Capítulo 214. Enviada por la diosa

Atenea no sabía bien cómo sentirse ante el gesto de la santa de Sagitario. Sin una máscara, sus pulmones se habían debido llenar de las aguas del Cocito, que por alguna razón habían arrastrado a la muerte el manto de Sagitario. Por si eso fuera poco, acababa de salir de una delicada operación cerebral. Tendría que haberse preocupado por si podía respirar bien, o por la cosa que antes se deslizaba en su cabeza, pero las manos fueron enseguida hacia la máscara, tranquilizándose al hacer contacto con el metal. Era una mujer sirviendo al ejército de Atenea; no importaba lo que dijese el nuevo Sumo Sacerdote: debía ocultar su rostro, salvo a aquel a quien amase.

Ella conocía esa ley, tanto en los tiempos en que se redactó para honrar a la valiente Maya de Flecha, perdición del emperador Napoleón, cuanto en aquellos más oscuros, en las que las mujeres portaban máscaras para poder luchar junto a los santos de Atenea contra toda clase de amenazas. Sin ser reconocidas por ello, sin ganarse el derecho de tener una tumba en el cementerio del Santuario. No obstante, la razón de ese rechazo del Santuario y la diosa hacia las mujeres estuvo oculta por milenios entre los restos de divinidad que Atenea iba dejando en el Hades, vida tras vida, con miras al futuro. Así que por un lado, se alegraba. Desde su perspectiva, la máscara era un medio para reconciliarse con Pirra, la única a la que entrenó como una verdadera maestra y no una tejedora que preparaba el próximo gran plan, la única que de verdad la traicionó, pues si bien podía perdonar que los falibles seres humanos se corrompieran, no era lo mismo que trataran de usurpar quién era, su nombre. El otro lado de la moneda era la flagrante contradicción de buscar un futuro sin castigo después de la muerte cuando ella había hecho recaer sobre incontables mujeres el pecado de una sola. Si Hades estaba mal en su forma de ver el universo, entonces, ¿eso no hacía que ella hubiese estado equivocada todo este tiempo? Hefesto, más listo de lo que el Olimpo quería reconocer, ya le había advertido de aquel problema milenios atrás: demasiado tiempo con los humanos había resultado en una criatura tan imperfecta como ellos, solo que a un nivel que ningún hombre de limitada vida, poder e intelecto, podría llegar.

Claro que, por el conocimiento que poseía en ese momento, de unas vidas apiladas sobre otras, eso podía ser parte del plan. Ser imperfecta, para poder ser juzgada. Ser juzgada, para que los demás pudieran descansar por fin.

Acaso malentendiendo su silencio, el sirviente tendió la mano hacia Triela.

—Descuida —dijo Azrael—. Conocemos la ley.

La santa de Sagitario no dejó de mirarla ni un segundo mientras se levantaba, aceptando la ayuda del sirviente. A lo mejor recordaba que por él tenía de nuevo la máscara.

—Ah, claro, la Ley de las Máscaras —dijo el Barquero—. «O lo mata, o lo ama.»

—En realidad —dijo Azrael, apartándose de la confundida santa de Sagitario—, ahora hay una pequeña variación. La Silente se encarga de cegar a los que incumplen la ley. —Dado el silencio del hijo de la Noche, hubo de añadir—: Ella es la Silente.

—¿Y vosotros erais los héroes de la Tierra?

—Es solo una palabra. Con muchos significados.

El Barquero asintió, complacido. Le gustaba que los humanos no se excusaran, porque había pasado una eternidad oyéndoles justificar hasta la más vil de las acciones. La misma Atenea estaba de acuerdo con el sirviente, claro: los humanos no eran la perfecta Raza de Oro, sino una especie en proceso de evolución, viajeros en medio del más largo de los caminos. Por tanto, no había una sola definición para un héroe humano, sino que esta variaba a través de las eras, con las luces y sombras que ello suponía.

Eso no hacía menos sorprendente que la persona encargada de cegar a todos los que se saltaban la Ley de las Máscaras fuera incapaz de sentir odio siquiera a quien le arruinó la vida. Por curiosidad en tan interesante persona, Atenea fijó en Triela los ojos grises, carentes de iris, provocándole un sobresalto.

«Ah, claro —pensó Atenea, enternecida—. Ella piensa que Hades habita mi cuerpo.»

La sola idea de que Hades usara el cuerpo de una mujer le hizo reír.

—Majestad, creo que estás asustando a la heroína psicópata de hoy —observó el Barquero, con la franqueza habitual—. Está viva, así que es pronto para castigarla.

—Sí —murmuró Atenea, viendo que la santa de Sagitario desviaba la cabeza hacia las aguas del río—. Haré algunos cambios en el inframundo, este es solo el primero. Cocito, fluyendo. Sigue siendo el río de las lamentaciones, mas ya no posee el poder de cristalizar las almas en una eternidad de lamentos. —Lo que hacía de lo más extraño que el manto de Sagitario hubiese muerto. Solo podía intuir que la propia mente de Triela se hubiese puesto en su contra, volviendo realidad el Lamento de Cocito en algún punto antes de que volviese a la superficie. Los Reyes Durmientes podían volver realidad cualquier pensamiento, incluso crear mundos enteros a partir de un simple sueño—. Sigues viva, ¿cierto? —Triela asintió—. Entonces, este no es tu lugar.

La santa de Sagitario alzó la vista al cielo, por donde había caído, como buscando alguna especie de portal. Solo encontró las nuevas estrellas que ahora titilaban en el inframundo con la fuerza de incontables sueños.

—Son las almas de los santos de Atenea —dijo Azrael—. Libres al fin.

—Es más que eso —dijo el Barquero—. Toda la vieja humanidad está allí, incluidos los que reencarnaron para expiar sus culpas sirviendo a Atenea. Diez mil años es poco tiempo para tantas almas. Estábamos… Su majestad estaba hablando cuando caíste por estos lares. —Pasó un rato mirándola, con los ojos ocultos bajo el embozo, sin recibir la más mínima reacción—. Puedes explicarnos qué ha pasado. —Primero, la Silente apuntó al cielo y el agua, después retorció los dedos hasta asemejar el filo de una guadaña—. Sí, eso ya lo intuí yo solito, es su modo de trabajar, sin formularios, ni avisos. Imagino que se enfadó contigo porque no hablas. —Añadió tras un rato de esperar alguna clase de explicación extra. Después de todo, se dirigía no solo a quien enfadó a un ángel del Olimpo, sino con alguien relacionado con los Reyes Durmientes.

—Ha hecho un voto de silencio, respetémoslo —dijo Azrael.

