir. Entonces, como un destello, recordó la tarjeta que recogió en el parque.

—Fueron... los Shishigumi —respondió finalmente, su tono inseguro pero decidido.

Hubo un largo silencio tras sus palabras, tan pesado que parecía cortar el aire. Jack y Legoshi intercambiaron miradas temerosas, pensando que algo terrible podría sucederles en cualquier momento.

Entonces, otra voz, más relajada y menos amenazante, se escuchó.

—Bien, ya pueden bajar las armas. No fueron ellos.

El frío metal se apartó de la cabeza de ambos, pero seguían paralizados por el miedo, incapaces de moverse. Los ecos de unas botas acercándose rompieron el silencio. Cuando alguien cruzó el haz de luz, por fin pudieron verlo.

Ambos se quedaron boquiabiertos al reconocerlo. Frente a ellos, con un impecable traje blanco adornado con líneas negras y una máscara blanca que ocultaba su rostro, estaba el embajador humano que visitó su academia, Hughes.

—Hola, chicos. Ustedes deben ser los amigos de Elias que mencionaba en sus cartas —dijo Hughes con una calma que no coincidía con la tensión que los rodeaba.

Jack no podía creer lo que veía, mientras Legoshi intentaba procesar cómo todo aquello había llegado hasta ese punto.

Hughes los miraba a través de su máscara, observando lo asustados que estaban.

—Tranquilos, ya pueden bajar las manos. No les haremos daño. Geruft, Mei, enciendan las luces —ordenó Hughes, mirando por encima de Legoshi y Jack, que bajaban las manos lentamente, todavía temblando un poco.

Cuando la luz de los focos de la clínica iluminó el lugar, cegó momentáneamente a los dos jóvenes, quienes parpadearon varias veces mientras sus ojos se ajustaban al cambio de luminosidad.

—Bien, chicos, vengan conmigo —dijo Hughes en un tono amable.

Legoshi y Jack miraron a su alrededor. Con la vista ya adaptada, se percataron de que estaban rodeados por varios hombres en uniformes negros. Llevaban máscaras y cascos que no dejaban ni un centímetro de piel visible, y cada uno estaba armado con rifles automáticos. Un escalofrío recorrió sus cuerpos al darse cuenta de lo serio que era el ambiente.

Entonces, escucharon pasos pesados detrás de ellos. Al girar, Jack se congeló, paralizado de miedo. Ante ellos se alzaba un soldado con un uniforme blindado de color negro con líneas rojas. Su máscara negra tenía cristales rojos donde debían estar los ojos, y su mirada parecía perforarlos desde arriba. Legoshi sintió cómo se encogía al lado de esa figura imponente.

Pronto, otra figura más pequeña, de la misma estatura que Jack, se acercó. Llevaba un uniforme similar.

—¡Listo, señor! —dijo la figura pequeña, con una voz aguda que contrastaba con el ambiente tenso.

—Bien, Mei. Vayan y vigilen los alrededores —ordenó Hughes con calma.

—¡Sí, señor! —respondieron al unísono antes de dispersarse, dejando a Hughes solo con Jack y Legoshi.

Los dos jóvenes sentían que sus corazones latían desbocados mientras Hughes los observaba. Aunque su máscara cubría su rostro, la falta de expresión visible hacía que su presencia resultara aún más inquietante.

—Vamos a la otra sala. Dejé a un amigo esperando —dijo Hughes con amabilidad, invitándolos a seguirlo.

Jack intentó responder, pero su voz tartamudeó.

—S-s-sí...

Hughes rió suavemente.

—Tranquilo. No les haré daño, tienen mi palabra.

Giró y comenzó a caminar. Jack y Legoshi se miraron por un momento antes de asentir mutuamente y seguirlo.

Caminaron por la clínica hasta que llegaron a una puerta. Hughes la abrió, invitándolos a pasar primero. La habitación era pequeña pero acogedora, decorada con una mesa, una alfombra, dos sillones y estanterías llenas de libros. Al observarla, Legoshi recordó de inmediato dónde estaban; el miedo lo había distraído por completo.

En ese momento, alguien entró por otra puerta mientras hablaba:

—Veo que ya... —No terminó la frase. Al levantar la vista, vio a los dos jóvenes.

—¡PANDA! —exclamó Legoshi de inmediato.

El panda frunció el ceño, visiblemente molesto.

—¡¿Qué te pasa, niño?! ¡Mi nombre no es Panda! ¿Te golpeaste la cabeza? ¡Me llamo Gouhin recuerdas! —espetó, claramente irritado.

Jack miró al panda, quien llevaba una camisa debajo de una chaqueta impermeable, pantalones azules y botas. La mirada severa de Gouhin cayó sobre él, haciendo que bajara ligeramente las orejas.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Gouhin, cruzando los brazos—. Y veo que traes a alguien.

Su mirada se posó en Legoshi.

—¿Finalmente viniste a admitir que tus instintos te están confundiendo con amor hacia esa coneja? —añadió Gouhin con tono burlón.

Legoshi no respondió, pero su incomodidad era evidente. Hughes avanzó, colocándose frente a ellos.

—¿Recuerdas la llamada importante que tuve hace rato? —preguntó a Gouhin, en un tono casual.

El panda asintió.

—Sí...

Su expresión cambió al entender.

—¡¿Qué?! ¡¿Fueron esos dos mocosos los que te llamaron?! —exclamó incrédulo, mirando a Legoshi y Jack antes de acercarse.

—¿Qué es lo que hacen aquí? —preguntó con genuina curiosidad, mirando a ambos.

Legoshi dio un paso adelante, intentando mostrarse seguro.

—Queremos rescatar a nuestros amigos fueron raptados, dos de ellos son humanos —respondió con seriedad.

—¿Quién los secuestró? —inquirió Gouhin, frunciendo el ceño.

Antes de que Legoshi pudiera responder, Hughes intervino.

—Fueron los Shishigumi esa banda de criminales —dijo, captando la atención del panda.

Gouhin lo miró fijamente, preocupado.

—Ya veo... Esto es grave —murmuró, llevándose una mano al mentón.

—¡Hay que ir por ellos! —exclamó Jack de repente, su voz cargada de preocupación.

La habitación quedó en silencio por un momento mientras todos lo miraban. Gouhin fijó su atención en el perro.

—¿Y tú quién eres? —preguntó con tono serio, examinándolo con la mirada.

Jack tragó saliva, sintiendo el peso de la pregunta, pero respondió con firmeza.

—Soy Jack, un amigo de Legoshi —dijo, a pesar de su nerviosismo evidente.

Gouhin lo miró un instante más antes de asentir.

—¿Un perro? —comentó Gouhin, ladeando ligeramente la cabeza con una expresión de incredulidad—. ¿Y qué hace un perro metido en problemas con un lobo cabeza hueca como este? Sé que quieres rescatar a tus amigos, pero nadie se arriesgaría de manera tan peligrosa y desconsiderada solo por eso.

La mirada seria de Gouhin hizo que Jack sintiera cómo sus nervios lo traicionaban. A pesar de eso, reunió el valor suficiente para responder. Hughes lo observaba en silencio, esperando.

—Bueno, yo… —comenzó Jack, su voz temblorosa mientras intentaba superar la vergüenza que lo invadía. Su preocupación, sin embargo, lo empujó a continuar—. Yo me enamoré de la humana.

El ambiente quedó en un incómodo silencio tras esas palabras. Gouhin supuso que uno de los humanos era una chica lo miró, incrédulo, mientras Legoshi desviaba la mirada hacia Hughes, buscando algún tipo de reacción negativa.

—¡¿Qué?! —gritó Gouhin, sobresaltando a todos. Volteó hacia Legoshi con furia—. ¡Tú, maldito niño, tendré que ponerte en cuarentena! ¡Parece que ya contagiaste a alguien con tus ideas extrañas!

Con evidente frustración, Gouhin tomó a Legoshi de los hombros y comenzó a zarandearlo con fuerza.

—¡Dime, ¿es contagioso?! —añadió con seriedad, mirándolo fijamente, mientras Legoshi intentaba mantenerse en pie.

De repente, una fuerte carcajada rompió la tensión. Hughes reía con ganas, llamando la atención de todos. La inesperada reacción desconcertó a los presentes.

