El primer día en Hogwarts transcurrió como una especie de sueño, un montón de largos discursos y risas debidas a las críticas hacia sus nuevos profesores. Muchas caras nuevas y un montón de nombres que aprenderse, hicieron que Ann, después de escribirle la segunda carta a su madre relatándole lo que había hecho durante el día, cayera rendida sobre su blanda cama, entre suspiros. En la larga carta hablaba de todo un poco, y sobretodo describía a sus compañeros más cercanos. Es decir, sus nuevos amigos.

De Albus Potter, diría que era un chico particularmente afable y agradable. No era como James, (más hiperactivo y con una inyección grande de autoestima), pero a Ann le resultaba muy cómodo estar en su compañía, porque tenían una personalidad parecida.

Rose Weasley era una chica preocupada por las reglas, con ganas de tener clases y comenzar a probarse a sí misma académicamente, con un gran corazón pero con un genio susceptible. A Ann le caía muy bien, y eso parecía ser recíproco, así que ella era muy feliz.

Harley tenía una personalidad similar a la de James Potter, inquieto e incansable. Usaba la ironía para admitir cosas sin admitirlas, no hablaba de sí mismo pero si hablaba mucho sobre cosas banales y sin importancia, y su pasatiempo preferido, el de aparentar algo que no era, estaba siendo sustituido por el de hacer rabiar a Rose. El niño tenía algunos frases humorísticas (la mayoría usando falsa prepotencia) que hacían que Ann lo pasase muy bien en su compañía, aunque para ello tuviera que soportar un montón de miradas de, sobretodo, niñas de primer y segundo curso. Él no parecía darse cuenta de que lo miraban. O estaba tan acostumbrado que ya hasta no quería darse cuenta.

- Rose-la llamo Ann, mientras en revisaba el horario de ese día.

-¿Umm?-la niña engullía rápido su desayuno. Para lo delgada que era, comía por tres como ella. La noche anterior había dicho que le venía de familia.

-Es que he estado mirando el horario de hoy, y tenemos pociones a las once.

-Oh... ¿Y?-dijo con la boca llena de algo que Ann prefirió no identificar.

-Nada, es que no tengo ni idea de pociones... los libros de mi padre eran de todo, menos de pociones.

-Tal vez las odiaba-dijo Albus, sentándose a su lado-a James no le gustan demasiado, no para de decir que cuando acabe el curso quemara su libro en una hoguera. Pero mi madre se lo prohíbe, dice que es inútil gastar dinero por gastar, y que Lily y yo tenemos que heredarlo-Lily era la menor de los Potter-Weasley.

-Llegáis muy tarde-les dijo a Albus y último se situó al otro lado de la niña de pelo negro.

-Tienes razón, no quedan huevos.-dijo Harley con fastidio.

-Te doy los míos, ya no tengo hambre-dijo Ann arrastrando su plato hacia él.

-Deberías comer más-le dijo mientras comenzaba a engullirlos como estaba haciendo Rose también -o pesarás tan poco que podrás volar sin necesidad de escoba.

Ann de encogió de hombros.

-¿Y para qué sirven las pociones?- siguió preguntado.

-¿Para qué sirven? pues para mil cosas-contesto la pelirroja- hay pociones de suerte, de curación, de amor...

-¿Hay alguna que fabrique dinero? algo así como que cuando estas removiendo el caldero con todas tus ganas- Harley hizo una demostración con los brazos-el otro mete la mano y empiezan a salir galeones de oro puro.

Rose lo miro ceñuda.

-Si la hubiera, ¿no crees que los magos dejarían de trabajar? además, su efecto o se pasa pronto, o, por poner un ejemplo, la poción de amor no crea un amor verdadero, sino una especie de encaprichamiento que termina cuando desaparecen los efectos.

-Tomare nota-contesto él con una sonrisa.

Ann miró del techo del comedor. Un día cubierto de nubes, genial... ¿sería eso un augurio climático de lo que pasaría en las clases de esa mañana?

El problema para sentarse en los sitios fue el mismo que el del día anterior. Ann se quería sentar con Rose y Harley, Rose con con Albus y Ann, Al con Rose y Harley y este último con Ann y Albus. O lo que es lo mismo: caos. Así que Ann y Rose se sentaban al lado de una chica Hufflepuff que se llamaba Hazel Richarson. Al y Harley al lado de Nick, su compañero de cuarto. Los tres se llevaban bastante bien.

La verdad es que Ann no tenía muchos motivos para ponerse nerviosa. Había conseguido su libro de pociones hacia cosa de un mes en el callejón Diagon y no se había molestado en observarlo. No era de su padre, no tenía anotaciones de alguien a quien deseaba conocer, sino que era nuevo. Ya tendría tiempo de mirarlo...

Pero la curiosidad la mató unos minutos antes de comenzar su clase, abrió el libro por cualquier página y ojeó.

"Poción contra el mal aliento"(una sonrisa se formó en su rostro)

Se necesitan:

-Tres raíces de Sopóforo recién cortado (una semana tiempo ideal)

-Cuatro puñados de furúnculos de sapo (se recuerda que deben ser cuanto más grandes mejor)

-Siete semillas de fieito mágico (tamaño medio)

-Bilis de Rinhómero (La cantidad debe ir en proporción al mal aliento que se posea)...

Así, seguían un montón de ingredientes, justo debajo de eso un montón de instrucciones para preparar la poción, más recomendaciones y advertencias. Lo cierto es que Ann no entendió ni la mitad de palabras que se iban presentando ante sus ojos, aun así el cerebro de la niña memorizó cada palabra al instante de leerla.

Un estrépito anunciaba que la profesora de pociones acaba de cerrar la puerta del aula.

-Buenos días.

-Buenos días, profesora Badgreen.-dijeron unos pocos alumnos. Solo un par de osados dijeron "buenas, Baddy" en un tono inaudible para la profesora.

La profesora Mary Badgreen tenía una particular forma de colocarse para dar clase. Se apoyaba contra la abarrotada mesa del profesor y miraba a sus alumnos como si fuesen una especie de microbios infecciosos, demasiado inferiores para estar encerrados en el mismo espacio que ella. Fruncía en labio y alzaba la ceja como si estar allí fuese un auténtico suplicio. Albus le había dicho que James contaba que tenía una voz potente e incansable y que estar en su presencia era comparable a estar con el más alto cargo del ejercito Muggle.

