CL
Dos años, seis meses y seis días luego de la desaparición de Henry
Hopper se retira el cigarrillo de la boca y exhala las volutas de humo lentamente. Para mayor comodidad, apoya su espalda contra la fachada de la estación de Policía.
—¿Alguna pregunta? —gruñe ante el largo silencio de su interlocutora.
—Uhm, nop, creo que lo entendí bastante bien —replica Robin Buckley en un hilo de voz, su mirada clavada en sus pies inquietos que no paran de balancearse del talón a la punta del pie, una y otra vez—. Entonces irán esta noche por él.
—No, será esta tarde —repone Hopper, claramente irritado ante su desatención—. Antes de que anochezca.
Robin guarda silencio un momento más. Entonces levanta la cabeza de golpe, buscando su mirada. Hopper le corresponde con desconfianza.
—Solo quiero decir dos cosas.
—Adelante —dice él, a la par que devuelve el cigarrillo a sus labios.
—La primera es que agradezco muchísimo que me lo haya contado —empieza Robin con una voz algo monótona, como si hubiese escrito este discurso en su cabeza hace unos instantes—. Cualquier otra persona me habría mantenido a oscuras.
—Hm. —Es toda la respuesta que le da, pues ciertamente esa ha sido una decisión de último momento: algo en su conciencia no le ha permitido ignorar a la joven a su lado.
Tal vez porque sabe lo que entraña buscar desesperadamente respuestas.
—Y la segunda es que… puedo ayudar.
Hopper supuso que algo así vendría. Y mientras que no le agrada en absoluto la idea de incluir a Jonathan y a Nancy Wheeler en la incursión, lo ha permitido tras corroborar que ambos saben lo básico de manejar armas de fuego (si bien el hecho de que Nancy haya logrado superar a su novio en este aspecto, y más cuando fue este quien la ha instruido, es un misterio insondable).
Este, no obstante, no es el caso de Robin Buckley.
Ya está por recalcárselo cuando la muchacha levanta la palma de la mano en un gesto que busca acallarlo y agrega:
—¿Recuerda el incidente… del laboratorio de Ciencias en el colegio?
Sí, claro. Una explosión había dejado inutilizado el laboratorio luego de que un estudiante —o eso se especulaba— se colara fuera de horario para experimentar con reactivos químicos más allá de su control. Si bien la «broma» no había dejado heridos, nunca pudieron dar con el culpable y algunos incluso temieron que se tratara de una amenaza.
Como sea, el laboratorio estudiantil permaneció clausurado durante unos buenos dos meses hasta que fue puesto nuevamente en condiciones.
Y aquí está esta muchacha, insinuando que…
—¿Vas a decirme que fuiste tú? —le pregunta Hopper, sumamente interesado en su respuesta.
Si siente incomodidad al confesar su crimen, no lo demuestra:
—Sí, fui yo. —Y una sonrisa.
No, todo lo contrario; girando sobre sí misma y dando un par de pasos, termina parada frente a él, sus manos cruzadas detrás de la espalda.
—Sheriff, ¿sabe preparar un cóctel molotov?
Hopper no se deja intimidar; sujeta el cigarrillo en su mano y rezonga:
—Claro que sí; ¿quién en mi rubro no lo sabría?
—Genial —replica ella sin perder la sonrisa—. ¿Qué tal una granada de napalm casera?
A Hopper se le cae el cigarrillo de la mano.
