Caos


—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA… ¡JA!

Marco sigue riendo, y rápidamente la pantalla pasa a otro plano.

Marco se halla solo en el laboratorio, ansioso por encontrarse con el profesor.

Enciende la máquina, observando con satisfacción su perfecto funcionamiento. Los engranajes metálicos resuenan en el ambiente helado, creando una cacofonía que lo sumerge en la desesperación.

Acercándose, Marco posa su mano sobre el metal, sintiendo cómo el frío inicial se transforma en un leve calor. La máquina se convierte en una extensión de sus pensamientos y habilidades.

El profesor llega acompañado de un guardaespaldas, y una sonrisa se dibuja en el rostro de Marco al verlos. El profesor, al notar esa expresión, se confía. Se acercan, y Marco comienza a explicarle brevemente partes del funcionamiento de la máquina.

—Si deseas crear una explosión capaz de arrasar una ciudad, no es necesario hacer estallar el cristal.

Las palabras de Marco sorprenden al profesor. Marco se pone a escribir algo y la máquina comienza a calentarse, alcanzando temperaturas que hacen arder la piel de Marco.

El profesor, atemorizado, apunta con una pistola hacia él.

—¡Apágalo!

Marco, conteniendo su dolor, muestra una sonrisa.

—Esta máquina puede generar un campo magnético tan potente que podría devastar toda una ciudad sin mucho esfuerzo. —Marco apaga la máquina, y el profesor empieza a jadear de dolor—. Pero la clave es que no puede funcionar como proyectil; debe ser instalada.

«Tiene que creerlo, después de todo, no es algo imposible.»

El guardaespaldas se acerca al profesor, quien lo toma del hombro.

—¡Detente! —John aparece, apuntando con su pistola detrás del guardaespaldas. María y el resto se suman, apuntando con determinación.

Marco sonríe, sacando de un cajón una soga y cinta.

—Bien, supongo que se quedarán atrapados un tiempo.

Sin embargo, en ese momento, Marco escucha unas palabras que jamás pensó oír.

—Debemos matarlos ahora. —Uno de los compañeros de Marco se acerca, pero Marco lo detiene con una mirada intensa.

La seriedad en los ojos de Marco revela su determinación. La forma en que Marco se enfrenta incluso al mal, sin distinción entre buenos y malos, muestra que su mayor debilidad es también su mayor virtud.

«¿Es Marco débil?» La pregunta se cierne en el aire, y una respuesta decidida se manifiesta en sus acciones.

—No lo haremos —ordena Marco decidido, mirando a todos con severidad. Marco usa sus manos para cortar la circulación de las venas de ambos, el profesor y el guardia. Ambos caen al suelo, completamente desmayados.

«No puedo permitirme matar a alguien.»

—Debemos dejarlo vivir, solo así ganaremos tiempo. —Marco sostiene la mirada de su compañero con firmeza, haciendo que retroceda—. Le revelé lo que puede hacer la máquina. Si lo eliminamos, el gobierno buscará aniquilarnos a todos. Si nos vamos, tendremos una posibilidad.

«Mentiras.»

«Mentiras que no benefician a nadie.»

El miedo se refleja en los rostros de los demás, pero él mantiene su sonrisa, tratando de calmar el tenso momento. Observándolos a todos, se da cuenta de que sus esfuerzos son en vano.

—Prepárense, voy a desmontar la máquina. —Marco comienza a trabajar, quitando las protecciones y notando que el metal sigue caliente.

Las manos de Marco empiezan a temblar, y su mirada se pierde buscando algo con qué sujetarse.

«Si le pongo agua, explotará, y las pinzas no servirán.»

—No tenemos tiempo, debemos apresurarnos. —John mira hacia afuera, y a través de la radio llega un mensaje sobre actividad sospechosa en los perímetros de la base.

El mensaje no tarda en llegar, y son enviados a proteger un tramo de la base.

«Ahora viene la parte más difícil.»

Marco extrae un teléfono antiguo, que no se asemeja en nada al que usa habitualmente.

—¿Estás seguro de hacerlo? —María pone su mano en el hombro de Marco, y solo con eso, la determinación en Marco crece.

Mis manos tiemblan con fuerza, pero debo aguantar.

