Capítulo 3: Entre Sabores y Miradas

El aroma a especias y caldo hirviendo flotaba en el aire mientras Naruto se movía con soltura por la cocina. A pesar de lo que muchos creían, cocinar no era una habilidad que había aprendido por gusto. Fue una necesidad, una lección que la soledad le impuso desde niño. Pero con el tiempo, algo en la rutina de picar vegetales, remover salsas y medir ingredientes había comenzado a resultarle… agradable.

Se sintió satisfecho al ver cómo el arroz se cocía a fuego lento, mientras el pescado marinaba en un cuenco cercano.

Mientras terminaba de organizar los platos, no notó los pasos suaves que bajaban por las escaleras.

—¿Cómo va todo? —preguntó una voz tranquila desde el umbral de la cocina.

Naruto se giró… y por un momento, olvidó cómo respirar.

Allí estaba Temari, apoyada ligeramente contra el marco de la puerta. Ya no llevaba su ropa de Shinobi ni su abanico gigante; en su lugar, había optado por algo más sencillo y cómodo, una blusa clara y unos pantalones sueltos. Pero lo que realmente le llamó la atención fue su cabello.

Estaba suelto.

Por primera vez desde que la conocía, las cuatro coletas habían desaparecido, y en su lugar, una cascada de cabello rubio caía libremente por sus hombros. Algunos mechones rozaban su cuello, mientras otros se deslizaban por sus clavículas.

Naruto, sin darse cuenta, se quedó mirándola más tiempo del necesario.

Temari arqueó una ceja, notando el silencio prolongado.

—¿Qué? —preguntó, su voz más suave de lo habitual.

Naruto pestañeó, recuperando algo de compostura, aunque aún parecía un poco desconcertado.

—Es solo que… —dudó un segundo, y luego, con su típica honestidad, soltó—: Es la primera vez que te veo con el cabello suelto. Te ves… muy bien.

El rubor ascendió a las mejillas de Temari casi al instante.

—Oh… gracias —respondió, desviando la mirada solo un poco, como si estuviera examinando algún punto al azar en la pared.

El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí cargado.

Finalmente, Temari carraspeó.

—¿Quieres ayuda con la cena?

Naruto negó rápidamente con la cabeza.

—No, no. Eres mi invitada. Siéntate, ya casi está listo.

—¿Seguro?

—¡Segurísimo! —dijo Naruto con una sonrisa.

Temari, incapaz de resistirse a esa energía despreocupada, terminó sentándose a la mesa, observando cómo Naruto terminaba los últimos detalles.

Pocos minutos después, el rubio llegó con la cena: una bandeja perfectamente dispuesta, con todos los platos alineados. El arroz estaba esponjoso y blanco, el pescado dorado y crujiente por fuera, y la sopa de miso soltaba un vapor fragante.

Temari parpadeó, genuinamente sorprendida.

—¿Tú hiciste todo esto?

Naruto río.

—¿Esperabas algo peor?

—No sé qué esperaba… —admitió ella—. Pero esto se ve increíble.

Naruto se sentó frente a ella, frotándose la nuca con una sonrisa satisfecha.

—Bueno… adelante. Prueba.

Temari tomó un poco de arroz primero, luego un bocado del pescado. Apenas el sabor golpeó su paladar, sus ojos se abrieron ligeramente.

—Naruto… esto está muy bueno.

El rubio sonrió con orgullo.

—¿En serio?

—Sí —dijo Temari, probando otro bocado—. Es incluso mejor que mi restaurante favorito.

Naruto soltó una carcajada.

—¡Eso es un gran cumplido!

Temari lo miró de reojo, aún sorprendida por su habilidad.

—¿Dónde aprendiste a cocinar así?

Naruto se encogió de hombros.

—Ayame me enseñó algunas cosas cuando era niño, y después Shizune me ayudó a mejorar.

Temari levantó una ceja.

—¿Shizune?

—Sí. Dijo que, si quería dejar de comer ramen todos los días, tenía que aprender algo más. —Naruto sonrió—. Aunque me lo tomé en serio porque hicieron que pareciera un entrenamiento.

Temari no pudo evitar soltar una risa suave.

—Así que, si piensas que algo es entrenamiento, le prestas más atención.

—¡Exacto! —dijo Naruto con entusiasmo—. Fue como si estuviera entrenando una nueva técnica…

Temari negó con la cabeza, todavía sonriendo.

—Al menos valió la pena.

