Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es anhanninen, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to anhanninen. I'm only translating with her permission.
Capítulo 3
Entro a casa con dificultad con mi frasco de analgésicos, y mi gato se acerca a recibirme. Es un niño gordo y naranja llamado Ulysses y es el gran amor de mi vida. Me agacho con un gemido y le rasco bajo la barbilla mientras se frota contra mi pierna.
—Hola, cariño.
Él ronronea y me sigue a la cocina. Dejo mi arma y mi placa en la encimera antes de agarrar una Coca Cola del refrigerador. Tomo unos bocados para Ulysses y le doy unas caricias más antes de ir a la sala y acostarme en el sofá. Me tomo un analgésico y simplemente respiro.
Cielos, hoy fue una mierda.
Enciendo el televisor, y dormito por unas horas. Me despierto cuando llaman a mi puerta y echo un vistazo a la hora, solo son las seis treinta. Los chicos no llegarán para la noche de póquer hasta dentro de una hora, así que no son ellos. Me dirijo hacia la puerta y encuentro a Cullen del otro lado.
—¿Creía que los doctores ya no hacían visitas a domicilio? —pregunto, y él se ríe entre dientes.
—Estoy siendo un buen vecino. ¿Estás bien?
Asiento con la cabeza.
—Sí, pero tus narcóticos me dejaron jodidamente inconsciente.
—Tienden a hacer eso. Estoy seguro que hoy fue un día aterrador, así que supuse que querrías hablar de ello.
Me inclino contra el marco de la puerta, sacudiendo la cabeza.
—No ha sido para tanto, pero… gracias. De verdad, estoy bien. Necesito comenzar la cena para los chicos.
Él asiente, sonriendo.
—Ah, noche de póquer. Jasper me invitó hoy cuando vino por un caso y se enteró que, por una vez, estaba libre.
—¿Le contaste sobre el golpe en mis costillas?
—No, la ley de privacidad me impide hablar de mis pacientes. ¿No se lo has contado? Se va a volver loco.
Le hago señas para que entre y pongo los ojos en blanco.
—Sí, es por eso que no se lo he contado todavía. Si vienes a jugar al póquer, bien podrías ayudarme a preparar todo. ¿Estás seguro de que no prefieres ligar con otra de veintitrés años?
Puedo admitir que Edward es increíblemente guapo. Su mandíbula parece esculpida por el mismísimo Miguel Ángel, y cuida mucho su cuerpo. Corta el césped sin camiseta, así que he visto su pecho y sus abdominales perfectos de primera mano. Traer una chica a casa casi todas las noches que tiene libre, y algunas mañanas es como un desfile de modelos.
Las usa, y luego las obliga a hacer el paseo de la vergüenza.
Pero esa no es la razón por la que pienso que es un imbécil. Es jodidamente engreído y piensa que puede hornear mejor que yo, aunque todavía tiene que demostrarlo.
—Mis citas no tienen veintitrés.
Arqueo una ceja.
—¿Veinticuatro?
Él sonríe con suficiencia.
—Tal vez una o dos, pero mi vida amorosa no es asunto tuyo.
—Me parece bien. Las cosas de póquer se encuentran en este armario. —Toco una puerta en la isla de la cocina y él asiente—. Te lo agradecería si pudieras prepararlo. Tengo que meter unas pizzas en el horno.
—Claro. ¿Sabes? Es la primera vez que estoy en tu casa.
—Porque no somos amigos.
—Podríamos serlo. Me odias sin motivo.
—Eh, tengo mis motivos —digo, sacando dos pizzas congeladas del congelador—. Por ejemplo, el concurso. Jamás vas a ganarme.
—Este podría ser mi año. He mejorado mucho con una nueva tarta de arándanos.
—No superará la mía.
—Tal vez sí.
Pongo los ojos en blanco.
—En tus sueños, amigo. Y bien, ¿cómo está Jane?
Él asiente.
—Un cirujano le acomodó su brazo, y la tendremos allí por unos días. ¿El marido saldrá pronto?
Me encojo de hombros.
—Siempre hay fianza, pero hay una orden de restricción, así que no puede ir a casa. Con suerte, ella finalmente lo abandonará.
—Sí, la próxima vez podría ser demasiado tarde. Odio estos casos.
Asiento.
—Yo también. —Suspiro—. Yo también.