Fue por eso, por lo que Ann tragó saliva en esos segundos en los que la profesora no empezaba su discurso y ella y el resto de alumnado permanecía en absoluto silencio.

-Pociones...-comenzó-el uso de pociones el nuestra sociedad es, en mi opinión (gran parte de los magos la comparten conmigo) casi indispensable. Las pociones nos sirven para solucionar desde nuestros más cotidianos problemas hasta a detener graves e incluso mortales enfermedades, mágicas, claro está. En estos años que estéis en Hogwarts espero que al menos aprendáis a elaborar pociones con tanta facilidad con la que respiráis o coméis. Los que no se sientan atraídos por mi asignatura, ¡que la suspendan!-Ann tuvo un pequeño impulso de taparse los oídos- ¡ya veremos que haréis con vuestro futuro sin, como mínimo, el T.I.M.O en pociones!

Casi todos los alumnos compartieron rápidas miradas asustadas con los compañeros de alrededor. Excepto tal vez Rose, que parecía extraordinariamente atenta al discurso de la bruja( en los dos sentidos de la palabra)

-No tolero que habléis, que distraigáis a los compañeros que realmente quieren explotar su potencial...se confiscaran las plumas chivatorias, las plumas con corrector ortográfico...-Rose, que se había dedicado a escribir fervientemente en un pergamino todo lo que decía, se interrumpió un momento para guardar su pluma y pedirle rápidamente a Ann la suya, que no estaba apuntando nada-prohibido notitas voladoras y realizar maleficios en clase, y...

Interrumpió de forma brusca su discurso, Ann tembló entera cuando fue consciente de que Mary Badgreen se acercaba con el labio fruncido, la ceja levantada, y paso rápido hacia ella.

-Otra norma muy importante-Rose dejó de escribir-es que cuando yo mando poner una página la pones, no ojeas la de atrás ni la de delante. Y también que cuando estoy explicando, quiero el cien por cien de los sentidos puestos, y con eso, me refiero a que quiero los libros cerrados-le arrebató el libro de la mesa, y empezó a preguntar pausadamente, con severidad palpable-¿Que hacías mirando la explicación de la elaboración de la poción contra el mal aliento- que por cierto no está dentro del temario-, mientras yo estaba hablando?

Maldita sea, esto no le podía estar pasando. Por un momento miró las mesas de sus compañeros, todas tenían el libro encima, pero cerrado. Maldita sea. En ese momento prefería ser la pequeña araña que correteaba por la mesa, o tal vez la pluma correctora de Rose, que se encontraba a salvo dentro de su mochila.

-Oh, ya veo-dijo tras la pausa en la que Ann se dedicó a pensar todo eso- ¿realmente necesitas esta poción, no?

Los Slytherin, con los que compartían esta clase, rieron divertidos (excepto Scorpius Malfoy, que estaba distraído, y una alumna rubia y bajita con cara de rebelde) Los Gryffindor pusieron cara de indignación.

-Dime todos los ingredientes y los pasos de elaboración de la poción contra el mal aliento o Gryffindor se quedará sin diez puntos... como esto siga así, este año volverá a ganar Slytherin la copa de las casas-les dijo a los alumnos de su casa.

Ann tragó saliva, sus compañeros cuchicheaban y Rose se movía nerviosa en su silla.

-Di algo, lo que sea...-le suplicó en voz baja.

La niña miró a su profesora a los ojos un instante. Acababa de ridiculizarla, tal como hacían los chicos del colegio muggle... Ann tenía la autoestima por los suelos, porque así se la habían puesto durante toda su vida. Se acordó de algo, había hecho una promesa al sombrero seleccionador... porque ¿Porque si no estaba ella en Gryffindor?

"Lo sabes" pensó para sí misma.

Tomo aire con fuerza y, acto seguido, ante los atónitos oídos de toda la clase, recitó al pie de la letra lo que minutos antes había leído en la hoja. Rose tenía la boca abierta mientras la oía, y se agobiaba por segundos. Ella casi no se había preocupado de mirar su libro de pociones. Historia de la magia era el libro que más leía, detrás del de historia de Hogwarts. Más atrás, se oía a Albus murmurar cosas como "atiza" o "¡merlin!" mientras Ann terminaba su explicación.

-Por último, remueves tres veces hasta que se torna de un color rosado. Dicha poción te proporciona hasta seis meses de aliento bueno, y, si se realiza correctamente, puede durar hasta siete, pero son casos particulares. ¡Ah!-añadió- y...no creo necesitar una poción así- se sonrojó.

Harley sonreía de oreja a oreja mientras chocaba los cinco con Nick y les dirigía unos cuantos "¡toma esa!" a los Slytherin.

Mary Badgreen la fulminó con la mirada.

-¿Cuál es tu nombre?-preguntó, lentamente.

-Ann Anderson.

-Anderson...-por un momento pareció levemente sorprendida, y abrió mucho los ojos, acto seguido, procuró disimularlo.

-¡Ha sido impresionante!-dijo Albus cuando los Gryffindor caminaban por el pasillo saliendo de las mazmorras-¡Le has pateado el culo a Baddy!

-¿No me dijiste que no habías mirado el libro de pociones?-le preguntó Rose.

Todos esperaban su respuesta.

-Bueno...puede que lo haya mirado un par de veces-mintió

-¿Un par de veces? ¡Te lo sabias tal cual el libro! ¡lo acabo de comprobar!

-Déjala respirar, Weasley- intervino Harley-en Hogwarts hay sitio para dos cerebritos.

Rose se puso como una bombilla, pero no añadió más.

El grupo se fue separando, solo quedaron Albus, Harley y Nick, y de chicas Rose, Ann y Charlotte. Charlotte llevaba todo aquel tiempo siguiéndolas a todas partes, pero casi comunicaba con ellas, se limitaba a asentir y a soltar frases cortas como "es verdad" o "tienes razón". Ann solía pensar que como siguiese siendo así, las niñas terminarían por cansarse de ella. Pero también esperaba que su actitud cambiase con el tiempo, y que solo fuese su timidez inicial. En cuanto a su otra compañera de habitación, no tenía de idea de que hacia cuando desaparecía. Albus, Harley y Nick eran los únicos Gryffindor chicos de primer año.

