13 de Mayo de 2004
-Aquí tenéis chicas- David depositó los cafés en la mesa, con cierta torpeza- dos cafés solos, y dos cafés con leche. Uno de ellos-miró a la chica de la mesa de media melena castaña, menuda y aparentemente delicada. La que más le gustaba de la mesa- con leche muy fría.
La aludida sonrió, con cierta obligación.
-Gracias, David- le dijo Susan, enfrente de la chica a la que miraba (también había conseguido averiguar que se llamaba Helen). Susan por lo visto estaba teniendo un día bastante extrovertido- ¿Qué tal tu primera semana?- preguntó, con falso interés.
-En realidad ya son dos- contestó David un tanto incómodo. Aquellas chicas iban casi todos los días después de las clases de la universidad, y le miraban como si hubieran decidido que era su nuevo objetivo de miraditas y burlas. Y no se sentía precisamente alagado. Sabía que por su aspecto no era: no era lo que se decía precisamente una gran belleza. En fin. De cualquier manera, necesitaba el trabajo.
-¡Dos!- exclamó otra de las chicas- vaya...qué rápido pasa el tiempo. Bueno, nadie echará de menos a Beth...era una camarera horrible.
Helen removió su café, ausente, y él la miró de reojo. Ella siempre estaba ausente. David recordó la conversación que había oído el otro día de las amigas: no-sé-qué de un chico que había abandonado la ciudad y había roto el corazón de la chica. Decir que no había escuchado con cierto interés sería mentir. Y no precisamente porque le fueran las conversaciones de mujeres.
-Bueno, si me disculpáis...tengo otras mesas que atender. Que aproveche- sonrió de nuevo.
David casi rueda los ojos cuando escuchó las risitas posteriores. Qué predecibles.
Pero estuvo pensando en Helen casi todo el rato. No nada en concreto, más bien pensamientos extraños y difusos, ese tipo de pensamientos que siempre le abordaban cuando alguien empezaba a gustarle. No sabía por qué, pero era así. Su mente ponía cualquier excusa para pensar en ella directa o indirectamente, y su cuerpo igual, al desviar casi constantemente su mirada hacia ella. Con razón se reían sus amigas. Era muy evidente. Qué idiota.
Sus nervios aumentaron de diez a cien cuando ella, ELLA, se acercó al mostrador a pagar los cafés de sus amigos (¿la habrían obligado sus amigas?). David sonrió, nervioso, y ella respondió, sin muchas ganas.
Él recontó lo pagado.
-Quédate con el cambio- le dijo Helen. Tenía una voz bonita- te lo mereces por aguantar a mis amigas. Las quiero muchísimo, pero entiendo qué puedes pensar de ellas. Desde que empezaste a trabajar aquí...
-No pasa nada- dijo, restándole importancia- seguro que me caerían bien fuera de aquí.
Ella sonrió un poco más.
-Bueno, pues...
-Si vienes un día sola el café cae de mi cuenta- soltó, nervioso.
-No creo que eso sea físicamente posible- comentó, de nuevo amable y hasta bromista- no me dejarían venir aquí sola ni de broma.
-Bueno...-se atrevió- puedo invitarte en otro sitio. ¿Qué crees?
Se quería morir. Primero, porque lo había dicho, y segundo, porque su cara no era la de una chica precisamente dispuesta a aceptar. Miró a los lados, incómoda.
Pero por algún desconocido motivo tras unos segundos, se quedó de piedra. Su vista estaba dirigida en dirección a la cristalera del local, donde un chico un poco más alto que él, más fuerte que él, y con un obvio atractivo del que él carecía (rubio, serio...) la miraba, como esperando por ella. Como si hubiese ido a buscarla a ella.
Para Helen obviamente no fue indiferente, pero su reacción fue bastante anormal. Se olvidó completamente de contestar a David, y se olvidó también de sus amigas, y salió disparada de la cafetería, persiguiendo al chico rubio, que ya cruzaba la siguiente calle, y David les perdió de vista.
Genial. Seguro que había metido la pata.
Helen siguió por la Eizan Harley, que había cambiado un poco desde que lo había conocido, pero no había tenido problemas en reconocerle. Con el corazón bombeando a toda velocidad, miraba a los lados, esperanzada. Después de tantos meses... ¿John habría vuelto a por ella? Eizan se detuvo cuando ya nadie podía verlos, en uno de los muchos callejones de Southampton.
-Hola, Helen- saludó, mirándola por fin. La chica frunció el ceño, preocupada. Algo no marchaba muy bien.
-Harley- saludó, temerosa.
-Me recuerdas- contestó.
-¿Dónde está?- preguntó Helen, ansiosa- ¿dónde está él? Me dijo que jamás volvería, y jamás le creí. Han pasado ocho meses ya.
-Helen, yo...-el amigo de John no sabía cómo empezar, y cerraba los ojos, en señal de dolor.
La sospecha que empezaba a formarse en la mente de Helen era tan tremendamente dolorosa que no se permitió pensar mucho sobre ella.
Pero ya era tarde para huir de la verdad. Y tampoco iba a escapar de ella. No más tiempo.
-Él jamás volvió- soltó, mirando a la pared del edificio que ella tenía tras sus espaldas, como taciturno, como ausente- jamás volvió.
Al entender a qué se refería, ella se llevó la mano al rostro, rota de dolor.
No podía ser. No podía ser el destino tan cruel.
