Capítulo 249. Entre el tiempo y el espacio
Tan pronto llegó hasta Caronte de Plutón, Kanon de Géminis entendió por qué había creado aquella cadena de dimensiones, por qué había buscado crear distancia.
Temía a ese enemigo.
Parecía ridículo. Él era Kanon, el hombre que quiso manipular a un dios. Quien fue escogido por Atenea para proteger el mundo entero, acaso de enemigos como aquel. No obstante, no se engañaba. Su juego con Julian Solo había terminado tan pronto el auténtico Poseidón despertó. Jamás habría podido dirigir esa fuerza sin parangón, de manera que el hombre que fue se rindió. Puso fin a todas las ambiciones, aceptando que todo estaba acabado, hasta que un sentimiento de gratitud le animó a hacer una locura. Por siempre recordaría ese instante en que el instinto vencía a la razón. Por siempre recordaría el tridente de Poseidón atravesándolo mientras todos lo veían con sorpresa, cuando era él el más sorprendido. Atenea lo salvó de esa muerte segura, lo que volvió estéril cualquier creencia en que podría saldar la deuda para con ella. Desde entonces la había servido, estuviera presente, o no, fuese el enemigo un hombre mortal, o…
La sensación era similar a aquella determinante reunión, unos veinte años atrás. Fue la última vez que acompañó a Saori Kido, como un guardaespaldas. Al fin y al cabo, la reencarnación de Atenea estaba por encontrarse con el avatar de Poseidón, quien había recuperado al tiempo la fortuna que entregó y los recuerdos que perdió, acaso por una insólita muestra de misericordia celestial. Una diosa viviente y un hombre que lo había sido, así fuera por tan solo unas semanas, conversaron largo y tendido en una escala que ni siquiera los santos de oro podían comprender del todo. Kanon, al igual que Sorrento, el guardaespaldas de Julian Solo, no fueron partícipes de esa charla. Vieron todo desde la distancia, sintiendo lo diminutos que eran frente al universo y los dioses. Ese sentimiento de absoluta impotencia volvía a él ahora, por causa de un ser que no tenía nada que ver con la bondad infinita de Atenea y la justicia y el orden de Poseidón.
—Has tardado —anunció Caronte, con una voz que se extendía a lo largo de toda la Otra Dimensión. Alrededor, asteroides, planetoides y otros cuerpos se fragmentaban de forma inexorable. La hora le llegaba a todo lo que escuchaba esa voz.
—No eres un dios —se recordó Kanon, sintiendo que el manto de oro de Géminis perdía brillo, tornándose más y más pesado—. ¡No lo eres!
Entrecruzando los brazales, conjuró la Explosión de Galaxias. Esta golpeó de lleno al enemigo, esa sombra alargada y bestial que lo observaba con dos orbes violetas llenos de sed de sangre. El estallido, atronador, iluminó todo el espacio.
—¿Apenas te das cuenta ahora? —preguntó Caronte, tiempo después de emerger, velocísimo, desde la explosión y sostenerle el rostro con una mano de bestia.
Géminis ya había muerto para ese momento.
Cerca del enemigo, Kanon experimentó el miedo que sentía en lo más profundo por solo ver aquella oscuridad. Era un terror primigenio, semejante al miedo a los dioses. No obstante, existía una sutil diferencia que él no sabría identificar.
Nunca había sido un filósofo, solo un hombre con algunas ideas y la voluntad de hacerlas realidad. Reaccionó rápido, golpeando con brío al enemigo. Los puños, acelerados más allá de la velocidad de la luz, desdoblaron el espacio-tiempo para aproximarse a los resultados de una aceleración infinita. La distancia dejó de importar, los golpes impactaron uno tras otro en el cuerpo, en verdad frío, del astral.
Siguió golpeando incluso cuando aquel, divertido, lo empujó más allá de la Otra Dimensión, acelerando cada vez más. Kanon supuso que tenía que ver con los círculos mágicos, del color de la sangre, que giraban en los confines de aquel espacio.
Una vez estuvo lejos de aquella distorsión, Caronte lo golpeó con la mano libre, ignorando por completo cómo el cuerpo se echaba atrás por los puñetazos de oro.
El instinto impulsó a Kanon a ejecutar la Otra Dimensión, aunque era tarde. Caronte se resistió a la atracción gravitacional del portal abierto a su espalda, disfrutando del dulce sonido de la sangre humana al fluir de una herida bastante grande. El regente de Plutón no había necesitado mucho esfuerzo para reventarle el estómago: un solo golpe, la misma clase de ataque que incapacitó a todo un ángel del Olimpo, fue suficiente; Géminis, solo un lastre gris, sin vida, no mostró mucha resistencia.
