Summary original: Sara llevaba dos años lamentando la ausencia de su esposo cuando un día se dijo "Ya no más". Así es como una noche se encontró en un bar, vaso de whisky en mano preguntándose a sí misma qué hacía en aquel lugar. Y aunque estuvo a punto de desistir de aquella loca idea, un apuesto caballista se presentó ante ella ofreciendo exactamente lo que buscaba. Esa noche sería el inicio de una amistad sincera llena de beneficios, una amistad que sería clave para su sanidad mental, pues aunque en ese momento no lo sabía, el retorno de Franco era inminente, y nada ni nadie la había preparado para volver a ver a quien había sido el amor de su vida.

-Basada en Pasión de Gavilanes 2-


1. Dejando ir el pasado

Sara bebió de su vaso mirando a su alrededor. El lugar era tranquilo, el resto de clientes se acercaba a su edad, la luz era tenue pero invitadora y la música era decente, no sonaba nada que estuviera de moda y era eso mismo lo que ahuyentaba a la juventud de aquel bar.

El escenario era perfecto para lo que ella buscaba. No necesitaba la mirada juzgadora de los más jóvenes cuando llevara a cabo su plan, y mucho menos quería ser la conquista "madura" de algún niñato osado.

Sí, había escogido bien el lugar.

Había decidido ir sola, ni siquiera le había contado a sus hermanas lo que planeaba hacer para seguir con su vida. Y si bien se decía así misma que mantenía en secreto todo esto por temor a sus burlas, sabía que en verdad no había abierto la boca por miedo a no ser capaz de ejecutar esa idea loca que se había instalado en su cabeza hace ya unas semanas.

Volvió a beber un sorbo de su whisky. No era el tipo de alcohol que bebería cualquier otro día, pero cuando el barman le preguntó que ordenaría, sintió la necesidad de algo más fuerte que vino para coraje extra.

Nunca supo como seducir a alguien, ni siquiera sabía cómo coquetear, el único hombre con el que había estado se enamoró de ella sin quererlo y su relación se había dado en circunstancias muy poco comunes. Así que no, nunca había necesitado seducir a un hombre, y en estos momentos se arrepintió de nunca haber aprendido de Jimena y de todas esas historias que le contaba sobre sus aventuras románticas.

Suspiró pesado para luego murmurar derrotada:

—¿Qué estoy haciendo?

—Eso era justo lo que iba a preguntarte.

Sara dio un respingo al escuchar una voz masculina a su lado, y con ojos nerviosos miró hacia la dirección de donde había venido la voz. La pregunta era retórica y se la había hecho a sí misma, pero había captado la atención de alguien y ese alguien esperaba expectante algún tipo de reacción por parte de ella.

El hombre era alto pero menudo, de rasgos firmes y nariz recta. Llevaba una barba recortada con cuidado y definida con elegancia, y a pesar de que su acento delatara que no era de la zona (ni del continente), vestía ropas que se adaptaban muy bien a San Marcos: jeans, camisa celeste y chaqueta de cuero marrón.

Un carraspeo terminó su análisis de manera abrupta, y sus mejillas se sonrojaron con violencia al percatarse de la grosera forma en que lo miró de pies a cabeza. Con vergüenza devolvió la vista hasta los claros ojos de él.

—Albin Duarte —le dijo el hombre mientras le ofrecía la mano de manera amistosa como modo de presentación.

Sara notó su sonrisa de medio lado, y no supo bien si el gesto era de naturaleza divertida o de satisfacción narcisista.

—Sara Elizondo —respondió la castaña de todas formas, devolviendo el gesto.

—Sara Elizondo… Sara Elizondo. —el hombre rumió su nombre con atención y Sarita solo pudo mirarlo curiosa ante aquella reacción—. ¿Dónde he escuchado ese nombre antes?

