Capítulo 16

Preparativos.


Tras exponer el plan, el silencio se apodera de la habitación. Reinhard, Felt y Rom permanecen en silencio, sus rostros tensos, sus miradas entrelazadas como si intentaran encontrar respuestas en los ojos de los otros.

«Vamos Emilia, solo están pensando algo importante».

Crusch y yo esperamos en el mismo silencio, aunque la impaciencia comienza a arañarme por dentro.

«Si ellos no aceptan estaremos en problemas».

El sonido de los pasos de Garfield alejándose hacia su habitación se desvanece en el fondo, pero yo apenas lo noto. Mi corazón late desbocado, como si quisiera liberarse de mi pecho. Lo siento, este nerviosismo, esta incertidumbre que me desgarra por dentro.

«Solo debo seguir, estar atenta».

Pero a la vez lo acepto, porque sé que es la prueba de lo mucho que me importa lo que está en juego.

Sin este dolor, no podría seguir adelante, no podría luchar por lo que más valoro: mi gente.

«Seré honesta, de esa forma es como soy».

—Sé que esto es difícil —mi voz tiembla ligeramente mientras les hablo, y sus miradas se vuelven hacia mí con curiosidad. Hay algo en la forma en que me miran, como si no fuese la misma persona que conocieron—. Entiendo que la situación es grave. Yo también estoy asustada, y… bueno, incluso un poco molesta. —Una sonrisa amarga se dibuja en mis labios, y mi propio nerviosismo me obliga a reír con suavidad.

Felt, siempre directa, me observa con asombro, pero luego su rostro se ilumina en una sonrisa de complicidad.

—La hermanita se ha estado esforzando. No eres ni la sombra de lo que eras antes —dice, su tono burlón, pero con una calidez que no puedo ignorar.

«Asi que ella también lo notó… que felicidad». Cierro mis ojos por un instante, sintiendo un temblor en mi cuerpo.

Su sonrisa me golpea de una manera inesperada. Siento cómo un calor extraño llena mi pecho, como si esas palabras estuvieran validando algo dentro de mí, algo que no sabía que necesitaba.

«Voy por buen camino».

—Ahora pareces una mujer de verdad —agrega Rom, con un brillo travieso en los ojos—. ¡Y ya tienes a tu hombre!

Mis ojos se abren de golpe y siento cómo el rubor invade mis mejillas y orejas al mismo tiempo, quemándome de vergüenza.

«¡Mi hombre! ¡AHHHHHHH!» Sostengo mis mejillas para evitar sonreír de par en par.

—¡No! ¡Espera! Marco y yo aún no… —Las palabras se me atragantan, y cierro los ojos con fuerza, luchando por recuperar el control de mi respiración.

Felt estalla en carcajadas, y la risa, tan sincera y despreocupada, resuena en la habitación. Aunque intento mantener mi expresión serena, no puedo evitar la punzada de vergüenza que me retuerce por dentro.

«Son unos tontos, burlándose de mi».

Incluso Crusch sonríe, y sé que ella también está disfrutando de mi incomodidad.

«No pensé que me atacarían por ese lado», pienso, tratando de calmar la agitación en mi pecho.

Antes de que pueda reaccionar, la puerta se abre de golpe. Un grupo de comerciantes entra, cargando cajas pesadas. Sus ropas blancas y amarillas les dan un aire de mercenarios profesionales, pero hay algo en ellos que me resulta extrañamente familiar.

Marco me mencionó algo similar alguna vez, y mi mente empieza a conectar las piezas.

—Señorita Emilia, los enviados de la señorita Anastasia han llegado —Sert, un fiel sirviente demihumano, se inclina en la entrada, dejando paso a un niño.

No, no es un simple niño.

«Que niño tan lindo».

Aparenta unos diez, tal vez doce años, pero la seriedad en su mirada y el monóculo que lleva sobre uno de sus ojos le dan una presencia inquietante. Aun así, su ternura me recuerda a cuando Petra jugaba a disfrazarse.