—Ahahaha, lo siento, lo siento…pero dime, ¿realmente amas a María? —preguntó Hughes, todavía luchando por calmar su risa. Su mirada se posó en Jack, quien se sonrojó instantáneamente.

—S-sí… —respondió Jack apenas, desviando la mirada, completamente avergonzado.

Hughes lo observó con una sonrisa comprensiva tras su máscara.

—Mhhh, lo que es ser joven, —comentó alegremente, mientras Jack lo miraba confundido y avergonzado.

—¿N-no está molesto porque me guste Maria? —preguntó Jack con timidez.

—¿Por qué habría de estarlo? —respondió Hughes, tranquilo.

Jack sintió un poco de alivio, pero aún lo carcomía la inseguridad.

—Pero me refiero a que… soy una bestia, no un humano como ustedes. —dijo con desánimo, bajando la mirada.

Hughes lo miró con seriedad antes de responder. —Ah, ya veo. Tranquilo, no hay problema con eso, realmente.

Aunque esas palabras lo animaron un poco, Jack no podía ocultar su preocupación.

—Pero tampoco quiero hacerle daño. Cada vez que estoy cerca de ella, siento que mis instintos de depredador quieren atacarla. Tengo miedo de lastimarla, pero… al mismo tiempo, no quiero separarme de ella. —admitió Jack, mirando al suelo, con tristeza evidente en su voz.

Gouhin suspiró, interrumpiendo la conversación.

—Oh, parece que tendré otro paciente, —dijo Gouhin con su tono habitual, llamando la atención de Jack. Luego lo miró seriamente—. Sientes que la amas, pero tus instintos de depredador te dicen que la ataques, ¿cierto?

Jack asintió lentamente.

—Bueno, niño, lamento decirte esto, pero eso no es amor. Solo la quieres como tu presa, al igual que este lobo de aquí. —Gouhin señaló a Legoshi, que bajó la mirada al escuchar sus palabras—. Hace semanas me decía lo mismo sobre esa coneja, y mira, sigue insistiendo con que la ama.

—¡Pero realmente la amo! —protestó Jack, con la voz cargada de dolor ante las palabras de Gouhin. —Yo la amo me hace sentir tranquilo y feliz—. Añadió Jack hablando en voz baja.

Gouhin cruzó los brazos y suspiró con cansancio.

—Realmente lo contagiaste de tu locura —dijo mirando brevemente a Legoshi antes de continuar—. Pero bueno, no tengo un tratamiento para ti. Con Legoshi al menos pude usar revistas de adultos de conejos.

Jack se sonrojó violentamente al recordar la revista que había encontrado debajo de la cama de Legoshi.

—¡E-en-tonces tú fuiste quien le dio esa revista a Legoshi! —exclamó Jack, completamente avergonzado.

Legoshi se encogió ligeramente al escuchar la acusación.

—Claro que sí, era parte de su tratamiento… aunque parece que no funcionó, —respondió Gouhin, completamente tranquilo, como si hablara de algo común.

Jack abrió los ojos con incredulidad. —¿Tratamiento? ¡¿Espera, tú eres…?!

—Sí, soy doctor. Esta es mi clínica, ¿no es obvio? —respondió Gouhin, mirándolo con cansancio.

—¡¿Pero qué clase de tratamientos son esos?! ¡¿Cómo se considera eso un tratamiento?! —gritó Jack, incapaz de contener su sorpresa.

—Esta clínica es para casos extremos. Yo me encargo de los que no pueden ser tratados en hospitales normales. —Gouhin hablaba con seriedad, como si estuviera explicando algo mundano.

Antes de que pudieran continuar discutiendo, Hughes intervino, poniendo fin al intercambio.

—Bien, creo que será mejor ir por ellos —dijo con voz calmada.

Gouhin lo miró con una mezcla de escepticismo e inquietud, mientras Legoshi y Jack observaban la interacción, preguntándose si ambos se conocían desde hace tiempo.

—Veo que vas a agitar el avispero —comentó Gouhin con un tono que evidenciaba su preocupación.

—No será algo que haga mucho ruido. Será rápido —respondió Hughes con la misma calma.

Legoshi y Jack intercambiaron miradas, confundidos por la naturalidad con la que hablaban de algo tan peligroso.

—Solo espero que esto no cause un gran alboroto. No quiero lidiar con más problemas —añadió Gouhin, dejando escapar una ligera sonrisa.

—Bien, vamos —dijo Hughes, dirigiéndose a la puerta con decisión. Los demás lo siguieron hasta la entrada de la clínica, donde Hughes se detuvo y giró para mirar a Legoshi y Jack.

—¿Vendrán o se quedarán? —preguntó con seriedad.

Antes de que pudieran responder, Gouhin intervino, claramente molesto.

—¡¿Piensas llevar a estos dos contigo?! —exclamó, fulminando a Hughes con la mirada.

—Sí, ¿por qué? —respondió Hughes con un tono sereno, casi indiferente.

Gouhin suspiró, pero su expresión se endureció.

—¡Es muy peligroso para ellos! Son solo niños —dijo con firmeza.

—Lo sé. Por eso lo pregunté y pensé que tú también vendrías —respondió Hughes con tranquilidad, sin dejarse intimidar.

—No. Es demasiado peligroso, incluso para mí —admitió Gouhin, pero no bajó el tono de reproche.

Legoshi comenzaba a impacientarse. Cada segundo que pasaba en esa discusión se sentía como un desperdicio de tiempo valioso.

—Además, ni siquiera conoces la ubicación de su base —añadió Gouhin, cruzándose de brazos.

—Claro que sí —replicó Hughes con confianza—. Está subiendo un poco más por la pendiente, y luego solo hay que seguir derecho hasta llegar cercADFJKa de un lago.

Legoshi escuchaba atentamente, memorizando la descripción. Jack, por su parte, permanecía en silencio, inmerso en sus propios pensamientos, sintiéndose abrumado por la incertidumbre.

De repente, la puerta de la clínica se abrió, dejando entrar a Mei, empapado por la lluvia y con un rompe vientos negro.

—Señor, está lloviendo mucho —informó Mei, mientras el agua goteaba de su rompe vientos.

Legoshi miró hacia afuera. La lluvia caía con más fuerza, y el cielo, cubierto de densas nubes, anunciaba que el día estaba a punto de desvanecerse en una penumbra grisácea. Su mente se llenó de imágenes de Haru, Elias y Maria. Una creciente desesperación lo invadió.

—"Necesito irme... Haru, Elias, Maria" —pensó con angustia.

Antes de que pudiera detenerse a considerar las consecuencias, tomó una decisión. "Lo siento, Jack, pero tengo que ir". Sin decir una palabra, salió corriendo hacia la tormenta.

—¡Legoshi, espera! —gritó Jack, tratando de detenerlo. Su voz llamó la atención de Hughes, Gouhin y Mei.

—¡Mierda! Ese niño idiota se fue —gruñó Gouhin, asomándose a la puerta para intentar localizarlo. Luego, giró hacia Jack, sus ojos llenos de frustración.

—¡¿A dónde fue?! —preguntó, pero Jack no pudo responder. Fue Hughes quien habló.

—Creo que fue a buscarlos —dijo con seriedad.

—Ese idiota solo logrará que lo maten —murmuró Gouhin, claramente enfadado—. No pienso dejarlo solo, es solo un niño.

Gouhin se dirigió rápidamente hacia una puerta cerrada. Sacó un manojo de llaves, abrió la puerta y desapareció dentro. Mientras tanto, Hughes miró a Mei.

—Reagrupa a todos en el camino. Haremos un plan para sacarlos de allí —ordenó. Mei asintió rápidamente y salió bajo la lluvia.

Ahora, solo quedaban Hughes y Jack en el lugar. Hughes dirigió su atención al joven.

—Bien, muchacho, vendrás con nosotros —dijo con firmeza.

Jack tragó saliva, el miedo y la incertidumbre retorciendo su estómago. Apenas logró asentir.

—Bien, Jack. Iremos por ellos, así que te quedarás detrás de mí. ¿Entendido? —dijo Hughes, adoptando un tono autoritario.

Jack asintió nuevamente, luchando por mantener la calma. Sus pensamientos estaban con sus amigos, Maria, Elias, la otra estudiante... y ahora también con Legoshi, quien se había lanzado solo a lo desconocido.

Legoshi corría a toda prisa hacia la ubicación, su corazón latiendo con fuerza mientras la lluvia lo golpeaba implacablemente. Relámpagos ocasionales iluminaban el camino, revelando la vegetación y los charcos que se formaban en el terreno irregular.