—Muy noble de su parte renunciar a un sentido por arrebatarles otro a los demás —asintió el Barquero, con un tono que no reflejaba con claridad qué sentía—. Aun así…

—Es tal y como ha dicho mi sirviente —le interrumpió Atenea—. Ella no te responderá. Tampoco es necesario, pues ya sé todo lo que ha ocurrido allá arriba. Las palabras no serán necesarias —aseguró, mirando a la santa de Sagitario con intensidad.

Tal vez demasiada. La guardiana del noveno templo zodiacal miraba a Azrael, ladeando la cabeza como único signo de su confusión. Quizá había hecho mal al dirigirse a aquel mortal como sirviente. Akasha de Virgo nunca lo llamaría así. Sin embargo, así como Azrael había renunciado al derecho a ser llamado santo de Atenea, ella también dejó atrás todas y cada una de sus vidas humanas, retornando a la divinidad de otros tiempos. Todo de acuerdo plan elaborado diez mil años atrás.

«Me he vuelto tan inmisericorde como Hades —reflexionó Atenea—. Nada queda en mí de la compasión de Metis, que desde antaño apacigua la cólera de mi padre.»

—Señora… —dijo Azrael, carraspeando a tiempo de evitar una imprudencia—. Este no es lugar para los vivos. Debe marcharse.

Triela no dejaba de observar a Azrael, percibiendo diferencias entre el hombre que conoció y aquel que podría cruzar a nado las aguas del Cocito. Era muy perceptiva. Los Hilshire habrían hecho buen uso de ella en otras circunstancias.

—Triela de Sagitario, ¿cumplirías una misión en mi nombre a cambio de que te enviemos de vuelta? —preguntó Atenea.

La respuesta de la Silente fue un simple gesto. Cabeceó de lado a lado.

—¿¡Te atreves a desobedecer a tu diosa, mortal!? —Demasiado veloz para lo voluminoso que era, el Barquero se deslizó a través de la barca y punto estuvo de estampar el antiquísimo remo contra el enmascarado rostro de la santa, pero Atenea, también rápida, lo detuvo en seco—. ¡Ya no hay respeto por los dioses allá arriba! ¡Ninguno! —insistió el hijo de la Noche, inconsciente de cuanto lo rodeaba. Mientras él se arrojaba sobre quien calificó como una blasfema, esta retrocedía, sorprendida de haber estado hablando con su diosa y no con su Suma Sacerdotisa poseída por Hades, todo al tiempo que Azrael, tras sortear por mucho rato dirigirse a Atenea como la diosa de la guerra y la sabiduría, se golpeaba la frente con la palma abierta.

«Era inevitable —pensó Atenea, suspirando—. Esto facilitará las cosas.»

El Barquero debió haberse calmado para ese momento, pues cuando ella soltó el remo, este se limitó a alejarse y dar la espalda a toda esa locura.

—Tu respuesta fue la que esperaba —empezó Atenea, siéndole fácil el ser sincera. Solía poder prever lo que sus santos harían en cada generación. Tan solo en las dos últimas encarnaciones, una en la que se crió lejos en el Santuario y otra en la que ni siquiera era una diosa, por todos los crímenes contra el cielo acumulados, padeció de cierta ceguera, que ahora no tenía. Adivinó, por ejemplo, que Deucalión movilizaría a todos los santos de plata y de oro contra Caronte de Plutón, y que estos los seguirían, porque era su deber. También previó que una persona tan digna como Triela jamás aceptaría ofrecer sus servicios a otra deidad, así fuera a cambio de salir del infierno—. Me ves como Akasha de Virgo, la Tejedora de Plantes; ex-general de la división Andrómeda, Suma Sacerdotisa del Santuario y representante de Atenea en la Tierra. Mas no soy esa muchacha tomada por el Hades a la edad de diecinueve años —aseguró la reina del inframundo, provocando un estremecimiento en el sirviente, que ahora no podía estar más atento—. Soy Atenea, tomando la forma que puedas reconocer para darte una misión. Sin tu ayuda, mis santos están condenados al fracaso.

A pesar de la máscara de oro, Atenea pudo leer la desconfianza de la santa de Sagitario en la postura que mantenía. Alerta. Lista para atacar, o defenderse, o lo que fuera.

—Es quien dice ser —dijo Azrael—. Lo juro.

Sin duda lo hacía, pero, ¿le costaría mucho a Hades, habitando el cuerpo de una mortal, embrujar la mente de otro? Solo había una forma de resolver ese entuerto. Atenea se remangó el brazo derecho y luego lo extendió hacia Triela.

—Necesitarás un manto de oro si quieres hacer lo que planeo para ti —dijo Atenea—. Adelante, saca tu arco y flecha. Derrama la sangre de tu diosa.

La Silente, haciendo honor a su nombre, se armó con el arco sin hacer ningún ruido.

—Señora Atenea —dijo Azrael, en absoluto sorprendido de que las armas de Sagitario apareciesen de la nada—, el cuerpo de la… de ella… —La voz se le quebró por un momento—, si aun existe, está en el mundo de los vivos. Vos no tenéis sangre.

—El espíritu es a este mundo lo que la materia al universo material —replicó Atenea—. Un recubrimiento para el alma divina, que sangra y padece.

Todo de acuerdo a la mentalidad de los humanos, motor de todos los infiernos.

Entretanto, Triela dejó el arco en la madera, asiendo la saeta como si fuese una lanza. La punta era de una dureza singular, la suficiente para atravesar una protección de oricalco. Aun así, puesto que seguía pensando que Akasha de Virgo era el avatar de Hades, Triela se llenó de un cosmos dorado antes de segar, con un rápido corte, la muñeca descubierta. Pudo hacerlo, debido a que Atenea lo había permitido.

—Acércate —pidió Atenea.

Algo impelió a la santa de Sagitario a hacerle caso, pero en ningún momento dejó de estar alerta, ni se le pasó por la cabeza inclinarse. Eso restaba algo de solemnidad al ritual, en tanto ella medía metro sesentaicinco, diez centímetros menos que la santa de Sagitario. En lugar de algo más clásico, como verter la sangre divina sobre la cabeza a modo de bautismo, Atenea posó la muñeca herida en la dorada pechera. Bastaron tres gotitas de sangre para que la palidez del manto zodiacal fuese purgada.

—Así es —dijo Atenea, alumbrada por la áurea luz de Sagitario, resucitado—. Yo soy tu diosa, la señora de todos los santos, la patrona de todos los héroes.

Un halo místico, incoloro, rodeó el aura dorada de Triela, abrazándola, guiándola. En ningún momento separó la mano del metal, a la altura del corazón de la Silente, manteniendo fuerte el lazo que desde antaño había creado entre sus santos y ella.

