-¿Sabes contar hasta cien?

Eizan podía sentir el viento, furioso sobre su piel, alborotando sus ropas, bailando con la hierba alta. Allí el cielo era temperamental, como lo era el niño que sabía que se aproximaba hacia él, como hacía cada día tras volver de la escuela, ya desde bastante tiempo atrás.

-¡Cien es mucho!- protestó el niño, todavía un poco lejano, en el idioma de Eizan.

-¿Eres tú el que quería hablar tanto inglés como yo?

El niño, Ciro, refunfuñó, y Eizan no supo si era por pereza, o porque no había llegado a comprender lo que él le había dicho.

-Hasta cien, chico- repitió Eizan.

Notó como Ciro se sentaba a su lado.

-Unodostrescuatrocincoseissieteochonuevediezoncedocetrececatorcequincedieciseisdiecisietediechiocodiecinueveve

-¿Qué tal tú día?- interrumpió Eizan.

Ciro se atropelló.

-Bien. No me he puesto nervioso- le costó decir- pero Paulo ha preguntado hasta cuatro veces dónde estaba mi madre y yo...

-Tú has querido golpearle en la cara.

- ¿Qué significa?- preguntó en su idioma.

-Dar un puñetazo- contestó Eizan con mala pronunciación.

-¡Oh, sí! Es idiota. Pero...a veces...

-La echas de menos. Es normal. Todos echamos de menos a alguien. La pena es que tú eres muy joven para tener que sentir ese dolor. Pero tarde o temprano...todos sufriremos.

Ciro pareció entenderle, porque no dijo nada.

El silencio duró una eternidad. Pero no fue un silencio incómodo.

-Se fue porque tenía miedo. Eso dice papá.

-Hay personas...- comenzó- que tienen sus propios miedos, y no pueden soportar los de los demás. Eso le pasó a tu madre. Te abandonó no porque no te amara por ti, sino porque no podía amarte por ella.

Supo en seguida que Ciro no le había entendido, aunque tampoco dijo nada. Casi podía imaginarse su expresión de desconcierto. Había cosas que eran francamente difíciles de entender.

-A veces te alejas de los que amas no por ellos, sino por ti. Lo entenderás cuando seas mayor. O quizás nunca, pero espero que algún día sí.

-No tiene sentido.

-Lo tendrá, quizás. Y hablando ya de... tu pequeño problema- llamaba así a los descontroles mágicos de Ciro- con esfuerzo... podrías ser capaz de controlar tu magia.

-¿No me esfuerzo ahora?- preguntó el niño- me esfuerzo- afirmó acto seguido, frustrado.

-Silencio- ordenó- escucha los sonidos del mar. Huele la sal. Siente el viento en la piel, incluso en los dedos. Siente la paz del mundo, y hazla tuya. Y ni tendrás que esforzarte.

Por un par de minutos, ninguno de los dos se movió. Eizan se inquietó.

-¿Estás haciendo lo que te dije?

-Creo que sí, señor Harley- contestó.

-¿Notas esa paz?

-Creo que no, señor Harley.

Eizan sonrió, por primera vez desde hacía años, casi una década.

-No importa chico, no importa. Tenemos tiempo.

Pero no.

No tendrían mucho más tiempo.

Ann corría a través de los pasillos, asustada. Corría detrás de aquellos profesores que arrastraban el cuerpo inerte de Albus. No podía verle por completo, pero distinguía el color escarlata de la sangre sobre su piel, que brillaba con cada mínima luz.

No podía pensar. Primero Rose. Luego ella. Luego Albus. ¿Quién sería el siguiente? ¿Harley? No pudo evitar pensarlo, y saberlo con certeza. El siguiente era Harley.

McGonnnagall le hizo una seña y ella se adelantó unos pasos, segura de poder ayudar a su amigo, fuera cual fuera su situación.

La profesora se retrasó un poco. Ya estaban llegando a la enfermería.

-¿Cómo está? ¿Qué se ha dañado?- preguntó, urgentemente.

-En unos minutos nos lo dirán.

-Necesito unos minutos a solas con él- demandó.

-Creo que puedo conseguirle eso- aseguró- dicen que ha tenido mucha suerte en su caída: no se ha dado directamente en la cabeza, aunque se ha roto prácticamente todos los huesos posibles...

-¡Directora! ¿Qué ha pasado?- Pomfrey salía de la enfermería, mientras el grupo de profesores (Patterson, Redfield y un muy asustado Longbottom)

-Albus Potter se ha caído de la escoba desde cincuenta metros del suelo. Ha sido una afortunada caída. Justo el día que no bajas a ver el partido, Poppy...

-Estoy con los alumnos, revisando...bueno, no importa- se interrumpió, agobiada- tengo que ir a ver a Potter.

-Voy con ustedes- interrumpió Ann, decidida.

-¡Anderson! ¿Pero qué dices?

-Poppy, déjala entrar- le dijo la directora, mirando a la enfermera demostrándole que tenía que fiarse de su petición sin hacer preguntas.

Pero Ann ya se había precipitado dentro, antes que la misma enfermera.

-¡Vic!- llamó, sin ver a la prima de su amigo por ningún lado, buscándola con la mirada.