-Hagrid me ha escrito-le comentó Albus a Rose mientras Nick les explicaba las normas del Quiddicth a Harley y a Charlotte, que parecían prestar una mínima atención-dice si podemos ir hoy a visitarle.

-¡Si, claro! ¿porque no?

-Hagrid es... ¿el guardabosques, no?-dijo, aunque a punto estuvo de decir "ese hombre tan grande".

Asintieron.

-Cuando nuestros padres estaban en Hogwarts, se llevaban de maravilla con Hagrid.

Ann se preguntó qué demonios haría aquella tarde sin Albus y Rose.

-Jaque mate-sentenció Harley cuando el alfil derribo al rey mágico de Ann-es la tercera vez que jugamos, y algo me dice que me estas dejando ganar. Siempre he sido malo al ajedrez, al menos las otras tres veces que jugué, perdí. Me estas dejando ganar-repitió más convencido.

Ann se encogió de hombros, no tenía ganas de seguir mintiendo por ese día.

-Dejaré que te quedes con la duda.

El rey de Harley había estado incontables veces amenazado de jaque mate por las jugadas que Ann trazaba en su cabeza, pero no tenía ninguna gana de destacar más. Además, el niño hacia unos aspavientos muy graciosos cuando ganaba.

-Estoy empezando a preocuparme...-se echó para atrás dejando el equilibrio de su silla a dos patas-seguro que a partir de mañana empiezan a mandarnos deberes, y ahí es cuando la cagaré por completo.

-Todos tenemos miedo.

-Umm...Creo que todos no lo tenemos...me estoy imaginando a Rose redactando emocionada sus deberes de historia de la magia-dijo con una pizca de burla.

-Ella me cae bien-dijo con lealtad mientras las piezas de ajedrez se recolocaban.

-Yo no he dicho que me caiga mal, pero es extraña.

-¿Y tú no?-pregunto con fingida inocencia.

-Dejaré que te quedes con la duda-dijo con dos rendijas por ojos.

Una lechuza se aproximaba planeando a la ventana de la sala común de se incorporó de un salto.

-¡Platón!-exclamó mientras abría la ventana y la lechuza marrón le entregaba una carta de su madre. Era la tercera que recibía de ella.

Harley acariciaba a Platón mientras Ann leía entusiasta su carta. Los ojos azules de la niña se fijaron por un momento en los ambarinos de él. En los dos días que llevaban allí, no había recibido ni una triste carta de su familia, y una sombra de dolor cruzaba por su rostro, dando a entender que lo estaba pensando en ese mismo instante.

Si mal no recordaba (eso nunca pasaba), Harley solo había mencionado a su padre como familia suya. Tal vez su madre había muerto, y no tenía hermanos.

-Es de mi madre-le explicó en voz baja al niño, que mantenía al menos una parte de su mirada fija en ella.

Asintió despacio. Trago saliva y abrió la boca para decir en un susurro.

-Antes solía creer que mi padre no me llamaba, mi me enviaba una carta porque no tenía tiempo, pero supongo que es ridículo pensar eso. Simplemente no se interesa, y punto. Pero no creas que me afecta-dijo con el tono más resuelto que pudo conseguir- por lo poco que iba a usar el correo, me compré un gato en vez de una lechuza.

-Lo sé- contestó Ann rápidamente, había comprendido al instante que él no quería hablar más del tema y a partir de ese momento evadirían el tema del padre de él- es el gatito con el que jugabas ayer ¿no?

Asintió.

-Se llama Paul.

El gato pequeño y gris no tardó en aparecer, saliendo de su escondite (debajo de una pequeña mesa de la esquina más cercana a las escaleras), salto a la enorme mesa de estudio y se dirigió con paso resuelto a la gran ventana de la sala común, donde estaba su dueño.

Se dejó acariciar, aunque lo que de verdad esperaba era un poco de comida.

-Desde que lo compré, cuando era muy pequeño, ha sido una gran compañía- le explicó- pero no se lleva muy bien con mi perro.

A ambos les sobresaltó el jaleo que montaron el grupo de Weasley que entraba por el retrato de la Señora Gorda.

-¡No tienes derecho a robarlo! ¡Sin permiso! ¡No tienes derecho!-gritaba Rose escandalizada.

-Oh vamos, Rosie...

-¡No me llames Rosie!

Harley se acercó su cara a la de Ann.

-¿Sabes si le molesta que le llamen Rosie?

-Creo que sí... creo que solo la llama así su padre.

En el rostro del niño se formó una sonrisa un tanto traviesa.

-¿¡Cuánto crees que tardara en darse cuenta de que le ha desaparecido!? ¡Tío Harry no es tonto!- continuaba la pelirroja.

-Solo es una capa...

Albus tragaba saliva.

-No quiero estar presente cuando mamá te mande un vociferador.

James rodó los ojos.

-Chicos, estaros tranquilos... Papá dijo que cuando fuera mayor me daría la capa, y a Albus el mapa del merode...

Pero no pudo continuar, porque Rose se escandalizó todavía más.

-¿¡No me digas que también has robado el mapa!?

-No...-dijo, pero se dio a entender que si se le hubiese ocurrido, también se lo hubiera llevado.

-¿Y para que la queréis?- pregunto Albus.

-Eso no es asunto vuestro-dijo Louis, mientras James los arrastraba a todos al rincón de la ventana donde estaban Ann y Harley.

-¿Quieres hacer el favor de bajar la voz? todos te oyen... hola chicos-saludó James, como si los niños no estuvieran incluidos en el "todos"-para cuando papá se dé cuenta de que ya no está la capa, nosotros ya habremos...

-¡James!-le gritó Louis.

-¿Ya habréis que?- preguntó Rose ansiosa.

James sonrió de oreja a oreja y le revolvió el pelo a su prima, provocando así su éxtasis de enfado.

-Si todo sale bien, lo sabrás. Adiós, enano... Harley, Ann- a esta se le revolvió el estómago cuando pronuncio su nombre.

Los chicos se retiraron a uno de los sofás que estaban enfrente de la polvorienta chimenea.

-La bronca me caerá a mí también, estoy seguro- decía Albus por lo bajo.