—"¡Vamos, vamos, tengo que llegar!" —pensó, apretando los dientes mientras aceleraba.

Finalmente, llegó a lo que parecía ser la entrada de la base. Su respiración era agitada, y su pelaje estaba empapado. Frente a él, vio una estructura peculiar, cráneos de diferentes animales colgaban del marco de la entrada, dispuestos que le dio un escalofrío. Una barda alta rodeaba el lugar, y un pequeño lago cruzaba por el interior, conectado a la calle mediante un puente que llevaba hacia el patio principal del edificio.

Dos leones vigilaban la entrada del edificio principal. Legoshi se agachó detrás de uno de los pilares cercanos, evaluando la situación mientras su mente trabajaba a toda velocidad en busca de un plan.

De repente, sintió algo frío presionando la parte trasera de su cabeza. Se congeló. Giró lentamente para encontrarse con un león que lo miraba con una expresión severa. Llevaba un parche sobre la ceja, y su labio estaba ligeramente ensangrentado, como si acabara de salir de una pelea. Sostenía un paraguas con una mano y una pistola con la otra, apuntándole directamente.

—¿Quién eres? —preguntó el león, su voz cortante como un cuchillo.

—Me perdí y... —Legoshi trató de excusarse, pero fue interrumpido cuando el león presionó aún más la pistola contra su cabeza.

—No me importa. Odio a los perros, y ¿sabes qué? Hoy he tenido un día de mierda, así que me desquitaré contigo. ¿Qué te parece? —gruñó el león con una frialdad aterradora.

El corazón de Legoshi latía con tanta fuerza que sentía que podría explotar en cualquier momento. Pero entonces, un aroma familiar llegó a su nariz, un olor que reconoció al instante, Haru, Elias y Maria. Era inconfundible. Ese rastro, mezclado con la lluvia, lo llenó de ira.

—¡Maldito perro...! —el león comenzó a insultarlo de nuevo, pero Legoshi reaccionó. Con un movimiento rápido, agarró la mano del león y desvió el arma, obligándolo a apuntarse a sí mismo.

—¿Dónde están? —preguntó Legoshi, su voz grave y cargada de rabia mientras gruñía amenazadoramente.

El león forcejeó desesperadamente, pero Legoshi lo mantenía inmovilizado, empujando el arma cada vez más cerca de su cabeza. El sonido de la lluvia y los relámpagos llenaba el aire. En un intento desesperado por soltarse, el león disparó el arma. Un trueno estalló en el mismo instante, ahogando el ruido del disparo.

El impacto fue brutal, una de las orejas del león voló en pedazos. Ambos cayeron al suelo, el león gritando de dolor mientras Legoshi trataba de recuperar el aliento. Antes de que pudiera reaccionar, el león se levantó rápidamente y lo empujó, apuntándole de nuevo con el arma, su rostro distorsionado por el dolor y la furia.

Legoshi permaneció en el suelo, inmóvil, mientras el tiempo parecía detenerse. Miró fijamente el cañón del arma, convencido de que ese sería su final. Pero entonces, algo ocurrió.

De la nada, una figura apareció detrás del león y lo golpeó con fuerza, dejándolo inconsciente en el acto. Legoshi alzó la vista con incredulidad y vio a Gouhin, empapado por la lluvia, junto con Hughes, Geruft, Mei y Jack. Todos llevaban rompevientos negros que los ayudaban a mezclarse con la tormenta.

Sin embargo, lo que más llamó la atención de Legoshi fueron los hombres que acompañaban a Hughes. Sus máscaras metálicas brillaban bajo los relámpagos, y los ojos detrás de ellas emitían un brillo siniestro que parecía traspasar la oscuridad. Cada relámpago iluminaba sus figuras, haciéndolos parecer espectros de otro mundo.

Legoshi tragó saliva mientras una mezcla de alivio y terror lo invadía. Habían llegado justo a tiempo...

—¡Maldito! ¿Por qué no pudiste esperar? ¡Casi mueres! —regañó Gouhin, visiblemente molesto.

Legoshi lo miró, notando que el panda estaba armado hasta los dientes: una banda de balas cruzaba su pecho, y llevaba varias armas de bambú, además de una ballesta del mismo material. Gouhin extendió su mano hacia Legoshi, ayudándolo a levantarse del suelo.

—Lo siento... pero perdí un poco el control —admitió Legoshi, su voz aún temblorosa por el susto de haber estado tan cerca de morir.

Antes de que pudiera reaccionar, Jack se acercó corriendo y lo abrazó con fuerza.

—Pensé que te había pasado algo malo, Legoshi. ¡No vuelvas a hacer algo así! —dijo Jack, su voz llena de preocupación.

Legoshi sintió el calor del abrazo y el peso de la culpa.

—Lo siento, Jack. No lo pensé bien... —respondió, colocando sus manos sobre los hombros de su amigo y mirándolo directamente.

Gouhin no les dio mucho tiempo para reflexionar.

—Bien, ahora será mejor que estés listo para morder y rasgar. Vamos a entrar ahí —dijo con seriedad, su mirada afilada como un cuchillo.

Legoshi y Jack intercambiaron una mirada.

—Sí —respondió Legoshi con determinación, aunque sabía lo que les esperaba.

Jack, por su parte, tragó saliva, tratando de contener su miedo.

—Bien —intervino Hughes, captando la atención de todos mientras se dirigía a sus hombres—. ¡Busquen la fuente de energía del lugar! ¡Cuando yo lo ordene por radio cortaran el suministro eléctrico! ¿Entendido?

—¡Sí, señor! —respondieron los hombres de Hughes al unísono, disipándose rápidamente en la lluvia torrencial mientras buscaban la fuente de energía.

Legoshi, Jack y Gouhin los observaron desaparecer en la oscuridad. La lluvia caía con más fuerza, intensificando la atmósfera de tensión. Hughes miró hacia ellos, su máscara sin expresiones bajo la capucha que lo protegía de la tormenta se veía más aterradora que nunca.

—Geruft, Mei, conmigo —ordenó Hughes, comenzando a caminar hacia la entrada del recinto.

—Vamos —dijo Gouhin, siguiéndolo.

Legoshi y Jack intercambiaron otra mirada antes de moverse tras ellos con precaución. Cruzaron el puente, donde el sonido del agua bajo sus pies parecía amplificar el silencio tenso que los rodeaba.

Los dos guardias leones que vigilaban la entrada reaccionaron de inmediato al notar una figura alta y borrosa aproximándose a través de la cortina de lluvia.

—¡¿Quién es?! —gritó uno de ellos, su voz llena de nerviosismo.

No hubo respuesta.

El segundo guardia avanzó un paso, pero en ese momento las luces del exterior se apagaron abruptamente. La oscuridad cayó como un manto pesado, y ambos comenzaron a sentirse inquietos.

—¡Identifícate o disparamos! —vociferó uno de ellos.

La figura siguió sin responder. Decidido, el guardia avanzó otro paso, pero en ese momento, un relámpago iluminó el cielo.

La luz reveló la figura imponente de Geruft. Los lentes de su máscara brillaban con un intenso rojo carmesí, como dos ojos infernales que parecían atravesar el alma de los leones.

El terror se apoderó de ellos de inmediato. Podían sentir su sangre helarse en las venas mientras sus piernas comenzaban a temblar. Sus manos, incapaces de sostener las armas, las dejaron caer al suelo con un estruendo apagado por la lluvia.

Una risa profunda y gutural resonó en el aire, haciéndoles erizar el pelaje. El sonido era escalofriante, como si viniera de una criatura que disfrutaba del miedo que inspiraba.

Los leones se quedaron paralizados, incapaces de moverse, mientras la figura de Geruft avanzaba lentamente hacia ellos, cada paso como un golpe de tambor en sus oídos.

Uno de los guardias leones comenzó a gritar, el pánico reflejado en cada palabra.

—¡YO ME VOY DE AQUÍ!

Salió corriendo hacia el interior del edificio, su compañero no tardó en seguirlo.

—¡ESPÉRAME!

Ambos atravesaron la puerta principal, cerrándola de golpe tras ellos. Dentro del edificio, los otros leones los notaron y corrieron hacia ellos, alarmados por su comportamiento.

