Capítulo 23

La Muerte Digna


El aire se vuelve púrpura, espeso y abrasador. Siento cómo me arde la garganta al respirar, pero no puedo permitirme flaquear. Frente a mí, el monstruo caballero avanza, cada paso suena como una brasa que quema mi piel.

—¡AHHHHH!

Sus gritos retumban, pero no provienen de él: es como si su cuerpo estuviera gritando de dolor por separado. La armadura se funde con su carne, el acero plateado se retuerce y se hunde en su piel como si fuera parte de su ser.

La espada en su mano ruge en llamas púrpuras, goteando metal fundido que chisporrotea contra el suelo. Sus ojos… ya no son humanos.

Me perforan, me acusan.

Entonces, comienza a moverse.

Un paso.

Me preparo. Mis escudos brazaletes de acero relucen y los ajusto sobre mis brazos.

Dos pasos.

Bajo el centro de gravedad, agachándome, flexionando las rodillas, como un tigre a punto de lanzarse sobre su presa.

Tres pasos.

La espada se alza en un arco letal. El fuego cruje y chisporrotea, y por un instante, veo mi reflejo distorsionado en las llamas.

Cuatro pasos.

La bestia ataca.

—¡Mierda!

Me inclino hacia un lado, el filo ardiente pasa silbando por encima de mi cuello. La ráfaga de calor me abrasa la piel, pero no pierdo el ritmo. Giro sobre mi eje, impulsándome con el pie izquierdo, y lanzo un gancho explosivo a su estómago con mi escudo derecho.

¡Pam!

El golpe retumba. Mi brazo vibra, el acero choca con la carne y las llamas. Pero él no retrocede. El monstruo no reconoce el dolor. Sus músculos, tensos y deformados, absorben el impacto como si fuera nada.

—¡Tsh!

La espada baja de nuevo en un barrido horizontal; el calor me golpea la cara. Me lanzo hacia adelante, entro en su rango de ataque antes de que pueda completarlo, y con el escudo izquierdo, desvío la trayectoria de la hoja.

¡Clang!

El acero chilla. Aprovecho el espacio reducido para lanzar un golpe directo a su garganta. Con la fuerza de mi brazo, mi escudo impacta como un martillo.

Pero antes de conectar, su mano monstruosa atrapa mi muñeca. La presión es bestial. Mis huesos crujen y, de un solo tirón, me levanta en el aire como si fuera un muñeco de trapo.

—¡Aaagh! —exclamo de dolor, sin embargo, lo veo.

«¡Ahora!»

¡ROAR!

Con un rugido, transformo mi brazo izquierdo: las garras crecen, el músculo se expande y mi piel se vuelve dura como el acero. Ignorando el dolor, flexiono mi cuerpo hacia atrás y descargo un puñetazo brutal en su torso.

¡Boom!

El impacto lo lanza hacia atrás, como un proyectil, hasta que su cuerpo choca con la pared con un estruendo. Escombros y polvo caen en cascada. Me pongo en pie, jadeando. Mis manos tiemblan; el fuego ha quemado mi piel y las ampollas comienzan a arder.

«Espero no estar infectado con esa porquería.»

—Esto no será suficiente… —mascullo, viendo el monstruo incorporarse entre los escombros.

Las llamas de su espada rugen aún más fuerte, iluminando las grietas de la armadura fusionada con su carne. La piedra bajo sus pies se resquebraja. No me está dando tiempo para respirar.

Avanza de nuevo, y esta vez, sus movimientos son aún más rápidos.

Finta con la espada en diagonal, me obliga a levantar el escudo derecho, pero amaga y gira en un segundo movimiento que busca abrirme por el costado. Apenas alcanzo a cruzar el escudo izquierdo para detenerlo.

¡Clang!

El impacto es tan fuerte que mis pies se clavan en el suelo. La energía me sacude los brazos hasta los hombros. El monstruo aprieta el ataque, su espada purpúrea cae una y otra vez en arcos fluidos.

¡Clang! ¡Clang!

¡Clang!

¡Clang!

Es una tormenta de espada, feroz y sin piedad.

¡Clang!

¡Clang!

