Capítulo 245. Una oración hecha de violencia
Tras una acelerada lectura de la enrevesada historia de las Guerras Santas a lo largo del tiempo, Kanon de Géminis se sentía más ignorante que antes de haber empezado. Era demasiado conocimiento como para que un mortal, incluso uno como él, lo procesara todo. Harían falta décadas, quizá siglos de concienzudo estudio, para entender los innumerables porqués de cada suceso y ver tras ellos los grandes planes de los dioses.
Cuando menos, pudo conocer el origen de los Astra Planeta, si bien el texto se centraba más en los dioses del Zodiaco, los santos de oro de la primera Guerra Santa que, por vivir demasiado, terminaron emborrachándose de poder. El volumen sobre la Guerra de Troya, en realidad, no era tan duro con estos como los anteriores. Ya habiendo enumerado los pecados de los hombres y de quien los dirigía, Pirra de Virgo, aquella a quien sin duda correspondía la tumba desgarrada bajo la Torre del Reloj, el autor daba muestras de sentir empatía por la resistencia que ofrecieron. Eran los peores seres vivos que algún día pisaron la Tierra, con una sed de batalla que jamás sería saciada y una ambición que, en verdad, no tenía límites. Lo que querían, lo tomaban; lo que les estorbaba, lo destruían sin misericordia. Muchas veces realizaron los más abyectos crímenes tan solo por el aburrimiento que arrastran quienes viven demasiado. No obstante, eran seres insignificantes presentando un desafío abierto a los cielos. ¿Cómo no admirar a la hormiga que se alza ante el mundo, dispuesta reafirmarse? La distancia entre esas diminutas criaturas y el planeta Tierra no era nada frente a aquella que diferenciaba al más débil de los dioses del Olimpo con el más poderoso de los hombres mortales. Si es que debilidad era un adjetivo que pudiera aplicarse a una deidad. Por tanto, ese conflicto que marcó el fin de la temprana era mitológica, de diez años en la Tierra y acaso un milenio si se atendía al flujo temporal de las Otras Tierras, presentaba una gesta admirable, así como un aviso. El poder no bastaba para los Astra Planeta.
Kanon estaba seguro de eso. Los dioses del Zodiaco poseían mantos celestiales y aun así cayeron. Pirra de Virgo fue un paso más allá de sus compañeros, de sus siervos, y aun así cayó. El santo de Géminis dudaba de haber estado a la altura de los primeros incluso cuando portó el manto celestial, al que ahora no podía recurrir. ¿Qué le quedaba ahora, sino confiar en su capaz discípulo? Arthur era más, mucho más que poder.
—Ser inteligente no basta —decidió Kanon, a modo de despedida. Veía los libros que había leído de forma acelerada—. Tener poder no basta.
En cierto momento, Palas llamó a la puerta, que se deslizó. Estaba entreabierta.
—¿Ya te has decidido? —preguntó el señor de la ciudad de los ángeles.
—Sí —respondió Kanon, antes de girarse hacia él—. Gracias, me has ayudado mucho.
Como el primer ángel amable con el que se había topado, el santo de Géminis podía esperar muchas cosas, excepto que le tendiera la mano como si fuera un igual.
Kanon correspondió el gesto.
—Has sido un huésped más educado de lo que esperaba —reconoció Palas.
—Lo mismo puedo decir de ti como anfitrión —dijo Kanon—. Al fin sé cómo nos han visto los dioses todos estos siglos. Al fin sé por qué quieren nuestra destrucción.
El Señor de la Ciudad asintió separándose y dejando pasar primero al santo de Géminis. Una vez este salió, Palas cerró la puerta con sumo cuidado.
Ambos se internaron en los laberínticos pasillos del palacio, sin que la presencia de Europa, Alastor o Bhunivelze se hiciera notar en ninguna parte. Kanon llevaba el manto de Géminis, Palas vestía ropas sencillas. Aun así, era claro quién estaba en desventaja.
—Dudas de tu fuerza —observó el Señor de la Ciudad.
—No tengo dudas a ese respecto, sino certezas —repuso el santo de Géminis—. Mal que me pese, tengo que acceder a la propuesta de Bhunivelze.
El Señor de la Ciudad no se mostró sorprendido por que hubiese una propuesta, para empezar, ni tampoco se alteró en ningún momento según Kanon le contó los detalles. Por un rato se limitó a escuchar, atento, antes de dar una opinión.
—Con un manto celestial podrías sobrevivir —comentó Palas—. Eso es verdad.
—Lo sé —dijo Kanon—. Sin embargo, no es esa la parte de la propuesta que me veo obligado a aceptar. —Podían acusarlo de orgulloso y estarían en lo cierto, al menos en parte. La lucha de los santos de Atenea era, sobre todo, una forma de redención. Los garantes de la paz y la justicia en la Tierra eran en realidad los legatarios de la vieja humanidad, aquella que debía ser purgada por el diluvio universal. El santo de Géminis no deseaba volver a robar las bendiciones que solo a Atenea le correspondía dar—. Me basta que colabore conmigo…. —De pronto calló, si bien continuó avanzando.
—Habla, muchacho.
—Sabes que me iré de aquí a matar a uno de los generales del Olimpo, ¿cierto?
—Lo sé.
—Para nosotros, los Astra Planeta son un dolor en el trasero. No hay manera de convencerlos de que el Santuario no desea hacerles la guerra.
—Porque en la época que vivieron muchos afirmaron querer la paz y luego cambiaron de parecer —explicó Palas—. La Guerra del Hijo rompió con todos los convencionalismos de las Guerras Santas. Me gustaría decir que no está entre mis volúmenes por lo larga que fue, más de lo que fueron las demás en conjunto, mas estaría mintiendo. No está porque los dioses del Olimpo, en su sabiduría, entendieron que era mejor que los dioses, los hombres, los númenes, los gigantes, los ángeles y todas las criaturas de este universo la olvidasen junto a todo lo que está más allá del Jardín de las Hespérides. Yo, que como Señor de la Ciudad estaba exento, bebí de las aguas del Leteo porque no podía soportar ese conocimiento. No completo. Solo me quedó la sensación de que fue sin lugar a dudas la peor época, la peor guerra.
