Primero oscuridad, solo eso. Negrura, silencio, la nada. No supo durante cuánto tiempo fue así, no podía entenderlo. No lo sabía. Nada existía. Las horas, los días y los años no describían su realidad, su irrealidad. "¿Quién soy?"

"Eres nada" "Nada en la nada. Solo pensamientos"

Pero de pronto, o no tan de pronto, en la nada comenzó a existir algo. Despacio, inseguro, como un niño al aprender a caminar. Todo estaba siendo reiniciado desde cero. De la nada, a un todo que estaba resultando imposible.

Alguien comenzó a gritar, tras la eternidad del silencio. No a gritar fuerte. En absoluto. Pero aun así, quizás poco a poco, comenzó a poder oírlo.

"Aaaaaaaaaaaaaaa..."

No significaba nada para él. Para...ella. ¿Quién gritaba? ¿Quién llamaba?

¿Qué hacía allí? ¿Por qué no era capaz de recordarlo? ¿Por qué no era capaz de recordar nada?

"Por favor, sacadme de aquí"- suplicó.

Y no se calló. Cada vez más fuerte, con la extraña voz aun reclamando al ser que era, peleó, se rebeló contra la nada.

"Yo tengo que ser algo"- pensó. Era difícil ser algo cuando no existían los sentidos, las percepciones. Tan solo escasos pensamientos.

Se moriría en la espera que no había escogido realizar.

La voz se escuchaba más y más cercana.

"AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA"

Se acercó a ella, si es que eso era posible. Que la llevaran, no le importaba ya.

"¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!"

-"¡Sácame de aquí!"- pidió. Algo o alguien le hizo caso.

Y abrió los ojos.

La luz la deslumbró, tanto que volvió a gritar. Pero aquella vez, su voz sonó real. Le dolieron los oídos. Su cuerpo se movió deprisa, torpe y animal. Algo la tocó. Algo parecido a lo que era ella.

-¿Está bien?- preguntó una voz grave, urgente.

"¿Qué soy?" pensó, perdida. No era capaz de recordarlo.

-Escúchame- dijo otra voz, más cercana. Sonaba apaciguadora- shhh. Cálmate- la consoló.

Su corazón estaba palpitando tan fuerte en tan poco tiempo que pensó que saldría de su pecho.

-N-n-no ent-tiendo- tartamudeó. ¿Dé donde salía de repente todo aquello? Su propia voz sonó rara, como si jamás la hubiera escuchado.

-Merlín. Está hablando- dijo una voz que sonaba el doble de suave que las otras dos. Una mujer. Como ella. ¿Por qué...era ya una mujer? ¿Era una niña? Se miró unos segundos, ante las atónitas miradas que la taladraban. No se pareció ni una cosa ni la otra.

¿Por qué parecía conocerla y sorprenderse de que pudiera hablar?

Su mente cansada comenzó a funcionar. Se fijó en sus propias...manos, así se llamaban. Unas más grandes sujetaban las suyas.

"Es un hombre. Los hombres son humanos, como las mujeres. Pero son distintos. Somos distintos"

Aquel razonamiento simple pareció agotarla. Miró a los ojos del hombre, desorientada.

"Es joven" Le dolió la cabeza solo de pensarlo. Ladeó la cabeza, agotada, sin apartar la mirada de aquellos ojos verdes.

Él la sujetó. Había estado a punto de caerse de la cama. Rozó con los dedos las sábanas de algodón, mientras la incorporaba. Se dio cuenta de que sudaba, porque su cuerpo se aireó un poco con el movimiento. Alguien, el dueño de la voz grave, gritó en la lejanía, de nuevo ese "Aaaaaaaa". Los nombres de los objetos comenzaron a entrar en su cabeza a tropel. Intentó recordar más cosas, como quién era y qué hacía allí, pero había un enorme muro protegiendo todos esos rincones de su mente. Gimió, como si le doliera.

La voz de su cárcel de oscuridad, volvió a hablar. Aquella vez, mucho más cerca. Mucho más claro.

-¡¿Ann?!

Parpadeó, como si algo le hubiera picado.

-Tumbarla- ordenó el hombre joven que la había sujetado.

