El siguiente relato presentado a continuación es redactado en comisión por el usuario Unfulanomas de FanFictionNet, siendo un remake de un fic que él mismo escribió originalmente hace poco más un año, dejándolo inconcluso y en mis manos para ser trabajado desde el inicio por comisión hasta el tercer capítulo, por lo que estos serán casi idénticos a los que él mismo publicó hasta su cancelación, quedando por mi parte el extenderlos un poco más y darles una mejor presentación, siendo posiblemente a partir del tercer o cuarto capítulo cuando haya material nuevo, pero siguiendo el concepto sugerido en el caso de que (probablemente) continúe con el relato. Espero disfruten de la historia tanto como nosotros lo hicimos al redactarla.

Descargo de responsabilidad: El concepto de la franquicia y el anime de "Pokémon" y todo lo relacionado con el mismo pertenecen a sus autores y casas productoras correspondientes: Satoshi Taijiri, Junichi Masuda, Ken Sugimori / NINTENDO, OML inc y Tv Tokyo 1997.


ANTES

Fastidiado por haber perdido el dinero de mi almuerzo a manos de los bravucones de turno durante el receso, fui a sentarme a uno de los banquillos que estaban en el patio bajo las escaleras de la escuela, y también para hacerle compañía ahí a uno de los pocos compañeros que tengo en mi clase de los que puedo considerar como amigos: un chico también de quince años, pero a diferencia de mí, su complexión era muy gruesa. En ocasiones él también era el blanco de los matones de la escuela, sin embargo y a su favor, era muy alto, y no tenía que usar unos horrorosos y ridículos anteojos de fondo de botella como yo, por lo que, en comparación conmigo, no eran tantas las ocasiones en las que se metía en problemas.

—Hola. ¿No me darías uno de tus sándwiches? —le pedí con la confianza habitual que nos teníamos tras sentarme a su lado—. Volvieron a quitarme lo que traía para comprarme el lonche.

Apartando con fastidio la vista del Game Boy que tenía entre sus manos, quizá estaba por decirme que no, pero tras verme, seguro que sintió lástima por mí, el flacucho muchacho que sin remedio siempre caminaba encorvado, y no es que tuviese algo malo en mi columna, simplemente me acostumbré a andar cabizbajo.

—Sí. Está bien. Toma uno.

—Gracias.

Mientras mordisqueaba el sándwich que le agarré de los que tenía a un lado envueltos entre servilletas dentro de una bolsa, curioso no pude evitar mirar sobre su hombro la pantalla de tonalidades verdes. Ese no parecía ser el videojuego de Tetris con el que usualmente lo encontraba enviciado durante los descansos.

—¿Y ese juego cuál es?

Un monito pixelado se movía por lo que parecía ser césped, de pronto la pantalla parpadeó haciendo un desagradable sonido de alarma, entonces la imagen cambió por la de un ave estática. El personaje de mi amigo, en lugar de enfrentarla, le arrojó algo que parecía ser una tortuga que quedó de pie sobre sus patas traseras frente a esta.

—Condenados pidgeys —rumió para sí mismo antes de responderme—. Es uno de los juegos de Pokémon. El rojo.

Me sonó familiar aquella palabra, entonces recordé que la había escuchado en algunos comerciales de televisión últimamente.

—¿Pokémon? ¿Es algo como el anime que van a estrenar hoy en la noche?

Me sonrió con aire presumido. De una lista en el juego seleccionó una palabra que decía "Placaje". Lo que supongo era la barra de vida del pájaro con un nombre extraño, se bajó considerablemente.

—Por cable tiene meses que se estrenó, pero sí, de hecho, el anime está basado en este juego. ¿Por qué no le pides a tus papás que te compren uno? Te enseñaría a jugar, incluso podríamos jugar juntos con el cable link que tengo.

Suspiré. Lo decía tan fácil, pero la verdad es que los Game Boys no son precisamente baratos, aunque supongo que cuestan menos que los Super Nintendos, consola que le compraron a mi hermano de once años por sus excelentes calificaciones, así como a mi hermanita de siete una de esas muñecas que hablan. Pero aún si el dinero sobrara en mi casa, cosa que no era así, con las calificaciones que tengo, ya sería un milagro que mis padres por lo menos quisieran para mi cumpleaños regalarme algo, por sencillo que fuese.

—Supongo que ni siquiera vas a intentarlo.

Seguro lo dedujo por la expresión que puse.

—Juro que cuando por fin comience a trabajar apenas termine la secundaria, la prepa y la universidad, me compraré un Game Boy, o incluso mi propio Super Nintendo (mi hermano seguía sin querer prestarme el suyo) con todos los juegos que quiera. Lo pondré en mi lista de pendientes de cosas que haré para cuando sea adulto.

—¿Y qué hay de mejor pagarle a un hospital para que te arreglen los ojos? Así ya no tendrías que usar esas cosas que te hacen ver tan tonto.

Entendí que se refería a mis gruesos anteojos.

—Eso es justamente lo segundo que está en mi lista de pendientes.

No me di cuenta del momento en que la pantalla del Game Boy había regresado a su imagen anterior, con el monito recorriendo un camino, hasta que de pronto volvió a repetirse el suceso pasado, sólo que en esta ocasión el animal en turno que apareció se trató de un ratón, pero poco caso le hizo mi amigo, que de pronto me miró con curiosidad.

—¿Y qué es lo primero que tienes en esa lista? ¿Lo de los juegos?

—No. Es algo más importante.

—¿Y eso es…?

