Capítulo 237. En los confines del universo
Un pequeño revuelo reinaba entre los dos barcos, el Argo Navis y la sombra de este, más grande y robusta. Había muchísimas cosas que contar en uno y otro lado, tanto de lo ocurrido en la Tierra y los mares olvidados cuanto la reciente batalla. Algunas de las cosas de las que hablaron eran de suma importancia, por ejemplo, que en el Jardín de las Hespérides no iban a encontrarse con los héroes legendarios, sino a Caronte de Plutón, liberado del ánfora de Atenea y exiliado de la Tierra por Poseidón. Otras eran banales, simples dimes y diretes entre amigos. Como todos hablaban a la vez aquí y allá, todo se iba mezclando en una confusa algarabía de deber y emoción.
—¡Quién lo diría! ¡Estás vivo arquero! —gritaba Lesath de Orión, agarrando a Emil por el cuello mientras le removía el pelo con los nudillos—. ¡Eres duro de pelar, joder!
—Yo nunca lo dudé —dijo Aerys, pasando la mano por el fondo de un zurrón desgarrado y vacío. Tenía una cara de algún modo tranquila y enojada a la vez, como si en cualquier momento pudiera empezar a escupir fuego por la boca y quemar el barco.
Con mucha habilidad, Emil se libró del de pronto emotivo santo de Orión y de los cuentos que soltaba sobre que ganaron a un grupo de ángeles. Saltó a la cubierta del que decían era el Argo Navis Negro y buscó comunicarse con el nuevo Sumo Sacerdote, cosa harto difícil con tanta gente. Un sujeto, de nombre Archon y vistiendo el mismo manto sagrado que él le estrechó la mano, presentándose como uno de los caballeros negros bendecidos por el Milagro de Mu. ¿Qué le había pasado al mundo?
Otros en el Argo Navis Negro habían saltado hacia el original, aunque eran pocos los que tenían razones para ello, tras el inesperado gesto de Arthur de Libra. Soma de León Menor Negro destacó entre ellos, con una amplia sonrisa y subiendo y alzando los brazos en lo que se acercaba a su hermana, quien estaba muy viva. Al final, instado por los comentarios de las sombras de Águila y Orión, se animó a abrazarla.
Subaru de Reloj había visto ese momento, a pesar de lo cual se limitó a disfrutarlo en silencio. Así fue testigo, no solo del leoncillo maldiciendo la virilidad de mujer de la señorita Shaula, sino también del encuentro de Mithos de Escudo y Makoto de Mosca, después de que todos insistieran en que había que decidir quién era el santo de plata más fuerte. Los dos se quedaron mirándose entre sí, incómodos, por supuesto que no iban a ponerse a pelear ahora por ningún motivo, no era ese el futuro que el santo de Reloj había estado construyendo paso a paso. Al final salieron del atolladero con un asertivo comentario de Makoto sobre si no tendrían hambre, después de tantos días de naufragio.
—Comeré lo que sea, menos manzanas —dijo Mithos.
Ese acuerdo amistoso fue una decepción para Lesath, Bianca y Subaru, en teoría. Se suponía que tendría que haber animado a la gente a apostar mientras ni el Sumo Sacerdote, ni el santo de Libra estaban para condenarlo por ello. Pero callaba, por una vez, porque quería disfrutar de ese último momento de paz. Nunca antes había disfrutado tanto ver un suceso por segunda vez, cuando lo natural era solo una.
—¿Y tú no tienes hambre, hermana? —dijo Soma, atrapado en un bochornoso abrazo.
—Teníamos manzanas —respondió Shaula, que quizá podría estar mirando al santo de Reloj en ese momento, quizá no—. ¿Te estoy haciendo daño?
—Solo a mi reputación —comentó Soma.
Tokisada de Reloj Negro rio, siendo reprendido por miradas severas de Yoshitomi de Lobo Negro y Eren de Orión Negro. No era el único: Retsu de Lince y Nico de Can Menor, amigos de Soma, se llevaron las manos al rostro para sonreír a gusto.
Debían estar comprendiendo todos, en ese momento crucial, que aun poderosos santos de oro como Shaula de Escorpio podían ser tan humanos como cualquier otro.
—Veo que has hecho muchos amigos —comentó Shaula, soltándolo. La sombra de León Menor fingió que apenas ahora podía respirar—. Muchísimos.
—Dejando de lado a estos dos traidores y a los viejos —comentó Soma, fulminando con la mirada a Retsu, Nico y Lesath, Bianca y Mera. Solo Can Mayor se quejó de ser tratada de vieja, aunque más divertida que enojada—. Son caballeros… no, son santos negros, al igual que yo —anunció, golpeándose el pecho—. Vamos a luchar todos juntos esta vez, bueno, ya lo hemos hecho… —Acto seguido, empezó a contarle sobre la batalla contra los ángeles y Aquel que se desliza en la oscuridad.
A Subaru le resultó imposible atender a esa explicación, porque de repente Tokisada de Reloj Negro se empeñó en presentarle a alguien impresionante. Un ángel ducho en el arte de manipular el flujo del tiempo mediante magia.
No tenía demasiada importancia, él ya había escuchado el relato de todos modos.
—Así que tú eras el tercer santo de oro —comentó Garland de Tauro, sin ningún manto sagrado cubriéndole el cuerpo. Seis cosmos de oro habían formado la Senda de Oro: Ofión, Kanon y Triela de un lado, Orestes, Arthur y Shaula del otro. Nunca se les había ocurrido que pudiera haber alguien que no fuera un santo de oro involucrado—. ¿No tienes hambre? Dicen que también habéis luchado bastante. —En concreto, contra una enorme cantidad de esferas de masa primordial unidas entre sí por tentáculos de esa misma masa. Un horror clase necro que protegía el alma de un gigante manifestada a través de una luna—. Se ve que la Guerra de las Estrellas no resolvió nada de nada.
Orestes de la Corona Boreal, de pie y con la vista hacia el Jardín de las Hespérides, solo se tomó la molestia de girarse tras oír hablar de aquel conflicto.
—¿Alguna Guerra Santa es el fin de algo en el orden universal de Zeus?
—Dudo que lo sea, sin importar quién mande. Las guerras solo son guerras.
—Sabias palabras —reconoció Orestes—. Estoy saciado. Contábamos con manzanas.
—¿Dirás que no a un buen pollo asado? —cuestión Garland.
Después de estrechar la mano a tres santos de Flecha, Emil decidió que era bueno preguntar qué tanto había cambiado el Santuario desde que salieron de la Tierra. Le pareció que el hombre que habían presentado como el nuevo Sumo Sacerdote, ahora rodeado por dos ángeles del Olimpo, era la persona indicada y se dirigió de frente hacia él, pensando al tiempo que habían tardado poco en buscarle sucesor a Akasha.
Todo pensamiento negativo se esfumó cuando apareció el cuarto santo de Flecha ofreciéndole la mano y una explicación. Él, Archon y los otros dos eran en realidad sombras bendecidas por Atenea. Al parecer, las armaduras negras ya no eran negras.
Subaru de Reloj, acompañado por Tokisada de Reloj Negro, llamó la atención de uno de los guardaespaldas del Sumo Sacerdote, Noa de la Nobleza. Sin embargo, mientras este se alejaba, Arthur de Libra y Rin de Caballo Menor decidieron que era el momento oportuno para ponerse al día. Gruñó, molesto, a la vez que un gruñido mucho más ruidoso le provocó un susto de muerte. Se trataba de Alcioneo, el gigante que les había acompañado desde Hiperbórea. No quitaba la vista de encima a la santa de Cefeo, la cual daba golpecitos hacia el espaldar del santo de Libra como una niña que espera que su padre le haga caso. En parte deseó que lo lograra, que esos dos se fueran a charlar a otro lado, en parte se preguntaba por qué quería que pasase.