Retrocedo paso a paso, desviando cada corte, sintiendo cómo el calor quema mi piel a través de los escudos.

¡Clang! ¡Clang! ¡Clang!

¡Clang!

¡Clang!

Pero no puedo ceder.

«¡Una apertura! ¡La necesito ya!»

El siguiente golpe lo esquivo inclinándome hacia adelante, deslizo el pie derecho, y entro en su guardia con un giro completo de mi cuerpo. Mis escudos relampaguean cuando lo impacto con un doble golpe cruzado en su rostro, primero con la izquierda y luego con la derecha.

¡Bang! ¡Bang!

La fuerza del golpe lo tambalea. Sus llamas titilan. Aprovecho ese segundo y flexiono las piernas, lanzándome al aire con un rodillazo ascendente al centro de su pecho.

¡Crac!

El sonido del impacto resuena como un trueno. El monstruo se estrella de espaldas contra el suelo, levantando polvo y brasas. Sin darle tiempo a recuperarse, golpeo el suelo con fuerza, invocando mi bendición.

—¡Dona!

Swoosh!

El suelo vibra y las piedras bajo sus pies se transforman en afiladas estacas que se disparan hacia arriba, perforando la armadura y aprisionándolo. La criatura se sacude violentamente, el fuego púrpura crepita a su alrededor, pero no puede liberarse.

El sonido de las llamas muriendo lentamente llena el aire. Por un instante, solo queda el silencio y mi respiración agitada.

Miro mis brazos: las quemaduras son profundas, la carne ennegrecida, y mi bendición divina apenas está conteniendo el daño. No hay tiempo para descanso. El monstruo ya no se mueve, por lo que…

«Debería aprovechar»

Camino hacia la puerta, buscando uno de los metias y usándolo al instante. La niña debe estar haciendo todo eso, solo espero no haya peligros por ese lado. Si da la casualidad y este lugar está lleno de cultistas entonces debe estar luchando.

El monstruo está de rodillas.

Su figura ennegrecida parece apenas contenerse, como si la piel y la carne fueran solo una frágil envoltura a punto de romperse. El suelo a su alrededor se ha hundido, carbonizado, como si su mera existencia deformara la piedra bajo sus pies.

El aire a mi alrededor se siente espeso, como si estuviera respirando cenizas líquidas. Cada inhalación me quema la garganta y las lágrimas resbalan por mi rostro sin control. No es solo el agotamiento, sino algo más profundo: un instinto primitivo que me grita que huya.

Mi mano derecha tiembla al sacar la pistola con balas Yang. La luz dorada de su magia ilumina mi rostro, creando sombras demasiado largas a mi alrededor, como si el mundo mismo se inclinara hacia esta abominación.

—Esto no tenía que termina' así… —susurro, aunque no sé si a él o a mí mismo—. No debía' convertirte en esto, no e' justo.

Doy un paso al frente, sintiendo el peso de la pistola en mi mano como un ancla, lo único que me conecta con la realidad. Me acerco lo suficiente para que sus detalles sean más claros… demasiado claros.

La carne del monstruo palpita, latiendo bajo la armadura deformada, como si estuviera viva. Partes de su cuerpo parecen derretirse y endurecerse al mismo tiempo que la armadura, creando nuevas formas grotescas.

No hay simetría en su figura; cada centímetro parece una ofensa a lo que debería ser un cuerpo.

Mis piernas tiemblan, pero no me detengo. Apunto el cañón de la pistola a su cabeza y me preparo para terminar con esto.

Pero entonces, se mueve.

Un arco negro, un brazo desproporcionado y retorcido como una guadaña, atraviesa el aire.

Apenas veo el destello del ataque antes de sentirlo.

Un instante.

Un golpe seco.

Y después… el vacío.

Mi brazo derecho ya no está.

—¡AAAHHHGGG!

El dolor me sacude como un rayo, directo desde el hombro hasta la cabeza. Me desplomo de rodillas, presionando el muñón con mi mano izquierda mientras la sangre brota como un río, caliente y espesa.

Apenas puedo ver a través de las lágrimas.

Apenas puedo pensar.

—¡No… no!