Alguien le hizo caso. Se sintió un poco mejor cuando su cabeza reposó en la almohada. Y, tras un movimiento ruidoso, se volvió a hacer el silencio. Pero odiaba el silencio. No. No quería volver.

-¿Q-q-qué m-me passa?- consiguió preguntar, en voz baja. Aunque quizás no era esa la pregunta que quería formular.

-Has estado durmiendo mucho tiempo- respondió el hombre de ojos verdes. A ella se le hizo escasa.

Una figura muy delgada se sentó en su cama, y buscó su mano, con urgencia. Al rozar con él, se sintió un poco mejor, sin saber por qué.

-Ann...estoy aquí. Estamos vivos.

Su corazón se aceleró más todavía, temeroso. Abrió los ojos todo lo que pudo, y los paseó por la estancia, examinando cada rincón y cada persona presente.

El que la llamaba, el muchacho de la voz grave, parecía enfermo, y su delgadez era tanta que los huesos se le marcaban en la piel y parecía que iban a romperla en cualquier momento. El pelo castaño oscuro le caía sin gracia sobre la frente: pero sus ojos, azules, escondidos tras unas viejas lentes, eran grandes, brillantes y llamativos. Detrás de él había unas siete personas que se apelotonaban todas en la entrada de la habitación. Dos jóvenes con un hombre detrás que perfectamente parecía su padre, una mujer con el pelo castaño enmarañado y ligeras arrugas en el rostro, y un hombre pelirrojo de cabello escaso y barriga incipiente. Una muchacha alta y también pelirroja que parecía una mezcla de los dos se acercaba a ella. Detrás, otra con el mismo color de pelo, pero más guapa y más bajita la siguió. Al ver las jeringas que la última llevaba en su mano, protegida por unos guantes, se apartó rápidamente.

-No tengas miedo- le pidió. Por algún motivo, aquella voz le sonó muy cálida. Pero no tener miedo era algo imposible.

-No sé qué hago aquí- confesó la supuesta Ann. Era consciente de que algo faltaba en su cabeza: parecía como si solo tuviera la mitad del cerebro.

Los dos muchachos que acercaban a ella no hacían más que...

-La estáis asustando más de lo que debe de estar- dijo la propietaria de la voz cálida.

El joven de gafas y ojos azules pareció derrotado. Bajó la mirada, y se alejó de ella.

-No recuerda quién es- dijo, con apenas un hilo de esa voz grave. Miró a la que había hablado, como buscando un consuelo que no parecía que fuera a encontrar en ningún lado.

Ella estaba en el cabecero de la cama, dispuesta a escapar. Casi todos los presentes la miraban casi con desesperación. Se sentía demasiado atrapada. Demasiado retenida. Menos por el joven de ojos verdes, que no se había apartado de ella y la miraba con calma. Fingida, pero eso la supuesta Ann no podía saberlo.

Tampoco podía saber que pronunció las palabras que nadie quería oír.

-¿Quiénes sois?

Escuchó movimiento en el fondo de la habitación, pero no podía ver. Él le tapaba lo que ocurría, lo cual no hizo más que alterarla, más todavía.

La pelirroja más guapa se acercó a ellos.

-Yem...-lo llamó.

-Vic, ya hemos hablado de esto- la interrumpió.

Una nueva figura se le adelantó. También tenía los ojos verdes, aunque más oscuros, y parecía años más joven. Ella volvió a fijarse en el parecido que compartía con otro joven más mayor y un hombre de mediana edad, con lentes redondas. Se giró un momento, y el sol iluminó una cicatriz que tenía en la frente, en forma de rayo.

-Todavía no estamos seguros de si ella puede...si sigue siendo...

-Basta Albus, no lo digas- le espetó el muchacho delgado, que parecía el más afectado- no se la volverá a tocar. Han sido ya demasiadas.

Se sobresaltó. ¿Estaban experimentando con ella? Se asustó tanto, lo suficiente, que finalmente se incorporó de la cama, sorprendiendo a Yem y a Victoire en primer lugar, que reaccionaron levantándose también.

-Mi hijo tiene razón- le dijo el hombre de la cicatriz en forma de rayo a Yem- sé que todos estamos...un poco conmocionados ahora mismo. Pero...tenemos que saberlo.