Noté que un grupito de chicas se dirigía hacia las escaleras que estaban sobre nosotros para subir hacia la segunda planta. Alcé la cara con la esperanza de que alguna descuidada anduviera muy por la orilla permitiéndome ver bajo su falda. Nada. Al bajar la vista hacia el frente, distinguí a una chica en el otro extremo del patio que de seguro notó lo que hice. Me estaba mirando con el mismo temor y asco que cualquiera pondría en su expresión al ver a una cucaracha. Sintiéndome avergonzado, esta vez dirigí mi vista hacia mis pies.

—Casarme y tener hijos, por supuesto. —Le respondí finalmente.

—Yo en tu lugar primero me arreglaba los ojos y hasta después ya me buscaba una novia. Si le haces así te verías mejor, y luego por eso quizá alguien te haría más caso.

—¡Oye! No creo que esté tan mal como estoy ahora. Cuando van a la casa las amigas y compañeras de mi hermano de su escuela, me hablan y me tratan mejor que las chicas de aquí, y la mayoría de ellas son muy bonitas.

Iba a reanudar su partida cuando sorprendido volvió a mirarme.

—¿Qué edad tienen las compañeras de tu hermano? ¿Trece, doce años?

De entre todas ellas pensé específicamente en una. Había cumplido años hace poco. De hecho, cuando invitaron a mi hermano a la fiesta que le hicieron, lo acompañé. Ese día me la había pasado bastante bien mirándola tanto a ella como a sus amigas, también chicas muy lindas, precisamente por eso era que me sabía su edad.

—Once.

—¡No mames! —me miró con mucha sorpresa—. ¡Esas sólo son unas niñas todavía!

—También lo soy yo.

—¿Una niña?

—¡No! Me refiero a que también soy un niño —mi amigo enarcó una ceja y entonces me apresuré a corregirme—… Bueno, no soy un niño, pero tampoco soy un adulto, así que no creo que se vea tan mal que me guste… ¡que me gusten! Pues… cuatro años de diferencia no son nada. Mi papá incluso le lleva cinco años a mi mamá, así que si me hago el novio de una de ellas, en unos años no debería de importar mucho, ¿no crees?

A juzgar por su expresión, supuse que no lo creía, aunque apreciaba el que pareciera intentar comprenderme. Puedo entenderlo, después de todo, a él quien más le gustaba de la escuela era la maestra de química y no puedo culparlo, se trataba de una mujer muy hermosa, pero igual no le veía mucho sentido el interesarme tanto en ella como él y otros chicos sí lo hacían. Además de que estaba muy fuera de nuestro alcance, ¡esa mujer era como mínimo diez años mayor que nosotros! Perdón si sueno machista, pero soy de los que piensan que en una relación, es el hombre el que debe de ser mayor que la mujer.

Prefiriendo cortar con el tema, mi amigo exhibiendo habilidad, continuó jugando con una mano, mientras que con la otra tomó uno de los sándwiches para comérselo.

—¿Y el anime es bueno? —le pregunté— Como que me llama la atención.

En realidad, gracias a Dragon Ball (tanto el original como su secuela "Z" en emisión), Caballeros del zodiaco, Sailor Moon y Ranma ½, era que todo lo que fuera anime me encantaba. Los diseños de los personajes de Pokémon, que podía ver en los comerciales promocionando su estreno para esta noche, se veían bien, aunque no estaba seguro del todo de qué iba la trama, más allá de que los protagonistas aparentemente eran un niño con una gorra que tenía un "Pikachu", el cual se trataba de una especie de ratón o conejo mágico que expulsaba rayos o algo así, un chico moreno mayor a él de ojos cerrados, y una bonita niña pelirroja que andaba en pantaloncillos de tirantes y con una blusa amarilla.

—Es divertido. ¿Vas a darle una oportunidad?

—Claro. Mañana te diré qué tal me pareció. Oye… ¿no me dejarías jugar un poco?

Ahora sí que pareció pensárselo mucho antes de darme una respuesta. Primero abrió un menú con el que guardó la partida muy rápidamente, y sólo entonces fue que me pasó la consola. Me explicó de qué se trataba.

Era un RPG en lugar de un juego de plataformas, que fue lo que inicialmente me imaginé que era, y se parecía un poco al Zelda o el Final Fantasy, pero me aclaró que era mucho menos lineal que aquellos juegos, y que no sólo iba de completar misiones, o en este caso, vencer a los ocho líderes de gimnasio que estaban esparcidos por el mundo donde la aventura se situaba. Principalmente el objetivo era recolectar a los "Pokémons". Ciento cincuenta en total, aunque era imposible juntarlos a todos, sólo a la mayoría, ya que se necesitaría de la segunda versión del juego llamada "Azul" para conseguirlo por completo. Aquella versión era idéntica a la "Roja" en todo, salvo que en esa aparecían Pokémons que esta versión no tenía y viceversa, algo que me pareció absurdo, ¿por qué no poner todo en un único juego? Hasta pareciera que los creadores pretendiesen forzosamente que la gente jugara en compañía de otros y no en solitario como debería de serlo en una consola portátil. Sin embargo, tenía que admitir que durante los breves cinco minutos que jugué, le encontré su encanto y fue fácil que me enganchara.

—Sí, definitivamente quisiera un Game Boy para jugarlo por mi cuenta, aunque supongo que aunque ahorre un año de lo que me dan para el almuerzo evitando que me lo quitaran, no podría comprármelo de todas maneras.

Tras comprobar la hora en el reloj de su muñeca y pedirme de regreso el videojuego, mi amigo lo apagó y me dijo.

—Pues descárgate por internet una copia de los juegos.

—¿Se puede hacer eso?

—Sí. Se descarga como un archivo junto a un programa especial para emular el Game Boy en una computadora y así poder jugarlo ahí usando el teclado.

—Suena bien, pero en mi casa no tenemos internet. Muy apenas mi papá pudo comprar una computadora que de todas maneras no nos presta porque la usa para su trabajo.