Los profesores cuchicheaban entre ellos, nerviosos, y el profesor Longbottom parecía estar a punto de desmayarse. El cuerpo de Albus estaba contorsionado de forma grotesca, y el brazo derecho sangraba sin descanso. Él estaba más que inconsciente.

-¡Se está muriendo!- no pudo evitar gritar Ann, llena de pánico.

-¡Fuera de la enfermería!- ordenó Pomfrey. Los profesores obedecieron.

-Cualquier cosa, llamadnos. Hemos avisado a los señores Potter. Vienen de camino- dijo Redfield, mientras arrastraba a sus dos compañeros fuera de la gran sala.

Ann fue consciente de que dos figuras estaban detrás de ella, una supuso que era Vic, y la otra no le importaba quien fuera mientras ayudara a Albus.

Una efectivamente sí era Victoire, ya que sollozaba histérica, viendo a su primo, que parecía más muerto que vivo, y como triturado por planchas de metal.

Ann, temblando, se situó a un lado de la cama y agarró la mano rota de Albus, con fuerza. Pomfrey daba instrucciones a diestro y siniestro. El brazo de Ann comenzó a brillar. Más tarde, el de Albus, y la chica comenzó a perder la consciencia mientras a duras penas podía ver como una figura masculina vestida de blanco que no podía enfocar del todo bien hacía beber a Albus un líquido incoloro que dejó un olor a excrementos podridos que Ann, justo antes de dormir por bastante rato, consiguió oler y repugnar profundamente.

Grace llegó junto con Rose y Harley cuando las puertas de la enfermería ya estaban cerradas. Ellas resollaban mientras que Harley se mantenía tenso, y su pecho se hinchaba cada poco, intentando mantener la calma.

Él se giró hacia su amiga.

-¿Quién crees que haya sido?- preguntó, y los nervios se notaban en su voz.

-Tú quieres que diga que creo que Scarbot. Yo creo que Scarbot- se giró a mirar a Grace, que estaba como ausente- ¿Qué opinas?

La chica no contestó.

-Claro que ha sido él- gruñó Harley, furioso- voy a convertirlo en harina.

Dos figuras se acercaron hacia ellos; un punto rojo anaranjado y otro más alto, rubio plateado.

-¡Rose!- Lily la llamó antes de llegar hasta ellos- ¿Qué ha pasado? Dicen que la caída ha sido mortal- tenía los ojos llorosos.

-Estará bien- contestó Rose, ausente- tiene que estarlo, es Albus. A él nunca le pasa nada. A él nunca debería...

Scorpius llegó a su lado y la abrazó, pero ella no lo notó, no se movió.

-La he traído porque supe que estaríais aquí, y ella no parecía saber qué hacer- dijo, como excusándose, mirando a Harley, que le dirigía una mirada hostil. Aunque en realidad se lo decía a Rose.

-Ann está con él- solo pudo decir Rose- y Vic...no pasará nada.

Vic observaba a su primo, horas después, con mucho mejor aspecto y ya fuera de peligro, mientras su amigo lo observaba, junto a ella. Ann Anderson descansaba en el pecho de Al, todavía dormida. Los brazos de ellos todavía brillaban un poco, plateados. Mágicos.

-Así me salvó ella, aquel día- dijo una voz, minutos después.

Victoire miró a su amigo, Yem, agotada tras el largo día, pero aliviada, porque todo había salido bien de nuevo. Se preguntó cómo demonios podían haberse acostumbrado a vivir en un mundo tan lleno de peligros.

-Recuerdo ese resplandor plateado- siguió él-...como el de un patronus. Cuando ella me curó, sentí...esa paz...- se trabó, mientras no apartaba la mirada de la melena negra de Ann, fascinado en cierta manera.

Ella sonrió, levemente.

-Supongo que hay tipos de magia tan excepcionales, que ni los sanadores podemos soñar con imitarlos.

-Hay algo en ella...-giró la cabeza- lo siento, pero la miro, y siento que es única.

Vic rio, descargando los nervios del día.

-Pareces un niño enamorado.

Yem le rio el chiste, sonriendo levemente avergonzado.

-Solo sigo que es especial.

Desde el día del partido, el día del accidente no tan accidente de Albus, y el día en el que se habían besado sin mediar palabra alguna después, Grace permaneció cada minuto que pudo en la puerta de la enfermería, sin hablar, y nadie le exigía una explicación sobre su silencio, o su comportamiento, pero los rumores se alimentaron por sí solos, y llegaron a su punto más alto el jueves después del domingo del accidente, cuando Albus ya había desperato, pero todavía era demasiado pronto para preguntarle por lo ocurrido y poder desmentir o acusar a nadie.

Emma Way, junto a los gemelos Peaks, Lucy y Fred Weasley y unos cuantos alumnos más aficionados al Quidditch y de los que Grace no recordaba los nombres, se pararon a unos metros de ella, que en aquel momento tan solo miraba por la ventana, aunque fuera llovía y todo se veía de tonalidades grises, como aquellos días. O aquellos años.