Allí, en la soledad de aquellos pasillos interminables, se desvanecieron las esperanzas de Kanon de entender qué era la Guerra del Hijo. Quién era el Hijo.
—Ellos detuvieron la peor guerra. Ellos son héroes, para el Olimpo y para vosotros.
Palas asintió.
—Les tenemos en alta estima.
Ambos se detuvieron a la vez, como entendiendo lo que cada uno pensaba.
—En ese caso… —Kanon apretó los puños.
—Has leído la Guerra de Troya —le interrumpió Palas—. Sabes las emociones que me provocan esta clase de situaciones. La resistencia de un grupo pequeño frente al poder absoluto. Urano frente a los primigenios, los titanes frente a Urano, los olímpicos frente a Crono… A veces mi corazón está con el poder predominante, a veces con los rebeldes. ¡A veces rechazo el resultado de la guerra! Mas, saben las Moiras que mi corazón está del lado de los débiles, aun cuando los odio a ellos y a lo que hacen.
—¿Nos odias? —cuestionó Kanon, sacudiendo pronto la cabeza—. Estando en tu lugar, me desharía de aquel que pudiera causar un caos irreparable.
—Aplastar a una hormiga solo porque tal vez podría dar muerte a un gigante. —Palas se acarició la barba, pensativo—. ¿No es esa la forma en que empezaron tus tribulaciones, santo de Géminis? Caronte de Plutón vino a la Tierra por una posibilidad. Abusó de su poder, que es infinito, y aprovechó vuestra debilidad, que también lo es. Lo hizo porque se lo ordenaron y se lo ordenaron para evitar un caos irreparable. ¿Qué se logró con ello? Caos. Muchos de los míos tendrán que pagar por esa medida preventiva.
Al punto Kanon entendió que aquello tenía que ver con los asuntos de ángeles que mencionó Palas antes de que empezara a investigar, por lo que no siguió por ahí.
—Estamos decididos a vencer —dijo el santo de Géminis.
—Es imposible que lo hagáis —repuso Palas—. Ahí está la gracia, ¿no? Mandándote a ti, un hombre sin poder, al Jardín de las Hespérides, tan solo devuelvo las cosas a su estado natural. Si lo imposible ocurre, no es problema mío, mas, ganes o pierdas, tu desafío hacia el poder, el auténtico poder, seguirá siendo admirable. Además —añadió, cortando una réplica del santo de oro—, como ya te ha dicho, la dama Dafne dio su consentimiento. No iría tan lejos como para decir que el Olimpo ampara vuestra cruzada, mas sí que permitiré que sea la justicia quien decida el vencedor de esta contienda. Ve en paz, santo de Atenea, pues ningún mal te deseo.
Se miraron por un tiempo, ángel y humano, sin que nadie añadiera nada más. Después, el Señor de la Ciudad inclinó la cabeza en señal de despedida y dio media vuelta.
—Eso somos —comentó Kanon, rompiendo el silencio—. Un ejército de hormigas buscando matar a un gigante. —Mientras retomaba la marcha, la ironía le hizo sonreír. Tenía sentido haber dado tantas vueltas a la Guerra de Troya. No era solo porque allí estuviera el origen de los Astra Planeta, ni porque la presencia de estos en las Guerras Santas se esfumaba después, sino por la similitud de la cruzada que pensaban llevar a cabo con aquel acto definitivo de rebelión que dirigiera Pirra de Virgo—. El principio y el fin son uno y son lo mismo. ¿Lo son? —se cuestionó a no tardar.
Kanon creía haber encontrado pistas bajo la lectura de aquel acontecimiento clave, la Guerra de Troya, sobre todo cuando empezó a relacionarlo con lo que sabía de la Guerra del Hijo y los actuales Astra Planeta. Entre quienes derribaron a los dioses del Zodiaco no se contaban ni Caronte de Plutón, ni Tritos de Neptuno, ni Fobos de Marte, la entidad que contactó con Azrael. Ello tanto podía significar que la primera generación fue destruida, cuanto que había un muy buen plan de pensiones en el Olimpo. No obstante, según supo, con la excepción de los regentes de Júpiter y Saturno todos los Astra Planeta fueron escogidos por ser los mejores guerreros sagrados al servicio de los distintos dioses del Olimpo. Más aún, se les hizo pasar por un ritual en el que sacrificaban su existencia mortal, fundiendo mente, alma y cuerpo en una sola existencia que no conocería ya la vida y la muerte, sino la existencia y el olvido. En cierto modo, aquella suerte de apoteosis era también un sacrificio, no había marcha atrás. En consecuencia, que hubiese nuevos regentes de Plutón, Neptuno y Marte, suponía que los anteriores habían muerto. ¿Cómo? Parecía obvio que solo un dios podría lograr tal prodigio, tanto por lo que Kanon había leído sobre su fuerza cuanto por la forma en que reaccionaron los Astra Planeta a la posibilidad de que Poseidón fuese liberado. Aun así, la Guerra del Hijo parecía ser el principal conflicto en el que los campeones de los dioses lucharon, y era más bien cuestionable que guerreros de la talla de Orestes de la Corona Boreal exigieran tal muestra de fuerza. Si se tenía en cuenta que la gesta de Belerofonte de Pegaso, quien hirió a Hades a costa de sacrificar su propia vida, no alteró en lo más mínimo a los Astra Planeta, mientras que sí lo hizo el milagro de Elíseos, podría intuirse que el problema no era que los hombres obtuviesen poder, ni que un dios despertase antes de tiempo, sino que ese poder estuviera dirigido en contra del monte Olimpo. Cuando la amenaza era a los cielos, los Astra Planeta intervenían.
—Intervienen incluso si el enemigo es un dios —había entendido Kanon durante la lectura—. En verdad, esta batalla no es una cuestión de poder.
