Hennic Samdon madrugó más de lo que ya solía hacerlo aquel día. Su casa debía de estar impecable. Mandó limpiar cada rincón el día anterior, y se aseguró de que ninguno de los elfos domésticos que se había obligado a contratar por la estúpida nueva ley lo molestaran. Levemente nervioso, se peinó y se dirigió al enorme Comedor de la majestuosa Mansión de los Samdon, lugar en el que se había criado y se habían criado muchas generaciones. La única persona que había claudicado de aquel lugar, había sido su hermano Alcor, adoptando un estúpido apellido muggle, y pagándolo años más tarde con su vida. Pobre Alcor. Jamás pudo salvarlo.

Pero sí podía llamar a su hijo Michael, al que él llamaba en aquellos muros Mizar, porque era el segundo nombre de su hijo, y el nombre que merecía como Sangre Limpia.

Entró en la enorme estancia y vio a su hijo, vestido, mirando por la ventana, observando el jardín.

-¿Estás listo?

-Estoy listo.

Los Neomortífagos fueron llegando, poco a poco. Michael, es decir, Mizar, los conocía a todos. Todos habían pisado aquella casa alguna vez. No hubo demasiadas palabras. Solo ocuparon la mesa, solemnes. Los nervios de Mizar fueron encrescendo.

-El Señor está a punto de llegar- le informó su padre, cuando todos se hubieron sentado.

No pasaron demasiados minutos, cuando así fue. Una figura se apareció en la chimenea. Alta, fornida y encapuchada por una capa negra y raída. Michael se tensó.

Jamás había tenido la oportunidad de conocer en persona al mago al que su padre y el resto de los Neomortífagos seguían. Pero al haber acabado ya el colegio, seguía los pasos de su padre, y aunque muchas veces en su corazón se había albergado la duda de si realmente quería hacer eso, ser así...no le había quedado más remedio.

Sameor, el Señor del Mal, como lo llamaban algunos, o "El Señor" simplemente, avanzó unos pasos sin descubrir su rostro. De todas formas, por lo que le habían contado a Michael, siempre lo llevaba cubierto, y quien lo había visto al descubierto no había osado hablar de él. Cuando habló, a Michael se le erizó cada vello de la piel, como si el mismo mal hablase por su boca.

-Veo que ya estamos todos...- dijo Sameor, mientras repasaba la lista de sus seguidores- bienvenido, Mizar. Tu padre me ha hablado de ti.

A Michael se le revolvieron las tripas.

-Mi señor, yo...

El Señor levantó la mano.

-Me serás útil, en su momento...ahora calla.

No se sentó. Se dedicó a pasearse despacio, por cada asiento.

-Se os encargó hace tiempo una tarea de la que no podía encargarme, sencilla, fácilmente orquestada...di instrucciones muy claras de lo que quería. ¿Me equivoco, Scarbot?

Zefirus Scarbot se revolvió en su asiento.

-Mi señor...mi hijo Xantos hizo todo lo posible porque Rose Weasley fuera asesinada.

-¿Y por qué no ha muerto, entonces?- preguntó Sameor, paciente. Su tono permanecía ausente de rabia.

-Ann Anderson llegó antes.

-Ann no tenía que haber sabido cuales eran los planes que teníamos preparados para su amiga. Yo mismo me encargo de que tenga la cabeza en otras cosas, de que la búsqueda por su hermano ocupe gran parte de su tiempo...y vosotros no cumplís una sencilla orden.

El ambiente pareció llenarse de oscuridad.

-Me gustaría saber quién ha tentado un asesinato contra Albus Potter, antes de haber hecho el trabajo bien, y por el orden que yo ordené- siseó, y sonó amenazante y letal.

El silencio inundó la estancia.

-¿Nadie?- inquirió Sameor- ¿estáis seguros de que no ha sido nadie?

-Mi señor-comenzó Michael, titubeante.

-Felicidades, Mizar- lo felicitó Sameor, despacio, dirigiendo su oscura mirada hacia él. Michael tuvo la horrible certeza de que lo miraba- acabas de salvar tu vida. Tenlo en cuenta la próxima vez que pretendas ocultarme algo...o mejora tus habilidades oclumánticas...

-Mi señor...-lo excusó Hennic, posiblemente por primera vez en su vida- yo le aconsejé que lo hiciera...para contentaros...

-Me habría contentado de haberlo matado, Samdon. Sin embargo, ha errado.

-Estaba nublado y pensé que estaría más alto de lo que en realidad estaba, mi señor.

-Ya basta- lo detuvo. Por fin, ocupó su lugar, presidiendo la mesa- Scarbot, quiero información de Hogwarts. Qué sabes por tu hijo.

-Como ya os conté, mi hijo reclutó a unos cuantos de sus compañeros para las tareas que usted encomendara. Junto con Mizar, hechizaron a la alumna que intentó matar a Weasley, aunque no supo que fuiste tú quien...-dijo, mirado a Mizar.

-Quienes- exigió Sameor.

-¿Mi señor?

-¿Quiénes estaban con tu hijo?

-Pues...el hijo de Marcus- dijo, mirando al Mortífago- el hijo de Goyle, los hijos de...

-¿Alguien no emparentado con alguien de esta mesa, a los que asumo mis aliados y mis seguidores?

Scarbot reflexionó.

-Está Scorpius Malfoy, señor.

Sameor no se movió.