-Dicen que no quieres entrar a ver a mi primo, Wilson- comenzó Fred- ¿te están picando los remordimientos, acaso?

Grace se giró para mirarlos, sin demasiadas ganas.

Lo raro en ella fue, que no respondió.

-¿No contestas? Todo Gryffindor cree que fuiste tú, es lo más probable. Albus casi tendría la snitch, y debido a tu cabreo por la píldora de enfermedad que te dimos, casi te estoy viendo coger tu varita y tirarlo de la escoba.

Grace frunció el ceño. Eso sí que la activó. No podía evitar querer defenderse

-Y a mí me gustaría saber a quién de vosotros se le ocurrió la idea de hacer trampas al Quidditch en primer lugar- gruñó- de lo único que soy culpable es de ser más fuerte de lo que todos esperabais que fuera. Y eso se lo tengo que agradecer a Albus. En parte me animó a jugar.

-¿Estás afirmándolo? ¿Fuiste tú? Mira...no vamos a parar hasta que te expulsen de Hogwarts ¿queda claro?

-¡Oh, basta ya!- Rose Weasley salía de la enfermería, de ver a su amigo y primo, y lo escuchó todo. No parecía tan cansada como los días anteriores- esto es absurdo. Grace y Albus son amigos desde hace meses. Ella jamás lo haría. Asunto resuelto.

Nadie pareció muy convencido con las palabras de la pelirroja.

-Estás ciega, Weasley- le reprochó Jimmy Peaks Junior- porque tu novio es amigo suyo- señaló a Grace.

-Los ciegos sois vosotros- reprochó- SÉ que ella no fue- se colocó enfrente de la acusada- y quien no piense igual que yo, va a tener que discutir todo esto primero conmigo.

Estuvieron protestando un rato, pero finalmente los primos de Albus entraron a verlo, mientras el resto del equipo se dispersaba. Rose se quedó a su lado todo el rato. El silencio entre ellas se volvió incómodo, o cómodo, dependiendo de a quién le preguntaran.

-Gracias- agradeció con esfuerzo Grace.

-No las des- le quitó importancia- solo lamento no saber con certeza quién es el real culpable, entonces ellos sí que podrían desquitarse a gusto. Y yo no lo impediría.

Ella no contestó.

Rose la miró preocupada.

-¿Por qué algo me dice que sí te sientes culpable?

Grace negó lentamente, tras unos segundos.

-Es complicado- consiguió decir.

-¿Y el motivo por el que no entras a ver a Albus también lo es?- cuestionó.

Bajó la mirada.

-Más complicado todavía, si se puede.

Rose vio a la chica suspirar, y alejarse del lugar, y frunció el ceño, curiosa y extrañada por la situación.

Pero lo importante era que a Al no le había pasado nada. Estaba bien. Todo había acabado raro, pero bien.

Dos días atrás...

-¿Ann?

Ann se sentía muy floja, mientras recuperaba el conocimiento. Reconoció la sensación que sentía cuando intentaba curar a alguien con su magia. Solo que aquel atontamiento era todavía más fuerte que lo acostumbrado, y le llevó un rato recordar cómo había llegado a aquella situación, y dónde estaba, incluso quién era ella.

-¿Vic?- llamó tras un par de minutos, cuando reconoció a la prima de Rose. Las imágenes eran tremendamente borrosas, pero identificó su voz, y su silueta.

-La misma- afirmó- te has despertado. Supongo que eso es que Albus se recuperará pronto.

-Ummm...-consiguió decir, mientras unos brazos duros la agarraban de las axilas y la sentaban en una cama vacía. No se resisitió. Se preguntó si era Harley. Le necesitaba. Se sentiría segura a su lado- ¿está bien?

Miró de reojo a la persona que la había sujetado y por un segundo se quedó sin respiración. Lo reconoció prácticamente en seguida.

Era el chico al que había salvado. Era el que la había salvado. Al que había visto en su última visita a San Mungo, y el que le había huido la mirada.

-¡Tú!- exclamó, todavía atontada.

Notó como él sonrieía, incómodo.

-Por fin nos conocemos- dijo, y su voz sonó grave pero suave y apacible, nada parecida a cómo la había escuchado la primera y única vez.

-Voy a avisar a Pomfrey- notificó Vic, y cuando se fue dejó visible el cuerpo de Albus, que dormido descansaba en su cama correspondiente. Ann lo observó, examinándolo en pocos segundos.

-Él está bien, ¿verdad?- preguntó, de nuevo.

-Está perfectamente- afirmó Yemhal- llevais tres días inconscientes, ambos. En gran parte gracias a tu don. Bueno, en parte no. Gracias a ti. Posiblemente despierte en breves- notificó, refiriéndose a Albus.

Ann cerró los ojos, aliviada y todavía un poco mareada. Respiro profundamente, un par de veces.

-¿Cómo se lo han tomado Victoire y Pomfrey?- preguntó.

Escuchó su voz mucho más cercana. La estaba colocando correctamente sobre la cama. Si se sentía incómoda con ello, estaba demasiado atontada como para percibirlo.

-Pomfrey dijo que ya lo sospechaba porque te había visto con...no recuerdo...¿Harvey?