Levanto la vista, jadeando, y lo veo.

El monstruo ya no está de rodillas.

Los músculos laten bajo la piel negra, viva, que ahora rezuma un líquido oscuro que se retuerce como serpientes hambrientas.

Su cabeza, si es que aún puede llamarse así, es una cavidad sin rasgos. Una boca que ya no existe y que ocupa todo su rostro se abre en un abismo interminable. De su interior emana un frío indescriptible, como si estuviera succionando el calor de todo lo que lo rodea.

Y el aura.

Es lo peor.

Lo que emana de él no puede describirse como una presión; es algo más profundo, más primitivo. Como si el aire mismo se negara a tocar su cuerpo, doblándose a su alrededor. Un escalofrío me atraviesa la columna cuando noto cómo la luz de mi pistola mágica se apaga.

No lentamente, sino de golpe.

La oscuridad que brota de él devora la luz.

—Esto… —murmuro, con la voz quebrada.

—Chico gato… —Felt aparece, su voz suena tan pequeña y rota que apenas puedo distinguirla. Corre hacia mí, pero sus ojos… No, sus ojos me lo dicen todo. Ella ya sabe.

Lo ha visto.

Y entonces, solo queda un cuerpo en negro, que parece estar comprimiendo algo que desea salir.

El cuerpo de lo que fue un caballero comienza a temblar. Un espasmo lento, antinatural, que serpentea a lo largo de su figura deformada. La piel ennegrecida cruje y suena como ramas secas partiéndose bajo el peso de algo invisible.

Sus músculos se retuercen, como si estuvieran vivos.

Como si intentaran escapar de ese cuerpo podrido.

—No… No… —murmuro, retrocediendo.

El monstruo toma la espada del suelo. La empuña con dedos demasiado largos, que se doblan hacia atrás como ramas secas. Se queda quieto, por un segundo, como si estuviera pensando. Pero no. No piensa. No siente. Es.

Y entonces, se atraviesa a sí mismo.

La espada se hunde en su abdomen, y lo que sigue no es algo que debería existir en este mundo.

Aquello que quería salir ahora es libre.

La carne se contrae, la piel se desgarra, y lo que surge de su interior no es sangre: es algo negro y vivo, como un rio en ebullición.

El suelo bajo él comienza a colapsar. La piedra cruje y se fragmenta, tragada por el peso de lo imposible. El aura de la criatura lo consume todo: la luz, el sonido, incluso el tiempo parece ralentizarse a su alrededor. No puedo apartar la vista, aunque cada fibra de mi ser me grita que lo haga.

—No… —murmuro.

Las cuencas de sus ojos —dos pozos vacíos de los que rezuma un líquido púrpura, denso y pegajoso— giran hacia mí. No tiene pupilas, pero sé que me está mirando. Sé que nos está mirando. Y aunque no tiene boca, oigo… algo.

Una vibración baja, gutural, que retumba en mi pecho y amenaza con partirme el alma.

—¡No te acerques! —grita Felt con desesperación.

Pero no se acerca. Se queda quieto. Y eso, de alguna forma, es aún peor.

El sonido de un goteo llena la habitación. Un «ploc… ploc… ploc…» que se hace insoportable. Es el líquido negro que escurre de su cuerpo, como sangre podrida, y que comienza a expandirse por el suelo.

Entonces sucede.

La criatura explota hacia adentro, como si un vacío lo succionara. Su piel se retrae, rompiéndose en tiras fibrosas que se alargan y serpentean. Lo que queda de su cuerpo empieza a crecer. Esos hilos de carne negra se entrelazan en patrones imposibles, formando algo… algo que no debería existir.

Su brazo izquierdo se alarga, retorciéndose en espirales grotescas, hasta que el peso lo dobla sobre sí mismo. Lo que era una mano se abre en decenas de tentáculos nudosos que chasquean como látigos. Cada movimiento parece irreal, como si el tiempo mismo estuviera fallando.

Su rostro.

Su rostro ya no existe. Donde debería estar la cabeza, ahora hay un cráneo alargado y asimétrico. Los huesos están expuestos, pero no son huesos humanos. Son afilados y porosos, como si fuesen de madera muerta. De su boca —o lo que debería ser— brotan hilos viscosos que caen al suelo con un sonido nauseabundo.