—Peces —gruñó Alcioneo de nuevo, hosco—. ¡Peces aquí y peces allá!
—¿No te gustan los peces? —dijo Emil—. Pues, ¿para qué te montas en un barco?
—El Pueblo del Mar y los Hijos de la Tierra no nos llevamos bien —replicó Alcioneo, sin apartar la vista de Aqua de Cefeo—. No, nada bien. En especial esa hija de su madre, Tetis, ese es el peor de todos los pescados.
—¿Tetis está aquí? —preguntó Emil con curiosidad.
Según Alcioneo le describía a la diosa, madre de Aquiles, los ojos del santo de Flecha se iban abriendo más y más. ¿Su amada sirena era, en realidad, una nereida? Desde luego, no portaba ahora ni las armas, ni la armadura, de una simple sirena. De pronto se sentía aliviado de no haberla buscado antes de intentar entrevistarse con el Sumo Sacerdote. ¡Una diosa del mar, quizá la más conocida de todas! Le había parecido que lo observaba cuando él repartía autógrafos entre las sombras de Flecha sin saber que eran caballeros negros, sin embargo, debieron ser imaginaciones suyas.
—El mejor sitio para estar a salvo de los peces es bajo cubierta —aventuró Alcioneo, ensanchando la nariz como si la presencia de Aqua le diera alergia.
—Sí —asintió Emil sin pensarlo mucho—, solo que… Oh, nada. —En un visto y no visto, Alcioneo saltó hacia el Argo Navis original, asustando al grupo de Soma y ganándose un buen coscorrón de parte de Shaula, quizá molesta porque le estropeasen el reencuentro familiar. El gigante, por una vez, desoyó las quejas y de algún modo bajó al nivel de los camarotes del barco equivocado. Emil estaba convencido de haber visto a su sirena, ¡a Tetis!, desplazarse hacia allí antes de desaparecer.
No corrió a avisarle porque para cuando volvió a prestar atención al Sumo Sacerdote, este ya estaba en el otro barco, chocando con Shaula de Escorpio, mientras que Aqua de Cefeo lograba al fin que Arthur de Libra le hiciera caso.
Simple y llanamente, no era su destino conseguir esa entrevista.
—Qué audaz que es la novia de Makoto, ¿verdad? —comentó un sujeto desorejado, sombra de Auriga, sin duda, aunque no era muy distinto del finado Yu.
Todo era muy raro.
—Siempre ha sido más bien única —comentó Grigori de la Cruz del Sur, con cara de haber envejecido por lo menos sesenta años—. No tiene que ver que sea su novia.
En verdad que era todo muy extraño.
—Una de sus novias —anunció la sombra de Norma, con desagrado.
—¿Makoto tiene muchas novias? —preguntó Emil a destiempo, porque los tres chismosos ya se habían apartado y fue Pavlin de Pavo Real, terrible a pesar de los brazos vendados, la que lo escuchó. De milagro no lo convirtió en cristal en ese momento, limitándose a menear la cabeza y apartarse para hablar con Cristal—. Tiene muchas novias y una de ellas es una nereida. Tiene muchas novias y una de ellas…
Soltando esa letanía, buscó a su amigo, a su hermano, que charlaba de lo más animado con el cohibido santo de Escudo mientras los dos comían a gusto.
¿Es que no significaba nada todo lo que vivieron juntos?
—Así que despertaste el Séptimo Sentido —comentaba Mithos, admirado.
—Fue una situación in extremis —admitió Makoto—. Oh, buenas, Emil, ¿ya resolviste tus asuntos? Parecías muy alterado. ¡Ni siquiera me saludaste!
Él solo se le quedó mirando. El simple de Makoto, con su mach 20 y su fama de besar a sus enemigos, ahora estaba de novio con una hija de Nereo y además había despertado el Séptimo Sentido. ¡El simple de Makoto podía moverse a la velocidad de la luz!
—¡Serás traidor! —gritó Emil, enojado.
—Ya era hora de que me hicieras caso —se quejaba Aqua.
—Tenía asuntos más urgentes —replicó Arthur.
«Contrastar cierta información con Orestes de la Corona Boreal, averiguar por qué el líder de Hybris es el nuevo Sumo Sacerdote, descubrir qué ha sido de mi maestro, formar un plan de batalla según todo lo que sabemos del enemigo, ponderar los nuevos límites que he alcanzado al luchar contra el Rey Durmiente… —enumeraba para sí el santo de Libra, sin decidir si decir alguna bastaría para que aquella curiosa criatura entendiera que no era el centro del universo. Luego estaba la parte de habituarse a los cambios en la Tierra, donde la principal amenaza, Damon, había resultado ser un aliado en la lucha contra Fobos de Marte y Caronte de Plutón. Por el Rey de la Magia era que tenían una oportunidad contra aquel último. Con todo, ni esas revelaciones, ni la lucha que se avecinaba suponían la principal preocupación del Juez—. Confesar mis pecados. —Un paso que ya había decidido dar desde hacía tiempo, razón por la que Shaula no había dicho nada y por la que las tripulaciones de los dos barcos podían permitirse solo comer, en espera de que los líderes acordaran lo que fuera que fuesen a hacer. Lo había estado postergando; habría preferido que fuese Kanon de Géminis quien sopesara sus acciones, pero no podía permitirse el lujo de esperar a que apareciera.»
Tuvo que interrumpir sus pensamientos al notar que Aqua, cruzada de brazos, lo observaba a través de la máscara. Casi podía imaginarla inflando las mejillas.
—Eres el maestro más desconsiderado del mundo, ¿lo sabías?
—Sé que no soy tu maestro.
Un pequeño grupo de interesantes personalidades se estaba formando alrededor de Orestes de la Corona Boreal. Debían haber llegado a la misma conclusión a la que llegó el santo de Libra cuando supo lo que Sothis del Origen había transmitido a la tripulación del Argo Navis Negro: en tanto era un caballero al servicio del dios que antagonizaba a los Astra Planeta, solo él podía saber si esta era veraz. En el poco tiempo que pudieron hablar ambos llegaron a la conclusión de que lo era, no solo por la experiencia del micénico contra los astrales, sino por el caso concreto de Ío de Júpiter. Tras la muerte de aquel, la Esfera de Júpiter empezó a colapsar, tenía sentido, pues, que el colapso de la Esfera de Plutón supusiera la muerte de su regente.
—Tú organizaste mi Prueba de Armadura. Tú me empujaste a ser santo de Atenea.
—Eso lo hizo mi hermana. Amenazándote de muerte, según decías.
—Puede que me tomara demasiado en serio que debía escoger entre servir en el reino de los muertos y luchar en el mundo de los vivos —admitió Aqua—. Como sea, eres mi maestro y deberías mostrar algo de alegría de que esté viva.
—Nunca se me ocurriría pensar que alguien como tú podría morir —dijo Arthur con franqueza. No le veía mucho sentido recordarle a aquella criatura que eran ellos los náufragos, perdidos de la manos de los dioses, porque entre lo que le contaron Rin y Gestahl Noah se hacía una idea de las duras batallas que habían debido pasar—. Se suele decir que la Muerte solo es alérgica a los dioses y tú eres una diosa.