La cena continuó con una conversación ligera, las palabras fluyendo con facilidad. Naruto le contó anécdotas de sus días como genin, sobre cómo arruinó una vez una receta porque confundió el azúcar con la sal, mientras Temari compartía historias sobre Kankuro quemando accidentalmente la cocina de su casa cuando intentó "innovar" con una nueva técnica para asar carne.

Cuando terminaron de comer, Temari empezó a recoger los platos, pero Naruto la detuvo.

—Déjamelo a mí.

—Puedo ayudarte.

—No es necesario —dijo Naruto con una sonrisa mientras formaba dos clones de sombra que inmediatamente comenzaron a apilar los platos y a limpiar la mesa—. ¡Mira! Trabajo rápido.

Temari soltó una carcajada genuina.

—Debe ser increíble tener chakra ilimitado para hacer eso.

Naruto se encogió de hombros con una expresión divertida.

—Alguna ventaja debía tener al tener a Kurama dentro de mí, ¿no?

El comentario hizo reír a Temari de nuevo, algo que Naruto no pudo evitar notar.

El tiempo pasó rápido, y cuando la cocina estuvo impecable, la noche ya había caído por completo. La casa de Naruto se llenó de un silencio cómodo, solo roto por el leve sonido del viento golpeando las ventanas.

Naruto bostezó levemente.

—Supongo que es hora de dormir.

Temari asintió.

—Sí… ha sido un día largo.

Se miraron un momento, una pausa breve pero significativa.

—Buenas noches, Temari —dijo Naruto, con su sonrisa suave.

—Buenas noches, Naruto —respondió ella.

Subieron las escaleras juntos, cada uno hacia sus respectivas habitaciones. Pero incluso cuando Temari cerró la puerta tras de sí, no pudo evitar quedarse un momento recostada en la cama, su mente repasando cada detalle de la cena… y la imagen de Naruto observándola con sorpresa cuando la vio con el cabello suelto.

Naruto, por su parte, también tardó más de lo habitual en quedarse dormido.

A la mañana siguiente

El primer rayo de sol se filtró a través de las cortinas de la habitación, iluminando suavemente el rostro de Temari. Con los ojos aún cerrados, inspiró profundamente. El aire en la casa de Naruto era diferente, limpio y cálido, sin el peso seco y arenoso al que estaba acostumbrada en Suna.

Se giró en la cama, el suave colchón cediendo bajo su cuerpo, y por un momento, pensó que todavía estaba soñando. No recordaba la última vez que había dormido tan profundamente, sin tener que estar alerta, sin despertarse con cada crujido del suelo o sonido lejano.

Fue entonces cuando lo recordó.

No estaba en Suna.

Estaba en Konoha… en la casa de Naruto.

Abrió los ojos lentamente y se quedó mirando el techo, una sensación extraña asentándose en su pecho. ¿Por qué se sentía así? Cuando estaba fuera de su aldea, incluso en las posadas más seguras, su instinto siempre estaba encendido, su mente nunca dejaba de analizar las posibles amenazas. Pero aquí… había dormido mejor que en su propia casa.

El pensamiento la desconcertó.

¿Por qué me siento tan segura aquí?

El suave sonido de platos chocando entre sí y el crujir del fuego llegó hasta ella desde la cocina. Naruto estaba despierto.

Temari suspiró, pasándose una mano por el rostro y apartando un par de mechones rubios que habían caído sobre sus ojos. No tenía sentido darle más vueltas. Tal vez solo estaba cansada por todo lo ocurrido con Shikamaru, o quizás la energía que emanaba de la casa de Naruto —una mezcla de la calidez de sus padres y la propia luz del joven Uzumaki— le hacía bajar la guardia.

Eso debe ser, se dijo, aunque no estaba segura de creerlo del todo.

Se levantó, sin molestarse en cambiarse de ropa. Llevaba la pijama que Kankuro le había regalado años atrás: una blusa holgada y pantalones sueltos, ambos decorados con pequeños patrones de comadrejas, una clara referencia a Kamatari, su invocación. Era cómoda, aunque algo infantil.

No le importó. Solo iba a desayunar.

Con el cabello aún suelto, bajó las escaleras, siguiendo el aroma a comida.

La escena que encontró la dejó más sorprendida de lo que esperaba.

Naruto estaba en la cocina, con una camisa simple y pantalones de entrenamiento, revolviendo algo en una sartén mientras un par de clones lavaban frutas y preparaban la mesa. Sus movimientos eran fluidos, eficientes, como si cocinar fuera algo que hacía cada mañana.

