Ann nunca podrá olvidar su primer otoño en Hogwarts. Nunca. Ni aunque le pagaran por ello, ni aunque le aplicaran la peor de las maldiciones. Y aunque los buenos recuerdos y, por lo tanto, lo que hemos vivido, siempre es una unión de todos los factores que hacen de esa época de tu vida algo que guardar dentro de ti misma para siempre, supo tan bien como muchas otras cosas, que Harley era el motivo.
Al igual que la presencia de Rose en su vida había marcado un antes y un después, en el que había pasado de ser una chica particular y solitaria a ser la amiga de una famosa alumna (que, para colmo y halago, era la mejor estudiante del curso), Harley había sido el huracán que con fuerza inconmensurable había derribado todas sus barreras. Si estaba con él no había nada que no pudiera hacer o decir. El acuerdo tácito que habían tenido de ser como uno solo, y no ocultarse nada entre ellos, era lo más hermoso que le había pasado en la vida. Muchas veces tiempo después de aquel otoño de su primer año, Ann se preguntó si aquello era enamorarse, y todavía años después esa pregunta rondaba su mente de vez en cuando, siempre llegando a la misma conclusión.
Era mucho más que enamorarse. Era un tipo de amor que no existía. Lo habían creado ellos. Su rareza y la de él les habían llevado hasta el punto de no retorno en el que, claramente, no podrían vivir el uno sin el otro, literalmente hablando, sin el sentido poético de la palabra. Tú para mí y yo para ti. Así se definía. Se sentían siempre.
Las primeras veces que Ann usó su magia para ayudar a Harley con su enfermedad fueron muchos meses más tarde de que la niña ya empezara a apoyar a su amigo. A menudo, si no siempre, Ann se escapaba de la presencia de unos mosqueados Albus y Rose, y salía del castillo, buscando a Harley, que se ocultaba en las sombras de los jardines, o en el linde del bosque prohibido, buscando que nadie lo encontrara. Le resultaba bastante difícil pasar desapercibido porque era un niño alegre y al que le gustaba alborotar. En otras palabras: era popular. En especial, disfrutaba metiéndose con Christinne Bennet y haciendo rabiar a Rose Weasley hasta que se le hinchara la vena de la sien y su tono de piel y su pelo se confundieran.
Aquella tarde en concreto, Harley estaba peor que otras veces. Ann, después de permanecer a su lado en su peor momento, le ayudó a caminar, nerviosa, porque se hacía tarde y alguien (y sí, pensaba en Rose y Albus) notaría su ausencia. Al soltar el agarre, parecía como si al niño le costase cada paso, y muchas veces daba pequeños tirones de velocidad para después dar secas paradas. La verdad, Ann se habría reído de él en otro momento en otra circunstancia. Y si no hubiera sabido en absoluto qué le pasaba, habría pensado que estaba haciendo el tonto, o algo así.
Al llegar a la puerta del castillo, y encontrársela cerrada, la desesperación los inundo. Harley parecía excesivamente frustrado, y apretaba los puños hasta dejárselos blancos. Años después, Ann lo negaría, pero en ese momento guardó un poco las distancias con él, con un poco de miedo.
-Te-tendremos que avisar al señor Hagrid-vaciló ella, después del silencio tras asimilar que las puertas de Hogwarts habían sido cerradas para ellos-no podemos quedarnos toda la noche fuera del castillo.
-Si no nos pillan mejor, así que habla por ti. No quiero que me castiguen- le dijo él.
-Pues que así sea- dijo con fastidio, y comenzó a dirigirse a la cabaña, sabiendo de alguna manera, que él la seguiría.
-¡Espera!-le suplicó, segundos más tarde-¡Vale, tú ganas!- exclamó, con el extraño acento que usaba al hablar inglés.
Para cuando los niños llegaron a la caballa de Hagrid, se veía luz en el interior, y la chimenea soltaba humo. Olía a carne y a infusión.
-Tenemos suerte de que no esté en el gran comedor...- murmuró Ann, sintiéndose afortunada por primera vez en todo el día.
Con su pequeña mano golpeo en la puerta repetidamente mientras Harley observaba a un lado y al otro, incómodo y con el otro todavía reflejando un poco de dolor. Se oyeron varias pisadas potentes por el suelo de madera de la cabaña, y acto seguido, silencio.
-¿Quien anda ahí?- preguntó el guardabosques desde dentro- ¡Identifíquese por favor!
Ann comenzó a temblar y no respondía. A su lado, Harley se limitó a rodar los ojos suspirar y...
-Señor Hagrid, hemos venido... somos alumnos de primer año y... supongo que estamos en problemas.
Hagrid abrió la puerta con brusquedad, tras unos instantes, y los invitó a pasar dentro, atropelladamente.
-¿Alumnos de primer año fuera del castillo? ¡Os habéis metido en un buen lío, sí señor!-vociferaba- no es seguro estar cerca del bosque...-Su expresión se tornó muy seria de repente- más ahora que esta...-los miró un momento, examinándolos.
-¿Que esta, qué?- pregunto Harley mientras al sentarse procuraba no parecer muy agotado.
-No importa- contestó agitando su brazo- si no habéis oído rumores, mucho mejor... sentaos, sentaos...estaba preparando mi cena y un poco de té, McGonagall está al caer, porque...
Pero ninguno de los dos lo oyeron, porque estaban demasiado preocupados pensando en que la mismísima directora los iba a pillar fuera de la cama a deshora, y también fuera del castillo.
-Así que... ¿una taza mientras pensáis cómo os vais a librar de esta? hacía mucho tiempo que no me pasaba nada así, alumnos fuera del castillo...hace muchos años...
-Té. Si, por favor- dijo con voz débil.
-Perfecto- contestó el guardabosques, volviendo a la realidad.
- Para mí no- dijo Harley- sigo sin entender porque los británicos toman tanto el té... yo lo detesto.
Ann, mientras echaba un vistazo a su amigo. Se veía un poco agotado, pero parecía que su antigua tensión desaparecía y era sustituida por una extraña flojera energética. Para resumir, parecía un zombi espatarrado sobre una de las sillas de alrededor de la pequeña mesa.