—Que arda tu cosmos —dijo Atenea—. ¡Ve más allá de lo que nunca has ido!

Así lo hizo la guardiana del noveno templo zodiacal. Elevó su cosmos más allá de la Octava Consciencia, hasta el paroxismo. El manto de Sagitario vibró lleno de poder, en sintonía con la sangre divina y la fuerza de su portadora, hasta que la propia barca, tan vieja como el universo, empezó a crujir. Era el punto en que lo divino y lo terrenal se encontraban, un fenómeno que los simples mortales no debían ver; por fortuna, allí solo habían una diosa y su sierva, así como uno de los hijos de la Noche y un hombre indestructible que observaba todo con muda admiración.

Los cabellos de Triela se soltaron de los lazos, liberándose como una cascada rubia que evocó en Atenea el recuerdo de la vil Shemhazai, sobreponiéndose con su descaro y lengua suelta como un espejismo sobre el silencioso ángel enmascarado. Por la mente de Atenea pasó la idea de interrumpir el ritual, pero la desechó pronto: Triela no era Shemhazai, e incluso si lo fuera, estaba bien. Podía querer a ambas, podía querer al más perverso de los hombres, incluso si después debía castigarlos. Pero en verdad no lo era. La fuerza que estaba por alcanzar, Triela la emplearía para salvarlos a todos en la Senda de Oro, estaba segura de ello. Alguien como ella, jamás se corrompería.

Pasó la línea de no retorno. El manto de Sagitario se incendió con el fuego de los cielos, tal cual una gloria sacrificada, para dar paso al manto celestial, la verdadera forma de los mantos sagrados. De un magnífico blancor como base bajo las piezas y relieves áureos. Las alas, extendidas en toda su amplitud, tenían tres capas de plumas, una sobre otra, oscilando entre uno y otro color. Triela las replegó antes de inclinarse, con la mano derecha sobre el corazón y la cabeza inclinada en señal de sumisión.

Toda confusión quedaba atrás. Volvía a ser un soldado del Santuario, la más leal, preparada para recibir una orden que cumpliría a cabalidad.

—El Argo Navis Negro está infestado de horrores —advirtió Atenea—. Es inútil matarlos a todos, son demasiados. Tu misión será acabar con el invocador. Una tarea fácil, excepto porque la Senda de Oro está ahora mismo infectada por uno de los enemigos más antiguos del Olimpo. Tú misma estuviste infectada por eso, Aquel que se desliza en la oscuridad, y aun con mi bendición podrías volver a recaer. ¿Podrás cumplir tu misión, a pesar de todo? —cuestionó, retornando al tono inflexible de antes.

Tanto el Barquero como Azrael, colocados a ambos lados de la diosa, esperaron expectantes la respuesta de la santa de Sagitario.

Triela se limitó a asentir.La mano que no mantenía cerca del corazón aún sostenía la flecha que había herido a su diosa, como una prueba de sus pecados.

—Consérvala —dijo Atenea—. Te será útil.

Acto seguido, le indicó con un gesto que se levantara, adoptando por capricho el mismo tosco lenguaje de signos que Triela empleaba.

Ella obedeció, irguiéndose y extendiendo las alas, como si fuera a emprender vuelo de un momento para otro. Podía hacerlo: con el manto celestial, salir del inframundo era un juego de niños para alguien vivo. Pero no bastaba salir en esas circunstancias.

La diosa de la sabiduría, tras meditarlo un momento, miró al Barquero.

—He visto nacer tres universos y morir dos —dijo el hijo de la Noche, alzando el remo—. ¡Y nunca he tenido oportunidad de golpear a nadie con todas mis fuerzas!

—Te hemos visto golpear a la gente, Barquero —refutó Azrael con desconfianza.

La reina del inframundo lo recordaba bien. Un alma pecaminosa, apartada de su destino como santa de Atenea por los tejemanejes de los Astra Planeta. Se llamaba Geist.

—Flojito —aseguró el Barquero, balanceando el remo—. ¡Siempre flojito!

—Triela de Sagitario —dijo Atenea, quien no había girado hacia aquel par en ningún momento. Seguía mirando al soldado que mandaría a las mismas entrañas de un Rey Durmiente, después de liberarla de su influencia—. Él es el Barquero, el auténtico… —Por alguna razón, le pareció desagradable llamarlo por su nombre en esas circunstancias—. Que no te engañe su rol servil, es más viejo que todos los dioses del Olimpo y esconde una fuerza a considerar. Él te mandará de vuelta al punto desde el que Sariel te envió hasta el inframundo —advirtió—. ¿Estás preparada?

La sola idea de que esa criatura de huesudas manos pudiese herirla ahora debió parecerle inaudita, porque Triela tardó un rato en responder con un gesto afirmativo. El arco de Sagitario, así como la flecha, desaparecieron, integrándose al manto dorado.

En lugar de batearla, que era lo que Atenea esperaba que hiciese por cómo balanceaba el remo, el Barquero golpeó el metal dorado a la altura del corazón con un golpe de abajo arriba, semejante a un lanzazo. La barca entera crujió, las aguas se agitaron, el propio Azrael estuvo a punto de perder el equilibrio… Y Triela salió volando hacia el cielo a una velocidad superior a la de la luz, desapareciendo pronto en el punto por el que había caído. Atenea quedó sorprendida: un santo de oro habría muerto con ese ataque, reducido a un amasijo de carne picada y huesos molidos, espolvoreado de oricalco.

—Guarda ese juguete —ordenó el Barquero, el viejísimo siervo de Hades—. Está viva.

—Me alegra que entre tus secretos poderes no esté tener ojos en la nuca —dijo Azrael, quien no había desenfundado la pistola esta vez—. Confío en ti.

—Me recuerdas a alguien —dijo el Barquero. Más desconfiado que el sirviente, él sí que debió girar la cabeza y comprobar que la pistola estaba en su sitio—. Como Sariel, solo que cien veces más irritable. ¿Eres descendiente de Adremmelech, o algo así?

—Soy Azrael —respondió este—. Ni más, ni menos.

El embozo del Barquero subió y bajó como signo de su conformidad. Después, los tres volvieron al silencio de antes, como si Triela se hubiese llevado consigo las palabras. Azrael miró hacia el horizonte, en dirección a Giudecca, sin duda calculando el poco tiempo que quedaba para que venciera el plazo de Narciso. El hijo de la Noche, sin poder navegar en ninguna dirección, removía las aguas de Cocito con aire ocioso.