Hombre y astral se miraron, reconociendo cada uno lo que el otro pensaba. Kanon no se iba a ir de este mundo sin lucha, Caronte no pensaba caer en un truco tan viejo.
Cuando las manos doradas buscaron aferrar la espalda del enemigo, este se echó hacia atrás, arrancando buena parte del costado del santo de Géminis. Fue un ataque mortal. Una explosión de sangre en la que órganos, hueso y músculo habían reventado debido a la considerable fuerza del enemigo. Sin embargo, antes incluso de que Kanon, obtuso, tratara de aprovechar las últimas fuerzas que tenía para aferrarse a aquel ser de tinieblas y obligarlo a recibir de lleno todo el poder de la Última Explosión de Galaxias, los órganos, los huesos, los músculos, la piel y la sangre se restauraron junto a los fragmentos del manto de Géminis, que recuperó el brillo, aunque no la vida.
Por segunda vez, se miraron, entendiendo lo que ocurría. Estaban en otra de las ciento diecinueve distorsiones amontonadas por Kanon. Allí, también el tiempo le favorecía a él, en concreto restaurándole las heridas. Decidió aprovechar ese plus.
«Conseguiré el tiempo que necesitas —pensó Kanon—. Arthur.»
Caronte, entretanto, había sostenido los bordes del último portal que había abierto, usando las garras de oscuridad. Mediante solo fuerza bruta, cerró la grieta a tiempo de poder saltar sobre Kanon como un verdadero can tricéfalo.
Ya que él no podía bloquearlo, ni evadirlo, recibió de lleno la embestida, sintiendo que el pecho se le abría en numerosos cortes que le llegaban al pulmón, el estómago y el corazón. Sintió su cosmos extinguirse, pero, en el último momento, ardió con toda la intensidad con la que podía arder desde que perdió la bendición de Atenea. Kanon desgarró el espacio con los dos puños para cubrir a Caronte de puñetazos, importándole poco que los brazos fueran partidos en dos y se perdieran en el infinito. En poco tiempo, todas las heridas se curaban, mientras que el astral se iba alejando más y más de donde estaba Aubin. No era conveniente que el ángel de la Audacia cayera, lo necesitaba.
Sin la ayuda de Noa, habría muerto mil veces. Caronte retrocedía debido a los golpes, pero no sufría daños, mientras que él sí podía causarlos. E incluso si el hechizo del ángel de la Nobleza eliminaba todo daño en el cuerpo, el alma era otra cosa.
Pasado un tiempo, Caronte comprendió que Kanon solo pretendía alejarlo y empezó a combinar las fauces —la línea blanca que hacía de boca, atestada de espinas negras—, con las garras. Oro y negro se entremezclaron en una lucha desigual a través de esa Otra Dimensión, adelantándose y atrasándose según el capricho del destino. Kanon sintió que el mundo iba cambiando al son de esa batalla: oía las voces de los muertos, veía escenarios imposibles, olía el aroma del pasado y sentía un frío inenarrable que quemaba de un modo que ni la Hipernova de Sariel, ni la Última Explosión de Galaxias, podrían lograr jamás. Si eran sus sentidos los que se estaban corrompiendo, o era el mundo lo que aquel astral degradaba con su propia existencia, Kanon no lo tenía claro. Se limitó a presentar batalla con más golpes instantáneos y más estallidos, todos dirigidos a alejar al enemigo lo más posible mediante portales que abría sin descanso solo para ver cómo se cerraban, fuera por él, fuera porque colapsaban sin más.
«Tendré que arriesgarme —pensó Kanon, después de ver su cuerpo desprenderse de las piernas. Por un instante, se sintió muerto—. Mi poder es el de Cástor y Pólux, los Dioscuros. Esta distorsión, esta cadena dimensional, es parte de mi fuerza.»
Al mirar los sellos mágicos carmesí, se convenció de que esto era así. También vio que innumerables manchas negras se aparecían en los sellos.
—Todo muere —dijo Caronte, a la vez que los tímpanos de Kanon estallaban.
No pudo oír lo demás, así que acometió, entrechocando los brazales. Esta vez, como en su pasado encuentro, unificó el poder de la Explosión de Galaxias y la Otra Dimensión a pequeña escala. Formó un bucle temporal cerrado, del que Caronte era una presencia extraña, para hacerle sentir la misma técnica hasta un centenar de veces. El astral no cayó en aquel truco, escapó del bucle usando la mera fuerza bruta, pero el santo de Géminis ya lo había previsto. Según el regente de Plutón caía sobre él como una gran mancha de oscuridad, frío y muerte, abandonó Géminis a su suerte.