El té comenzó a ebullir al calor de la chimenea y al cabo de un minuto, Ann tenía su taza encima del mantel de la mesa.
-Bueno... ahora podríais decirme quiénes sois y qué diantres hacíais fuera del castillo a deshora.
Ann tragó saliva.
-Soy Ann Anderson, señor Hagrid.
El hombre la miró con renovado interés, sorprendido.
-¡Oh, tu eres la amiguita de Rose! es decir, ya sabía que eras una de sus compañeras Gryffindor- sus uniformes los delataban- pero no sabía si eras tú exactamente, aunque ahora que lo pienso tenías que ser tú, claro... tienes unos ojos preciosos ¿lo sabías? es una pena que esa mirada baja tuya te los esconda- su mirada se perdió como si recordara algo que ya quedaba muy lejano.
-Mi madre dice que eran iguales que los de mi padre...-contestó Ann, alagada y roja tanto del cambio brusco de temperatura como de la timidez.
-Todos los profesores dicen maravillas de ti- continuó- dicen que eres muy inteligente, y que eres muy buena con la varita...-se acercó a ella con confidencialidad- incluso Ba... la profesora Badgreen-corrigió. Ann habría jurado que detrás de esa Barba tan espesa y canosa, se sonrojaba- dice alguna que otra cosa halagadora sobre ti...pero todos coinciden en que no trabajas nada- su tono de transformo en un tanto severo. Ann sintió una infinita vergüenza-bueno... ¿y tú, chico? ¿Tú quién eres?
Carraspeó.
-Me llamo Ciro. Pero todos me llaman...
-¿Harley?-completó con la espesa ceja levantada.
-Sí, supongo... aunque si usted es profesor debería decir...
-Tonterías- lo interrumpió agitando la mano- si Harley es como respondes, pues eso... ¿entonces vosotros dos sois los amigos de Al y Rose?-se puso más serio que nunca hasta el momento- no andarán ellos por ahí afuera solos ¿no?
-No- dijeron al unísono.
-Verá, fue culpa mía- comenzó a explicar el niño atropelladamente- resulta que me...
-Escuchadme bien- interrumpió- porque no voy a repetirlo- dijo con seriedad- de ningún modo debéis andar por la noche solos fuera del castillo, y mucho menos adentraros en el bosque prohibido ¿me habéis entendido...? cosas peligrosas están ocurriendo ahí dentro, y que me corten una mano si os lo estoy diciendo solo para asustaros- se tocaba las manos nervioso-criaturas no muy agradables han llegado hacia sus terrenos, y Merlín nos libre de que vengan para quedarse...
Ann y Harley se miraron con temor en sus rostros.
-Señor Hagrid...
-Solo Hagrid- corrigió.
-Hagrid, perdón pero ¿Qué tipo de criaturas ahí en el bosque prohibido? ¿Viven hombres?
-¿Hombres? ni en broma... habitan todo tipo de criaturas mágicas: desde centauros, acromántulas o unicornios...
-No me lo puedo creer...es... como vivir en Narnia.
Ann trago con dificultad su té, de las ganas de reír que le entraron.
-No sé a qué te refieres. Solo sé que últimamente...últimamente el bosque se ha vuelto loco... hay más criaturas de las normales, y las que normalmente solían vivir en las zonas adentradas se están desplazado al linde, los centauros están como revolucionados...-suspiró- pero espero que en realidad no pase nada. Nada que la propia madre naturaleza no sepa solucionar.
Un golpeteo seco interrumpió su clandestina reunión, seguido de un "¿Hagrid?" de una voz conocida. Ann y Harley se miraron aterrorizados.
Hagrid los miró un momento, como evaluándolos, y acto seguido les hizo señas silenciosas hacia un armario de madera oscura, destartalado, pero... vacío.
Ambos comprendieron el mensaje, y silenciosos se desplazaron por la cabaña hacia el armario.
-¡Un segundito, profesora! ¡Es que lo tengo todo desordenadísimo! ¡No puede uno permitirse recibir a la directora con la casa así!
Ann y Harley se apretaron como pudieron para caber el aquel mueble y cerraron las puertas lo más que pudieron (dejando muy poco abierto para poder respirar)
-Buenas noches, Hagrid-saludó con amabilidad la directora de Hogwarts al entrar en la cabaña-siento haberme retrasado en nuestra cita.
Ann sintió por detrás como la caja torácica de Harley vibraba ante aquella frase.
-No importa, no importa... Phingle y yo estábamos descansando... ¡Ha sido un día agotador! ¿Té?
-Sí, gracias Hagrid. Veo que tú ya habías comenzado tu taza.
-¡Oh, lo siento!- se disculpó apurado.
-No pasa nada, era solo una observación.
El perro de pelaje marrón estaba tumbado encima de unas mantas cercanas a la chimenea, con los ojos entrecerrados y sin ninguna intención de moverse. No le importaba cuantos desconocidos entraran en su casa aquella noche.
-Ya lo creo... he escrito al señor Potter como acordamos. Resulta que me disponía a marcharme, cuando recibí la contestación a mi carta.
Ann alzo una ceja. ¿El señor Potter? ¿Sería acaso el padre de Albus
-¿Qué dice?- pregunto Hagrid en tono solemne-¿Que dice Harry?
-Por lo visto, las cosas en el ministerio están un tanto agitadas, y no tanto en el departamento de Aurores-Ann soltó un pequeño respingo y se acercó más a la puerta- como en el de departamento de control de criaturas mágicas... está habiendo, por lo visto, disturbios en todos los bosques mágicos del país, nada que El Profeta no haya dicho ya en los periódicos, pero aun así, me preocupa mucho el asunto... quizá hay algo que no sabemos, y que no se nos pudo ocurrir...
-¿De qué se trata?
-Humanos. Magos, Hagrid. En el bosque prohibido.