—Puede que sea el malo, pero, aun así, es nuestra única esperanza. —Marco comienza a llamar con el teléfono, y tras unos segundos, una voz adulta y profunda responde al otro lado.

—¿Dónde? —pregunta, yendo al grano.

Marco examina el mapa, señalando el lugar que les han asignado para proteger.

Contemplando el mapa, puedo entender la inmensidad que representa; es más grande que nuestra base, tomaría gran parte de Irlam solo construirlo.

—Base D8, al norte. —Marco cuelga, y todos esperan una breve explicación de su parte, sus miradas de miedo y desesperación son lo único que se refleja en los ojos de Marco.

Toda la responsabilidad; la vida de aquellos que Marco aprecia descansa sobre sus hombros. Sin embargo, su propia existencia se desmorona.

Todos lo miran esperando una explicación. Marco aprieta sus labios, dudoso de si decir esas palabras o no. Cierra los ojos con fuerza y cuando los abre les dice decidido:

—En la operación para recuperar la mina de los narcotraficantes, salvé al hermano del jefe. La misión era eliminarlos y, sin embargo, lo dejé ir.

Hasta ahora, Marco no ha arrebatado la vida de nadie; incluso, dio una salida al enemigo, permitiéndole escapar.

—Salvar a alguien malvado es, por sí mismo, un acto malvado. —Echidna desaprueba la acción—. Dejar con vida a quienes causarán más daño sigue siendo un acto malvado.

Puedo comprender las palabras de Echidna, pero también puedo entender a Marco.

Yo...

Las personas se sorprenden por las palabras de Marco, pero optan por el silencio.

—Es nuestra única vía de escape, para salir del país... —Marco abre un gabinete, revelando varios rifles grandes—. Fingiremos nuestra muerte; así pensarán que perecimos en el intento de escapar.

María se sumerge en los computadores, escribiendo cosas que realmente no logro entender.

—Borré toda la investigación de nuestra base de datos; todo está en esta memoria. —María lanza la memoria a Marco—. El acceso a copias de seguridad solo lo tengo yo, asi que debería ser imposible para ello tener una copia.

Marco los observa a todos, con un temor tan abrumador que siento que estoy a punto de desmayarme. En ese laboratorio, donde una vez se inhalaba la felicidad, ahora no queda más que el amargo sentimiento.

La traición, el odio, la tristeza.

El arrepentimiento.

—Los salvaré a todos, se los prometo. Después de esto, cada uno irá por sus familias y luego escaparemos del país.

La sonrisa de Marco silencia a todos. A pesar de ser el más joven, todos parecen depositar su fe en sus palabras. Confían en lo que dice.

Toman los rifles y se preparan, pero Marco activa un último modo en la máquina.

«Dejar una granada sería muy sospechoso; lo mejor es que quede inservible sin que lo sepan.»

Marco mira el delgado metal caliente y, con toda su fuerza, lo desgarra con su mano. El metal se rompe y la máquina expulsa los dos cristales hacia el techo, quedando clavados en este.

—Ojalá hubiera creado un mecanismo de autodestrucción. —Marco toma los cristales incrustados en el techo usando una escalera. Guarda los cristales en una bolsa y baja rápidamente.

Un sentimiento eléctrico parece hacerle mirar sus manos. Las quemaduras parecen ser de segundo grado, pero Marco no nota su dolor.

El estrés que siente, la adrenalina fluyendo por su cuerpo debe hacer que no pueda sentir nada.

Mis puños se tensan, mientras mis ojos permanecen fijos, alerta. Marco desmonta una bala, esparciendo su contenido explosivo con delicadeza sobre su mano.

—¡Date prisa, Marco! —gritan desde el exterior. En su afán, enciende una chispa con un encendedor, todo mientras el bullicio exterior oculta sus acciones.

Las manos de Marco se incendian brevemente y cae al suelo, víctima del dolor.

—¡AGH! —grita, pero rápidamente aprieta los dientes. Se mantiene mirando sus manos chamuscadas, pero aun asi decide no gritar.

«No debo mostrarme débil.»

Sus palmas, ahora apoyadas en el gélido suelo, no revelan la presencia de la sangre que antes brotaba.

«Aguanta, Marco Luz.»

Al girar la cabeza, observa al profesor con guantes de tela blanca. Este gesto simple resuena con un simbolismo inquebrantable. Marco mira la máquina por última vez, su corazón reflejando una determinación que se me escapa.