Por alguna razón, eso hizo que el pecho de Temari se apretara un poco.

Se siente tan… natural.

El calor que le subió a las mejillas no tuvo sentido para ella.

¿Por qué algo tan simple como ver a Naruto preparando el desayuno le hacía sentir de esa forma?

Y entonces, un pensamiento cruzó su mente sin previo aviso:

Esto parece un hogar.

La idea la golpeó con más fuerza de la que esperaba.

No… este es su hogar, se corrigió rápidamente.

No el suyo.

Si alguna vez este lugar fuera también su hogar… eso solo sería posible si estuviera casada con Naruto.

El rubor en sus mejillas se intensificó al darse cuenta de lo que acababa de pensar.

¿Casarme con Naruto?

—¿Temari?

La voz de Naruto la sacó bruscamente de sus pensamientos.

Temari parpadeó, dándose cuenta de que había estado parada en la entrada de la cocina por demasiado tiempo, sin decir una palabra.

Y, para su horror, Naruto la estaba mirando de nuevo.

No era la primera vez que lo sorprendía observándola. Ya había pasado la noche anterior, cuando la vio con el cabello suelto por primera vez. Pero esta vez, la intensidad de su mirada era aún más evidente.

Naruto parecía… fascinado.

—¿Qué? —dijo ella, intentando sonar más firme de lo que realmente se sentía.

Naruto tardó un segundo en responder, como si hubiera olvidado cómo hablar.

—Es solo que… —se rascó la nuca, desviando la mirada por un instante antes de volver a verla—No me acostumbro a verte con el cabello suelto.

Temari sintió cómo el calor subía aún más por su cuello.

—¿Y?

Naruto sonrió levemente.

—Te ves… linda.

Por un momento, el mundo dejó de moverse.

Temari no supo qué decir. Era la segunda vez que Naruto le hacía un cumplido así, con esa sinceridad brutal que lo caracterizaba. No había elegancia en sus palabras, ni un intento de adulación vacía. Era simplemente lo que pensaba.

Y eso la hacía sentirse aún más vulnerable.

—Oh… gracias —dijo finalmente, sintiéndose una completa idiota por no encontrar algo mejor que decir.

Naruto, aparentemente satisfecho con su respuesta, volvió a la cocina.

—El desayuno casi está listo

Temari, agradecida por el cambio de tema, se acercó a la mesa.

—¿Siempre cocinas así?

Naruto sonrió.

—La mayoría de las veces. No es como que tenga a alguien más que lo haga por mí.

El comentario, dicho sin rastro de autocompasión, le recordó a Temari cuánto tiempo Naruto había pasado solo. A pesar de la calidez de su hogar ahora, ella sabía que, durante años, esta casa había sido un lugar vacío.

—Te desenvuelves bien —admitió—. Podrías engañar a cualquiera y hacerles creer que has vivido con una familia toda tu vida.

Naruto soltó una pequeña risa.

—Eso es gracias a Ayame y Shizune… ellas se aseguraron de que no muriera de hambre.

—Eres un caso perdido, Naruto.

—Un caso perdido que sabe cocinar —replicó él, colocando los platos frente a ella.

El desayuno estaba impecablemente preparado: tortillas japonesas, arroz blanco, una pequeña ensalada y sopa de miso.

—Esto se ve… —Temari tomó un bocado antes de terminar la frase—. Impresionante.

Naruto sonrió de oreja a oreja.

—¡Sabía que te gustaría!

Comieron entre risas y bromas ligeras, la tensión de los momentos anteriores disipándose poco a poco.

Mas tarde

La casa de Naruto, por alguna razón que aún no lograba entender del todo, le daba una sensación de calma, como si las paredes de ese hogar guardaran una calidez que poco a poco comenzaba a envolverla.

Pero ahora tenía que concentrarse.

Había una reunión importante con el Hokage, y aunque la idea de un banquete de despedida preparado por Naruto era inesperadamente dulce, eso no significaba que pudiera perder el enfoque.

—Voy a arreglarme para la reunión —dijo desde las escaleras, mirando a Naruto que aún recogía los últimos restos del desayuno.

Naruto levantó la vista con una sonrisa.

—Genial. Mientras tanto, voy a ir al mercado —dijo con entusiasmo—. Hoy prepararé un banquete para tu despedida.

Temari se detuvo en seco.

—¿Un banquete? —preguntó, arqueando una ceja—. Naruto, no tienes que hacer tanto.