-¿Magos en el bosque prohibido?- repitió, incrédulo
-No solo en el bosque. Tal vez ellos van de bosque en bosque buscando algo que, evidentemente, no han encontrado todavía. Algo que saben que acabaran encontrando, tarde o temprano.
Hagrid se quedó en silencio unos segundos.
-¿Le ha contado Harry que es lo que buscan esos hombres?
-Esos hombres no son magos y brujas cualquiera. Los que fueron detenidos en el bosque de Dean hace cosa de un mes eran...- se interrumpió, en un silencio en el que nadie habló, ni respiró, ni se movió- eran Neomortífagos, Hagrid.
-¿Neomortífagos? ¿Cerca de Hogwarts? ¡Por Merlín! ¡Descerebrados imbéciles! ¿¡Cuando aprenderán que los tiempos de Voldemort se acabaron hace casi veinte años!?
-Mucho me temo que no son aquellos que vivían para luchar en esos tiempos, porque casi todos fueron metidos en azkaban o acabaron muertos.
-Que se lo recuerden a Ron Weasley... ¿recuerda aquella maldición que recibió de McCormak?... casi no consiguieron salvarle la vida...-habría jurado que Hagrid se estremecía-no permitiré que campen a sus anchas por mi bosque, no señor.
-Claro que no, ni yo tampoco, te lo aseguro... pero tenemos que dejar que los Aurores se ocupen... si esos malnacidos están en el bosque ahora, tendremos que dejar que el ministerio se ocupe de ellos. Mañana les diré a los alumnos que aquel que sea descubierto fuera del castillo, será castigado con la expulsión-Ann tragó saliva.
Se oyeron ruidos de cucharillas golpeando tazas de té. Varios minutos de silencio tenso y Ann y Harley comenzaban a quedarse sin oxígeno.
-Hay más, Hagrid, algo que me ha contado en señor Potter, y no debe salir de esta cabaña. Le hago esta confidencia porque es usted el guardabosques y porque conoce el bosque mejor incluso mejor que algunas de sus criaturas... el señor Potter descubrió lo que buscaban hace unas semanas...
Según él, podrían estar buscando una profecía.
Ann casi no podía respirar.
20 de Agosto.
Hermione Weasley llegó a las una de la mañana a su casa. Se apareció en el jardín trasero y, agotada, dejó caer su bolso con una delicadeza escasa, fruto de sus ganas de descansar de una maldita vez.
Sí, estaba muy estresada. No todo el mundo tiene un montón de trabajo acumulado después de estar a punto de morirse. Lo normal era descansar y tomarse unas vacaciones.
Pero no para ella. No quería más anormalidades. Quería recuperar a toda costa su vida anterior, a pesar de que sabía perfectamente que ya nada volvería a ser como antes. Por eso se había propuesto recuperar todo el trabajo atrasado. A Ron y a los niños (e incluso sus padres habían opinado sobre el tema) no les había parecido una buena idea. Pero bueno, al fin y al cabo, ella era así. Necesitaba trabajar, beber conocimiento y defender los derechos de los más perjudicados en el mundo mágico. No podía estarse quieta. Y habían acordado que si querían hacer que todo volviera a su cauce, había que recuperar la rutina.
De todas formas, su empleo no había sido la causa de que llegara tan tarde. Al menos no aquel día.
Subió la vista mientras se descalzaba (los tacones la mataban lentamente) y vio que la luz de la cocina estaba encendida. Suplicó mentalmente que fuera Ron atiborrándose de comida por el nerviosismo, y no Rose, que pasaba noches y noches sin dormir bien, cabizbaja, y con los ojos hinchados y rojos, encima de unas enormes marcas grises bajo los párpados. A Hugo simplemente lo notaba más serio y maduro, pero no sabía si aquel cambio se había dado por la circunstancia de estar creciendo. Más bien lo que suponía era que no.
Hermione se equivocó, para decepción suya. Rose estaba sentada en la mesa de la cocina, con una taza de algo en sus manos (zumo de uva supuso, era su preferido) y mirando cabizbaja a un punto del mantel.
Contra todo pronóstico, se sorprendió, no estaba sola. Al entrar por la puerta de la cocina, pudo por fin ver al dueño de la silueta que creía que había divisado desde fuera.
Frank Longbottom.
-Chicos ¿Qué estáis haciendo?- les dijo, susurrando, como si hubiera alguien dormido. En realidad no podía saberlo.
-Hola mamá.
-Hola señora Weasley. Lo siento, estábamos hablando y se nos ha hecho tarde.
Hermione intentó mirar a su hija pero esta seguía con la mirada fija y la mente seguramente en otra parte.
-Es tarde. ¿Dónde está Hugo?
Rose despegó los labios lentamente para hablar, pero Frank se le adelantó.
-Durmiendo, seguramente. Llegó de casa de Clary hace un par de horas y subió a su habitación. A nosotros se nos ha hecho tarde- miró significativamente a Rose, que reaccionó esa vez- me voy, pero estoy disponible mañana y pasado y al otro y al otro ¿Vale?- le dijo a las dos, como si no estuviera hablando solo para su amiga.
Rose se levantó. Hermione no podía dejar de mirarla.
-Papá está en el garaje. Está trabajando en el producto ese con el que llevaba meses obsesionado...
"Antes de que enfermaras"
Hermione asintió. Mejor eso que lo de atiborrarse a comida y que no quedara nada para comer o desayunar al día siguiente.
-Un beso, Frankie- le pidió. El chico obedeció, sonriente. Al ponerse un poco de puntillas, besar su mejilla y tocar en hueso pudo ver como él había adelgazado todavía más, y Rose no iba por un camino muy diferente- ¿viene tu padre a buscarte?
Él negó mientras salía por la puerta.
-Mi madre. La llamo y en un par de minutos se aparece en el callejón de la calle de enfrente. Hasta mañana. ¡A dormir!
Cuando Frank cerró la puerta y se alejó por el jardín ayudándose de la linterna de su teléfono móvil, Hermione suspiró. Rose hizo el ademán de levantarse, pero el botón mental de alarma en el cerebro de su madre se pulsó e hizo que rápidamente hiciera un gesto con el que detener a su hija.