En lugar de engrandecerse porque le recordaran su ascendencia, Aqua dijo:
—Yo sí que me alegré de que estuvierais bien. Con todas esas visiones horribles que tuvimos y la noticia de que la Suma Sacerdotisa había muerto, nos temimos lo peor. Makoto, sobre todo estaba muy mal…
La nereida siguió hablando, mientras Arthur escuchaba, anonadado. No solo por esas visiones, sino por el repentino interés que esa criatura tenía en los seres humanos.
¿Tanto podía cambiar una deidad en solo unas pocas semanas?
Algunos minutos antes, Shaula y Soma se ponían al día, mientras que Ofión de Aries y Triela de Sagitario se reunían con Garland de Tauro en popa. La santa de Escorpio se planteó unírseles, pues ella también era parte de la élite del Santuario, sin embargo, las palabras de su hermano, por duras, le hicieron voltear.
—El viejo está muerto, ¿verdad?
—Así es.
Le habría gustado contar con Subaru y Mithos ahora mismo, como apoyo, pero cada uno atendía sus propios asuntos. Lo que estaba bien. En realidad, incluso los amigos de Soma, fueran santos o sombras, mantenían la distancia, dejándoles espacio.
—Maldita sea, tenía la esperanza de que fuera un engaño… —murmuró Soma.
Palabras extrañas, quizá guiadas por el dolor. Ni siquiera se atrevía a preguntar cómo había sido. Shaula decidió que, como hijo del León de Bronce, merecía saberlo.
—Murió junto a Lucile e Hipólita, luchando contra…
Justo en ese momento cayó Alcioneo, bramando sobre peces y poniéndolo todo patas arriba antes de huir al nivel de los camarotes. Shaula no había terminado de echarle la bronca por animal cuando oyó una maldición entrecortada de su hermano.
—¿¡Es que aquí nadie mira por dónde pasa…!?
Se quedó petrificado, sostenido por unos muy nerviosos Eren y Yuna. El hombre que había pasado por donde él estaba, empujándolo quizá, era el Sumo Sacerdote.
—A decir verdad, extraño tener dos ojos —contestó Gestahl Noah a modo de disculpa, señalando el parche en el ojo. Soma asintió, un tanto inquieto y con la boca entreabierta. Tenía una queja que no se atrevía a dar—. En combate, los que podemos manipular el cosmos recurrimos a sentidos extraordinarios. —Como para reforzar esas palabras, un muchacho ciego apareció de la nada tras la espalda del Sumo Sacerdote. Los tres caballeros negros se cuadraron, haciendo un saludo militar, mientras que Retsu y Nico mantenían las distancias. Asintiendo, satisfecho, giró hacia Shaula, a quien por segunda vez interrumpían en su reencuentro familiar—. Nunca llegamos a hablar, ¿cierto? Tú eres la santa de Escorpio en esta generación.
—Sí que debe extrañar tener dos ojos, porque eso tendría que ser evidente.
Acababa de luchar contra una horda de abominaciones espaciales, por tanto, llevaba puesto el reluciente manto que la distinguía como guardiana del octavo templo zodiacal.
—Eres muy fuerte.
—Lo soy. —Shaula dio un suspiro, había algo que no le gustaba de aquel hombre, aunque no sabía bien qué era—. ¿Tienes algo que decir? Me estaba poniendo al día con mi hermano. —Mientras hablaba, dio un par de pasos, asumiendo que el hombre se apartaría. No se movió, de hecho, ni siquiera se dio por aludido. Por alguna razón, Soma sacudía la cabeza, como si fuera ella la que se estuviese comportando mal. ¿Por ser el Sumo Sacerdote? Eso no significaba nada allí, en los confines del universo, ya había golpeado la cabeza de la última líder a la que deseó seguir, ahora no tenía tiempo para formalismos, mucho menos tendría que tenerlos el rebelde sin causa de Soma, por mucho que ahora se llamara a sí mismo santo negro—. O te apartas, o te aparto. ¡Un momento! ¡Tu cosmos me resulta familiar! —exclamó, señalando al guardaespaldas ciego del tuerto—: Eres ese al que vencí tres veces. Este… ¿Ricardo?
Lo había alzado ahora mismo, sin venir a cuento, como si fuera a pelear con alguien.
—Es Ícaro —dijo la sombra de Sagitario—. Y fueron dos veces, no tres.
—Yo no era tan fuerte a tu edad. Me honra que una hermosa mujer como tú sea mi sucesora. —El Sumo Sacerdote parecía dispuesto a usar la falta de un ojo como excusa para oír solo lo que le interesaba. Le extendió la mano, esbozando una sonrisa encantadora—. Mi nombre actual es Gestahl Noah, aunque en mi primera encarnación fui conocido como Deucalión, primer santo de Escorpio. Es un placer.
No era la primera vez que Shaula oía referenciar a los primeros santos de oro, sin embargo, con todas las cosas que había pasado no podía estar segura de si el nombre de Deucalión aparecía en la historia que Lucile les contó. Confundida, no correspondió al gesto de Gestahl Noah antes de que Mithos viajara desde el otro barco como una estela de luz para tomarle la mano con toda la fuerza que poseía. Mucha fuerza, en verdad.
—¡Mithos de Escudo! —se presentó a viva voz—. ¡También soy fuerte!
—¡El mejor saco de arena entre los santos de plata! —exclamó Subaru desde el otro barco, a lo que sus nuevos amigos, el caballero negro de Reloj y un apuesto hombre de dorados cabellos, rieron, divertidos.
—Ya veo —dijo Gestahl Noah, separando la mano—. Ya veo.
—¿Por qué eres tú el Sumo Sacerdote? —dijo Shaula—. ¿Dónde está el señor Kanon?
—Disculpad a mi hermana, Padre… ¡Ejem! Su Santidad —pidió Soma, interponiéndose entre ella y el Sumo Sacerdote—. Está algo confundida, muchos días sin comer como es debido. ¡Vamos, acompáñanos! —pidió, agarrándola del brazo.
—Si he comido —replicaba Shaula—. Manzanas.
Pero no se resistió mucho, ya que la idea era poder seguir hablando. Con todo, vio de reojo cómo los caballeros negros se disculpaban hacia un Sumo Sacerdote de lo más extraño, que se quedaba mirando la mano mientras la abría y cerraba.
Gestahl Noah despidió a Eren y Yuna con suaves palabras. No tenían la culpa de nada. Había muchas emociones contenidas en ese encuentro, demasiadas.
—He oído cosas interesantes —dijo Orestes, apareciéndose tras él.
—Cosas que ya sabías —aventuró Gestahl Noah, mirándole—. Pueden morir.
—Jamás he visto a un astral muerto —señaló Orestes, lo que no aclaraba nada en absoluto—. Tengo una sospecha sobre el uso que podemos dar a esa…
Las palabras del caballero se interrumpieron por el bramido y los pisotones del gigante al subir, maldiciendo a todos los peces del mundo, las cuales se entrecruzaron con las maldiciones del santo de Flecha hacia todas las moscas traicioneras. El par intercambió miradas enfurecidas, pero no hubo una pelea. Emil bajó por la trampilla, jurando que si otros podían él también, Alcioneo se sentó sobre esta, tapando el único acceso que daba al nivel de los camarotes. Encerrando a los peces.
Entretanto, los santos de Aries, Tauro y Sagitario se les acercaron. También Noesis de Triángulo y Fang de Cerbero, aunque este no lucía muy atento, o nada en absoluto.