-Rosie... ¿Qué tal con Hagrid?-pregunto Harley con una sonrisa.

-¡No me llames Rosie!

- Desde ahora, eres Rosie.

Rose bufó.

-¿Quien ha estado jugando al ajedrez?-preguntó Rose, aún con tono de enfado.

Harley y Ann se señalaron respectivamente.

-Me ha dejado ganar-la acusó.

A Rose le brillaron los ojos.

-¿Quieres jugar? nadie, excepto mi padre, ha conseguido ganarme.

-¡Hey! ¡Yo te he ganado un par de veces!-protesto Al.

-Vale-admitió- ¿pero cuantas veces hemos jugado? ¡Muchísimas! no tiene mérito que me hayas ganado en mis días malos...

Albus y Rose se acabaron pinchando tanto que fueron ellos los que acabaron jugando. Harley se marchó a mirar como Henry Andrews, un alumno de quinto, hacia una muy pasable imitación de la mueca-tic del profesor de Defensa contra las Artes Oscuras, el señor Patterson.

Rose venció a Albus en unas cuantas jugadas. Por buena que Rose fuera, Ann seguiría dejando ganar a todo el mundo, sin excepciones.

En medio de todo aquel barullo, y mientras las risas hacia el falso profesor Patterson se hacían más estridentes, Ann metió la mano en su túnica y agarró su varita de Sáuco, larga y muy ligera, y pidió a Dios, o a Merlín o a cualquier ser superior que lo observaba todo desde lo más alto, que ya que era una niña con una inteligencia privilegiada ( que explotaba al mínimo y todavía más abajo si es posible) pudiese ser una bruja como otra cualquiera, no le importaba hasta ser francamente mediocre, con tal de conseguirlo.

Si Ann, años más tarde, recordara la petición que hizo en aquel mismo instante, caería en la cuenta de lo poco que podemos huir de nosotros mismos, y de que algunas de nuestras cualidades que nos hacen ser quien somos no pueden cambiarse.

Y no podemos huir de nuestro destino.

Porque el destino lo ha dictado todo a su antojo.

El sol brillaba sobre los campos de Hogwarts, iluminando el pasto, alegrando el gran lago y haciendo que los árboles olvidaran por un segundo que se acercaba la estación en la que sus hojas se marchitarían. Aunque Victoire sí notó como el sol se escondía poco a poco en el horizonte, marcando el inicio de una fría noche.

Estaba totalmente ensimismada. Volver a Hogwarts. Nunca pensó que lo haría. Habían pasado cuatro años desde que se había graduado en el colegio de magia y hechicería. Ella se veía trabajando lejos de allí, incluso lejos de San Mungo, donde hacía las prácticas y completaba su formación de Sanadora. De hecho, Francia era su mayor sueño. París, atendiendo enfermos. Compartiendo un hogar con Ted. En sus fantasías estaba claro que él le acompañaba, pero no sabía si cuando acabara la carrera de Auror le gustaría irse tan lejos. Seguramente no, porque toda su vocación había nacido de la influencia de su padrino, y su fantasía particular sería trabajar con él, y al final ella daría el brazo a torcer, y jamás conocería el país al que pertenecía la mitad de la sangre de sus venas.

Pero no podía pensar mucho en eso porque de momento había acabado allí, trabajando de nueva enfermera de Hogwarts (junto con la señora Pomfrey, que lamentablemente, ya no estaba en su mejor época) y su trabajo no duraría ni todo el curso escolar, así que aceptaría gustosa su época en aquel colegio.

Lo que habían hecho con ella era simple y llanamente compensarle el horror vivido en San Mungo (y su "gran valentía y dedicación demostradas") y proporcionarle una manera de acabar antes su carrera, algo que destacara en su trayecto estudiantil.

Sin duda, trabajar en Hogwarts sería un mérito para ella, y por eso era de las pocas que había accedido a ese ofrecimiento del Ministerio de magia.

No estaba tan mal. No había allí gente de su edad, pero estaba gran parte de su familia. En especial sus primos Fred y Albus y su prima Rose. No quería tener preferencias, pero cuando se tenía tantos primos es imposible no tenerlas, y Albus y Rose eran las que más, en el fondo, le importaban.

Aunque claro, mucho no los vería si ninguno de ellos sufría un accidente. Y era de ley desear que no les pasara nada malo.

-¡Victoire!- la llamó la señora Pomfrey desde su despacho.

La chica se sobresaltó, y antes de acudir a su encuentro se ajustó la bata de enfermera, solemne.

Se desplazó por cada una de las camillas de la gran sala. No pudo evitar observar cada una de ellas. Cada una de esas camillas había sido ocupada por enfermos, envenenados, lisiados, heridos de guerra... para Victoire Weasley, hasta el más mínimo artefacto de medicina le recordaba a una persona, le contaba una historia. Le susurraba, como en una confesión, el secreto de la curación.

Entró en el despacho y observó cómo la señora Pomfrey se encontraba aparentemente desordenando los estantes del lugar, con soltura.

-¿Ya estás aquí?- preguntó, sin girarse a mirarla- genial, genial- Tengo que comentarte unos asuntos. Siéntate, por favor.

Victoire asintió y se sentó en una de las sillas de la mesa, hasta arriba de papeles.

-Lógicamente- comenzó a hablar, mientras terminaba su curiosa tarea y se reunía con ella- no es posible que te aprendas todos y cada uno de los expedientes de alergias e historial médico de todos los alumnos de Hogwarts. No obstante- señaló a los papeles de la mesa- esos son algunos de los más importantes, y he tenido a bien que les eches un vistazo.

-Claro- se limitó a decir. Aunque aquella parecía una tarea dura, no se quejaba nunca. Era trabajadora como la que más.

Fue amontonando su recién acumulado trabajo. Hojas de experiencia clínica en la que se contaban las peripecias médicas de todos los alumnos, y sus datos personales. La mayoría supuso que eran accidentes causados en el Quidditch. De pronto recordó que Rose le había dicho que por fin ese año entraría en el equipo de Gryffindor, y Albus por fin iba a presentarse a las pruebas de buscador (el pobre había estado años condicionado por las burlas de su hermano, y nunca había querido presentarse, pero era realmente bueno). Podría ir a ver cómo volaban. Esa era una buena noticia.

