Capítulo 3 - El Demonio de la Arena

El hospital tenía el ritmo habitual de un día ajetreado: médicos y enfermeras iban y venían, pacientes llegaban y se iban, y el sonido de monitores y pasos apresurados llenaba los pasillos. Para Sakura, aquella rutina era reconfortante. Le gustaba mantenerse ocupada, sentir que cada día hacía algo significativo.

Después de atender a su último paciente de la mañana, se dirigió al comedor del personal para tomar un descanso. Al entrar, notó una pequeña multitud reunida frente a la pantalla de televisión.

—¿Qué pasa? —preguntó, acercándose a una de sus compañeras.

—Pelea de MMA —respondió la otra enfermera sin apartar la vista de la pantalla—. Es una de las más esperadas del mes.

Sakura arqueó una ceja. Nunca había prestado demasiada atención a los deportes de combate, pero el entusiasmo de sus colegas era contagioso. Se acercó un poco más para ver de qué se trataba.

En la pantalla, las luces del estadio brillaban con intensidad. El comentarista hablaba con emoción mientras los luchadores eran presentados.

—¡Y ahora, señoras y señores, el invicto, el temido, el implacable… Demonio de la Arena!

Sakura sintió un escalofrío recorrer su espalda cuando la cámara enfocó al peleador que caminaba hacia el octágono con una mirada fría y determinada.

Ojos verdes. Cabello rojo. Un tatuaje distintivo en la frente.

Sakura parpadeó, como si su mente se negará a procesar lo que veía.

—¿Gaara? —susurró para sí misma.

No podía creerlo. El hombre con quien había compartido aquella conversación tranquila, quien le había pedido recomendaciones de libros y le había prometido sugerencias musicales, era el mismo que ahora se dirigía al centro de un octágono, con una mirada que no dejaba espacio para la duda o el miedo.

—¡Es una locura cómo pelea este tipo! —comentó uno de los médicos, sin apartar la vista de la pantalla—. Es brutal, pero tiene una técnica impecable. Nunca muestra emoción, nunca duda. Es como si nada pudiera tocarlo.

Sakura siguió mirando, con el corazón latiendo con fuerza. ¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Por qué no había reconocido su nombre aquella noche en la cena? Tal vez porque él nunca mencionó directamente a qué se dedicaba, y ella simplemente asumió que era un entrenador o algo similar.

Y ahora ahí estaba, a punto de pelear bajo las luces de un estadio lleno, con miles de personas vitoreando su nombre.

La pelea comenzó.

El oponente de Gaara era un hombre alto y fornido, con brazos gruesos y cicatrices en las cejas, alguien que evidentemente había estado en muchas batallas antes. Desde el primer instante, intentó acorralarlo con golpes agresivos, buscando someterlo contra la reja del octágono.

Pero Gaara no retrocedió.

Con una calma escalofriante, esquivó el primer golpe con un leve movimiento de cabeza, dejando que el puño pasará a centímetros de su rostro. Luego, con una velocidad impresionante, lanzó una patada baja que hizo que su rival perdiera el equilibrio por un segundo.

El público rugió.

Sakura sintió su propio cuerpo tensarse cuando la pelea se intensificó. Gaara apenas parecía inmutarse ante los ataques de su contrincante. Sus movimientos eran calculados, cada golpe que lanzaba era preciso, brutal y certero.

Y luego llegó el momento decisivo.

Gaara esquivó un derechazo con una inclinación mínima de su torso y, en un abrir y cerrar de ojos, atrapó a su oponente en un clinch. Fue un movimiento rápido, efectivo, sin espacio para la reacción. En cuestión de segundos, giró su cuerpo y derribó al otro luchador con una llave impecable.

El hombre intentó liberarse, pero Gaara no le dio oportunidad. Se posicionó encima de él y comenzó a golpearlo. Una, dos, tres veces. Cada impacto resonaba en el estadio y en el pecho de quienes lo observaban.

El árbitro intervino.

¡La pelea había terminado!

El rugido del público fue ensordecedor cuando Gaara se puso de pie lentamente, levantando ambos brazos en señal de victoria.

El comentarista gritó su nombre con emoción.

—¡El Demonio de la Arena vuelve a ganar! ¡Invicto! ¡Imparable! ¡Gaara no tiene rival!

Sakura se quedó inmóvil mientras veía cómo él se mantenía firme en el centro del octágono, con su rostro manchado de sangre. Una herida en la ceja izquierda goteaba lentamente, pero Gaara ni siquiera se molestaba en limpiarla. En su expresión no había euforia, ni emoción. Solo una intensidad aterradora, como si esto no fuera una celebración, sino simplemente un paso más en su camino.

Sakura sintió que algo dentro de ella se removía.

Esa no era la imagen de Gaara que tenía en su mente.

El hombre con el que había hablado aquella noche en la cena, con quien había intercambiado números, era alguien timido, con una voz baja y una presencia serena. Pero la persona que acababa de ver en la pantalla…

No sabía cómo sentirse ante el despliegue de fuerza que acababa de presenciar.

Con el sonido de los vítores resonando en la sala del hospital, Sakura apartó la vista de la pantalla.

Y por primera vez, se preguntó quién era realmente Gaara.