Gran parte de la conversación fue mediante telepatía, pues era una vía más rápida y daba menos pie a que la gente se inquietara. Orestes explicó que atendiendo a su experiencia contra los Astra Planeta, había llegado a considerar para matarlos había que destruir sus dominios, no solo la superficie que eran sus cuerpos. La información transmitida por Sothis de Origen no solo corroboraba que esto era así, sino que volvía una tarea imposible, destruir el espacio infinito que eran las Esferas de Crono, en algo posible, destruir la parte mortal y hacer que todo colapsara. Parecía claro que lo idóneo era concentrar esfuerzos en encontrar y destruir el corazón de Plutón, sin embargo, Ofión consideró imprudente apostarlo todo a una sola estrategia contra semejante amenaza y sacó a colación la experiencia que tuvieron con Macuil, aventurando que atacar la mente del astral podría ser clave en su derrota. Parecía un desvío innecesario hasta que Orestes expuso un evento atestiguado por el santo de Libra en que tres astrales debatían sobre las memorias de Ío de Júpiter. Entonces, Noesis, respaldando al santo de Aries, adujo que si pudieran acceder a las memorias de Caronte de Plutón, también debería ser posible sellarlas a través del Tritos Spuragisma. Orestes se mostró muy sorprendido al saber que habían sellado parte del poder de un ángel del Olimpo sin la presencia de santos de oro, sorpresa que se volvió mayúscula cuando supo del enfrentamiento contra Macuil del Fuego. Incluso si no conocía a ese guerrero celestial en particular, la Segunda Orden y las armas sagradas tenían una fama considerable.
—Habéis logrado una proeza digna de los mejores entre nosotros —observó Orestes.
El problema era que invadir la mente de un astral sería más complicado, ni hablar de sellarla. Noesis de Triángulo, pese a todo, consideraba que valía la pena intentarlo. No cambiaba nada saber que los Astra Planeta podían morir, si ellos no podían matarlos.
—Podemos —aseguró Gestahl Noah—. Basta con golpear en el punto adecuado.
«Con la fuerza adecuada —pensó para sí el Sumo Sacerdote, consciente de que los héroes legendarios no estaban en el Jardín de las Hespérides, por lo que no podían contar con ellos—. Acudirán cuando sea el momento. Siempre lo han hecho —recordó, no sin orgullo. Por el momento debemos prepararnos nosotros.»
Mientras estudiaban la estrategia a seguir contra Caronte de Plutón, surgió el tema de por qué el Argo Navis nunca pudo regresar a la Tierra.
—Imagino que sabéis lo que ocurrió —dijo Orestes—. Con la Suma Sacerdotisa.
—Solo en parte —dijo Gestahl Noah.
Después de sugerir a Aqua de Cefeo que atendiera las jaquecas que acusaba Makoto de Mosca y de pasar por un reconocimiento médico doble —Minwu de Copa y Aeson de Copa Negra ya habían oído que el más fuerte de los santos de oro había soportado, él solo, la atención de un Rey Durmiente—, Arthur de Libra volvió al Argo Navis acompañado por su hija, así como algunos santos de plata. Lesath de Orión, Zaon de Perseo y Bianca de Can Mayor observaron, en franco silencio, cómo el Juez trataba de convencer a un tozudo gigante de que tenían que pasar.
—No dejaré libre a ese pez endemoniado —insistió Alcioneo.
Garland de Tauro puso los ojos en blanco. Su raza, su pueblo. Lo entendía a la perfección. Él había estado en un término medio entre sus vecinos de Aries y Sagitario: no estaba tan callado como la Silente, pero tampoco aportaba lo que el Ermitaño, más allá de desechar la idea de Gestahl Noah de abrir las puertas del Caos en la Esfera de Plutón. La experiencia con Titania de Urano señalaba que lo que ocurría en los dominios de un astral podía causarle un perjuicio duradero, pero usar esa clase de poder a gran escala podría acabar con todos. Alcioneo le estaba dando la oportunidad perfecta para largarse antes de que Gestahl Noah insistiese con esa estrategia, que al fin y al cabo solo era uno de los tantos medios para ganar tiempo hasta que pudieran contar con los héroes legendarios, si es que volvían de donde fuera que estuviesen. Dando unas palmas, se apartó del grupo y fue a negociar con Alcioneo.
Al final, Arthur de Libra y Garland de Tauro tuvieron que pasar por un portal solo para bajar al segundo nivel de un barco. Era hilarante, además de extraño.
—¿Qué hay ahí abajo? —cuestionó Gestahl Noah por el canal convencional.
—El cuerpo de Su Santidad —respondió Orestes, sin más.
Sintió que el corazón se le detuvo por un momento.
Ese momento fue lo que tardó el portal en cerrarse, no lo querían allá abajo.
Como la gran mayoría de sombras no tenía ninguna relación con la tripulación del Argo Navis, siquiera de forma indirecta como los más cercanos a Soma de León Menor Negro, estas se quedaron en el Argo Navis Negro. El oficial Kazuma consideró esa una buena oportunidad para pasar revista, no había tenido tiempo de hacerlo en condiciones, aunque se hacía a la idea de la cantidad de bajas que tuvieron. María, Blue, Matisse, Blaine, Kasumi, Sabrina… Decenas de caídos que destacaban como impactantes vacíos entre los que se enrolaron en ese último viaje sabiéndose condenados.
—Güney de Delfín Negro —llamó la sombra de Cruz del Sur, con una hoja de papel en una mano y un bolígrafo en la otra.
—Presente —respondió el susodicho, haciendo un saludo militar.
Kazuma apuntó el nombre, el número ochenta de la lista de vivos. Si bien estaba dejando para al final a los que fueron al otro barco, incluido el general Ícaro, faltaban unos cuantos. Se suponía que cosas como esa se hacían con un ejército en formación.
«Es mejor hacer algo que estar ocioso esperando malas noticias —se recordó el caballero negro—. Además, para formar una estrategia, ese informe nos vendrá bien.»
Estaba convencido que las nuevas armaduras serían clave en la batalla
—Lisbeth de Cincel Negro —exclamó Kazuma, divisándola junto a su padre y el ángel de la Audacia en un rincón apartado—. ¡Lisbeth de Cincel Negro!
—¡Presente! —respondió Lisbeth, distraída.
Llevaba un tiempo examinando los daños que aún presentaba la armadura de Aubin de la Audacia. Le parecía desagradable cómo todos se empeñaban en rehuirlo mientras que a su compañero, Noa de la Nobleza, lo alababan. Claro que Lisbeth había sido la primera en repudiarlo y pedir su cabeza.
—Déjalo —pidió Aubin—. Solo Indech habría podido reparar mi gloria en estas circunstancias. Tú no tienes los medios, ni el tiempo, para hacerlo.
—Supongo que tienes razón —hubo de admitir Lisbeth.
Mientras, no podía apartar la vista de la mano del ángel de la Audacia. Él había ofrendado un tercio de su sangre para revivir el manto de Aries. Había descartado un regreso triunfal al Olimpo por ayudarles. Ya no era un enemigo, sin embargo, lo seguirían tratando como un extraño por el momento, era inevitable.
—Presente —dijo Michelangelo, para el estúpido conteo del estúpido Kazuma.