La misma determinación que me falta.

En esta sala fría, mi papel se reduce a ser un espectador impotente. Marco y los demás se dirigen hacia su destino, conscientes de que el tiempo se desvanece, pues el lamicta de fuego ya está en marcha.

«Si no llegamos a tiempo, moriremos.»

Abordan un vehículo, una máquina que los transportará sin necesidad de un dragón. La velocidad los envuelve mientras llegan al lugar designado, solo para descubrir que ningún soldado les espera.

—¡Mi general! ¡Equipo beta llegó a la zona asignada, cambio! —informa John por la radio, obteniendo la aprobación del general.

Marco carga una mochila, depositando en ella la esperanza y la peligrosidad encapsuladas en los cristales. Aunque no puedo sentirlo, imagino el inmenso dolor que Marco soporta en sus manos.

—¡Prepárense! —anuncia Marco con una sonrisa cálida—. ¡Nos vamos!

Marco examina el entorno, un muro de hormigón que se alza imponente. Camina sobre el césped y coloca la mochila en la base del muro.

Con el lamicta de fuego en mano, intenta activarlo, pero descubre que no sucede nada.

«Debo usar mi piel.»

En un momento decisivo Marco usa sus dientes para retirar los guantes. Cierra sus ojos y agarra los cristales.

«¡DUELE!» Grita internamente, apretando el cristal con más fuerzas. Se concentra, y este rápidamente empieza a emitir luz. Marco lo mira, pero no sabe que acaba de usar maná para ello.

Normalmente las personas nacen con la posibilidad de usar los lamicta, pero para alguien que no tiene puerta no debe ser posibles. La noche ya ha caído, y el cristal emite una luz tenue, un faro de esperanza en medio de la oscuridad.

—¿Cómo es posible que Marco pueda utilizar maná? —pregunto, mi curiosidad captando la atención de Echidna, quien sonríe y me dirige una mirada intrigada.

—El alma de Marco es especial —afirma Echidna con una sonrisa, mirando hacía la pantalla complacida—. Me encantaría estudiarla.

Recuerdo claramente cuando Marco no podía utilizar magia hasta que le enseñaron. Entonces, ¿qué está sucediendo ahora?

—¿Especial? —pregunto, pero rápidamente escucho el quejido de Marco en mi corazón.

La expresión de Marco se retuerce por el dolor, y el lamicta de fuego responde rápidamente, calentándose al instante.

John coloca los rifles cerca, intentando simular que siempre estuvieron allí.

El cristal comienza a iluminarse con fuerza. Suben al carro y se alejan a toda velocidad. John gira el volante y...

¡BOOM!

Un estruendo sacude el lugar. A través de la nube de fuego, Marco observa cómo el muro cae destrozado en pedazos. La onda expansiva incluso sacude el carro, generando temor entre todos.

—¡John! —grita Marco, logrando que reaccione. John acelera y rápidamente contemplan la devastación causada.

El enorme muro ha sido completamente destruido, dejando un gigantesco agujero donde podría caber un automóvil más de cinco veces.

«Si usaran esto como un arma, si lo mejoraran, el mundo tal como lo conocemos sería destruido.» Marco mira decido, apretando sus manos con fuerza. «No permitiré que eso suceda, ¡Jamás!»

Entran por un camino de tierra, en esa selva frondosa solo podrán avanzar con el coche por unos metros hasta tener que caminar.

Las manos de Marco tiemblan, su cuerpo parece rebelarse ante la idea de provocar tal destrucción.

—¡Nos vamos! —llama Marco, usando el teléfono.

—¡Esa fue una gran señal! —exclama la persona al otro lado de la llamada. Marco observa hacia atrás, viendo que el humo persiste en el aire. Todos muestran señales de temor, pero la determinación en Marco parece haber alcanzado su punto máximo.

—¡Denme sus teléfonos! —ordena Marco con firmeza, haciendo que todos obedezcan al instante.

Marco extrae una granada, colocando todos los dispositivos en una bolsa. Al parecer, hay formas de rastrearlos solo con esos dispositivos. No sé todo sobre ellos, pero en los recuerdos pude ver varias veces su funcionamiento.