—¿¡Qué pasa!? —preguntó uno de ellos, un león robusto llamado Free.

—¡No lo sé, Free! Hay algo allá afuera... las luces del patio se apagaron, y vimos una figura enorme parada en el puente... ¡con ojos rojos! —dijo uno de los guardias, su voz temblorosa. Su cuerpo entero reflejaba el terror que había sentido.

Los otros leones los miraban incrédulos.

—¡De qué estás hablando! Debiste haber bebido demasiado —intentó bromear Free, tratando de calmar la tensión. Sin embargo, al observar que los guardias no dejaban de temblar, supo que algo no estaba bien.

—¡Esa cosa se rio de nosotros! Su sonido... era sobrenatural... —dijo el otro guardia, su voz apenas un susurro cargado de miedo.

Free frunció el ceño, sin saber cómo reaccionar.

—Bien... subamos y hagamos cambio de turno. Los demás, ayuden a este par.

Los leones obedecieron. Mientras uno de los guardias seguía hablando incoherencias, Free lo llevó consigo para intentar calmarlo.

De repente, un golpe seco resonó en la puerta principal. El sonido era sordo, como si alguien estuviera golpeando lentamente.

Todos voltearon a mirar hacia la puerta, sus movimientos cargados de una tensión palpable.

—¡Está ahí afuera! —gritó uno de los guardias, tratando de alejarse de la entrada.

—¡Deja de gritar! ¡No es nada! —espetó Free, sacando su arma con un movimiento brusco. Los otros leones lo imitaron, apuntando sus armas hacia la puerta, listos para cualquier cosa.

Los golpes continuaron, pero poco a poco se desvanecieron, dejando un silencio que parecía apoderarse del lugar. Free dio un paso hacia la puerta, bajando un escalón con cautela.

En ese momento, las luces del interior se apagaron abruptamente.

El edificio quedó sumido en la más absoluta oscuridad.

En el exterior, Hughes observaba la situación desde detrás de una roca en el patio, acompañado por Mei, Geruft, Gouhin, Legoshi y Jack.

—¿Listos? —preguntó en voz baja, su tono lleno de calma calculada.

—Sí, señor. Colocamos suficiente explosivos para volar esa puerta —respondió Mei con confianza, mientras Geruft asentía en silencio.

Hughes miró al resto del equipo.

—Cúbranse los oídos. Va a ser un estruendo fuerte —ordenó con firmeza.

Legoshi, Jack y Gouhin asintieron y se prepararon, mientras Hughes sacaba su radio y lo alzaba.

—Fuera luces —ordenó.

De inmediato, todas las luces del edificio se apagaron, dejando el lugar en completa oscuridad.

Hughes asintió hacia Mei.

—Ahora.

Mei presionó el detonador. Justo en ese instante, un relámpago iluminó el cielo, su resplandor bañando el lugar con una luz espectral. Un segundo después, el rugido del trueno se combinó con el estruendo de la explosión que voló la puerta principal en mil pedazos, silenciando cualquier otro sonido.

La entrada quedó hecha añicos, la explosión resonando como un eco en el aire. Hughes observó el resultado.

—Bien, prepárense —ordenó a los demás.

Legoshi y Jack intercambiaron una mirada. El lobo sentía cómo la adrenalina corría por sus venas, mientras Jack intentaba ocultar el miedo en su rostro. Ambos sabían que lo que estaba por venir no sería fácil.

La explosión fue devastadora. Free apenas tuvo tiempo de girar la cabeza hacia la puerta antes de que la onda de choque lo lanzara por los aires junto con los demás leones que estaban cerca. El estruendo reverberó en todo el edificio, haciendo temblar sus cimientos y dejando un eco que se prolongó varios segundos después del impacto.

En los pisos superiores, los miembros de Shishigumi sintieron el retumbar de la explosión, alertados de inmediato. Ibuki, quien estaba sentado en el bar en el área de descanso junto a Agata, se tensó al escuchar el ruido. El apagón y la explosión ocurridos en rápida sucesión lo llenaron de una inquietud creciente.

Agata, con los ojos desorbitados, giró hacia él, su voz quebrándose por el pánico.

—¡Son ellos... son ellos!

—¡Agata, contrólate! —gruñó Ibuki, intentando calmarlo mientras lo tomaba firmemente del hombro. Su voz, aunque firme, reflejaba la urgencia de la situación—. Tenemos que bajar y ver qué está pasando.

Agata tragó saliva y asintió, aunque su cuerpo seguía temblando. Juntos, salieron del bar mientras otros miembros de Shishigumi descendían rápidamente las escaleras. Todos se movían a tientas en la oscuridad, sus pasos resonando en el silencio que seguía a la explosión.

Cuando llegaron al primer piso, lo que vieron los dejó helados. Free y varios leones yacían inconscientes en el suelo, sangre escurriendo de sus oídos. El polvo y el humo flotaban densamente en el aire, creando una neblina que solo se iluminaba por los relámpagos que cruzaban el cielo afuera.

—¿¡Qué pasó aquí!? —gritó Jinma, alarmado al ver a sus compañeros tirados en el suelo.

Sin dudarlo, los miembros de Shishigumi corrieron a ayudar a los heridos, levantándolos cuidadosamente mientras el caos se extendía en el ambiente.

Entonces, Agata gritó con voz estridente, señalando hacia la puerta doble que estaba ahora hecha añicos.

—¡LOS DEMONIOS ESTÁN AQUÍ!

Sin esperar una respuesta, salió corriendo hacia el segundo piso, el miedo desbordándose en cada uno de sus movimientos.

Los demás, confundidos y temerosos, dirigieron su atención hacia el polvo y el humo que aún cubrían la entrada. Un relámpago iluminó el cielo, y por un breve instante, una silueta alta y ominosa apareció detrás del velo grisáceo.

Todos quedaron congelados.

El siguiente relámpago llegó con más fuerza, iluminando nuevamente la escena. Esta vez, la figura estaba más cerca. Podían escuchar los pesados pasos que resonaban sobre el suelo mojado mientras avanzaba bajo la lluvia torrencial.

Cuando atravesó el marco de la puerta, todos pudieron verlo con claridad. Era una figura imponente, con una máscara que reflejaba la luz de los relámpagos. Sus ojos brillaban intensamente en un rojo antinatural, un fulgor que parecía perforar la oscuridad y clavarse directamente en las almas de quienes lo miraban.

Ibuki sintió cómo la sangre se le helaba en las venas, incapaz de apartar la vista. Cada centímetro de su cuerpo le pedía correr, pero sus piernas no respondían.

La figura permaneció inmóvil por un momento, como si evaluara el lugar y a las presas que había delante. La lluvia caía sin cesar, empapando el suelo y añadiendo una atmósfera aún más opresiva.

El ambiente era sofocante. Nadie se movía, ni siquiera respiraba, mientras observaban a la segunda figura más pequeña avanzar tras el imponente primer hombre. Era otro con la misma indumentaria, pero su presencia era igual de perturbadora. La tensión creció hasta un punto insoportable cuando una tercera figura emergió, caminando con pasos decididos y calmados entre los dos.

Ibuki sintió un escalofrío recorrer su espalda al reconocerlo, el embajador humano. Lo vio en las noticias y aquella noche, pero verlo en persona era otra cosa. La máscara blanca del hombre, con cristales rojos donde deberían estar sus ojos, relucía cada vez que un relámpago iluminaba el lugar. Su porte era elegante, pero había algo profundamente amenazante en su postura relajada, como si todo estuviera bajo su control.

—Cariño, estoy en casa —dijo Hughes, en un tono burlón que resonó en la sala, helando la sangre de todos.

Los leones estaban tensos, sus manos temblaban, incapaces de decidir si sacar sus armas o quedarse inmóviles.

—Creo que tienen algo que me pertenece —continuó Hughes, esta vez con una seriedad que caló en todos los presentes.

El cambio repentino en su tono hizo que los miembros de Shishigumi sintieran cómo el terror se convertía en una corriente tangible que recorría el aire.

—Podemos hacer esto de la manera fácil... o difícil. Ustedes deciden.

Un silencio mortal se extendió en el lugar. Entonces, un león, incapaz de soportar la presión, sacó su arma y apuntó con manos temblorosas hacia Hughes, gritando.

—¡NO TE ACERQUES!