Le había decepcionado que Indech y Cethleann no estuvieran con ellos. Un herrero y una sanadora del ejército olímpico habrían sido un apoyo espectacular contra uno de los nueve mejores soldados del cielo. No obstante, si los poderosísimos santos de Atenea callaban como prostitutas mientras los Astra Planeta hacían su voluntad, ella no tenía por qué ser valiente. Era una sombra, estaba bien solo ir a la zaga de los héroes. De manera que no dijo ni pío para impedirlo, de todos modos parecía que aquellos dos estaban muy felices con la decisión tomada. No era como si les hubiesen raptado. Les habían ofrecido una golosina suculenta mientras les dejaban los ángeles que en el fondo solo eran más números, más fuerza bruta, aunque en el caso de Noa era mucha más fuerza bruta, al poder potenciar la velocidad de todos. Aubin era la oveja negra, sobre todo un recordatorio de que lo que para ellos había sido un enemigo muy, muy poderoso, para los Astra Planeta era solo una piedra diminuta en el camino.
Cincel Negro se compadecía de él, porque ella misma se sentía poca cosa después de haber conocido a un auténtico herrero. Todavía le dolía en el alma ver destrozados algunos de los mantos que había arreglado con tanto esfuerzo y por los que ella no podría hacer nada. En comparación, los del Argo Navis estaban impecables, a pesar de las batallas que Shaula de Escorpio, sentada frente a la mesa, aseguraba que pasaron frente a un muy emocionado Soma. Sin duda debían ser gente más sensata.
«No en vano a su jefe le dicen el Juez —pensó Lisbeth con admiración.»
—¿Qué tal si dejas de hacerte el lobo solitario y nos acompañas a la mesa? —propuso Michelangelo, apuntando hasta esta con la cabeza.
Varios tripulantes de ambos barcos se estaban congregando allí, alrededor del relato que Shaula de Escorpio hacía de sus propias aventuras. Sonaba a una buena historia, de modo que Lisbeth tomó el brazo de Aubin antes de que pudiera reclamar.
—Creía que te gustaban grandes —dijo el audaz ángel.
—No le digas esas cosas a una chica delante de su padre —replicó ella.
Michelangelo, en cualquier caso, no les oyó. Ya se había sentado en la mesa.
Ver el futuro tenía muchas utilidades, incluso si era solo de una persona. Subaru podía saber cuándo y cómo velar por Shaula, podía disfrutar dos veces de los buenos momentos que pasaba aquella chica alocada y escoger cuándo era mejor no experimentar algo por segunda vez. La charla entre Shaula y Soma sobre cómo continuó la expedición del Argo Navis luego de que él, Munin y Makoto volvieran a casa, que cada vez atraía a más gente a la mesa —unos para escuchar, otros para escuchar y comer y otros para comer y ya está—, sin duda era de los buenos momentos que habría preferido ver de nuevo. Entre un mar infinito de futuros posibles, aquella conversación había sido el faro que le confirmaba que pasase lo que pasase en la Tierra, fueran cuales fueran los que allí muriesen, Shaula estaría en el otro lado del universo para contarles sus desventuras, mientras que Arthur se escabullía. Contra todo pronóstico, aquel parecía ser el futuro más halagüeño, pues Soma era quien escuchaba, en lugar de Aqua. ¡Cuánto le habría gustado estar ahí, disfrutando de los últimos rescoldos de felicidad de, como diría Mithos, lady Shaula! Sería placentero, ya que no útil.
A él le tocaba ser útil, por eso se había dejado llevar por su homólogo, el artero Tokisada, hacia el portentoso mago del tiempo. Esa era la primera vez que Subaru hablaba con Noa de la Nobleza; los ángeles no coincidían con el futuro de Shaula, por una razón que conocía apenas ahora. Noa y Aubin se habían unido al grupo de terrestres por una mezcla de honor y consciencia, sentían que debían estar ahí, lo que los dejaba en una situación de lo más extraña e incómoda. Viejos enemigos en medio de dos grupos distanciados durante mucho tiempo por billones de galaxias. Mientras unos y otros intercambiaban saludos e historias, la alegría del reencuentro y la tristeza por los caídos, ¿qué podían decir ellos, más que merecer cuestionamientos entre susurros y alzamientos de cejas de la tripulación del Argo Navis? Estaban alienados, un poco como lo estaba Subaru, cuyo deber era ser útil antes que querido. Conforme escuchaba sobre el viaje a través de las galaxias del Argo Navis Negro desde tres puntos de vista distintos —Noa exageraba el papel que tuvo en la victoria contra Macuil, Tokisada engordaba los números de horrores que fueron expulsados del barco y Yoshitomi pasaba de vez en vez para hacer correcciones—, Subaru iba planteándose que no estaba ahí solo porque quizá pudiera sacar algo en claro de sus poderes que ayudara más adelante, sino porque sentía que era similar a aquel ángel celebrado por su utilidad.
—Hay algo que me llama la atención —dijo Noa, cuando ya llegaron al punto en que hablaban tonterías, de soles apagados como una vela y mundos desgajados por una fuerza universal—, ¿no decías que este chico ve el futuro?
—Lo hace —asintió Tokisada—, ¿verdad, Yoshitomi…?
Lobo Negro no pudo corroborarlo, porque había decidido hacer el papel de corrector en la reunión que había en torno a la mesa. Ahora era Soma quien exageraba.
—Veo el futuro de la señorita Shaula —respondió Subaru con orgullo—. Solo de ella.
—Eso es muy conveniente —observó Noa—. ¿Te echaron una maldición, o algo?
—Es un secreto. —Tras mirar a todos lados y observar que no había mirones, con la mayoría apretujados en la mesa y Makoto recibiendo un masaje en la cabeza de parte de Aqua, se acercó al par y susurró—: Soy el hijo de la señorita Shaula y Mithos, venido del futuro para asegurarse de que dejen de hacer la guerra y empiecen a hacer bebés.
—¡Para que nazcas! —exclamó Tokisada, golpeando la palma izquierda con el puño derecho. Parecía muy contento de descubrir el misterio.
—Pues te has lucido —dijo Noa, mucho más despierto—. Vais directos a combatir a un astral. ¿Cómo esperas sobrevivir a eso, eh?
—En teoría los santos de Géminis y Libra tenían que evitar el primer Bad End —respondió Subaru, con aire pensativo—. Suena a que tú y tu amigo supliréis al viejo Kanon. Por favor, no digáis a nadie que le dije así —pidió, haciendo el consabido gesto de ruego de su tierra natal, inclinando la cabeza contra las palmas unidas.
De ese modo, Noa y Tokisada se convencieron de que la capacidad de ver el futuro de Subaru no era perfecta, de modo que empezaron a de verdad hablar sobre los poderes de los tres. De la magia y el cosmos. Si la mitad de lo que decían el ángel y la sombra era cierto, poder replicarlo sería muy útil, aunque el verdadero objetivo de esa conversación era poder analizar la técnica del santo de Reloj para retroceder el tiempo y curar heridas. Margaret de Lagarto, tras una breve experiencia con el poderoso coro en torno a Orestes de donde a buen seguro aprendió que no podía seguir el ritmo de esa gente, se les acercó con genuina curiosidad. La habilidad de manipular el flujo temporal le vendría muy, muy bien a su extenso repertorio de técnicas copiadas.
—Es imposible —decidió Noa—. Este chico usa el cosmos, eso es seguro, mas lo emplea bajo reglas muy precisas, como ocurre con la magia.
Al igual que la facultad de predicción, como regla general Subaru solo podía retroceder el tiempo de Shaula. La excepción era que la santa de Escorpio entrecruzara su cosmos dorado con el de otra persona, como hicieron con Lucile tiempo atrás.
—Interesante —comentó Margaret—. Durante la batalla con el ángel de la Audacia, nuestros cosmos se juntaron, ¿quizá podríamos repetir ese milagro contra Caronte?