Había dunamis involucrado en la transformación de los Astra Planeta. El paso de una vida mortal a una existencia infinita, la llamada sublimación, estaba respaldada por la divinidad, como si desde un principio hubiesen sido ideados para confrontar a deidades contrarias a los dioses del Olimpo. Ni los dioses del Zodiaco, ni Kanon de Géminis, ni el Santuario entero, en cualquier época, tenía nada que hacer contra esa fuerza ilimitada. Solo contra la base, perecedera, tenían una oportunidad. El más poderoso guerrero sagrado de un dios podía ser todo lo fuerte que quisiera, pero siempre y cuando sangrara, podría morir de algún modo. Esa fue la punta del hilo que encontró Kanon tras estudiar por largo rato aquel volumen, después debió seguirlo a través de otros textos y relatos que había pasado por encima. La existencia de la espada de Hades como un regalo de la Muerte hacia su señor diferenciaba entre quienes nacieron inmortales y quienes lo lograron después de nacer. Aquel era un principio universal, de manera que la sublimación no podía escapar de él: los Astra Planeta eran inmortales, pero no nacieron como tales; incluso quienes antes del ritual poseían una vida sin límite, como podía ser el caso del espíritu que recibió el laurel de Saturno, obtuvieron una existencia muy distinta, sublimada, perfecta. ¿Los dioses permitirían tal cosa sin un plan de contingencia? Kanon lo dudaba. Repasando el origen de aquella élite sin parangón, se hizo una imagen clara de ellos. Eran más de lo que dejaban ver. Más que criaturas humanoides. Eran las Esferas de Crono. Eso eran el cuerpo, el alma y la mente de un astral. No obstante, lo que fueron bien podría permanecer de algún modo.
Al final, cuando Palas vino a llamarlo, había decidido que la clave estaba en los pensamientos de los Astra Planeta. Ellos, a buen seguro, recordaban lo que eran antes de servir al Olimpo. Nada parecía indicar lo contrario. Existía un lugar en el que almacenaban sus memorias, un lugar que era la raíz de su existencia inmortal. ¿Si se destruía aquel símbolo de lo que fue, el astral sería destruido, consumido por el olvido? ¿Podía un edificio inmenso y robusto seguir sosteniéndose sin sus cimientos?
«Tal vez no sean destruidos —decidió Kanon—. Tal vez, sin una voluntad fuerte, las propias Esferas de Crono se encargan de consumirlos, siendo necesario un sustituto.»
Era solo una teoría, pero estaba dispuesto a apostar por ella.
Rezaría por ella, con sus puños de oro.
Gracias al conocimiento de que había algo extraño en el laberinto, Kanon, quien despierto a la Octava Consciencia recorría en solitario los pasillos mientras reflexionaba sobre la estrategia a seguir contra Caronte, pudo esta vez localizar el cosmos de Nova Astreo, reconocible tras su último encuentro. Se preparó para abrir la Otra Dimensión, decidido a entrevistarse con él, sin embargo, una fuerza notable, aunque inferior a la del ángel del Juicio lo envolvió antes, transportándole a la fuerza.
Se trataba de Europa, ángel de la Duplicidad.
—Te llevaré a donde quieres —aseguró Europa mediante telepatía.
Para entonces los pasillos del palacio tenían una apariencia más sideral. Infinidad de portales hacia otros tantos lugares flotaban en medio de un espacio ilimitado.
—Prefiero ir por mi cuenta —repuso Kanon por la misma vía. Elevando su cosmos hasta el paroxismo, rechazó la presencia omnipresente del ángel, quien se alejó enseguida. Después, buscó el portal adecuado y voló hacia allí.
Aterrizó en un suelo negro sobre un mar de luz blanca. Ya para entonces sabía que era la aguja de un reloj inmenso, parte del rincón del palacio que según dejó caer Nova Astreo encarnaba el tiempo. También supo que estaba paralizada, detenida.
El santo de Géminis miró hacia adelante, donde la estatua inmaculada de un ángel flotaba en sus trece metros de altura. Como las glorias de otros guerreros celestiales, aquel coloso poseía, sobre todo, un color platinado, si bien interrumpido por gemas perfectas en los brazos, el pecho y tal vez las piernas. Las hombreras, los guanteletes y las botas tenían la apariencia del cristal, a semejanza de las construcciones que Kanon recordaba haber visto en su batalla contra Sariel. Del mismo material, fuera el que fuese, eran la corona que enmarcaba el rostro humanoide con la forma del fuego, y la infinidad de plumas en las seis extensas alas que le nacían de la espalda.
—Nova Astreo —entendió Kanon en cuanto vio lo que la supuesta estatua sostenía con sus manos de cristal: un arma peculiar, con una hoja de guadaña en cada extremo, apuntando una al lado contrario de la otra. La Danza Eterna—. ¿Esa es tu gloria?
—Así es —retumbó una voz portentosa, agitando el suelo, es decir, la aguja de reloj sobre la que estaba el santo de Géminis—. Una armadura sin igual.
Con un gesto de asentimiento, Kanon dio por buena esa aseveración. Si bien estaba lejos del alba de un astral, la gloria del Juicio poseía bolsas espacio-temporales como refuerzo, podía detectarlo por la misma razón por la que logró percibir el poder de aquel guerrero celestial en el laberinto durante un segundo viaje. En cierto modo, era parecido a las técnicas defensivas de los santos de Flecha y Escudo. Cualquiera que quisiera atacar al portador de aquella armadura, no solo tendría que ser lo bastante fuerte como para destruir materiales forjados en el monte Olimpo, o donde fuera que se forjasen las glorias de los ángeles, sino que también tendría que ser un maestro en las dimensiones. De otro modo, un ataque decisivo correría el riesgo de estancarse en un limbo en el que el tiempo y el espacio funcionaban de un modo distinto. Dos formas de protección de lo más impresionantes por sí solas, que combinadas resultaban en la defensa perfecta.
—Aun así, no es suficiente —dijo Kanon.
—La regente de Urano no requiere ninguna preparación para lograr lo mismo —confirmó Nova Astreo—. Si así lo quiere, tocarla es lo mismo que querer alcanzar los confines del universo desde tu planeta de origen, terrestre.
El santo de Géminis no tenía intención de luchar contra todos los Astra Planeta, sin embargo, intuía que Caronte de Plutón tendría un as bajo la manga contra ese tipo de defensas. Aquella iba a ser una dura batalla. Con todo, no pensaba retroceder, al contrario, avanzó hacia su destino como una estela de luz, todavía envuelto en un halo dorado. Aterrizando a poca distancia del punto sobre el que flotaba el ángel del Juicio, Kanon alzó la vista, viendo que este no había reaccionado, no reaccionaba en absoluto.