-Hay que darle un poco de espacio- puntuó la mujer de pelo castaño enmarañado.

-Esperaremos abajo con los demás- aclaró el pelirrojo.

-Tú también, Harley...

-Me quedo- contestó secamente el chico delgado, en señal de negativa.

-No nos molesta- lo defendió Yem- y es posible que nos ayude...Ann, no tengas miedo. Somos amigos tuyos.

-¿Si lo sois, por qué no lo recuerdo?- preguntó Ann, casi gritando.

-Has perdido la memoria, pero no hemos sido nosotros. Te...viste obligada a perder una parte de ti. Pero no es nuestra culpa- ella pudo ver de reojo cómo el que habían llamado Albus arrastraba del brazo a la pelirroja más joven, acompañando su apremio de supuestas palabras tranquilizadoras. Ella la había estado mirando con ojos llorosos, pero no derramó ninguna lágrima. Finalmente, fueron los últimos en salir, dejando sola a Ann con el chico esqueleto y los dos que parecían compinchados para examinarla.

-Llevamos dos meses...intentando que vuelvas con nosotros. Has perdido toda tu memoria- levantó las cejas- o eso parece.

A Ann esa versión le parecía difícil de creer. Era la primera vez que los había visto en su vida.

-¿Qué me habéis hecho?- preguntó, asustada.

-¡Nada!- contestó el joven de ojos azules- nada, solo intentar que vuelvas...

Ann se agarraba a la mesilla de noche, e intentaba arañar algún punto de la pared. No parecían querer hacerle daño, pero tampoco parecían dispuestos a dejarla en paz.

-No me vais a tocar-decidió, rápidamente- no sois amigos míos. Si lo fuerais, os recordaría.

-Nos conoces- dijo la chica.

Yem señaló al que habían llamado Harley.

-Él es tu hermano. Tú le quieres.

Se rehusó a creerle, pero no pudo evitar mirarlo, con interés renovado. Pero la desconfianza venció.

-No os creo- miró a su hermano, y pudo ver como se le cruzaba el rostro, como si hubiera recibido una bofetada.

Yem señaló de nuevo, pero al espejo.

-No tienes más que comprobarlo. Sois iguales.

Vaciló. Si se acercaba a mirarse, estaría lo suficientemente cerca de ellos como para que la agarraran y le pincharan con aquella enorme aguja. También portaban cada uno, menos su supuesto hermano, un palo de madera que no le resultaba tan preocupante como el objeto punzante que Victoire sujetaba.

-Vamos a negociar- dijo ella- nos apartaremos, y así podrás verlo tú misma.

Los tres se alejaron de ella. Ann tardó unos largos dos minutos. Finalmente, avanzó un par de pasos.

-Quizás te reconozcas al mirarte- dijo Harley, esperanzado.

Pero se equivocaba.

Claro que se parecía a él. Su cabello era más oscuro, negro como el carbón, y estaba bastante delgada, aunque no tan enfermizamente como él. Pero su piel tenía el mismo tinte claro y aunque la forma del rostro era más redonda y su hermano parecía un hombre y ella una mujer, de alguna manera eran idénticos. Se maravilló con sus propios ojos: tan azules como dos zafiros. Ellos no podían estar mintiendo. Miró a su hermano, hasta hartase, y vio el dolor en sus ojos.

"Realmente quiere que le recuerde" pensó. "Pero no puedo"

Seguía teniendo sus dudas. No podía evitarlo. No había ni una sola pista en su cabeza. Ni una sola seguridad.

-¿Estás convencida ya?- la instó Yem, cuya ansia también comenzaba a entreverse.

Ann lo miró. Él sí que no parecía nada suyo: excepto sus ojos, todo en él era corriente. No era ni muy alto ni muy bajo, el cabello no era ni muy corto ni muy largo. No era feo, pero tampoco era guapo. No estaba gordo, ni era un chico delgado.

-Puede que sea así- dijo, y carraspeó por no acostumbrarse a su propia voz- pero eso no me hace confiar más en vosotros.

-Solo te queremos hacer una pregunta, Ann. Dos, en realidad. Una...¿Hay algo en mí que te resulte extraño?

Ella frunció el ceño.

-¿Nada?- insistió.