La castaña volvió a sonrojarse pero esta vez con coraje. Si por alguna razón él había escuchado su nombre antes, seguramente fuera por el rumor que aún seguía recorriendo las bocas de la gente del pueblo.

El abandono de Franco había sonado con fuerza en la región, especialmente en el círculo de hacendados; y a pesar de que ya habían pasado casi dos años desde eso, Sarita todavía escuchaba el susurro de la gente cuando se topaban con ella en cualquier lugar.

—¡Ya sé! —el entusiasmo de Albin hizo que volviera al presente.

Bebió lo que le quedaba en el vaso de un solo sorbo en un intento de borrar el sabor amargo que los recuerdos de Franco le traían.

—Tus caballos fueron los más premiados en la última feria. Ya sabía yo que había visto tu rosto antes. Tuviste una gran sección en el periódico, con foto y todo.

El hombre le sonrió con satisfacción por recordar quién era ella sin ayuda. Sarita por su parte respiró aliviada, agitó su cabeza para alejar todo pensamiento sobre su ex esposo y le sonrió de vuelta al hombre que tenía en frente.

—¿Te gustan los caballos? —le preguntó ella algo más relajada.

Y bastó esa pregunta para entablar conversación.

Pero a pesar de querer sacar a Franco de su cabeza, no podía evitar comparar a Albin con su ex esposo. El español tenía las manos algo más pequeñas; sus ojos, aunque de color, no podían compararse al azul profundo de Franco; aunque era mucho más alto que ella, estaba segura que Franco era unos centímetros más alto; y su aroma no se parecía en nada a ese olor a cuero y perfume amaderado que el ojiazul solía llevar en la piel.

De todas formas, admitía estar pasando un buen rato. Sara se vio riendo de manera natural a los chistes de ese hombre, quien afortunadamente no tenía problemas para hacer la conversación fluir. Se vio a si misma abierta a sus cumplidos, sonrojándose cuando algún intercambio de palabras se ponía picante, y supo entonces que coquetear no se le daba nada mal cuando el hombre era el correcto.

Y Albin parecía ser el hombre correcto para empezar a olvidar a Franco.

Él claramente estaba interesado, se lo dejaba saber con cada piropo y contacto físico que hacía con ella. Acariciaba su mano cada vez que podía, y cuando la sacó a bailar una suave balada noventera que sonó ya entrada la noche, su mano se posó un poco más abajo de donde la decencia lo permitía.

La experiencia de tener a un hombre tan cerca de nuevo no fue como se lo imaginó, y no podía decidirse si esa era una afirmación positiva o negativa. Su mente estaba en una constante dualidad, donde una parte lo estaba disfrutando al máximo, mientras la otra no dejaba de recordarle que quien la acompañaba no era Franco. Y ambas voces la siguieron incluso cuando Albin la invitó a su departamento.

Había aceptado ir porque se dijo que se lo debía a ella misma, el solo hecho de pensar en ser una mujer triste esperando el imposible retorno del amor de su vida no le hacía mucha gracia, y había aceptado siendo muy consiente de lo que significaba esa decisión. Nadie la había obligado.

«Solo tú misma», se recordó.

Y de verdad lo estaba pasando bien. Sus labios reaccionaron a los besos del español con el mismo fervor con el cual eran besados, su piel se erizó cuando sus manos masculinas la tocaron, y su boca gimió ante el placer que sintió entre las sábanas.

Pero incluso cuando tuvo el orgasmo más satisfactorio de los últimos dos años, no pudo evitar pensar que quien se lo había dado no había sido Franco.

Esta constante división, como si fueran dos Saritas dentro de un solo cuerpo, le hizo preguntarse:

«Dios mío, ¿qué acabo de hacer?»

Trató de relajarse, de recordarse así misma que no hizo nada que no haya querido, que estaba ahí luego de haber trazado algo así como un plan para poder pasar página y dejar el pasado atrás y que dicho plan le había funcionado. Bueno, una parte había funcionado. Sabía que dejar ir a Franco le costaría trabajo, pero al menos ya había dado el primer paso que era abrirse a nuevas posibilidades, a nuevas aventuras. ¿Cómo era que le decía Gaby?

