Ese lunes Arnold llegó a clases junto a Gerald y Phoebe. La chica llamó a su mejor amiga por teléfono, pero al parecer se había dormido y le pidió a los demás que no la esperaran.
Helga entró al salón apenas a tiempo. Lucía molesta, escondida bajo la capucha de su sudadera. Aunque notó el saludo de Lila, le contestó con una indiferencia que impidió a la pelirroja abandonar su puesto. Al llegar a su lugar, Helga colgó su bolso en el respaldo de su silla y se dejó caer en ésta, cruzó los brazos sobre la mesa y escondió su rostro.
Arnold volteó para hablar con su novia, ella gruñó, sin levantar la mirada, pero liberó una de sus manos, moviendo sus dedos hasta que el chico captó el mensaje y los sujetó, apretándolos con afecto.
Phoebe y Gerald intercambiaron una mirada con una risita silenciosa, para luego continuar la conversación como si nada hubiera pasado.
Al descanso, Helga comentó con apatía que quería estar sola, ajustó la capucha de su cangurera, acomodó sus audífonos y se alejó con las manos en sus bolsillos.
Su novio la observó con preocupación mientras salía del salón. Su abatimiento era tan evidente que Harold le preguntó entre burlas que había hecho para hacer enfadar a Helga.
–Guarda silencio, no es asunto tuyo–dijo Gerald–. Y Helga siempre está de mal humor–Añadió y luego cambió el tono para regresar la atención a su amigo.–. Vamos por algo a las maquinitas, viejo, tengo hambre
–Sí, vamos–Aceptó Arnold.
Phoebe se quedó en el salón, revisando detalles de una tarea de ciencias con Nadine. Así que el moreno no perdió el tiempo y arrastró a su mejor amigo hacia la cafetería. De camino a las maquinitas, Gerald preguntó si había pasado algo con Helga para que actuara así.
El rubio reflexionó un momento antes de responder.
–La verdad no sé qué le pasa–Admitió Arnold.–. Luego hablaré con ella
–¿Entonces no crees que tenga un problema contigo?–Quiso asegurarse el moreno.
–Claro que no. Todo estaba bien cuando me fui de su casa ayer por la mañana...
Arnold se arrepintió en el instante en que completó esa frase.
–¿Ayer?–Exclamó Gerald y luego bajó la voz– Entones... ¡Te quedaste con ella!–Agregó, dándole golpecitos con el codo.–. Supongo que tuvieron una buena "cita" el sábado
Arnold sonrió.
–Sí, así fue
–¿Qué tal estuvo?
–Fue agradable
–Y...
–¿Y...? –Repitió Anrold, sin entender a qué se refería.
–¡Vamos viejo! Esperaba verlos a los dos radiantes, incluso había preparado una broma...
Arnold de súbito recordó la conversación que tuvo con su amigo el viernes y se sonrojó.
–¡No es lo que piensas!
–¿Entonces? ¿Qué pasó? ¿Te obligó a ver las luchas hasta el aburrimiento?
Arnold soltó una carcajada.
–Claro que no... sólo fue un buen día... y comimos pizza
–Ajá...
Gerald miró a su amigo con los ojos entrecerrados mientras el rubio sacaba los dulces que había comprado de la máquina.
–¿Qué?–dijo Arnold, cuando lo notó.
–Creí que confiabas en mí
–Gerald, no pasó nada, Helga no me invitó a su casa para eso...
–¿Eso?–dijo una voz conocida tras ellos–¿A qué te refieres...?–La rubia los miró.–¿Pensaste que te invité para...–Bajó la voz.–acostarnos?
La mirada culposa de Arnold le dejó en claro que sí.
–Vete–La rubia le ordenó a Gerald.
–No–Se resistió el chico.
–Sí. Te vas. AHORA
–Vete, Gerald–dijo Arnold, resignado a su destino.–. Nos vemos en el salón
–¿Estás seguro, viejo?