-Harley- corrigió, con una leve sonrisa- él ha estado mucho en la enfermería y bueno...somos muy amigos yo siempre procuro ayudarlo.

Se quedaron en silencio unos segundos. Vic y la enfermera no acababan de llegar.

-Por lo que respecta en cuanto a mi experiencia, siempre procuras ayudar a cualquiera.

Ann sonrió, de nuevo, y un poco más despejada se incorporó un poco en la cama por sus propios medios.

Fue recuperando la visión poco a poco, y fue viendo otra vez lo que había visto cuando lo salvó en San Mungo, y tan solo un mes atrás, cuando lo volvió a ver.

Las orejas: puntiagudas. Los ojos, rasgados, pero de un verde más brillante que cualquier otra mirada. La nariz levemente aplanada. La transformación de sus rasgos tuvo lugar cuando Ann dejó de sentirse tan mareada, y no pudo evitar sorprenderse, y él pareció notarlo. Se miraron, incómodos.

Ella sabía lo que era ser especial, y a pesar de que pocas cosas la sorprendían y él era una de ellas, procuró ignorar lo que veía, precisamente porque entendía lo que era que te miraran como si fueran diferente.

-Soy Ann. Anderson.

-Lo sé- asintió- yo soy Yemhal. Puedes llamarme Yem.

-Encantada, Yem. ¿Vas a estar aquí, como Vic?

-En lugar de Vic, mejor dicho. Hoy es su último día. Mañana solo estaré yo.

Ella asintió

-Mira, no puedo evitar preguntarme...-comenzó él.

Pero lo interrumpieron.

-¡Ann!- llamó Harley, que acababa de entrar en la sala.

Ella desvió toda su atención hacia él.

-¡Harley!- llamó, feliz.

Él chico llegó con prisas hasta ella y la abrazó sin demasiada delicadeza, abalanzándose, pero ella protestó con una sonrisa en la boca.

-¿Cuántas te debo ya?- dijo, cuando ignorando al estudiante se aproximó a la cama de Albus, observando con satisfacción el rostro sano y tranquilo.

Ann sonrió, tranquila.

-No te llega el resto de tu vida.

-Ambos deben descansar- intervino Yem, sin exigencias, pero sin dar lugar a discusiones.

Harley pareció percatarse de su presencia por primera vez. Miró a Ann, interrogante.

-No me vendría mal una siesta- se excusó ella.

-Os dejo solos, entonces. Voy a decírselo a Rose.

Casi corriendo de nuevo, Harley salió a la biblioteca en busca de su amiga, sino feliz, al menos aliviado. A Albus no le pasaría nada.

La encontró con Scorpius, cómo no, en una mesa no muy lejana a la entrada.

-Ha despertado- notificó, sin saludar.

Rose reaccionó de repente, levantándose de su asiento y recogiendo sus cosas.

-Decía Ann- se vio obligado a aclarar- pero eso significa que Al lo hará prontó.

Ante esa aclaración, Rose se detuvo un instante, pero pareció pensarlo y, mirando un par de segundos a Scorpius, que los observaba, serio, tomó su decisión.

Miró a Harley.

-Vamos allí. Quiero estar presente cuando despierte.

Scorpius casi gruñó.

El lazo que unía a Harley y a Rose era algo que se escapaba al control de Scorpius, y casi al control de todo el mundo, pensó, mientras los observaba alejarse sin poder hacer nada por evitarlo. Él no había llegado a conocerlos juntos, juntos como dos amigos inseparables, que maquinaban juntos y discutían juntos, pero acababan llegando a un acuerdo u olvidando sus problemas en beneficio de su amistad. Los había observado en la distancia de lo desconocido, sí, pero no se podía llegar a intuír tanto como desde dentro hasta qué punto estaban unidos o dejaban de estarlo.

Claro.

Claro que sentía celos.

¿Pero exactamente por qué? ¿Eran los celos normales de un novio normal, o era algo más, ese algo más de siempre, esa sensación angustiosa que no acababa de irse?

No iba, y no fue a mejor.

Al día siguiente de que Anderson, y posteriormente Potter desperataran, Rose les pidió a Scorpius y a Josh que la acompañaran al campo de Quidditch, a buscar alguna pista de quién pudo haberle hecho eso a Scorpius. A Grace no hizo falta decirle nada, iba un paso por delante de ellos, y parecía estar en comunión con los tres chicos que buscaban una respuesta al ataque de su amigo. Scorpius estaba preocupado por su amiga: no había dicho gran cosa aquellos días, estaba ausente y metiabunda, y solo parecía despertarla un poco de su letargo cuando se nombraba el accidente del anterior fin de semana.

Fueron al campo de noche. Ann, Harley, Rose, Scorpius, Josh y Grace.

Rose, Scorpius y Grace usaron sus escobas para volar a lo alto de las gradas del público, mientras Harley, Ann y Josh a pie subían por el interior, en busca también de alguna pista.

El frío no se había amedrentado todavía, y hacía tiritar a los magos subidos a la escoba. Rose se ajustó la bufanda de Gryffindor por debajo de la nariz, totalmente destemplada. Tanto Grace como Scorpius, ya preparados, la observaban. A Grace le recordó al día del partido: todos aquellos puntos rojos sobre el campo, y Albus...y la estupidez de ella.