La noche envuelve sus miedos, y Marco se convierte en un dragón decidido, enfrentando la oscuridad con el peso de una decisión que le pesará por siempre.

Echidna, testigo de la tragedia que se desata, no puede evitar admirar la asombrosa tecnología desplegada frente a ella.

El estallido de la bolsa, el eco del sacrificio, y el silencio que sigue lo dicen todo. El miedo se refleja en los ojos de todos, menos en los de Marco.

Su determinación es palpable, como si ya hubiera abrazado su destino con resignación.

El carro se ve forzado a detenerse, la selva se interpone como un laberinto de árboles impenetrables. Entre la maleza, la salvación se presenta en forma de lancha, pero el camino hacia ella es una carrera desesperada.

—No sé cuánto tardarán en descubrirnos, pero debemos apurarnos. —Las palabras de Marco resuenan, sosteniendo su arma con firmeza mientras desciende del vehículo. La carrera comienza, un esfuerzo conjunto hacia la libertad.

La mirada de Marco enfrenta el horizonte con una mezcla de determinación y angustia. «Debo salvarlos, para ello, debo mantenerme fuerte». En medio de la incertidumbre, me surge la pregunta inevitable:

«¿habría tomado mejores decisiones?»

La respuesta se pierde en el correr de los minutos, en el palpitar agitado de los corazones que se esfuerzan por escapar. El sonido de los pasos, los helicópteros acercándose y el aroma húmedo de la selva se entrelazan en una sinfonía caótica.

Cada mirada de Marco hacia atrás es un recordatorio de la amenaza que persigue.

María le sonríe, un gesto de aliento en medio de la adversidad. Marco afirma con palabras que está bien, pero su cuerpo delata la verdad. Un dolor profundo, una tortura silenciosa que acompaña cada zancada.

Una hora de carrera, la noche cede terreno al amanecer. La fatiga se apodera de varios, incluso Marco, cuyo jadeo revela la tensión acumulada. El terreno se torna pantanoso, indicando que la meta está cerca.

En la distancia, una lancha se perfila como el ansiado refugio. Marco vislumbra la esperanza en medio del caos, y, por un instante, la angustia cede ante la posibilidad de la salvación.

El sol se asoma en el horizonte, pintando el cielo con tonos cálidos que contrastan con la urgencia que se respira.

Marco marca el número con manos temblorosas, la incertidumbre se cierne sobre ellos como un manto oscuro. La figura que atiende la llamada, vestida de manera distinta, indica que algo diferente está por suceder.

Hombres armados, semblantes tensos, y rifles que se alzan y descienden en una coreografía incierta. El líder, con su traje oscuro y distintivo, da la orden de subir. Parecen militares, pero están vestidos de colores más oscuros.

La duda en la mirada de Marco es palpable.

«Espero esto no sea una mala decisión», piensa mientras sus compañeros reflejan en sus rostros la ansiedad de la situación.

Suben a la lancha sin más que poder hacer, el viento azota con fuerza y el agua salpica sus rostros, pero la sensación de escapar se mezcla con el peso del desconcierto. En un pequeño pueblo, otro grupo armado les da la bienvenida.

Entonces, la pantalla se oscurece.

Marco ha tomado una decisión, buena o mala, lo que sea...

No lo merece.

La pantalla empieza a iluminar. De una u otra forma, no deseo seguir viendo.

En el interior de una humilde casa de barro, el contraste entre la miseria del entorno y la figura del hombre bien vestido es evidente. El humo del cigarrillo se mezcla con el aroma a ron, creando una atmósfera desagradable.

«Huele horrible.» Piensa Marco, mirando al hombre enfrente suyo.

La charla directa, sin formalidades, revela la crudeza de las circunstancias.

—Entonces, ¿estás dispuesto a hacerlo? —la voz del hombre resuena, mientras Marco, rodeado por hombres armados, se enfrenta al jefe del malvado grupo de narcotraficantes.

—Si, lo estoy.

La respuesta de Marco es firme, su mirada sin temor irradia determinación.

«Supongo que es la única opción», murmura para sí mismo mientras se sumerge en un acuerdo que podría sellar su destino.

La sonrisa del jefe del narcotráfico se dibuja, y así, en medio de la desesperanza, se sella un pacto que los liga en un mundo donde las decisiones pesan más que la moral.