-No entiendo por qué me preguntas eso- contestó rápidamente.

Él cerró los ojos, como si una certeza le doliera.

-Yem ¿estás seguro de que no puedes...- preguntó Harley, ansioso.

Lo interrumpió.

-No escucho nada. Ya no tiene...sus dones.

Eso pareció decirlo todo.

-Una última pregunta y te dejaremos en paz, Ann.

Estaba deseando que dejaran de llamarla Ann. Ella no era esa Ann. Quizás lo fue, pero ahora era otra cosa. Otra persona.

-¿Existe la magia?- preguntó Victoire.

Tuvo ganas de reír ante semejante estupidez.

-¿La magia?- preguntó, incrédula- no existe la magia.

Pero entonces un pensamiento muy abstracto acudió a su mente. Plantas creciendo deprisa, el cielo llenándose de nubes de repente, animales que se convertían en humanos, o al revés. Otros animales, que no había visto jamás pero existían en las páginas de un libro que una niña parecida a ella leía...

Perdió la sensibilidad de su cuerpo, como comenzando a emborracharse. Se tapó la cara con el dorso de la mano, mareada.

-No...no lo sé- contestó con un hilo de voz.

Estuvo a punto de caer, pero Yem volvía a estar a su lado, para sujetarla y no dejarla tocar el suelo.

-No pasa nada...todos cuidaremos de ti.

Un enorme sueño la atrapó de repente, como por arte de magia. Victoire todavía sujetaba en alto su varita, mientras Ann pudo ver cómo Harley salía de la habitación deprisa, supuso que frustrado y lleno de pena, como su propia conciencia dentro de ella.

Despertarse era la parte más difícil. Desde su...accidente, y desde que habían llegado las vacaciones, tenía que seguir una rutina mañanera que procuraba evitarle a su padre. Pero no siempre era cosa fácil.

Se levantó de la cama, no sin haber estado esos veinte minutos que necesitaba para no empezar a gruñir a todo el mundo, aunque gruñir estaba en su esencia, se refería a gruñir un poco menos.

Fue descalza al baño. Era verano, y dormía solo en camiseta. Aun así, tenía calor. Se miró al espejo: para ella estaba horrible. La noche la había despeinado y los dos meses de vacaciones no habían hecho más que acentuar las ojeras con las que había acabado el sexto curso de Hogwarts. Se echó el pelo rubio hacia atrás: las mejillas aniñadas de Grace habían menguado: últimamente no comía mucho. Le asustaba el modo en el que sus gustos en la comida habían cambiado, y eso hacía que pasara hambre. Nunca había sido especialmente afín a la carne. Suspiró y se lavó la cara.

Bajó las escaleras sin hacer el más mínimo ruido, poniéndose calcetines para que sus pies no se pegaran contra el suelo.

En la cocina, abrió el armario de los condimentos y sacó un bote marrón viscoso. Con los dedos, arrastró una pequeña cantidad y la soltó con asco en un vaso. Luego, cogió otro bote mucho más líquido (de color azul oscuro) y vertió diez gotas sobre el potingue. En seguida, ambos se juntaron en una extraña poción. Grace respiró hondo. Odiaba las medicinas, aunque jamás había tenido nada en contra de las pociones. Hasta ese momento.

La tragó en enormes sorbos, estremeciéndose del asco. Cuando acabó, dejó el vaso haciendo mucho ruido cuando golpeó bruscamente la encimera, y como algunas veces, tuvo que agarrarse al fregadero y convulsionar varias veces. Le daba ganas de vomitarlo nada más lo tomaba. Una vez lo había expusalado todo, y había seguido vomitando después. Pero estaba empezando a acostumbrarse, por raro que pareciera.

Por suerte, Mattew Wilson se despertó una hora más tarde. Para entonces, su hija hasta se había untado el ungüento maloliente en la tripa y había contrarrestado su hedor con un hechizo (las ventajas de la mayoría de edad).

El hombre se sentó en la mesa de la cocina, mientras Grace cocinaba huevos y bacon. Gruñó, como solía hacer su hija por las mañanas, antes de hablar.