—Buenas tardes a todos —saluda con una voz aguda, un tanto chillona, pero cargada de una seguridad que me sorprende—. Soy Tivey Pearlbaton, enviado de la señorita Anastasia Hoshin. Estoy aquí para entregarles su pedido.

Cajas son depositadas en el suelo con un retumbar suave. Son tres en total, cada una apenas más grande que un metro de altura, pero parecen pesar toneladas.

—Mucho gusto, Tivey —respondo, levantando la mano en señal de saludo, aunque lo hago con cierta lentitud, dándole tiempo para acercarse.

En su mano sostiene una carpeta, como un pequeño vendedor en miniatura. «Se está esforzando tanto», pienso, y mi corazón se ablanda.

Cuando está lo suficientemente cerca, mi mano se mueve casi por reflejo, acariciando suavemente su cabello.

Su mirada se alza hacia mí, sorprendida.

—¿Hm? —dice, pero no puedo evitar sonreírle.

—Eres un niño muy trabajador, gracias por tu esfuerzo —le digo, y él baja la vista rápidamente, ocultando su rostro tras la carpeta mientras sus mejillas adquieren un leve tono rosado.

—Emilia, lo estás asustando —interviene Crusch, su tono burlón, aunque con una sonrisa ligera.

«¡No soy intimidante!» Digo en mi mente, evitando actuar sobresaltada.

Hago un puchero leve, respondiendo con un susurro—. Es que es tan lindo que no pude evitarlo.

Tomo la carpeta con cuidado y firmo los documentos que me ofrece. Tivey me observa con mezcla de timidez y orgullo. Es increíble que, siendo tan joven, ya tenga este tipo de responsabilidades.

Si sigue por este camino, sin duda se convertirá en alguien muy importante en el futuro.

—¿Saben usar los metías? —pregunta, y yo sacudo la cabeza—. Entonces, permítanme explicarles a todos.

Los ayudantes abren las cajas, revelando lo que hay dentro. Felt es la primera en acercarse, la curiosidad chispeando en sus ojos. Dentro hay paneles de cristal liso, del tamaño de una mano, cubiertos por protectores.

Estos metías serán esenciales para atrapar a Bordeaux y Harald sin derramamiento de sangre.

La tensión vuelve a apoderarse del aire, y no puedo evitar preguntarme: «¿será suficiente para lo que nos espera?»

—Faltan treinta minutos —digo en voz baja, mirando el cielo mientras reviso mi reloj. El sol se oculta lentamente, tiñendo el horizonte de un anaranjado apagado, pero el frío en el aire hace que incluso este calor parezca distante, casi irreal.

—¿Crees que el general esté bien? —Lessed, uno de mis soldados más leales, rompe el silencio.

Asiento sin mirarlo.

—El general tenía todo esto planeado. Es seguro que ya ha previsto cada emergencia. —Mis palabras son firmes, pero en el fondo hay una pequeña inquietud que no puedo borrar.

«¿Por qué nos deja en la oscuridad?»

El general nunca nos explicó los detalles completos del plan, como si el misterio mismo fuera parte de su estrategia. Y, aunque confío en su genio, la incertidumbre me corroe.

«¿Qué será lo que nos oculta?»

—Nosotros solo debemos cumplir con nuestro deber. Somos un escuadrón de élite; obedecer es nuestra única misión —añado, y el resto de los soldados asienten sin dudar.

—Preparen a Erick Costuul. Llévenlo a la prisión inmediatamente —ordeno, y ellos parten rápidamente.

El sol se oculta un poco más, proyectando sombras largas y frías a nuestro alrededor. Es en momentos como este que mi mente vuelve a ese día. Puedo sentirlo. El calor de la sangre en el aire, los gritos desgarradores resonando en mis oídos como si estuviera ahí otra vez.

Mis puños se cierran con fuerza.

«No puedo evitarlo.»

La rabia me consume lentamente, una corriente incontrolable bajo mi máscara de calma.