-Ann Anderson, alérgica a las fresas- leyó en uno de los papeles- ¿en serio? ¡Ahora entiendo por qué no tomó tarta el día que mi abuela la preparó con mermelada por encima!

-Tenemos que tener esos datos en cuenta y notificar siempre en las cocinas, sí, por si en alguna comida se les escapa echar el alimento al que son alérgicos algunos de los niños. Pero bueno, supongo que ya intuirás que una alergia a la fresa no es lo más grave que aparece en esos papeles.

-Lo supongo, sí.

-Otra cosa que quería hablar contigo—en realidad, lo fundamental por lo que estás ahora aquí—es que dentro de un tiempo vendrá al colegio una nueva alumna.

-¿Una nueva alumna?

-Una nueva alumna un tanto especial.

-¿Cómo de especial?- se interesó Victoire.

-¿Has estado de prácticas en la planta que contiene a la unidad de transtornos de la magia?

-¿Accidentes con hechizos?- preguntó, intentando aclararse. No sabía muy bien de qué estaba hablando.

Pomfrey negó.

-Sé que hay serias consecuencias si un mago intenta reprimir su magia. Esta se vuelve incontrolable, y surgen brotes de ansiedad con...explosiones- dijo, no sabiendo usar la palabra adecuada y temiendo que a la profesional le sonara vulgar.

Asintió esta vez.

-Pues hay en San Mungo gente así. No todos los enfermos entran dentro de tu descripción, pero supongo que más o menos lo comprendes.

-¿Va a venir a Hogwarts una alumna así?- preguntó.

-En un tiempo, sí.

Victoire puso cara de circunstancias.

-Sé que te parece un acto loco meter en un colegio a alguien que no puede controlar su magia, y peligroso para sus futuros compañeros. Pero te aseguro que es prácticamente necesario. Esa chica puede curarse, y solo puede hacerlo aquí. No solo intentando integrarse con magos corrientes—la pobre, lleva toda su vida metida en San Mungo—sino además porque aquí en Hogwarts está lo que puede curarla definitivamente. He luchado mucho para que el consejo de medimagos apoye mi petición.

Victoire negó levemente, sin comprender.

-¿Y qué es?

Pomfrey sacó un último expediente del cajón del escritorio. En realidad, eran varias hojas de expedientes juntos. Estaban todas las hojas llenas de anotaciones, de fechas de visitas a la enfermería. Debía de haber escritas más de diez fechas diferentes por año académico.

Victoire miró a la foto del alumno, que le sonreía forzadamente, mirando hacia un lado y al otro de la foto, incómodo. En aquella foto, todavía podían verse los rasgos de niño que tenía cuando lo conoció.

Se quedó tiesa.

-Él.

-Llevas una semana entera sin hablarme, ignorándome, haciendo como si no existiera. Y pude aguantar hasta ahora- Rose se puso tensa, dispuesta a aguantar lo que fuera que viniera después de aquel preámbulo de discusión- pero estoy cansada de esto.

Rose dejó de preparar su mochila escolar para el día siguiente y alzó la mirada, aparentemente valiente.

Ann la miraba desde su cama. Se había puesto de pie y la miraba sin amenaza. Supuso que como la estaba mirando ella: con calma fingida.

-Es la primera vez en tres meses que me miras- añadió Ann. Sin dolor, simplemente como dato. Era capaz de ocultarlo.

Ann lanzó su insignia de prefecta hasta la cama de Rose. Cayó sobre el colchón, rebotando, y finalmente depositándose, como ocupando su lugar legítimo.

Las dos parecieron olvidar que Christinne aparecería de terminar de darse una ducha en cualquier momento, y que Charlotte también subiría a su habitación en cuento acabara sus deberes.

-Supongo que ya sabes por qué- contestó ella.

Le hubiera gustado que su voz no sonara ronca y rota por dentro. Le hubiera gustado parecer igual de entera que la bruja con más poder de todo el mundo. Le hubiera gustado ser ella la primera en pedir explicaciones.

Ann había sido llamada aquella mañana al despacho de la directora. Allí, McGonagall le había informado de que ya no sería más la prefecta de Gryffindor. Rose había reclamado el puesto que le había pertenecido y Ann ya no se haría más cargo de ese puesto, lo que suponía un alivio de tareas, y una demostración de Rose de que no estaba dispuesta a mostrarse débil.

Pero no. Rose era una segundona. Siempre lo había sido. Le hubiera gustado ser la primera en confirmar que su amistad se había roto. Básicamente, porque era ella quien la rompía.

Ann no respondía. Se limitaba a apretar y a aflojar los puños, nerviosa.

-Tú siempre lo sabes todo- reprochó Rose- SIEMPRE. Yo...nunca te hablé de cómo me sentía, pero pensé que para ti era obvio, más que obvio.

Silencio.

-Era algo inevitable, Rose- dijo Ann, en voz baja.

Como si fuera evidente.

-¿¡Era algo inevitable!? ¿¡Algo inevitable!?- no podía evitar que su voz subiera y subiera por momentos- Y si tan inevitable era para ti y para Harley lo enamorados que estabais, ¿¡Por qué no me lo dijiste, Ann!? ¿¡Por qué no fuiste clara conmigo!? ¿¡Por qué me has humillado de esta forma!?- no se conformó con eso- Lo sabías. Lo sabías desde el principio. Por cómo le miraba yo, para ti tenía que haber sido evidente lo que yo sentía. No eres lo que se dice precisamente tonta.

Ann no dijo nada. Rose estuvo a punto de desmoronarse. Fue por la última frase que había dicho. Había tenido que sujetar con fuerza todo su dolor, para que no saliera a la luz mientras pronunciaba aquellas palabras.

Pero una cosa era cierta: lo que sentía por Harley no era ni la mitad de fuerte de lo que había sido, porque el rencor y la humillación en ella era muy poderosos. Parecían mucho más poderosos que el amor que había llegado a sentir por sus dos amigos juntos.

-Y ahora qué quieres ¿¡Que todo vuelva a ser cómo antes!? ¿¡Quieres que una maldita sujetavelas!? ¿¡Quieres una amiga, después de haberme tomado por tonta!?