-¿Cuándo dices que va a venir ese chico?- dijo, con inapetencia. No quería más chicos en casa, no después del vecino pesado que había sido novio de su hija. Pero era consciente de que su hija necesitaba compañía, ahora más que nunca.

-Ha dicho que llegaría después de comer.

-A ver si para cuando llegue te pones unos pantalones.

La chica bajó la mirada. Ya llevaba puestos unos cortos.

-Pero sí...

-Además, hoy está lloviendo. Y ya no hace tanto calor.

Grace gruñó también. Formaba parte de su comunicación.

-Me ve en falda desde los once años, papá. Mis piernas no son ningún misterio.

-En mi casa, que lo sean.

-Cuando viene Josh no pones tantas pegas- le puso el plato en la mesa- Y te recuerdo que también vendrá en un par de días.

-Joshua es gay.

No tenía nada que contestar a eso.

El invitado llegó puntual, a la hora a la que habían pactado a través de lechuzas. Grace esperaba en la calle, con un pantalón largo oscuro y un chubasquero violeta. Las gotas de agua caían distribuyéndose sin ganas por su calle de casas iguales. Lo vio aparecer al doblar la esquina.

No iba a mentirse: lo había pasado muy mal. Tras el ataque de Hogwarts, que se había cobrado alumnos (entre ellos a Ciro Crespo, al que llamaban Harley, a Hyssacc, su compañero de casa) y los profesores Patterson y Skeeter, se había decidido a seguir adelante con lo suyo. Pero muchas veces era duro. Cerró los ojos, un momento.

"Al menos estás viva"

Al menos lo estaba. Pero estar vivo no significaba no sufrir.

El chico la localizó. Grace sonrió, levemente primero, pero al ver la alegría de él se contagió. Los pasos de él se volvieron más largos.

-¡Pensé que jamás te vería por aquí!

Los dos se abrazaron, varios segundos.

-Hola, Grace- saludó, con cariño.

-Hola, Scorpius.

Tres meses antes...

Quería irse de nuevo. El dolor podía con ella. Gritó cuando la tumbaron en la cama de la Enfermería. Oía el ruido de fuera de los muros, pero no podía saber si todo había acabado o no.

-¡Ayudadme!- gritó la señora Pomfrey- ¡Potter, ¿has realizado el hechizo?!

-Si, señora- contestó una voz que no era la de Albus. Quería llamarlo. Quería decirle que solo se quedaba por él. No sabía que él lo necesitaba. Pero se lo había dicho. Ahora sí lo sabía.

Las alucinaciones que le provocaba el dolor le hacían ver al lobo comerse con apetito insaciable las vísceras de su vientre. Respiró agitadamente, acompañando su lamento de gemidos lastimeros.

-Merlín, pobre muchacha- se lamentó, mientras se escuchaba el ruido de metales chocar. Ya no sabía qué era real y que no.

- Es una heroína.

Aquel sí que era Albus, y se preguntó si era el que apretaba fuerte su mano. Quiso llamarlo de nuevo. Solo pudo gemir de nuevo, aunque más fuerte. Como alucinación suya, su voz sonó como el aullar de un lobo. Su corazón se disparó. Todo el mundo sabía de sobra qué pasaba cuando te atacaba un hombre lobo. La desesperación la inundó, incluso en su semiinconsciencia.

"No puedo. No puedo ser una mujer-lobo. No puedo"

Quiso llorar, pero aquel cuerpo ya no parecía suyo.

-Hay que asegurarse de que no queda nada...y quizás podremos salvarla.

"Me muero"-pensó.

Pero no. No murió aquella noche.

Yem fue el último en bajar al salón, donde sabía que lo esperaría una jauría de personas desesperadas por un poco de luz. Pero él no tenía mucho de eso. Había dejado a Ann durmiendo en la cama de matrimonio que había convertido con su hermano, poco después de que salvara la vida sacrificando todo lo que era ella. Ya no había Ann Anderson. Tanto ella como su poder se habían esfumado. Al menos, de momento. Victoire le había dejado a solas unos instantes a solas, en cierto modo era capaz de leer dentro de él. Harley, Andrew, o quién fuera había perdido a su otra mitad, Rose y Albus habían perdido a su mejor amiga, los demás habían perdido su motivo para luchar y su garantía de ganar la guerra que se había cernido sobre el mundo mágico desde que Ann se sumió en su sueño... pero para Yem también era un golpe duro, porque había perdido más. No habría dos como ella. Sabía que a ella no le había pasado lo mismo que él, pero ya jamás tendría la oportunidad de leer en sus pensamientos y permitirle leer los suyos, jamás recordaría los secretos que compartían...jamás podría enamorarla. Él también sufría. Y lo peor de todo...era que quizás no era un jamás. Lo peor era que la agonía no terminaba nunca, y siempre se podría albergar una mínima esperanza.