El rubio río, agitando una mano en el aire como si no fuera gran cosa.

—No te preocupes, quiero hacerlo. Además, prometí que cocinaría para ti… esta es mi oportunidad de hacerlo en grande.

El corazón de Temari dio un vuelco inesperado.

No estaba acostumbrada a ese tipo de atenciones. En Suna, las cosas eran más directas, más prácticas. Pero Naruto tenía una forma de ser tan sencilla, tan desinteresada… que lo hacía más complicado de manejar.

—De verdad —insistió ella, sin saber muy bien por qué—, no tienes que esforzarte tanto.

Naruto sonrió ampliamente.

—Pero quiero hacerlo.

Temari apretó los labios, sintiendo un calor sutil en las mejillas.

—Haz lo que quieras —dijo finalmente, girándose antes de que su expresión la traicionara.

Subió las escaleras con paso firme, pero en su cabeza solo había un pensamiento claro: ¿Por qué me siento así por algo tan simple?

Una vez en su habitación, Temari se quitó la pijama de comadrejas que tanto la había avergonzado cuando Naruto la vio esa mañana y sacó su ropa formal: una túnica negra ajustada a la cintura, con detalles dorados sutiles, y su abanico gigante ya perfectamente asegurado en su espalda.

Recogió su cabello, esta vez volviendo a sus cuatro coletas.

Cuando se miró al espejo, vio a la Temari de siempre: fuerte, disciplinada, segura.

Pero aun así, algo en su reflejo le pareció… distinto.

Tal vez porque, por primera vez en mucho tiempo, había dejado bajar sus defensas.

Respiró hondo. No había tiempo para pensar en esas cosas.

Cuando salió por la puerta de la casa de Naruto, un golpe de aire fresco le dio en el rostro. Se ajustó el abanico en su espalda, lista para dirigirse a la torre del Hokage… hasta que vio a alguien caminando por la calle justo en ese momento.

Shikamaru.

Él también la vio, y durante un largo segundo, ambos se quedaron quietos.

El corazón de Temari se aceleró por un momento, no por sentimientos hacia Shikamaru, sino porque de inmediato pensó en lo que él podría estar imaginando al verla salir de la casa de Naruto a primera hora de la mañana.

No estoy haciendo nada malo, se recordó a sí misma.

Pero aun así, se sintió incómoda.

Por su parte, Shikamaru parecía… tenso. Más de lo normal.

Sabía que la casa de Naruto tenía una barrera especial, una que solo permitía la entrada a ciertas personas o a quienes él autorizaba directamente. Eso solo hacía que la imagen de Temari saliendo de allí —recién arreglada, con el cabello claramente recién lavado— se sintiera como un golpe inesperado.

La idea de que ella hubiera pasado la noche allí… le dolía más de lo que quería admitir.

Pero antes de que pudiera decir algo, Temari decidió no darle importancia.

No le debía explicaciones.

—Buenos días —dijo, con un tono neutral, sin detenerse.

Shikamaru apenas reaccionó.

—Buenos días… —respondió, aunque su voz parecía más baja, más arrastrada.

Temari siguió caminando, cada paso cargado de una firmeza casi desafiante.

Shikamaru, sin embargo, después de un momento, comenzó a seguirla… porque él también se dirigía a la torre del Hokage.

El silencio entre ellos se volvió pesado, como un manto invisible que ninguno de los dos sabía cómo quitarse de encima.

No hablaron durante todo el trayecto.

El ruido de las calles, las conversaciones lejanas de los aldeanos… todo parecía sonar más fuerte ante la ausencia de palabras entre ellos.

Finalmente, cuando ya estaban a unas pocas calles de la torre, Shikamaru no pudo contenerse más.

—¿Qué hacías en casa de Naruto?

Temari se detuvo en seco.

La pregunta fue directa, pero lo que la sorprendió aún más fue el tono.

Había algo más que simple curiosidad.

Había celos.

Lentamente, se giró para mirarlo, sus ojos verdes destellando con una mezcla de incredulidad y firmeza.

—¿Por qué te importa? —respondió con calma, aunque cada palabra estaba cuidadosamente afilada.

Shikamaru apretó los dientes, consciente de que había hablado más de la cuenta, pero incapaz de retroceder ahora.

—Solo… me sorprendió verte salir de allí.

Temari cruzó los brazos, manteniendo la mirada fija en él.

—¿Y qué si lo hice? No es asunto tuyo lo que haga o deje de hacer.