—Cómprate dos disquetes y yo te busco los juegos y el programa para pasártelos. Ya será cosa tuya que consigas instalarlos y usarlos.

—¿Y no te regañarían? ¿Cuánto te tomaría descargar todo?

Estaba pensando en una ocasión de no hace mucho cuando fui a su casa. A escondidas en el estudio intentamos descargar una película pornográfica de casi dos horas que pesaba setenta megabytes. No parecía verse tan bien como se veía un VHS, pero era lo que había. A la media hora, cuando la carga iba por la mitad, su madre desde la sala descolgó el teléfono y todo se fue al traste. Al final lo único que conseguimos fue un regaño por habernos conectado sin pedir permiso, pero por lo menos ella no descubrió lo que intentábamos hacer.

—Siguen dejándome usar el internet media hora en la noche cuando nadie usa el teléfono, y los archivos tanto del programa como de los juegos son tan pequeños, que bajarlos apenas me tomaría dos o cuatro minutos a lo mucho.

Le agradecí el ofrecimiento. Los disquetes eran baratos y fáciles de conseguir en cualquier papelería. Me comprometí a traérselos mañana. Ya vería luego cómo conseguiría evadir a mi familia para poder jugar con la computadora.

Me alizé mi reducido cabello con una mano, recordando la cantaleta que me dió mi mamá en la mañana acerca de que ya iba necesitando un corte.

"Dejarme el cabello largo como esos rockeros de la televisión." Eso también iría a mi lista de cosas pendientes que haré cuando sea adulto.

Bueno. Al menos ya había una cosa que esta noche podría tachar de mi lista, y esa era el ver por la televisión el primer episodio del anime de Pokémon, y con suerte en unos días también probar el videojuego en el que se basaba, aunque fuese por la computadora.


DESPUÉS

Con frustración, me froté la cabeza, específicamente el punto donde mi calvicie se hacía más pronunciada. La alarma de mi celular acababa de alertarme de que ya eran las dos de la madrugada por lo que iba siendo hora de que me fuera a dormir. Al final no conseguí poner ni un pie en la dichosa academia Naranja. Sin duda, de todos los juegos de Pokémon, el Escarlata, e imagino que también el Púrpura, son los que tienen la introducción más larga de todas. También está el detalle de que quería primero atrapar a todos los Pokémons posibles de las áreas iniciales antes de avanzar más en el juego. Casi me acerco a los treinta, pero siento que todavía me faltaron algunos otros por ahí. Admito que el juego es endiabladamente adictivo, aunque ahora que me veo obligado a apagar el Nintendo Switch, los sentimientos de culpa y arrepentimiento me golpean haciendo que me pregunte cómo es que juntaré el dinero para pagar la renta a final de mes. Quizá, y a duras penas, me hubiese quedado lo suficiente para ajustarla de no haberme comprado también la edición Púrpura que mañana probaré. Sí, la había adquirido también con tal de no perderme nada de la novena generación.

Pesadamente levanté mis ciento veinte kilos de peso del sofá para dirigirme hacia mi habitación, donde al acostarme en la cama, sin querer desperté a mi esposa tras mover el colchón de su lado.

—Buenas noches, querida.

Antes de responderme, soñolienta primero tomó su celular de la mesita que tenía al lado para mirar la hora.

—Son más de las dos.

Ignoré el tono de regaño con el que me señaló esto y me di la vuelta mostrándole la espalda. Sentí que ella se movió para acercárseme, y entonces comenzó a juguetear con sus dedos recorriéndolos por mi brazo.

—¿No te quedan energías para algo más? —Me preguntó tratando de imitar un tono sugestivo que no le salió muy bien.

No sé por qué me pedía algo así. El mes pasado el doctor había sido muy claro al explicarnos todo lo relacionado con la impotencia que a mis cuarenta años ahora sufría. Lo vi de mal gusto.

—Sabes que yo ya no puedo hacer nada de nada.

Molesta, me dio un golpe en el hombro para enseguida darse la vuelta ignorándome.

—Y supongo que las manos sólo te sirven para jugar. ¡Ya duérmete entonces!

Ahora sí que me sentí mal. Por un lado sabía que la estaba descuidando. Mi mujer no tenía la culpa de que incluso si pudiera, me costaría trabajo tener el estímulo adecuado. Aunque la admiraba por tenerlo ella aún conmigo sin sentir inconvenientes por mi sobrepeso o mi falta de atractivo, contrario a los mismos problemas que yo sí sentía hacia ella, siendo que guardábamos similitudes en nuestros físicos, detalle aparte el que mi esposa fuera siete años mayor que yo, aunque cualquiera podría llevarse la impresión la primera vez al conocernos que quizá me sacaba una década completa o poco más, y sí, también estaban todas las cosas en las que constantemente chocábamos.

—Tu hermana llamó en la tarde —musitó sin emoción y algo de hastío—. Su niño ya nació por si quieres que vayamos a conocerlo el domingo.

—Gracias.

Exclamé sólo por decirle algo. En realidad, casi nunca tenía ganas de salir durante el único día de descanso que me daban en la semana. Últimamente el trabajo en el centro comercial se había vuelto muy pesado, y el único plan que tenía para ese día era jugar las ediciones del juego de Pokémon que acababan de salir recientemente, incluso sin haber terminado los juegos remakes previos de la cuarta generación. Igual estaba confiado en que no sería difícil convencerla de no ir de visita a la casa de mi hermana; a ella no le gustaban mucho los niños, por algo nunca tuvimos ninguno en nuestros ya casi diez años de casados, pese a que eso había sido lo que yo más había anhelado tener desde muy joven.