Christinne Bennet entró en la habitación de las chicas, vestida con el pijama y con una toalla envolviendo su cabeza. Parecía bastante animada, y desde luego, parecía que se había dado cuenta perfectamente del ambiente hostil.

-¿Interrumpo algo? ¿Discutiendo sobre cómo salvar el mundo?-dijo, con su cursi e insoportable voz.

-Cállate- ordenó Ann. Era de las pocas veces que se estaba buscando un enfrentamiento tan directo con su compañera de habitación, que le caía como una patada en el culo, pero que también solía intimidarla un poco, como a Charlotte.

Por algún motivo, esta obedeció. No solía hacer caso a nadie, y fue extraño. El tono con el que Ann le había ordenado no inmiscuirse le había callado por completo.

-Tienes razón en todo lo que dices- afirmó Ann, seria y concluyente- solo quería que me lo dijeras, y dejar las cosas claras de una vez.

Silencio.

-No volveré a molestarte- terminó.

Rose le dio la espalda a su ¿antigua? amiga y empezó a hacer cualquier cosa con la que aparentara normalidad.

Sabía que el vínculo entre ella y Ann se había roto. Ese delgado hilo del más duro diamante empezaba a resquebrajarse. Y dolía mucho, muchísimo. Más que aquellos días en la cama de San Mungo, con la cabeza a punto de estallarle.

Aguantó poco en aquella habitación. Rose salió disparada de allí, con la entereza de la ofendida, y una vez estuvo en la Sala Común, fijó la vista en la puerta, su destino. No miró nada más. No, por si estaban Harley o Albus y decidía que era un buen momento para volver a atosigarla. Estaba un poco cabreada con su primo por intentar fingir que no entendía lo ofendida que estaba Rose, lo engañada que se sentía.

Había dado todo por Ann y Harley. Todo. Habría dado su vida. Todavía daría su vida de ser necesario.

Salió de la Sala Común hecha un vendaval de emociones y dudas. Sacó de su túnica el mapa del merodeador que había pertenecido a su primo James hasta el año pasado. En el mismo bolsillo en el que había guardado el mapa estaba la insignia de prefecta, que el año pasado no se había visto capaz de llevar.

Claro que se sentía infantil y vengativa habiéndosela reclamado a Ann. Pero se merecía eso. Se merecía el reconocimiento. Rose tenía que estudiar horas y horas todos los días para sacar Extraordinarios. Rose había entrenado cinco años para estar en el equipo de Quidditch. Rose había perdido cinco años intentando que un chico en concreto la quisiera, y finalmente había acabado con el corazón hecho trizas.

Nadie le había explicado que el amor dolía tanto. Había sido ardiente, mientras estaba el fuego de la esperanza encendido. Luego había sido como estar en medio de las llamas sin llegar a quemarse. Y luego frío. Frío y vacío. La necesidad de que algo o alguien calmara ese dolor.

"La necesidad de que algo o alguien calmara ese dolor"

La insignia no era sino un intento de que no doliera tanto, de ser fuerte. Con un encantamiento, se la puso en la túnica.

Y aun así, estaba en ese momento haciendo algo por sus amigos, y lo haría hasta el final, porque no hay nadie más leal que los Weasley.

Extendió el mapa del merodeador, apuntó con la varita murmurando un "Lumos", y buscó entre los oscuros pasillos dos nombres. No tardó mucho en encontrar los nombres de "Joshua Wracen" y "Scorpius Malfoy".

Y tardó siete minutos en llegar hasta ellos.

-Soy yo-dijo Rose, en la oscuridad, iluminando un poco todo con la luz de su varita.

-Soy yo- la imitó Josh- qué revelador, Weasley.

Los dos chicos se aproximaron lo suficiente a ella como para que les viera las caras. Josh parecía nervioso y Scorpius, aburrido. Como siempre.

Rose solo tenía ojos para el joven Malfoy.

-¿Cómo ha ido?- preguntó, en susurros.

-No tienen ni idea de lo que hacen- contestó, igual de tranquilo que siempre. Ella casi se estremece al recordar al chico arrogante y necio que había sido la semana anterior- No sé por qué te preocupas tanto por ellos...

-Tal vez porque la amenazaron de muerte a ella y a sus amigos, Scor.

En aquel momento Rose sí se estremeció.

-Pero no tienen ni idea- siguió Scorpius, mirando todo el rato a Rose para intentarla convencer- están simplemente aparentando que saben por dónde van los tiros.

-O sea, que alguien va a planear o está planeando matarme, y yo no tengo ni idea de quién es exactamente, ni de cuándo, ni de cómo- resumió Rose- definitivamente, está siendo el mejor año de mi vida.

-Bueno, no es como si cualquiera de los dos fuera a permitir que te hicieran algo malo- dijo Josh, mirando a Scorpius para confirmar sus palabras. El chico no respondió y se quedó serio y pensativo.

-Haré lo que pueda para sonsacarle a Scarbot todo lo que sepa, lo prometo. Y llevar una semana aquí y no haber conseguido sonsacarle puede resultar una buena señal.

Rose dudó de las palabras del Malfoy.

-Por cierto- intervino él, de nuevo- siento haber dicho todas esas cosas de ti...no era mi intención si te ha molestado algo...

Ella recordó las malvadas palabras que habían salido de su boca en aquel compartimento. Todavía se encendió un poco su deseo de venganza.

-No pasa nada- dijo, finalmente- yo te pedí que hicieras todo eso. Además, ese no eras realmente tú.

Scorpius pareció pensarlo. ¿Pareció pensarlo?

-No, claro que no era yo- dijo por fin- aquella era la persona que tendría que haber sido para que los que me rodean me quisieran, nada más. Supongo que siempre que me miran se acuerdan de que no soy ese chico.

Silencio. Con solo el crepitar del fuego de algunas de las antorchas como único ruido, algo empezó a moverse dentro de Rose, como revolviéndose por las palabras de Malfoy y enterneciéndose al mismo tiempo. No pudo saberlo en aquel momento, porque tenía muchas cosas en la cabeza, pero lo que le pasaba era que, de alguna manera u otra, se sentía identificada con aquellas palabras.

¿Qué no habría dado ella por ser como su madre, la brillante Hermione Granger? Y en cambio allí estaba, siendo tan poca cosa, siendo tan rechazada, tan segundona...nunca daba la talla. Era rara, diferente.