Antes de que pudiera disparar, una figura a su derecha, Mei, reaccionó con rapidez letal. En un movimiento fluido, sacó un cuchillo y lo lanzó con precisión mortal, clavándolo en la garganta del león. Este cayó al suelo, ahogándose, mientras la sangre se extendía a su alrededor.

Hughes suspiró, sacudiendo la cabeza.

—Supongo que será de la manera difícil. Geruft, Mei, no los maten... solo asegúrense de que recuerden esta noche.

—¡Sí, señor! —respondieron al unísono, con voces firmes.

Los leones intentaron reaccionar, sacando sus armas, pero sus manos seguían temblando. Los disparos comenzaron a resonar en la sala, pero eran erráticos y descoordinados. Ibuki, sintiendo el peligro inminente, reaccionó rápidamente, corrió hacia las escaleras, encontrándose con Agata en el suelo del segundo piso, temblando.

—¡Vamos! ¡A la habitación después de la del jefe! —gritó Ibuki mientras ayudaba a Agata a levantarse.

Se levantó de un salto y siguió a Ibuki, tropezando mientras huían. Vieron a Jinma cargando a un Free inconsciente. Sin dudarlo, Ibuki y Agata lo ayudaron, mientras otros miembros de Shishigumi corrían aterrorizados hacia el interior de la habitación.

Los disparos abajo continuaban, pero cada vez eran más espaciados, sustituidos por gritos de dolor y súplicas.

—¡Rápido, entren! —gritó Ibuki al llegar a una habitación segura en el piso superior.

Cerró la puerta justo cuando un león intentaba llegar corriendo, pero no lo logró. Desde el otro lado, se escucharon sus gritos desesperados.

—¡Abran, por favor! ¡NO, NO, ESPERA! ¡POR FAVOR, ESPERA, ESPERA!

Sus súplicas se interrumpieron con un grito agudo, seguido de un perturbador sonido de risa que resonó en los pasillos.

Ibuki y los demás se prepararon, sacando sus armas y apuntando hacia la puerta, sabiendo que no había escapatoria. El silencio se rompió de nuevo cuando comenzaron a escuchar golpes secos en la entrada. La luz regresó inesperadamente, pero no trajo consuelo, sino una sensación aún más inquietante.

La puerta se abrió lentamente, dejando entrar un humo blanco que se arremolinaba como una niebla espesa. Sin esperar, los leones abrieron fuego, vaciando sus cargadores en el humo, sus disparos llenando la habitación con el estruendo de la pólvora.

Cuando las armas finalmente se quedaron sin balas, el clic de los gatillos secos fue lo único que se escuchó. La esperanza de haber detenido a los intrusos se desvaneció al escuchar nuevamente aquellos pasos pesados.

De entre el humo, una figura emergió lentamente. Geruft, protegido por un escudo plegable que cubría todo su cuerpo, caminaba con calma mientras el humo se arremolinaba a su alrededor. Su presencia era imponente, y los leones sintieron cómo su moral se desmoronaba al verlo avanzar hacia ellos, imparable.

El humo terminó de disiparse lentamente, revelando a Mei avanzando hasta colocarse junto a Geruft, mientras Hughes hacía su entrada al centro de la habitación, seguido por Jack, Legoshi, y Gouhin, que se mantuvieron detrás de él. La sala era espaciosa, con varios sillones colocados en un semicírculo, aunque ninguno de los presentes pensaba en acomodarse.

Geruft y Mei se separaron de Hughes, posicionándose estratégicamente para cubrir más espacio. Hughes, con su calma perturbadora, habló una vez más.

—Bueno, no sé qué esperaban. Quiero a los niños que secuestraron, a los tres completos. Si no los entregan... lo lamentarán mucho. —La frialdad de su voz no dejaba lugar a dudas, no era una amenaza, era una advertencia.

Los leones de Shishigumi sintieron cómo un escalofrío recorría sus espinas. Uno de ellos, sin embargo, intentó reunir valor y gritó.

—¡Tú no nos darás órdenes, maldito demonio! ¡Somos Shishigumi, la banda más temida del mercado negro!

El grito resonó en la sala, pero antes de que se disipara, una carcajada aguda escapó de Mei, seguida por una risa grave de Geruft. Sus risas resonaron con un eco burlón que dejó a los leones congelados entre el terror y la confusión.

Hughes rio levemente, con una calma escalofriante.

—Oh, eres muy bueno contando chistes, gatito. Has hecho reír a mis guardias. Pero, lamentablemente, yo tengo poca paciencia... y poco tiempo. —Sus ojos recorrieron la sala antes de dirigir su atención a Mei y Geruft.

—Mei, Geruft... les doy cero restricciones. Usen toda su fuerza, no los maten háganlos lamentarse por lo que hicieron.

La orden fue dada con tranquilidad, pero el impacto fue inmediato. Los leones intercambiaron miradas de desconcierto y creciente pánico. Gouhin observaba con el ceño fruncido, sin sorprenderse. Mei, en cambio, exhaló un suspiro de alivio mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro bajo su máscara.

—¡Por fin podré quitarme esto! —exclamó Mei emocionada, empezando a despojarse de los guantes que cubrían sus manos.

Las miradas de todos se clavaron en sus movimientos. Sus dedos delgados revelaron uñas largas y afiladas, mientras su piel, inicialmente rosa, comenzaba a adquirir un tono diferente a medida que subía por su uniforme ocultandola. Aunque el material del traje cubría gran parte de su cuerpo, el cambio era innegable.

Geruft dejo el escudo replicó el movimiento, quitándose también los guantes y dejando al descubierto unas manos enormes con garras afiladas que parecían capaces de atravesar metal. La inquietud se apoderó tanto de los leones como de Legoshi y Jack, quienes observaban con una mezcla de incredulidad y temor.

Pero lo que realmente los dejó boquiabiertos fue cuando ambos se quitaron los cascos. Mei reveló unas largas y grandes orejas manchadas de negro y amarillo dorado, mientras las de Geruft eran similares a las de Legoshi, de un gris oscuro. El silencio se rompió cuando ambos dejaron caer sus máscaras al suelo, mostrando sus rostros al completo.

Los leones quedaron petrificados. Mei y Geruft tenían rasgos humanos combinados con características de bestias. Sus rostros eran una mezcla inquietante, contaban con un ligero pelaje, pero sus facciones eran más humanas, con hocicos apenas sugeridos. Tenían cabello, pero sus ojos y expresión mantenían algo ferozmente animal.

Un león, incapaz de soportar lo que veía, gritó.

—¡¿Qué carajos es eso?!

Agata, con el rostro descompuesto por el miedo, añadió.

—¡Son demonios! ¡Han tomado nuestra forma!

Mei sonrió con una expresión burlona, dejando clara su naturaleza femenina hablando de forma tierna.

—Oh, los gatitos están asustados. ¿Es la primera vez que ven a un híbrido humano-bestia?

La revelación dejó a todos paralizados. Geruft, con su tono grave, respondió a Mei.

—Vamos, acabemos con esto. Sabes que pocos tendrán el honor de vernos. Pero tienes razón... será divertido.

Mientras tanto, Jack miraba fijamente, con el cuerpo paralizado por la incredulidad. Giró levemente hacia Legoshi, quien tampoco apartaba los ojos de Mei y Geruft.

—¿Legoshi... esto es real? —susurró Jack con un temblor en la voz.

Legoshi, sin desviar la mirada, simplemente asintió.

—Sí.

—¿Quieres apostar? —preguntó Mei con una sonrisa pícara, lanzando una mirada desafiante a Geruft.

—Tal vez —respondió él, visiblemente entretenido.

—Quien acabe con más, hará la cena. ¿Qué dices? —continuó Mei, alzando una ceja mientras lo miraba hacia arriba, una chispa de emoción en sus ojos.

—Bien, es un trato —aceptó Geruft con una sonrisa que parecía casi peligrosa.

—¡Perfecto! Entonces comencemos —dijo Mei alegremente mientras giraba sobre sus talones, preparándose.

Lo que ocurrió después dejó a todos los presentes con una sensación de peligro inminente. Mei se agachó hasta ponerse en cuatro sus manos con sus uñas tocando el suelo de madera, su postura recordando la de un depredador acechando a su presa. Los leones no pudieron evitar un escalofrío al verla.