Y no, no es por el siniestro motivo que se imaginarían aquellos que llegaran a descubrir mi muy "peculiar" gusto tan abierto por las chicas de "casi todas las edades". En serio genuinamente deseé tener hijos propios tanto para mantener la descendencia por mi lado de la familia, como para sentirme importante para alguien y experimentar el amor paternal puro que podría recibir. Era sólo eso, si en toda mi vida nunca me atreví a ponerle ni un solo dedo encima a ninguna menor, pues mi moral es muy íntegra a pesar de todo, estoy seguro de que mucho menos lo hubiese hecho con alguien de mi propia sangre. A pesar de que juro me hubiese portado bien y habría puesto mi máximo esfuerzo para ser un buen padre, a veces pensaba que Dios en su infinita sabiduría prefirió apartarme de la posibilidad para no correr riesgos.

Tal vez como lo haría un verdadero hombre lleno de seguridad, por el contrario, habría luchado por mi sueño, y habría buscado a otra mujer dispuesta a darme lo que yo quería. Sin embargo, conocer y terminar con quien ahora era mi esposa, en sí había sido un verdadero milagro. No es como que en el pasado, cuando aún tenía cabello y no estaba tan gordo como ahora, me hubiesen llovido las posibilidades para conseguir una pareja, siendo en realidad ella mi primera novia a lo largo de tres años en los que más por costumbre el uno por el otro que por amor, fue que nos volvimos novios y más adelante esposos. Tampoco es que ella fuese muy atractiva o que tuviese una personalidad algo atrayente como para que por igual tuviera mejores opciones aparte de mí. Sencillamente ninguno de los dos pudo darse el lujo de ponerse exigente para mejor buscar a una mejor pareja. Era estar juntos haciéndonos compañía, o condenarnos a permanecer miserablemente solos por siempre. De todas formas traté de hacerla cambiar de parecer a lo largo de los años, al menos hasta que ella llegara primero a los cuarenta, es decir, antes de que yo sufriera de impotencia.

De pronto me llegó una notificación a mi celular, al revisarlo descubrí que venía de la aplicación que me permitía ver anime ilegalmente. Parece que acababan de subir un nuevo episodio del nuevo anime de Pokémon. Lo ignoré. No estaba muy interesado en comenzar a ver aquella serie, de hecho, ni siquiera había terminado de mirar la anterior donde por años el protagonista había sido Ash Ketchum.

Rememorando los ayeres, el anime original de Pokémon me había encantado desde el primer episodio, tanto como para seguirlo asiduamente a lo largo de seis temporadas y media. Sin embargo, tuve que aceptar la realidad de que se fue volviendo aburrido al ser la trama de Johto técnicamente la misma que la de Kanto, pero muchísimo más extendida. La de Hoenn apuntó a ser exactamente lo mismo, a eso sumarle que no me cayó nada bien la sustitución de Misty por May, quien, a pesar de admitir que la nueva acompañante me pareció agradable y muy bonita, siguió fastidiándome el hecho de que trajeran de regreso a Brock, pero no a Misty.

Los videojuegos, por otro lado, continuaron encantándome. Quizá también era siempre la misma trama con estos, exceptuando la subsaga de Mundo Misterioso, pero me seguían pareciendo muy entretenidos, agradándome las mejoras gráficas que les daban en cada salto generacional, así como los nuevos pokémons que fueron introduciendo, o los pequeños cambios en las dinámicas de juego. Aunque no abandoné del todo el anime, pues de vez en cuando llegué a ver por internet videoclips o partes de alguno que otro episodio posterior a donde me quedé, junto con algunos resúmenes de los mismos, e incluso miré completas algunas de las últimas películas. Todo estaba bien a pesar de continuar siendo un poco más de lo mismo, exceptuando quizá por la saga de Sol y Luna, ya que los juegos de la séptima generación en los que se basaban también eran un poco diferentes en comparación al resto, pero el cambio en la estética de la animación no terminó por gustarme.

Con cierto fastidio me volví a levantar al sentir la necesidad de ir al baño. Por supuesto me llevé conmigo el celular.

Mientras me encontraba sentado en el retrete, un curioso golpe de nostalgia de pronto me invadió. Recordé épocas de mi vida mucho más sencillas en las que no tenía por qué preocuparme por cosas como el dinero. Mi única responsabilidad fue aplicarme para sacar adelante mis estudios, en los que francamente no fui muy bueno. Concluí todo hasta la preparatoria, ya que no quise estudiar ninguna carrera universitaria, pero al menos me puse a trabajar. Juro que eso fue más por iniciativa propia y no por la advertencia de mi padre acerca de que no mantendría a vagos.

La verdad es que, con todo y que vivo en mi propia casa (bueno, en realidad es un pequeño departamento, y tampoco es mío, pero de todas maneras únicamente soy yo quien paga la renta, y ya veremos cómo saco adelante lo de este mes en el que me gasté el dinero que tenía contemplado para la misma) nunca terminé de darles mucho gusto a mis padres sobre lo que esperaban de mí, a diferencia de mis hermanos, quienes además de estudiar una carrera, a la larga consiguieron mejores trabajos. Tal vez no mi hermana, aunque, de todas maneras, y como bien me señalaban mis padres, no trabajaba en esa tienda de abarrotes como una simple empleada, sino que ella también era dueña de la misma junto a su esposo. A mi hermano le fue mejor tras conseguir un puesto importante en una empresa, pero él todavía no se casaba. Y yo... bueno, no es que ser uno de los intendentes de un centro comercial sea muy glamuroso, pero nunca falta el dinero en mi hogar… bueno, por lo menos la mitad del tiempo.

Cansado de estar pensando en esas cosas, abrí la aplicación de anime y busqué la serie de Pokémon, específicamente la primera temporada de la serie original. Tras dar con ella, reproduje el episodio uno.