-Lo mantiene cerca porque es próximo a Weasley. Finge mantener una relación con ella para averiguar cosas sobre Anderson.

-No hay nada que necesite averiguar sobre Ann, estúpido-dijo, impaciente- estamos conectados por la misma magia. Lo sé todo sobre ella y cuando ella aprenda a aceptar lo iguales que somos, entonces ella también descubrirá cómo destruirse, tal como la profecía ha vaticinado y tal y como yo procuro evitar, sin mucha ayuda vuestra. Debo destruirla. Y planeo hacerlo muy pronto, cumpliendo con el plan que vosotros no habéis podido cumplir.

Se levantó, dispuesto a irse.

-Scarbot, no quiero a ningún Malfoy cerca de mis planes. Un traidor es un traidor, sea sangre limpia o no lo sea. Y la traición se lleva en los genes.

El sol de marzo se ponía en las colinas que rodeaban Hogwarts, y Yem llevaba contemplando el paisaje lo que le parecían horas.

Acostumbrado a ser estudiante de planta de Hospital, ocuparse de los estudiantes del colegio era una tarea que entretenía mucho menos, y a él, cuyo trabajo lo entusiasmaba hasta límites casi insanos podía llegar a aburrirle soberanamente el trabajo de alumno allí, aunque, irónicamente, hubiera sido un privilegio otorgado por, dicho de manera brusca, haber estado a punto de morir. Muchas veces, las horas pasaban demasiado despacio.

Aun en aquel momento se cuestionaba su decisión de acabar allí. A muchos se les ofreció la oportunidad. Hubo un par de compañeros que debido al trauma de San Mungo, directamente abandonaron la carrera. Y en el momento en el que la directora McGonagall les ofreció a todos la oportunidad de estar allí, en seguida Victoire, su encantadora Victoire, había accedido casi al instante.

No podía evitar seguir pensando de vez en cuando en ella.

Las personas como él...no se enamoraban fácilmente, y de hecho, Victoire había sido la primera. Apenas había habido otra antes de ella. Su alegría, su sonrisa...Yem no pudo evitar encapricharse de ella, y que, poco a poco, el sentimiento fuera a más. En seguida supo que la chica, que en poco tiempo se convirtió en su fiel amiga tenía un novio llamado Ted Lupin, un aprendiz de auror y que sin ninguna duda, merecía más la pena que Yem. Lupin era guapo, carismático y defensor de la ley. Él era...un científico. Una cabeza pensante. Un investigador. Y no tenía las habilidades sociales de Ted. Sufrió durante un tiempo por esto. Cuando se dio cuenta de que la chica jamás lo correspondería, y que la relación con su novio jamás iba a terminar, dolió mucho. Se pasó el verano intentando olvidarla como pudo. Había estado años anhelándola en secreto. No era fácil para él desprenderse de ese sentimiento tan fuerte.

Vic siempre sería su amiga.

Pero poco a poco, la herida sanaba. En aquel momento, sabía que la echaba mucho de menos, pero ya no tenía tan claro que aquel sentimiento fuera aquel amor que había sentido.

-¿Se puede?

Se giró, sorprendido. Al principio, levemente asustado, por si la chica que lo miraba hubiera podido oír sus pensamientos.

No era algo tan imposible de pensar.

-Ann Anderson- saludó, con una leve sonrisa.

La anaranjada luz del sol iluminaba el rostro de la chica, que dando muestras de agotamiento descolgó su bolsa sobre una de las camas, y se acercó hacia donde estaba él. El atardecer hacia sobre la piel de Ann un efecto bronceador, del que claramente no disponía habitualmente.

-Hace muchos días que no nos vemos- comentó ella, aproximándose a la cama donde Yem estaba sentado.

-Habrás estado ocupada. No le he contado a nadie tu secreto- confesó, mientras Ann se sentaba a su lado- si es tu preocupación.

-Cuando vine a buscar mi varita la señorita Pomfrey estaba presente en su despacho- miró hacia atrás, para asegurarse de que la puerta del despacho permanecía plenamente abierta- y no tuve oportunidad de reclamar una recompensa.

-¿Recompensa?- se burló él.

De vez en cuando, había pillado a alguna pareja de alumnas, o grupito, mirando por la puerta de la enfermería cómo Yem trabajaba. Sabía que llamaba levemente la atención, ya que las novedades siempre lo hacen, y sobretodo al sexo opuesto. A pesar de que Yem no era un chico especialmente guapo, era mayor, y supuso que eso debía de ser lo que despertaba cierto interés, que acabaría cuando todos se acostumbraran a su presencia.

Él sabía que el interés de Ann era diferente, que su curiosidad era despertada por otro motivo, y Yem lo asumía como podía, porque no le gustaba demasiado.

Ann respetó un silencio, que, debido a su inteligencia, supo que ambos necesitaban. Pero finalmente, tuvo que hablar.

-¿Quién eres?

Yem tardó en responder.

-No es fácil la explicación de quien soy, y de dónde vengo, y no sé si vas a ser capaz de comprenderlo.

Ann fue cuidadosa.

-Lo intentaré

Yem pareció pensárselo por última vez, pero finalmente, cogió mucho aire.

-Nací muy lejos de aquí. En Australia, en el desierto de Gibson. Ya sabes, allí no hay demasiada gente, o si no lo conoces ya no te trae una imagen demasiado habitada.

Ann siguió el relato, atenta.