Su amigo asintió.
–No lo mates, Pataki–dijo Gerald, antes de alejarse.
La rubia miró alrededor, molesta.
–Helga, espera... –dijo Arnold.
Ella lo sujetó por el brazo y lo arrastró por los pasillos de la escuela hasta la entrada de emergencia del auditorio. Abrió, entraron, cerró y miró alrededor, asegurándose de que no hubiera alguien que pudiera escucharlos. Entonces lo soltó.
–¿Es en serio, cabeza de balón?–dijo, molesta.
–Helga, no es lo que crees... el viernes te escuché hablando con Phoebe, sobre el viaje de tus padres y luego me invitaste a tu casa...
–¿Acaso algo de eso significa que nosotros... ?–Lo sujetó el cuello de la chaqueta.
–Fue una suposición–Interrumpió él.
–¿Y alardeaste con Johanssen por una suposición?–Lo soltó bruscamente, empujándolo contra el muro.
Arnold cerró los ojos al sentir el golpe.
–No alardeaba con él–Intentó explicar.–. Solo le pedí consejos...
–¿Qué clase de consejos? Maldición, Arnold. No puedo creer que... –Furiosa, volteó, dándole la espalda y levantó los brazos dramáticamente.– ¡Soy una tonta!–Cubrió su cara con su palma, arrastrando su mano hacia abajo.–. Yo intenté abrirte mi corazón, desnudar mi alma... y tú... tú solo pensabas en mi cuerpo... como cualquier chico
Entonces la comprensión llegó de golpe: Arnold no era ese dios que ella adoraba, ni esa estatua, ni ese ideal puro y santo que idolatraba. No, Arnold era como cualquier chico y la idea la devastó. Si perdía a su dios, a su fantasía, a su amado cabeza de balón, ¿Qué le quedaba?
Había pensado que todo lo que pasó entre ellos fue porque ella lo arrastró, que ella provocó, otra vez... cosas que no esperaba que él quisiera. Que él... que él fuera con esa intención era diferente.
Volteó. Incluso en las penumbras era evidente la molestia en esos ojos verdes que tanto amaba.
–¿Qué pasa, Arnoldo? ¿Estás decepcionado de no haber podido llegar a cuarta base? ¿Pensabas presumirlo en la práctica de hoy?
El chico frunció el ceño.
–Helga, ¿puedes calmarte?
–¡¿Calmarme?! Estoy calmada, agradece que no te estoy desmembrando. No puedo creerlo... no lo esperaba de ti...
–¡Ya basta!
Arnold la sujetó por los brazos. Necesitaba que ella lo mirara a los ojos y entendiera algo de una vez por todas. Respiró hondo y la miró con seriedad, tratando de usar una voz tranquila, pero firme.
–¿Estás escuchando lo que dices?
–¡Claro que sí! ¡Sale de mi boca!
–Helga, hablo en serio–Recalcó, manteniendo el tono.
Ella intentó forcejear para soltarse, pero él no la dejó.
–Me conoces mejor que nadie, a veces hasta creo que mejor que yo mismo. ¿Puedes tomarte un segundo para reflexionar detenidamente si en verdad piensas que soy la clase de chico que haría algo así? ¿De verdad crees que iría por ahí presumiendo de haber logrado algo contigo? ¿O con cualquier otra chica?
Ella seguía mirándolo con enfado, pero poco a poco su semblante se relajó, hasta que bajó la mirada, evitándolo.
–No... pero...
–Helga, escucha. Hablé con Gerald porque estaba nervioso y no sabía a quién más pedirle consejo. No sabía que esperar de tu invitación y... temía decepcionarte
–¿Decepcionarme?
Arnold asintió, soltándola. Se dejó caer en el suelo, con la espalda contra el muro. Helga lo observó un segundo, antes de decidir sentarse junto a él.