Cuando vi al general siendo presionado por esos miserables… fue en ese momento que estuve a punto de desatarme, de usar mis habilidades y acabar con todos ellos. Esos caballeros arrogantes, que ocultan su podredumbre bajo una fachada de honor y nobleza.

Se llaman a sí mismos caballeros, pero son poco más que animales con armadura.

«Voy a destruir esta era de caballeros, yo mismo».

Y no solo lo haré, sino que demostraré que el mundo no necesita de ellos. Con mi fuerza, con la de mis soldados, aplastaremos sus falsas ilusiones de grandeza. Pero para eso… necesito ser más fuerte.

Recuerdo una conversación entre el general y el señor Otto. Hablaron de ese hombre, Reinhard Van Astrea, el Santo de la Espada. Y se mencionó algo que se quedó clavado en mi mente.

"Reinhard incluso tiene una bendición divina que lo protege de un proyectil", dijeron.

Una bendición casi ridícula en su poder.

Eso fue suficiente para que tomara la decisión que estoy a punto de ejecutar.

Camino despacio, observando con cuidado al hombre frente a mí, el hombre que llaman el Santo de la Espada. Un hombre que otros ven con reverencia.

Yo, en cambio, solo veo a un niño atrapado en un destino que nunca pidió.

«Frederica… madre… denme fuerzas», pienso, como un reflejo.

La señorita Frederica debe estar preocupada, asi que debo hacer todo bien. Cierro mis ojos unos segundos, matando estos pensamientos.

«Son cosas que no deben suceder, no para alguien que vive de su venganza».

Activo mi habilidad de sigilo antes de que Reinhard pueda percibirme, mi presencia y maná desaparecen en el aire. Por un instante, todo a mi alrededor se vuelve oscuro, pero sé perfectamente a dónde debo disparar.

¡Bang!

Cuando el eco del disparo se desvanece, dejo de usar mi bendición divina. Miro hacia donde debía estar mi objetivo, pero no hay nada.

Ni un solo rastro.

—¡Ugh! —Siento una presión aplastante en mi muñeca antes de que pueda reaccionar, arrastrándome hacia una pared con fuerza.

Me cuesta respirar, pero sonrío.

Siento el poder de mi bendición divina fluir por mis venas, revitalizando mi cuerpo.

—¿Por qué hiciste eso? —La voz de Reinhard es calmada, pero hay una nota de desconcierto en su pregunta. Su mano sigue aferrada a mi muñeca, firme.

Mi sonrisa se desvanece. Lo miro, y por un momento, veo en él algo diferente a los caballeros que tanto odio.

Reinhard no es como ellos, y lo sé.

«El general lo admira mucho, considerándolo un gran amigo».

Pero… tiene su sangre.

Esa sangre que odio tanto.

—Necesitaba una pequeña ayuda —respondo con frialdad, sin desviar la mirada.

Sus ojos se deslizan hasta mi pecho.

Reinhard suspira, casi resignado.

—Esa es una gran bendición divina… —murmura, pero sus palabras no me alcanzan.

«No entiende nada».

Me libero de su agarre, y al hacerlo, siento algo que me molesta, una extraña mezcla de sensaciones. Tal vez, en otra vida, me hubiera gustado ayudarlo. Pero no en esta.

No cuando lleva en sus venas la sangre de quien más desprecio.

"La venganza es un veneno que solo corroe tu alma, pero, a mi modo de ver, un poco de corrosión hará que puedas brillar; solo cuando vez el mal en ti puedes pulirlo para brillar".

Esas palabras de mi madre nunca las olvidaré

—Reinhard, ¿amas a tu padre? —le pregunto de repente, y sus ojos se abren con sorpresa.

El silencio se extiende entre nosotros, denso como una tormenta a punto de estallar. Lo veo luchar con su respuesta, su mirada oscurecida por la duda.

—Es mi padre. Por supuesto lo aprecio —dice finalmente, aunque su tono parece más una obligación que una convicción.

Siento la ira burbujear en mi interior, caliente y abrasadora. Aprieto los dientes y extiendo mi mano, no para atacarlo, sino para algo más.