-Mi padre era un reconocido investigador, en el mundo mágico- especificó- le fascinaban la magia y sus orígenes, ya que él había sido nacido de muggles y quería saber...ya sabes, desvelar todos esos misterios de porqué hay gente que tiene magia en su interior y gente que simplemente no. Había colaborado un par de veces con Newt Scamander, el reconocido investigador- ella asintió, para demostrar que lo conocía- y también sabía mucho acerca de criaturas mágicas. Eran casi su especialidad, aunque él jamás destacó por ello.

Tomó más aire, despacio.

-En el desierto de Gibson y en el desierto de Simpson, se encuentran los orígenes de una criatura mágica muy común aquí, en Inglaterra, y en Europa y América. Me refiero a los elfos domésticos.

Ann comenzó a atar cabos en su cabeza.

-Supongo que ya habrás estudiado que los elfos domésticos son una mezcla de razas de criaturas muy desarrollada, con el paso de muchos años se han ido haciendo muy numerosos, y teniendo malas relaciones con los magos. Tras muchas disputas, acabaron viéndose en la obligación de ser sus sirvientes. Hoy en día, todavía hay muchos que piensan que ese es su único cometido en la vida, y no quieren vivir para otra cosa.

-Los orígenes de estos elfos se remontan a la mezcla de razas, sí- repitió- una de ellas, solo vive en Australia.

Ann parpadeó varias veces, sorprendida.

-Me explico fatal, lo sé- se disculpó Yem- pero supongo que ya sabes más o menos por dónde van los tiros.

-Lo que tú eres...-comenzó Ann- es algo que precursó a los elfos domésticos...

-Sí- admitió Yem- hace siglos, mi pueblo no se había mezclado con ninguna otra especie, pero poco a poco, empezaron a haber casos de mezclas. Solo los milenios tuvieron que actuar. Ya no queda nadie que no sea mestizo, de algún modo.

Observó con temor a la chica, que confusa, procesaba toda la información.

-Mi padre encontró a la colonia de mi madre. Todos ellos fueron mezclas en algún momento de su árbol con humanos. Eran muy pocos, y ya no estaban a favor de la mezcla de razas, a pesar de que fueron y son un pueblo cuya base siempre ha sido el estudio de la magia y la espiritualidad. Si seguían mezclándose con humanos, al final todos lo serían, y la raza se extinguiría. ¿Me sigues?

Ann asintió, pero siguió callada.

-Y a pesar de todo, estoy hoy aquí. El amor de mis padres pudo con todo.

Silencio.

Más silencio.

El sol se ocultó definitivamente, mientras ambos lo observaban.

-¿Sabes? No tienes mucha pinta de elfo- comenzó Ann, y abrió los ojos como si algo la impresionara- ni siquiera de la idea que los muggles tienen de elfo. Puede que tu rostro deje intuirlo, pero...en cualquier caso, ¿Por qué te ocultas? ¿Por qué usar un hechizo?

-Tuve que abandonar mi hogar por las tensiones de las que te hablado antes. Ellos no querían verme mucho, porque eso significaba un recordatorio de que mi madre había ido en contra del deseo del pueblo, al enamorarse de un mago. Ambos pensaron que sería una buena idea educarme aquí, en Hogwarts. Mi padre es inglés, y había estudiado aquí. El hechizo es por si acaso. No nos gusta ser diferentes, ¿o es que a ti sí?

-¿Te avergüenzas de lo que eres?- preguntó.

-Y tú, Anderson Ann- la chica pegó un leve saltito. Así la llamaban las criaturas mágicas como Atlas, el unicornio- ¿Te avergüenzas tú de lo que eres?

Lo pensó.

-No. No me avergüenzo- determinó.

-Pero aun así, no quieres que nadie lo sepa.

-Tú ya sabias quién era antes de aquella noche, en la fiesta de Skeeter- le reprochó.

-El bosque prohibido desvela muchos secretos. Siempre lo hizo. Y aunque sea solo en una minúscula parte de mi ser, soy una criatura mágica, como todos los que lo habitan- explicó, como si eso lo dijera todo.

Ann lo miró, por minutos.

-Tu secreto estará a salvo conmigo, si los míos están a salvo contigo.

-Lo están, Ann, ya lo sabes.

Se miraron, cómplices. El tiempo parecía no pasar.

Las campanadas los despertaron de sus ensoñaciones. Se sobresaltaron.

-Deberíamos bajar a cenar. Ya es tarde- anunció él.

Ella ya se ponía de pie. Lo miró de nuevo, como si quisiera decir algo más, pero luego se arrepintió.

-Hasta luego, Yem.

-Hasta pronto, Ann.

A cada día se hacía peor.

El primer día que se había enterado de que Albus salía con Cristinne Bennet había sido levemente soportable. Quizás la incredulidad le había servido como anestesia total, y había dolido mucho menos, incluso durante unos días. Pero a cada instante que pasaba, y se daba cuenta de cuánto había perdido, y de lo estúpido que él estaba siendo.

A menudo, Josh solía criticarlo, haciendo referencia a la tontería del chico al empezar a salir con lo que había denominado "bicho" "cabeza hueca" "estúpida" "mala bruja" y otros insultos que ya no sonaban tan bien. Scorpius gruñía de vez en cuando, en un leve intento de estar de acuerdo, ya que lo pasaba mal por Grace.

Ella se limitaba a permanecer en silencio.