En un parpadeo, Mei se lanzó hacia adelante con una velocidad impresionante. Uno de los leones intentó detenerla lanzando un golpe, pero ella agarró su brazo con una agilidad inquietante, usándolo como apoyo para impulsarse y propinarle un golpe directo a la garganta. El león cayó al suelo, tosiendo y tratando de recuperar el aliento.

Los demás reaccionaron rápidamente, abalanzándose sobre ella. Pero Mei se movía con una gracia letal, esquivando cada ataque con facilidad, como si todo fuera un juego para ella. Su risa resonaba en la habitación mientras sus garras fallaban por milímetros hacia ella, lo que solo aumentaba la tensión y el miedo.

Geruft, por su parte, avanzó con pasos firmes hacia el centro del caos. Ibuki y Jinma apenas tuvieron tiempo de apartarse cuando vieron cómo Geruft levantaba a un león con una facilidad inquietante, arrojándolo con fuerza contra un grupo de sus compañeros, tumbándolos como si fueran fichas de dominó.

Uno de los leones intentó golpearlo directamente en el pecho. El impacto fue contundente, pero Geruft ni siquiera se inmutó, como si el golpe no hubiera sido más que una caricia. Con una sonrisa siniestra, levantó su pierna y lo pateó en el pecho, lanzándolo al suelo con un golpe seco que dejó al león sin aire. Antes de que pudiera levantarse, Geruft lo agarró por la pierna, levantándolo como si no pesara nada, y lo utilizó como un arma improvisada para golpear a los demás leones.

Mientras el caos reinaba en la habitación, Jack y Legoshi observaban la escena con incredulidad, congelados por lo surrealista del momento. Pero algo en Legoshi despertó sabiendo que tras esa puerta estaba haru.

—No podemos quedarnos aquí —dijo de repente, su voz tensa mientras corría hacia la puerta que los leones restantes trataban de proteger.

—¡Legoshi, espera! —gritó Jack, pero al ver que su amigo no se detenía, decidió seguirlo, decidido a no dejarlo solo.

—¡Hey, ustedes dos, esperen! —les gritó Gouhin desde atrás, pero ya era tarde. Legoshi y Jack abrieron la puerta, ignorando el caos que dejaban atrás, y entraron decididos al siguiente escenario de peligro.

Los gritos, el sonido de golpes, y las risas inquietantes de Mei y Geruft llenaban la sala.

Haru terminó de bañarse frente al jefe de los leones. Su cuerpo ya estaba seco, pero su corazón latía frenéticamente mientras intentaba cubrirse con las manos, sintiéndose completamente expuesta. Alzó la vista y vio cómo el león se levantaba de su asiento, caminaba hacia ella y, sin ningún tipo de delicadeza, le tomó la mano para apartarla, dejando al descubierto su figura.

—¿Sabes por qué hago esto? —preguntó el jefe con un tono que intentaba ser calmado, pero en el que se colaba una amenaza implícita.

Haru no respondió. Se quedó en silencio, luchando por mantener la compostura. Al otro lado de la habitación, María gritaba con todas sus fuerzas, pero la mordaza que cubría su boca sofocaba sus intentos de llamar la atención. Sus ojos llenos de impotencia y rabia miraban la escena sin poder intervenir.

El jefe empujó a Haru con fuerza, tumbándola en el suelo. Luego se agachó para observarla detenidamente, inspeccionándola como si fuera un simple objeto. Haru sintió la humillación más profunda, su vergüenza la consumía, y deseaba desaparecer en ese mismo momento.

—Lo hago para asegurarme de que no tengas imperfecciones debo asegurarme que mi cena sea perfecta. —La voz del jefe era gélida, mientras la miraba fijamente. Luego continuó, como si aquello fuera una lección —te humillo para que la sangre fluya a través de ti. Eso mejora el sabor de la carne, ya que tus instintos de herbívoro…

Pero Haru ya no lo escuchaba. Había desconectado su mente, refugiándose en sus pensamientos más oscuros, escribiendo mentalmente lo que sería su testamento, aceptando el destino cruel que creía inevitable.

De repente, las luces se apagaron. La habitación quedó sumida en una penumbra que se iluminaba intermitentemente con los destellos de los relámpagos. Un fuerte estruendo sacudió el edificio, haciendo vibrar las paredes y el suelo.

—¡¿Qué mierda pasa allá abajo?! —rugió el jefe, su voz llena de desconcierto y enojo.

Haru salió de su ensimismamiento, asustada por lo que sucedía. María, por su parte, sintió un nudo en el estómago, convencida de que algo terrible estaba por ocurrir. Alado de Maria, Elias despertó lentamente debido a la sacudida. Parpadeó varias veces mientras trataba de recordar dónde estaba. Intentó moverse, pero las ataduras que lo mantenían inmovilizado eran demasiado fuertes. Alzó la vista hacia María, quien lo miraba aliviada al verlo consciente. Luego buscó a Haru con la mirada y la encontró sentada en el suelo, sin ropa cubriéndose con las manos.

El silencio que siguió fue breve. Pronto, ruidos de pasos apresurados, gritos y disparos inundaron el aire.

—¿Qué está pasando? ¿Por qué tanto alboroto? —el jefe se puso de pie bruscamente, apartándose de Haru mientras intentaba entender la situación.

Desde la antesala se escucharon voces, y aunque una de ellas era claramente la de Ibuki, las palabras se perdían en el caos. Los disparos continuaban, incesantes, hasta que de repente se hizo un silencio aterrador.

—¡¿Qué carajos es eso?! —gritó uno de los leones, su voz temblando de pánico.

A esto le siguió la voz de Agata, quien habló con un miedo.

—¡Los demonios tomaron nuestra forma!

Risas bajas y siniestras resonaron desde el otro lado de la puerta, repentinamente se oyó silencio y así como vino se empezó a oír sonidos de lucha, gritos de dolor, haciendo que un escalofrío recorriera a todos los presentes. El jefe de los leones apretó su arma con fuerza, retrocediendo un paso mientras sus ojos reflejaban un miedo que trataba de ocultar.

—¡¿Qué mierda…?! —susurró, claramente perturbado.

De repente, la puerta se abrió de golpe con un estruendo ensordecedor. El impacto hizo que el arma del jefe saliera volando de sus manos golpeando la lámpara y rompiendo el foco, cayendo y deslizándose hasta quedar cerca de la puerta que daba al balcón. El jefe cayó al suelo, rodando hacia un lado mientras su bastón de madera quedaba fuera de su alcance.

Haru, aún en el suelo, miró hacia la puerta con los ojos bien abiertos, llena de terror y expectación. Por la entrada irrumpieron Legoshi y otro perro, Jack, ambos con miradas decididas.

María observó a Legoshi y Jack correr hacia ellos, sus movimientos llenos de urgencia mientras buscaban frenéticamente a sus amigos. Finalmente, sus miradas se cruzaron, y Jack no dudó en correr hacia María y Elias al notar que estaban atados.

Legoshi, por su parte, se detuvo frente a Haru y se agachó para mirarla a los ojos.

—¿Haru, estás bien? —preguntó con evidente preocupación, su voz un susurro cargado de tensión.

Haru no supo qué responder. Sus labios temblaron, pero las palabras no salían. Su mirada se posó en Legoshi, notando que estaba mojado y con varios golpes visibles. Antes de que pudiera reaccionar, él se quitó la camisa y la usó para cubrirla, asegurándose de taparla por completo.

—No te preocupes, estás a salvo ahora. —Su tono era reconfortante, pero su expresión permanecía tensa.

Mientras tanto, María intentaba desesperadamente hablar con Jack, pero la mordaza aún se lo impedía. Jack se acercó rápidamente, moviéndose con la misma preocupación con la que había corrido.

—¡Déjame quitarte esto! —dijo mientras retiraba la mordaza con cuidado.

María jadeó al recuperar la libertad para hablar, las lágrimas brotando de sus ojos mientras se recargaba en Jack.

—¡Jack, gracias! Gracias a que vinieron… —murmuró entre sollozos, recargándose momentáneamente en él.

Jack le devolvió el abrazo brevemente antes de concentrarse en Elias, quien también intentaba decir algo.

—¡Deja que desate a Elias también! —dijo Jack apresuradamente mientras se acercaba a Elias para quitarle la mordaza.

Cuando por fin logró liberarlo, las palabras de advertencia de Elias y María resonaron al unísono.

—¡Legoshi, detrás de ti!