-Créeme que yo lo siento tanto o más que tú-le dijo Eizan, con un nudo en la garganta- después de tres meses de desaparición en una misión, en el cuerpo de Aurores damos por muertos a nuestros compañeros. Posiblemente, es como esté. Los mortífagos supieron de nuestras infiltraciones en Alemania y...no puedo mentirte. No hay muchas posibilidades de que haya sobrevivido. No hay prácticamente ninguna.
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Helen, que no había terminado de explotar. Estaba en shock. Todavía albergaba esperanzas, después de tanto tiempo, de que John regresara pidiendo disculpas. Se sentía peor que cuando le había visto por última vez. Desconsolada. Vacía.
-Él no fue sincero contigo cuando te dejó. Eso me ha estado matando por dentro. Yo sé la verdad- confesó- y a pesar de que estarías mejor sin saber qué ha sido de él, comprende que para mí sería no hacer justicia a la memoria de mi mejor amigo. Ni sería justo para ti. Algo me dice que le habrías esperado eternamente.
Helen no rompió el silencio hasta un par de minutos después.
-Claro que lo habría hecho- solo dijo. Y sería su última muestra de amor para alguien que ya no existía.
Eizan le tendió la mano, levemente tembloroso.
-Acompáñame. Quiero limpiar su recuerdo en ti.
Ella miró la mano que le ofrecía, casi sin mirarla. Se aferró a ella, como si tocar a la persona más importante para John fuera a traerlo de vuelta.
Más o menos, así fue.
Todo a su alrededor desapareció. De repente, le costó un mundo respirar, y su cuerpo la hizo sentirse como si intentara pasar por un tubo demasiado estrecho.
Finalmente, la sensación angustiante acabó, y sin saberlo se encontró en otro lugar, más cálido que la calle. Un pequeño piso, austero y prácticamente abandonado.
-¿Estás bien?- preguntó Eizan, soltándola.
-¿Dónde estamos?- preguntó inmediatamente.
-John y yo vivíamos aquí. Pero he acabado dejando el piso. No soporto su recuerdo.
Más lágrimas acudieron a ella cuando miró alrededor. Había todavía fotografías de John, con lo que reconoció como el equipo de Quidditch de Ravenclaw, con Eizan y una chica que no conocía, con el cuerpo de Aurores...todas se movían. Excepto una. Una no se movía, y Helen y él salían en ella, sonriendo. La cogió del mueble y la tocó, como su más preciado tesoro.
Miró a la izquierda. Tras una puerta, había una pequeña habitación, con una cama individual y posters por todas partes de un equipo del mismo deporte.
-¿Es su habitación?- pudo preguntar Helen.
-Sí. Te esperaré en el umbral. Todavía está todo como él lo dejó.
Ella cogió mucho aire, entre suspiros, y entró en el corazón del chico hecho cuatro paredes. El cuarto era bastante pequeño. Apenas una ventana que daba a una de las calles más transitadas de Londres, un armario desgastado, una mesa de estudio y un espejo en la pared de la cama, lleno en los bordes de recortes de periódicos. Eso llamó la atención a Helen, que se aproximó a leerlos.
"Familia Samdon, en el punto de mira de las sospechas del cuerpo de Aurores"
"Milow Samdon, acusado de pertenecer a los llamados Neomortífagos"
"Siete familias de sangre pura acusado de actividades anti-muggles"
-John no fue completamente sincero con sus orígenes, Helen- interrumpió Eizan, al ver lo que hacía ella- Esas noticias que ves los recortó él, y decía que le servían para recordarse qué tipo de persona no quería ser. Que no quería ser como el resto de su familia.
"Hennic Samdon, acusado de hechizar a una pareja de muggles en Escocia"
"Los Samdon y sus extrañas actividades en el mundo mágico"
Nada tenía sentido.
Una fotografía a pie de recorte de unos magos extravagantes acompañaba al último recorte. El hombre más mayor, tenía los ojos azules de John, y su misma forma de mandíbula.
-No entiendo- murmuró Helen- son todos de...
-De la familia Samdon, sí. Ese es el verdadero apellido de John. Tampoco se llamaba John, exactamente. Su familia le llamaba siempre Alcor. Hasta que denegó de su familia, y dado que es legal, pudo cambiarse el apellido y pedir que lo llamaran solo por su primer nombre, nombre muggle que sus padres le pusieron para demostrar que no estaban en contra de ocultarnos al mundo muggle, aunque naturalmente sí lo estaban, y lo están todavía.
Helen se sentó en la cama, asimilando toda la información. Eizan se colocó en la ventana, a contraluz.
-John se vino a vivir conmigo y mi familia con tan solo trece años. Mis padres siempre apoyaron la emancipación de John, y sus influencias en el mundo mágico se la proporcionaron con tan solo tan solo quince.
Hizo una pausa para que ella pudiera ir asimilándolo. John había mentido hasta sobrepasar ciertos límites de normalidad.
- Anderson era el apellido de soltera de mi madre- continuó- Para él, fue una forma de pertenecer a la familia, de ser como mi hermano. Tenía, y tiene, un hermano llamado Hennic Samdon, pero nunca se llevaron precisamente bien. Casi se matan, cuando íbamos a Hogwarts. Hennic siempre odió a John. Siempre odió a Alcor, como ellos lo llamaban.
Ella apenas parpadeaba.
-Hennic y el resto de la familia son Mortífagos, Helen. Y no estaban contentos con John, precisamente. Su hermano le habría matado, si no...si no lo ha hecho. Y, por eso...