Shikamaru sintió el golpe directo de esas palabras.

—No dije que lo fuera…

—Entonces no preguntes —lo cortó Temari—. Ya te lo dije, Shikamaru. A partir de ahora, lo nuestro es estrictamente profesional. Si no tiene que ver con asuntos Shinobi, no tienes nada que decirme.

El silencio volvió, más pesado que antes.

Shikamaru quería decir algo más, pero las palabras se le atoraron en la garganta.

Finalmente, ambos siguieron caminando, y no intercambiaron una sola palabra más hasta llegar a la torre del Hokage.

El resto del día transcurrió como cualquier otro: informes, reuniones y discusiones diplomáticas.

Pero el peso del encuentro con Shikamaru siguió rondando la mente de Temari como una sombra.

Cuando cayó la tarde y la reunión finalmente terminó, Temari sintió un extraño alivio.

Caminó de regreso por las calles de Konoha, sus pensamientos aun girando en círculos, hasta que la familiar puerta de la casa de Naruto apareció ante ella.

Al cruzar el umbral —con la barrera reconociendo su chakra sin ningún problema—, sintió algo que no se había permitido admitir hasta ese momento:

Aquí… se sentía en paz.

Naruto aún no había regresado, seguramente ocupado con sus compras para el prometido banquete.

Temari, dejándose caer sobre el sofá del salón, exhaló profundamente.

No sabía qué significaba todo lo que estaba sintiendo.

Pero lo único claro… era que la casa de Naruto ya no se sentía extraña.

Se sentía… como un hogar.

Mas tarde.

El sol comenzaba a ocultarse tras los muros de Konoha cuando Naruto empujó la puerta de su casa con una mano, mientras equilibraba varias bolsas llenas de ingredientes frescos con la otra.

—¡Temari! —llamó, dejando las bolsas sobre la mesa—. ¡Estoy de vuelta!

El silencio que le respondió fue inesperado.

Frunciendo el ceño, Naruto cerró la puerta con el pie y dejó escapar un leve suspiro.

—¿Se habrá ido a dar una vuelta…? —se preguntó en voz baja.

Sin embargo, al girar la vista hacia el salón, se encontró con algo que le hizo detenerse en seco.

Temari estaba allí.

Dormida en su sofá.

Naruto parpadeó un par de veces, como si su mente tardara en procesar lo que estaba viendo.

La feroz y decidida kunoichi de Suna, siempre con su actitud firme y controlada, ahora parecía… tranquila.

Su cabeza descansaba ligeramente ladeada sobre uno de los cojines, con un brazo colgando del borde del sofá y el otro cruzado sobre su abdomen. Su respiración era suave, rítmica. Pero había algo más que llamó su atención: parecía ligeramente encogida, como si el frío de la tarde la hubiera alcanzado.

Konoha es más fría que Suna… pensó Naruto. Debe ser incómodo para ella.

Sin darle más vueltas, se quitó su chaqueta naranja y negra —la misma que había heredado tras la guerra— y, con cuidado, la colocó sobre Temari.

Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado.

En cuanto el calor de la chaqueta la cubrió, Temari, todavía dormida, la tomó inconscientemente con ambas manos y se envolvió más con ella, hundiendo el rostro un poco en el cuello de la prenda.

El corazón de Naruto dio un pequeño vuelco.

Por alguna razón, la escena lo dejó congelado por unos segundos.

Temari, con su cabello rubio suelto, envuelta en su chaqueta como si fuera lo más natural del mundo, parecía diferente. Menos como la estratega fría de Suna y más… como una mujer común, descansando en el hogar de alguien en quien confiaba.

Naruto tragó saliva.

—Tsk… deja de pensar cosas raras —se dijo a sí mismo en voz baja, girándose rápidamente hacia la cocina.

Decidió no despertarla. Si Temari estaba lo suficientemente cansada como para quedarse dormida en su sofá, lo mejor era dejarla descansar.

Así que, con un suspiro decidido, sacó todos los ingredientes de las bolsas y comenzó a preparar la cena.

El banquete de despedida tenía que ser especial.

Se aseguró de incluir platillos típicos de Konoha, como el saba shioyaki —caballa a la parrilla con sal—, sopa de miso con tofu y cebollín, arroz blanco al vapor, tamagoyaki —la clásica tortilla japonesa—, y algunos encurtidos frescos. También preparó un plato extra de gyoza, recordando cómo Temari había mencionado alguna vez que le gustaban las comidas con sabores intensos.