Atenea, sin interés en la tierra y el mar de los muertos, veía de nuevo el cielo, deseosa de retomar las silenciosas conversaciones con las almas en el cielo. Tan interminables como inútiles, pues bien sabía ella que solo un pastor podía guiarlos hasta el paraíso.

—Aún es pronto para que regrese con vosotros —decía la diosa de la guerra y la sabiduría—. Mis santos en la superficie lo necesitan.

Confiaba en que Triela de Sagitario podría defenderlo. A él y a todos los demás.

xxx

Una vez salió del mundo de los muertos, el impulso del golpe del Barquero aminoró, si bien no el dolor en el pecho. Contrario a lo que podría esperarse de una criatura conocida por no hacer más que transportar almas, el auténtico Caronte poseía una fuerza aún mayor que la de Cratos, el ángel con el que combatió junto a Sagitario Negro.

Pero ahora no tenía un simple manto de oro. Sagitario estaba lleno de poder. Se estabilizó en medio del espacio, distorsionado por la próxima Senda de Oro, sin que la falta de oxígeno, las bajas temperaturas o las radiaciones de tal ambiente le afectaran lo más mínimo. Un aura divina la envolvía, protegiéndola de todo mal. ¿Sería suficiente para repeler a aquella malevolencia de más allá de las estrellas? Para averiguarlo, Triela extendió las alas hacia atrás y se proyectó contra la distorsión, una espiral de materia estelar y espacio-tiempo retorcidos que le había impedido regresar al punto exacto en el que estaba, si es que seguía existiendo. La resistencia que encontró fue mayor que la de cualquier armadura sagrada, las distancias variaban siempre lo justo para que el palmo que avanzaba a cada segundo con mucho esfuerzo acabase significando retroceder dos. Ella expulsó su cosmos, incoloro y magnífico, provocando una reacción de lo más extraña: la distorsión empezó a formar ojos. No imitaciones, mediante el polvo de las lunas y mundos que poco a poco se abocaban a la destrucción, sino auténticos ojos abiertos de par en par, como si el tejido espacio-temporal fuera la piel de un ser vivo.

Ella retrocedió, alejándose de lo que fuera que el enemigo, fingiendo que se retiraba. Tras reunir fuerzas, empero, volvió a la carga con toda la velocidad que otorgaba la Octava Consciencia, trascendiendo incluso sus refinados sentidos.

Así Aquel que se desliza en la oscuridad hubiese interpuesto entre ella y su destino un universo, no habría podido retenerla, pero no llegó tan lejos. Cuando regresó a la Senda de Oro, en realidad, solo tenía el recuerdo de haber experimentado de pasada otra vida, más feliz, que como tantas otras cosas dejó atrás por no parar de correr. Así era ella, la Silente, tan diestra en el dominio de la velocidad de la luz como lo eran Ofión en el ámbito de lo psíquico, Garland en la ofensiva, Kanon en el dominio del espacio-tiempo, Nimrod en la habilidad marcial, Lucile en el control de las emociones, Akasha en la defensa, Shaula en el nivel cósmico y Sneyder en el arte de congelación. Cada santo de oro era el mejor en lo suyo, salvo Arthur, que estaba un paso por delante de todos, y lo de Triela era ser, más que rápida, precisa en los movimientos súper lumínicos de un modo que ni los primeros en alcanzar el Octavo Sentido, los generales, podrían. En comparación, Shizuma era más rápida que ella, que el propio santo de Libra incluso, en cuanto a desplazamiento, pero en el combate eso solo era la mitad del trabajo.

Así que recorrió toda la distancia que distaba el punto desde donde la enviaron al infierno hasta el barco en un tiempo tan cercano a cero que resultaba ridículo. En el camino encontró a miles monstruos —lémures con cabezas de pescado, grupos de tres lémures pegados entre sí por una masa con una boca que devoraba cosmos y versiones gigantescas de los primeros—; decidió que era necesario matar al mayor número de ellos, lo cual pudo hacer sin dejar de correr, solo pasando a través de ellos la mayoría de las veces. Las alas, divinizadas, cortaron los cuerpos sin hueso ni órganos de los horrores como si fueran de la misma consistencia que el aire. Incluso cuando estaba por pasar más allá del barco y refrenó hasta la velocidad de la luz, a fin de comprobar el estado de las cosas, el monstruo que surgió desde las aguas infectas de la Senda de Oro fue partido en dos sin que ella tuviese que hacer nada. Tanto era el poder que poseía.

Las cosas se estaban complicando bastante en el Argo Navis Negro. La madera sagrada había sido dañada en tantos lugares y de tantas formas que era un milagro que no se hubiese hundido ya. El casco tenía que ser muy resistente. En cubierta, todos luchaban con ahínco, centrados sus sentidos en los miles de enemigos que infectaban el navío. Sin embargo, Triela no podía ayudarles, ni siquiera después de constatar que algunos santos como Zaon y Rin no estaban en cubierta. La mejor forma de ayudar era cumplir la misión y cortar el flujo de enemigos, que no dejaban de venir. Habría pasado de largo a velocidad súper lumínica de no ser porque en el último momento vio de reojo que el oponente de Makoto, un ángel, tenía la apariencia de Azrael. Le pareció que algunos la vieron por esa distracción, así fuera como una simple estela de luz, pero no se quedó a averiguarlo, internándose más y más en la oscuridad infinita de la Senda de Oro.

Tras recorrer una gran distancia sin prestar atención a los monstruos, Triela se encontró con una emboscada de enormes horrores inclinados sobre las dos paredes del canal. Pudo haberlos pasado por alto, pero considerando el número —cien, cada uno de más de veinte metros de altitud y un cuerpo capaz de resistir golpes a la velocidad de la luz—, parecía un riesgo demasiado grande. De nada le serviría matar al invocador si de todos modos los monstruos que quedaban ya eran un peligro de por sí. Como al principio, usó las alas como armas, decapitando a todos los horrores y pateando los aún vivos cuerpos hacia la oscuridad de más allá. A los pequeños no podía alcanzarlos sin desviarse, pues estaban ocultos en el río otrora sagrado y ahora infectado por la malevolencia, pero estaba segura de que los valientes del barco podrían lidiar con ellos llegado el caso. Corrió y corrió, saltando de un muro a otro según distinguía más de esos horrores de veinte metros de altitud, hasta que percibió a otra persona que también corría. Un guerrero celestial conocido, cargando a su compañero, el invocador, como si fuera un saco de patatas. Había percibido a Noa y Timotheos mucho antes de encontrarlos; sus sentidos estaban a la altura de la velocidad a la que combatía.