–Todavía... temo decepcionarte... Helga, sé que me amas, sé que lo que sientes por mí es intenso... y a veces me pregunto si realmente lo merezco, si soy la persona que crees amar o si tarde o temprano te darás cuenta de que no soy como imaginas
Ella apretó los puños. Era exactamente lo que estaba pasando y a la vez... sabía que había estado equivocada, pero no sabía cómo explicarlo.
–Me gustas-gustas–Continuó él, incapaz de mirarla.–, mucho. En el tiempo que hemos estado saliendo he llegado a ver cosas que ni me imaginaba que podías esconder, eres maravillosa, inteligente, sensible, preocupada, cálida y completamente hermosa. Es divertido pasar tiempo contigo, dentro y fuera de la escuela. Si tu plan hubiera sido pasar la tarde haciendo la tarea, habría sido genial sólo por el hecho de estar contigo... todo lo demás... todo lo que pasó... todo lo que me enseñaste... fue mucho más de lo que esperaba... y amé cada minuto que estuvimos juntos este fin de semana
–¿H-hablas en serio?
Arnold volvió a asentir.
–Entiendo que te incomode que hable de esto con alguien más... de hecho tal vez no debí hacerlo, pero no es lo que pensaste... y duele que creas algo así de mí
Helga lo observó. La mirada triste y perdida de Arnold le partía el alma.
–Lo siento–Murmuró ella, mordiéndose el labio.–. Creo que entré en pánico
–¿Por qué?
–No lo sé–Se cruzó de brazos.
–Helga... llegaste de mal humor esta mañana ¿Qué pasó?
–Olga... estuvo horas y horas hablando... sobre... eso... –Cerró los ojos con fuerza y se cubrió los oídos con las manos.–¡Odio cuando se mete en mi cabeza!
–Toma tu tiempo–dijo él, colocando su mano en el hombro de la chica.
Helga asintió y respiró hondo.
–Salimos con Lila, pero por la tarde Olga volvió conmigo a casa–Helga bajó sus manos y volvió a abrazarse a sí misma.–Mientras esperaba que Bob y Miriam llegaran, habló sin parar. Le preocupaba que me dejaran tanto tiempo sola. No podía creer que Miriam hiciera algo así sabiendo que salgo... contigo... bueno, no especialmente porque salga contigo–Miró a Arnold y luego rodó los ojos.–. Parloteó hasta el cansancio sobre cómo todos los chicos quieren lo mismo a esta edad y que debo desconfiar... y todo eso–Bajó la mirada.–. Fue irritante. Y cada vez que replicaba que tú no eras así, que no eres como los demás, ella insistía, diciendo que debía cuidarme especialmente de los chicos dulces y preocupados, que duele mucho más cuando no te lo esperas. Yo... caí en su juego, como una tonta. Y pasé la noche con pesadillas en que te burlabas de mí delante de todos. L-lo lamento. No debí dudar de ti
Arnold sonrió y le ofreció una mano. Ella lo miró, dudó un instante y luego entrelazó sus dedos con los de él.
–Lo siento–Repitió.–. Estaba molesta
Arnold besó sus dedos.
–Tu hermana se preocupa por ti–dijo él con una media sonrisa–. Y aunque no me agrada que piense eso de mí, supongo que yo estaría igual de preocupado si estuviera en su lugar. Eres su hermana pequeña. Incluso si no te agrada, creo que es su forma de cuidarte
–Aich, ya lo sé–Medio gruñó, haciendo reír a Arnold.
Ella también dejó escapar una risita ahogada y un poco más tranquila decidió cambiar la conversación.
–¿C-cómo te fue a ti?–dijo, rascando su nuca con su mano libre, nerviosa.
–Oh... bueno... estoy castigado hasta el próximo mes
–¿Qué significa eso?
–Que iré de la casa a la escuela y de la escuela a casa, cada día después de clases o del entrenamiento... y que no podremos vernos los fines de semana
–Lo siento
–Yo no–Aseguró con una sonrisa.