Un par de veces, había descubierto al chico mirándola de reojo, pero ella nunca lo miraba. Por dentro, sentía muchas cosas, pero eran sentimientos tan inconexos, que iban desde la rabia, hasta los celos, hasta la desesperación...no sabía muy bien cómo se sentía.

Un día, cuando abril ya se aproximaba y llevaban ya un tiempo considerable saliendo, parece ser que Albus se cansó de esperar una reacción que parecía no llegar, y chocó con ella antes de clase de pociones. Ambos iban solos, en un intento del destino de recordarles que tal vez no podían estar tanto tiempo separados.

-Tenemos que hablar- le dijo Albus, en la semioscuridad de las mazmorras.

-¿Ah, sí?- ironizó ella- yo creo que no tenemos absolutamente nada de qué hablar.

-No, si está claro que eso es lo que piensas- le reprochó- llevas sin hablarme semanas.

-Disculpa, pero pensé que a lo mejor estabas un poco ocupado- dijo, haciendo referencia a la constante presencia de Christinne. A la hora del desayuno, en las clases, a la hora de comer, por las tardes...

Si fuera por ella, hasta dormiría ya con él.

-Grace...-comenzó Albus, con cierta desesperación- no podemos al menos... ¿ser amigos? Porque no puedes negar que estamos tensos por...todo lo que hablamos en su día, y no quiero perderte del todo. Piénsalo, por favor.

-Aunque lo intentara-contestó, después de pensar su respuesta- Bennet no me dejaría acercarme a menos de dos metros de ti. Te has buscado una novia calamar- la insultó.

Él miró hacia arriba, chasqueando la lengua. Después la miró, con leve desafio.

-¿Eso es un "no"? ¿Otra vez?

Grace pareció bloquearse.

-Lo pensaré- dicho esto, se alejó de él como pudo, intentando llegar al aula de pociones.

Debería de haberse dado cuenta antes de que la relación entre ambos consistía en Albus intentando llamar la atención de ella, u obtener cierto cariño, mientras ella lo único que hacía era parecer ponerlo a prueba a él mientras a la única a la que se ponía a prueba era a sí misma. ¿A quién quería engañar? Grace no quería cambiar. Era fría, directa, insensible. Siempre lo había sido, desde muy pequeña. La presencia de Albus había perturbado completamente su esencia. Prometió que Josh y Scorpius era a los únicos chicos de su edad que iba a querer, por cómo era ella, por cómo había sido la reacción con su madre, siempre esporádica y falta de amor, por su relación con Michael, de odio mutuo o indiferencia.

Pero entonces había llegado él, y ahí es cuando había empezado a poner en duda todo lo que ella era.

Tenía miedo de estar cambiando, o de haber cambiado y no haberse dado cuenta. A menudo se sorprendía teniendo alguna que otra conversación con Rose que jamás había tenido un año atrás: nada especialmente confidente, pero sí con chispas de complicidad. El corrosivo odio hacia Michael desaparecía poco a poco, al no verlo prácticamente cada día y al haber perdido ambos a su madre. Y en cuanto a su madre...estaba muerta, y ya no queda mucho que odiar de alguien que no dispone de más tiempo para seguir decepcionando. Su padre estaba protegido por el cuerpo de Aurores...

Realmente, muchas cosas habían cambiado. Y era normal que ella cambiara con ellas, pero aun así tenía miedo. ¿Y si...

¿Y si bajaba la guardia, y el mundo le hacía daño?

¿Y si bajaba la guardia, y Albus le hacía daño?

No sobreviviría.

Por eso, su trabajo últimamente consistía en alejarlo, una y otra vez. A pesar de que una gran parte de ella, gritaba llamándolo.

Había llorado en una ocasión. Muchas noches después de que Albus y Christinne comenzaran a salir, cuando los celos se habían hecho una insoportable bola de piedra en su garganta. Los había visto juntos muchas veces aquel día y, como reacción, había permanecido ausente del mundo. Pero al caer la noche sobre la sala común de Slytherin, y al ver Josh preocupado cómo Grace permanecía embotada en sus pensamientos, cuando casi todos se hubieron ido a dormir, la llamó.

-¿Grace? ¿Estás bien?

Lo miró, levemente desorientada.

-¿Quieres hablar de Potter?

Grace negó varias veces, todavía ausente. Pero entonces, y solo entonces, con el cansancio del día y los sentimientos acumulados desde hacía días, la anestesia total falló, y se permitió llorar.

Josh maldijo en voz baja, y la atrajo hacia él, entre los cojines, junto a la verdosa luz de la estancia de Slytherin. No hablaron casi, no hacía falta. Él ya sabía lo que su amiga pensaba y sentía, aunque fuera excesivamente difícil de entender alguien como ella.

-Lo mato- dijo, mientras le acariciaba los cabellos rubios, y ella convulsionaba cada poco, derrotada por fin por su propia certeza.

-Es culpa mía- dijo ella- me daba tanto miedo...y al final... lo he perdido.

-Ya...-la consoló- ya pasó. No lo has perdido. Solo...tienes que darte cuenta.

Solo Josh y la oscuridad de la noche acompañaron su dolor.

El sol primaveral iluminaba todavía los campos de Hogwarts después de las clases de por la tarde. Harley se sentó solo cerca del lago, aprovechando que Albus estaba con su insoportable nueva novia, y posiblemente nadie más lo buscaría a aquelllas horas del día.

El tiempo pasaba lento, como desde hacía mucho ya.