—De eso va esto —replicó Subaru—. Hablando de milagros, ¿está indispuesto Joseph? La expresión del santo de Lagarto, de un franco interés que contrastaba con la maliciosa máscara de tonto inofensivo de Tokisada, se contorsionó en una mezcla de dolor y rabia. No necesitaba conocer el futuro para saber que había metido la pata.
—¿Es otra de tus bromas macabras? Joseph ha muerto.
—Así que estamos en ese futuro.
—¡Ya que vas a hacer predicciones, al menos que sean de provecho! ¿Ganaremos?
—No lo sé.
—Bastardo sádico —maldijo Margaret antes de largarse, sin haber aprendido nada.
—Estaré muerto antes de que acabe la batalla —murmuró Subaru, cabizbajo. Un sudor frío le recorría la espalda. Joseph muerto, Kanon desaparecido, dos ángeles involucrados… Miró hacia la mesa, donde la amena conversación entre hermanos se había convertido en una especie de competición de qué tripulación pasó por peores cosas—. Aun así, viviré para ver lo que se viene. Este futuro es extraño.
Tanto Noa como Tokisada se limitaron a mirarlo en silencio. Era la cara que ponían todos cuando el raro de Subaru actuaba como una persona normal, angustiada por el futuro, por eso no lo hacía a menudo. Todo era más fácil siendo un bastardo sádico.
—Así que tú también lo has notado —dijo Marin, aterrizando desde el aire—. Yo he tenido que volar hasta la orilla para empezar a sentirlo.
—Volar sobre estos mares no es buena idea —observó Noa.
—Tenía que hacer algo —replicó Marin—. Sé que es importante saber lo que sucedió en el Argo Navis y que su tripulación no sabe qué ha ocurrido en la Tierra en todo este tiempo, sin embargo, estamos aquí para librar una batalla con un enemigo imbatible.
—Otro —señaló Tokisada, rememorando con un escalofrío al Rey Durmiente.
Mientras los tres hablaban, Subaru entendió el sentido de las palabras de la santa de Águila. Ella lo había visto angustiado y había supuesto que era porque sintió la presencia de Caronte de Plutón, lo que en cierta forma era cierto: Subaru había visto la batalla que les esperaba y comprendía lo que la presencia del regente de Plutón provocaba incluso en los más valerosos combatientes. Sin embargo, no era esa sensación la que le oprimía el pecho, sino la certeza de que las cosas irían mal. Como la mano de un fantasma rencoroso apretándole el corazón hasta que dejaba de latir, para luego volver a soltarlo, dejándole un minuto de respiro antes de repetir el proceso.
—Tienes razón, sombra —dijo Marin, sin delicadeza—. Hace trece años, Kiki estaba en la misma tesitura que yo y lo animé a luchar, pese a todo. No puedo ser menos.
«Lo que vamos a enfrentar no tiene nada que ver con lo de hace trece años.»
Eso pensaba Subaru, eso sabía el santo de Reloj. Aun así, dejó que Marin se retirara para lidiar con sus propios temores sin acrecentarlos. Luego, volvió a la conversación que estaba teniendo con Noa y Tokisada, decidido a ser útil.
En ningún momento Makoto sintió el deseo de unirse a Soma y escuchar sobre las aventuras del Argo Navis Negro, por la misma razón por la que no había querido buscar respuestas sobre lo sucedido con Akasha y Azrael. Tenía miedo, miedo a la verdad.
Emil y los demás no compartían ese miedo. Quisieron saber qué había ocurrido en la Tierra. Prestaron oídos a los Días de Locura y la Semana Sangrienta, así como el nuevo orden mundial que sucedió al verdadero final de la guerra entre vivos y muertos. Lo sobrellevaron y siguieron con sus vidas, ora profundizando en la cruda realidad, ora preparándose para lo que estaba por venir. Él se había estado derrumbando según Emil le confirmaba todas las muertes de las que ya tenían noticia y algunas más. Akasha había muerto, Azrael había muerto. Ban, Hipólita, Lucile, Shun, June… También Sneyder y Hugin. ¿Sabría Cuervo Negro, de algún modo, que su hermano había caído por sus heridas? Aquella charla fue la ocasión perfecta de entender lo que ocurrió, de saber por qué Azrael había matado a la persona que más quería en el mundo. Sin embargo, preso de su propio desaliento, dejaba que Emil contara las cosas a su modo. Cuando reunió fuerzas para preguntar, además, el santo de Flecha volvió a acusarlo de traidor y mujeriego. A Makoto le había gustado eso, se dejó llevar y de algún modo se separaron peleados, con Emil asegurando que donde llegaba una mosca, también las flechas. Él sonrió, divertido, mientras la cabeza le daba vueltas. Se sentía mareado.
Más adelante había llegado Aqua, mandada por Arthur de Libra como sanadora. Cuando la santa de Cefeo sugirió que podría arreglarlo con un masaje, él estalló en carcajadas.
—Solo soy yo comiéndome la cabeza, no creo… —trató de decir Makoto.
—Déjame intentarlo al menos —pidió Aqua, tronando los nudillos.
Si bien la nereida hizo el paripé de masajearle las sienes, en realidad el tratamiento fue mucho menos ortodoxo y un tanto desagradable. Filtraba agua sagrada a través de las orejas hasta el cerebro, donde esta hacía su magia, calmando los dolores de cabeza.
Más que eso, poco a poco, Makoto se iba sintiendo bien. Muy bien, en realidad.
—Es increíble —dijo el santo de Mosca, a un paso de soltar un gemido.
—Es un truco que me enseñó mi hermana —explicó Aqua.
—¿La dama Tetis?
—Nah, Galatea. Hace mucho que no la veo. Muchísimo.
Por un rato, Makoto no dijo nada, disfrutando el momento.
—Qué envidia —comentó Llama de Centauro Negro, fingiendo que pasaba por ahí para llegar a la mesa a oír el relato. No era el primero, ni sería el único.
Una idea le vino a la cabeza. Miró a Aqua, que tarareaba.
—Usas tus dedos para que todos sigan pensando cosas raras, ¿verdad?
—Quizá. ¿A ti te divierte que piensen cosas raras?
—Quizá —respondió Makoto—. Oye…
—Que me hayas cogido afecto hoy no hará que me niegue a luchar —dijo Aqua, sin parar el masaje ni modular el tono de voz lo más mínimo.
Antes de responder, Makoto reflexionó sobre en qué momento Aqua le había empezado a caer bien. No desde el primer encuentro, desde luego. Como Campeona del Hades y compañera del entonces renegado príncipe Alexer, había sido un dolor de huevos, irritante y fuerte a partes iguales. Luego estuvo el encuentro de la canoa, donde ella era una aspirante a santo de plata y él alguien que había pasado demasiado tiempo con Azrael. Quizá era eso lo que había cambiado: Aqua seguía siendo fuerte, irritante y loca, pero él se había vuelto más resistente a los absurdos giros de su propia vida.
—Me has caído bien siempre —dijo sin querer decir, Makoto. La nereida asintió, complacida—. Y nunca te pediría que no luches, juntos somos muy fuertes.
—No creas que te he perdonado que seas más fuerte que yo —señaló Aqua—. Porque eres fuerte, ya luches junto a nosotros, ya luches solo. Lo eres. Así que deja de darle vueltas a eso, no conviene ir a la batalla con jaqueca si no eres una rusa loca.
El masaje terminó. La santa de Cefeo volvió a hacer unos estiramientos, poniendo las manos tras la cabeza con aire muy satisfecho. Lo merecía; había hecho un buen trabajo.
—Me preocupan otras cosas —explicó Makoto.