Bajó las escaleras, y entró en el enorme cuarto. Allí, más de quince personas (o eso le pareció a él) dirigieron la vista hacia Yem. Él buscó la mirada de Victoire, y se encontró con la suya. Estaba al lado de Ted Lupin, como siempre, pero también había alguien que Yem no había esperado aquel día.

-Señor Thomas- se sorprendió.

Todos los estudiantes sabían que Dean Thomas era un famoso Sanador, que con el paso de los años había decidido ejercer en Estados Unidos, pero la fama de sus estudios era especialmente reconocida en Inglaterra, su país de origen. Yem lo conocía porque pertenecía a la Orden del Fénix, los miembros que se hallaban ahí reunidos, y entre el Sanador y los dos estudiantes habían estado tratando de despertar a los hermanos Anderson de lo que podría haber sido un sueño eterno. No lo habían hecho nada mal, aunque no podían adjudicarse el mérito de despertar a Harley. Rose Weasley había sido la que consiguió desvelar ese enrevesado misterio. Yem no esperaba al señor Thomas, porque los Neomortífagos tenían ojos puestos en él, y era peligroso.

-Tranquilo, Yemhal. Estamos todos a salvo- lo tranquilizó.

El silencio envolvió el salón como un manto.

-No ha vuelto a salir como esperábamos- masculló Harley, entre dientes. Estaba apartado de los demás, cerca de la ventana que daba al jardín- otra vez- remarcó.

A veces a Yem le costaba asociar ese timbre tan corriente de voz al chico alto y moreno que, sin sonar nunca afeminado, parecía que hablaba cantando. Aunque seguía conservando ese ligero acento extranjero.

-Dean- preguntó Harry Potter- ¿crees que teníamos que haber esperado más?

Podría haberle hecho esa pregunta a él o a Vic. Iba a dar lo mismo.

-La magia de Ann se comporta como nunca antes lo habíamos visto. Estuvo preparada para ser albergada en su solo cuerpo, pero jamás ocurrió así. Incluso ahora- todos miraron a Harley, porque el Sanador lo miró- su magia está siendo utilizada para mantenerte con vida.

Al chico no parecía hacerle gracia que le recordaran eso.

-Hemos intentado utilizar el momento oportuno para intentar volver a despertar a Ann, justo después de que se despertara...bueno, ya sabéis.

La primera vez que habían conseguido despertar a Ann de su aparentemente sueño eterno, se había comportado como lo haría un recién nacido. No era capaz ni de masticar. Solo lloriqueaba, bebía y se hacía de vientre encima. La mayoría no quiso verla más de una vez, excepto ellos tres y Harley, que se limitaba a mirarla, inculpándose de su estado. Habían estado utilizando diversos y complejos métodos para intentar reiniciar partes del cerebro de Ann que parecían dormidas, y Andrew Anderson parecía poder controlar en cierta medida esos métodos. Todo gracias al descubrimiento de Rose.

Habían hecho progresos, pero no los suficientes.

-La hemos escuchado hablar- intervino el Señor Potter- ¿Podemos estar seguros de que no acabará recuperando la memoria sin necesidad de volver a inducirla al coma?

-Por no hablar de la seguridad de Harley. La magia que ambos compartís es tan impredecible que mira cómo te has despertado esta vez- el chico volvió a ser el centro de las miradas.

En aquellos tres meses, Harley había cambiado mucho de aspecto. La primera vez que despertó, había absorbido parte de la magia, y parecía casi tan alto como lo había sido en el pasado, y su piel ya no era tan blanquecina. Parecía hasta sano. Pero la segunda y aquella tercera vez que esa misma magia había despertado a Ann, parecía haber salido del cuerpo de su hermano. Por eso se mostraba enfermizo y malnutrido. A todos les preocupaba no saber cómo controlar toda esa situación. Por regla de tres, si Ann se despertaba tan exacta a cómo había sido antes de intentar salvar a Harley, todo habría sido en vano y él podría morir. De nuevo.