—Azrael diría que eres un robot —murmuró Kanon con cierta nostalgia.
Debajo de toda esa magnífica construcción, envuelta de cintura para abajo por un manto púrpura que le ofrecía un aire de majestad, estaba el chico que ansiaba vengar a su madre. Un ser poderoso que debía ocultarse de otro que estaba todavía más arriba.
Así eran las cosas con el poder. Siempre habría alguien por encima.
—Bien, ¿que estés aquí confirma que aceptas mi propuesta?
La voz del ángel sonaba como un terremoto hecho palabras. No dañina, si bien molesta.
—Yo y los míos distraeremos a Caronte de Plutón —aceptó Kanon a regañadientes—. Tú destruirás sus memorias, la raíz de su existencia.
—Habría sido más fácil antes —se quejó Nova Astreo—. Pudimos expulsarlo a los Jardines de Azathoth. Era la forma más sencilla de ganar esta batalla. —Guardó silencio por un momento, observando al santo de Géminis con el rostro inalterable que era parte de la gloria del Juicio—. A no ser que hayas averiguado algo que desconozco.
De forma somera, Kanon explicó las conclusiones que sacó de su investigación
—Lo sellamos y no fue suficiente. Nada, excepto matarlo, será suficiente.
—Así que a eso te referías con destruir sus memorias —observó Nova Astreo—. No tienes bases. ¿Lo entiendes, terrestre? Los libros del Señor de la Ciudad no pueden señalar el punto débil de un astral porque este universo nunca los ha visto caer.
Eso era solo cierto a medias. La Guerra del Hijo había llevado al olvido a varios Astra Planeta, sin lugar a dudas, solo que el universo lo había olvidado por decreto divino.
—Es mi intuición —dijo Kanon—. Es todo lo que tenemos.
La aguja del reloj empezó a moverse. El tiempo volvía a fluir con normalidad.
Una chispa de cosmos surgió del ángel, surcó el cielo con forma serpentina hasta llegar al santo, frente al que se mordió la cola, adquiriendo la apariencia de un círculo perfecto. En el interior, aparecieron imágenes de una lucha desigual.
—Tus aliados están luchando contra Caronte de Plutón ahora mismo —dijo Nova Astreo—. No les está yendo muy bien, a pesar de que aún no abre la Esfera de los Muertos y el Alma, a pesar de que aún no viste el alba de Plutón. ¿De verdad creéis poder distraerlo para que yo dé el golpe de gracia? Sin el manto celestial, ni siquiera tú podrás inclinar la balanza. Si vas allí morirás, al igual que los tuyos.
—Yo seré la carnada —sentenció Kanon—. Daré tiempo a mi discípulo para que pueda prepararse, él sí posee el poder para distraer al enemigo. —Señaló a Arthur de Libra, tan poderoso y al tiempo tan contenido. Se negaba a usar su mejor recurso hasta que llegara el momento oportuno. Nova Astreo asintió con un movimiento pesado, se daba cuenta de lo útil que le sería aquel humano para su cruzada—. Con suerte, tal vez algunos de los míos puedan sobrevivir a esto. Tal vez… —Veía a Gestahl Noah quieto, impotente, y no podía dejar de pensar que algo había mal en esa batalla.
—Si está tan limitado como parece, tenemos una oportunidad —dijo Nova.
—Lo está —replicó Kanon—. Nuestro viaje se debe justo a eso.
Ángel y santo vieron, en silencio, cómo la primera sangre era derramada. Vieron la ira de Shaula y el juego de Caronte. Más allá, estaba la conclusión, tan obvia.
—Quisiera salvarlos antes de actuar —lamentó Kanon—. Esto ha sido un error.
—Nada más fácil —repuso Nova—. Posees la técnica adecuada.
Kanon decidió dar un voto de confianza al ángel. No tenía otra opción. Todo el cosmos que había estado acumulando, lo liberó hacia el portal que mostraba aquellas imágenes desoladoras, formando un túnel de gusano hasta el campo de batalla, mientras preparaba la Última Explosión de Galaxias. Ciento diecinueve distorsiones listas para explotar.
Pronto supo el santo de Géminis que no podría actuar a tiempo, pues la sed de sangre de Caronte era inmensa. Sin dejar de preparar el ataque que habría de enmascarar el escape de los suyos, pidió mediante telepatía ayuda a su compañero.
Debía admitirlo, le sorprendió que la respuesta fuera afirmativa.
Al mismo tiempo que la Última Explosión de Galaxias era ejecutada, Nova Astreo se comunicó con el ángel de la Audacia, Aubin, para hacer de sus poderes ilusorios algo real, tangible, que pudiera engañar a los sentidos de todo un campeón del Olimpo. Para mantener el engaño, este último debió quedarse junto con un compañero, mientras que el resto —la tripulación del Argo Navis Negro y los supervivientes del Argo Navis original—, que nada sabía de lo que estaba ocurriendo, fueron transportados lejos del alcance del enemigo gracias a la Otra Dimensión. Fue una distracción simple, pero efectiva: Caronte de Plutón disfrutó ejecutar a todos los que estaban al alcance de su vista mientras que diecinueve distorsiones avanzaban sobre la Esfera de Plutón que aquel había abierto, pulsando contra ella con todo el peso de los cielos.
El caos dimensional resultante agitó el espacio-tiempo hasta donde santo y ángel se encontraban. Era el momento oportuno para viajar, más rápido que la luz, hacia el campo de batalla. No hicieron falta explicaciones para que ambos se pusieran en marcha, adentrándose en el portal que ya empezaba a convulsionarse.
—¿Maestro? —dijo Arthur, comunicándose mediante telepatía.
Kanon no podía detectarlo, a pesar de que había estado a punto de despertar el manto celestial. Eso solo podía significar que se hallaba en la Sala del Veredicto.
—Reúne todas tus fuerzas, vamos a matar a este bastardo —aseguró Kanon, transmitiéndole en un solo instante toda la información que había reunido. El cabeceo en sentido negativo de algún modo se hizo notar, a pesar de que no podían verse—. ¿Qué ocurre? ¿Qué…? —También el santo de Libra le transmitió información valiosa, infinitamente valiosa. La intuición de Kanon sobre que la parte mortal de los Astra Planeta seguía existiendo, como los cimientos de su inmortalidad, era cierta, solo que esta no eran las memorias del astral. Así como el cuerpo de Caronte era la Esfera de Plutón, esta tenía un corazón que de ser destruido causaría el fin de su ignominiosa vida—. Al igual que las almas de los gigantes —murmuró el santo de Géminis.