Sentí una agradable nostalgia al escuchar el emblemático primer tema de apertura, después de esto continuó la escena de presentación que recreaba los primeros segundos de la intro de los juegos originales de Game Boy, para enseguida mostrarnos un estadio donde en la arena, un Gengar y un Nidorino estaban teniendo un duelo, hasta que el entrenador del Nidorino (que por su silueta se hacía evidente que se trataba de uno de los miembros del Alto Mando) interviene sustituyéndolo por un Onix. Luego la escena cambiaba a la parte en que descubrimos en que todo lo anterior estaba siendo transmitido por televisión, siendo visto por un entusiasta niño de diez años llamado Ash Ketchum desde la comodidad de su habitación.

Perdí la cuenta de las veces que he visto este episodio junto con muchos otros de las primeras temporadas. No hay duda de que me estoy volviendo más viejo. Tal vez me quedaría a mirarlo completo en el baño, que me siento constreñido, por lo que me está costando trabajo liberar todo lo que tengo ahí dentro. La comilona de pollo frito de la tarde fue muy abundante. Juro que a partir del próximo mes haré más ejercicio y cuidaré lo que me como, y esta vez hablo en serio, incluso lo pondré como la máxima prioridad en mi lista de pendientes.

Sentí una ligera molestia en el pecho que me obligó a rascarme. La molestia se fue convirtiendo en un dolor un poco más pronunciado.

¡De pronto perdí el aire de mi cuerpo y por un instante quise ponerme de pie antes de terminar quedándome donde estaba! No porque no pudiera pararme, sino porque por absurdo que suene, finalmente estaba defecando y no quería ensuciar el piso. Desesperadamente traté de llamar a mi esposa para advertirle que estaba en problemas, pero la voz me había abandonado como para poder gritar.

El miedo me abrumaba en aumento conforme sentía más y más dolor en el pecho, al mismo tiempo que se aceleraba el ritmo de mi corazón de una manera peligrosamente alarmante. En mi entorpecida desesperación no se me ocurrió que podría usar el celular para llamar a emergencias; aunque en todo caso, de haberlo hecho, supongo que nada hubieran podido hacer por mí al resultar imposible que llegaran a tiempo para socorrerme.

El celular resbaló de mis manos, y la pantalla se partió contra el suelo justo en el momento en que en esta se mostraba la cortinilla con el título del primer episodio del anime, después de que Delia, la mamá de Ash, mandara a su hijo a dormir.

Mi cuerpo comenzó a ponerse rígido. Lleno de miedo, enojo e impotencia, comprendí lo que estaba por ocurrirme conforme exhalaba lo que probablemente iba a ser mi último aliento.

Esto sería todo para mí. Iba a morir de un infarto terminando como un tipo gordo, casi calvo, con cuarenta años, sin haber tenido hijos, pero sí con un empleo mediocre, una esposa que no amaba ni me amaba; que moriría empedernido, sin ningún amigo desde que terminé la escuela, peleado con la vida y... en el cagadero.

Mi último pensamiento antes de irme no fue dedicado a mi esposa, a mis padres o a mis distantes hermanos, con quienes tampoco es que consiguiera llegar a tener una relación mínimamente cordial. Mi último pensamiento, por ridículo que fuese, se trató de algo como a…

"A Ash Ketchum de seguro jamás le habría sucedido una mierda como esta."


AHORA

Poco a poco fui despertando en una cama de lo más cómoda. De afuera pude escuchar el trinar grueso y estridente de unos pájaros. La pesadilla que sufrí había terminado y me sentía agradecido porque sólo hubiese sido eso. Rodé hacia mi derecha buscando el contacto con mi esposa, pero mi mano al tratar de abrazarla chocó contra una pared que no debería de estar ahí.

Al abrir los ojos me encontré, no en mi cama matrimonial, sino en una individual. Estaba completamente solo. El techo se sentía peligrosamente bajo, en esa pared miré un póster que mostraba a los tres pokémons iniciales de la primera generación. A mi izquierda entendí el porqué de la corta distancia con el techo, pues en realidad era yo quien estaba en una cama muy elevada dentro de una habitación desconocida, con un pequeño buró al fondo donde por encima de las cajoneras había una radio y un viejo televisor de cubo como de veinte pulgadas. La orilla izquierda de la cama tenía una escalerilla para poder bajar. Noté también una burbuja mapamundi. ¿Lo que alcanzaba a distinguir en el suelo era un cojín con la forma de un snorlax?

Por la posición en la que me encontraba, no podía distinguir nada de allá afuera por la ventana, cuyas cortinas, así como todo lo que me rodeaba, no era mío. Este lugar, por supuesto, no era mi habitación. Una mezcla de confusión y miedo me dominó.

Al fondo había otro mueble con cosas que me fueron completamente desconocidas, pero… extrañamente familiares, aunque no podía recordar de dónde las había visto antes, como una alcancía rosa con la forma de un clefairy, lo que parecía ser un sacapuntas con el aspecto de un poliwag donde en su centro había un lápiz empotrado, y el techo tenía un colgante de cunero con… ¿zubats? Sea a quien sea que le perteneciera esta habitación, sin duda era como yo, un fan de la franquicia.

Dado que acostado no obtendría respuestas, me erguí con la intención de bajar y averiguar cómo es que llegué a este sitio cuando… noté algo muy fuera de lugar también con mi cuerpo. Mi enorme y abultada tripa había desaparecido. Mi torso ahora era delgado, y al levantarme la ligera camisa verde de pechera blanca y manga corta, vi mi vientre no sólo muy contraído y liso, sino achaparrado, al igual que mis brazos y mis manos al examinarlas… ¡Parecían de niña! Eran muy pequeñas, suaves y casi sin callos. De un tirón me quité la cobija y la sábana con la que me cubría.