No puedo respirar. No quiero respirar.

—C-chico gato… —Felt apenas puede hablar. Su voz es un susurro seco. Está temblando.

Yo también lo estoy.

—Felt… corre.

—N-no. No… ¿qué es esto?

No lo sé.

Pero sea lo que sea, no pertenece a este mundo.

El monstruo, si es que todavía se le puede llamar así, comienza a caminar. Cada paso deja una huella de ese líquido negro que se extiende y se traga el suelo. Es como si la misma realidad estuviese cediendo a su paso. Las paredes tiemblan, el aire vibra con una presión insoportable.

—Esto no debería existir… —susurro, sintiendo un ardor en los ojos.

Mis piernas no responden. Mi cuerpo me suplica que me mueva, que huya, pero no puedo. Solo puedo mirar mientras esa cosa se acerca, arrastrando su brazo deforme y emitiendo un ruido bajo, una mezcla entre un gruñido y un zumbido que me perfora los tímpanos.

El sonido es una vibración que cala hasta los huesos, como si el aire mismo tratara de desgarrarse en su presencia.

Cada paso que da deja manchas negras que burbujean y gotean. Algo vive dentro de ese líquido: pequeñas serpientes viscosas, parásitos que emergen, retorciéndose en el aire antes de caer al suelo y reptar, hambrientas, en mi dirección.

—¡NO! —grito, y el grito es todo lo que me queda. Me lanzo hacia atrás, apenas recobrando el control de mi cuerpo.

—¡Garfield, cuidado! —Felt también se mueve, rápida como una sombra, sus dagas en las manos, pero no importa. «¿Qué puede hacer contra eso?»

La criatura se detiene. Su brazo alargado se eleva, rasgando el aire hasta chocar con el techo. El sonido del impacto es ensordecedor, una detonación hueca que resuena como un tambor de guerra.

De su espalda, más tentáculos se desprenden, pulsando, latiendo con un ritmo propio, como si tuviesen corazón. Esos apéndices parecen vivos, serpientes negras y líquidas que se retuercen, buscando algo… buscándonos.

El sonido de mis dientes chocando termina por destruirme.

Esto no es algo que pueda matar.

No es algo que pueda detener.

—¡MUÉVETE! —Felt me agarra del brazo y tira de mí.

Corremos. Corremos como nunca, mientras el monstruo comienza a arrastrarse detrás de nosotros, cada movimiento suyo un rugido de carne retorcida y huesos crujientes.

Intentamos huir, pero la puerta se ve tan lejos que apenas puedo distinguirla.

El mundo se oscurece, como si su mera presencia devorara la luz. La desesperación nos alcanza, fría y afilada como un cuchillo.

Y entonces, lo entiendo.

Por primera vez, lo entiendo.

No hay salida.

«¿Acaso vas a huir?»

La voz resuena en mi cabeza, como un eco antiguo y cruel. Toma forma, como si ese payaso «esa maldita sombra» aún me susurrara desde lo más profundo de mis recuerdos.

Mis pasos se vuelven pesados, mis pensamientos una avalancha de imágenes. Veo a Ram siendo golpeada por esa magia devastadora. Veo la sangre, su sangre, derramándose frente a mis ojos. Veo a mi amada siendo atravesada, su vida casi arrancada mientras yo no podía hacer nada.

Todo lo que he hecho… todo ha sido en vano.

«No eres un héroe.»

—Lo sé —susurro, sin aliento—. No tienes que decirlo.

He caído tantas veces. He perdido tanto que perder de nuevo parece justo. Morir parece justo.

Pero entonces, algo rompe la oscuridad.

«Eres débil, y como lo eres, debes luchar con la cabeza y con los puños. La fuerza del débil puede superar a la del fuerte.»

La voz del general resuena con claridad, como un rayo de luz en un abismo interminable. Esas palabras me golpean, arrancándome del trance. «Puedo pensar.» Puedo analizar. Puedo compensar mi debilidad.