A medida que cortaba, freía y hervía, su mente volvía una y otra vez a la imagen de Temari tomando su chaqueta en sueños.

El aroma a pescado asado y especias fue lo primero que despertó a Temari.

Abrió los ojos lentamente, tardando un par de segundos en recordar dónde estaba.

El techo de la casa de Naruto, las paredes limpias y organizadas… el calor inesperado sobre sus hombros.

Bajó la vista y vio la chaqueta negra y naranja que la cubría.

La chaqueta de Naruto.

Sus dedos, todavía entumecidos por el sueño, se apretaron un poco más alrededor de la prenda antes de darse cuenta de lo que eso significaba.

Naruto había vuelto.

La había visto dormida.

Y él había sido quien la cubrió.

La revelación hizo que su corazón diera un vuelco inesperado.

—¿Qué demonios…? —susurró para sí misma.

Se levantó del sofá, pero mantuvo la chaqueta sobre sus hombros mientras lo hacía. Algo en su calor, en el aroma sutil a bosque y viento que desprendía, la reconfortaba.

Desde la cocina, Naruto la vio levantarse y sonrió.

—¡Buenos días, bella durmiente!

Temari parpadeó, aún algo desorientada.

—¿Cuánto tiempo estuve dormida?

—No mucho… tal vez una hora —respondió Naruto, mientras terminaba de servir los platos—. Llegué y te encontré ahí, así que no quise despertarte. Parecías cansada.

Temari bajó la mirada un segundo, sintiendo el peso de sus pensamientos, pero al levantarla, se dio cuenta de que Naruto la observaba.

O más bien, la observaba con su chaqueta puesta.

Por un instante, la incomodidad le hizo plantearse si debería devolverle la prenda de inmediato, pero cuando el frío de la tarde volvió a deslizarse por su piel, actuó por puro instinto: se ajustó la chaqueta un poco más alrededor de sí misma.

Naruto notó el gesto, pero no dijo nada.

—La cena casi está lista —dijo simplemente—. Si quieres cambiarte o algo, aún tienes tiempo.

Temari asintió.

—Subiré un momento.

Se dirigió a su habitación, pero justo antes de cerrar la puerta, su mirada se deslizó hasta la chaqueta que aún llevaba puesta.

Podría habérsela devuelto, pero… por alguna razón que no comprendía del todo, decidió mantenerla encima.

Cuando volvió a bajar las escaleras, ya con ropa más cómoda —una blusa simple y pantalones ligeros—, Naruto levantó la vista y se quedó momentáneamente sorprendido.

Temari aún llevaba su chaqueta.

El contraste entre la prenda grande y masculina y la delicadeza de sus rasgos femeninos era… curioso.

Naruto río suavemente.

—Veo que te quedaste con mi chaqueta.

Temari le lanzó una mirada neutral, aunque la sensación cálida en su pecho era innegable.

—Hace frío —dijo simplemente, como si eso lo explicara todo.

Naruto, sin borrar la sonrisa, continuó poniendo los últimos platos sobre la mesa.

—¿Cómo fue tu día? —preguntó, intentando mantener la conversación ligera.

Temari exhaló, dejando caer parte de la tensión del día con ese simple gesto.

—Largo. Los consejeros de Suna insisten en seguir discutiendo sobre cada pequeño detalle de los acuerdos… como si encontrar la mínima falla fuera a salvar el mundo.

Naruto se encogió de hombros.

—Suena como algo que Shikamaru odiaría.

El comentario hizo que un leve tic nervioso cruzara el rostro de Temari, aunque lo disimuló rápidamente.

—Sí… supongo.

Naruto notó el cambio sutil en su expresión, pero no presionó.

En lugar de eso, levantó una bandeja con una amplia variedad de platillos y la dejó en el centro de la mesa.

—Espero que tengas hambre —dijo con orgullo—. Porque esta es mi mejor obra maestra.

Temari miró la comida, sorprendida por lo impecable que lucía todo.

—Naruto… esto es más que un banquete.

Él sonrió.

—Solo lo mejor para mi invitada especial.

El corazón de Temari dio otro vuelco, más fuerte esta vez.

Y mientras ambos tomaban asiento, con la chaqueta de Naruto aún sobre sus hombros, ella comenzó a darse cuenta de algo inquietante.

No era solo la casa de Naruto lo que la hacía sentir tan cómoda.

Era él.

Y eso… eso era un problema del que aún no estaba lista para lidiar.