-Por eso John intentó dejarlo conmigo...-completó ella.
-Estuvo mucho tiempo manteniéndote como un secreto. Lo notaba diferente, muchas veces se ausentaba sin motivo...lo siento mucho. Cuando supe que eras el motivo, cuando te conocí, le reproché su inconsciencia. Los Aurores estábamos destapando actividad Neomortífaga en los que su familia estaba implicada, lo matarían, de tener la oportunidad...tú estarías en el punto de mira si lo vuestro se convertía en algo serio. Yo sabía que para él no eras un simple capricho. Pero tendría que mantenerte al margen. Al menos hasta que su familia se encontrara en Azkaban, cosa que no veo ya posible...no hay pruebas contra ellos, y dudo ya que las haya. Por ciertos motivos que tardaría mucho en explicarte, y son innecesarios.
-Yo sabía que lo hacía para protegerme. Lo sabía, en el fondo de mí- confesó.
-Siempre fue muy sincero, y además mentir siempre se le dio mal.
-Podría haberme pedido que le esperara- se dijo, para sí misma. Pero lo dijo en voz alta.
-Y habría sido muy egoísta.
Y ahora estaba muerto.
Scorpius observó cómo Rose intentaba subir su baúl al tren, sin mucho éxito. Contento de que no anduvieran cerca ni Albus ni Harley (ambos lo irritaban bastante aunque por diferentes motivos) se aproximó a su novia a agarrar el otro extremo.
-¿Te ayudo?- se ofreció.
-¡Scorpius!- soltó, sorprendida- no te he visto desde el desayuno- ¿Dónde estabas?
Ambos subieron al vagón.
-Con Scarbot y los demás- Rose se tensó- pero no te preocupes. Nada nuevo- se aproximó mucho a ella, para que nadie los oyera, fingiendo una escena de novios cariñosos- todavía están confusos por lo que pasó con Stump y Ann. Todo el plan salió mal.
-¿Te han confesado quien hechizó a Emily?-interrogó.
-No.
Rose chasqueó la lengua, irritada.
-Son imbéciles. Por su culpa Emily Stump está en San Mungo, y va a pasarse todas las Navidades allí. Y...no creo que la dejen volver a Hogwarts.
-Si fuera ese su único delito...
-Seguirían siendo imbéciles.
-Lo que importa es que Anderson y tú estáis bien. Y volvéis a ser amigas.
Rose sonrió radiante, como cada vez que lo recordaba. Scorpius sonrió también, contagiado, mientras le metía el indomable pelo tras la oreja. A pesar de que la reconciliación de las dos amigas no había venido sin regalo gratis. La imagen de Rose abrazándose a Harley, y viceversa, le venía a la mente cada dos por tres. Y claro, todo aquello no le olía muy bien.
-Y ahora que Harley y yo también lo somos, estoy más lista que nunca para ir en serio con lo nuestro.
Scorpius correspondió a su beso de despedida, sorprendido de que supiera exactamente qué había estado pensando él. Ella siempre pensaba en todo.
-Ya que no podremos vernos, espero que me escribas- le dijo ella, cuando todavía estaban nariz con nariz.
-Si me lo pides así...-bromeó Scorpius- cada día. Cómprale muchas chuches a Brighter. Va a tener mucho trabajo estas Navidades.
-¡Rose!- le llamó Albus, desde la puerta que comunicaba los pasillos de los vagones- te estamos esperando...
Ambos se habían sobresaltado.
-Hasta enero- se despidió ella, llevándose sus cosas- y...no te quites esto-metió la mano en el cuello, hasta rozar la cadena del collar de chapa que todos volvían a llevar- Ahora que ha vuelto el E.M, todos debemos de estar conectados otra vez.
-Descuida. Hasta el año que viene- bromeó.
Rose se fue a buscar a sus amigos, en una especie de nube de felicidad.
Sí, claro que lo sabía. Todo estaba igual de mal. Sameor quería matarlos, los Neomortífagos tenían el mundo mágico ciertamente atemorizado, y tenía una enorme pila de cosas que estudiar en Navidades.
Pero volvía a tener a Ann, después de estar a punto de perderla de verdad. Solo se miraron un par de segundos, después de que ella despertara, y lo supieron. No podían seguir así. Eran infelices.
Y ahora, el sol volvía a brillar.
No podía negar que el acercamiento con Harley también había contribuido a ese genial clima. A pesar de que esa tormenta de dudas hacia él seguían allí, solo tenía una cosa clara: lo necesitaba en su vida, de alguna forma. Eso era lo único que importaba. Y él se mostraba muy colaborador para ser el amigo perfecto. En ese par de semanas, no habían discutido ni cinco segundos, y hasta él parecía otro, más contento y más feliz. Solo la tristeza por el incierto futuro de Emily lo entristecía a veces.
-¿Dónde estabas?- le preguntó éste, animado, cuando ella entró en el compartimento que los cuatro, juntos de nuevo, iban a compartir.
-Despidiéndome de Scorpius.
Ann, sana como una manzana, no se había sentado todavía, guardando sus cosas. Le sonrió, radiante.
-Te costará mucho estar lejos de él habiendo estado tanto tiempo juntos este curso.
Rose se encogió de hombros. Sí, quizás fuera así.
-Pero nos tiene a nosotros- dijo Albus, que acababa de llegar de despedirse de Henry Stump y Grace Wilson- y creo que conseguiremos llenar su ausencia.
-Bueno...todos tenemos huecos que llenar ¿no?