Unido a la Otra Dimensión, vio desde la distancia cómo la sagrada vestidura era consumida. Primero se volvió polvo, después átomos, después nada de nada.
—Como dices, todo muere —anunció Kanon, envuelto por la distorsión. La figura del hermano de Saga se adivinaba en los límites de la Otra Dimensión, como una constelación que descendiera de las alturas para manifestarse en la Tierra—. Es tiempo de que tú mueras. Caronte de Plutón, esta vez no me conformaré con sellarte.
—¿Qué harás, entonces? —rio Caronte, observándole.
Kanon dejó que las acciones hablaran por sí solas. En ese estado, la mera voz del enemigo no podía alcanzarlo, así que tomó el control de la distorsión entera y la envió lejos, de vuelta a las otras distorsiones alteradas por el enemigo. Lo vio todo desde lejos, pues, una vez unido a la Otra Dimensión, tenía intención de juntarse con la red entera, de recibir la bendición de todos los hechizos realizados por Noa de la Nobleza.
El finado Noa, porque aquel valeroso mago ya había muerto.
—Alguien tiene que pasar el testigo —decidió Kanon, sometiendo a Caronte a un movimiento acelerado hacia atrás lleno de inmensos estallidos.
Lejos, muy lejos, el astral contraatacó, asesinando la técnica ejecutada.
No había otra forma de verlo: la fuerza combinada de la Otra Dimensión y la Explosión de Galaxias se había detenido en seco. Todo ese poder, sin más, había muerto.
—Eso no sirvió de nada contra el árbol —le recordó Caronte, agitando la red entera de distorsiones—, ¿por qué esperas que te proteja de mí? —Velocísimo, recuperó toda la distancia perdida en un solo movimiento, llegando hasta el punto en el que él estaba, la zona que conectaba las ciento diecinueve distorsiones. Allí, llevó toda aquella maravilla llena de sellos mágicos al más absoluto caos, distorsionando la realidad, o lo sentidos del santo de Géminis, o las dos cosas—. Si lo que deseas es hacerme sentir la destrucción de este lugar, puedo ayudarte. —Kanon trató de callar al astral de un puñetazo potenciado por la cadena dimensional; logró que volteara el rostro, pero nada más. Siguió hablando—: ¡Yo mismo destruiré este refugio y mataré al otro traidor!
Las distorsiones, todas ellas, empezaron a desestabilizarse. En la zona en la que ambos estaban, eran más de cien burbujas, cada una con un hechizo distinto.
«Dadme fuerza —pidió Kanon, un ser envuelto en energía cósmica.»
La magia de Noa obedeció, dándole el poder de acelerar y retroceder el tiempo, de asegurar que siempre fuera él el primero en atacar, de restaurar cualquier daño. Reunió ese poder en un puño, aquel que podía desdoblar el espacio, mientras que en el otro reunió la fuerza para aniquilar cualquier cosa y se preparó para un ataque definitivo, mientras que Caronte permanecía en el centro de todo sin hacer nada.
—¡Desaparece, regente de Plutón! —dijo Kanon, cargando contra él.
Lucharon por mil días, por mil años, por mil siglos. O quizá solo fueron mil milésimas de segundo. Fuera como fuese, ni tiempo, ni espacio, detuvieron a Caronte de desgarrar al santo de Géminis, arrancándolo de la cadena dimensional y haciéndolo caer desde la cima, herido en cuerpo, mente y alma sin haber logrado nada en absoluto.
Impotente, vio en caída libre cómo el astral atravesaba lo que restaba de la cadena dimensional para llegar hasta Aubin de la Audacia, su tercera víctima.
Perdió la consciencia antes de saber cómo iniciaría aquel combate.
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Primero, las luces lejanas del horizonte se apagaron. Después se ennegrecieron los cuerpos celestes, reduciéndose pronto a polvo. Al final, espacio y tiempo colapsaron tras el camino recorrido por una sombra alargada, Caronte de Plutón.
Los hechizos que habían tratado de retenerlo en las capas superiores de la cadena dimensional no volvieron hacerlo. Toda esa magia, persistente a pesar de la muerte del conjurador, fue redirigida hacia el corazón de aquella Otra Dimensión de ciento diecinueve niveles de profundidad. Kanon de Géminis no se había fundido con el tejido espacio-tiempo solo para presumir de fuerza. Aprovechó el breve tiempo en que pudo combatir como algo más que un ser humano para entender los entresijos del universo, llegando al extremo de manipular sellos mágicos de altísimo nivel.