Legoshi giró la cabeza justo a tiempo para ver al jefe de los leones abalanzándose sobre él. Se movió instintivamente, pero no pudo evitar que el jefe hundiera sus colmillos en su brazo. El dolor fue agudo y el color rojo de su sangre comenzó a manchar la escena.

—¡Maldito lobo! —gruñó el jefe mientras intentaba arañarlo con sus garras.

Legoshi, apretando los dientes, lo detuvo con todas sus fuerzas. Desvió la mirada hacia Haru, María y Elias, sus ojos reflejando una disculpa silenciosa.

"Haru, María, Elias… lo siento. No quería que vieran esta parte de mí, pero no tengo elección."

Un rugido gutural salió de lo más profundo de su garganta. Su pelaje se erizó mientras un impulso salvaje tomaba el control. Con un movimiento rápido y lleno de furia, golpeó al jefe, logrando que lo soltara.

El comportamiento de Legoshi cambió por completo. Ahora se movía como un depredador desenfrenado, sus ojos llenos de una mezcla de instinto y rabia.

"Ahora parezco una bestia fuera de control," pensó mientras cargaba hacia el jefe, usando tanto sus garras como sus colmillos.

El choque entre ambos fue brutal. Los demás miraban horrorizados, especialmente Jack, quien apenas podía creer lo que veía. Los gruñidos llenaron el aire, mezclándose con el sonido de la carne desgarrándose y el impacto de los golpes. La sangre salpicaba en todas direcciones, manchando el suelo y las paredes.

En un instante de tensión, Legoshi logró morder al jefe con fuerza, arrancando un pedazo de su carne. El león rugió de dolor, pero, con un último esfuerzo, hundió sus garras en el costado de Legoshi, causando una herida profunda.

—¡Maldito bastardo! —gritó el jefe antes de empujar a Legoshi con una patada violenta.

Se tambaleó hacia el balcón, donde la pistola que había caído antes yacía en el suelo. La tomó con manos ensangrentadas y apuntó directamente a Legoshi, quien apenas lograba ponerse de pie, jadeando por el esfuerzo y el dolor.

—¡Muere! —vociferó el jefe, apretando lentamente el gatillo.

Un disparo resonó en el aire, cortando todo sonido a su alrededor. El eco se extendió por la habitación mientras todos quedaban paralizados, conteniendo la respiración, temiendo lo peor. La sangre parecía congelarse en las venas de Haru, María, Elias y Jack mientras esperaban el desenlace...

Pequeñas gotas de sangre caían al suelo mientras el jefe de los leones sostenía su mano herida, el arma yacía a unos metros de él. Su rostro mostraba una mezcla de dolor y rabia.

Una voz femenina rompió el silencio.

—Yo no haría eso si fuera tú. —La voz resonó con calma y autoridad.

Todos voltearon hacia la entrada que dejaba pasar la luz iluminando el lugar, donde Mei estaba apuntando con su arma hacia el jefe. Del cañón todavía salía una delgada línea de humo. María y Elias reconocieron inmediatamente esa voz, pero sus ojos se abrieron de par en par al verla.

Mei era una mezcla impactante de rasgos humanos y animales. Su pelaje amarillo dorado con manchas negras se desvanecía gradualmente en una piel rosada. Su cabello humano, rubio y corto, enmarcaba un rostro que conservaba unas orejas grandes y un hocico apenas sugerido, dándole una apariencia humana pero animal.

María no podía apartar la mirada, al igual que Elias, quien lentamente comenzó a unir las piezas. Ambos reconocieron los rasgos de un serval en ella.

Antes de que pudieran procesar completamente lo que veían, una figura alta apareció detrás de Mei. El sonido de pasos fuertes acompañó su llegada, y María y Elias reconocieron al instante al recién llegado.

—Veo que me ganaste. —dijo Geruft, riendo ligeramente con su voz grave mientras se acercaba a Mei.

Sus rasgos eran similares a los de Mei, pero los de él mostraban una mezcla de humano y lobo. Su pelaje gris y su cabello corto del mismo color enmarcaban un rostro con orejas de lobo, como las de Legoshi. Geruft se movía con una calma intimidante, sus ojos brillando con una mezcla de seguridad y algo primitivo.

María y Elias intercambiaron miradas, incapaces de creer lo que estaban viendo. Haru, por su parte, solo observaba, aún envuelta en confusión.

—¡Vamos, los desataré! —dijo Jack apresurado, volteando para terminar de liberar a María y Elias.

Sus manos trabajaban rápidamente, deshaciendo los nudos con urgencia. Mientras tanto, la tensión en la habitación seguía creciendo.

De repente, otra figura cruzó el umbral de la puerta. Su sola presencia hizo que todo el mundo quedara paralizado. Haru, María, Elias y el jefe de los leones miraron con incredulidad a la entrada.

Hughes entró con una calma desconcertante, como si todo el caos a su alrededor no tuviera importancia alguna. Su voz ligera y divertida rompió el silencio:

—Oh, veo que están bien todos. Me alegra mucho. —Su tono era despreocupado, como si se tratara de una reunión casual.

Elias y María lo miraban con incredulidad, incapaces de procesar lo que estaban viendo. Haru y el jefe de los leones también reconocieron al recién llegado, pero mientras los primeros se mantenían en silencio, el último comenzó a temblar.

—Tú debes ser el bastardo que ordenó llevarse a estos niños, ¿verdad? —preguntó Hughes fríamente, su voz perdiendo todo rastro de ligereza. Su actitud había cambiado, y aunque la máscara ocultaba su rostro, la tensión era palpable.

El jefe de los leones no respondió, pero su postura rígida y su mirada nerviosa lo delataron. Hughes comenzó a caminar hacia él, cada paso haciendo que el jefe retrocediera un poco más, temblando a pesar de su intento de mantener el semblante.

—Bien, parece que es un sí... Tendré que enseñarte una lección que no olvidarás. —Hughes se detuvo frente al jefe, comenzando a quitarse los guantes, el casco y finalmente la máscara.

Todos, excepto Mei y Geruft, se quedaron boquiabiertos al ver lo que había debajo. La piel de Hughes era de un tono aperlado, cubierta con un pelaje corto negro. Su cabello negro y corto enmarcaba un rostro con orejas largas y ojos azules penetrantes. Era una mezcla de rasgos humanos y animales, una visión imposible de ignorar.

Elias, con el corazón acelerado, intentaba identificar la especie que estaba viendo, pero no podía.

—¿Qué maldita cosa son ustedes? —gritó el jefe de los leones, su voz cargada de pánico.

Hughes solo sonrió, pero no fue una sonrisa amigable.

—Bueno, ya que preguntas... Somos híbridos. El producto de un amor muy extraño. —Su voz mantenía un tono casi burlón, pero sus ojos transmitían algo más oscuro.

El jefe de los leones retrocedió, incapaz de apartar la vista de Hughes.

—Mis padres siempre me amaron, a pesar de mi apariencia. Mi padre era humano, y mi madre, una chacal albina. Crecí feliz cada vez que venía con mi padre a verla el siempre le enviaba cartas para hablar con ella. —Hughes hablaba con calma, como si estuviera relatando un recuerdo querido, pero algo en su tono helaba la sangre.

—Pero un día...ya no las recibió de alguna manera mi padre descubrió que alguien la había secuestrado. Yo escuché su conversación con alguien más, escondido detrás de la puerta de mi cuarto. Descubrí que había sido esta banda de criminales llamada shishigumi quien se la llevó. Nunca más la volví a ver. —Hughes hizo una pausa, y su sonrisa se volvió más fría.

El jefe de los leones sentía el peso de cada palabra, paralizado por el miedo.

—Ese día sentí como si me hubieran hecho un agujero en el pecho. Mi padre quedó devastado, y aunque no podía hacer nada, me crió lo mejor que pudo, con amor y dedicación. Fue un buen hombre, a pesar de que fui su único hijo.

Hughes terminó de hablar, pero todos en la habitación sentían el peso de sus palabras. El jefe de los leones no podía apartar los ojos de él, su miedo creciendo con cada segundo.

—Pero siempre quise hacer pagar a los desgraciados que se llevaron a mi madre. Supongo que tú sabes quién era ella, ¿no? —dijo Hughes con una frialdad cortante mientras daba un paso más cerca.

De repente, sin previo aviso, levantó su pierna y le dio una patada en la cara al jefe de los leones, haciéndolo caer al suelo. El sonido del golpe resonó en la habitación, y todos los presentes sintieron cómo la tensión alcanzaba su punto máximo.