Los cuatro se sonrieron levemente, entendiendo lo que Rose quería decir.
Harley se rió, burlón.
-Creo que necesitamos un abrazo grupal como los de antes ¿no, Albus?
Su amigo rio también y agarraron a las chicas a regañadientes.
-Sois unos críos- se quejó Rose, molesta pero divertida. Ann sonreía, sin pronunciar palabra. Simplemente, sintiéndose como en casa de nuevo.
Y ahora que volvía a pasar las Navidades en casa de Rose, más en casa todavía.
-¿Qué opinas de él?
-¿De quién, Josh?
Grace estaba concentrada instalando sus cosas. No veía lo que su amigo hacía. Miraba por la ventanilla del compartimento, guardando en su interior, como siempre, miles de pensamientos y opiniones que sabía que no debía de tener.
-Henry Stump- pronunció, con cierta fascinación que a ella se le hizo un poco extraña. Grace se giró y lo vio contemplando al chico por la ventana, todavía en la estación de Hogsmade, intentando subir al tren.
-Es un poco plasta, creo. A Albus no le cae muy bien, según me ha dicho.
Una vez más, Josh procuró evitar el tema de los chicos que le interesaban, o que ella intuía que le interesaban. Al fin y al cabo, él nunca había hablado de nadie, en concreto. Como máximo, se había limitado a quejarse de que jamás había encontrado ni encontraría a nadie en Hogwarts.
-Hablando de Albus... ¿Qué tal con él?
Grace rodó los ojos.
-¿A qué te refieres?
-¿En qué punto está vuestra relación?
-¿En qué punto debería de estar? ¡Somos amigos!
-¿Y cuánto tiempo planeas que eso siga siendo así?
Levantó la ceja.
-¿Estás insinuando que él me gusta?
-Más que el helado de vainilla, si eso es posible.
-Mira, no voy a...
-¡Ya estoy!- Scorpius entró aparatosamente en el compartimento, con todas sus cosas.
-¿A qué Grace está enamorada de Albus Potter, Scor?
Scorpius, que parecía de muy buen humor, de repente pareció tragarse un limón.
-Yo no diría "enamorada" básicamente porque podría vomitaros encima, pero...algo raro tienes con él- le dijo, en confidencia- avísame cuando te cases, porque hasta ese momento prefiero no saber mucho.
-Deberías de relajar un poco el carteo con él estas Navidades- le aconsejaba Josh- y, cuando vuelva de las vacaciones...haz esas cosas que hacéis las chicas para no ser tan retorcidas y ser más directas, pero siendo indirectas.
Ella entrecerró los ojos.
-Yo siempre he sido muy directa. Y...no, gracias.
-Ay, Grace...-Scorpius acabó colocando todo y sacando el Profeta y fingiendo que leía, pretendiendo no escucharlos- ¿todavía usas pasta de dientes de fresa? En apenas un mes serás mayor de edad. Utiliza tu...atractivo para algo. Potter no va a estar toda la vida soltero y persiguiéndote.
-A él no le gusto de esa forma.
-¿Estás admitiendo que a ti sí? ¡Vino conmigo a tu primer día de instituto!- exclamó, mientras ella negaba.
Abrió los ojos, sorprendida. Nunca lo había llegado a saber.
-¿En serio hizo eso?
-¿Y en serio piensas todavía que no merece la pena ser todavía un poquito menos fría con él?
-Es una Slytherin- rebatió Scorpius- ella es de sangre fría. Y Potter lo sabe perfectamente. Y a Potter, lamentablemente, no le gustan las serpientes. Por mucho que sean tan rubias e irresistibles.
-Scor tiene razón- corroboró Grace- él solo Gryffindor, Gryffindor, y más Gryffindor. Su boggart es él en Slytherin.
Scorpius se echó a reír, con cierta malicia.
-Muy buena.
Josh negó, como si no tuvieran remedio.
-¿Estás seguro de que no os separaron al nacer?
-Todo es posible.
Las vacaciones pasaron como un parpadeo, como todas las demás vacaciones, o como todo en esta vida. La pelirroja recuperó parte de ese entusiasmo por las cosas que siempre la había caracterizado. A Ann le volvió a brillar la mirada. Harley, durmiendo (más bien fingiéndolo) en la cómoda habitación de Albus, no podía evitar sentirse lleno de felicidad por recuperar a Rose, y a Ann del mundo de los muertos. Sin embargo, un sentimiento de culpabilidad no se desprendía de él. Tanto alejarse de Rose...al final todo había salido mal. O casi mal. Volvían a estar cerca, pero de otra manera. Se sonreían como amigos y hacían bromas como amigos. Pero, de alguna manera, todo seguía pareciendo una fachada. Y ¿de qué servía haberla alejado solo un poco? Lógicamente prefería ser su novio a su mejor amigo. A menudo se preguntaba cómo se sentía ella y...al mirarse mientras jugaban a los naipes explosivos, o en las comidas en La Madriguera, veía en esas leves miradas algo bonito, que había resistido en ambos al paso de la riadas, al viento de las tormentas...a todo lo malo que se habían dicho, y a todo lo malo que les había pasado. Solo había una verdad iluminada por el foco: se necesitaban.
Y Harley estaba dispuesto a ser el mejor de los amigos. Y esa decisión se reafirmó el día ventisiete, cuando Ann y Harley daban un paseo por la madriguera, mientras el resto de jóvenes jugaban al Quiddicth, incluído James Potter, que disfrutaba como un niño. Su entrenamiento de Auror estaba resultando muy duro.