La criatura gruñe, arrastrándose hacia nosotros, su cuerpo deforme retorciéndose con furia ciega. Sus ataques son torpes ahora, como si algo lo estuviese consumiendo desde dentro.

«No tienen esperanza de vida», recuerdo. El general lo dijo. Estos monstruos no pueden sostenerse mucho tiempo después de transformarse. Su poder es inmenso, pero su tiempo es limitado.

El problema es que nosotros tampoco podemos aguantar mucho más.

Sonrío.

Es una sonrisa rota, una mueca desesperada en medio del caos, pero sonrío.

—Niña dorada. —Tomo la mano de Felt, acercándola hacia mí justo a tiempo.

Una oleada de serpientes negras brota donde estuvimos un segundo antes, cubriendo el suelo en una masa viscosa y retorcida. Ambos retrocedemos, dejando de darle la espalda al monstruo. Felt me mira, confundida, su respiración agitada, pero sus ojos están nublados, como si estuviese atrapada en un trance de terror absoluto.

—¡Concéntrate! —le gruño, tirando de ella—. No podemo' quedarno' quietos.

No aguantaré mucho tiempo. La falta de mi brazo arde, el vacío es una presencia constante que amenaza con consumir mi cordura. El cristal yang no la protegerá por mucho más tiempo.

Pero ahora no es momento de pensar en eso.

El monstruo se lanza hacia adelante, y el aire vibra con su ataque. Tentáculos y garras caen como un diluvio negro. El suelo se parte bajo su peso. Es una tormenta de muerte y caos.

Me muevo por instinto. Ruedo hacia un lado, jadeando, cada movimiento acompañado por el dolor punzante de mi herida. Las serpientes líquidas intentan atraparme, pero las esquivo.

Apenas.

—¡No le des la espalda! —le grito a Felt, mi voz quebrada por el agotamiento.

«Piensa, Garfield, piensa.»

Cada segundo que pasa, la criatura se debilita. Puedo verlo. Sus movimientos son más erráticos, su forma se desmorona ligeramente en los bordes, como si estuviese perdiendo cohesión.

La transformación lo está consumiendo.

—La fuerza del débil puede superar a la del fuerte —murmuro para mí mismo, repitiendo las palabras del general.

No puedo vencerlo con fuerza. No puedo ganarle con poder.

Pero puedo sobrevivir.

Y para eso, tengo que pensar.

El rugido del monstruo es un trueno que hace temblar mis huesos. Un eco horrible, como si el mismo infierno estuviera arrancándose la garganta para cantar nuestra sentencia. La oscuridad se agita alrededor de él, espesa y pegajosa, tomando forma de serpientes que danzan y se retuercen, hambrientas.

—¡No aguantaré mucho tiempo con esto! —bramo, apretando los dientes. Mi maná apenas frena el desgaste en mi cuerpo. La falta de mi brazo derecho pesa, no solo físicamente, sino en mi mente.

Una debilidad que el monstruo puede oler como un león la sangre en el aire.

Pero no me detendré.

No hoy.

El monstruo se mueve, y lo hace con el salvajismo de una bestia acorralada. Ya no hay elegancia en sus ataques: no busca cazar, quiere despedazar. Tentáculos negros golpean como látigos, astillando el suelo y llenando el aire con el hedor de la podredumbre.

—¡Niña! —rujo de nuevo.

—Es… imposible —murmura, apretándose contra mí.

—¡IDIOTA!

Dejo escapar un gruñido y la suelto de golpe, dándole una nalgada que la saca de su trance y la lanza al aire.

—¡MUÉVETE, MALDITA SEA! —grito con voz atronadora mientras esquivo un golpe que desintegra el suelo a mi izquierda—. ¡TOMA EL ARMA Y VUELA SU CABEZA!

El eco de mis palabras resuena, ahogando incluso los rugidos del monstruo. «Es ahora o nunca.»

Mi cuerpo se siente pesado, mis movimientos son lentos. Cada paso es un infierno, pero sigo avanzando. Un solo golpe de esos tentáculos podría destrozarme, pero el verdadero peligro es el tiempo. Si nos quedamos un segundo de más, moriremos.

«No moriré.»