-No te levantes. Quédate ahí.
Rose parecía agotada y con una expresión de desgana muy poco típica de ella apareció en su rostro.
-Lo siento mucho ¿vale? Se nos ha ido el santo al cielo.
-Ya veo lo bien que os lo estabais pasando- contestó su madre con ironía- pero no voy a regañarte por eso. No voy a regañarte. Quiero que hablemos.
Rose se desplomó en la silla. Hermione apartó la que había ocupado Frank y también se sentó, con más parsimonia.
La madre volvió a suspirar, antes de hablar.
-Quiero saber qué te pasa.
-No me pasa nada- contestó, automáticamente.
-Rose...no quiero que me mientas más. Hasta tu hermano está preocupado por ti, así que no son paranoias de padres. A principios de verano estabas bien, pero luego te encerraste cada vez más sola, en tu habitación. Desde entonces, solo dejas que Albus y Frank te hagan un poco de compañía. No quieres ir con Hugo a casa de los Waysand. No comes Ranas de chocolate y si no fuera por tu padre y tu hermano comiendo alguna de vez en cuando, no habríamos comprado una nueva caja desde primeros de Julio. No juegas al Quidditch- dijo, con especial preocupación.-...y sé lo mucho que te gusta leer y no tengo nada que criticar respecto a eso pero cariño, no haces más que leer. Eso tampoco es bueno ¿sabes? No sé. Tú eras mucho más activa. Eres mucho más activa.
Rose se mantuvo en silencio todo el discurso, con la mandíbula tensa y la espalda recta, como lista para recibir un golpe.
-Solo quiero saber qué te ronda la cabeza.
Su hija empezó a negar lentamente, tras unos instantes en los que a la tierra le podía haber dado tiempo a girar sobre sí misma dos o tres veces.
-Son cosas de jóvenes, como dices tú- dijo, con poca voz.
Hermione intentó asumir esas palabras. Una gran incertidumbre sobre lo que hacer le rodeó el aura, y, finalmente, tomó una decisión.
-No he llegado tarde por estar trabajando- confesó, como si aquello fuera algo muy importante- vengo de estar en casa de Ann.
Rose se revolvió como si la hubiera pinchado.
-He estado hablando con ella, pero sobretodo con Harley- esta vez su hija no reaccionó. Supuso que estaba preparada- tiene problemas con el departamento de leyes- pareció despertar su interés, y eso la animó a seguir hablando- La ley mágica pone trabas a la hora de las herencias de muggles a hijos magos. Y su madre, desaparecida para él desde hace años, ha aparecido de la nada reclamándolo todo porque nunca llegó a divorciarse de su marido. Si no le ayudo se quedará sin nada, no tendrá dinero.
Dejo que el silencio hablara por sí solo durante unos segundos.
- Rosie, ¿por qué no te hablas con ellos? Ya no hay cartas, ni dices sus nombres, ni quieres verles. Ann debe de estar traumatizada, la pobre, todo lo que ha tenido que pasar, y al padre de Harley lo han asesinado mientras él mismo estaba al borde de la muerte- un poco más que Rose bajara la cabeza y tocaría la tabla de la mesa- y tú siempre estuviste con ellos, pasara lo que pasara. Como Albus. ¿Qué ha pasado? ¿Te han hecho algo?
Rose negó con más rapidez sin subir la vista.
-Te han hecho algo- confirmó Hermione- ¿El qué?
Un silencio que duró siglos se instaló en la cocina, excepto por uno de los trastos de lavar los platos que se movió sin razón aparente y empezó a fregar una pila de platos limpios.
-Harley no quería a su padre. No le dolió su muerte- dijo la chica, despacio- y sí, yo lo apoyé a él, y a Ann. Incluso cuando ellos casi ni se daban cuenta de que yo estaba ahí. Pero lo que pasó en San Mungo...supongo que eso lo cambió todo.
Hermione no supo ni qué decir ni cómo consolar a su hija, que empezaba a tener los ojos llorosos.
-No puedo...-cerró el puño que estaba encima de la mesa y seguramente el otro también- no puedo serlo. Simplemente no.
-No te entiendo- dijo Hermione tras unos segundos.
-No puedo dar lo que ellos quieren que dé- siguió ella- no puedo- Y estoy harta. No puedo hacerlo más.
A medida que hablaba su tono de voz era menos lastimero, congelándose como el hielo.
-Rose...no estoy comprendido. ¿Son ellos los que te han apartado de su lado? Los dos han hecho como que todo estaba bien cuando yo fui, pero...
-No. No al menos conscientemente. Soy yo. No puedo soportarlo más.
Hermione no dijo nada, dejando que su hija hablara, que le contara todo lo que le tenía que contar. Que fuera sincera. Esperaba que lo fuera.
-Ann y Harley se quieren-dijo finalmente su hija, soltando por fin lo que al principio de aquella conversación se habría prometido que no diría. Pero llevaba tanto tiempo llevando sola esa carga, que no lo soportó por más tiempo- se quieren y yo...no tengo un lugar entre los dos.
Hermione se revolvió en el asiento. Por una parte, destensando sus músculos al saber la verdad, y por otro, entristecida.
-Cariño...-soltó finalmente la señora Weasley, con dolor.
Desde que su hija mayor tenía doce años, había estado mirando siempre por Harley. Desviaba siempre la mirada hacia donde estaba él, se ponía nerviosa cuando en aquella casa se pronunciaba su nombre y, estaba claro casi desde el principio, que había quedado tan atrapada como Hermione a su edad, claramente enamorada de un niño que apenas le hacía caso, aunque irónica y supuestamente fuera su amigo.
-No puedo, mamá-repitió. Cada vez parecía más segura de sus palabras.
Ella respiró hondo.
-Eres joven. Habrá más chicos- era la primera que hablaban más o menos abiertamente de los sentimientos de Rose- lo sabes ¿no? Lo acabarás superando, aunque ahora no te lo parezca.