-Harley, hay algo que tengo que contarte.
Él siguió mirando al horizonte, mientras se hundía un poco más en la nieve, al estar parado.
-Estoy listo para lo que sea. Después de descubrir quién soy realmente...nada puede sorprenderme.
-Creo que esto sí lo hará.
-Dispara.
Ann tomó aire.
-Es sobre mis sueños sobre Andrew. Poco antes de lo ocurrido con Emily, tuve un sueño...una visión del futuro...
-Sabes que Sameor puede estar controlando tu mente, ¿verdad?
-No lo creo. En mi "visión" salía Rose hablando con él.
-¿Y de qué hablaban?- preguntó, intrigado.
-De mí. Pero adonde quiero llegar no es de qué hablaban, sino cómo era su trato.
-¿Cómo era su trato?- siguió interrogando.
-Demasiado cercano.
-Espera, ¿quieres decir...de esa forma?
-Podría jurar que sí, Harley.
El chico la miró, procurando no mudar su expresión.
-Para mí significa que mi hermano no es malvado, que nos quiere y que no tardaré en encontrarlo (Rose no parecía mucho más mayor de lo que es ahora) pero intuyo que a ti ahora mismo no te preocupa mucho eso.
-Cómo no me iba a preocupar. Es genial- procuró sonar sincero, pero Ann ya veía los celos arder en sus ojos negros.
Le tomó de la mano.
-Jamás voy a olvidar que tú también eres mi hermano. Pueden salirme mil hermanos de las piedras, y tú para mí seguirás siendo lo mismo. Y para a Albus. Y respecto a Rose...lo siento mucho por una parte, pero por otra te ha demostrado que te quiere lo suficiente como para permanecer a tu lado.
Harley negó despacio.
-No es eso, Ann.
Pero ella sabía que era. Harley veía a Andrew como a alguien mejor que él, y lo de Rose solo lo acababa de confirmar.
-¿Se lo vas a decir a ella?
-¿Debería? No debemos condicionar el futuro. A pesar de todo, puede ser modificado. O eso creo. O al menos, debería poder serlo.
-Bueno...procurando no pensar mucho en ello... ¿Qué pasa con San Mungo? ¿Vas a ir? A parte de para visitar a Emily y para conocer o intentar conocer por fin a tu misterioso salvador, ese alumno de prácticas que desaparece antes de que despiertes y no se lleva el mérito de nada, cuando por cierto nada es salvar una vida.
Ann se giró para asegurarse de que nadie los escuchara.
-Vic y yo encontramos tres nombres el día que miramos los historiales. Alsan Flaminus, Morgana Lee, y Millicent Worth. Lamentablemente Flaminus murió hace tres años- se entristeció- jamás podré saber si tenía algo que contarme. Por suerte, su mujer y sus hijas viven, y pienso hacerles una visita, solo por si acaso. Con Morgana Lee he hablado ya: Victoire tuvo la amabilidad de presentármela mientras estaba en la enfemería todavía un poco afectada. Me ha jurado y perjurado que ella nunca estuvo presente cuando mi madre dio a luz: los mortífagos habían atacado el hospital y...bueno, matado a mi padre. Muchos salieron a defender la sala de intervenciones. Los registros los escribió la señora Worth.
-Parece un hospital dentro de un campo de batalla.
Ann suspiró.
-Así que queda Worth, que lleva años fuera de su cargo pero bueno, vive en Londres y no pienso desaprovechar la visita que Rose tiene planeada mañana por la tarde con nosotros y Frank.
-¿Y la familia de Flaminus?
- Para eso contaré con el señor Potter, ya que estaremos en su cada todo el día.
-¿Se lo has contado todo?- preguntó.
-Claro que sí. Es el jefe del cuerpo de Aurores. Además de un excelente mago, y con una gran influencia. Si alguien tiene algo que ocultar y duda si confesarlo...el señor Potter es el aliciente.
A las ocho de la mañana del día siguiente, Rose y Ann se presentaron en casa de los Potter. Solo Harry estaba completamente preparado para salir a la calle. El resto de la familia, (y Harley) desayunaba con pereza en la mesa.
Ginny Potter, al ver mientras buscaba el zumo aparecer a las chicas por la chimenea del salón, gritó:
-¡Harry, Ann ya está aquí! Ahora baja- notificó mientras ambas chicas aparecían en la cocina y el resto saludaba con gruñidos o asentimientos. El día anterior había sido agotador- ¿habéis desayunado?
-Yo no- contestó Rose- y la verdad me muero de hambre.
-¡Qué novedad!- se burló James.
-Di lo que quieras, pero ayer te gané al Quidditch. Me comeré tu desayuno como premio.
-Y si hubieras perdido, te lo comerías por venganza- siguió Albus.
Ann se alejó de la cocina fue hacia el salón, de nuevo. El señor Potter ya bajaba las escaleras.
-¿Al castillo de Cardiff, verdad?- dijo, a modo de saludo.
-Desde allí llegaremos estupendamente a casa de los Flaminus.
-Genial- confirmó el señor Potter- ¡Ginny, estaremos de vuelta antes de comer!
-¡De acuerdo! ¡Tened cuidado!
-¡Lo tendremos!