Los pensamientos de Scorpius fueron todavía más confusos.

-Deberíamos de empezar por la grada de Hufflepuff- aconsejó Rose.

-¿Hufflepuff? Dudo que encontremos nada allí- rebatió él.

-Precisamente porque si alguien buscara una pista sobre quién pudo hechizar a Albus, no buscaría en la grada de Hufflepuff. Si hubiera sido yo, me habría ocultado en otra grada que no fuera la de Slytherin.

-Por esa norma, deberíamos de inspeccionar el techo de la Gryffindor también.

-Es la siguiente que miraremos- afirmó.

-Vamos, Ann- instó Harley.

La chica resollaba escaleras abajo.

-Ambos tenéis las piernas más largas, además- contestó- hay que mirar bien. Esto parece una carrera haber quien llega arriba primero.

Josh, casi un rellano más arriba, se rio de ella.

-¿Sabéis que os digo? Id todo lo deprisa que queráis. Yo iré a mi ritmo.

Josh continuó subiendo en seguida. Harley la observó unos segundos.

-Me va a costar más de lo que pensaba recuperarme de haber curado a Albus- murmuró mientras se tocaba el pecho adolorida, sabiendo que Harley la escucharía.

-Deberías de haberte quedado durmiendo- contestó.

Bajó a buscarla y se tomaron de las manos y él tiró de ella, con paciencia.

Pasado un minuto, ella se detuvo.

-Harley, mira eso.

Él dirigió la vista hacia donde Ann le indicaba.

El suelo.

Ann se separó de su amigo y se agachó, tocando las tablas de madera. Golpeó un par de tablas con los nudillos.

-Aquí debajo hay algo.

Harley frunció el ceño al principio, pero acabó cayendo en la cuenta de algo.

-¡Ah! ¿Era aquí? No lo recordaba.

Ann frunció el ceño.

-¿De qué hablas?

-No siempre te he contado todo lo que hacía cuando empecé a interesarme por las chicas.

Harley siguió puesto de cuclillas el final de la tabla de madera.

-¿Ves?

El chico abrió casi en la pared de la grada unas tablas unidas, que a vista más fijada eran por lo visto una trampilla, parecida a la que tenían en sortilegios Weasley para acceder al almacén.

-¿Qué hay allí?- preguntó Ann.

-Normalmente nada. Es solo un espacio sin aprovechar. Y...bueno, algunos de los alumnos de Ravenclaw tienen bastante claro que existe. Y a un par de alumnas les gustaba el Quidditch tan poco como a mí y...bueno, supongo que ya sabes lo que quiero decir.

-Lo entiendo, no te preocupes, no hace falta que te expliques más. Baja a ver si ves algo raro. Voy a avisar a los demás.

Rose sobrevolaba, cansada aunque con paciencia, los tejados de las gradas en busca de una pista, cuando vio que Ann y Josh se asomaban en la grada de Ravenclaw.

Voló hacia ellos.

-¿Habéis visto algo?

-Creo que Harley sí, está abajo intentando buscar alguna pista- Ann resollaba y se agarraba el pecho. No había descansado casi, después del esfuerzo que había hecho para ayudar a Albus.

-Quédate aquí, yo voy a ayudarle- bajó de su escoba- toma, Josh, ayuda a Scorpius- lo señaló a lo lejos, sobrevolando la grada de Hufflepuff- creo que Grace ya está dentro.

- Será un placer- dijo, cogiendo la escoba de Rose.

La pelirroja dejó a Ann sentada en un asiento, agotada y tapándose la pequeña cara con la bufanda, y entró a las enormes escaleras, bajándolas con ganas. Se trataba de Albus. No iba a darse por vencida. Ella era así, aunque se hubiera perdido un poco por el camino, ya se había encontrado.

-¿¡Harley!?- lo llamó, interrogante.

-¡Aquí!

Se sobresaltó. Esa voz provenía justo de sus pies.

-¿Dónde estás?

-Ves la trampilla del fondo? Baja, tienes que ver algo.

Rose reaccionó, reconociendo las indicaciones de Harley, y bajo por la estrecha hendidura en el suelo.

El lugar recibía muy poca luz exterior. Estaba oscuro, y más protegido del frío.

-¿Dónde estamos?

La voz de Harley sonó mucho más cercana de lo que se esperaba.

-Creo que en el lugar desde el que se lanzó el hechizo.

Rose se tensó más todavía.

-¿Estás seguro?

Una sombra a su lado se movió, y acto seguido, buscó su mano.

La mano de Harley quemaba como si acabara de tocar un radiador, pero Rose no la soltó. No sabía qué estaba pasando. Claro que no podía negar que sentía algo, claro que no. Pero el corazón le empezó a golpear fuerte y rápido sobre su pecho. Era como si aumentara por cien esa sensación. Se quedaba sin aire, mientras prácticamente a gatas él la guiaba .

-Estás ardiendo- comentó él, con voz grave.

Él también lo había notado, pero con ella. ¿Cómo era...