–Pero...
–Sabía que algo así podía pasar. Disfruté quedarme contigo... y entiendo que se hayan preocupado, de hecho, creo que no me fue tan mal...
–¿Tú crees?
–Dos semanas pasarán rápido. Y creo que lo peor es que tuve que soportar una charla... incómoda...
–¿En serio?
–Sí
Ambos rieron.
–¿Sigues enfadada?
–Claro que no, cabeza de balón... lo siento
–Está bien, Helga. Sé que fue un mal entendido
Ella sonrió, con una sensación de cálida tranquilidad en su pecho.
–Y Helga...
–¿Sí?
–Gracias de nuevo por dejarme conocer más de ti...
Arnold la abrazó, besándola. Helga correspondió, aferrándose a él. Esas últimas veinticuatro horas habían sido un caos absoluto en su cabeza y tenerlo cerca, sentirlo real, hablar con él, apaciguó su alma lo suficiente para regresarle la calma.
–Por cierto, Helga
–¿Sí?
–¿Te sientes enferma o algo así?
–No... ¿por qué?
–Porque sigues con la capucha
–Ah... eso... promete que no te burlarás
–Lo prometo–dijo él, dándole un beso en la mejilla.
Ella bajó el cierre y se quitó la capucha con cuidado.
Su cabello lucía voluminoso y lleno de ondas.
–Olga hizo como un millón de trenzas y aunque las desarmé, no logré lavarme el pelo esta mañana... odio que mi cabello se vea así...
Arnold la observó.
–Te ves linda
–¡Claro que no! Intenté arreglarlo antes de toparme con ustedes, pero no resultó muy bien... lo detesto
–No pensé que a Helga Pataki le importara su cabello
–¿Qué? ¡Claro que no! ¡Pero me veo ridícula!
–No es cierto
–Si lo es
–¿Estás llamando ridícula a mi novia?
Arnold la miraba con una sonrisa y los ojos entrecerrados.
–Yo...
Helga dudó en cómo contestar.
–¿Acaso no sabes que mi novia... –Continuó él, abrazándola.–es una chica hermosa?
Helga lo miró.
–Es guapa...
–B-basta
–Es preciosa
La besó con suavidad, apretándola entre sus brazos con afecto.
La campana sonó en ese momento.
–Creo que debemos ir a clases–dijo ella, sin abrir los ojos, mientras Arnold mordía suavemente sus labios.
–Luego–Continuó, besándola.
–Arnold...
–Podemos llegar tarde
–No, no podemos
–¡Cierto!–El chico se apartó y le ofreció una mano para levantarse. Helga volvió a acomodar la capucha para esconder su cabello y ambos casi corrieron al salón. Por suerte llegaron antes que cerraran la puerta.
Phoebe y Gerald no ocultaron la mirada tranquila cuando los vieron juntos y mucho más cómodos que antes y al almuerzo Helga se disculpó con Gerald, aunque de mala gana, pero fue suficiente para él.
...~...
Al final del día, Lila esperó a Helga para ir juntas a boxeo. En cuanto se despidieron de Phoebe y quedaron a solas, Lila decidió que era seguro hablar.
–¿Ya estás mejor?–preguntó.
–¿A qué te refieres?–Contestó Helga.
–Bueno... esta mañana parecía que te sentías mal... y ayer no parecías muy contenta...
–Sí, no tiene nada que ver con Olga y su aparición repentina–Explicó rodando los ojos.
–Aunque no haya sido tu idea, me agradó salir con ustedes
–Oh, sí, eso sí fue mi idea, prefiero saltar de un puente que pasar un día a solas con Olga en el centro comercial
–¿Por qué? Parecía divertirse...
–Ella sí... yo... uf ¿realmente crees que disfruto estar ahí?
–No te quejaste cuando nos invitó un buffet
–¡Era un buffet libre! ¿Quién se quejaría de eso?