Echó una ojeada a las nubes anaranjadas, mientras sacaba los apuntes de Defensa contra las artes Oscuras, y pensaba en mil cosas a la vez.

Últimamente, había estado diseñando con Ann un plan para sonsacar a Eris Skeeter todo lo que supiera sobre Eizan Harley y la familia Anderson. Le daba vueltas a aquel asunto. ¿Por qué no le había dicho Eizan Harley que tenía una vida, un amigo inseparable, como Albus lo era para él, una prometida...?

Tal vez en el fondo sabía la respuesta, y era que todos aquellos recuerdos debían de doler mucho. Pero no podía evitar sentir que no lo conocía tan bien como él había presumido. Ann y él habían acordado que lo mejor sería esperar a que Skeeter tuviera los ánimos más calmados. Desde la última vez que habían hablado Ann no se había acercado a ella ni ella había buscado un acercamiento, acosando a ningún alumno. Harley no acababa de comprenderlo, pero según Ann Skeeter sufría un duelo por la completa pérdida de Eizan.

También él seguía echándolo de menos muy a menudo, a pesar del paso de los años. Fue la primera persona en demostrarle no solo cariño, sino también aceptación. El traumático recuerdo del señor Harley tendido en el suelo, muerto, lo perseguiría eternamente, como muchos otros recuerdos.

-Hey ¿Qué haces?

Estaba tan distraído en sus pensamientos que no vio que, aunque sí que había oído a alguien aproximarse, no se dio cuenta de que alguien había llegado a su lado.

Ann lo miraba, interrogante.

-Hace un buen día- informó él, a modo de saludo,

-¿Por qué no me avisaste de que estabas aquí? Tienes razón, por cierto.

-Pensé que estabas haciendo otras cosas- se excusó.

Ann se encogió de hobros

-En la biblioteca, como siempre.

-Ya te la debes de haber leído entera, Ann- le dijo.

-No sé...-pareció perderse entre sus propios pensamientos.

Se sentó junto a él.

-No he venido a hablar de nada en concreto- comenzó- pero sí a hablar contigo. ¿Cómo estás? ¿Estás bien?

Harley la miró directamente, por primera vez desde su encuentro.

-¿A qué te refieres?- inquirió.

-No tienes muy buen aspecto estos días. Estás como una mezcla entre...angustiado y ausente.

Harley miró de nuevo al horizonte, y luego echó la vista abajo, mientras arrancaba hierbas con una mano, nervioso.

-He tenido muchas cosas en las que pensar últimamente.

Ann no añadía nada más.

-Ya sabes a lo que me refiero- continuó él.

Suspiró.

-Más o menos.

Se miraron, unos segundos.

-Ya sabes que puedes contar conmigo...-lo invitó Ann.

-Hace mucho que para mí es un interrogante quién soy, y más o menos intento responder a esa pregunta observando mis acciones. Pero a veces se hace duro porque no sé...en fin, más o menos consigo definirme. Pero a veces hay que tomar decisiones, y escoger entre huir o quedarse, decir la verdad o mentir...y todos sabemos la teoría, pero quizás la teoría no se aplique a la práctica. O al menos, no conmigo. Y muchas veces...no sé qué hacer.

A Ann le dio miedo preguntar, pero aún así lo hizo.

-¿Tiene tu...confusión mental, algo que ver con Rose?

Harley exhaló aire, deprisa.

-Supongo que ya sabrás que me perdona por lo que le hicimos.

-Lo que le hiciste- corrigió Ann.

-Lo que le hice- aceptó él- Está bien. Pues...ya debes de saber el resto.

Ann miró también a lo lejos.

-Rose no es de las que se rinde, aunque pueda parecer que sí. Es lo que más me gusta de ella. No se hace la fuerte: lo es, y punto.

-Ella no debería de estar rondándome más- se quejó Harley- está Andrew, está mi enfermedad...están mis mentiras. Hay muchas veces que no quiero alejarla, pero ella no está siendo muy lógica ahora mismo.

Ann lo miró, durante varios minutos.

-Nunca habías estado tan enamorado, Harley.

-¿Por qué dices eso?- le dijo, casi de mala gana.

-Porque eres capaz de pensar qué es lo mejor para ella en lugar de lo que quieres tú. Pero piensa esto... ¿no te das cuenta de que como peor lo pasa ella es estando sin ti? ¿No te han servido todos estos meses para darte cuenta?

-Incluso aunque ella me perdonara y yo cediera... ¿Qué hay de tu hermano?

Ann negó varias veces.

-Mira, no puedo estar segura de que mis visiones sean ciertas...-como vio que Harley iba a decir algo, en seguida continuó- pero aunque lo fueran... ¿cómo sabes por qué han pasado las cosas? Es decir... ¿y si Andrew está ahí para Rose porque...llegará un momento en el que se canse de esperarte?

-Pero ella será feliz.

-¡Pero tú no, Harley!- protestó.

-Sinceramente...no creo que sea por eso.

Ann no tuvo que preguntar nada, porque conocía todos sus miedos.

-¿No salgo en ninguna de tus visiones, verdad?

-Hay mucha gente que no sale, Harley.

-Ya, pero yo no salgo- insistió.

-Y yo salgo completamente inconsciente... ¿Me ves preocupada por ello?

-Al menos tú sabes que estarás viva- le dijo, con un tono que no daba mucho lugar al chiste.