—Si supieras lo que ese bastardo hizo, no podrías decir esas palabras —susurro, las palabras escapando de mi boca como veneno—. Mucho gusto. Me llamo Alsten, solo Alsten, porque mi apellido es algo que jamás llevaré con orgullo.

Reinhard toma mi mano, firme, pero con una confusión creciente en su mirada.

—Te lo contaré algún día… después de todo, eres mi hermano pequeño.

Sus ojos se abren con sorpresa, pero antes de que pueda reaccionar, me doy la vuelta y empiezo a alejarme.

—¡Espera! —grita, su voz cargada de incertidumbre.

Pero no me detengo.

No ahora.

—Ya habrá otros momentos para hablar. Ahora, cada uno tiene un deber que cumplir.

Mientras me alejo, siento el peso de mis palabras sobre mis hombros. La venganza aún arde en mi pecho pero, el deseo de destruir todo lo que odio, «nunca había sido tan claro».

Aprieto mis manos con fuerza, sintiendo cómo las uñas se clavan en la piel de mis palmas, mientras mi mirada se fija en la gran puerta de madera frente a mí. La madera, oscura y gastada, lleva las marcas del tiempo, pero aún impone con su tamaño y robustez.

«Es la hora».

Un leve olor a cera vieja y humedad flota en el aire, un recordatorio de la antigüedad de este lugar. El frío de la piedra bajo mis pies, aunque amortiguado por mis botas, se cuela hasta mis huesos.

Nunca, en todos mis años como duquesa, imaginé estar aquí: defendiendo a alguien en un juicio.

Como duquesa, debería estar en el lado del juez, no frente a él.

Es extraño. Mi mente me dice que esto es incorrecto, que no es mi lugar, pero en el fondo de mi pecho, una emoción familiar 'el fuego del deber y del desafío' comienza a arder.

Defenderé la justicia con mi honor.

Cueste lo que cueste.

Mis dedos tiemblan ligeramente cuando deslizo una mano dentro de mi traje y toco la superficie áspera de la carta que encontré en mi dormitorio.

Puedo sentir los pliegues de papel, ligeramente arrugados, recordándome un dolor profundo.

"Durante el primer descanso, dirígete al baño."

Eso es todo lo que decía. Breve, enigmático, pero su letra… reconocí al instante la caligrafía elegante y decidida.

«Fourier...»

El solo pensamiento de su nombre hace que el aire en mis pulmones se sienta pesado, como si cada respiro se volviera más difícil de sostener.

Mi corazón da un vuelco doloroso y mis manos, que siempre han sido estables, tiemblan involuntariamente. Tras tanto tiempo de silencio, «¿por qué ahora?» «¿Por qué en este momento crítico?» La última vez que lo vi, ni siquiera me dedicó una palabra, ni una mirada.

—¿Por qué ahora?

Mis pensamientos son como ráfagas de viento frío golpeando una ventana cerrada. No logro encontrar una razón coherente. Sé que debería decirle a alguien sobre esta carta. Lo sé. Mi instinto me grita que estoy siendo manipulada.

Y sin embargo, la situación de mis padres me impide abrir la boca y pedir ayuda.

Esto sola en esto, pero no debo temer.

Yo soy Crusch Karsten.

—¿Crusch? —La voz de Emilia llega a mis oídos como una brisa suave, interrumpiendo mis pensamientos. La miro, viendo la preocupación en su rostro, aunque intenta ocultarla.

—Lo siento —respondo, con la garganta un poco seca. Toso ligeramente antes de hacer un gesto a los guardias que custodian las puertas—. Abran las puertas.

Las bisagras rechinan suavemente, y las enormes puertas de madera comienzan a separarse. El sonido del eco en la sala vacía es casi hipnótico. Una leve corriente de aire frío me acaricia el rostro cuando la sala se revela ante mí.

No es la primera vez que la veo, pero hoy todo parece diferente.