—Un hombre inteligente —hubo de reconocer Caronte, una vez llegó a la última distorsión—, sin embargo, yo nunca perderé ante un santo de Atenea.
—Eso es buena cosa —dijo una voz omnipresente—. Yo no soy un santo de Atenea.
A modo de respuesta, Caronte rio, dejando que aquel mundo se extinguiera como los anteriores. La última capa de la Otra Dimensión, empero, resistió. Todos los hechizos desviados por Kanon de Géminis hasta allí se habían fundido en un único sello, una magia tan compleja que la patrona de los magos, Artemisa, jamás había permitido que fuera aprendida. Inmortal del Tiempo. Materia, espacio y tiempo, todo se hallaba detenido debido al sello, de manera que nada podía morir, ni nacer, en ese lugar.
—Todo muere —replicó Caronte, volando hasta un enorme asteroide que flotaba sin rumbo, ni propósito. Chocó contra él, rápido como era, sin siquiera causarle un rasguño. Era tan indestructible como el cuerpo de un verdadero inmortal. Una magia terrible.
Él también era terrible. Alzó el brazo, decidido a destruirlo todo.
Justo entonces, Bhunivelze invocó el poder oculto en las armas sagradas, buscando darle sustento mediante la divinidad que dormía en las alas de los ángeles. A nadie le gustaba tener problemas de estómago, a él menos, así que abortó la abominación que aquel necio podía dejarle en la Esfera de Plutón desatando la Terrible Providencia. Las consecuencias no se hicieron esperar en la superficie, deshaciéndose la forma Tártaro, toda oscuridad, al retornar a los dominios de los Muertos y el Alma. Los restos adquirieron la acostumbrada apariencia de un traje a medida, el cual cubría una piel humana, un aspecto humano que evocaba a la identidad de sus padres. Volvía a la forma de Asfodelos, limitada desde que el Santuario selló la entrada al Hades.
De esa guisa esperó el astral, tranquilo, sabiendo que el rival que se ocultaba en ese espacio no podría vencerlo desde la distancia. Tanta paciencia rindió pronto frutos: Aubin de la Audacia, atacando desde su punto ciego, descargó sobre el cuerpo celeste el Martillo de Dios, sometiéndolo a una desorbitante presión gravitacional. En condiciones normales, la roca y los metales que contenía tendrían que haberse convertido en una nube de partículas subatómicas, sin embargo, todo lo que ocurrió fue que el asteroide descendió hacia abajo, intacto, mientras que el guerrero celestial tornaba el puño platinado como un nuevo punto de gravedad que atraía a Caronte de forma irremediable hacia un golpe decisivo. El Colapso Estelar le dio de lleno en el rostro, sin causarle empero daño alguno. Hasta pudo permitirse sonreír con suficiencia.
—Eres un monstruo —aseguró Aubin, espantado. Tenía el rostro y la voz de otro hombre, Arthur de Libra. También el cosmos de aquel, el único que valía la pena entre los náufragos terrestres, se entrelazaba con el aura del guerrero celestial, de tonos dorados y platinados. Demasiado poder para un cobarde.
—Me lo dicen mucho —replicó Caronte, a la vez que buscaba desgarrar la garganta del ángel mediante los Colmillos de Cancerbero. No llegó a decapitarlo por muy poco, gracias a que impulsándose con las alas pudo crear distancia a la característica velocidad de los ángeles del Olimpo—. El nimbo es toda una bendición, ¿eh?
Al tratar de responder, Aubin escupió sangre. El peto de la gloria se había abierto en tres zanjas de costado a costado, producto de un segundo ataque, simultáneo al principal. De esa forma, Caronte constataba que el hechizo Inmortal del Tiempo no lo protegía a él.
«Monstruo, monstruo, monstruo… —repetía Aubin, consternado. Para ese enemigo, la gloria de un ángel era poco más que una armadura de cristal—. No voy a perder.»
Noa de la Nobleza había caído, también Kanon de Géminis. Ningún otro escenario explicaba que los hechizos del primero hubiesen ganado tanta fuerza para después venir a parar a ese espacio. Estaba convencido de que al garantizar eso último, el poderoso terrestre había pretendido protegerlo, sin embargo, el Inmortal del Tiempo era un hechizo prohibido para los humanos. Solo un mago experimentado podría programarlo para que se comportara de forma específica, de lo contrario, emulaba la orden principal. Si todos los hechizos que lo conformaban protegían el tiempo de las diversas capas de la Otra Dimensión, Aubin, despierto a la Octava Consciencia, no iba a ser tomado en cuenta. El ángel de la Audacia era un extraño, al igual que el astral.