No podía pensar en eso.

-Fue aquí, creo- le informó, y notó que le costaba hablar, como si estuviera muy lejos de aquella realidad y muy cerca de otra- fíjate, alguien ha hecho un agujero.

Efectivamente, la luz entraba por una pequeña abertura, circular y perfecta.

-Esto solo ha podido hacerlo una varita- comentó Rose.

-Y es el espacio suficiente...

-Como para apuntar y lanzar un hechizo- dijeron, a la par.

No pudieron evitar mirarse.

Mala idea.

No sabía qué estaba pasando, pero no podía controlarlo. La cercanía, el silencio, sus ojos, marrones oscuros, casi negros, mirándola. No podía controlarse. Estaba como hechizada, y una pequeña parte de ella que no podía escuchar, sospechó que realmente sí lo estaba, fuera de sentidos metafóricos. Él la miraba embelesado, y se vio reflejada en sus ojos. Su mirada azul descenció por su rostro, oscuro y perfecto, al menos para ella. Despacio, y sin prisa, hasta sus labios. ¿Cuánto hacía que no...merlín, cada vez estaban más cerca. Iba a pasar.

-¿¡Rose!?

Ella ahogó un grito de sobresalto, y se separó de Harley todo lo que pudo (también había pegado un respingo), asustada, despertando de su ensoñación, y, tras oír como Scorpius la llamaba una segunda vez, horrorizada de lo que habían estado a punto de hacer.

Buscó una explicación en la mirada de su amigo, temerosa de volver a intentar besarse, pero él ya subía hacia el rellano, como si nada, o todo, hubiera pasado.

-Ya tenemos una sospecha bastante gorda- informó, aclarándose la voz, como si le costara hablar

Rose le siguió tras medio minuto, rezando porque el color de sus mejillas no delatara sus sentimientos, ni su deseo. Pero la mirada de sospecha de Scorpius, que la esperaba arriba, le dijo secretamente que no lo había conseguido del todo.

-Entonces, ¿eres el amigo de Victoire?

Yem sonrió levemente, mientras con la varita y lentos movimientos, aplicaba un hechizo de regeneración celular por el cuerpo de Albus Potter, que ya llevaba despierto un buen tiempo. Pronto podría salir de allí.

-Sí. ¿Habla mucho de mí?- preguntó.

-Debes de caerle muy bien, sí que lo hace. También dice que serás un buen medimago.

-Ella también. Los dos.

-Eres joven para estar a punto de acabar ¿no?

-Digamos, que soy un poco adelantado para mi edad, sí- un ruido le llamó la atención, y Yem giró la vista a ver quién había entrado en la enfermería.

-Tienes visita, Albus. Estás muy solicitado, por lo que veo.

Una chica menuda y con pelo rubio muy largo los observaba a prudente distancia. Yem se quedó mirándola un rato. Era muy guapa, aunque las ojeras bajo su rostro le daban un aspecto cansado, y sus hombros encogidos no ayudaban a compensarlo.

Albus pareció reconocerla en seguida, por sus ojos le brillaron y el labio le tembló, como en una sonrisa.

-Os dejo solos. Tengo que registrar tus progresos.

Se despidió tocándole el hombro y salió hacia su despacho.

Albus no podía parar de mirar a Grace. Había estado esperando ese momento desde que había despertado.

-Pensé que ya te habías olvidado de mí- bromeó.

Ella no sonrió, ni hizo ningún otro ademán, mientras se acercaba a su cama. Despacio, dejó su bolsa en el suelo, y se sentó en la silla del acompañante, sin casi mirarlo. Al empezó a darse cuenta de que algo iba mal. Muy mal.

-¿Grace?- la llamó, temeroso.

Negó varias veces.

-Perdóname, Albus.

Eso le chocó. Tardó en responder.

-¿Por qué tendría que perdonarte?

-Por ser como soy yo. Por no poder cambiar. Jamás podré hacerlo.

Empezó a enfadarse.

-¿De qué hablas?

-Si hubiera estado pendiente de ti en lugar de ganarte para demostrarte que yo tenía razón, que no todos los Slytherin son malos, que a veces se gana y a veces no, y que el odio...-se le quebró la voz- yo solo habría podido salvarte.

-Grace, estoy aquí. Y estoy bien. Y era lo que tenías que hacer. Era un juego. Las cosas se nos fueron de las manos...

-¿¡Es que no lo entiendes!?- le gritó, estallando.

Albus no contestó.

-¡No pensé en ti!- se lamentó- fui una egoísta, siempre lo he sido, y siempre lo seré.

-No entiendo nada. Tú me dijiste...-se corrigió- tú me exigiste que diera la cara por ti. Y lo hice. Yo era el egoísta hasta hace nada. ¿Qué es exactamente lo que no va bien, Grace? ¿Qué es lo que ha pasado ahora?

Grace no contestó. Se quedó mirándole, con dolor, como si no pudiera admitirlo.

Pero Albus llegó a entenderlo.

-No quieres nada conmigo- comprendió- no quieres quererme, pero te gusto. Pero no es suficiente, porque prefieres vivir en tu zona cómoda toda tu vida.