El chico no pareció mostrar demasiada atención a la observación de Hermione.

-Tenemos que probar otra vez- sonó convencido- Ann no puede quedarse así. No solo no recuerda nada, sino que además la magia se ha quedado estancada en algún rincón de ella, porque está claro que yo no la tengo- se señaló a sí mismo, irónico.

Yem no estaba del todo de acuerdo. Claro que Harley no tenía toda la magia, pero algo albergaba.

"Si no, estarías muerto" Quiso decirle.

Albus, que estaba al lado de su prima Rose, que mantenía los brazos cruzados y una seria expresión, habló por los dos.

-No se puede hacer otra vez. Cada vez que entráis en el coma nos quedamos con la incógnita de si os vais a despertar, y en qué circunstancias lo vais a hacer.

Harley pareció dispuesto a replicar, pero Rose se le adelantó, incorporándose de la mesa en la que se apoyaba, dándole un aspecto todavía más tenso.

-Puede que no se haya despertado siendo Ann- su mirada azul chocó con la de Harley, del mismo color- pero está claro que se ha despertado siendo alguien. Podemos darle una oportunidad un tiempo- desvió la mirada hacia sus padres, y la paseó por la habitación. La mayoría de los adultos eran sus tíos, aunque también estaban sus abuelos, algunos de sus primos, Teddy, La Profesora McGonnagall...

-Tal vez si hablamos con ella e intentamos que entienda...

"El qué"- se preguntó Yem- "¿Qué el peso de toda una guerra recae sobre sus hombros?" Todavía recordaba esa mirada asustada, que a pesar de todo parecía desafiarlos a intentar hacerle daño. Recordó también cómo no había visto nada extraño en él. Ahora, su hechizo para ocultar su rostro también funcionaba con ella.

Pero entendía la desesperación de Rose. Puede que hubieran jugado a recuperar la mente de Ann, pero podían haber perdido la vida de Andrew en el intento. Y Yem no era tonto. Ya sabía leer a Rose. En cierto modo, le daba miedo acabar estando tan atado como ella lo estaba. Aunque quizás ya lo estaba.

-Al ser Ann ahora una persona consciente y...en cierto modo en plenas facultades, o al menos eso parece, podríamos como dicen Rose y Victoire explicarle su situación, lo que la llevaría por su propia voluntad, si lo desea, a compartir esa magia contigo- miró a Harley- como ha hecho toda su vida. Ya sabe que eres su hermano. Y si ella está dispuesta...cabe la posibilidad de que ambos llegarais a recuperaros completamente.

-No podemos estar seguros de eso- gruñó el Señor Weasley por Harley.

-En todo caso, Yemhal tiene razón- lo defendió el Señor Thomas- tenemos que comprobar cuánto hay de Ann Anderson en la chica que ha despertado hace media hora en esta casa.

-Yo me ofrezco- Yem siempre se ofrecía.

-Yo también- saltó Harley.

Harry Potter negó.

-Mejor que lo haga alguien más ajeno a Ann, Harley. O lamento decirlo, pero cualquiera menos tú. Estás demasiado implicado en su vida y ella va a averiguarlo demasiado deprisa. Quizás necesite tiempo para meditar antes de conocerte bien.

Rose frunció el ceño.

-Si ella no lo acepta, Harley morirá- intervino Albus, contestando en parte a su padre- no puede ser tan distinta como para llegar a ser una mala persona.

-Y aunque ese fuera el caso, no quedaría más remedio que inducirlos a ambos al coma otra vez- desvió su mirada hacia el protagonista de aquella conversación, de nuevo- pero mi hijo tiene razón. Ann habría querido salvarte a toda costa. El amor no es algo que se olvide así como así.

-Ella llegó a recordar- acompañó Yem- llegó a recordar por sus propios medios que tú eras Andrew. Yo ayudé, pero solo porque podía escuchar lo que pensaba. Podrá recordar eso de nuevo, y todo lo que ha olvidado- convenció a los presentes.