—No voy a perder —dijo Aubin, más por darse ánimos que porque lo creyera. Todo dependía del Gran Espíritu Bhunivelze, quien luchaba dentro de ese demonio sonriente—. ¡Comprueba la fuerza de los ángeles de la Tercera Orden!
Acometió a toda velocidad, usando la fuerza de la gravedad para ganar impulso. Caronte, aun sin ningún apoyo, se preparó para recibirlo con un feroz ataque.
En el último momento, el terror impulsó a Aubin a desviar el vuelo y alejarse.
Aubin aterrizó sobre un cometa cristalino, aún sintiendo el dolor de la herida. Era imposible ignorarlo. El frío de la muerte se le metía hasta los huesos, acrecentando el miedo que sentía por enfrentar a aquel enemigo imbatible y volver a recibir un golpe semejante. Los sentidos, si bien funcionales, estaban afectados. Todo cuanto temía estaba en los contornos de los ojos, nunca a la vista del todo, jamás desapareciendo, ni siquiera porque los cerrara. En la boca pesaba un sabor nauseabundo, a muerte y enfermedad. Oía en todo momento una risa desagradable que le daba dentera, a pesar de que nadie estaba riendo allí. Olores sin sentido le llegaban a la nariz, discordando con el mundo que captaba. Era como oler el Elíseo, un lugar para descansar, no para matar.
Si seguía así, se volvería loco sin necesidad de que el astral hiciera nada. Si luchaba, la locura le sobrevendría mucho antes, si es que no moría primero. Con todo, la situación empeoraría si el astral volvía a recubrirse con aquella forma oscura y demoníaca.
—Si esperas que el santo de Géminis te ayude —oyó el guerrero celestial. Caronte había viajado hasta el cometa en un mero instante—, permíteme decirte que…
Con sangre saliéndole de los doloridos oídos, fruto de la capacidad para destruir de todo el ser del regente de Plutón, Aubin dio un giro completo y golpeó al enemigo con todas las fuerzas que tenía. No logró siquiera moverlo, incluso si por el sobreesfuerzo él mismo sintió que el brazo entero se le partía, mientras que el contraataque del astral le desgarró el hombro, reventando la protección en un estallido platinado y carmesí.
Golpeado por el dolor inenarrable, Aubin debió recurrir a su propia fuerza y a la del santo de Libra para escapar, mezclando la velocidad de las dos alas extendidas con una versión alternativa del Martillo de Dios en que la gravedad lo ayudaba a impulsarse. Acto seguido, en un mundo de absoluta locura en que los cinco sentidos no eran fiables, se confió al Séptimo Sentido y la Octava Consciencia, procesando la totalidad de la Otra Dimensión en cada pensamiento que realizaba. Hizo cálculos con lo que sabía del regente de Plutón y lo que comprendía del entorno, todo en fracciones infinitesimales de segundo, que en realidad le salvaron la vida. Para evitar los Colmillos de Cancerbero, capaces de herir por igual el cuerpo y el alma, debía aprovecharse de aquel mundo sumido en el hechizo del Inmortal del Tiempo. Atrajo planetoides y otros cuerpos celestes cercanos hasta allí, impulsándolos contra Caronte de Plutón a velocidad súper lumínica. Una finta algo pomposa para distraerlo mientras extendía su cosmos a lo largo de la Otra Dimensión y los sellos mágicos, a fin de hacerse uno con ella. Si lograba imitar la simbiosis perfecta entre teletransporte y combate mano a mano del santo de Géminis, cuando menos podría evitar morir. Había fallado antes, sin embargo, ahora el enemigo no tenía toda su fuerza, tal vez gracias a Bhunivelze. ¡Tenía que funcionar!
Los cuerpos celestes que arrojaba causaron un daño tan nulo como los previos ataques, siendo apartados por el regente de Plutón como meros juguetes. Eso, por fortuna, alimentó la confianza de Caronte, quien no se dio prisa por alcanzarlo. Para cuando lo hizo, Aubin ya estaba investido por el poder del tiempo y el espacio y pudo responder con toda la fuerza gravitatoria de la Otra Dimensión, filtrada a través del Martillo de Dios como un poder capaz de aplastar las galaxias. Él mismo se vio arrastrado por esa debacle cósmica, pero había corrido el riesgo a sabiendas de que no podía escapar, y cuando el astral —indemne en medio de la titánica presión de los cielos—, trató de decapitarlo, logró bloquear de refilón los Colmillos de Cancerbero con el ala derecha en el mismo movimiento que lo posicionó tras el enemigo. Liberó el Tera Gravitón sobre él y de inmediato se alejó, ahora que la presión gravitacional estaba localizada.