Lila reía, cubriendo su boca con su mano.
–Gracias por acompañarnos–dijo la rubia, rascando su brazo y evitando su mirada.
–Fue un placer–Respondió Lila, sonriendo.
Cuando llegaron a los camarines, Helga esperó que todas terminaran para cambiarse, pero Lila no se iba.
–¿Qué pasa?–dijo la rubia– ¿Quieres ver cómo me quito la ropa?–Añadió arqueando su ceja.
Lila se sonrojó y evadió su mirada, molesta.
–¡Claro que no! ¡Solo te estaba esperando!–Se levantó, dispuesta a irse.
Helga le cortó el paso.
–Solo bromeaba, solcito–dijo.–No te enfades
Lila levantó la vista. Odiaba esa incomodidad cosquilleante en su estómago y odiaba como cada detalle de su rostro la desarmaba. La línea de su quijada, esa media sonrisa segura, la forma de su nariz, esos ojos de zafiro y esos mechones rubios... ¿ondulados?
–¿Qué le pasó a tu cabello?–dijo, acercando su mano al mechón que escapaba por el costado del rostro de su amiga.
Helga se apartó, pero Lila logró tomarlo antes que lo hiciera y sintió las suaves fibras deslizándose entre sus dedos.
La rubia dejó escapar un gruñido de frustración y se quitó la capucha.
Lila observó su largo cabello esta vez ondulado, con patrones de pequeñas trenzas desarmadas. Claro, eso es algo que Olga hubiera hecho. Pero...
–No alcancé a lavarme el cabello esta mañana–dijo Helga, avergonzada–. Odio como se ve
Lila pensó que no lo odiaba. Le quedaba hermoso, le daba suavidad a su rostro. Pero guardó silencio. Aunque le gustaba el gesto avergonzado de su amiga, no soportaba la incómoda tristeza en su mirada.
–Puedo peinarte–dijo Lila, volteando para ir a su bolso y buscar su cepillo.
–No hace falta, solo haré una dona y ya veré como arreglarlo en casa–la rechazó Helga.
Su amiga la miró seria y solo le hizo un gesto para que se sentara.
La rubia dejó escapar un suspiro de frustración y obedeció, dándole la espalda, mientras cruzaba sus piernas sobre la banca.
Lila se sentó tras ella, sacó un frasco de su bolso, aplicó un poco del contenido en sus manos y luego de esparcirlo con paciencia a lo largo del cabello de su amiga, comenzó a cepillar con cuidado, desde las puntas, alisando poco a poco las ondas. Luego hizo una trenza gruesa y suelta, la convirtió en una dona y la ató con cuidado con una de sus propias ligas.
–Listo–dijo, observando su trabajo con orgullo.
Helga se levantó para verse al espejo. Se veía mucho mejor.
–Gracias–dijo en un tono apenas audible, apretando los dientes.
–Ahora cámbiate o llegarás tarde–dijo Lila, guardando sus cosas.
Helga la sujetó por la muñeca y la pelirroja volteó.
–N-no vayas a decirle a nadie... –Pidió Helga.
Lila la miró con una sonrisa.
–Sabes que no diría nada, no necesitas pedirlo...
En cuanto Helga la soltó, corrió a la salida. Cerró la puerta tras de sí, apoyándose en esta, sujetando con su otra mano la muñeca que Helga había tomado. La sensación de sus dedos sobre su piel era como una marca de fuego. Su corazón palpitaba a mil por hora y sentía las piernas temblando. ¿Qué era eso? ¿Por qué... sintió tanta dicha por peinar a una amiga? No era la primera vez que lo hacía y no era la primera amiga a la que ayudaba... pero... pero de algún modo... era diferente...
«¡Todo por su estúpida broma!»
...~...
Notas:
¿Qué creen que le dijeron los abuelos a Arnold? ¿Y qué opinan de los temores de Olga? ¿Y la actitud de Lila?
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