CXLII

Cuando voltea, es casi como mirarse en un espejo. Excepto que Henry sabe que su apariencia es deplorable, pues delata su odisea.

El Henry frente a sí le ofrece una sonrisa tranquila, despreocupada.

—Disculpa, ¿te sorprendí?

Él no responde a lo que parece ser una provocación, si bien no es pronunciada como tal. El otro Henry simplemente desliza una mano a través de su cabello, llevándose la melena que le llega a los hombros hacia atrás; su postura delata cuán seguro de sí se halla en la situación actual.

—Me gustaría conversar contigo, pero me imagino que no estás en condiciones de hablar. —Su mirada se dirige a una de las correas de la mochila que lleva consigo—. ¿Tal vez te haría bien beber una botella de agua?

Superficialmente, el comentario es casual y hasta expresa una cierta preocupación. Sin embargo, Henry lo reconoce por lo que es: un despliegue de poder.

El otro Henry sabe que lleva botellas de agua en su mochila.

Porque lo ha estado observando.


En su condición actual, Henry duda mucho que pueda prevalecer si se desatara una pelea; le conviene seguirle el juego. Por ende, se permite a sí mismo tomar asiento en el suelo, sacar una de las botellas de su mochila y destaparla sin quitarle los ojos de encima. Esta otra versión suya aparta la vista y la posa en la Eleven que dormita frente a ellos.

—Si no idéntica, es muy parecida a la tuya, ¿no es así?

Él no responde. El otro Henry vuelve a dirigir la vista hacia él. Esta vez, se acerca lentamente y le ofrece la mano.

—Deseo mostrarte mi pasado.

Él frunce el ceño, reacio a caer nuevamente por esta treta.

—No —masculla con voz ronca y seca.

El otro Henry chasquea la lengua.

—No era un ofrecimiento.

Antes de que pueda reaccionar, las yemas de los dedos del otro Henry ya presionan su frente.


Tal y como ha sucedido antes, vislumbra numerosos recuerdos que contextualizan este universo.

El recuerdo más destacable, sin embargo, lo sitúa en este mismo ático. En él ve a Eleven —la Eleven ahora dormida— debajo de él, su mano pútrida cerrándose en torno a su cuello. Las lágrimas de la muchacha se deslizan por sus mejillas y sus dientes se aprietan en fútil resistencia.

—Escógeme. —Con su voz grave tras décadas atrapado en la otra dimensión, suena como una orden.

Empero Henry, el observador latente, conoce la verdad: no se trata sino de una súplica.

—Ja… más… —gruñe Eleven, sus uñas clavándose sin efecto alguno sobre su piel marchita. Sus piernas golpean el aire con desesperación, buscando una salida que ya no existe.

—Somos iguales, tú y yo —insiste, presionando su frente contra la de ella, buscando una conexión que esta versión de Eleven se niega a concederle—. ¿Por qué te empeñas en negarlo? Nada ni nadie te queda ya; solo yo.

—Yo nunca… Yo nunca aceptaré… urgh…

Eleven se ahoga. Ingenuamente, esta versión suya piensa que puede retenerla por siempre; que el someterla por la fuerza bastará.

Que la falta de oxígeno, la falta de todo la hará rendirse.

Pero Henry sabe que no es así.


Se presiona las sienes intentando calmar el incipiente dolor de cabeza. El otro Henry lo observa desde el otro lado de la habitación —no sabe en qué momento ha llegado allí—, su expresión pensativa.

—Debo haberte parecido bastante ingenuo —comenta; obviamente ha visto sus memorias.

—Más que eso —replica él y, para su sorpresa, lo piensa de verdad; no es el mero rencor a causa de su mente invadida el que habla.

El otro Henry ríe sin verdadera alegría.

—Pensé que si la dejaba sin opciones me elegiría a mí —admite.

—¿Y qué tal te fue con eso? —Se esfuerza por mirarlo, el dolor de cabeza retrocediendo apenas.

El Henry al otro lado del ático levanta la vista hacia la Eleven dormida.

—La muerte se le hizo más tentadora. —Sus palabras lo hacen estremecer, si bien no lo sorprenden; tras Brenner, duda que una Eleven acorralada termine por ceder a los caprichos de nadie—. Esto es todo lo que pude salvar.

—Aun así, absorbiste sus poderes —señala él, refiriéndose a su apariencia restaurada.

—Eso fue antes, a decir verdad. —Otro suspiro—. Pensé que si no me veía como un monstruo…

—Y todo lo que te queda es una cáscara vacía —sentencia Henry, inmisericorde.

De pronto, entiende la elección de palabras de antaño.

«Eso no te pertenece a ti». Porque ya no es ella, ya no es Eleven.

Lejos de enfadarse, el otro Henry lo observa detenidamente, como evaluándolo para sí.

Y luego, con una media sonrisa, replica:

—Yo también vi tus recuerdos. Los tuyos, y los que ese otro Henry te mostró.

Henry guarda silencio, sintiéndose repentinamente expuesto. El hombre frente a sí, no obstante, no parece interesado en combatir ni siquiera con palabras.

Comprende por qué cuando este murmura con tono desanimado —el tono de quien lo ha perdido todo—:

—Nosotros tres… no somos más que criaturas hambrientas.