La hombrera libre estalló durante la huida, en miles de fragmentos ensangrentados.
«¿En qué momento me alcanzó? —se preguntó Aubin, en medio de una respiración agitada. Los dedos del astral habían reventado el platinado metal y rasgado la piel y el músculo dejando un rastro de carne viva. El guerrero celestial sintió que perdía la consciencia, debiendo hacer notables esfuerzos por centrarse en Caronte y probar un nuevo enfoque: daño interno, destruirlo desde dentro rompiendo el centro gravitatorio.»
Nada ocurrió. El astral era mucho más que un alto guerrero de complexión fuerte y mirada homicida. Tratar de dañar la superficie era una cosa, pretender alterar la esencia era otra bien distinta. Dolorido más allá de lo imaginable, Aubin contempló cómo Caronte acometía hacia el frente, habiéndose adaptado ya a la presión gravitatoria que no había dejado de imponer sobre él. Interpuso de inmediato una defensa a la altura, pero la Armadura Celestial no pudo desviar las garras de Caronte y la Retribución Cósmica solo provocó que él saliese disparado hacia atrás, dando tumbos hasta que chocó con una de las numerosas rocas que flotaban por el espacio.
Trató de levantarse, trató de volver a luchar. Sin embargo, en cuanto estuvo de pie, recibió una patada de Caronte de Plutón en plena cabeza. La paz del sueño lo embargó de inmediato, acallando el mar de locura sobre el que flotaba su mente confusa.
Despertó sobre el Jardín de las Hespérides, justo donde inició la batalla, el punto en que se abrió la primera de las ciento diecinueve capas de la Otra Dimensión. Caronte le pateó el pecho, impidiéndole levantarse.
«Imbécil —pensó Aubin, destrozado—. No es como si pudiera hacerlo. —De reojo pudo ver el cuerpo exánime de Noa de la Nobleza sobre un charco de sangre fresca.»
Entonces comprendió que sí podía, que sí quería levantarse y luchar.
—Jamás —dijo Caronte, gélido, a la vez que ejercía presión sobre Aubin, quizá tratando de llegar hasta el corazón—. Jamás caeré ante un santo de Atenea.
La faz de Aubin era de total desconcierto. ¿Se había vuelto loco su enemigo?
El santo de Géminis vino desde lejos, como un bólido súper lumínico rodeado por la Otra Dimensión. Caronte, sin mirarlo, le apuntó con la palma abierta.
—No… puede… Arthur —trató de decir Kanon, paralizado en seco.
—Jamás —sentenció Caronte, a la vez que el velo cósmico se extinguía. El manto sin brillo quedó a la vista durante solo un segundo, después, se esfumó, reducido a menos que polvo—. Jamás —reiteró el astral.
La mera fuerza de aquella palabra hizo que Kanon fuera mandado a volar lejos, pintando el rastro que dejaba con la sangre manante de mil nuevos cortes.
—Esto es el fin —comprendió Aubin.
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El poder de Arthur de Libra, experto en el Séptimo Sentido y pionero en la Octava Consciencia, no era más que una chispa frente al sol que era el manto celestial.
La fuerza del manto celestial, a la vez, era tan solo una estrella frente a la comprensión del universo que había obtenido tras muchos esfuerzos. Ahora seguía siendo tan pequeño como ayer, no obstante, sabía que como estrella formaba parte del universo.
Comprendía por fin, de verdad, lo que significaba tener un universo dentro de sí.
De haber sido el hombre que fue, habría luchado con Caronte de Plutón del mismo modo que hacía Aubin de la Audacia, perdiendo de forma irremediable a la vez que la cólera de Titania de Urano caía en la isla sobre la que se hallaban la mayoría de argonautas. Incluso despertando el manto celestial no habría podido proteger a sus compañeros. Ahora podía hacerlo, podía mantener aquel estado supremo de poder sin que el mero sobreesfuerzo le hiciese desfallecer, de manera que desde la Sala del Veredicto era capaz de proyectarse sobre los mares olvidados para proteger Flegra a la vez que cedía sus conocimientos y una pizca de cosmos a Aubin. No demasiado, justo lo suficiente para que el audaz guerrero no colapsara.