Vestía un corto pantaloncillo del mismo verde que la camisa de ese pijama que juro no me pertenecía, pero lo que tomó más mi atención fueron mis piernas también cortas, suaves y sin ningún solo vello. Mis pies eran muy, muy pequeños también en comparación a mis pies verdaderos. Con horror y teniendo un grave presentimiento, me moví un poco para bajarme tanto el pantaloncillo como el bóxer que usaba debajo del mismo. No sabría decir si sentí alivio o miedo al comprobar que seguía siendo un varón después de todo, pues aunque tenía un pene, al igual que todo lo demás, no parecía que fuera el mío por ser incluso más pequeño a como lo tenía originalmente, y como con mis piernas o mi pecho, tampoco tenía nada de vello allá abajo. Instintivamente me llevé una mano a la cara con la intención de acomodarme los anteojos, cuando de pronto me percaté de que no los llevaba puestos, lo que tenía sentido dado que acababa de despertarme, ni modo que me hubiera dormido con los lentes puestos, ¡y aún así era capaz de ver perfectamente!

Una vez que me calmé pasados unos segundos en los que traté inútilmente de procesar la extraña transformación que sufrí, me apuré a bajar por la escalerilla. Noté hasta ese momento otro buró a modo de cabecera detrás de mí.

Ya en el suelo de pie y descalzo, la habitación ahora me pareció enorme, o quizá era que evidentemente yo era muy pequeño. Me pasé consternado una mano por encima de la cabeza y… ¡sentí que tenía mi cabello nuevamente! y era muy abundante dicho sea de paso, aunque sin llegar a ser muy largo.

Al pie de la cama había unos tenis y más adelante en el suelo… lo que antes debió de ser un reloj de escritorio color rojo con un pajarito cu-cú. Estaba destrozado por completo.

Con temor miré hacia la puerta, pero indeciso por salir, primero me asomé por la ventana. Lo que descubrí me sorprendió.

Parecía que me encontraba en una segunda planta a juzgar por la elevación. El patio de esta casa era amplio, por la entrada al mismo comprendí que la habitación se orientaba hacia el frente. Saben, el patio del edificio donde vivía en mi departamento en el cuarto nivel, se situaba en la parte de atrás y siempre se mantuvo cercado, aunque sólo se trató de asfalto, sin áreas verdes más allá de un par de macetas, como por el contrario predominaban en este lugar en el que las flores crecían directamente del suelo. Aquí sólo había un tendedero en lugar de una docena, y por ello me imaginé que no eran muchas las personas que vivían en este sitio.

Más allá, a lo lejos, en lugar de ver una ciudad, apenas y alcanzaba a distinguir unas pocas casas muy apartadas entre sí como ésta. Parecían edificadas sobre un valle donde los árboles, el césped y las colinas, proliferaban en conjunto con la madre naturaleza. Definitivamente me encontraba no solamente en una casa ajena, sino en algo muy diferente a la bulliciosa urbe en la que vivía, pero… ¿exactamente, en dónde estaba y cómo fue que llegué hasta aquí?

El pensar en salir de aquella habitación me aterraba, pero armándome de valor, pues tampoco es que pretendiera quedarme por siempre ahí dentro, abrí la puerta y me asomé hacia un pasillo que conectaba con otras tres puertas y una escalera al fondo. Con nerviosismo me puse en movimiento, y entonces me asomé tras la puerta más cercana.

La cama matrimonial de aquél otro cuarto estaba pulcramente tendida y arreglada como todo lo de ahí, desde el clóset hasta la mesita de centro. Había un cuadro en el que estaban pintadas algunas flores y aves que no me detuve a examinar bien por sólo limitarme a dar un vistazo desde la entrada. Sobre un buró había una jarra con flores. Las cortinas de la ventana eran rosas. Me alejé de ahí sin atreverme a entrar sintiéndome como un invasor.

La tercera habitación también tenía una cama, pero además de eso no había nada particularmente llamativo ahí, además de un buró y un armario abierto en el que no parecía haber nada adentro. Tampoco tenía ninguna decoración, incluso las sábanas lucían sobrias y aburridas. Me dio la impresión de que nadie ocupaba aquél cuarto.

La cuarta y última puerta resultó ser el acceso a un baño con azulejos blancos. Tenía una tina, un inodoro y un espejo en la pared por encima de un amplio lavamanos. No perdí tiempo y me apresuré a entrar para poder verme en el espejo.

Impactado contemplé al niño entre moreno y caucásico de diez u once años que consternado me regresaba la mirada. Por un breve segundo creí que había rejuvenecido a mis mejores días, antes de caer en la cuenta de que ni siquiera entonces tuve aquel aspecto. Si bien de niño tenía todo mi cabello en su sitio, siempre lo mantuve muy reducido siguiendo el estricto reglamento escolar, tanto que incluso me llevaban a la peluquería una vez al mes para cortarlo lo suficiente, y sin embargo aquí la cabellera negra la llevaba bastante crecida y despeinada por todos lados.

En efecto era delgado, no obeso como cuando me morí, pero tampoco flacuchento como lo fui durante mi niñez, y todos estos rasgos aún continuaba mirándolos perfectamente con mis ojos sin la necesidad de usar lentes. ¡Cómo podía ser esto posible! Mi vista siempre fue tan mala que no puedo recordar ningún momento de mi vida en el que no necesitara lentes. Además, estaba convencido de que ninguno de los rasgos que ahora tenía llegué a poseerlos alguna vez. Entre más me contemplaba, más familiar me parecía mi nuevo aspecto, pero no podía recordar de dónde. ¿Quizá era el rostro de un compañero que fue conmigo en la escuela de cuando era niño? Podría ser. Con sorpresa me acababa de dar cuenta que el color de mis ojos negros había cambiado por el de un café oscuro.