Su hija la miró con una pizca de reproche.
-No lo dirás por propia experiencia ¿verdad?
Su hija había heredado la mordacidad de Ron utilizaba cuando estaba herido o enfadado.
-Creo que tus circunstancias y las mías no son las mismas. Mira, no voy a dejar que te hundas. Sigue viendo a tus amigos, y a tu familia. Te quedan diez días para volver a Hogwarts. Vuelve con la cabeza alta y...si hace falta mantenerte un poco alejada de Ann, vale. Pero ella no tiene la culpa. No creo. Conozco a esa niña (y tú mucho más) y sabes que no hay ninguna intención de dañarte a ti en querer a tu amigo.
Rose se levantó de su asiento, alterada.
-Me voy a dormir. Procuraré pensar sobre eso. De verdad. Buenas noches.
Hermione suspiró por última vez en el largo día, justo antes de que Ron entrara en la habitación. Como siempre, no se molestó en no hacer ruido. Pero aquella vez daba un poco igual.
-¿Todavía estás despierta?- le preguntó en susurros. Se le escuchaba muy acelerado.
Ella asintió, bajo la fina sábana.
Ron Weasley se cambió lo más rápido posible la ropa y se metió en la cama con su esposa, pasando un brazo alrededor de su cintura.
-He conseguido sonsacarle a Rose lo que le pasa- dijo Hermione, mientras disfrutaba de un cariñoso beso en la mejilla.
Su marido se sorprendió. Ella se giró para mirarle.
-¿En serio? ¿Por fin? ¿Qué le pasa?
-Lo que sospechabas. Lo que sospechábamos.
Pudo ver el desagrado en el rostro de Ron.
-Chicos.
-Bueno, en realidad me temo que es un poco más complejo que eso.
-¿Por qué?
-No creo que deba ser mucho más específica, Ron. Al fin y al cabo, no es lo mismo hablar con tu madre que con tu padre...- pensó un segundo un adjetivo- sobreprotector.
-Yo no soy sobreprotector- se quejó él.
Hermione silenció la posible discusión con un corto beso en los labios y se acomodó para dormir.
-Digamos que no puede ser. Rose nunca podrá estar con él. Es imposible.
La noche del veintidós de agosto, Hugo Weasley se quedó despierto casi todo el rato. Eran las dos de la mañana y seguía en el salón, oculto bajo la capa invisible que su padre había pedido prestada a su tío Harry, jugando con su recién adquirido galeón de oro, paseándolo entre sus manos como su más preciado tesoro. Esperaba. Y esperaba. Y la casa seguía en absoluto silencio. Suspiraba repetidamente, y más de una vez estuvo a punto de quedarse dormido, cuando se sentaba en el sofá, agotado. Pero sabía que su padre le retiraría su paga si lo hacía, y eso lo mantenía despierto.
De pronto, algo sucedió. Fue un ruido casi imperceptible, pero la oreja extensible que había cogido para llevar a cabo su cometido hizo que al acercársela al oído, pudiera escuchar perfectamente unos pasos. Unos pasos de unas deportivas desgastadas sobre en suelo de la entrada.
No podía ser otra persona que su hermana.
Con sigilo, Hugo se acercó al vestíbulo. A la vuelta de las esquina vio como Rose se enfundaba en una fina chaqueta caqui y guardaba su varita de fresno en el bolsillo del pantalón vaquero y degastado.
La chica miró con sospecha a un lado y al otro. Hugo contuvo aire. Estaba más que claro que no quería ser descubierta. Tenía miedo. No iba a dar un simple paseo en la oscuridad en la oscuridad de la noche. Darse realmente cuenta de aquello hizo que el chico se interesara más en su tarea.
Procuró no rozarse con ella cuando su hermana cerró la puerta. Casi se tocaron pero por fortuna, fue lo suficientemente hábil. Tambaleando un poco por la maniobra, siguió a Rose.
Los hermanos Weasley recorrieron las calles, débilmente iluminadas por las farolas muggles, que daban un tono anaranjado a la visión. El pelo de Rose parecía inexistente en ocasiones.
Ella se adentró en Regent's Park al llegar hasta allí. No vivían muy lejos del parque del Norte de Londres y, cuando eran pequeños, solían pasar muchas tardes allí, normalmente con más niños Weasley, o Potter.
Rose no caminó siguiendo el camino de tierra marcado, sino que caminaba por la hierba ocultándose entre los árboles. La conocía. Disimulaba muy mal, se le notaba demasiado cuando iba a hacer algo indebido. Todo en su actitud la delataba, y aquello era una prueba más.
La siguió tanto que los pies ya le molestaban. Tenía sueño, y hambre, para colmo.
"Por favor, que pase algo YA"
Las plegarias de Hugo tardaron un rato en ser escuchadas, pero finalmente, pudo ver cómo había alguien apoyado en un pequeño puente, de madera gruesa, y Rose lo miró desde lejos, como si le hubiera estado buscando todo este tiempo. El ceño de su hermana se frunció al mismo tiempo que la ceja izquierda quiso levantarse, de la sorpresa. Él nunca la había visto poniendo esa expresión. Era como si hubiera cambiado al ver a aquel extraño, como si fuera otra. O quizás ya lo era desde que había perdido la memoria. Se había despertado siendo otra chica, por mucho que hubiera acabando recuperando sus recuerdos.
Intentó ponerle cara al hombre que estaba allí plantado y, que sin casi duda alguna, estaba esperándola a ella. Pero no fue capaz de verle. Tenía que acercarse más.
No fue difícil. Siguió a la chica, que parecía una chiquilla ansiosa, entre los arbustos. Hugo esperó ansioso, hasta que por fin comenzaron a pisar el puente.
El chico (no era un hombre, si rostro era imberbe e impoluto) la buscó, en cuanto vio su cabello pelirrojo emerger de la oscuridad y volver a desparecer durante unos instantes.
Llego un momento en el que el pequeño de los Weasley se detuvo de la sorpresa, y ya no pudo caminar ni un solo paso más.