Ann nunca había estado en Gales. Y quizás deseaba no haber estado ni aquel día, porque allí hacía todavía más frío y el viento soplaba con mayor fuerza. Con no demasiado ánimo, cogieron un bus desde el castillo de Cardiff, en pleno centro, hasta la calle que correspondía a la del difunto señor Flaminus. Allí, no les fue muy difícil encontrar la casa de la familia de magos, ya que una enorme edificación, más impresionante que las que le rodeaban, y también más extravagante, les llamó profundamente la atención.
-Han puesto un hechizo contra los muggles- observó Harry- ven, Ann, no tenemos problema en llamar al timbre.
A ambos les extrañó ese hecho. La gente se había puesto paranoica con todo lo que había pasado el curso pasado. Ya nadie tenía sus puertas tan abiertas al público, aunque ese público ya no incluyera a los muggles.
Fue Ann la que pulsó el botón, impaciente. Un ruido ensordecedor se escuchó en el interior de la casa, y tuvieron ambos ganas de taparse los oídos.
-¿Qué demonios...
La puerta se abrió y por ella apareció una bruja de mediana edad, con el pelo revuelto y medio chamuscado, y el moreno rostro plagado de arrugas.
-¿Sí? ¿Qué quieren?
-Verá, soy Harry Potter y me acompaña Ann Anderson, mire, estamos busc...
-¡Madre!- chilló la bruja, escandalizada- ¿Por qué está Harry Potter esperando a entrar en nuestra casa?
-¿Harry Potter? ¿Me estás tomando el pelo?- se escuchó en el interior, junto con varios ruidos extraños y forcejeos- ¿Y quién le acompaña- una mujer de cabello cano y huesos marcados apareció en el vestíbulo, guasona- la ministra de magia? ¡Oh, santo Merlín, es Harry Potter de verdad!
Tras ese curioso recibimiento, no les fue difícil atraer la atención de todos los que estaban en la casa. Las dos hijas solteras de la señora Flaminus y la misma ocuparon un lugar en la gran mesa del comedor, junto con los invitados. Sin embargo, Ann mascaba cierta tensión en el ambiente.
-Querría preguntarle si su marido alguna vez mencionó el asesinato en San Mungo de John Anderson. Soy su hija, Ann. Necesito resolver alguna de las dudas que tengo antes de intentar dejar atrás esa sensación que siempre me ha perseguido de que nunca supe qué le pasó a mi padre, por qué querían matarlo.
-Oh, niña- se lamentó la anciana mujer- sí que por supuesto nos contó sobre aquel día. Yo había recibido la noticia y estaba tan asustada por él...por fortuna no pasó nada.
-Los registros del Hospital dicen que mi madre nos dio a luz a mi hermano y a mí. ¿Tienen algo que el registro no sepa? ¿Algo que les haya contado? Lo que sea.
-Apenas habló de sus pacientes de aquel día- respondió levemente alterada la señora Flaminus. Solo la chica lo notó.
-No me mienta, señora. Solo quiero saber la verdad. Mi madre, Helen Anderson, dio a luz a dos hijos. El registro de San Mungo es incorrecto (se equivoca en mi descripción), y escrito a sucio, sin ningún cuidado. Solo cuéntenme qué saben. Mi madre murió hace un año y medio. Nunca supe nada de la familia de mi padre, y mi madre era una huérfana que jamás fue adoptada. Estoy sola, y ahora solo quiero saber la verdad.
-El cuerpo de Aurores tiene la sospecha de que Andrew Anderson no murió al nacer.
La mujer se tapó el rostro con las manos. Ann se tensó como un gato, rápidamente. No quería decirles lo de Andrew. Era mejor que nadie lo supiera. Miro acusadoramente al señor Potter, que se la devolvió serio y con confianza en que había sido lo mejor.
-Alsan estaba tan desolado...nadie supo jamás quién se llevó el cadáver del pequeño. Él no estaba allí. Pero dijo que si los viera nacer...dijo que la niña era lo más hermoso que habían visto sus ojos. Eso lo recuerdo. Inmediatamente el niño empezó a presentar problemas de respiración, y cuando se lo llevaron las enfermeras...murió.
-No murió, señora. Mi hermano está vivo. Alguien lo secuestró.
La hija mayor tragó saliva.
-Ese fue siempre su más secreto miedo.
Ann se rindió antes que el señor Potter, tras varias preguntas que solían tener la misma respuesta. Salieron de la casa, desolados, sin saber muy bien cómo reaccionar.
-Señor Potter- lo llamó Ann, con gravedad- mientras buscaban un callejón en el que desaparecerse- estaban mintiendo. Tiene que creerme. Sé cuando alguien miente. Y la señora Flaminus sabe algo que no quiere decirnos.
-Puede que estuvieran aliados con los mortífagos o lo sean, Ann.
-Imagino que será inútil acusarlos sin pruebas.
-Sí- se lamentó.
-¿Cree que sería una buena idea visitar a la señora Worth?
Pero eso jamás fue posible. La mujer fue encontrada aquella misma tarde muerta, en su domicilio. Cuando Harry se enteró por un aviso de emergencias del cuerpo de Aurores, prácticamente montó en cólera y Ann y los demás, en casa de los Potter, se miraron, asustados.
Ann salió al exterior en cuanto le fue posible, atravesando como una bala calles y calles de Londres. Sabía que Albus, Harley y Rose, y Frank Longbottom como reciente acoplado, la seguían por detrás, pero no pensó mucho en ellos.
Sameor no había dejado ni un cabo suelto. Claro. Cómo dejarlos, ahora que Ann se había dedicado a meter las narices en los orígenes de su hermano, en busca de alguna pista. Se detuvo frustada, y sintió la presencia de sus amigos, tras unos segundos.