Continúe mirando mi reflejo sin poder creerme aún lo que me estaba ocurriendo, al mismo tiempo que trataba de pensar en alguna explicación para esto. Si de algo ya estaba convencido, era que no había soñado lo del infarto, pues se trató de algo que de pronto recordaba muy vívidamente, en específico el punzante dolor en mi pecho y la manera de cuando sentí que inevitablemente me ahogaba.

Estaba perdiéndome en mis reflexiones, cuando de pronto y regresándome a lo que ahora parecía ser la realidad, escuché un ruido proveniente de la parte de abajo de la casa. Parecía que no me encontraba solo después de todo en este lugar.

Salí del baño con cierto temor intentando darles un orden a mis pensamientos. De pronto supuse que tras morir había reencarnado, aunque sí de eso se trataba, de todos modos sería algo muy extraño, pues más allá de la posibilidad de que eso fuese posible, sin ser experto en el tema, se supondría entonces que debería de haberlo hecho en un bebé recién nacido, no en un niño ya muy crecido.

Con todos mis sentidos en alerta comencé a bajar por las escaleras hacia el piso inferior de donde escuché el ruido, teniendo presente en todo momento de que podría encontrarme en peligro, a pesar de que esta casa tan hogareña no se parecía a lo que uno esperaría del hogar de un psicópata. Se me ocurrió que tal vez y por el contrario, sería yo el que le generaría una fuerte impresión al ocupante, el cual quizá podría ayudarme en algo, o con suerte tal vez explicarme lo que me sucedió de saberlo, siempre y cuando no termináramos por alterarnos mutuamente ante nuestro primer encuentro.

Ya abajo, el primer acceso que resaltó fue el que daba hacia un comedor. La mesa era pequeña, pero de buen gusto, así como el mobiliario conformado por algunos gabinetes donde en su interior, a través de las puertas con vitrales, se podían apreciar algunos platos decorativos, sin embargo, en esta ocasión no me detuve tanto a analizar los detalles del espacio, dado que todo mi interés lo tomó la mujer sentada frente a la mesa que estaba bebiendo de una taza lo que quizá era un café.

¡Aquella mujer era sumamente hermosa! Era joven, le calculé fácil unos treinta años como mucho. Su cabello castaño lo llevaba recogido con una liga azul, por la que además de su coleta, dejaba que se escapara un travieso flequillo por el frente. Era delgada, su claro rostro caucásico tenía unos hermosos rasgos. Vestía una blusa rosa abierta de mangas cortas con broche, sobre lo que parecía ser una sencilla blusa amarilla sin mangas. Quedé embobado mirándola, pues sin duda mujeres como ella eran las de mi tipo. Tal y como imaginé que podría suceder, tan pronto me vio pareció a punto de ahogarse con su café, pero a continuación se puso de pie en el acto aún asustada y asombrada por mi culpa.

—¡¿Qué es lo que estás haciendo aquí?! —Exclamó aún alterada.

Tragué saliva no muy seguro de cómo tratar de explicarle quién era y del por qué estaba en su casa, aunque para lo segundo no tenía ninguna respuesta.

—Ah… Hola… yo…

—¡Mira la hora que es, Ash! ¡Se supone que en este momento deberías de estar con el profesor Oak! ¡Creí que te habías ido ya a su laboratorio para recibir a tu primer Pokémon!

Juro que me quedé frío por todo lo que me soltó de la nada así como así. ¿Oak? ¿Ash? ¡Y repentinamente recordé de dónde había visto mi nueva cara!

La cara real de un niño, la cara de un niño de carne y hueso, la cara que ahora yo poseía… y luego estaba la cara animada del protagonista del anime del que llegué a ser un gran fanático, y que pese a sus múltiples rediseños, conservó lo elemental a lo largo de más de veinte años, y entonces comprendí por qué esta cara se me había hecho tan familiar, y no sólo se trataba de mí. Tarde, me daba cuenta de que si esa mujer estaba realizando un cosplayer de Delia Ketchum, el que hacía sin duda era el mejor que había visto en toda mi vida por las enormes similitudes que tenía con su contraparte animada al compararla, tanto por la ropa como por el gran parecido en su físico.

—¿Pokémon? —Repetí con incredulidad.

—¡Ya, date prisa, o te vas a quedar sin ninguno hasta el próximo año!

Sin darme la oportunidad de preguntarle de qué rayos me estaba hablando, con prisa se me acercó. Me puso una mano sobre el hombro desconcertándome lo alta que era, por lo menos me sacaba una cabeza completa, hasta que comprendí que en realidad y por mi presunta edad, no era eso, sino que por el contrario, yo era muy pequeño, lo que me fastidió un poco.

Teniendo serios problemas para comprender todo lo que estaba sucediendo, dejé que me guiara hasta la entrada de la casa, donde a gritos me pidió que me pusiera unos tenis para que me fuera a la de ya. Pese a mi nerviosismo, decidí hacerle caso, que eso me daría la oportunidad para marcharme sin tener que dar muchas explicaciones. Y ya estaba por tomar unos grandes tenis rosas que se encontraban dentro de uno de los compartimentos de un mueble de madera en la entrada, el cual me recordó al que usaban los japoneses para sus calzados, antes de caer en la cuenta de que los míos debían de ser los otros, unos más pequeños negros con blanco.

—¡Espero que lo consigas! —un poco más calmada me gritó animadamente tras ir a comprobar que finalmente saliera para ponerme en marcha—. Más tarde iré a verte para saber cómo te fue. ¡Suerte, Ash! —Enseguida cerró la puerta.