-Perdóname, hoy llego muy tarde- se disculpó ella, sin timidez, sin mucho arrepentimiento.
El chico sonrío. Hugo tuvo la tentación de borrarle la felicidad, o tranquilidad, o deseo, o lo que fuera, de un puñetazo. O de un hechizo desmaius.
-No pasa nada. Has venido, que es lo importante.
-Supongo- murmuró Rose.
Hugo no lo soportó más. Dio media vuelta. Espero a llegar a la salida del parque y se quitó la capa. Casi corrió hasta su casa.
Cuando por fin entró por la puerta, vio la luz del salón encendida. Hugo tomó todo el aire que había perdido en la carrera mientras alguien se aproximaba a su posición. Oyó unos pies descalzos. Era su padre. Claro que era su padre.
Ron Weasley apareció en el vestíbulo. Estaba adormilado y despierto a la vez. Ansioso, supuso su hijo, por descubrir la verdad por la que había pagado un galeón a su hijo.
-¿Y bien?- susurró su padre, deseoso.
Hugo dudó. No quería chivarse de aquella de su hermana. Pero por otra parte, su instinto protector hacia ella le impidió callar. Además, necesitaba ese galeón. El cumpleaños de Clary estaba muy cerca y quería comprarle algo que mereciera la pena.
-Tenías razón. Se ve con un chico- soltó.
-Lo sabía- exclamó Ron, con rapidez- ¿Cuántos años es mayor que ella?
-¿Qué? Ninguno- contestó Hugo, con la impresión que le había causado la pregunta.
Ron pareció satisfecho.
-Entonces le conoces. Dime quién es- exigió.
-Papá...no creo que realmente quieras saberlo. Además es asunto de Rose, la verdad...
-Hugo...
Se sentía acorralado.
-Realmente es el último chico con el querrías verla.
-¿Quién?
-Scorpius Malfoy.
El sol brillaba imponente aquella mañana. Los rayos entraban en la habitación por las cortinas naranjas, dando un tono alegre a la habitación.
Grace se miró al espejo, arreglándose la corbata por decimoquinta vez desde que estaba despierta. Se había recogido el pelo en una coleta alta y se había maquillado. Ahora sus mejillas estaban ruborizadas, y su piel era un poco menos clara. Sus ojeras habían desparecido, un poco. Quizás, hasta estaba más guapa que en Hogwarts.
Pero era aquella molesta corbata, gris oscuro y su uniforme era negro, lo cual no le acababa de cuadrar.
La corbata de Slytherin le quedaba mucho mejor.
Grace echó un vistazo a su habitación. Vio su armario abierto y su uniforme de Hogwarts guardado dentro, con la reluciente corbata plateada y esmeralda colgando de la percha. El uniforme de Hogwarts. Ese al que no le dejaban remangarle el largo de la falda, ni subirle el cuello de la camisa, ni desabrochase el tercer botón, ni esas cosas que hacían las chicas muggles para parecer unas fulanas que estaban lejos de ser, pero que al menos querían aparentar con tal de no parecer unas mojigatas.
Se observó de nuevo, y no se vio muy diferente de esas chicas. Aunque ella no lo sabía, siempre sería diferente. Tendría ese aire aristocrático y altanero que inconscientemente había copiado de sus compañeros de casa. Tenía la lengua bífida, guardada a buen recaudo para cuando le hiciera falta utilizarla. Tenía una educación diferente. Tenía...
Tenía que irse al instituto.
-¡Grace! ¡Vas a llegar tarde!- le informó su padre, desde el piso de abajo.
La chica agarró su mochila, nueva y tremendamente muggle, como su vida ahora.
-¡Ahora bajo!
Así lo hizo.
Su padre esperaba ansioso a que su hija saliera por la puerta. La aguardaba vestido de traje y con su maletín ya en la mano.
-¿Para qué me esperas? Me vienen a buscar- repitió ella. Se lo había dicho como cincuenta veces.
-Lo sé. Solo quería verte salir por la puerta. ¿Te has maquillado?- preguntó, extrañado.
-Sí- contestó ella, sin más explicación- ¿por qué, no te gusta?
-No. No es eso. Es que como no te maquillas nunca...me resulta un poco artificial. En fin- le besó en el cabello- me voy a trabajar. Mucha suerte. Mucha suerte.
-Gracias- contestó, nerviosa. Su padre apoyándola como si se fuera a la guerra no ayudaba demasiado a calmar en torrente sanguíneo que circulaba a toda velocidad por su cuerpo.
Cerró la puerta de su casa con llave y miró a un lado y al otro de la calle, buscando con la mirada a alguien.
Quien buscaba estaba al final de la calle. Vestía pantalones oscuros y un polo blanco que era de su talla pero se le ajustaba en los brazos, ejercitados. Se había bajado de la moto y tecleaba rápidamente en el móvil, como si estuviera enviando un mensaje importante. Con la otra mano se revolvía el pelo castaño, sin nerviosismo.
-Buenos días, Finn- saludó Grace con una leve sonrisa.
Atrajo toda su atención. El chico guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón y se acercó con una sonrisa plena.
-Muy buenos días. ¡Qué guapa!
Se acercó para darle un beso.
Ella pensaba que estaba horrorosa y no le ayudaba mucho que su novio le dijera lo contrario. No necesitaba corroborar con nadie su aspecto o actitud para cambiar la opinión sobre sí misma.
-Venga, vámonos, que llegar tarde el primer día de colegio debe de estar muy mal visto- dijo, mientras cogía el segundo casco y se lo metía por la cabeza.
-De hecho en el primero es cuando menos te echan la bronca. Todavía no están hartos de ti, no les ha dado tiempo. El viento veraniego le golpeó sin fuerza durante el camino en moto. Grace se sentía como caminando en un túnel muy estrecho, buscando una salida. Sabiendo que al final de aquel camino, estaba algo desconocido. Pero ese algo por descubrir era una salida. Una huida a su asfixia. Se agarraba fuerte al dorso de Finn, esperando no caerse.