De forma somera, le habló de cuanto Emil le había contado. Aún dolía mencionar las muertes de tantos camaradas, porque viejos recuerdos acompañaban a las palabras. La cena que June y Shun tuvieron y a la que le invitaron, la promesa que realizó con Hipólita de volver a encontrarse, el momento en que descubrió que el hombre más loco que conocía era un santo de oro… Por sobre todas las cosas, recordó la masiva reunión de todos los santos de Atenea, a la luz de una Suma Sacerdotisa. ¡Había estado tan seguro de que todo iba a encauzarse a partir de ahí! De que el buen corazón de Akasha de Virgo era lo que el Santuario necesitaba para purificarse de tanta división.
—Los santos de Leo y Acuario también murieron —observó Aqua—. ¿Esos no te preocupan porque son de la división Fénix?
—Bueno, yo pertenezco a la división Fénix —respondió Makoto, ganándose otra acusación de traición, esta vez de parte de una nereida que se alejaba de un brinco—. ¿No sabías? Trabajaba bajo el mando del general Lucile, como espía entre los caballeros negros. Pasé dos años como infiltrado. —Durante ese tiempo, la santa de Leo acabó encerrada, mientras que la santa de Virgo, general de la división Pegaso, pasó al exilio, cosa que aprovechó para formar una quinta división, Andrómeda—. No tenía una relación muy cercana con ellos, aun así me sorprendió saber que murieron. Sneyder de Acuario tenía fama de inhumano y Hugin de Cuervo… —Guardó silencio, sabiendo cómo había pensado en él en un principio, cuando los mandamases de la división Fénix eran Lucile y Bianca. Era mala hierba, que nunca moría. Fue hasta el viaje del Argo Navis que pudo notar que era un hombre tenaz, aunque no llegaron a entablar amistad.
—Así que no solo saltas de mujer en mujer, también entre división y división.
—¿Te has quedado solo con eso?
Los dos rieron, aunque la conversación en la mesa había subido tanto de tono que nadie les notaba ya. Soma y Shaula estaban discutiendo mientras la gente observaba.
—Te duele haber perdido a tus amigos, a tus camaradas. Ese dolor no lo puedo desaparecer yo. Apenas mi hermano Leteo sabe hacerlo.
Makoto asintió. Solo el olvido podía desaparecer el dolor.
—Una vez dijiste que era triste que los seres humanos tuviéramos vidas tan breves. Creí entenderlo entonces, creí que entendía lo que era la muerte. —Había matado a varias personas que llamó amigos por muchos meses—. Me equivocaba. Uno nunca se hace inmune a la experiencia a perder a alguien querido. Puede resistirlo, superarlo incluso, pero solo después de sentir de sentir el aguijón. —Se llevó la mano al pecho—. Pienso que preocuparse tanto por mi fama fue la forma de Emil para combatir el dolor.
Aqua lo encaró, acercándose demasiado. La nariz de él rozaba la máscara de ella.
—Sí que te gusta regodearte de tu fuerza.
—Me refería a mi otra fama.
—Tengo prohibido quedarme solo con eso —le recordó Aqua, dando un paso al frente. Apoyando el rostro en el hombro de Makoto, murmuró—: Puede que seas fuerte justo por eso, porque tu vida es tan insignificante que no puedes desperdiciar el tiempo.
—¿Gracias? —dijo Makoto, sintiendo que las mejillas se le encendían. Para distraerse, pensó en una vieja metáfora usada para describir el verdadero poder de los santos de Atenea: ellos eran como una supernova, liberando un poder y calor sin límites en el último momento de vida, en el que iluminaban una galaxia entera, solo para desaparecer después, sin más. Tal idea se simplificó, con el tiempo, a que las armas de Libra tenían el poder de destruir estrellas, lo que en opinión de algunos representaba cuán poco entendían los eruditos del Santuario el espíritu de las viejas enseñanzas. Lo que contaba no era la fuerza de la estrella al explotar, sino el hecho de que era a las puertas de la muerte que demostraba su verdadero poder—. Una fuerza limitada. Aqua, los humanos nunca podremos compararnos a los dioses. Aunque ellos tienen una eternidad que desperdiciar, nacieron siendo más fuertes de lo que nosotros jamás seremos.
Con lentitud y en silencio, Aqua se apartó. Makoto se preparó para recibir una buena patada en las partes nobles que nunca llegó, pues la nereida se limitó a decir:
—¿Gracias?
—Puedes enojarte. He sido desconsiderado.
—Estás siendo desconsiderado. En presente, no en pasado. —Aqua se cruzó de brazos—. Eres más fuerte que una diosa como yo, así que tienes el derecho, no, la obligación de presentar batalla a cualquier rival que se te presente.
—Lucharé contra Caronte —dijo Makoto, para luego corregirse—. Lucharemos.
Aqua meneó un único dedo extendido.
—El enemigo del que estás huyendo no es ese. No tiene nombre, ni forma.
Makoto no entendía nada.
—¿Podrías explicarte?
—La verdad —dijo Aqua, a través de la telepatía—. Tienes miedo de saber por qué han muerto tus camaradas. No sé por qué, la lucha contra la verdad es una batalla más, de esas de las que no puedes huir si no quieres que me sienta insultada.
—¿Cómo puedes ser tú la que se sienta insultada por eso? ¿Qué tan…? —Makoto no pudo terminar la frase. Por supuesto que una inmortal como Aqua sería tan arrogante.
Era parte de su naturaleza, una irritante y encantadora a la vez.
—Por cierto —dijo Aqua, acercándose de nuevo—, juntos no somos muy fuertes. Somos invencibles —sentenció, dándole un golpecito la frente con un dedo.
—Sí —respondió Makoto, rememorando que años atrás, en Bluegrad, ese mismo golpecito lo había mandado a volar contra un edificio—. Somos invencibles. Aqua, ¿me ayudarías a confrontar la verdad? ¿Puedes unirte a mí en esa batalla?
En cuanto esta dijo que sí, él tomó sus manos con no poca audacia.
Hacía un rato que había recibido, a través de la telepatía, una invitación.
—¿Deseas conocer la verdad, Makoto? —había dicho Arthur mientras él y otros más avanzaban hacia la trampilla que bloqueaba el gigante Alcioneo.
—Sí —respondió Makoto a destiempo—. Acepto.
Los santos de Cefeo y Mosca fueron teletransportados en ese mismo momento.
—Ese muchacho se pasa de audaz —comentaba Aubin mientras llegaba al Argo Navis original. Gestahl Noah y los demás se giraron a la vez—. ¿Molesto?
—Otros ángeles han servido a la causa de… —intentó decir Orestes, siendo callado por el tuerto Sumo Sacerdote. El caballero, que no santo, de la Corona Boreal añadió después—: Vamos a matar a un astral. Toda ayuda es bienvenida. En particular, las alas de un ángel podrían ser cruciales para examinar la Esfera de Plutón.
Puesto que había consenso en que la clave de la victoria era asaltar la Esfera de Plutón y buscar y destruir la parte mortal de su regente, se enumeraron los guerreros capaces de luchar allí: Gestahl Noah, Ofión de Aries, Garland de Tauro, Arthur de Libra, Shaula de Escorpio, Ícaro de Sagitario Negro, Triela de Sagitario, Tetis de Ceto, Orestes de la Corona Boreal, Aubin de la Audacia y Noa de la Nobleza. Dada la naturaleza de la Esfera de Plutón, un mundo infinito de oscuridad, sin una pizca de oxígeno, solo los que habían despertado a la Octava Consciencia tenían opciones de sobrevivir lo bastante como para encontrar el punto débil. Incluso en el mejor de los casos, respecto a los demás solo podrían contar con Alcioneo y Aqua, por su ascendencia, y Makoto, confiando en que su relación con la nereida tuviera tantos beneficios como solía ocurrir.