-No morirás- aseguró Ann. Y el miedo que había tenido alguna que otra vez, afloró un poco en aquellas palabras.

Harley rio, irónico.

-No pasa nada, Ann. Los dos podemos tener miedo. Pero no me juzgues por actuar pensando que podría estar muerto mañana, y que la gente puede ser feliz sin mí.

-¿Si mañana muriera Rose, tú serías feliz la semana que viene? ¿Te enamorarías de otra?

Harley la miró, como si hubiera dicho una blasfemia.

-¿Entonces por qué piensas que ella lo haría contigo? ¿Después de todo lo que ha hecho por ti, en serio puedes pensarlo?

-Se puede amar a dos personas- afirmó Harley, mientras la miraba para que se sintiera aludida.

-Pero no de la misma forma- respondió, entendiendo qué quería decir.

Él pareció derrotado.

-Rose te ha aceptado tal y como eres. Incluyéndome a mí en tu vida, tus dudas y tus miedos. Y aunque te tortures por ello, también te acepta con tu enfermedad- Harley desvió la mirada. Ann se detuvo unos segundos- Todo lo que tienes que aceptar de ella son sus defectos, y un futuro a medio desvelar del que no la puedes culparla todavía.

El chico no contestó nada, y Ann se quedó contemplando el atardecer con él.

Grace bajó tarde a desayunar aquel día, como casi siempre. Nada parecía diferente. Sin embargo, al sentarse, Josh la observó por largo rato, mientras la chica comía. Scorpius leía una revista, distraído.

-¿Gracey?

La chica levantó la mirada.

-¿Sí?- ni siquiera parecía molesta porque la hubiera llamado así.

-¿Cómo estás?

Ella lo miró, como si no lo entendiera.

-Bien. ¿Por qué lo preguntas?

Hasta Scorpius levantó la vista del periódico. La Slytherin llevaba días sin estar bien.

-¿Estás bien?- preguntó él de nuevo. Tras largos días de duelo por Albus, de un día para otro, parecía como si nada hubiera pasado.

Ella lo miró, segura de sí misma y levemente desafiante.

Como siempre.

-Perfectamente.

Miró a Scorpius, como si él también tuviera algo que decir y ella se lo esperara. Pero él se limitó a encogerse de hombros.

Josh la miró, interrogante.

-¿Y por qué estás perfectamente?

-¿Y por qué no?- contestó, comenzando a enfadarse.

Él levantó una ceja.

Grace bufó.

-No pienso estar más tiempo arrastrándome por los rincones, si a eso os referís- aclaró.

-Nos parece bien. ¿Verdad, Scor?

El rubio pareció dudar sobre lo que decir.

-Claro- añadió, finalmente.

-Pues ya está- zanjó Grace.

Los chicos se miraron.

Harley observaba asqueado como Albus y Christinne mantenían una conversación de novios cursi y sin sentido, mientras su plato permanecía con una tostada de mermelada mordisqueada. Ann, desde no muy lejos, procuraba no observarlos demasiado, sin demasiado éxito. Finalmente, Harley suspiró y se sentó al lado de su amigo, alejándose.

-Vomitivo- lo describió, en una palabra- se me ha quitado el hambre- añadió, mientras Rose dejaba sus cosas en el banco de enfrente, y se sentaba para desayunar. Él la observó cogerse comida en el plato con una mano mientras con la otra repasaba una lista que sostenía, y que probablemente fuera de Historia de la Magia- hubiera preferido mil veces a Wilson. Pero no, tenía que ser Bennet, porque Bennet me ha caído siempre taaan bien...- irónizo- No la soporto.

-De hecho, Grace no está nada mal cuando la conoces- añadió Rose, todavía distraída- es muy lista e ingeniosa. Y su mal humor suele ser muchas veces...-se detuvo unos segundos, subiendo la vista del pergamino y deteniendo su desayuno- entretenido.

Ambos la miraron.

-No durarán mucho- vaticinó Ann.

-Eso espero- dijeron Rose y Harley a la vez. Se miraron, incómodos.

Ann inspiró hondo.

-Tengo que ir a la biblioteca a devolver un par de libros- anunció, incorporándose- ¿nos vemos en clase?

-Voy contigo- dijo Harley, atropelladamente.

-Me dijiste que querías acabar de desayunar- mintió- y yo tengo prisa.

Cogió su bolsa y se marchó, y Harley la maldijo. Su mal humor iba en aumento. Y acababan de dejarlo solo con Rose- ignorando el bullicio habitual del gran comedor, que ya no era tanto debido a que ya era tarde.

Tragó saliva. La pelirroja también se había puesto más tensa, pero disimulaba mejor que él.

Recordó lo que había hablado con Ann.

-¿Crees que seguirá pasando?

Rose lo miró.

-¿El qué?

La miró.

-Ya sabes.

-Oh, eso...puede ser que sí. No lo sé. Llevas días evitándome- dijo, como excusa. Él se refería a lo que les había pasado la últimas veces que habían estado en contacto el uno con el otro.

Él miró a sus manos, y Rose se sintió observada.

-Me gustaría comprobarlo. Si no te molesta. Solo un segundo.

-No me molesta- dijo ella- pero aquí no puede ser- dijo, bajando la voz. Y se giró, buscando a Xantos Scarbot con la mirada. No lo encontraba. Pero sí a unos cuantos de los alumnos de los que sabía que estaban en las reuniones a las que Scorpius seguía invitado, de puro milagro, porque era muy buen actor- se supone que sigo enfadada contigo.