Hughes dejó escapar una risa fría mientras observaba al jefe de los leones tirado en el suelo.

—Ahahah, qué patético león eres —dijo con desdén, inclinándose hacia él, su mirada gélida perforando la resistencia del jefe.

—Dime, ¿la recuerdas? —preguntó Hughes con voz baja pero cortante.

—N-n-no... —balbuceó el jefe, pero antes de que pudiera terminar, recibió un puñetazo directo en la cara, su cabeza golpeando el suelo con un sonido seco. Hughes no mostró misericordia, levantándole la cabeza al tomarlo por la nuca, tirando de su pelaje sin piedad.

—No te preocupes, te haré recordar —espetó antes de golpearlo nuevamente, con la misma furia contenida.

El jefe trató de levantarse tambaleándose, pero apenas podía mantenerse en pie. Hughes se apartó momentáneamente, mirándolo con desprecio mientras se limpiaba la sangre de los nudillos.

—¡Por favor! ¡Para! ¡Te daré lo que sea! ¡Solo no me mates! —suplicó el león, su voz llena de terror.

Hughes mostró una sonrisa sarcástica, una mezcla de burla y amenaza.

—Verás, no quiero nada de tu basura. Pero... te daré una lección que no olvidarás.

Sin más advertencia, Hughes avanzó hacia él, lanzando una ráfaga de golpes. El jefe intentó defenderse, pero el cansancio y el miedo lo habían vencido. Hughes lo golpeó con precisión y fuerza, hasta que el león quedó en el suelo, inmóvil y sin palabras.

Hughes se enderezó, su respiración pesada y su rostro manchado de sangre. Miró al jefe de los leones con frialdad.

—Qué decepción. Creí que eras el rey de los carnívoros. Debería matarte... pero no lo haré. Considérate afortunado, escoria. —Su voz era como un filo de acero mientras se daba la vuelta, caminando hacia los demás.

Los ojos de Elias, María y Jack lo seguían, llenos de asombro y temor. Hughes les sonrió, su semblante cambiando drásticamente.

—Lo siento si vieron eso. Perdón por ponerme tan violento —dijo con una voz alegre y casi despreocupada, contrastando con la escena anterior.

Hughes camino hacia Elias y Maria se agachó viéndolos, Elías y María no podían apartar la mirada de la sangre que manchaba su rostro y ropa. su expresión genuinamente preocupada.

—¿Están bien? —preguntó con voz suave.

Elías tragó saliva, todavía impresionado.

—S-sí, estamos bien, pero... entonces, ¿son híbridos? —preguntó, todavía asimilando lo que había visto.

Hughes dejó escapar una risa corta, sorprendido por la pregunta en medio de todo.

—Sí, somos híbridos. Pero ¿qué tal si hablamos de eso más tarde? Tu amigo necesita ayuda médica —respondió señalando a Legoshi, cuyo costado seguía sangrando.

Todos miraron hacia Legoshi, y la urgencia regresó a sus rostros.

—¡Sí, vamos! —exclamó Elías, reaccionando al fin.

Hughes asintió y se levantó, dirigiéndose hacia Geruft y Mei.

—Tomen sus cosas. Nos retiramos de aquí —ordenó con firmeza mientras los demás se preparaban para partir.

María intentó ponerse de pie, pero sus piernas cedieron al instante, incapaces de soportar su peso tras el dolor causado por las ataduras. Jack notó su dificultad y se acercó con rapidez.

—Deja, te ayudo —dijo mientras extendía una mano hacia ella.

María levantó la vista con algo de vergüenza, aceptando el apoyo.

—Puedes apoyarte en mí —añadió Jack con una sonrisa tranquila.

—Gracias, Jack —respondió María mientras se levantaba lentamente, sujetándose de él.

Hughes los observaba desde unos pasos atrás, esbozando una sonrisa leve pero manteniéndose en silencio. Mientras tanto, Elias ayudaba a Legoshi a ponerse de pie, y Mei improvisaba un vendaje alrededor de una herida en su costado, utilizando lo poco que tenía a mano, que respiraba con dificultad.

—¿Estamos todos listos? —preguntó Hughes después de asegurarse de que nadie quedaba rezagado.

Los demás asintieron, y el grupo comenzó a moverse. Hughes tomó la delantera, mientras Geruft vigilaba la retaguardia con una mirada alerta.

Al salir de la habitación, el grupo se encontró con una escena escalofriante: leones inconscientes yacían en el suelo, algunos sangrando levemente. María, Haru y Elias caminaron en silencio, observando con asombro los cuerpos que cubrían el pasillo. Algunos estaban clavados en las puertas de papel, mientras que otros se encontraban recargados contra los muros, inertes.

La escena no mejoró al llegar a la planta baja. Los escalones estaban salpicados de cuerpos inconscientes y la puerta principal había sido destrozada completamente, los fragmentos de madera aún dispersos en el suelo. Haru, Elias y María miraban con asombro, intentando comprender lo que había sucedido.

La lluvia afuera había disminuido a un ligero chispeo, y el cielo nocturno se extendía oscuro y silencioso. El grupo cruzó la entrada, avanzando bajo la tenue iluminación.

—¿Tú también peleaste? —preguntó Haru, quien caminaba al lado de Legoshi mientras lo ayudaba a mantenerse de pie.

—Sí, eran muchos —respondió Legoshi, con la respiración algo pesada pero con una leve sonrisa al ver la preocupación de Haru.

Haru le dedicó una sonrisa suave, reconociendo su valentía. El grupo cruzó el puente cercano, avanzando lentamente. Sin embargo, Legoshi notó algo extraño.

—¡Gouhin! ¿Dónde están? —preguntó, alarmado, al no verlo con ellos.

—Tranquilo —respondió Mei desde atrás—. Gouhin regresó a la clínica cuando vio que ya no necesitábamos ayuda.

Legoshi suspiró aliviado y continuó avanzando. Al cruzar el puente, María, Elias y Haru notaron a los soldados de Hughes esperándolos al otro lado. Mientras que Elias y María no parecían sorprendidos, Haru se escondió detrás de Legoshi, quien la tranquilizó con voz serena.

—Vienen con nosotros —le explicó.

Haru asintió tímidamente, aunque seguía aferrándose a Legoshi.

—Bien, todos volvamos a la clínica —ordenó Hughes con firmeza.

Los soldados asintieron y comenzaron a seguirlo. María, aún algo débil, se sostenía del brazo de Jack mientras caminaban juntos.

María, todavía apoyada en Jack, lo miró mientras caminaban juntos.

—¿Qué pasa, María? —preguntó Jack con tranquilidad al notar su mirada.

—Eres muy valiente por haber venido a buscarnos —dijo ella con una sonrisa cálida.

Jack se sonrojó ligeramente, desviando la mirada.

—Estaba preocupado…al igual que Legoshi, de que algo les pasara —respondió con honestidad, sintiendo su rostro enrojecer más.

María rió suavemente.

—Pero estás todo empapado —añadió, tocando su pelaje mojado.

Jack se sintió aún más incómodo, pero antes de que pudiera responder, ella continuó.

—Aun así, estás cálido, a pesar de estar todo mojado.

Jack sintió cómo la vergüenza lo invadía más, hasta que María se detuvo de repente, haciendo que él también se detuviera.

—¿Qué sucede? ¿Por qué te detienes? —preguntó el, confundido, mientras la miraba.

María no respondió de inmediato. En su lugar, lo miró fijamente, inclinándose hacia él. Jack sintió cómo su corazón comenzaba a latir con fuerza mientras el rostro de María se acercaba al suyo. Antes de que pudiera reaccionar, ella lo tomó suavemente del rostro y dejó un beso en su mejilla.

El tiempo pareció detenerse para Jack. La suavidad de los labios de María y la calidez de su gesto lo dejaron sin palabras. Cuando ella se apartó, le dedicó una sonrisa.

—Gracias por venir por mí —dijo María sonriendole, con un leve rubor en su rostro.

Jack solo asintió, todavía procesando lo ocurrido, mientras ambos continuaban caminando. Nadie más había notado el momento, pues el grupo ya se había adelantado. Cruzaron varios callejones vacíos, hasta finalmente llegar a la clínica, donde la seguridad del refugio los envolvió de nuevo.