-Parezco tonta. Tenía que haber visitado antes a Worth. ¡Ella fue la encargada de los registros aquel día! ¡Sabía que había pasado! ¡Y ahora Sameor la ha matado!
-No podías saberlo, Ann- la excusó Harley.
-Tuve horas para localizar a Worth.
-Y te habrías encontrado con Sameor cara a cara. ¿Prefieres eso?- cuestionó Rose.
-¡Yo solo quiero que nadie muera por mi culpa! Dejaría de buscar respuestas, dejaría todo, si eso garantizara algo, y está claro que sí.
-Ya hemos hablado de esto- dijo Albus.
-Ya lo sé. Pero no es fácil cargar con muerte, de cualquier manera. Necesitaba esa información para encontrar a Andrew- se encogió de hombros, desesperada- ¿cómo lo encuentro ahora? No tengo ni una maldita pista.
-Pero tienes la garantía de que pasará.
-Pero no sé si debo limitarme a cruzarme de hombros y a esperar.
-Si es el destino...pasará de todas formas- dictaminó Rose.
Harley la miró, con una chispa de desafío que no llego a prender. ¿Qué diría si supiera el suyo?
-Me encantáis los magos- dijo Frank, con las manos en los bolsillos- vuestros problemas son un poquito más relevantes que los muggles. Hablemos de que a Albus la chica con la que tontea no le ha mandado ni una carta en todas las Navidades...quizás para fin de año.
-A veces no haces gracia, Frank- reprochó Albus.
-Y a veces sí. Ven, Ann. Voy a enseñarte lo que es la cerveza. Con un poco de suerte, si el camarero está medio ciego, te echará dieciséis.
Ann seguía seria, pensando en cómo iba a hacer todas esas cosas que siempre intentaba hacer y siempre le salían mal, y mientras los demás buscaban algún lugar en el que resguardarse del frío, Harley se retrasó también.
-Ann, lo que has visto pasará. No importa lo que esté sucediendo ahora. Tiene que suceder, para que suceda después lo que tú ves.
-Me habláis como si fuera una cría que no entiende todas esas cosas. El problema es que ya no confío en nada, y ya no me creo nada, y...no sé qué hacer para no ser tan...-miró a Harley- da igual. En serio, da igual.
La primera de Grace llegó a casa de los Potter el treinta y uno de diciembre. Harry seguía de muy mal humor, frustrado por la muerte de la señora Worth, y gruñía por los rincones, apenado. James dejó de parecer tan agotado, y Lily y su madre se pasaban el día comentando el reciente escándalo de las Holyhead Harpies. Harley y Albus solían hablar mucho sobre muchas cosas, mientras jugaban a los naipes explosivos o comían chucherías hasta reventar, sobretodo ranas de chocolate.
La lechuza, Springle, apareció en la ventana bastante puntual en la mañana. James y Harley desayunaban hablando del entrenamiento de Aurores, y el mediano de los Potter todavía bajaba las escaleras.
-¿Tienes nueva lechuza, Harley?- preguntó James, levantándose y no reconociendo de quién era aquel animal.
James cogió la carta, no sin ofrecerle antes chucherías, y la lechuza no se movió de allí, dispuesta a quedarse.
-Yo jamás he tenido una lechuza- respondió.
-Ya lo creo... ¡esta carta no es tuya!- justo en ese momento, apareció Albus- ¡es de Grace Wilson! Veo que ahondé mucho en su corazoncito- ironizó, fingiendo que se conmovía, pero pretendió que se decepcionaba- oh, espera. Harley ¿es para ti?- el aludido sonrió, divertido- ¡No!- anunció a voz en grito- ¡Es para Albus! ¡Que sorpresa, hermanito!- James comenzó a huir, Albus lo perseguía con ganas.
-¡Dámela, estúpido!
-¿Pero qué os pasa?- preguntó Lily, recién levantada, cuando pasaron volando por su lado- ¿y mamá?
-Hoy trabaja, como tu padre- informó Harley mientras observaba a sus amigos, divertido.
-Grace te amooo- canturreaba el mayor con la carta en alto mientas subía las escaleras con la agilidad de su entrenamiento precediendo a un despeinado y cabreado hermano menor- cásate conmiiiiigo, tendremos muuuchos hiiiijos.
-¡Cuando pueda usar magia fuera de la escuela te haré pedazos!- gritaba.
-¿Hoy vais a hacer algo?- preguntó Lily, mientras cogía un par de tostadas.
Harley asintió.
-Algo que, sinceramente, no me apetece demasiado hacer.
-¿Y es...?- se sentó enfrente.
Él jugó con la cucharilla, unos segundos.
-Ir a San Mungo.
Rose no pudo evitar tomar la mano de Ann, recordando escenas no del todo agradables. Aunque el Hospital ya no estaba hecho una ruina y se respiraba un agradable ambiente navideño, no dejaba de ser un lugar traumático.
Se metieron en el ascensor, nerviosos.
-Odio los hospitales- protestó Albus- el olor es...puaj.
-Hacen pociones con mocos de troll. ¿Qué esperabas?- dijo Harley.
Las dos amigas seguían tomadas de las manos.
-Vic ha tenido que venir por algo de unos papeles del curso...en media hora en el salón de té- informó Rose.
-No necesitaremos tanto tiempo.