La decepción pesa en el aire, como un velo oscuro que cubre los corazones.

«Pensar que Marco tomaría la opción de usar el mal para opacar el mal.» El Marco que yo conozco no es así, no actuaría si no fuese por obligación.

Los recuerdos de los gritos de los demihumanos afloran en mi mente, haciéndome sostener mi cabeza para callarlos. «Los maté a sangre fría. No les di la oportunidad de nada, simplemente los maté para salvar la vida de personas en mi bando.»

En ese mundo implacable, la fuerza no se mide por la habilidad para blandir espadas o de crear magia, sino por la astucia y la inteligencia. Un lugar donde la vulnerabilidad de la vida misma obliga a tomar decisiones extremas.

En este contexto, personas como yo, inútiles ante las amenazas intelectuales, se ven desplazadas, relegadas a la sombra de la supervivencia. Sé que si fuese a su mundo sería inútil, sin duda alguna.

La orden se ha dado: cada miembro del grupo partirá en busca de sus seres queridos. Marco, llevado al encuentro de los demás, observa cómo todos han adoptado ropas diferentes, preparándose para la misión que les aguarda.

Sin embargo, la sombra de la pregunta persiste, materializada en las palabras de John.

—¿Qué tuviste que pagar para hacer esto? —John, valiente, formula la pregunta que pesa en el corazón de todos.

La expresión de Marco se mantiene neutral, anticipando lo que John iba a decir. Un suspiro precede a su sonrisa, recibiendo las prendas como símbolo de cambio.

—El favor que hice pareció gustarle. Además, compartí información sobre la protección de la mina de cristales para que puedan tomarla.

Ayudar al malvado para garantizar la supervivencia propia, un dilema que pone en tela de juicio la integridad moral. La conciencia de Marco no había sopesado las consecuencias, y el peso de la verdad golpea como un puñetazo.

En un rincón apartado, Marco, con un telón como único testigo, enfrenta sus heridas. La sangre se filtra entre los guantes mientras reflexiona sobre un pensamiento inquietante.

«Si hubiese muerto, ¿habría cambiado algo?»

La furia crece, una llama ardiente en el interior de Marco. La realidad de sus elecciones se manifiesta, y la posibilidad de un destino alternativo se desvanece.

—María…

Llama a María, una súplica silenciosa de ayuda, y ella, con la mirada al cielo, trata de contener la respiración ante el vendaval de emociones desatado.

—¿¡Qué te pasó!? —María observa las manos de Marco, costras con cierta hinchazón, pero él solo le devuelve una sonrisa.

—Ayúdame a vestirme. —Marco señala la ropa, y María, mirando al techo, trata de contener la respiración.

En un abrazo, María busca consolarlo, pero esta vez Marco permanece imperturbable.

—Perdón... —Marco se mantiene firme mientras María saca algo de una mochila en el suelo.

Con cuidado, comienza a tratar las heridas en las manos de Marco. Costras rotas, inflamación; ella limpia, pero Marco no da muestras de dolor. Él presiona su cuerpo, tratando de mostrarse fuerte.

«Es lo mínimo que merezco».

María venda sus manos y coloca nuevos guantes.

—Te los iba a regalar de todas formas, se te ven lindos. —María sonríe, haciendo que los labios de Marco empiecen a temblar.

En su mente, la única meta es salir de esta situación.

—Vamos, el tiempo apremia. —Marco se cambia y nota que su grupo ya está completamente listo.

Después de un tiempo, son llevados a otro lugar. Varios autos, de aspecto normal, aunque algo descuidados, están dispuestos, cada uno destinado a las familias de los miembros del grupo.

Unos más grandes, otros más pequeños; todos acomodados para cada tipo de familia.

—Prepárense para salir, no tenemos tiempo.

Una vez en movimiento, Marco se oculta dentro del coche, entre los asientos adaptados para tal fin. Superando todos los controles de seguridad, el vehículo llega a su hogar.

Una casa similar a las de Irlam, pero con el blanco más claro que nunca había visto y los vidrios azulados tan hermosos que me causan envidia. Al llegar, Marco desciende. Dos hombres lo siguen, todos vestidos con ropa casual.

«Tengo que seguir mirando.» Aprieto mis manos, sosteniendo mi rápida respiración.