—Entonces, ¿cuál es el sentido de traer a los demás? —preguntó Aubin.
—Reforzarme a mí —dijo Ícaro—. Tal y como ocurrió contra Macuil. Yo lucharé contra Caronte de Plutón mientras los demás se infiltran en la Esfera de Plutón y lo destruyen desde adentro. Es lo más lógico.
—Vale —dijo Aubin—, ¿y cuál es el plan alternativo? —Todos lo miraron, extrañados, hasta la enmascarada silenciosa—. Oh, vamos, no podéis apostarlo todo a una sola carta. Habláis de luchar contra un astral. Más que eso, habláis de matarlo.
—Está la opción de Ofión de Aries —señaló Noesis, un santo de plata que no debía estar muy a gusto con ser una simple batería—. Asaltar la mente de Caronte de Plutón.
—Al renacer, un Astra Planeta unifica mente, alma y cuerpo —recordó Orestes—. ¿Podemos estar seguros de que almacenan sus recuerdos como cualquier otro ser vivo, incluido el ángel del Fuego? Y si es así, ¿podríamos acceder a ellos? Hubo un chico que lo intentó, del pueblo de los Mu. Acabó lisiado para siempre, imposibilitado de convertirse en un santo de oro tal cuál era su destino. Podría pasarte lo mismo.
Ofión de Aries, el hombre que se había atrevido a dialogar con Indech de la Tierra y combatir la psique de Macuil del Fuego, asintió sin más. Quien quiera que fuese el tal Orestes, entendió Aubin, debía de tener experiencia luchando contra los astrales.
—Bien, esa es la segunda opción, ¿qué más? —insistió Aubin—. ¿Qué haremos si el enemigo no necesita manifestar sus dominios para matarnos a todos? ¿Tenemos los recursos para entrar en ellos por la fuerza? —Era una buena pregunta, pero, atendiendo al silencio que obtuvo como respuesta, el grupo no se la había planteado en absoluto.
Eso ya no era audacia, ni siquiera temeridad. Solo era estupidez.
—Lo cierto es que tengo un par de ases bajo la manga —replicó Gestahl Noah.
Por la forma en que apoyaba la mano en el hombro de Ícaro, parecía claro que él lo era.
—Y así es como conocí a Alcioneo —había dicho Shaula hacía una eternidad.
—¿Vas a casarte con un gigante? —preguntó Soma, abriendo los ojos de par en par.
Por suerte, no era el caso, aunque la sola idea hizo palidecer a Mithos. Alcioneo era un buen amigo que decidió acompañarlos porque no tenía nada mejor que hacer, ya que las acciones de los argonautas lo dejaron sin hogar de forma temporal. En la línea de lo ocurrido con Aubin y Noa, hasta cierto punto. Había, al parecer, muchas similitudes entre las aventuras de las dos tripulaciones, por lo que Soma se animó a contarle a su hermana lo que vivieron en la Tierra como compensación por su propio relato. Los Días de Locura, con todos esos demonios, horrores y pesadillas, la Semana Sangrienta, que Shaula se tomó con un inesperado atisbo de tristeza, el milagro de Mu… Todo parecía ir bien. Los hermanos habían pasado sus propias batallas y percances hasta llegar ahí.
No estaba seguro de cómo eso degeneró en una competición para ver quién había enfrentado las peores amenazas. La sola idea se le debió haber antojado tonta, ya que Shaula y los demás enfrentaron a un astral, un astral a las puertas de la muerte, pero astral a fin de cuentas. Sin embargo, ahí estaba él, pasando por las recomendaciones de Minwu de Copa y demás gente sensata para que se tomaran las cosas con calma.
—Los del Argo Navis Negro luchamos contra miles y miles de horrores —dijo Soma.
—Eso es lindo —comentó Shaula, cruzándose de brazos.
Sí que podía ser infantil su hermano, aunque él tenía una excusa, la misma que ella. Eran los hijos de Ban, el León de Bronce, un hombre que había visto morir a todos sus amigos y que quiso que sus hijos fueran lo bastante fuertes como para sobrevivir.
Todos los demás, que se sentaban a la mesa a verlos competir, incluidos los que fingían sensatez, como Cristal, Minwu y Luciano, y las que callaban tras sus máscaras, como Mera y Pavlin, no tenían excusa. Eran como niños pequeños, en espera de que les celebraran todas las luchas que acometieron por la Tierra y por ese armatoste que llamaban Argo Navis Negro. ¡Pues no se los iba a poner fácil, para nada! Aunque ella no estuvo siempre presente, los del Argo Navis habían enfrentado a todo un grupo de santos de oro de otras épocas, a varios Astra Planeta, a gigantes, ángeles y otras criaturas… Todo eso antes de las lunas, los horrores y Aquel que se desliza en la oscuridad. Lo tenían claro si creían que podían ponerse al nivel.
«De paso, así los distraigo —pensó Shaula.»
Hacía rato que Soma no insistía en cómo y por qué murió su padre. La santa de Escorpio estaba retrasando esa explicación a propósito. Le correspondía a Arthur admitir lo que había hecho, tal y como juró que haría.
Mientras que Soma renegaba sobre el tamaño del necro y la Cuarta Luna, y Aubin encontraba su lugar en el mundo, Shaula notó que Makoto y Aqua ya no estaban.
«Cumplirás tu palabra, claro que lo harás —pensó Shaula—. Eres el Juez.»
Poderoso, inteligente, despiadado. Y honesto. Ese era Arthur de Libra.
—En serio que no pueden haberos mandado tantos horrores, ¡nosotros eliminamos por lo menos un millón! —aseguró Soma, no era la primera vez que exageraba.
—Bueno, ya puedo tomarme esta discusión en serio —señaló Shaula, haciendo que Soma retrocediera y todos los testigos contuvieron el aliento. Tronó los nudillos, lista para la batalla. Casi pudo ver la sonrisa de Mithos tras su espalda—. ¿Preparados?
Empezó a describirles la forma celestial del manto de Libra y su silenciosa lucha contra Aquel que se desliza en la oscuridad.
xxx
Notas del autor:
Shadir. ¡Excelente observación! De entrada, sabemos (o si se prefiere, intuimos, porque Masami Kurumada es primo de George Lucas y le gusta abusar del Retcon Punch) , los eventos de Saint Seiya difieren de forma drástica de previas Guerras Santas. Aunque esto parece deberse a cómo se crio en su última encarnación.
Seika pasó de ser la motivación de Seiya a no existir en la mayor parte de la franquicia. Quise cambiar eso, darle un camino a seguir. Aunque admito que no tenía muy claro cuál sería cuando empecé esta historia, estoy satisfecho con lo logrado.
No estaba planeado acabar el volumen 8 justo la última semana del pasado año, pero aquí estamos. Casualidades de la vida.
Alex Hatake. Un placer tenerte con nosotros. ¿Un año? ¡Vaya! Está feo que lo diga yo, pero es una historia larga, así que qué bueno que haya podido atraparte.
Qué bueno, yo también me siento muy apegado al principio, la parte que llamo preludio. Lo escribí recién saliendo de un largo bloqueo creativo y sobre esos cimientos construí poco a poco el edificio que es mi historia, sin siempre saber lo que iba a ocurrir.
Sobre el próximo capítulo: procuro publicar todas las semanas los lunes. La hora varía.