Ash…

Miré a mi alrededor. Todo el paraje se veía muy despejado. Habría pensado que la casa estaba en medio de un verde valle alejado de todo, si no fuese por las casas que por la ventana llegué a notar a lo lejos.

Ash.

Dudé acerca de lo que debería de hacer ahora, pues si bien es cierto que Delia (y al no encontrar ninguna otra explicación o posibilidad, me estaba convenciendo de que se trataba del verdadero personaje en carne y hueso) me había indicado claramente lo que esperaba que hiciese, mi cabeza todavía tenía problemas para aceptar de buenas a primeras lo que me estaba ocurriendo.

Yo ya no era… yo.

Yo ahora era… Ash Ketchum.

Y…

Estaba a punto de recibir mi primer pokémon, tal y como le sucedió al personaje original de Ash en el primer episodio de la primera temporada del anime.

¡¿Pero acaso esto de verdad era real?! ¡¿En serio esto estaba ocurriendo?!

Nada de lo que me rodeaba parecía ser un anime. Todo a mi alrededor, la casa, el pasto, los árboles, las hojas, la tierra del suelo, mi ropa, mis manos, en general todo estaba lleno de detalles tan minúsculos como los tiene cualquier objeto o ser vivo de la vida real, tantos y tan realistas que ningún anime, o cualquier tipo de animación, ni siquiera la tridimensional por ordenador, la hubiese podido recrear tan detalladamente a profundidad. Yo era una persona de verdad al igual que Delia, quien en lugar de ayudarme u orientarme debido a la impresión que me causó, dejé que me mandara a…

conseguir mi primer pokémon de manos del profesor Oak.

Una mezcla de sensaciones se arremolinó en mi interior: Miedo, sorpresa, confusión y… ¿emoción? ¡Demasiada emoción!

Si esto se trataba de un sueño, o un preámbulo antes de ir al más allá tras probablemente haber muerto, tal vez podría entretenerme un poco mientras duraba, en lugar de estar desperdiciando el tiempo buscando explicaciones que quizá estaban de más. Incluso podría existir la posibilidad de que en realidad no me había muerto y me encontraba en coma, siendo que mi mente estaba recreando un muy agradable escenario en el que podría permanecer cómodamente hasta que los médicos averiguaran la manera de reestablecerme, un escenario tal vez inducido por ser el anime de Pokémon lo último que estaba mirando con concentración antes de mi infarto. Aunque si quería seguirle el juego a este sitio, me enfrentaba a un serio problema, y ese era que…

no tenía la menor idea de dónde vivía el… "profesor Oak".

Sintiéndome ridículo, tuve que volverme y tocar a la puerta de la casa de la que pretendí huir tras que prácticamente me corrieran de la misma. Delia, que parecía estar hablando por teléfono por lo que alcancé a escucharla, se interrumpió para ir a abrirme.

—Eso fue rápido. ¿No me digas que olvidaste algo, Ash?

Qué extraño me parecía el que me llamara así.

—Del… —a tiempo conseguí morderme la lengua para corregirme, pues supongo que ella no estaría acostumbrada a que yo la llamara por su nombre— ma… mamá, sabes… ¿sabes dónde vive el profesor… Oak?

Enarcó una ceja confundida. Quizá la había hecho suponer que le estaba tomando el pelo. En cualquier caso, aunque extrañada, de manera rápida me indicó la dirección a seguir, una muy sencilla que consistía en atravesar una vereda abierta hasta topar con una señalítica, y de ahí doblar hacia la izquierda para seguir derecho hasta llegar a un puente.

—Ya apúrate, hijo. Tal vez el aire fresco termine por despertarte.

Y dicho esto, tras cerrarme otra vez la puerta, me di la vuelta y a paso moderado comencé a caminar con tranquilidad, aunque con inquietud, cuando… recordé que el Ash original se había ido corriendo desesperado por lo tarde que se le había hecho aquella mañana, y por la reacción que tuvo Delia conmigo, parecía que la misma situación se estaba repitiendo. Quizá producto del desconcierto y que buscaba que mi mente se despejara, fue que me eché a correr.

Hace años que no corría, sencillamente mi voluminoso cuerpo aunado a mi peso, que con el tiempo sólo fue en aumento, me lo impedía, además de que casi nunca tuve la necesidad de hacerlo sin importar la apuración que tuviera, que para el caso siempre conté con las opciones de tomar el autobús o un taxi. Una vez hace algunos meses traté de trotar, sólo para dejar de hacerlo a los pocos segundos debido a la fuerte agitación que eso me produjo dejándome exhausto y sin aire, sin embargo, en ese instante me encontraba, no trotando, sino corriendo.

Podía sentir que mis pulmones se llenaban de aire limpio, un aire tan distinto al del contaminado ambiente de la ciudad en la que vivía. ¡La sensación era maravillosa! Después de un tiempo comencé a cansarme, pero aun así continué corriendo y a una velocidad que no conseguía desde que era un… niño. ¡En serio había vuelto a ser un niño! y como tal, sentí que podía exigirle aún más a mi joven cuerpo antes de realmente llegar a sentirme agotado.

—Yo… soy… Ash… Ketchum.

Me repetía mientras corría, al mismo tiempo que rememoraba en mi cabeza el comienzo del primer episodio de la primera temporada de Pokémon y la manera en que parecía relacionarse mucho con los sucesos que comencé a experimentar en este lugar desde que desperté.

Esto no era un anime o una caricatura; no eran dibujos animados, esto era la realidad, a pesar de que mi ropa, mi apariencia, la casa y aquella mujer eran muy semejantes al anime que en mi juventud fue uno de mis favoritos. De pronto me di cuenta que había perdido el miedo que al inicio sentí tras dejarme embriagar por la emoción.

—Yo soy… Ash Ketchum.