Incluso podía permitirse hablar. Narciso de Venus, aquel misterioso astral responsable del desastroso viaje del Argo Navis Negro, le tendía la mano para llevar a todos los argonautas a un sitio de verdad seguro, lejos del alcance de Titania de Urano. Shaula de Escorpio le decía lo evidente, que tenían mucho que ofrecer en esa batalla como para que los dejaran de lado, sin entender que la presencia de un ángel de la Primera Orden lo había cambiado todo hasta el punto de que la posibilidad de que todos ellos regresaran con bien a casa había comenzado a existir. Sin comprender que, tan pronto volvieran a luchar, no importarían el rango y el poder, todos sentirían terror. Podía hablar con esos dos, entenderlos y conducirlos a donde consideraba más prudente, habría podido comunicarse con todos los argonautas uno a uno y explicarles la situación, sin que las conversaciones telepáticas se entremezclaran.
Podría hacer muchas cosas a la vez, todas ellas de forma racional, porque era el Juez. El hombre que lo había sacrificado todo para alcanzar la absoluta imparcialidad.
—Papá —oyó Arthur—. Alcioneo puede usar la isla como barco. Volvemos.
Como una experta en combate aéreo entrenada por Marin de Águila, Rin pudo alzar el vuelo por sobre la tempestad de Flegra, con el objetivo de estar sola. Desde esa posición mandó su mensaje, su determinación. Ardía en cosmos y deseo de lucha.
—Ya has visto lo que podéis hacer contra este enemigo —observó Arthur con crudeza. Podían ayudar, pero no lo harían, el miedo los vencería a todos.
—No llegué a despedirme de mi madre —dijo Rin, desarmándolo por un momento—. Me decía a mí misma que era porque no había tiempo, porque tomé la decisión en el último momento. Ahora sé que sentía que ya nos habíamos despedido. Aquella noche en Rodorio, cuando la guerra había acabado y la Suma Sacerdotisa y tú os alistabais para reparar el mundo. —Arthur sintió un nudo en la garganta, rememorando aquel último remanso de paz. ¿Cuántos días habían pasado desde entonces? Se sentían como años, toda una eternidad—. En el fondo de mi corazón, sabía que el viaje iba a ser de solo ida, así que preferí que se quedara con ese último recuerdo. ¿Crees que hice mal?
—No. Conociendo a tu madre —repuso Arthur con voz neutral—, ella debió intuir lo que harías. Aun así, no te buscó, para no convertirse en un obstáculo. De haberos visto antes de partir, ¿no habrías dudado en hacer este viaje hacia una muerte segura?
¿No era preferible que unos pocos se sacrificaran, por el bien de tantos héroes?
—Para nada —dijo Rin con la voz quebrada—. Desde el día en que me convertí en santo de Atenea, supe que acabaría de esta forma. Nos han preparado para esto: luchar contra Caronte de Plutón, el enemigo invencible del Santuario. Creo que es un alivio —rio—, otras generaciones de santos de Atenea han debido ir a la guerra contra los dioses. Papá, valoro cada uno de los años que viví contigo y con mamá, amo la vida que tuve y no es mi deseo desperdiciarla, no obstante —pausó, recurriendo a una muletilla típica del Juez—, huir por miedo a perderla, pienso que sería insultarla. No insultaré el cariño que recibí de vosotros, voy a luchar. Vamos a luchar.
Kanon de Géminis y Aubin de la Audacia habían caído. Noa de la Nobleza era ya un cadáver frío. Narciso de Venus reiteraba la propuesta, tranquilo, sin prisas.
—Hija —llamó Arthur, todavía neutral. Era el Juez y estaba en la Sala del Veredicto, ni siquiera los lazos que le unían a aquella valerosa heroína podían alcanzarlo—, no es necesario… —Rin hizo arder el cosmos que poseía, tratando de alcanzarlo donde fuera que estuviese. Arthur recibió ese mensaje, apareciendo en su mente el rostro de Seika. Era el mismo que lo había animado a proteger el Santuario, tanto tiempo atrás—. No, no vais a luchar —sentenció, severo—. No vais a luchar.
—Sé que eres fuerte —dijo Rin, ya no pudiendo vencer el sollozo—. ¡El más fuerte del mundo! Por eso debes ir a luchar contra Caronte, no puedes hacerlo desde aquí.
En realidad, podía, podía luchar en más de un sitio a la vez, pero no para luchar contra dos miembros de los Astra Planeta. Eso estaba más allá del alcance de cualquiera. Si dejaba esa posición, Titania destruiría la isla. Si luchaba desde la distancia, Caronte mataría a Aubin y a su maestro. Mataría a todos en la isla y acaso también a todos en la Tierra. Alguien como él no aceptaría el exilio por siempre, así arriesgara la vida.