-¿Y sabes lo peor de todo?- dijo, con autorabia- que eres igual que yo. Que tiras de mí, y yo tiro de ti, pero ninguno cede. He tenido mucho tiempo para pensarlo.

-Cuando nos besamos cedimos los dos- replicó Albus, cada vez más alterado- y no lo niegues.

Silencio.

-Solo párate a pensar- pidió- cómo sería tu vida si eligieras estar conmigo. Todo lo que nos separa. Caíste de dieciséis metros y yo estaba arriba. Yo era contra quién jugabas. Párate a pensarlo. Solo dos minutos.

Resistiéndose no sin ganas, Albus le hizo caso. Y lo que se imaginó, lo que vio, fue aterrador.

No vio nada.

-Grace...-comenzó, sin saber qué decir.

-Hemos...cogido nuestra extraña conexión...y la hemos forzado en algo que no es posible.

No podía dejarlo estar. Tenía alma de debatiente.

-A veces todo se traduce a si de verdad quieres algo o no. Yo no soy tu madre, ni soy tu hermano, ni soy un chico cualquiera que solo quiere acostarse contigo...yo siempre voy a estar ahí. Yo siempre estaría allí para ti- soltó, desesperado.

Grace bajó la vista. Era la primera vez que la veía llorar. Que la veía llorar así.

-Piénsalo bien...piénsalo bien y repítemelo. Si estás seguro.

Y Albus le hizo caso. Y lo pensó. Y se dio cuenta de que ya lo había pensado. Pero no era capaz de ver claro qué pesaba más en su balanza; si tener a Grace en su vida o no tenerla de esa manera.

-No puedo decirte que no somos diferentes.

-No puedes decirme que no somos incompatibles- corrigió.

-No estás ni un poco dispuesta a luchar por mí, y no paras de pedirme a mí que lo haga. Es injusto- protestó.

-Tal vez si las cosas fueran diferentes.

-¡Pero son así!

-¡Pues quiero olvidar que son así, porque duele y mucho! ¡Te vi en el suelo y fue mi peor pesadilla! ¡Y si estás en esa cama, fue porque preferí ser yo misma a quedarme contigo y decirte lo que sentía!

-Dímelo ahora.

-Tú ya lo sabes- soltó, bajando hasta el susurro.

-Pero tienes miedo- la acusó.

-Por qué te crees que no estoy en Gryffindor- soltó.

Albus cerró los ojos, y, con el corazón roto, suspiró.

-Me gustas mucho- dijo, despacio- más que Ann, más que otras. Pero quizás estoy siendo un masoquista y simplemente...no podemos estar juntos. Al menos no ahora. Intentar que me quieras es agotador. Y sí, tienes razón, jugamos al tira y afloja y nunca nos ponemos de acuerdo para aflojar los dos. Tal vez con nosotros no sea tan fácil como simplemente estar juntos. Tal vez esto debería de haber pasado antes, o más tarde. Solo sé que me desperté, y me gustó acordarme de lo que pasó. Me gustó de veras.

Grace se limpió las lágrimas con el jersey.

-¿Puedo decir una última cosa?- preguntó, más calmada, o más destrozada.

Él no le contestó.

-El día que descubra que yo he cambiado voy a buscarte, y voy a decirte lo que no te he dicho, y voy a esperarte.

-¿Cuánto tiempo tardará en llegar ese día?- preguntó, triste pero resignado. Y enfadado con ella, y con él, y con el mundo.

-Espero que el mismo en el que tú descubras que hay cosas que están por encima del honor y de tu tonto orgullo, Albus Potter.

Pero no pudo decirle que estaba por encima de aquellas cosas, porque sería mentir, y ella lo había sabido antes que él.

-Adiós, Grace- murmuró. No quería verla más durante un tiempo. Era doloroso.

-Adiós, Albus.

Y la vio alejarse, y quiso gritarle mil cosas, porque no quería perderla, porque se había enamorado de ella, de la última chica a la que podría llegar a entender, por la que más tendría que cambiar.

¿Por qué no podría haber fingido que todo estaba bien, porque se querían y eso era suficiente?

Ella había intentado decirle que el amor no era suficiente.

Y él también sabía que no lo era.

Y se enfadó consigo mismo.

Porque en lugar de cambiar, simplemente iba a intentar olvidarla.

-Adiós, Grace- repitió, cuando ella ya no podía oírle.

Los días comenzaron a pasar. Cada día un poco más deprisa que el otro. Era increíble lo que el paso del tiempo había hecho con la mente de Helen. La herida de la pérdida de John cada día sangraba menos, pero ella sabía que había cosas que solo pasaban una vez, personas que solo pasaban una vez y sentimientos que, aunque podían repetirse llamándose de la misma forma, solo pasaban una vez.

Acabó por olvidar cómo era el ser plenamente feliz, y se conformó con su antiguo status de chica tranquila pero amargada, vagando por un mundo que no acababa de ser completamente suyo. Trabajaba a media jornada en la cafetería que frecuentaba con sus amigas, resistiéndose a abandonar lo poco que todavía hacía que John, o Alcor, o como se llamara, desapareciera para siempre. El resto del tiempo, estudiaba su carrera, filosofía, intentando buscar en las reflexiones de otros respuestas a preguntas que ni siquiera existían.