Harley prácticamente los guio hacia donde querían ir. Los cuatro permanecían en silencio, serios. No era fácil estar allí, y no era fácil la situación por la que iban a pasar.
El chico se mantenía particularmente callado. Aquel lugar había sido su casa durante un tiempo. Mientas fingía que estudiaba en un colegio muggle, en el extranjero, y todo en Hogwarts, cambiaba con su ausencia. Todavía recordaba las palabras de Rose: "sin ti todo cambia". Y con él. Y por él. Todo cambiaba, porque tenía que cambiar.
Solo había dos personas que conocían el verdadero destino de Harley el curso pasado, cuando se ausentó hacía casi un año. Una, era Ann. La otra, acababa de recuperar su lugar en una cama de San Mungo, por desgracia.
La enfermera de la planta se aproimó a la cama de Emily, intentando despertarla.
-Emily, cariño, despierta, ¡tus amigos han venido a verte!
Esperaron a una distancia prudente, hasta que ella despertó y los miró. Fue abriendo los ojos, hasta abrirlos completamente.
-Gracias- le dijo a la enfermera, a media voz, y ésta se retiró, sonriendo a los visitantes.
Rose fue la primera en acercarse, sin brusquedad, al borde de la cama.
-¿Cómo te encuentras, Emily?
La enferma la miró, como si la viera por primera vez. Prácticamente era así.
-Diferente. No es lo mismo hablar contigo queriendo matarte, que simplemente avergonzada. Lamento todo lo que ha pasado- dijo, con un nudo en la garganta muy fuerte- nunca debí de haber ido a Hogwarts- miró a Harley-tenías razón. Tú eres mejor. No haces daño a nadie, ya no.
Harley la miró, con dolor.
-Intentabas resistirte a una maldición...lo hiciste muy bien.
-Y todos seguimos aquí- continuó Ann- no hay nada de qué preocuparse en ese sentido.
-¿Cuál es la versión en el colegio?
Rose tragó saliva.
-Que Ann y tú os peleabais por Harley y yo estaba en el lugar adecuado en el momento adecuado. Nadie sabe que Ann estuvo tan grave, y todos piensan que vuelves a estudiar en casa por la vergüenza, o porque te han expulsado. Henry no habla sobre ello con nadie.
-Henry quiere hacer eso. Después de conocer Hogwarts...no puedo permitírselo. Es el único hogar de verdad que he conocido. No puede hacer eso por mí.
-Le convenceremos para que se quede- aseguró Albus.
-Gracias. Y gracias por venir a verme. Y por no odiarme- miró a Ann.
Rose apretó la mano de Stump, en señal de fraternidad.
-No son necesarias.
-Emily- comenzó Harley- mis amigos se tienen que ir ya, pero me gustaría hablar un minutos.
Los tres restantes se miraron un instante, confusos. Pero en seguida se quedaron solos, como había pedido.
Él se sentó en el borde de la cama de Emily.
Ella sonrió.
-Solía ser yo la que hacía eso.
-Quería asegurarme de que no te torturas por lo de Ann.
Los ojos de ella se llenaron por fin de las lágrimas que había intentado reprimir.
-¿Cómo no hacerlo?
-No puedo darte una respuesta a eso. Pero...tal vez piensa que ella está bien, y lo estará. Y el pasado, es pasado, siempre que hayas sabido arreglarlo.
Ella se incorporó, incómoda de estar en la misma posición.
-Lamentablemente tardaré mucho en venir a verte.
-Lo entiendo. Y espero que no vengas más como paciente.
-También yo.
Tal vez en los mejores sueños de Emily se habrían besado en aquel momento. Pero cuando sucedió de verdad, fue muchísimo mejor que en sueños. Todo en Harley invitaba a besarle por toda la eternidad. Su olor, el agradable espesor de su pelo, el calor reconfortante que emanaba de su piel. Alzó una mano para notar la curva de su mandíbula. Para notar que, por unos instantes, era una chica normal.
Y, cuando todo acabó, no pudo evitar sonreír, resignada.
-Algo me dice que esto ha sido cosa de una sola vez.
No hizo falta que Harley dijera nada. Sus ojos hablaban por él.
-No quiero ir en serio con nadie, y nunca quise darte falsas esperanzas.
-Y nunca te guste lo suficiente. No pasa nada. Lo entiendo. Ya encontraré la manera de olvidarme de ti.
Él sonrió levemente.
-Adiós, Emily.
-Adiós, Harley.
Ann, Rose y Albus salieron al pasillo, en dirección al ascensor. Ya esperarían a Harley allí.
De pronto, alguien se acercó a ellos como una bala. Una mujer rubia, robusta, resollando del esfuerzo.
Ann no tardó en reconocerla. Era Morgana Lee. La mujer que Vic le había presentado para poder interrogarla. Estaba nerviosa. Muy nerviosa.
-Buenos días- saludó, tensa.
-Escucharme bien y atentamente porque no te lo voy a repetir. Cuando Victoire Weasley vino a pedirme que hablara contigo, me prometí a mí misma no hablar, y no lo hice. Pero tras enterarme del asesinato de Millicent...he comprendido que esto va más allá de nosotras, aunque no acabe de entender por qué, y no me importa quién intente callarme. Mentí. Si estuve allí. No todo el tiempo, pero estuve la mayoría. Lo suficiente para confirmarte que vi a aquel niño, y estaba muerto. No vi a un bebé más muerto en toda mi carrera.
Ann frunció el ceño todo lo que pudo, tremendamente confusa.