-Deberías.

-Ya, bueno- rebatió ella- eso es asunto mío. Espérame antes de clase, en la torre del reloj, arriba del todo.

-Lo haré.

Albus se giró, sobresaltado. Se dirigía por las escaleras a clase de Defensa Contra las Artes Oscuras cuando escuchó una voz tras de sí, que no esperaba oír, o que en el fondo, esperaba mucho oír.

Grace lo esperaba, serena, con su libreta bajo el brazo y el pelo recogido. Varios mechones caían sobre su frente.

-¿Qué harás, qué?

-Ser tu amiga- concluyó, con un tono que hacía mucho que no le oía emplear. Se había acostumbrado al tono de reproche, al de desesperación...una parte de él rebotó de felicidad al volver a escucharla así, normal, sin problemas- si tú quieres, claro.

Albus se aproximó a ella, con una sonrisa.

-¿Lo dices en serio?

-¿Tengo pinta de querer bromear con esto?

Grace observó la sonrisa de Albus. Era tan sincera...cómo si de verdad la hubiera echado de menos.

Definitivamente, no estaba acostumbrada a sentirse querida de esa forma. Sonrió, inevitablemente también.

Se abrazaron, de mutuo acuerdo, y los se sintieron más completos, como si hubieran estado buscando ese calor durante mucho tiempo.

Ella fue la primera en separarse, carraspeando.

-Bueno...me voy a clase de Pociones, antes de que venga Bennet y me estrangule.

-Bueno...también yo llego tarde.

-¿Nos vemos luego?- inquirió, más como una petición, como una forma de despedirse.

-¡Claro!- afirmó, mientras se alejaba.

Antes de irse, chocó con alguien. Y en seguida se dio cuenta de que no podía haberse tratado de un accidente.

-¿A qué juegas, Wilson?

Grace tuvo que alzar un poco la cabeza para mirar a Christinne a los ojos, con la frialdad que la caracterizaba y que utilizaba apropiadamente en las mejores ocasiones. La Gryffindor parecía arder de rabia por dentro, y por fuera, cosa que a la Slytherin tardaba en notársele.

-¿A qué juego?- repitió, con una falsa inocencia.

-Sí, a-que-juegas- repitió despacio, prácticamente siseando- primero te alejas de Albus y luego te arrojas a sus brazos como haciéndole un puro favor. Lo siguiente será quedártelo para ti.

Ella levantó las cejas, fingiendo sorprenderse.

-No sabía que fuera tan frívola.

-Él está ahora conmigo- remarcó, haciendo grandes gestos. Su chulería carecía del temple de la de Grace- finalmente, y no lo vas a estropear. Has perdido- le notificó- tuviste la oportunidad y lo dejaste pasar. Asúmelo.

-Tienes razón- admitió Grace, asintiendo levemente- tú estás con él porque yo no quise. Lo que te convierte inevitablemente en un segundo plato, ¿no?- fingió que lo reflexionaba, interesada.

-¿Cómo te atreves?- se indignó, con un leve chillido desagradable, e hizo un gesto hacia su túnica que solo podía implicar sacar su varita. Unos cuantos las miraban desde lejos, pero Albus ya distaba de aquel lugar.

Grace hizo otro tanto, pero ninguna de las dos llegó a enarbolarla. Solamente se miraron, desafiantes. La rubia aún conservaba la calma, pero el brillo verde de sus ojos se volvió un poco más rojo.

-Hazme un favor, Bennet. No juegues a juegos que no llevan tu nombre, porque acabarás perdiendo- vaticinó.

-¿¡Me estás amenazando!?

-Ni mucho menos.

Tras unos minutos, hizo lo que Rose le indicó y el chico subió a la torre del reloj, con miedo de lo que podía pasar, o con miedo de lo que podía salir de él, si lo dejaba salir. Ella llegó más tarde, porque Harley había sido el primero de salir del gran comedor. Al verla aparecer, se tranquilizó un poco. Es decir, era Rose. Solo Rose.

-Nadie puede vernos desde aquí- dijo como saludo, tendiéndole la palma extendida.

La chica se aproximó, descolgándose la bolsa.

-Sea como sea, mis convicciones van a seguir siendo las mismas...

Harley esperaba casi ansioso que se rindiera a la evidencia, pero a cada día que pasaba ella parecía más segura de las palabras que le había dicho aquel día.

-Lamentablemente, sí.

-¿Sabes? Grace y Albus no son tan diferentes a nosotros, si lo piensas. Grace tiene miedo, Albus la esperó...y la sigue esperando ahora, aunque no se lo parezca a nadie. Lamento decir, que he sido yo la que le ha aconsejado que saliera con otra chica.

-¿Que has hecho qué?- preguntó, sorprendido.

-No me esperaba que fuera a ser Christinne, me esperaba alguien un poco más...en fin. A donde quiero llegar es que eso es lo único que nos diferencia de ellos. Que ellos necesitan perderse, y tú y yo ya nos hemos perdido muchas veces.

-Por qué suenas tan segura de que quiero lo mismo que tú- preguntó, sin preguntar.

-Porque me dijiste una vez que querías. Y para mí es suficiente garantía.

Cogió la mano de Harley con la suya, y se tocaron. Rose sintió esa calidez típica de Harley, ese olor que penetraba poco a poco en ella, y la sensación de rozar su piel, tan conocida, y a la vez por conocer. Pero ya no sintió ese hechizo sobre ella, que anulaba todo lo bonito que había sentido realmente con él.