Pasaron un par de meses, o ya ni sabía, y le daba igual. En momentos de lucidez se preguntaba qué iba a ser de su vida, qué haría. Qué grandes metas alcanzaría.

Y nunca llegaba a ninguna predicción.

Un día, salió de la cafetería, despidiéndose de David, el chico del que estaba empezando a sospechar que se había encaprichado de ella, y decidió dar un paseo, poniéndose sus auriculares y encendiendo el walkman, reproduciendo el disco de Chris Isaak que tenía esa canción que tanto la consolaba. Eran puras caricias, eran abrazos que la hacían sentir mejor. Era también alguien que sufría.

The world was on fire and no one could save me but you.

It's strange what desire will make foolish people do.

I never dreamed that I'd meet somebody like you.

And I never dreamed that I'd lose somebody like you.

El aire le golpeaba en la cara, despejándola. Llevaba días sin darse cuenta de que el tiempo ya no era tan desagradable, y la primavera llegaba poco a poco a la suciedad.

Caminó hasta el parque más grande de Southampton, donde había conocido a John, donde había pasado tantos momentos con él. Cerró los ojos con dolor

What a wicked game to play, to make me feel this way.

What a wicked thing to do, to let me dream of you.

What a wicked thing to say, you never felt this way.

What a wicked thing to do, to make me dream of you

Paseó la mirada por el parque, intentando buscar tranquilidad en algún banco, alguna hoja, algún recuerdo que fuera demasiado real...

Por un segundo, lo fue.

Juraría que lo había visto.

Allí mismo.

Parpadeó, desorientada.

Se giró, buscando al motivo de su desconcierto.

Y casi pierde el conocimiento.

Un chico bajito, de pelo castaño y ojos azules, como los ríos en suiza, la miraba, a unos metros de ella. Llevaba dos sencillas flores en la mano, totalmente improvisadas, y en la mirada la hazaña de la supervivencia y en los labios el sabor de la felicidad.

Helen solo podía estar soñando.

Se quedó allí, inmóvil y muda, hasta que el fantasma de John llego hasta ella. Y todos los demonios se alejaron.

El fantasma tendió las flores, nervioso.

-Bueno, he venido a pedirte disculpas. Y a decirte que no estoy muerto.

Su voz.

No era una ilusión.

Alzó una mano y tocó su rostro recién afeitado, y vio las cicatrices de su rostro, y el júbilo, y era él de verdad.

-John- dijo, como si dijera el nombre de la felicidad.

-Soy yo.

Y lo abrazó, y lloró, y se rompió y se rehízo en segundos, y él lloró con ella.

-Estás vivo- dijo, todavía sin asimilarlo.

-Tenía que volver. Tenía que decirte que tenías razón. Te quiero. Te quiero. Te quiero.

Helen lo abrazó, y no volvió a soltarlo jamás.

John se mudó a vivir con Helen poco después de aquello. Tras asumir el riesgo que ambos corrían por la influencia de la familia Samdon, que odió a John por su traición hasta el último instante, se fueron a vivir juntos, en Southampton, al piso en el que vivía Helen. Se casaron tres años después de conocerse y la boda se celebró al estilo muggle. Asistieron los amigos más íntimos de ambos.

Poco antes de llegar el año 2006, Helen descubrió que estaba embarazada de mellizos. El niño se llamaría Andrew en honor al padre de Eizan, que había querido a John como a su hijo y la niña Ann, porque era el nombre que John le había dicho a Helen que le encajaba más.

John Alcor Samdon fue asesinado el 6 de mayo de 2006, la fecha de nacimiento de sus dos hijos. Sameor fue el responsable directo de su muerte. También fue Sameor el que dejó vivir a Ann.

Helen Anderson nunca superó el asesinato de John. Pero con el paso de muchos años, cuando su hija se fue a Hogwarts, se reencontró con David Darsey, al que recordaba como el chico que había sido camarero en su cafetería favorita, y se casó con él, y fue feliz un tiempo. Helen murió un año después de casarse con él, justo como John con ella, y cuando Ann tenia catorce años, durante el año que su hija estuvo en el torneo de los tres magos en Beauxbatons. Para cuando Ann lo supo, a ella ya no le quedaba mucho tiempo. Murió en verano. Ann se recuperó de su dolor gracias a sus amigos, que estuvieron ahí para lo que necesitó.

Eizan Harley, acusado de traición al cuerpo de aurores por destaparse como Neomortífago, no volvió a ser visto tras el asesinato de John Anderson. Todo el mundo lo culpó a él. Helen siempre estuvo convencida de que su mejor amigo jamás podría haberlo hecho. No se supo jamás nada de él. Iba a ser el padrino del niño. John tenía planeado pedirle a Ron Weasley, que aguantó con él el secuestro y la tortura de los Neomortífagos durante largos meses, que fuera el padrino de su hija Ann. Ron jamás lo supo.

Aparentemente, Andrew Anderson nació muerto.

Aunque a estas alturas, ya se sabe que eso es mentira.