La criatura se desgarra a sí misma, tentáculos y serpientes emergen como venas podridas que intentan devorar el mundo. El aire pesa, su hedor quema mi garganta, pero ya no importa.

Nada importa más que sobrevivir para proteger a quienes quiero.

Mis músculos arden; mi corazón, a punto de explotar.

—¡FELT! —grito, con la voz tan rota como el suelo que pisamos.

Un zumbido retumba, un rugido que no debería existir en esta realidad, pero Felt no lo escucha. No puede alcanzarla.

Porque ella no es humana ahora.

Felt desaparece. Una sombra dorada que danza como un relámpago en mitad de una tormenta. Sus movimientos son imposibles. El monstruo intenta atraparla: sus tentáculos se alzan, golpean el aire, las paredes, pero todo es cortado.

Cada intento fallido provoca un chasquido seco que me hiela la sangre.

Sigue moviéndose, o eso creo, pues cada vez que el monstruo apunta es cortado. No puedo verla, pues ahora parece que se ha hecho con el viento mismo.

Corte tras corte, apenas y puedo notar cuando usa la pared como apoyo. Salta, corta, retoma, corta.

Al comienzo pensaba que era solo una mocosa rica, sin experiencia ni nada.

—Increíble... —susurro, los dientes apretados.

Sus dagas llueven como viento afilado, y yo sé lo que tengo que hacer. Mis manos tiemblan mientras tomo la pistola del suelo. El cargador de mi pistola choca con el suelo cuando lo lanzo con furia. No hay tiempo para titubeos.

No hay espacio para el miedo.

—Si quiero que esto funcione… —miro la criatura, y el sudor frío resbala por mi espalda— debo ir con todo.

El monstruo se sacude. Su cuerpo convulsiona, la masa negra se abre como una herida gigantesca. Serpientes viscosas caen en cascada, retorciéndose, vivas. Si, parecen vivas.

Pero mis instintos gritan.

Mis instintos que quieren luchar.

Mis instintos que quieren sobrevivir.

Mi corazón que quiere ser alguien más fuerte.

Mi corazón que solo quiere vivir un día más.

Felt entonces se detiene en ese estado, como si nada pudiese alcanzarle. Su mirada se dirige hacía todos lados, sin embargo, solo ese liquido negro se presenta. No hay donde correr, no hay donde huir.

«Lo tengo.»

—¡TOMA MI BRAZO! —le lanzo mi único brazo hacia Felt con todo lo que me queda.

Ella no responde. No hace falta. Felt lo toma. Sus manos, pequeñas pero firmes, sujetan mi brazo con una decisión que me atraviesa como una descarga.

«Vamos, niña dorada. Vamos a destruirlo.»

La criatura vibra, la habitación entera tiembla. Se eleva por encima de nosotros, un agujero de sombras palpitantes que succiona todo a su alrededor. No hay salida. No hay escapatoria.

Pero no vamos a huir.

Tomo aire. El último aliento de valor que queda en mí. Aprieto el collar en mi pecho y lo reviento entre mis dedos.

El maná, escaso, responde. Es un grito de vida, es un rugido que atraviesa mi cuerpo.

«Gracias, madre, por ayudarme incluso ahora.»

—¡HUMA! —mi voz estalla con la fuerza de un trueno.

El suelo explota. Cristales emergen en todas direcciones como lanzas nacidas de mis entrañas. Aferradas al aire, flotan, esperan. Felt salta sobre ellas como si la gravedad fuera solo una sugerencia.

—¡DALE CON TODO! —grito, mientras el monstruo nos mira.

Nos siente.

Sus tentáculos caen como guadañas, pero Felt es más rápida. Es una tormenta dorada que corta todo a su paso. El mundo se divide entre la oscuridad de esa cosa y los surcos de luz que ella deja tras cada movimiento.

Mi cuerpo se inclina hacia adelante. Aprieto las balas con mi única mano, mientras el monstruo prepara su ataque final, su forma tambaleante y quebrada expandiéndose como un pozo sin fondo.

«¡No te detengas!»

Mi mente grita.

Mi corazón golpea.

Mis piernas, temblorosas, se aferran a la vida.