—Ya veo —dijo Nova Astreo, sumándose a la conversación con su voz natural, de una juvenil solemnidad—. Por eso lo habéis estado provocando para que abriera la Esfera de Plutón, aun cuando os falta fuerza para enfrentarlo aun sin ella.
—Yo no diría que nos falta fuerza —repuso Arthur—. Dadme algo de…
La comunicación se cortó de forma brusca, justo al mismo tiempo que el túnel de gusano por el que viajaban empezó a retorcerse sobre sí mismo, debido a la Última Explosión de Galaxia. Muy pronto se verían en medio del caos dimensional, una presión excesiva, tal vez comparable al camino que unía el Hades y los Elíseos.
—Podemos ganar —dijo Nova Astreo.
—Sí —asintió Kanon, sabedor de que era el momento de separarse.
Las alas del ángel del Juicio cubrieron al santo de Géminis, protegiéndolo del colapso del túnel de gusano el tiempo suficiente para que abriera la Otra Dimensión.
A partir de ahí, todo fue una locura. Antes de la revelación de Arthur, todo dependía de que Nova Astreo atacara la mente Caronte de Plutón mientras lo distraían, ahora el escenario había cambiado, por una vez a mejor. El ángel del Juicio tan solo tenía que viajar a través de la oleada de calor y destrucción hacia el interior de la Esfera de los Muertos y el Alma antes de que Caronte de Plutón lo detectara como una amenaza y aislase sus dominios. Un juego de niños dada la protección que poseía, mientras que Kanon, con no más remedio que dar por sentado que lo conseguiría, tenía que hacer mil malabares para llegar de una pieza. Su manto de oro no resistiría bien todo ese poder.
Viajó entre asteroides y planetoides, en un espacio delimitado por líneas entrecruzadas, como una estela de luz. Así vio todos aquellos cuerpos de diversos tamaños ensombrecerse antes de quedar reducidos a polvo estelar. Usando sus puños de oro abrió una grieta en el tejido espacio-temporal, entrando en una segunda Otra Dimensión, contenida en la primera. Hubo de repetir el proceso una y otra vez, primero huyendo de la sombra de la muerte y después de un calor demasiado elevado aun para los mantos de oro. El ardor de la Última Explosión de Galaxias trascendía todas las barreras, extendiéndose a través de las dimensiones como olas de destrucción, incineradoras de toda existencia. El problema era que Kanon no podía evitar esa certera condena al modo convencional, escapando en la dirección contraria, sino que encadenando la Otra Dimensión una y otra vez, alteraba cada vez más todo el sentido del espacio, el tiempo y la materia, recubriéndose de un vacío protector. Una nada, por llamarla de algún modo, que enseguida se llenaba de un algo que quemaba de verdad.
Por ciento diecinueve veces desdobló tiempo y espacio hasta llegar a destino: una oscuridad insondable que se replegaba hacia un solo punto, llevándose consigo las más ardientes llamas. Según Kanon aterrizaba en el Jardín de las Hespérides, fue consciente de que todo —el ataque, la destrucción y el viaje—, había sucedido en un espacio de tiempo muy reducido. ¡Llegó a acelerar más allá de la velocidad de la Última Explosión de Galaxias, una técnica que trascendía incluso la velocidad de la luz!
—Séptimo Sentido, maestría —dijo Aubin, aterrizando a su derecha.
—Octavo Sentido… —El otro guerrero celestial que luchaba junto a los terrestres, que Kanon no conocía, aterrizó a su izquierda. Tenía una sola ala—. Notable. Oh, soy Noa, Noa de la Nobleza —sonrió—. Apuesto a que tú eres el que luchó contra Sariel.
—Así es —dijo Kanon.
Trató de rastrear la presencia de alguien conocido en el Jardín de las Hespérides. Ni Arthur, ni el resto de argonautas, estaban a su alcance, lo que era bueno. Uno estaría preparándose en la Sala del Veredicto. Los otros se hallaban en la primera de las distorsiones que generó, antes de la explosión. Si conocía a Arthur tan bien como creía, este se habría encargado de que la Otra Dimensión original quedara fuera del alcance de Caronte de Plutón mientras las otras ciento diecinueve colapsaban. Quizá todos aquellos santos, sombras y aliados estaban en la Sala del Veredicto, o al menos en un lugar seguro, un punto entre Palas Belda y el Jardín de las Hespérides. No era tan buena noticia la ausencia de Seiya y los demás. Según le habían dicho, el propósito de la expedición del Argo Navis posterior a la guerra entre vivos y muertos era que Shun de Andrómeda se reencontrara con el resto de héroes legendarios. Shun estaba muerto, y Seiya, Shiryu, Hyoga e Ikki bien podrían estar todavía en los cielos, es decir, la Esfera de Venus, pero Kanon no pudo evitar un aguijonazo de decepción.
«Todo habría sido más sencillo con vosotros —hubo de reconocer el santo de Géminis.»
Acto seguido, empezó a andar, seguido de los dos ángeles, ambos con las caras perladas de sudor. El lugar al que se dirigían era el epicentro de toda la pasada destrucción, el punto en que quedaron reunidas toda la oscuridad y todas las llamas.
Ese punto tenía forma humana y esencia de demonio. Caronte de Plutón, tan bien vestido como siempre, les sonrió. Era una sonrisa carente de toda señal de divertimento.
—¿Cuándo fue la última vez que tuvisteis dolor de estómago?
—¿Ni una sola herida…? —dijo Aubin, asombrado.
Noa era incapaz de hablar, aunque mantenía abierta la boca, en un mudo titubeo.
—La Última Explosión de Galaxias pudo herir incluso a Sariel, un serafín de la Primera Orden —observó Kanon, ignorando los gritos ahogados de sus dos inesperados compañeros—. ¿Te has hecho un cuerpo nuevo?