Y una vez sabía a dónde tenía que ir, no necesitaba contenerse: se impulsó, tan rápido como le era posible, hasta estar en medio del camino de los dos ángeles.

xxx

—¿Noa… no podríamos… irnos…? —decía Timotheos, jadeando, como si fuera él el que llevara un buen rato corriendo y cargando a un bueno para nada para que no lo matasen—. He invocado demasiados… Toda la población de horrores de un planeta… Si eso no los mata… pues que vivan… se lo merecen.

—¿Y abandonar a Aubin? —dijo Noa, molesto—. En cuanto encontremos a Indech, le pediremos que haga volar por los aires ese barco del demonio y nos iremos.

Sin embargo, el ángel de la Tierra también había estado alejándose más y más desde el inicio del combate. En parte por su rol como arquero celestial, en parte porque el contacto con la gente lo incomodaba, Indech prefería mantener las distancias, estando siempre aún más lejos de donde permanecían Noa y Timotheos cada que creían que el barco más persistente de la galaxia se había detenido para siempre. Eso, el ángel de la Nobleza podía entenderlo. Lo que no le dejaba tan tranquilo era que desde que ambos vieron a uno de aquellos humanos, enfundado en un manto de oro, pasar por encima de ambos, Indech no había vuelto a disparar una sola vez, lo que podía significar todo tipo de cosas. Que hubiese muerto, que estuviese luchando contra el enemigo, que disparar pondría en peligro a los ángeles que luchaban en el barco… ¡Todo tipo de cosas! Incluida la más irracional: que Indech los hubiese traicionado.

«Ya pasó una vez —reflexionó Noa—. Cichol mató a Seiros, la dominación de la Luz.»

—Nunca… debimos… meternos en el río —lamentó Timotheos.

—Soy yo el que no soporta el olor —replicó Noa, guardándose de decir que si no hubiese saltado al río arrastrándole, habrían debido combatir con un hombre capaz de bloquear los disparos de Inagotable mediante barreras que abría sin parar como si fuesen gratis. Por no hablar de que perseguía a un ángel de frente mientras juraba que no eran enemigos. Cosa típica: perder la razón para evitar confrontar la realidad que era luchar con uno de los Reyes Durmientes—. ¿Me has visto quejarme?

—Tú… nunca… te quejas… A menos que haga sol.

—¡Eso solo era una misión, necio peón!

Como guerreros celestiales de la Tercera Orden, los dos, junto a Chevalier y Aubin, habían realizado algunas misiones de lo más disparatadas. Ello los había unido, algunos dirían que incluso los había convertido en amigos, o familia. Por eso Noa prefería bromear sobre el gran sacrificio de impregnarse de agua infecta y oler a cloaca antes de echarle en cara a Timotheos que le había salvado la vida. El ángel de la Diligencia era un diestro invocador, un mago lo bastante capaz como para que las potencias de la Segunda Orden lo tuviesen en cuenta. La magia, se sabía, requería más de fuerza espiritual que de otra cosa, y justo el espíritu de Timotheos había quedado herido de gravedad, justo por contactar con las aguas que los horrores tornaron en su nido. Noa debió pensar algo mejor, como ocultarse en una burbuja espacio-temporal, o algo así.

Pero todavía no había inventado el viaje en el tiempo. Sin poder deshacer su error, solo le quedaba compensarlo, permitiendo a ese humilde peón usar su noble espalda como medio de transporte. Ya le haría pagar por eso más adelante, cuando estuviesen a salvo.

Entonces pasó lo inevitable: uno de aquellos humanos de manto dorado apareció. De hecho, era la misma enmascarada a la que habían visto hacía un par de horas.

—Hola —dijo Noa—. Adiós.

El tiempo se detuvo, merced de la magia del ángel de la Nobleza, pero al parecer la silenciosa guerrera no había aprendido nada de nada. Recurrió al Octavo Sentido, moviéndose aun en un espacio de tiempo detenido para dispararle una flecha. A Noa solo le dio tiempo de apartar a Timotheos, arrojándolo de nuevo a las aguas, antes de de que el velocísimo proyectil lo alcanzara.

xxx

Tan pronto se encontró con los ángeles de nuevo, supo que aquella debía ser una batalla corta. Si el Argo Navis Negro llegaba a ese punto sin que hubiese acabado, lo más probable era que varios de sus tripulantes muriesen como daño colateral. Así que en lugar de golpes súper lumínicos, a Triela se le ocurrió que con el manto celestial no necesitaba acumular cosmos para disparar las cuatro Revelaciones, las cuales le serían muy útiles no solo contra el par de guerreros celestiales, sino también contra los horrores. Guiada por el instinto, invocó el arco de Sagitario y tensó en él la primera revelación: la Enfermedad, perdición del Aqueronte, todo tan rápido que Noa fue incapaz de esquivarlo, siendo enseguida impactado por la saeta dorada.

En lugar de caer sin fuerzas al río, Noa explotó. No había mejor forma de describirlo: toda la coraza platinada fue desintegrada de una sola vez, mientras que las extremidades y la cabeza salían disparadas en varias direcciones y la Enfermedad seguía su curso, trazando un arco muy por encima del río para caer después muy lejos del Argo Navis Negro. Si Triela había calculado bien, cosa de la que estaba segura, la primera revelación se había clavado en el lecho del río justo donde había aterrizado, a bastante distancia del barco. Ello frenaría el caudal de monstruos atacando desde la retaguardia sin por ahora arriesgar las vidas de los argonautas. Miró a Timotheos, en shock tras que su amigo estallara junto a él, llenándole medio cuerpo de sangre. No decía nada, ni hacía nada. Estaba pálido como un cadáver. Era normal, claro: Triela se encontraba en una dimensión temporal muy distinta a la del resto, cada movimiento se realizaba por encima de la velocidad de la luz. Sin embargo, debido a esos reflejos agudizados al máximo, notaba que algo no andaba bien. El cuerpo de Timotheos le parecía… falso.

Las ondas recién salidas en el agua del río la terminaron de convencer de disparar la segunda revelación, Hambre, hacia la línea del horizonte. La flecha se clavó con fuerza en el lecho del río, atrayendo a todos los horrores que caminaban ocultos bajo las aguas. Miles y miles se acumularon unos sobre otros hasta alzarse por encima del río y las paredes del canal como un muro de peluda carne y escamas. Otro más surgió tras el primero, y otro, y otro, mientras que los horrores que había en el lecho recorrían como una horda caníbal la muralla en el desesperado intento de devorar a los que caían en la lucha frenética sobre la cima. Pronto llegó a haber un millón de esos seres taponando cualquier salida, obligando al ángel de la Diligencia, Timotheos, a salir a la superficie.