En cambio, la expresión de él cambió. Seguía allí. El corazón se le encogió, y le subió hasta la garganta. La necesidad de cercanía aumentó por mil, obnubilándolo.

Ella, fascinada por el cambio no notó que la distancia entre ambos se acortaba, despacio.

-Ha desaparecido- dijo, con una sonrisa.

-Para mí es peor- notificó Harley- dijo, mientras la miraba, como reprimiendo algo en su interior.

Rose tardó en asumirlo.

-¿Peor? ¿Cómo puede ser peor?- razonó, exasperada.

Lo miró, y lo que vio le hizo arder por dentro. Los ojos negros la taladraban y la atravesaban, y se perdió en ellos, como muchas otras veces. Y la cercanía la hechizaba sí, pero de la manera más natural posible que se conoce.

No pensó en el momento en que estaba mal obligar a alguien en contra de su propia voluntad a querer, pero lo contrario era apartarse, y no podía hacer eso. Más bien no quería.

Ignorando aquella noche en la fiesta de Skeeter, recordada como un sueño o algo que no había vivido realmente ella, hacía mucho que no besaba a Harley, y todo su ser lo recibió con electrizantes chispas que subían y bajaban por todo su cuerpo, a placer. Había olvidado el dulce calor, el roce de su mano sobre su mejilla, la calidez de su boca...el vacío que se llenaba. Era como una composición perfecta, amoldada a ella, inexplicablemente.

Para él resultaba mucho más confuso. Claro que en lo más hondo de su ser deseaba hacerlo, pero seguía existiendo esa parte de él que peleaba. Y casi no se dio cuenta de que la magia desaparecía cuando la besaba, porque la atraía hacia ella, y ya estaba con ella, y otra magia diferente ocupaba su lugar, el lugar que siempre le había correspondido por derecho. Y aquel beso solo le recordaba la verdadera razón por la que era Rose, y no cualquier otra: ni Ann, ni Emily...ni ninguna. Porque Rose lo amaba incondicionalmente...y él había ido enamorándose de ella también, con el paso de los años. Eso la diferenciaba. Aquella era su verdad.

Ella pareció darse cuenta de que aquello estaba mal en un par de sentidos, porque lo separó de ella y se alejó también.

Tras un par de segundos, inspiró, mientras observaba cómo la mirada atontada de Harley se recomponía.

-Lo siento, de verdad- se disculpó ella- tenía que haberte parado antes...

El silencio se instaló entre ambos, mientras se perdían cada uno en sus pensamientos.

-Ahora entiendo por qué nadie podía vernos- comentó, con cierto tono mordaz.

-Ya no siento el hechizo...-reflexionó Rose.

-Ya- jadeó- pero yo todavía sí.

-Eso es lo raro. Que solo haya desaparecido en mí.

-Tal vez quien nos haya hechizado opina que es más divertido así.

-¿Crees que inconscientemente puede tratarse de Ann?

-¿Y por qué iba a querer Ann hechizarnos, consciente o inconscientemente?- rebatió Harley.

-Porque tengo una sospecha de por qué ha desaparecido en mí, y no me parece un hechizo dañino, así que no creo que nos lo haya hecho alguien que quiera hacernos daño.

Harley calló. El reloj comenzó a dar las siete y media.

Cuando terminó de sonar, habló.

-¿Por qué crees que el hechizo sigue en mí y en ti ha desaparecido?

-¿De verdad quieres oírlo?

-Supongo.

-Porque yo he aceptado lo que siento y tú no.

Harley alzó las cejas y se movió a los lados, mirando al techo.

-Claro, podría probar, a ver si es eso- ironizó.

-Pues estaré esperando, como prometí- contestó, altiva. Recogió su bolsa del suelo- llegamos tarde a clase.

Scorpius llegaba tarde a los entrenamientos de quidditch. Bajó corriendo las escaleras que llevaban del castillo a los vestuarios del campo, prácticamente saltando, y con la bolsa golpeándole en los riñones. Entró atropelladamente y abrió la puerta del armario que le correspondía, con rapidez. En seguida, la adrenalina le bajó un poco, y se dio cuenta de que no estaba solo.

Se giró, y vio a Xantos Scarbot y a unos cuantos alumnos más, mirándolo serios.

-Buenas tardes, Scorpius.

Él frunció el ceño.

-Pensé que estarías ya entrenando.

Pero allí había gente que no estaba en el equipo, y gente que faltaba, como Grace, por ejemplo. Y no iban vestidos con el uniforme del deporte.

-¿Tienes alguna idea de por qué mi padre me ha dicho que te alejemos de todo, porque no eres de fiar?

Scorpius se paralizó.

Frunció el ceño, intentando aparentar calma.

-¿Qué tu padre te ha dicho qué?

-Que debería de dudar de tu lealtad para con nosotros. Y dudo. Llevo dudando días. Desde que a Rose Weasley se le ve más pegada a sus amigos que a ti. Y francamente, no va a ser nada difícil prescindir de ti. No nos has aportado nada.

Scorpius rebuscó en busca de su varita, pero era un poco inútil.

-Rodeadlo- ordenó Scarbot.

El collar que Scorpius llevaba al cuello empezó a desprender calor sobre su pecho, y la chapa metálica ya era roja, como la sangre que iba a derramarse.