—Si así fuera, no tendría dolor de estómago —replicó Caronte, con las manos entrelazadas sobre la barriga. Mantenía con terquedad aquella sonrisa rota.
—Eso no es cierto —dijo Kanon, deteniéndose a una prudente distancia. Los ángeles hicieron otro tanto—. Tu cuerpo es simple apariencia, un decorado que recubre la esencia de tu ser, la Esfera de Plutón. Si hay algo mal en tu interior, no importa cuántas veces restaures el exterior, el dolor seguirá estando presente.
Poco caso tenía ocultar que alguien peligroso había entrado en la Esfera de Plutón antes de que se cerrase. Sin lugar a dudas, el astral estaba al tanto.
—Así que ya lo sabéis —asintió Caronte—. Conocéis dónde está mi corazón.
Hizo crujir los nudillos, todo sin perder la sonrisa.
—Nada dura para siempre —observó Kanon—. Este es tu final, Caronte.
—Eso ya me lo habías dicho, hace trece años —le recordó el astral—. ¿Cuántos han muerto en ese tiempo? —Giró el cuello a un lado y otro, haciéndolo crujir—. Santos, caballeros negros, marinos, ninfas, guerreros azules, guardias… Han muerto miles de guerreros sagrados. Han muerto cientos de millones de personas desde entonces. —Miró hacia el cielo, clavando en él sus ojos violetas, homicidas. A ellos no llegaba la sonrisa—. Y yo sigo aquí —susurró, todavía con la cabeza alzada. Parecía estar buscando algo en las alturas. Tal vez a los que habían sido transportados—. Yo estoy vivo, la niña de Virgo está muerta. ¿Ves a dónde llevan las amenazas vanas, santo de Géminis? —Separó las manos, cada una con los dedos emulando a las fauces de una bestia sedienta de sangre—. Debisteis quedaros en vuestro planeta, saboreando la victoria que lograsteis tras tantos sacrificios. Porque no hay un final en que vosotros viváis y yo muera, debisteis aceptar ese final pírrico que os permitieron los dioses.
Los ángeles y el santo de Géminis enlazaron sus mentes y compenetraron sus cosmos. Caronte de Plutón adoptó una postura de combate, sin mostrar su fuerza.
—Sí, sabemos que puedes matarnos en cualquier momento, pero… —dijo Aubin.
—No. —La sonrisa de Caronte se congeló, deshaciéndose poco a poco—. No, no, no. No es que pueda mataros en cualquier momento. —La oscuridad de su chaqueta empezó a agitarse, consumiendo el rojo sanguinolento de la camisa, las manos y el rostro. También los zapatos se fundieron con los pantalones, de modo que solo quedó una entidad hecha de tinieblas—. Es que voy a mataros. —El rostro oscuro, sin rasgos, se transformó. Dos orbes violetas a modo de ojos, una línea curva de luz a modo de boca. Los dedos se extendieron en garras semejantes a las que culminaban los brazos de oscuridad—. ¡Ahora! —gritó a la vez que saltaba sobre el sorprendido Aubin.
Al principio, toda materia, tiempo y espacio estaban comprimidos en un solo punto. En la singularidad conocida como el Big Bang, aquel punto se transformó en el universo, expandiéndose primero a una velocidad sin precedentes, la mayor existente.
Caronte superó incluso esa velocidad, atacando al eslabón más débil del grupo.
«¡Noa! —pensó Aubin, impulsándose con sus dos alas contra el astral.»
Para cuando el ángel de la Audacia llegó, empero, el regente de Plutón ya había acabado su recorrido hacía rato. Estaba lejos de Noa, viéndolos a los tres con la cabeza ladeada.
—Duele… —dijo el ángel de la Nobleza, vomitando sangre.
Su compañero se apuró a sostenerlo antes de que cayera al suelo. Cerca, Kanon les daba la espalda a los guerreros celestiales y encaraba a Caronte. Tenía el puño extendido.
—Tendría que haberlo partido en dos —observó el regente de Plutón.
Apenas en ese momento Kanon se dio cuenta de que incluso con su mejor habilidad había actuado demasiado tarde. El costado de Noa había sido arrancado, quedando a la vista la columna vertebral sobre un mar de sangre. La gloria no había podido contener tan veloz y tremendo ataque, cayendo ahora al suelo como incontables fragmentos. Tan solo había podido desviar un poco la trayectoria de la acometida del enemigo.
—¡Maldito! —exclamó Aubin, clavando en el astral unos ojos inyectados en sangre.
Kanon, más meditativo, percibió que los oídos del guerrero celestial sangraban, al igual que los suyos. Las palabras de Caronte, en su nueva forma, causaban daño.
—Reconozco esa técnica —susurró Caronte, cuya voz producía la dentera de mil cuchillos rasgando una gran pizarra—. Ataques instantáneos a través de la manipulación del espacio y el tiempo. —Giró la cabeza con brusquedad, devolviéndola al sitio natural con un crujido—. Titania dio muchos quebraderos de cabeza a las huestes del Hijo con ese truco. Ni siquiera superar la velocidad de la luz es comparable a recorrer una distancia, cualquier distancia, en tiempo cero. Es propio de los humanos ser inventivos.
Atrás, Noa gritaba, retorciéndose de dolor. No podía abrir los ojos y la sangre manaba con sorprendente abundancia desde estos, las orejas y la boca entreabierta.
El astral adoptó de nuevo su postura combativa característica. Una mano a la altura del corazón, la otra cerca de la cabeza. En ambas, los dedos, ahora alargadas zarpas, simulaban los colmillos de una bestia: eran las dos cabezas del can tricéfilo, Cerbero. En el rostro de Caronte, sin embargo, no había la ferocidad de antes, cuando perdió de vista a tantas presas y se supo víctima de un vulgar engaño. La oscuridad que envolvía al regente de Plutón lo hacía lucir un escalón más allá de la ira y la tranquilidad, a lo que la curva de luz que hacía las veces de sonrisa ayudaba bastante. Kanon podía reconocerse en esa sonrisa, era el gesto de quien sabía, sin sombra de duda, que más tarde o más temprano el enemigo esquivo estaría a su alcance. No había necesidad de perder los nervios, ni de correr riesgos, bastaba con esperar el momento.