Su novio (creía que ya era hora de llamarlo así, después de todo) era y había sido una de sus otras formas de atarse al mundo muggle. Finn Davidson era su vecino desde siempre, dos años mayor que ella. Cuando ella tenía cinco años él le dejaba debajo de su puerta retratos de la chica (una versión un tanto deformada debido a que él solo tenía siete años) y, con los años, había aprendido a dibujar el rostro de Grace a la perfección. Al principio a ella le disgustaba su compañía, y de niña solía chinchar a su vecino de maneras diversas, pero poco a poco fue ganándose su afecto. Lo cierto es que empezó a fijarse más en él cuando su espalda se hizo más ancha y un poco de pelo asomaba por su mandíbula recién reformada, más cuadrada y sin moflete encima.
Pero realmente esa historia no era muy trascendental en la vida de Grace. Porque aunque se lo negara, sus mejores vivencias las había tenido en Hogwarts.
Los mejores momentos con Scorpius y Josh, los partidos de Quidditch y el rostro sonriente de Albus Potter mientras bailaban en el gran Comedor acudieron a su mente, como un castigo dulce. Se apretó más fuerte contra Finn.
-¿¡Muy nerviosa!?- preguntó el chico, en contra del viento.
-¡No!- mintió gritando, para que se le escuchara por encima del viento y tras el casco.
-¿¡Sabes!? ¡Esta mañana he visto un lobo al mirar por la ventana! ¡Te lo juro, estaba en el linde del bosque, lo he visto por la ventana!
Grace se rio desganada, nerviosa.
-¡Sería un perro, Finn!
La moto estacionó a la entrada del único instituto concertado de Essex, por la que ya entraban apurados muchos alumnos. Se preguntó si habría más gente nueva, como ella.
Finn se bajó en seguida del vehículo, cuando lo hizo Grace.
-Te juro que era un lobo. Y los lobos dan suerte- se inventó.
Ella rodó los ojos.
Al dejar el casco encima del asiento y mirar a los lados, muerta de miedo por dentro, divisó una figura adolescente y sin uniformar entre la multitud, y el corazón se le paró por un instante.
-¡Es Josh! ¡Es Josh!- exclamó ella, más para ella misma que para Finn.
Salió corriendo en busca de su amigo, que con una gran sonrisa y los brazos iba a recibirla.
-Pero ¿qué haces aquí?- preguntó, anonadada, mientras se abrazaban.
-¿No te hace ilusión?
-¡Claro! ¡Pero no me lo esperaba!
-Quería darte un poco de ánimos.
-Gracias. Por todo.
-No te despidas de mí como si no nos fuéramos a ver- se quejó- en vacaciones quiero que solo tengas tiempo para mí.
-De acuerdo- soltó, con una sonrisa nerviosa.
Josh observó a la par que Finn (uno de los dos sabía que había alguien más observando atentamente) como Grace entraba en su instituto. El mago cambió su rostro cuando su amiga ya no estuvo allí. Se volvió nostálgico, y un tanto triste.
Un poco cabizbajo recorrió las calles de alrededor hasta llegar a un pequeño parque, en el que había alguien muy especial al que tendría que esperar.
Pronto sintió una presencia tras él. Un lobo gris se le acercaba, silenciosamente.
-Te escondes bien ¿eh? Enhorabuena. Aunque Grace no sabe nada de lo tuyo, ya te lo dije. Ya está- soltó- los dos hemos conseguido lo que queríamos. Venir a verla y asegurarnos de lo que ya sabíamos, que es más feliz siendo muggle. La verdad, no sé para que tú te has tomado tanta molestia. Ella ya no es del Escuadrón de Merlín...
-¡Mami, mami! ¡Mira qué perro tan bonito!
Una niñita de unos cinco años se acercó al animal, que si antes tenía la cola ondeante con aire tristón, se tensó casi al instante.
-¡Es precioso! ¡A mí me van a comprar un perro por mi cumple! ¿Cómo se llama?
La madre de la niña se acercaba corriendo. Había estado hablando con una compañera de trabajo con la que se había encontrado y había perdido un segundo de vista a su hija.
-¿Que cómo se llama?- preguntó divertido Josh, mientras la niña acariciaba al animal, que parecía molesto- Tobi. Se llama Tobi.
-¡ Hola, Tobi!
Cuando las dos se hubieron marchado y Josh y su acompañante llegaron al bosque de enfrente de casa de Grace, el animal pudo ocultarse entre los árboles para transformarse.
-¿En serio, Wracen? ¿Tobi? ¿Tobi?- escuchó protestar al chico nada más volver a ser humano.
-Es el nombre de mi perro. Además, no le iba a decir que te llamabas Albus. Eres un lobo gris.
Los dos giraron la vista hacia en bloque de casas en las que vivían los Wilson, como si se estuvieran despidiendo.
-En el fondo me alegro de que Scorpius no haya podido venir, se pone muy sentimental con estas cosas. Y me alegro de que estés tú, porque ni de coña pienso llorar delante de ti, y eso es lo único que me quita las ganas.
Harley cerró la puerta de la casa, silenciosamente. Observó el lugar, como si fuera la primera vez que lo veía. Dejó las llaves en la puerta e intentó subir las escaleras a oscuras, con éxito pero tambaleándose un poco. No había conseguido ser tan silencioso como otras noches.
Compartir casa con Ann (es decir, pasarse el verano en la casa de los Anderson) era lo mejor y lo peor que podía haber hecho, paradójicamente. Al principio había sido acogido con la misma hospitalidad con la que le recibía la señora Anderson cuando vivía, y todavía quedaban resquicios de su presencia cálida en aquellas paredes (había ocasiones en que su olor a vainilla y maternal volvía a Harley con una claridad pasmosa). Pero luego Ann había sabido toda la verdad acerca de porqué Rose le había retirado la palabra y no le enviaba cartas y Albus apenas escribía hablando de temas muy banales o limitándose a preguntarle por su estado de salud, y todo había cambiado.
Harley terminó de subir las escaleras.