—Vais a vencer —dijo Arthur—. ¡Vais a triunfar, porque sois los santos de Atenea!
Las lágrimas brotaron bajo la máscara de Rin, conmovida como nunca antes.
—¡Somos, papá! —dijo la santa de Caballo Menor—. ¡Somos los santos de Atenea!
El Juez asintió en la Sala del Veredicto. Eso era cierto.
A continuación, todo sucedió muy deprisa. Primero, Arthur avisó a Rin de lo que iba a ocurrir una vez él se fuera a combatir con Caronte de Plutón. Después, apenas mediando un breve espacio de tiempo, la oleada entrópica que Titania había invocado para impedir que nada entrara ni saliese del Jardín de las Hespérides, hasta el momento detenida por la fuerza de voluntad del santo de Libra, quedó libre de ataduras. Ya nadie protegía a la isla Flegra y los náufragos argonautas, de modo que estos tuvieron que valérselas por sí solos en lo que Arthur, mientras se preparaba para la batalla de su vida, cerraba el acuerdo con Narciso de Venus. Estaba obligado a pactar con él.
Dejó de velar por su hija y los demás. Dejó de esconderse en la Sala del Veredicto. Dejó de apoyarse en otros; no delegaría su responsabilidad en otro ángel del Olimpo, ni esperaría a que por un milagro Seiya y los demás viniesen a salvar el día.
Daría todo de sí, temiéndose lo peor. Con esas expectativas saltó hacia el Jardín de las Hespérides. Casi pudo oír el bramido de Titania de Urano en ese momento.
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Aubin de la Audacia fue el primero en sentir a Arthur de Libra, aunque no porque percibiera su cosmos, sino por ser testigo de un prodigio inimaginable.
—¿Qué demonios…? —maldijo Caronte.
El astral fue paralizado en seco, sometido a una cárcel de gravedad.
Kanon de Géminis, terco como nadie, trataba de levantarse cuando su mejor discípulo apareció ante él. Apenas lo reconoció. Tenía un manto albo lleno de detalles dorados, con doce armas a juego, cada una evocando uno de los signos del Zodiaco. El semblante, serio e inescrutable, parecía inhumano tras un aura mística que no era de oro, de plata o de bronce. Muy adecuado para el poder infinito que ostentaba.
La vocecilla de Akasha trece años atrás le vino a la memoria. Ella solía definir a su compañero de entrenamientos como alguien que no era humano. Y no lo decía como insulto, sino como algo que admiraba, si no es que envidiaba.
—Yo maté a Akasha —confesó Arthur, reventando aquellos recuerdos como quien revienta una pared de cristal—. Para salvar a la humanidad, maté a mi hermana.
—¿Cómo…? —preguntó Kanon, abriendo mucho los ojos.
Para el Juez, fue un alivio saber que su maestro no estaba involucrado en todo eso.
—Es largo de contar —admitió Arthur—, e innecesario, porque el Ocaso de los Dioses fue detenido a tiempo. A un alto costo. No me arrepiento. —Le dolía, sí, pero estaba dispuesto a volver a hacer lo necesario—. No obstante, un crimen es un crimen.
Al principio, Kanon no supo qué decir. Abría y cerraba la boca, consternado. Al poco tiempo, consciente de lo que pretendía su pupilo, cerró los ojos.
—Expía tus pecados en el infierno, llevándotelo a él contigo.
Con un gesto de asentimiento, Arthur de Libra dio por terminado ese frente.
Al dar la espalda a su maestro, puso rumbo hacia donde estaban Aubin de la Audacia y Caronte de Plutón, este último paralizado bajo el peso del firmamento. A cada paso que daba, más crecía el cosmos del más fuerte de los santos de oro.
Trece años después de la Noche de la Podredumbre, era la hora de rendir cuentas.
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Notas del autor:
Una enorme disculpa por el retraso. He tenido una semana ocupada, pero no quería dejarles sin el capítulo semanal, ¡espero que sea de su agrado!
Shadir. Qué bueno que pudiste ponerte al día con Los cinco minutos de Freezer de esta historia, ¿cuántos llevaremos? Y es todavía mejor que te esté emocionando, claro.
Sí, necesitaban un respiro los chicos. Demasiada tensión acumulada por demasiado tiempo. Y ahora están aquí, en la batalla de sus vidas.
La mitad de ganar una batalla es planearla bien. A ver si hay suerte.