-Quiero hacerlo contigo- intervino Rose. Parecía que aquellos meses la habían vuelto una mujer, fuerte y segura de sí misma- si Harley no puede, quiero hacerlo yo. Tú y yo- le propuso a Yem, a la vez que a todos los demás- solos, con Ann.

Harley pareció celoso (de Rose) y conforme al mismo tiempo. Su cuerpo se relajó un tanto.

Albus no dijo nada, pero cruzó una leve mirada con James, que el hermano mayor pareció captar.

Yem inspiró hondo.

-Me parece bien.

Todos parecieron de acuerdo.

Pasaron los minutos, y poco a poco, los miembros de la orden fueron abandonando aquella casa que el padre de Yem había comprado a petición de su hijo. El Señor Naints se había llevado un buen susto cuando su hijo muerto en la batalla del anterior dos de mayo había aparecido ante él sin previo aviso. Pero era necesario. El mundo mágico pensaba que tanto él como Harley habían muerto, y que su padre comprara una solitaria casa en mitad del campo en el sur de Irlanda para sufrir su pérdida era la tapadera perfecta para la base de la Orden. Aunque les había dado Sameor no sospecharía que Ann y Andrew estaban allí. Los dos vivos.

Casi tres meses antes...

Los cuerpos de Ann y Harley cayeron en la enorme cama, despacio. En la habitación, Yem bajó su varita, mientras que la familia Weasley al completó descansó en paz, al menos por unos instantes. Llevaban demasiados días ocultando a los hermanos Anderson en la Madriguera, lo que había supuesto un gran peligro para todos. Pero alguien tenía que asumir aquella responsabilidad, y todos habían colaborado para hacerlo posible y levantar las mínimas sospechas.

El transporte también había sido complicado. Temían que por desplazamiento mágico, el vínculo que mantenía unidos a Ann y a Harley (o más bien, imposibles de separar físicamente) se quebrantara. Al final, decidieron probar con el traslador, y funcionó. Yem también respiró, aliviado.

-Supongo que ahora eres oficialmente miembro de la Orden- le dijo Rose, mientras extendían las finas sábanas para tapar las cinturas de los cuerpos.

Sonrió, desganado.

-Cuando estás oficialmente muerto, no sé si puedes ser un nuevo miembro de nada.

Rose desvió la mirada hacia Andrew, y se quedó atascada contemplándolo. Yem respetó el momento, abriendo la ventana manualmente, para que le llevara más tiempo.

-Todos creen que está muerto- le dijo. Algo que él ya sabía. Rio irónica- creerán que estoy encerrada en mi casa, llorando por él y por Ann, que ha desaparecido del mapa.

Se acercó de nuevo a la cama.

-Esto no es mucho mejor- soltó entre dientes, amargada.

Albus llegó con las almohadas. Ninguno de los dos lo saludó. Rose paseaba su mirada de un lado al otro de la habitación. Se aclaró la voz.

-Soñé con él, hace meses. Así, como es ahora- señaló a Harley, hablando para los dos- dijo que yo sabría cómo salvarle.

Ninguno supo que responder, pero ambos permanecieron inmóviles.

-¿Y si...-la incertidumbre le picó en la garganta- y si de alguna manera que no recuerdo...¿me dijo cómo salvarlos de...esto?- los señaló. Estaban completamente inconscientes, y solo sus pechos, que ascendían cada poco, los separaban de la muerte.

-¿Dices que lo soñaste hace meses?- preguntó Yem- entonces, Rose, no sé cómo iba a poder decirte Harley cómo salvarlo de algo que no le había ocurrido.

Rose no añadió nada más. Albus y ella habían hablado con anterioridad de aquello. Él sí que tenía ciertas esperanzas de que Rose recordara por completo el sueño que había tenido. Por el momento, estaba lleno de lagunas.

Se quedó sola en la habitación, con ellos. Tras un par de minutos, se sentó y agarró la mano libre de Andrew. Era muy diferente a la que había tenido, pero seguía siendo la suya.

-Si puedes oírme, no te preocupes. Averiguaremos cómo salvarte. No pienso dejar a medias lo que Ann empezó.