—¡OHRAHHHHHH! —con un pisotón que hace retumbar el suelo, lanzo las balas con todas mis fuerzas.

El sonido es ensordecedor. Las balas atraviesan el aire, encendidas por mi desesperación, por mi deseo de vivir. El monstruo intenta detenerlas, sus serpientes saltan, sus tentáculos se cruzan como escudos, pero ya es tarde.

Las balas se han clavado en su cráneo.

Una última vez, miro hacia Felt, su silueta iluminada contra un mundo de cristales rotos y sangre negra.

El monstruo ruge, un último intento de atacar, un último vestigio de vida en su forma retorcida. Las sombras giran, se arremolinan, como si pudiera rehacerse a sí mismo. Pero no lo logrará.

¡MÁTALO, FELT! —grito, con todo el aire que me queda en los pulmones. Mi voz es un rugido, una orden imparable.

Felt no duda. Se pone en frente del monstruo, tan rápida que ni siquiera el aire puede alcanzarla. Sin miedo, lanza su collar yang al aire, un destello dorado que corta el tiempo. Lo ve. Lo siente. El monstruo intenta reaccionar, pero ya es demasiado tarde.

Mi brazo.

Mi guantelete.

Felt abalanza mi brazo con la fuerza de todo su ser, y el impacto golpea el cráneo monstruoso con una fuerza devastadora, explotando las balas clavadas en este junto con el cristal yang.

¡BOOM!

La criatura tambalea, sus tentáculos se estremecen. Pero es en ese instante cuando todo cambia. Todo se detiene.

Una luz cegadora explota desde el centro del impacto, rompiendo la oscuridad con una furia imparable. La magia Yang, contenida en lo más profundo del cristal, explota como el sol.

El aire se corta.

Las paredes retumban, crujen bajo el poder, y mi cuerpo se tambalea con la fuerza de la onda expansiva.

La presión me empuja, me arrastra, pero no caigo.

No hoy.

El monstruo se desintegra, su cuerpo, antes imparable, ahora reducido a nada más que una masa que se disipa en la luz.

La oscuridad fue vencida por la luz.

—¡OHRAHHHHHH!

Mi rugido estalla junto con todo lo demás. La transformación es inmediata, salvaje. Me convierto en bestia antes de pensar, antes de calcular. Mi único pensamiento es salvarla.

Felt está por tocar el suelo cuando ya me lanzo sobre ella. Ese monstruo —lo que queda de él— se desmorona en una masa negra, sin huesos, sin vida, un charco pútrido que amenaza con corromper todo lo que toca.

La agarro con una zarpa firme, mientras la pestilencia me invade los sentidos. La magia de hielo brota de mis manos, rápida y helada. Formo una superficie diminuta en la pared, lo justo para impulsarme hacia el pasillo.

¡CRAC!

La puerta no resiste; la atravesamos como proyectiles lanzados con furia. Golpeo el suelo, rodando con violencia. Mi cuerpo se retuerce, arrancándome la forma bestial en un instante. El frío se disipa, y quedo jadeando, humano otra vez, con el cuerpo hecho trizas.

Felt cae más lejos. Por un momento, el silencio lo consume todo.

—¡Felt!

Su cuerpo yace extraño. Su respiración es débil, temblorosa, pero sigue de pie. De pie. Como un títere sin hilos, como una marioneta rota que aún desafía al mundo.

«Casi morimos allá.»

«Un caballero normal se convirtió en esa cosa.»

Mis dientes rechinan con tal fuerza que un dolor agudo sube hasta mi sien. El mundo a mi alrededor se tambalea, girando como una rueda que nunca frena.

—¡Mierda!

BAM!

Me golpeo el rostro con tanta fuerza que mis oídos zumban, forzando mi cuerpo a obedecer.

A caminar.

A no caer.

A seguir.

Cada paso me arde en los huesos, pero avanzo hasta ella.

—Felt...

Al acercarme, lo entiendo. «Se desmayó.»

—La muy idiota... —murmuro, apretando el puño con fuerza.

Sangre mancha su rostro: le baja de la nariz, le resbala por los oídos. Pero incluso en ese estado, incluso con la mirada perdida y vacía, sigue de pie.