Era ahora que en verdad parecía un ángel. Dos alas platinadas le nacían de la espalda, brillantes de poder. También el rostro estaba ahora protegido por un yelmo en forma de copa rota, con un solo pedazo apuntando al noreste. Tenía una fuerza similar a la del guerrero celestial que combatía con Makoto. Un poder imposible de ocultar.

Aun si notó el crecimiento de cosmos apenas un pico segundo antes de que Noa, impulsado por dos alas relucientes y con un yelmo similar al de su compañero, solo que con la pieza apuntando al suroeste, lo atacase, Triela no tuvo ningún problema en frenar en seco su puñetazo. En los muy abiertos ojos del ángel de la Nobleza, vio al ángel de la Diligencia placándola con todo su cuerpo; ese ataque lo bloqueó con el brazal. El arco de Sagitario se había integrado una vez más con el manto dorado, en tiempo récord.

—¡Ni siquiera el oricalco puede resistir un golpe más rápido que la luz! —aseguró Noa, aterrado—. ¡He abierto mi alma por esto!

—Te dije que teníamos que parar —renegó Timotheos.

A pesar de la queja, el ángel de la Diligencia se sumó a su compañero en un ataque doble en el que magia y cosmos se complementaban. Noa, sabiendo que detener el tiempo no serviría de nada cuando los tres estaban despiertos a la Octava Consciencia, empleó hechizos para ralentizar los movimientos de su oponente y acelerar los de él y su compañero. Timotheos repartía la atención entre unos portentosos puñetazos y un nuevo hechizo de invocación. Los horrores sometidos al Hambre, empero, ignoraban la orden del pelirrojo, empeñados todos ellos en devorarse los unos a los otros.

Por su parte, Triela detenía todos los ataques tal que si estuviese peleando con un par de niños muy grandes. Eran demasiado lentos y carecían de la potencia para traspasar la protección del manto celestial. Solo la idea de que contaran con algún truco inesperado la retuvo de ponerse a la ofensiva hasta que notó que un tercer cosmos se aproximaba.

Un cosmos enorme, muy superior al de los otros dos ángeles.

Gracias a su magia, Noa pudo ver que Triela echaba hacia atrás el brazo, decidiendo con notoria prudencia usar las alas para protegerse del futuro ataque. Sin embargo, el puñetazo de Sagitario reventó la defensa en un impacto estremecedor, abriéndose el puño justo a tiempo para sujetar el rostro del ángel de la Nobleza y estrellarlo contra la pared del canal. Gran parte de esta se derrumbó sobre el agua en un estrépito de rocas que redujo el grito de Noa a un ruego inaudible:

—¡Corre, Timotheos! ¡Es demasiado fuerte!

xxx

Para su vergüenza, el ángel de la Diligencia obedeció, deteniéndose no obstante frente al muro de horrores que taponaba el río.

Quien fuera que fuese aquella humana, Timotheos no quería seguir luchando con ella. No solo había derribado a un ángel del Olimpo con una sola mano, sino que la sola presión de sus dedos bastó para reventar el yelmo en una explosión de metal y sangre. Si seguía presionando, la cabeza de Noa, el bueno de Noa, estallaría como una calabaza. ¿Por qué no venía nadie? Llevaba tiempo recitando el conjuro prohibido, el de la destrucción, superior a la creación de los horrores y la transformación de estos en geriones, cetos y quimeras. Aquel que se desliza en la oscuridad tendría que haber actuado ya, tendría que haber devorado esa alma que sacrificaba para él.

Pero alguien sí que llegó. Un guerrero celestial, el más fuerte en la galaxia que había sido su hogar los últimos quinientos años. Proviniendo de ese mismo rincón del universo en que dormía Aquel que se desliza en la oscuridad, el ángel del Fuego posó sus botas sobre la montaña de horrores sin miedo a que estos lo devorasen. Tal cosa no ocurrió. Aun aquellas criaturas abominables, sometidas ahora a un hambre insaciable en lugar de su hechizo, quedaron paralizadas por el Mago, como si fueran conscientes de lo ridículo que sería clavar sus colmillos sobre Merceus, la gloria del Fuego, llena de plumas del color de la esmeralda en los brazales y perneras, así como el pecho hasta la altura del cuello. Por sobre este, un rostro los observaba con los ojos verdes de la prole de Sothis, ángel del Origen, a juego con los lacios cabellos verdes que quedaban ceñidos por un sencillo casco que recordaba a los pájaros, terminando en un delicado pico a la altura de la nariz. Sobre el yelmo, revelando su lugar como el más cercano en poder al Gran Espíritu Seiros, se alzaban cuatro cuernos como la corona de un rey. Un rey mago. Macuil, el ángel del Fuego y maestro celestial de las artes mágicas.

—Macuil… —susurró Noa, ahogado en la sangre—. Salva a Timotheos.

Sin ningún rastro de piedad, la de rubios cabellos arrancó el ala atravesada con un brusco movimiento y luego pateó a Noa, terminando de derribar el muro. Timotheos pudo ver la coraza estallando en pedazos ensangrentados antes de que el humo ocultara todo lo demás. Un instante después, el enemigo estaba justo entre él y Macuil.

—Eres un monstruo —dijo Timotheos, temblando de furia. Noa era muy trabajador, como Aubin y Chevalier. ¿Qué derecho tenía esa humana a matarlo? Si los mataba a ellos, que eran héroes, solo podía tratarse de un monstruo—. ¡Vástago de Tifón, te…!

El monstruo de femeninos cabellos le atravesó el corazón con un veloz movimiento, aplastándolo al segundo siguiente. O eso fue lo que Timotheos vio.

Estaba al lado de Macuil, teletransportado a la fuerza, viendo como una ilusión de sí mismo colapsaba de la forma más penosa posible. ¿Ese era el poder de los humanos de ahora? ¿Habían ido más allá de la fuerza de los ángeles? ¿Se habían convertido en…?

—No es un monstruo —dijo Macuil, más admirado que impresionado, quizá porque a diferencia de Timotheos y Noa, él tenía desplegadas cuatro alas—. Es una diosa. O lo será, una vez se vuelva una conmigo —celebró el ángel del fuego, extendiendo los brazos hacia los lados, como si estuviera dispuesto a recibir en ellos a la humana—. ¿Serás una conmigo, Triela de Sagitario? Tu fuerza es insignificante en comparación al Ángel Ensangrentado, mas está a la altura de la Primera Orden. Únete a mí, Macuil, para formar a un ser que trascienda a los ejércitos del cielo, tal y como una vez intentaron el Loco y su amada, que el Olimpo los tenga siempre presentes.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Timotheos. El Ángel Ensangrentado era una leyenda, soltada por los Astra Planeta galaxia a galaxia para hacer entender a los Grandes Espíritus lo terrible que sería ser corrompidos. Si la conversión de un mortal en dios sin mediación de Zeus era posible, no sería una humana de la Tierra la que estaría más cerca de conseguirlo. Era ridículo—. ¡Mátala! ¡Ella mató a Noa!