-Espero que no lo estés diciendo por mí- soltó Josh, medio enfadado.

Joshua no lo entendía. Rose sí.

De pronto, los tres se sobresaltaron. Habían oído ruidos. Unos tacones resonaban por el pasillo, y parecía que iban a paso rápido.

Los tres se ocultaron bajo la protección de una de las estatuas. Pero allí no cabían los tres. Si la profesora que estaba a punto de pasar por allí desviaba un poco la luz de su varita, los acabaría pillando y eso no les convenía nada. Si los descubrían a los tres iba a resultar muy sospechoso, sobretodo si aquella mujer al final resultaba ser la avispada profesora Badgreen. Si solo estuvieran Scorpius y ella pues bueno, no resultaría tan grave, al fin y al cabo, porque ya tendrían que empezar a aparentar de alguna manera, pero...

Una mano cogió la de Rose. Al principio no se preocupó en pensar de quién era, pero luego, al tener un loco pensamiento, se paró a pensarlo y descubrió que era la de Scorpius, que se esforzaba en tirar de ella para no dejarla fuera del hueco.

-Josh, no salgas de aquí- le pidió, al mismo tiempo que tiraba de Scorpius para arrastrarlo con ella fuera de allí. El chico pareció tan sorprendido que no se resistió y, en tres segundos, ya tenían la luz de una varita iluminando sus caras.

-¿Weasley? Con...¡Malfoy!- exclamó, la profesora Skeeter, susurrando a duras penas, de la emoción que le había producido aquel encontronazo.

No había que ser muy listo para darse cuenta de que Eris Skeeter bebía cotilleos, y desayunaba, comía y cenaba habladurías. Llevaba menos de un mes en Hogwarts, y ya se sabía la mitad de chismes de todo el colegio. Y no solo averiguaba todo de la vida de todos, sino que además se encargaba de que todos lo supieran también. Aunque fuera el más ínfimo de los chismes.

Era como tener prensa del corazón viviente en Hogwarts.

A Rose y a Scorpius les venía genial haberse topado con ella. La chica no soltó la mano del Slytherin y se la apretó más, como diciéndole que no la soltara, y los desplazó lejos de la estatua, por si a Wracen se le ocurría estar a la vista.

-¿Qué hacéis fuera de la cama a estas horas?- preguntó, con una mezcla entre reprimenda y diversión.

-Yo...- murmuró Rose, e intentó sonar lo más avergonzada posible- lo sentimos muchísimo, señora Skeeter.

-Señorita Skeeter- corrigió.

-Señorita Skeeter- repitió, avergonzada- verá, es que...

-Salí a dar un paseo y Rose me estaba riñendo por estar fuera de mi sala común.

-Ya, como si la señorita Weasley fuera la prefecta de Gryffindor. Y como si hubiera venido aquí para regañarle a usted...

-Lo soy, señorita Skeeter. Ahora sí.

Le mostró su insignia. Eris arrugó la nariz.

-Vaya, vaya...tendré que preguntarle a McGonagall por este cambio. De hecho, ya tendría que habérseme informado. En ocasiones patrullo por los pasillos y...de todas formas- volvió a centrarse en ellos- Malfoy, tú no eres prefecto y no tienes excusa para andar fuera de la cama.

Ninguno de los dos dijo nada.

De pronto, Skeeter sonrió con confidencia, guiñándoles un ojo.

-No pasa nada, os entiendo perfectamente- desvió la mirada hacia sus manos unidas y Rose paseó su pulgar por la mano de Scorpius, solo para que Eris lo viera- el amor prohibido, pero recibido y correspondido es lo más bonito que te puede pasar en la vida, y vosotros...ay, qué sorpresa. Me habéis encantado. Amor adolescente...- suspiró- pero que no se vuelva a repetir ¿de acuerdo?

Tanto Rose como Scorpius asintieron fervientemente.

-Vale. Y por supuesto, os guardaré el secreto- volvió a giñarles el ojo.

Por supuesto que no iba a guardarles el secreto. Pero era justo lo que Rose pretendía.

Al día siguiente, el rumor de que Rose Weasley se veía con Scorpius Malfoy corrió como la pólvora.

La vida de Eizan Harley consistía en vivir con la sombra del pasado. Se alimentaba de los recuerdos, llenos de vida y aventuras, y construía un presente y un futuro llenos de apatía. Llenos de fracaso.

El hombre, que ya empezaba a notar su edad en músculos, huesos y articulaciones (y en especial en los brillos plateados de su cabello, apreciables bajo la luz del sol blancuzco), no hacía más de lo necesario para desear seguir viviendo. Bajaba al pueblo, con su bastón de hombre ciego e inservible, y era observado por todas las miradas curiosas de los muggles de aquel lugar en el que se había quedado estancado hacía ya tantos años. Aunque no podía verles, notaba sus miradas curiosas en la nuca, el rostro, en los ojos. Podía intuirlo perfectamente. Lo sabía con la misma certeza c Así que Eizan se limitaba a comprar todo lo que necesitaba para sustentarse al menos un mes en su casa del monte y, cuando ya nadie podía verle, se desaparecía y se aparecía en su hogar.

Su hogar era una modesta cabaña sin muchos artefactos a la vista de un muggle, y con miles de fantasmas con forma de objeto para los ojos de un mago. Allí, el Auror que había sido había muerto poco a poco, desolado por el asesinato de su mejor amigo, John Anderson. Ahora era solo "el viejo Señor Harley", nombre que le habían puesto los niños más traviesos del pueblo y con el que se identificaba, a pesar de rozar tan solo los treinta años. Alguno de los niños también le llamaba brujo, supuso que se debería a que algún chiquillo lo había visto desaparecerse por descuido de él.

Aquella mañana, llegó a su casa, agotado como siempre después de hacer la compra del mes. Había perdido por completo su antigua forma física. Se desplomó en el sofá y enchufó la radio mágica, que se había traído con él hacía tiempo. Ninguna novedad, no había novedades en el mundo mágico desde hacía...pues desde hacía mucho, mucho tiempo. La voz de la vieja Celestina Warbeck fue adormeciéndole, al contrario que hace años, que le habría horrorizado, y se sumió en los brazos de su apatía viscosa. Poco a poco, poco a poco.