Ah, sí.

"Ábrete al amor de nuevo, mami".

Pero no esta noche, se dijo.

Ni bien Albin se acomodó a su lado cuando Sarita ya se levantaba de la cama de un salto. El español la miró confundido, pero la castaña no sabía qué decirle. ¿Gracias? Descartó esa idea con una sacudida de su cabeza. ¿Qué dice uno antes de salir corriendo de una cama ajena?

—¿Sara?

Albin no se había movido de su lugar, y Sara no se detuvo ni a mirarlo mientras recogía su ropa del suelo. Sentía una opresión en el pecho que poco a poco agarró fuerza y se expandió por su tórax, la garganta se le cerró y respirar se convirtió en una tarea casi imposible.

—Tengo que irme— fue lo único que pudo decir.

El corazón se le había acelerado, y a pesar de que un sudor frío le brotó de los poros, sentía su cuerpo arder.

Ya no sabía a ciencia cierta lo que estaba haciendo, como en modo automático seguía buscando las prendas que le faltaban y el suave pitido en sus oídos no le permitieron escuchar el murmurar de las sábanas contra la piel del español cuando este se paró de la cama. Recién fue consciente de su alrededor cuando sintió cómo la mano de él agarraba la parte superior de su brazo sin mucha fuerza.

—Ven, respira conmigo.

No entendió a qué se refería sino hasta que Albin la obligó a mirarlo, cada una de sus manos en sus mejillas para dirigir su mirada hacia él. Instintivamente siguió la instrucción dada sin desviar los ojos de los de él, su vista puesta en una pupila y luego en otra sin poder decidirse cual mirar. Al principio no identificó lo qué estaba ocurriendo, aunque la sensación que querer salir corriendo de allí le indicó que algo ocurría en ese momento; pero cuando le costó seguir el pausado ritmo de la respiración de él, se percató que la suya propia estaba acelerada, tan superficial que por un segundo temió hiperventilarse.

—Eso, toma aire. —Él tomó aire junto a ella, indicándole el tempo con paciencia, inhalando hondo.

Y así mismo la guio en la exhalación.

Repitió el acto varias veces; Sarita no supo cuánto tiempo había pasado exactamente, pero para cuando ya respiraba normal y su cuerpo y mente volvían a coordinarse, sintió una vergüenza profunda.

Había dejado que la histeria la consumiera y casi tuvo un ataque de pánico frente a un desconocido.

Estando desnuda.

Se sonrojó todavía más, y aunque, nuevamente, quiso salir corriendo de ahí, se encontró petrificada en el puesto. Como cada vez que un ataque de pánico se apoderaba de ella, su cuerpo quedaba como congelado, inerte.

Se dejó guiar por Albin hasta la cama, donde la sentó en el borde para luego sentarse al lado de ella.

—¿Mejor? —Sarita asintió sin poder mirarlo a los ojos—. ¿Necesitas algo?

«¿Recuperar mi dignidad, tal vez?» pensó, pero lo que salió de su boca fue distinto.

—Cubrirme.

—Claro.

Ni diez segundos después, el español le entregaba un suéter lo suficientemente grande como para taparle todo lo necesario. Sara notó el aroma del detergente en la prenda cuando se lo colocó, primero la cabeza y luego los brazos, y a penas terminaba de acomodarse las mangas cuando Albin le pasó un vaso con agua.

—Lo siento mucho —susurró la castaña luego de tomar un sorbo.

—Ey, no hay nada por lo cual disculparse. Todos tenemos nuestros momentos. ¿Segura que estás mejor? —Sarita asintió, y recién en ese momento notó que Albin se había puesto un pantalón de pijama.