—Espero tu respuesta, Triela de Sagitario —insistió Macuil.

La tal Triela ya había apartado el supuesto cadáver de Timotheos, repartiendo su atención entre el auténtico, el recién llegado y la oscuridad que la rodeaba. Debía asumir que Noa seguía con vida también, que todo era parte de un nuevo engaño.

—¿Por qué iba a molestarme en salvar a Noa dos veces? —dijo Macuil—. Olvídate de esa débil criatura y… ¡Responde mi pregunta, humana!

La voz del ángel del Fuego adquirió una fuerza tremenda, agitando el alma misma de Timotheos de tal forma que aquel sintió deseo de responderle. Sin embargo, Triela no lo hizo, se quedó mirándole en silencio, sin hacer el más mínimo ruido.

—Veo que tendremos que destruir tu caparazón antes de que tu alma ceda a mi voluntad —dijo Macuil—. El loco de Demogorgo nunca me explicó el proceso, he de probar todos los pasos, incluida la unión carnal. Tan solo has escogido la opción dolorosa. Dime, Timotheos —añadió, mirando al confundido ángel de la Diligencia—, ¿quieres vengar a Noa? ¿Destruir esa armadura indestructible y enseñar a quien la porta lo que es sangrar? —Timotheos asintió con lentitud—. En ese caso… —La voz de Macuil volvió a adquirir ese tinte de autoridad sobrenatural, mientras recitaba un conjuro—: ¡Oh, fragmento de la Eternidad, libérate de las ataduras del cielo! Oh, espada de frío y oscuro vacío, conviértete en uno con mi poder, uno con mi cuerpo y caminemos juntos este camino de destrucción. ¡Destrozando los cielos, la tierra y el mar! ¡Sable Ragna!

Conforme seguía el conjuro, una oscuridad insondable, como salida de la misma Noche, fue adoptando la vaga forma de una espada, rodeada de relámpagos del color de la sangre. Timotheos ni siquiera se atrevía a acercarse. Triela disparó una de esas peligrosas flechas, asesinas de ángeles, pero la saeta rebotó, cayendo sin poder a la montaña de horrores, que de pronto volvieron a enfrentarse los unos con los otros. El sistema mágico de Macuil tenía como base la Unidad de la Naturaleza: mientras recitaba un hechizo, se fundía con el universo a fin de poder convocar a sus fuerzas, un fragmento de la Eternidad, la más poderosa de las armas sagradas, en este caso.

—Maravilloso —dijo Macuil, tras que el hechizo se completara—. ¡Maravilloso! —Solo le bastó hacer un corte vertical para que todo fuera aniquilado. Los horrores, hambrientos y enfrentados, las aguas del río, el canal que las delimitaba… Todo fue borrado a lo largo de mil metros a la redonda, quedando Macuil y Timotheos flotando sobre un negro abismo. El ángel de la Diligencia no podía creérselo: ¡ni siquiera había visto el proceso, las cosas solo desaparecieron como por arte de magia! Y aun así, aquella enmascarada de áureo manto había podido escapar en el último momento—. Vamos, Timotheos, venga a tu amigo, despoja a mi futura compañera de ese odioso manto celestial para que pueda dar inicio a mi experimento. Será un buen presente para cuando Noa despierte allá arriba, en el Tiemplo de Hefesto, ¿no crees?

—No entiendo nada —admitió Timotheos.

No obstante, Macuil siempre había sido muy raro, y ese arma era muy, muy poderosa. Aceptó el regalo, decidido a poner fin a ese monstruo con cuerpo humano. No le traería su manto celestial a Noa, sino su cabeza. Que Macuil se quedara con el resto del cuerpo.

xxx

El instinto dijo a Triela que debía escapar, y así lo hizo, pero sintió que fue un error tan pronto pisó el borde del canal que daba al abismo. Las aguas infectas de la Senda de Oro caían como una cascada, arrastrando a los horrores que no habían las habitaban, y con el tiempo, también pasaría lo mismo con el barco. No podía consentir más destrucción, lucharía contra Timotheos de frente, lo eliminaría y luego se encargaría del recién llegado, la auténtica amenaza según acababa de comprobar.

Timotheos cayó sobre ella con la habitual lentitud, a despecho de un rostro decidido. Pudo evitar el primer corte, horizontal, y encajarle una patada en la boca del estómago que hizo añicos la gloria, estampándolo contra la pared.

—Haces bien en esquivarlo —dijo el ángel del Fuego—. El Sable Ragna posee el poder destructivo de la Eternidad. Borrar este pequeño universo sería posible con ella.

Propulsándose desde la pared, Timotheos quiso decapitar a Triela, quien evitó el corte con un sencillo movimiento, o al menos, lo intentó. El Sable Ragna, de algún modo, había aniquilado la distancia que los separaba, de modo que no le quedó más remedio que interponer el brazo para que el ataque no le llegase al cuello. La hoja oscura, contrario a sus temores, se deslizó a través del metal celestial generando chispas.

—Es imposible… —dijo Timotheos, un instante antes de que todo su cuerpo se viera recubierto por la electricidad rojiza del arma sagrada.

—¿Tan pronto? —dijo Macuil, acariciándose el mentón—. Imagino que solo es eficiente cuando yo la uso. Ah, Timotheos, eres tan decepcionante como nuestro finado Noa. Mas te daré utilidad, sí que lo haré, por el bien de mi sueño.

La piel del guerrero celestial empezó a corroerse, como bañada por alguna clase de ácido. Los ojos estallaron, sustituidos por dos brasas carmesí.

Para Triela resultaba bastante claro que el Sable Ragna se estaba apoderando de Timotheos, y que Macuil lo estaba traicionando, pero su misión era eliminar al invocador de los horrores. Por ello cargó contra él, más preparada para la capacidad del arma sagrada para ignorar la distancia. Sus brazos bloquearon los violentos tajos del ángel de la Diligencia, ya en carne viva, mientras una idea descabellada se le pasaba por la cabeza. En combate cercano el arco era inútil, pero no así las flechas.

Triela no podía saber en qué estaba pensando Atenea al sugerirle conservar la saeta que usó para herirla, sin embargo, siendo esta la misión que le dio, consideró que era el momento. Mientras usaba el brazo derecho para detener un tajo vertical de Timotheos, cuyos huesos eran ya visibles bajo la carne licuada, manifestó entre los dedos de la mano izquierda la flecha bendita y la usó como una daga, clavándosela en el corazón.