Justo porque podía pensar de esa manera, entendió el santo de Géminis que todo era nada más que una máscara, que iban a morir de inmediato si no hacía nada. Veloz, se alistó a desatar varios golpes contra el rostro y abdomen del astral.
—Haces mucho ruido —comentó Caronte. Los puños dorados, atacando a la misma velocidad antinatural que en la batalla con Sariel, apenas le hacían moverse un poco.
Acometió sobre Noa de la Nobleza con la misma velocidad de antes, pero Aubin de la Audacia ya se había arrojado sobre su amigo con las alas extendidas. El rápido ataque del astral lo partió en dos por el costado, bañándolo todo de sangre.
Tras el velo de esa ilusión, Aubin volaba con Noa en brazos.
—¿Crees que puedes darme la espalda? —cuestionó Kanon.
La Explosión de Galaxias golpeó a Caronte de golpe justo cuando pensaba saltar.
—Sí —dijo Caronte, emergiendo de la detonación sin daños a la vista.
Alcanzó a Aubin enseguida, sobre la costa del Jardín de las Hespérides. Según avanzaba por el cielo, toda luz se iba esfumando, consumida. También las vidas de los dos guerreros celestiales se apagaron en cuanto al astral los alcanzó, o eso parecía.
—¿Cuánto debemos resistir? —preguntó Aubin, agachado junto al moribundo Noa. Ninguno de los dos se había movido de su sitio en ningún momento.
—He perdido contacto con Nova Astreo… —empezó a responder Kanon.
Caronte apareció entre ambos en ese preciso momento, viéndose enseguida rodeado por un pequeño batallón de ángeles. Macuil del Fuego, Cichol del Aire, Indech de la Tierra, Cethleann del Agua, Aubin de la Audacia, Timotheos de la Diligencia, Noa de la Nobleza, Chevalier y Sariel de la Muerte. Todos ellos eran una viva representación de los guerreros celestiales a cargo de Zanado y la galaxia nabatea. No solo eran imágenes muy vívidas, sino que cada uno de los sentidos, incluidas la intuición y la percepción espiritual y cósmica, los percibían como reales. Por un momento, pareció que el engaño distraería al regente de Plutón, hasta que este se movió hacia el auténtico Noa.
—¡Dioses misericordiosos! —gritó el ángel de la Nobleza mientras su pecho, pisoteado, reventaba para espanto de Aubin, quien en vano acometió sobre el enemigo.
—No hay misericordia —repuso Caronte, sosteniendo el rostro del ángel de la Audacia. Había detenido en seco la acometida de un guerrero celestial, cuyas alas divinizadas le permitían surcar incluso las inabarcables distancias astronómicas.
—Te equivocas —dijo Kanon, henchido de cosmos—. No te lo puedes permitir. —La Otra Dimensión se abrió allí, en medio de tanta locura, tragándose a todos los que aún podían combatir—. No puedes permitirte darme la espalda —sentenció una vez el portal se cerró, extendiéndose la voz del santo de oro por todo el Jardín de las Hespérides.
A las puestas de la muerte, debido al contacto con el regente de Plutón, Noa vio una burbuja de nada hincharse y colapsar en fracciones de segundo. Un fenómeno similar al que según Aubin ocurrió sobre el Argo Navis Negro durante los primeros combates entre terrestres y guerreros celestiales. Entonces era como una pústula del Rey Durmiente, ahora se sentía que era la piel del universo mismo, pudriéndose por el mal que campaba bajo las estrellas. Más burbujas surgieron y colapsaron, una detrás de otra, hasta cubrir todo el cielo de los confines del mundo. Una última visión grotesca.
La ilusión de Aubin, tan formidable incluso si estaba por debajo de la anterior, se deshizo de forma tan desagradable como cabía esperar. Los ángeles humanos, como él, envejecieron hasta volverse polvo, los otros se derritieron como figuras de cera, mezclándose las glorias con la piel, a la vez que los órganos se licuaban y se derramaban por el suelo. Caronte había hecho algo más que separar lo real de lo imaginario, había asesinado la ilusión desde su misma raíz. Nada podía pararlo. No solo era uno de los Astra Planeta, era el asesino personal del monte Olimpo.
—Señora Artemisa —lloró Noa sin que de sus labios saliera sonido alguno. Solo sangre. La vida, tan dulce en esa longevidad premiada, se le escapaba.
Decidió que tenía que hacer algo con ella.
Primero se concentró en el cosmos, el pequeño universo dentro de sí, para rechazar a la muerte. Fue una lucha difícil, pero con gran dificultad logró levantarse mientras el tiempo empezaba a desacelerarse. Para cuando estuvo de pie, el mundo era diferente.
Lo que parecían burbujas de vacío era en realidad el tejido espacio-temporal ondulándose debido a la lucha entre Caronte, Aubin y Kanon. Abrió los labios, a fin de pronunciar el conjuro que ya pasaba por su débil mente, soltando apenas un gemido a la vez que trastabillaba. No estaba bien. No veía con los ojos, no escuchaba con los oídos, no saboreaba con la lengua. No sentía con el cuerpo, carecía de sentido del equilibrio, no olía con la nariz la vida que se le escapaba. Aun su mente y su alma estaban embotadas por la madre de todos los venenos, el precursor de todas las formas de asesinato. El impulso de muerte para el que solo un dios sería obstáculo.
«Yo no soy un dios —lamentó Noa, encendiendo todavía más el cosmos, motor de su existencia. Su única ala se extendió—. ¡Pero mi vida es divina, un regalo de los dioses!»
Extendió su aura hasta los cielos, buscando el límite magnánimo que el santo de Géminis les había mostrado, el paroxismo, bajo el inalcanzable territorio de los dioses. En el proceso, hizo de aquel pequeño universo su nueva voz, para conjurar.
Por cada distorsión en el espacio-tiempo, un hechizo fue pronunciado.
xxx
Después de que los héroes legendarios empezaran a desaparecer por sus propios motivos, Kanon de Géminis, ya habiendo reconstruido el Santuario, consideró necesario obtener el poder que estos habían logrado. Arthur de Libra, su mejor discípulo, fue un cómplice en ese nuevo propósito, iniciado con el robo de la sangre de Atenea. Juntos observaron el universo, decididos a deshilachar los entresijos del macrocosmos a fin de dar el paso que distinguía a los santos, marinos y espectros de las leyendas vivas en las que se convirtieron cinco santos de bronce. Al final, cada uno lo hizo a su manera, dominando Arthur la gravedad mientras él profundizaba el uso de las dimensiones.