No se lo reprochaba en absoluto. ¿Por qué? Porque terriblemente, sabía que Ann respetaría su decisión. Y sabía que nada podría hacerle que le doliera más que prácticamente obligarla a alejarse de Rose. Para variar, se sentía culpable. No quería hacer daño a nadie y eso era justamente lo que no paraba de hacer.
¿Y qué esperas? Llevas la misma sangre que Sameor.
Cerró los ojos, con dolor.
Siempre había sentido que no encajaba en ninguna parte y eso siempre lo había torturado por dentro. Pero ahora sabía mejor no saber, porque la verdad era horrible.
¿No podría haber sido él Andrew Anderson? ¿No podría haber tenido los ojos azules, la piel clara como Ann, haber compartido con ella padres y unos antepasados en común? ¿Qué era el hermano pequeño de Sameor, comparado con el rostro sin voz con el que Ann se había obsesionado por encontrar? De Ann no era nada, pero sí del hombre que se empeñaba en destruírla.
Apretó los dientes hasta que pareció que se rompería la mandíbula de la fuerza. Pasó por el cuarto del hijo de David, el padrastro de Ann, Kevin, al que odiaba y envidiaba porque nunca se había comportado como un hermano para Ann, y porque tenía la oportunidad desaprovechada de hacerlo y, justo cuando estaba agarrando el pomo de la puerta de su habitación, escuchó un ruido en la habitación de enfrente.
Ann no tardó en aparecer, en el umbral de su puerta.
-Son las tres de la mañana- informó inútilmente, somnolienta.
-Lo sé-murmuró él. Su voz sonó tan musical y extraordinaria como siempre, y lo odió.
-No puedes salir de casa por la noche. Es peligroso- dijo, con una mezcla entre la exasperación y la preocupación.
No eres mi madre- le dieron ganas de contestar. Pero nunca podría decirle algo así en aquellas circunstancias. Y quizás en otras tampoco.
-Necesitaba tomar el aire. Estoy nervioso por volver a Hogwarts mañana.
Silencio.
Harley se dio la vuelta, lentamente.
-He tenido una pesadilla- dijo Ann, como si se confesara de algo malo, como si necesitara protección, consuelo. Algo.
-¿Salía tu hermano en ella?- preguntó.
Silencio.
Ann asintió despacio, cabizbaja.
-¿Quieres hablar de ello?- preguntó él, esperanzado.
Ella alzó la cabeza, para una vez más, mirarle con reproche.
Suspiró, por enésima vez en aquel verano.
-Ann. Por si alguna vez te lo preguntas, o por si tú ya lo sabes y necesitas que yo te lo diga, te necesito mucho más de lo que me necesitas tú a mí.
La chica miró a un lado y al otro, sin saber qué decir.
Él esperó lo que pareció una media hora hasta que Ann despareció en la oscuridad de su habitación.
-Ven- le pidió en voz baja.
Para cuando Harley estaba entrando en el cuarto de Ann, ella ya había encendido la luz de la mesilla de noche y se había sentado en el borde de la cama.
Él se acercó, y se fijó en el papel que sostenía en sus manos.
Ella se lo mostró y lo que vio le dejó sin respiración.
Harley sabía qué aspecto tenía Andrew. Lo había visto en otros dibujos de Ann, aunque este era el primero que ella le ensañaba, pero en aquel dibujo era diferente.
Estaba tumbado sobre una hierba negra, desnudo, con los ojos totalmente desenfocados. No había nada de vida en aquel dibujo. Ann había dejado la bruma de la noche a medio dibujar, haciendo que solo pudiera fijarse en el rostro sin vida y en aquellos enormes ojos azules cuya vida había sido plasmada a medio apagar, como si de luz se tratara el iris de sus ojos.
-Ha sido Sameor. Él pone esas...imágenes, o episodios en mi mente, para torturarme. No sé si le está pasando esto a Andrew, o le ha pasado, o le pasará. No tengo ni idea. Y es insoportable. Tengo muchos más dibujos como este.
Harley se sentó en la cama, tratando de asimilar una vez más todo aquello.
Silencio.
Siénteme.
-Duerme conmigo- pidió Ann.
Él se alegró como nunca en meses.
Ella se metió en la cama y Harley, abarcando casi todo el espacio, la abrazó envolviéndola por completo con su cuerpo. Sus deportivas cayeron al suelo con un ruido sordo, tras habérselas quitado.
Ann mantenía los ojos muy abiertos, mientras se pegaba todavía más a su amigo, o a lo que fuera, buscando calor en el invierno de su corazón. Buscando volver al otoño en el que solo tenía once años.
-Es mentira- dijo ella.
-¿El qué es mentira?- preguntó.
-El que tú me necesites mucho más que yo a ti. Es justo al revés. Y no puedo entender cómo todavía no te has dado cuenta.
-Todo irá mejor- contestó- te lo prometo. Llega un punto en el que ya no se puede estar peor, y entonces todo mejora.
-Tú puedes ayudar a eso, Harley. Tengo que pedirte algo que seguramente te cueste mucho. No creo que haya nada que te cueste más pero tengo que hacerlo.
Harley estaba emocionado por haber obtenido el perdón de Ann y, contestó expectante.
-¿Qué es?
-Quiero que no me mientas jamás. Ni me ocultes la verdad. Ni me protejas. Ni me evites decepciones, ni cómo lo quieras llamar.
Silencio.
-Te lo prometo- dijo, y sonó tan verdadero y tan real que Ann ya no tuvo dudas.
Silencio. La respiración de Ann se fue volviendo tranquila y relajada.
-Harley- lo llamó, medio en sueños.
-¿Qué?- contestó, quedándose inevitablemente dormido.
-¿Conocías a Eizan Harley verdad? Era el mejor amigo de mi padre. Es demasiado obvio.
Silencio.
-Pero no lo sabré seguro.
Silencio.
-Hasta que me lo digas.
Silencio.
-Sí, Ann. Sí lo conocí- murmuró él. Y por primera vez, su voz no tuvo un timbre musical.
Y la verdad se abrió paso en su vida por fin.