—Apúrate, antes de que lleguen —dice uno de los narcotraficantes, mirando a todas partes nervioso.

Marco asiente y toca la puerta, encontrándose con su madre al abrir. Ella abre los ojos con fuerza y se lanza a abrazarlo. Marco corresponde al abrazo y entra, observando su hogar con una sonrisa.

Su casa es hermosa, una vista que realmente disfruta. La decoración, los muebles, todo emana calidez, solo así vuelvo a comprender por qué quiere mudarse a Irlam. Su padre baja corriendo para abrazarlo también.

Marco los hace sentar a ambos, sonriendo mientras la preocupación en los ojos de sus padres parece traspasar la máscara que él lleva.

«No puedo engañarlos, así que no hay nada que hacer.» Marco pronuncia en su mente las palabras con un peso que parece hundir sus propios hombros.

La verdad, cruda y despiadada, se cierne sobre él y sus seres queridos.

—El gobierno quiere matarnos, por lo que ahora tenemos que huir. —Marco se dirige a sus padres, y sus ojos se encuentran con la mirada atónita de quienes le dieron la vida—. Lo siento, sé que lo arruiné, pero les explicaré bien en el camino.

Los padres de Marco intercambian una mirada cargada de significado, una comunicación silenciosa que intenta encontrar respuestas en medio de la confusión. Pero antes de que puedan articular palabra, un estruendoso "¡Bang!" perfora el aire.

El caos estalla fuera, y la figura de un hombre irrumpe en la habitación con terror marcado en su rostro.

—¡Llegaron! —grita el hombre, disparando desesperadamente a través de la puerta. La sinfonía de disparos se intensifica, pero Marco se niega a ceder ante el miedo.

En un acto instintivo, toma las manos de sus padres y los arrastra hacia la parte trasera de la casa, lejos de la lluvia de balas que comienza a perforar las ventanas.

Rápidamente observa cómo están entrando a través de las paredes del patio.

Los gritos de terror y el estruendo de la destrucción se entrelazan en una sinfonía apocalíptica. Marco, con la certeza de que su familia comparte su firmeza, sube las escaleras mientras sus padres intentan seguir sus pasos, controlando el miedo que amenaza con desbordarse.

Un disparo rasga el aire, y el dolor agudo en el oído de Marco es la cruel banda sonora que inicial la tragedia. Marco tropieza, cayendo sobre sus propios pies. Sus padres se agachan instintivamente mientras hombres desconocidos los rodean.

Uno se coloca en la parte debajo de la escalera, otro lo mira de frente.

Con su pistola en mano, Marco se gira para enfrentar la pesadilla que se desarrolla detrás de él. Dos figuras vestidas de azul, reminiscentes de los militares de Irlam, sostienen a sus padres como rehenes.

—¡Get it! —uno de ellos exclama en un lenguaje desconocido, un código extraño que resuena como una sentencia de condena.

Los ojos de Marco se abren ampliamente, su sangre latiendo al ritmo frenético del terror.

«Así que ya nos tenían vigilados», susurra su mente, la aceptación resignada de una verdad ineludible. Levanta las manos en rendición, el símbolo de una batalla perdida ante un enemigo implacable.

—¡Entrégate y todos viven! —exclama el hombre, obligando a los padres de Marco a arrodillarse, mientras las frías boquillas de las pistolas les apuntan.

—No los mates, simplemente no los mates. —Marco observa hacia afuera, donde los narcotraficantes continúan enfrentándose a los soldados, tratando desesperadamente de abrirse paso.

Marco comprende que nunca hubo una oportunidad real, que todos probablemente enfrentan la misma ineludible condena. La diferencia radica en que ahora los pueden eliminar sin reservas.

«Tengo que encontrar una oportunidad».

—¡Marco Luz ha sido capturado! —anuncia el hombre a través de la radio—. Vayan por el resto.

«Por no matar al profesor».

«No, esto estaba planeado desde antes».

Los puños de Marco se tensan, mientras observa la angustiada mirada de sus padres.

—Sí, me entregaré. —Marco se pone de pie y desciende un escalón.

Un soldado se le acerca, apuntándolo con su rifle. En el momento en que está por tocarlo, Marco reacciona, utilizando la altura para desviar el arma.