Ahora, en un espacio extraño donde flotaban los restos de un millar de asteroides, todos aquellos esfuerzos y engaños parecían insignificantes. No era el seguro del mundo, por si los demás santos de oro fallaban, no era ni siquiera la élite del Santuario.
Era un ratón huyendo de un gato. Nada más, nada menos.
—¿Hasta cuándo crees que podréis seguir huyendo? —rio Caronte. Una risa omnipresente que lo destruía todo, que hacía vibrar el manto de oro.
Al igual que hizo para llegar hasta Caronte desde Palas Belda, Kanon abrió un portal hacia la Otra Dimensión, parte de una cadena que ya había excedido las ciento diecinueve distorsiones de otros intentos. Si lo pensaba, era como una muñeca rusa, con espacios acotados contenidos uno dentro de otro en los que Aubin de la Audacia, su único compañero, era al tiempo la retaguardia y la vanguardia. Dejaba ilusiones suyas en las distorsiones que Kanon iba dejando atrás mientras que el auténtico volaba siempre el primero hacia la siguiente. De ese modo creaban distancia, que para el santo de Géminis era irrelevante. Desde donde fuera que estuviese, podía descargar puñetazos a cualquier punto en el espacio-tiempo que pudiera detectar. No era difícil percibir la presencia de Caronte, como una sombra de muerte, imposible de detener.
—Maestro —saludó Arthur, comunicándose desde la Sala del Veredicto.
—¿Qué ocurre? —preguntó Kanon—. ¿Están todos bien? ¿Por qué no vienes?
—Porque una ola de antimateria arrasaría con los nuestros si lo hiciera.
De pronto, Aubin apareció tras Kanon, renunciando a la posición de vanguardia seguido por Caronte de Plutón, quien había tomado un atajo.
A quemarropa, Kanon ejecutó la Explosión de Galaxias justo a tiempo, aunque sabía que no tenía sentido. Que a esa distancia, el astral tenía todas las de ganar. Dejando eso para luego, empero, volvió a abrir la Otra Dimensión, una y otra vez, seguido por el cada vez más sorprendido guerrero celestial. Para Aubin, como para el propio Kanon, debía parecer que la misma técnica se repetía mil veces mil, dejándolos en un pliegue tan profundo del espacio-tiempo que acabaron siendo indetectables.
Tuvo que ser Arthur de Libra, desde su ventajosa posición, quien le mostrara al santo de Géminis cómo la Explosión de Galaxias golpeaba a Caronte de Plutón en un millón de ocasiones, sin dejarle avanzar. Era un bucle temporal de destrucción.
—Noa… —murmuró Aubin con asombro.
—Atacarle de esta forma no nos servirá de nada —advirtió Arthur.
—Lo sé —dijo Kanon, viendo, a través del santo de Libra, cómo el astral escapaba del bucle y se adentraba en las distorsiones que lo distanciaban de donde ellos dos estaban. Pasó por mundos donde el tiempo viajaba hacia adelante a razón de un millón de años por cada segundo, por limbos en el que el tiempo viajaba hacia atrás arrastrándolo todo al origen y por un vacío en el que el tiempo y el espacio no existían, pero no se detuvo—. Es la estrategia que acordé con Nova Astreo. —Kanon escogió ese momento para compartir el enlace telepático con Aubin—. Nosotros lo distraemos, mientras él busca su corazón. Según nos dijiste, destruyendo el corazón de Plutón, toda la Esfera de los Muertos y el Alma colapsará sobre sí misma. Ese monstruo morirá.
—Así es —dijo Aubin, sumándose a la respuesta afirmativa de Arthur—. Solo que no creo que podamos distraerlo por mucho rato sin ayuda. Santo de Libra, eres con diferencia el más fuerte entre nosotros, te necesitamos aquí.
—Si abandono este puesto, todos morirán —dijo Arthur, a las claras dirigiéndose hacia su maestro—. Sería un sacrificio inútil. Hay… hay alguien que propone una alternativa… Aún no decido si fiarme de él.
—No me has entendido, santo de Libra —señaló Aubin—. Soy un experto en las ilusiones, el mejor, de hecho, o eso creía.
Tanto Arthur como Kanon estaban al tanto de la lucha de Makoto y Aubin. El primero, en particular, entendía a cabalidad el por qué el ángel de la Audacia adaptó la apariencia de Azrael y los poderes de Adremmelech con tanta naturalidad. Conocía esa verdad.
No era, con todo, el momento de profundizar en todo aquello.
—¿Pretendes…? —cuestionó Kanon, con asombro.
—Préstame tu cosmos, santo de Libra —pidió Aubin—. No podemos huir de este enemigo por siempre, pues la vida de Noa se extingue segundo a segundo.
Tras un momento de reflexión, o quizá de lucha contra la oleada de destrucción que amenazaba con alcanzar el refugio oculto entre el espacio y el tiempo en que se hallaban los argonautas, Arthur asintió. Pronto empezó a encender su cosmos, vasto como las galaxias que orbitaban desde los albores del tiempo por el espacio infinito.
Aubin recibió al tiempo poder y conocimientos, que sumó a su propia fuerza para redefinirse como un héroe de épocas pretéritas. Un guerrero invencible.
Era un proceso que duraría poco tiempo, sin embargo, tiempo era de lo que menos tenían. En cuestión de tres segundos, Caronte los alcanzaría. Estaba atravesando las distorsiones como una flecha de oscuridad y muerte, importándole poco que las distorsiones pasaran de morir a su paso a buscar matarlo a él. De mil formas había querido el tiempo destruirlo, tornándose en toda una espada de Damocles. Ninguna había servido de nada, pues él, regente de Plutón, era inmortal. Jamás podría morir.
«Eso lo veremos —decidió Kanon, saltando a la batalla a la vez que pedía poder a todas las distorsiones, a todo el espacio y el tiempo. No volvería a huir.»
A fin de presentar batalla, se haría uno con el universo.