El espacio, tan vasto y solemne, parece mucho más intimidante lleno de gente. Los murmullos entre el público llenan el aire, como el zumbido lejano de abejas en una colmena.

A mi izquierda, los que apoyan a Marco; a la derecha, los que están con Harald. Mis ojos recorren cada rostro, buscando aliados y enemigos en la multitud.

Nuestros aliados están a la izquierda: campesinos de manos ásperas y rostros curtidos por el sol, gente que ha trabajado y gracias a eso alcanzó un gran estatus. Entre ellos, algunos caballeros destacan con sus armaduras relucientes.

Y entonces, una cara familiar aparece entre la multitud.

«Milena.»

Una caballero que pensé se había retirado. No tenía idea de que se había alineado con nosotros. El metal de su armadura reluce bajo la luz de los lamicta, y su postura es recta y firme, como siempre.

No todos los que apoyan han enviado cartas, ni siquiera logramos reunirnos con muchos de ellos.

Estas personas han venido por su cuenta, por elección propia. A medida que avanzo, cuento en silencio, y me sorprendo al descubrir que tenemos más aliados de los que imaginaba.

Treinta y tres de nuestro lado.

Cuarenta del lado de Harald.

El aforo no está completo, pero eso ya no importa. Al final, solo los cuatro garantes de cada campo serán los que importen, aquellos que darán su veredicto. Ocho personas tendrán la última palabra sobre los demás.

Pero algo debe cambiar.

«Debe ser imparcial, no un espectáculo de poder o aliados.»

El leve tacto en mi cabeza me saca de mis pensamientos. Emilia ha cerrado los ojos y sus dedos rozan mi frente, como una bendición silenciosa.

—Que los espíritus te acompañen —dice en voz baja.

Su preocupación, aunque evidente, me reconforta.

—Gracias. Estaré bien —digo, con una sonrisa leve que apenas se asoma en mis labios.

Tener a Emilia como amiga es algo que nunca habría esperado, pero su apoyo me fortalece.

La observo alejarse hacia su lugar entre nuestros aliados. Su figura se desvanece entre las capas de personas, y mientras preparo mis primeros pasos, mi mente repite un mantra.

«Hablar con firmeza, hablar con seguridad.»

Tengo que empezar fuerte si quiero captar la atención de los jueces. Bordeaux, cercano a Harald, no será juez.

Tristán, el sabio que nos apoya, tampoco lo será.

Pero Miklotov, que apoya a Priscila Barielle, sí participará como juez.

«Nunca pensé que eso jugaría a nuestro favor.» «¿Será que Marco lo había previsto todo desde el principio?»

Sacudo la cabeza.

No tengo tiempo para esas especulaciones.

—Defensora Crusch, por favor, siéntese en su puesto —indica uno de los caballeros, con una voz firme y distante.

Me escolta hasta mi sitio: una mesa de madera desgastada y una pequeña silla de respaldo rígido. El barniz de la madera está agrietado, y al tocarla, siento la aspereza del uso a lo largo de los años.

Del lado derecho, el mismo escenario para el defensor de Harald.

Frente a nosotros, cuatro asientos imponentes, ocupados por los jueces. La disposición es sencilla, pero la gravedad de lo que está en juego hace que el ambiente se sienta opresivo.

Miklotov, el primero en sentarse, lo hace con la serenidad de un sabio curtido por la política. Su mirada fría y calculadora me observa desde su asiento. A su lado está July Cariana, una sabia de expresión reservada, con quien apenas he cruzado palabras en el pasado.

Sus ojos se mueven lentamente, casi como si midiera cada gesto de todos los presentes.

El tercero es Solomon Van Mercury, un anciano cuya única preocupación es la economía; su presencia me da la impresión de estar ante un hombre ajeno al conflicto humano.

Finalmente, está Frederick le Gran, cuyo rostro me resulta tan repulsivo como sus intenciones. Su reputación de buscar solo su beneficio propio está tan grabada en su expresión, que incluso antes de abrir la boca, ya puedo prever sus opiniones.