Pero de pronto, Eizan se incorporó con agilidad insospechada, con el corazón latiendo a mil por hora.

Había oído un grito desgarrador no muy lejos de allí.

Salió al vestíbulo como alma que lleva al diablo, con la varita en el bolsillo de los pantalones y poniéndose el abrigo, al mismo tiempo que salía por la puerta, sin cerrar siquiera.

Oía gritos de dolor.

El nuevo Eizan le decía que tenía que dar media vuelta, que él ya no era un Auror, sino tan solo un hombre huraño y mal encarado. Pero el nuevo Eizan también era el viejo, y el viejo pero más joven muchacho no habría permitido que nada malo sucediera si él no podía remediarlo.

Tuvo que usar su instinto y su sentido de la audición para encontrar el origen de aquellos gritos. Recorrió el bosque, verde, espeso y húmedo, pisando ramas de árboles gruesos continuamente.

Se detuvo en seco. Ya nadie gritaba. Ya no podría seguir. Eizan se detuvo, fatigado, apoyando las manos en las rodillas.

La voz que había escuchado era la de un niño en pleno sufrimiento. Pero, ¿y si?

Sus sospechas se convirtieron en sus certezas, y la rabia acudió a él como agua de mayo, aguardando a ser desatada.

-You, idiots! You better run as fast as you can, or I will make sure that you all make REAL SCREAMS. AM I BEING CLEAR? LEAVE ME ALONE, YOU LITTLE BARTARDS! ¡FUERA DE AQUÍ! ¡FORA!

Tanto Portugueses como Españoles, conseguían sacarlo de sus casillas. Él lo único que quería era que lo dejaran vivir y morir en paz. Solo pedía eso. Malditos niños. Ojalá ardieran en el infierno, como iba a arder él al dejar aquel mundo.

Pero tranquilidad era justo lo que no iba a conseguir. No, a partir de justo aquel instante.

Fue débil, como la última exhalación antes de morir. Fue doloroso al oído, tanto como el primer desengaño amoroso. Fue suave, como el canto de un pájaro, o un rayo de sol en invierno.

Dejó que sus pasos, temerosos de pisar el cuerpo del emisor de aquel llanto efímero, lo guiaran hasta el moribundo niño, al que no oía moverse en absoluto.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca del cuerpo, pudo oír una débil respiración.

"At least, he's not dead" pensó.

Sus manos tantearon el suelo, después de ponerse de rodillas y toparon con un cuerpo pequeño e inmóvil. Recorrió el rostro del niño, buscando heridas. La piel del pobre niño ardía como pocas cosas le habían ardido. Quemaba como el sol. Pero no había heridas. Siguió buscando y nada, no había nada.

Se habría desmayado.

Pero entonces ¿por qué había escuchado esos gritos tan desgarradores? ¿Qué le había pasado?

-¿Ser alguien aquí?- preguntó, a la nada. Y ni la nada de respondió, solo la primera gota de lluvia de la tormenta, posándose en su larga nariz.

Chasqueó la lengua y suspiró. Finalmente, se las apañó para levantar al niño en brazos y empezar a llevarlo hasta su hogar.

La lluvia comenzó a caer, y llegó un momento en el que la furia de la tempestad no dejó a Eizan seguir escuchando la respiración del herido. Tuvo miedo, pero no tanto como otro que no hubiera sido él. Ya lo había perdido todo y la pérdida de aquella vida no sería ni de lejos culpa suya. No señor.

Se aseguró de cerrar bien la puerta de la enorme cabaña y, con un movimiento de varita, encendió el fuego de la chimenea al tiempo que depositaba al niño en su sofá preferido.

Se puso en alerta cuando empezó a intuír que él recuperaba el conocimiento.

-No mover- le dijo, autoritario- yo traer medicina, tú no muevas. ¿Lo entiendes? No mover.

Pareció que el niño le hizo caso (o estaba demasiado desorientado como para no hacerlo). Eizan fue hacia el mueble donde guardaba medicinas de magos y tanteó en busca de alguna poción revitalizante. Le daba un poco igual que ya todos allí le consideraran brujo. La virtió en un vaso que no podía saber si era transparente o de color (rezaba porque fuera transparente para que el niño no hiciera preguntas) y se dirijió al pequeño salón en busca de su enfermo.

-Beber. ¿Puedes?- le preguntó.

Recibió como respuesta una respiración fatigosa. Pudo oír cómo se levantaba, pero nadie le cogió el vaso de las manos.

-Tú beber- insistió Eizan- ¿o tú engañarme como el resto para reírse? Yo ser brujo, poder matar a ti por esto.

Silencio. Eizan volvió a empezar a enfadarse.

-¿Eres un brujo de verdad?- preguntó el niño, débilmente. No, casi seguro que no fingía. A aquel niño le había sucedido algo antes, y había notado una vibración en el ambiente. Si tuviera que afirmar algo, diría que había sido una onda de magia.

-Sí- contestó el hombre, muy serio.

La voz del niño era suave y fuerte, al mismo tiempo. No debía de tener mucho más de ocho años.

Se sobresaltó cuando le cogieron el vaso de la mano. Como si la afirmación le hubiera llevado al niño al ser menos prudente. Era extraño.

-Papá dice que soy como tú, un brujo.

Eizan no dijo nada. Los niños podían ser muy imaginativos cuando querían. Pero no parecía estar bromeando.

-Y yo siempre le digo que no.

Tardó en terminar su frase.

-Pero me pasan cosas extrañas y no puedo controlarlas.

Silencio.

-¿Qué cosas?- preguntó el hombre.

El niño estaba bebiendo y no respondió de inmediato.

-Hago que las cosas se muevan sin tocarlas. Cuando crece la hierba porque está muy corta- tragó saliva- y soy malo. Hago daño a la gente, a veces.

Eizan escuchó crepitar el fuego, cavilando.

¿Podría ser...

No, claro que no. Vaya estupidez. Él no podía ser...

-¿Cómo te llamas?- preguntó, sin poder evitarlo.

Esperó impacientemente, pero el niño se hizo de rogar.

Finalmente, habló.

-Ciro, me llamo Ciro. Significa Sol.

Y ahí comenzó todo.