El club
Inuyasha
El sonido de la música resonando en el interior del club, apenas se escuchaba desde la acera. La noche venía bastante tranquila, y pretendía que se quedara de esa manera. Posé mis ojos en el firmamento, al mismo tiempo en que le daba la última bocanada a mi cigarrillo. Volteé y subí los escalones mientras quienes tenían como destino custodiar la puerta, asentían. Ingresé e inmediatamente, Koga Wolf se me acercó.
- Inuyasha Taisho, ¿verdad? - asentí. - Aquel es tu lugar. - señaló uno de los extremos del salón. - Si alguien se pone pesado con las chicas, lo sacas.
- Como en todos los clubs de la ciudad. - respondí sin más.
- Miroku ha hablado muy bien de ti, espero que estés a la altura.
- Si te quedan dudas, puedes decírmelo después.
- Si necesitas algo, estaré por allá. - señaló el extremo opuesto.
Caminé hacia la zona asignada y ahí me quedé, con mis brazos cruzados, emulando una postura imponente mientras mis ojos pasaban por la extensión del lugar.
El típico club de pervertidos.
Pensé, al ver a las mujeres bailando en aquellos tubos, las cuales eran iluminadas por una mezcla de luces rojas y rosas. Abajo de aquellas plataformas, decenas de hombres desperdiciaban su dinero y sucumbían a los deseos carnales más básicos que existían. Ante mis ojos, sólo eran pobres infelices que debían recurrir a un recurso extremo para sentir el calor de una mujer.
Algo que yo no necesitaba.
No era la primera vez que trabajaba como seguridad en un lugar de estos, por lo que ya sabía cuales eran las señales de alerta y las formas de proceder ante los problemas. Miroku me había asignado este nuevo club justamente porque había hecho enojar a un cliente importante del otro bar al tener que intervenir frente a su comportamiento.
Algo de lo que no me arrepiento ni me arrepentiré jamás.
Emití un pequeño suspiro, producto de la música tan monógama y repetitiva que sonaba. Pero, de un momento a otro, mi mundo se dio vuelta al ver a esa mujer.
Vaya... ¿Qué tenemos aquí?.
Por suerte para mi, mis ojos estaban acostumbrados a la tenue iluminación, por lo que podía verla a la perfección. Su pelo negro ondeaba al unísono con la sensualidad de sus movimientos. Vestía un traje que infartaría a cualquiera, incluso yo estaba sorprendido al verme sorprendido de una vestimenta a la que estaba acostumbrado.
Quizás porque le quedaba demasiado bien.
Una falda que apenas cubría su trasero y una especie de sostén repleto de brillos, los cuales la hacían sobresalir notoriamente, al menos ante mi perspectiva. Su cuerpo se pegaba a la perfección a aquel tubo metálico, haciendo una simbiosis perfecta con el. Sin embargo algo más llamaba mi atención: Su rostro. Cada una de las expresiones que realizaba denotaban satisfacción, casi como si estuviese justo en el lugar en el que deseaba estar... y eso me agradaba.
Sin darme cuenta me quedé observándola como un idiota, como si fuese uno de esos burdos clientes de los que me estaba quejando segundos atrás. Mis ojos recorrían cada centímetro de su cuerpo, mientras pensaba que podría pasar una noche a su lado sin ningún problema.
Todo se sentía tranquilo hasta que sus ojos se encontraron con los míos, provocando que me tensara. Su siguiente acción me sorprendió con creces, ya que su sonrisa fue lo último que me esperaba ver. Aún así... aquella sonrisa no era normal, no... era una sonrisa sensual, casi traviesa, como si el hecho de saber que la estaba observando, la hiciera sentir orgullosa.
Y debería estarlo, después de todo, sin saberlo, acababa de hacer que me rebajara a un mero espectador, de un espectáculo que nunca me había llamado la atención.
Sus ojos no abandonaban los míos y tuve la sensación de estar recibiendo un show privado.
Uno en el que me encantaría acortar la distancia.
Sus manos por momentos acariciaban aquel frio metal y, segundos después, atravesaban el contorno de su cuerpo, provocando que un vapor imposible de ver, se desprendiera de él, un pequeño destello que sólo yo era capaz de notar.
Sentí un tirón en mi entrepierna en el mismo instante en el que su cuerpo quedó de frente a mi y, sin miramientos, descendió, abriendo las piernas en toda la extensión que su falda se lo permitía. Mordí mis labios al ver sus bragas, las cuales eran del mismo color que su traje. Mis ojos ascendieron a su rostro y aquella sonrisa causó que yo mismo sonriera levemente al verme descubierto.
Caíste.
Casi que podía escuchar lo que su mente pensaba.
Pase mi mano por mi barbilla en clara señal de aprobación a su baile y, como recompensa, me ofreció una vista completa de su perfecta figura.
- Taisho. - miré a mi lateral y me encontré con Bankotsu. - ¿Todo bien?.
- Todo bien. - volví mis ojos a la mujer que se había robado mi atención. - ¿Quién es? - pregunté sin dudarlo.
- ¿Quién es quién? - señalé al frente. - ¿La del tubo 5? - asentí. - Higurashi, Kagome Higurashi.
Kagome Higurashi, interesante nombre para alguien que, sin dudas, planeo conocer.