Mientras me acomodo en la silla, me asaltan preguntas triviales, pero que resuenan con fuerza en mi mente.

«¿Me estaré viendo bien?» «¿Tengo conmigo la carpeta con todos los documentos necesarios?»

Me obligo a respirar lentamente y a desechar esos pensamientos inútiles. Anoche, lo revisé todo meticulosamente. Todo está listo. He practicado cada línea, cada argumento. No puedo permitirme improvisar; el riesgo es demasiado alto.

Ahora solo debo actuar como he ensayado.

«¿Dónde está Marco?»

—¡El conde Marco Luz hace su entrada! —exclama uno de los caballeros. Las puertas se abren de nuevo, revelando la figura de Marco.

El impacto es instantáneo. Me levanto de inmediato, con el corazón paralizado por lo que veo.

«¿Esto es lo que querías, Marco?»

Su figura, tan fuerte y decidida en otras ocasiones, ahora parece rota. Su rostro está hinchado, con moretones tan profundos que deforman sus rasgos. Unos labios rotos, una oreja que apenas parece mantenerse en su lugar y su nariz doblada de una manera grotesca.

Lleva puesto un traje adecuado para la ocasión, pero su condición es imposible de ocultar. Los murmullos de horror se extienden entre nuestros aliados, y también en el bando contrario.

Incluso algunos de los partidarios de Harald no pueden ocultar su shock.

Marco camina con lentitud, arrastrando los pies, escoltado por los guardias. No levanta la cabeza, no mira a nadie, como si el peso de su propio cuerpo fuera insoportable. Cada paso parece un acto de dolor.

Su mueca de sufrimiento atraviesa mi pecho, pero no soy la más afectada.

Emilia salta de su asiento y corre hacia Marco, sin detenerse.

—¡Marco! —grita, su voz llena de desesperación, interrumpiendo a los guardias que lo escoltan.

Uno de los guardias intenta detenerla, llevando la mano a la empuñadura de su espada, pero el acero se congela en su funda, detenido por la magia de Emilia.

El aire alrededor de nosotros se enfría de golpe, como si hubiéramos sido transportados a una caverna helada. El suelo bajo mis pies comienza a enfriarse, y mis dedos empiezan a temblar.

—¡JUECES DE LUGUNICA! —grita Emilia, su voz resuena con tanta fuerza que el eco parece reverberar en las paredes—. ¿Cómo es posible que el conde, tras solo unas pocas horas, se encuentre en este estado?

El ambiente es tan frío que puedo ver mi aliento, y la furia de Emilia es tan palpable que todos los presentes parecen contener la respiración.

Harald hace su entrada en ese momento, su porte seguro y arrogante contrasta con la tensión que llena la sala.

—Una demihumana que no sabe controlarse. —Su tono gotea desprecio mientras sus pasos resonantes se acercan—. Deshonras a este reino.

Emilia lo mira con ojos llenos de furia, pero tras un momento, baja la cabeza, mordiéndose los labios. El hielo en el aire comienza a disiparse lentamente.

—Lo siento… —dice en voz baja.

Intenta curar a Marco, pero este no lo permite.

Se sienta rápidamente, y tras unos segundos, Marco toma asiento a mi lado. Su respiración es irregular, y el dolor en su rostro es inconfundible, pero aun así, me dedica una sonrisa débil.

—Casi me hace temblar de miedo. Me van a golpear cuando esto acabe —murmura, con una sonrisa torcida.

—Eres un idiota —le respondo en un susurro mientras saco mis documentos, haciendo todo lo posible por no dejar que su estado físico me distraiga.

Debo concentrarme en lo que está en juego.

Frente a mí, el defensor de Harald no es otro que Julián Meyer, un defensor famoso por no haber perdido jamás un caso. Pero no tengo miedo. En la casa Karsten, me he preparado para enfrentar adversarios formidables, y hoy no será la excepción.

«Tengo que actuar como una verdadera Karsten.»