Un disparo resuena y la bala atraviesa el hombro de Marco. Con su mano libre, extrae la pistola y somete al soldado.

«Ya no importa».

Intento contener mis lágrimas porque ahora lo entiendo, Marco no busca sobrevivir. Es simplemente un pretexto para encontrar la muerte, para morir sin revelar que fue intencional.

—¡¿Qué demonios estás haciendo?! —los soldados apuntan a Marco, y su padre aprovecha la distracción para golpear a uno.

—¡NO! —Marco grita, pero su padre recibe un brutal golpe en el rostro con la culata del rifle, cayendo al suelo de inmediato.

Marco trata de moverse, pero el hombre apunta a su madre. Marco lo mira a los ojos, y ella le responde con una sonrisa. Su madre, con las manos ocultas dentro del vestido, sonríe serenamente.

—¡Llévense al hombre! —ordena uno de los hombres, y cargan al padre para llevárselo por la parte trasera.

Las balas continúan su sinfonía implacable, los gritos y los disparos se entremezclan, pero Marco parece ajeno a todo.

Su atención está fija en los ojos de su madre, pero no reflejan preocupación. En cambio, una profunda y aterradora resignación se esconde en su mirada.

Casi como si el tiempo se dilatara, Marco fija su mirada únicamente en su madre, ignorando el caos circundante. Su madre sonríe, una sonrisa que evoca recuerdos en mi mente.

«Madre fortuna...»

—Hijo, lo lamento. He sido una mala madre. Te he ocultado cosas, pero estoy segura de que las descubrirás más adelante. —Su mirada parece resignada, preparándose para lo inevitable, su madre, sabiendo lo que debe hacer, vocifera directamente hacía la persona que más ama—: En quienquiera que te conviertas y donde quiera que estés, te envió todo mi amor.

¡BOOOM!

Una explosión retumba en los oídos de Marco. Un pitido ensordecedor persiste mientras el mundo de Marco se desmorona. El hombre que estaba frente a él cae sobre su cuerpo, protegiéndolo de la fuerza de la explosión.

Marco, con todas sus fuerzas, intenta apartar el cuerpo, observando cómo el hombre yace sin vida.

—Vaya, parece que lo estás sobrellevando bien. —Echidna comienza a reír, mientras yo sigo mirando la pantalla.

«No...».

Aunque el polvo nubla la vista de Marco, nuestras manos se mueven frenéticamente, tratando desesperadamente de apartar el obstáculo. Los disparos continúan resonando, los gritos resuenan con más fuerza.

Varios hombres ingresan a través del hueco en la pared.

—¡Marco Luz! —exclama uno de los hombres, y Marco solo puede mirar con horror cómo el polvo se disipa.

Los soldados desde el patio abren fuego, pero un vehículo más grande atraviesa la casa, llegando hasta la escalera. Varios hombres descienden, algunos disparando, otros avanzando hacia Marco.

Marco no pronuncia palabra alguna, permanece en blanco, como si su mente se hubiera apagado.

Los hombres lo rodean y lo toman, mientras yo solo experimento el vacío que parece devorarme. Una opresión desgarradora, la desesperación de Marco resuena en lo más profundo de su ser.

Marco observa sus manos.

«Te mando tomo mi amor...».

Recordando las palabras de su madre y el dolor en el rostro de su padre, Marco es conducido por la carretera, donde varios autos idénticos se despliegan a lo largo del camino.

La fría empuñadura de la pistola en su mano le recuerda su amarga realidad.

«Si muero... esto se acaba.»

Caigo al suelo, intentando desesperadamente seguir observando.

—No lo hagas... —Miro la pantalla, como si esta no fuese la segunda vez que veo esto—. Por favor, Marco, no lo hagas. No te arrebates tu propia vida. Todos sus sentimientos arremolinan mi mente, todo lo que Marco Luz siente me golpea como si se tratase de explosiones quemando cada parte de mi alma.

El vacío, el dolor. Mi mirada de cierne sobre la pantalla, con los bien abiertos. Las lagrimas fluyen por él. Todo lo que puedo hacer es mirar, no soy más que una espectadora en la vida infernal de Marco.

Marco levanta la pistola y la coloca contra su sien.

«Seré libre.»

¡Bang!

Entonces, todo se sume en...

Oscuridad...