—Gracias… —dijo Timotheos—. Gracias.

El Sable Ragna desapareció de entre las manos del ángel de la Diligencia, volviendo a las manos de su dueño natural. Acto seguido, la gloria de Timotheos empezó a arder con un fuego luminoso, cálido y agradable, como si quisiera librar a su portador del dolor.

—Maravilloso —dijo Macuil—. Maravilloso. ¡Ni siquiera el Sable Ragna en manos de un héroe puede contigo! Tendré que ser yo el que te someta.

Era un contraste difícil de mirar. Detrás de Triela, Timotheos, el odioso invocador al que debió ejecutar, expiraba como una luz destellante. Enfrente, Macuil era ensombrecido por la oscuridad ilimitada de su arma sagrada.

De pronto pensó que no había sido enviada solo a eliminar la fuente de los horrores, sino también a detener a ese nuevo enemigo, mucho más peligroso.

Tan veloz como podía ser, llegó hasta Macuil con el puño en ristre, un error de novata, como leyó en el último momento en el rostro de aquel. Estaba dejando demasiadas aberturas. Justo antes de ver su rostro golpeado por el puño dorado de Triela, Macuil movió el Sable Ragna de lado a lado, apuntando al costado de la santa de Sagitario. Pero alguien inesperado detuvo el temible ataque, otorgándole el tiempo y la oportunidad parar borrar la sonrisa de la cara del ángel del Fuego. Macuil, sorprendido, fue mandado a volar a toda velocidad, arrastrando una nariz rota.

Al lado de Triela estaba nadie menos que Tetis, vistiendo un sencillo vestido en lugar de la habitual armadura perlada. Ella había detenido el golpe del Sable Ragna, usando una daga hecha de su propia sangre, con el filo de un hermoso color azul.

Y no era la única aparición inesperada.

—Timotheos. —Con una sola ala, la gloria hecha una ruina y el rostro ensangrentado, además de sendos cortes de daga en las piernas, Noa flotó hacia los restos de su compañero, nada más que un mineral brillante, acaso polvo estelar—. Te dije que corrieras. Estos asuntos de la Segunda Orden nos sobrepasan a nosotros, los héroes comunes. —Sonrió con tristeza—. Los príncipes y arcángeles, ellos son los que se codean con los Espíritus Superiores y los Grandes Espíritus. Y solo a veces.

A pesar de la profunda tristeza en el ángel de la Nobleza, Triela no podía olvidar que era un enemigo. Se mantuvo alerta, lista para un nuevo combate, aunque el agotamiento empezaba a abrumarla. No había entrenado para esa clase de fuerza. Divina.

—En cuanto sentí el cosmos del Mago, decidí avanzar con cautela bajo el río —explicó Tetis, malentendiendo su silencio—. Allí encontré a este descerebrado, jurando que iba a matarte. Tuve que desgarrarle los tendones para poder llevármelo y trazar un plan. Después lo curé, mas tras la paliza que le has dado, no nos servirá de mucho.

Ella solo la escuchó en silencio, sin apartar la vista de Noa.

—Todo lo que habéis hablado, yo lo sé —dijo Tetis—. El Mago pretende replicar la infame unión de Pirra y Astreo. Pretende volverse un dios fundiéndose contigo.

Por toda respuesta, Triela la miró, ladeando la cabeza.

Tuvo que escribir en el aire el nombre del enemigo para que Tetis lo entendiera.

—Yo lo conocí con otro nombre, cuando era una… —Por alguna razón, la nereida cabeceó, diciendo algo distinto de lo que iba a decir—: Hace mucho tiempo. Tenía otra apariencia, y aunque jamás podría haberme ocultado su naturaleza espiritual, fingí creer que era un humano interesado en descubrir los secretos del cosmos y de la magia. Fui su maestra, su amante y su amiga, en diversas épocas de mi vida, más antiguas que la Tierra. Más adelante supe que su búsqueda estaba relacionada con revivir a un Espíritu Divino, aunque nunca me interesé en cuál podía ser. El caso es que yo misma le di ese sobrenombre: el Mago, porque jamás he conocido a un espíritu tan ducho en las artes mágicas. No imaginé que iba a reencontrármelo, ni siquiera cuando sentí su cosmos, pero si Macuil es el Mago, es posible que Sariel… —Los sonidos de unos pasos interrumpieron la diatriba de Tetis, de la que Triela entendía si acaso una cuarta parte.

Noa de la Nobleza había llorado a su amigo, y luego secado las lágrimas con las cenizas de aquel, que ahora le marcaban la cara con sendas líneas brillantes.

—Si todo lo que dijiste que dijo Macuil es cierto, nereida, creo que hemos cometido un grave error —dijo Noa, con una agradable serenidad que hizo asentir a Triela.

—Eres demasiado confiado —espetó Tetis—. Querías matar a mi compañera porque ella iba a matar a tu amigo, cosa que ha hecho. ¿Vas a decirme que no fraguas venganza detrás de esa charada de buenas intenciones, ángel de la Nobleza?

—Voy a decirte dos cosas —dijo Noa, sin perder la compostura—. La primera es que Macuil mató a mi compañero, nos mató a todos en realidad. Creíamos que vuestra llegada provocaría el despertar de Aquel que se desliza en la oscuridad, por eso fuimos a por vosotros, pero ahora lo veo claro. Si se trata de replicar la leyenda del Ángel Ensangrentado y el Astreo, puedo ver a Macuil pactando con el Rey Durmiente para actuar justo cuando llegarais. Uno obtendría la apoteosis y el otro la libertad.

Triela señaló al ángel y alzó el pulgar, dejando claro que le creía.

Eso obligaba a Tetis a ser la pesada del grupo. Su hermano diría que la hija de Nereo era la poli mala, encargada de azuzar al delincuente para que se confiara con la poli buena.

—Muchos han muerto por vuestro error —espetó Tetis—. Si actuamos deprisa, tal vez los demás sobreviváis. Y más importante: tal vez siga existiendo un universo. Los Reyes Durmientes son una amenaza para toda la existencia, Silente.

Con un gesto de asentimiento, Triela indicó que lo entendía. Estaba allí porque Atenea la había mandado, por supuesto que el problema debía ser muy grave.

—La segunda cosa —añadió Noa, deslizándose veloz mediante su única ala, justo a tiempo de evitar que Triela cayera de bruces al suelo—, es que esta muchacha necesita descansar. Con toda probabilidad, ha entendido si acaso un tercio de lo que le has dicho los últimos diez minutos. —Antes de perder la consciencia, Triela asintió de nuevo.