—Levántense —ordena el caballero líder, Marcus Gildark, mientras entra un mago sanador detrás de él—. Se procederá a realizar la sanación del juzgado, Marco Luz.

El sanador se acerca, pero Marco lo detiene levantando una mano.

—¿Cómo sé que no va a jugar con mi mente? —pregunta Marco, su voz llena de desconfianza. Sus ojos se clavan en Gildark, con una hostilidad evidente.

Tomo la palabra antes de que alguien pueda intervenir.

—Es como dice mi cliente. No podemos permitir que un sanador afecte su estado mental sin su consentimiento. —Miro a Marco de reojo—. Como pueden ver, queridos jueces y jurado, mi cliente, Marco Luz, se siente apto para continuar con el juicio a pesar de sus heridas.

Los murmullos entre el jurado se hacen más fuertes, la mayoría en apoyo a Marco, mientras otros observan su estado con creciente preocupación. Harald, por su parte, no muestra ninguna sorpresa. Su rostro es una máscara de indiferencia, como si todo estuviera ocurriendo tal como él lo había planeado.

—Si el conde Marco Luz presenta alguna afectación debido a sus heridas, y estas interrumpen el juicio, haremos una pausa y se procederá a sanarlo de forma obligatoria —declara Gildark, retirando al sanador.

Marco y yo asentimos, ambos conscientes de la fragilidad de la situación.

—¿Puedes aguantar hasta el descanso? —le pregunto en voz baja.

—Siento que voy a morir, pero puedo aguantar —responde, con una sonrisa forzada que apenas disimula su dolor.

Sé por qué Marco se ha dejado en este estado.

Sus heridas son un mensaje, una demostración de que está dispuesto a sacrificarlo todo por su causa. La imagen de su cuerpo roto, aunque dolorosa de ver, está destinada a ganar la simpatía de los jueces y el apoyo de quienes dudan.

El problema es el sanador.

Si es lo suficientemente hábil, podría alterar ciertos aspectos del estado mental de una persona sin que nadie se dé cuenta. Incluso un pequeño cambio podría desviar por completo el curso del juicio.

«Debió ser asignado por Harald», pienso, observando al mago con cautela. «Pobre Marcus».

Marcus Gildark, el caballero líder, es conocido por su integridad, un hombre cuyo sentido del honor está por encima de todo.

Verlo en esta situación debe estar haciéndole hervir la sangre. Debe estar sufriendo al ver cómo la manipulación política ha corrompido el sistema que juró proteger. Sin embargo, lo soporta. Todo lo hace por el bien de Lugunica, pero incluso un hombre tan fuerte tiene sus límites.

Esto es otra de las cosas que Marco quería exponer: la decadencia de la guardia real y los caballeros del reino, cómo las acciones de algunos han manchado el honor que antes portaban con orgullo.

—Ahora les pido a todos… —la voz de Marcus resuena por la sala, firme, pero con una tensión apenas perceptible.

Todos los presentes colocan una mano sobre el corazón, en un gesto solemne, enderezándose y mirando hacia adelante con reverencia. El ambiente cambia de inmediato, cargado de formalidad y una especie de rigidez respetuosa.

—¿Juran ante el dragón que sus acciones son honestas?

—Sí, juro —responden al unísono, sus voces llenando la sala con una única intención.

—¿Juran ante el dragón que dirán solo y solo la verdad?

—Sí, juro —resuena de nuevo, una promesa cargada de gravedad, mientras todos mantienen las manos sobre sus corazones.

El aire en la sala se siente denso, casi irrespirable. El peso de la tradición, del juramento al dragón, se cierne sobre nosotros como una niebla invisible pero palpable.

—Muy bien —dice Marcus, su rostro severo mientras observa a los presentes, buscando cualquier indicio de duda o deshonestidad—. Con esto, el juicio número noventa y seis del reino de Lugunica dará inicio.

El sonido de sus palabras cae sobre la sala como un martillo, señalando el comienzo de lo que podría ser una batalla no solo por la justicia, sino por la verdad.

Es hora de demostrar lo que pueden hacer los Karsten.