Siento algo retorcerse en mi pecho. Es un nudo entre horror, alivio y algo más. Algo inexplicable.

Una sonrisa se escapa sin permiso.

—Que genial es…

Tomo mi brazo y, junto con Felt, la amarro a mi espalda usando el cinturón de mis pantalones. Su cuerpo pesa como una carga preciosa, como un recordatorio de lo que debo proteger.

Camino y avanzo.

El hedor me golpea como un muro invisible: una mezcla de podredumbre, carne muerta y años de abandono. Las cucarachas reptan entre grietas, testigos indiferentes del infierno que nadie quiere ver.

Cárceles que no deberían existir.

Vida que no debería ser así.

«No quiero mirarlo. Pero debo hacerlo.»

Este es el mundo que tanto evité. Los horrores que nadie admite, que nadie quiere contar. Una realidad que engulle en silencio a demasiadas almas. Si debo cargar con esta verdad, lo haré.

Si debo ser una luz, lo seré.

Entonces, los escucho.

—Lo siento...

Un murmullo, suave como un suspiro, que golpea mi corazón. Lamentos. No son gritos vacíos, sino lamentos verdaderos, nacidos desde el fondo de un alma rota.

—No creí que sucedería esto —el tono se torna oscuro, cada palabra tiembla con furia—. ¡Lo mataré! ¡Lo destruiré todo para vengarte!

El anciano aparece al final del pasillo. Su figura es la misma, pero su mirada no. Ya no es débil, ni cansada. Ojos llenos de sed de sangre, un odio que consume.

—Así que estás aquí —escupe con voz rasposa.

Toma una bolsa contra su pecho, como si fuera un tesoro.

—Ya intenté ir por allá —señala hacia el vacío—. Este lugar solo tiene una entrada.

Miro hacia el techo, el peso de la realidad oprimiéndome como nunca.

Estamos muy profundo.

—Anciano, agárrate a mi espalda con todas tus fuerzas. Y no dejes caer esa bolsa por nada del mundo.

Él me obedece, sin preguntas.

El peso se suma al de Felt, y por un momento siento que mi cuerpo podría colapsar. Pero no. Mis pasos no se detienen. Mi corazón retumba, como si marchara al ritmo de un tambor de guerra. «No me dejaré caer. No aquí. No ahora.»

Cadáveres me observan desde el suelo. La podredumbre me envuelve, la destrucción susurra a mis oídos.

—No dejaré que se quede así.

«Si debo ser una luz... me convertiré en el maldito sol que nace cada mañana.»

—¡AAAAAAGGGHHH!

Mis músculos arden, desgarrándose mientras me transformo. Una furia roja y brillante quema mi visión, como si el mismo amanecer surgiera desde mi interior.

«Espíritus de la tierra, si quieren ver un futuro, déjenme salir a luchar una vez más.»

Sonrío.

Un rugido escapa de mi garganta.

Salto.

BOOM!

Golpeo el techo de piedra con toda mi fuerza. ¡CRAC! La roca estalla, cediendo a mi voluntad. Los espíritus responden, quebrantando la tierra frente a mí, como si reconocieran en mí algo que merece su ayuda.

«Lucharé. Enfrentaré mis problemas con todo lo que tenga. No huiré más.»

Subo. Atravieso la tierra como un relámpago imparable. Y cuando mis pies tocan el aire, lo veo:

El sol.

Posado en el horizonte, gigante y rojo, iluminando las sombras, disipándolas con su calor. Es como si me hablara, como si me reconociera.

—¡Garfield!

Una voz grita debajo, ronca y furiosa. El bastardo pelirrojo me llama.

—¡Llegas tarde! —respondo con una sonrisa que no tiene miedo, ni dolor, solo orgullo.

El sol se refleja en mi única mano mientras la cierro en un puño.

—¡Esta guerrera y mi increíble ser han destruido la oscuridad!

Respiro hondo. El aire fresco llena mis pulmones. La oscuridad quedó atrás, al menos por ahora.

«Me llamo Garfield Tinsel, y seré el más fuerte de todo el mundo.»