El silencio los envolvió nuevamente. La castaña, incómoda sin saber qué decir, rio sin gracia, sintiéndose patética. Albin solo le sobó la espalda y Sarita agradeció el gesto internamente.

Volvió a beber a un sorbo.

—No es primera vez que me pasa, ¿sabes?… Pero sí es primera que hago esto, acostarme con alguien que no sea mi esposo.

De reojo notó la reacción de sorpresa del español, y rápidamente se corrigió.

—¡Ex!… Ex esposo.

Albin la miró con real atención y vio en sus ojos un sentimiento que reconoció de inmediato, pues lo había visto en sí mismo muchas veces al verse al espejo. Sin decir nada, se acomodó contra el respaldo de la cama y con un gesto le hizo la invitación a Sarita para que hiciera lo mismo.

Ella vaciló unos segundos; sin embargo, sin saber muy bien porqué, terminó aceptando. Dejó el vaso en la mesita de noche y se acomodó junto a él, lo suficientemente lejos para no tocarlo, pero lo suficientemente cerca como para no expresar incomodidad.

Aún así, rio ante lo ridículo de la situación. Acababan de tener sexo y ahí estaba él, a segundos de escuchar su triste historia de cómo su esposo la abandonó a ella y a sus hijos sin explicación alguna.

Albin la escuchó atento, sin interrumpir en ningún momento, y Sarita se sintió escuchada por primera vez desde que Franco se fue. Obvio había hablado con sus hermanas, pero por alguna razón no se sentía igual. Tal vez hablarlo con un desconocido, con alguien que no conociera ni a Franco ni a ella antes que todo se fuera al demonio, era la clave.

Se permitió recordar todo, cada detalle de esa madrugada cuando despertó justo antes que Franco saliera por la puerta de la habitación que compartían, cada excusa sin sentido que él dio, cada "tengo que irme" y cada "tengo que dejarlos". Todo lo que sintió cuando días más tardes el abogado de Franco le entregaba los papeles de divorcio con una repartición de bienes que la favorecía totalmente.

Le contó todo, desde los echos hasta sus imaginaciones, cómo se hundió en una depresión de la cual le costó mucho tiempo salir, los kilos que había bajado, cómo sus hijos parecieron apoyarla a ella en vez de ser fuerte para ellos. Y también le contó que lo imaginaba al otro lado del mundo con otra mujer… o muerto, porque todavía no lograba entender que dejara, que abandonara, a sus hijos. Que se divorciara de ella podría entenderlo, pero siempre lo había considerado un padre ejemplar; pero al final del día, también a ellos los había dejado atrás.

Lloró, naturalmente. Y se dejó consolar por ese hombre sobre el cual solo sabía su nombre y su pasión por los caballos. Se dejó abrazar y se permitió seguir llorando.

Para cuando las lágrimas se le secaron, ya casi se acababa el rollo de papel que amablemente Albin le había facilitado, pero se sentía mucho mejor. Con el orgullo por el suelo, sí, pero con un peso menos de encima.

Comprendió ahí, en un cuarto extraño con un desconocido amable, que todo este tiempo le hizo falta un amigo. Y así se lo hizo saber a él.

Albin rio sin una pizca de burla, y chocando su hombro con el propio, le dijo:

—Me encanta que tú seas mi primera amiga en este pueblo. —Sarita rio suavemente con sinceridad, mirándose las manos que nerviosas se movían—. ¿Qué tal si nivelamos esto y ahora te cuento todo sobre mi ex?

Sarita, con ojos brillosos y aún sonriéndole, asintió.

Se acomodó una vez más contra el respaldo y se preparó para ahora escuchar. No lo supo en ese momento, pero se pasaría toda la noche en ese apartamento en el centro del pueblo hablando sobre exes con una persona que acababa de conocer.

¿Quien iba a sospechar que encontraría un amigo en el único hombre con el cual se había acostado además de su esposo?

Sinceramente no ella, ni siquiera en sus más locos sueños.