Las nuevas heridas y pesadillas se escondieron bajo mi piel los siguientes meses y el frío apareció y se marchó con una rapidez que no pude apreciar. Volver con normalidad a mi trabajo del laboratorio fue una obligación algo difícil de manejar al principio, lo intentaba utilizar como herramienta de evasión, pero todo era el mismo círculo del que no podía alejarme. A veces pensaba que era como estar en trance, me movía todos los días de manera motora, como si estuviese programada a ello sin necesidad de pensarlo. Sin embargo, siempre lograba irritarme la falta de concentración que no me dejaba avanzar con la velocidad que me exigían.
No había sido la primera vez que había matado a un hombre, y en la situación en la que me encontraba, no creía que fuese la última. Había sentido alivio que no se me hubiese exigido otra prueba como esa con el paso de los meses, porque eso era algo a lo que nunca me iba a acostumbrar por más que se repitiese. Puede que eso significase que era más humana de lo que pretendía aparentar, pero aún así, no me libraba de la sangre que manchaba permanente mis manos.
No podía pensar en otra cosa, parecía que estaba destruyendo toda mi vida para allanarles el camino para cuando decidiesen acabar conmigo. Había pasado más de un año desde que había vuelto, la nieve se había vuelto a fundir para dejar que todas las sakuras de la ciudad florecieran y empezaba a ser difícil para mí diferenciar quien era Shiho y quien Sherry estos días. Últimamente ni siquiera era capaz de identificarme con ninguna de ellas.
—¿Has acabado? —preguntó Bourbon quedándose en la entrada del laboratorio.
—Dame diez minutos para recoger —pedí sabiendo que debía llevarme trabajo a casa.
No me gustaba sentir que no dejaba de tener niñera, Bourbon y yo seguíamos teniendo nuestras diferencias y alguna que otra contestación de vez en cuando. El ambiente siempre se sentía caldeado en los edificios de la organización y la situación nunca parecía estar ni mejor ni peor, se mantenía tensa e incómoda.
Los proyectos empezaban dejar ver sus progresos, y aunque la cantidad de trabajo no menguase, Bourbon siempre me intentaba transmitir que todo cursaba con normalidad y naturalidad. Imaginaba que seguían necesitandonos de su lado, así que eso seguía siendo nuestra ventaja.
Me pasé casi todo el verano tratando de obviar cualquier pensamiento intrusivo. No hubo más fotografías de mis amigos, ni misiones fuera del laboratorio durante los siguientes dos meses, no sabía bien si era una buena señal o una mala, pero al final había aprendido a confiar en lo que podía a lo que Bourbon decía.
Y no tener noticias, eran las nuevas buenas noticias.
Salimos del edificio cuando recogí todas las cosas y Bourbon condujo la ruta habitual para devolverme al apartamento. La diferencia de esa noche fue que estacionó el coche en vez de hacer una parada rápida.
—Tengo que quedarme hasta que llegue Gin —explicó antes de que tuviese tiempo a preguntar.
Yo asentí y saqué las llaves para abrir la puerta, me descalcé y dejé las cosas sobre la mesa antes de encender las luces y dirigirme a la cocina. Necesitaba un poco de cafeína para continuar el trabajo que había traído para avanzar mientras esperaba a Gin, así que preparé un par de tazas de café y las dejé sobre la mesa antes de abrir el ordenador portátil.
Encendí el televisor para que no se instalase el silencio entre nosotros y yo continué trabajando mientras él escuchaba las noticias con atención. Era consciente de que era necesario estar actualizado y tener conocimiento de las cosas que suceden tanto nacional como internacionalmente, pero odiaba la manera en que el gobierno nos transmitía las noticias, impregnadas y manchadas de sus ideas políticas e intereses. Sin embargo, Bourbon parecía bastante interesado, y por un momento, dejé de teclear para pensar en como debía ser su visión del mundo. Parecía amable por naturaleza y tenía un sentido patriota y justiciero que superaba a Kudo. No conocía mucho de su vida, pero no parecía haber familia, ni amores, ni otro interés que trabajar para un estado que nos contaba las verdades a pinceladas.
No lo comprendía, puede que por eso mismo ellos no podían entenderme a mí. Había aprendido a respetar a Bourbon y a Kudo, pero no podían adornarme sus ideas para trasladarme al que ellos consideraban el lado del bien. Si algo me había enseñado esta guerra que habíamos creado, era el ser humano no es ni bueno ni malo, sino las dos cosas a la vez, el ser humano es capaz del mismo día hacer atrocidades y cosas maravillosas…que por dinero, por un trozo de pan, por un cigarrillo, por una mujer o un hombre somos capaces de hacer cualquier cosa y hacer estallar nuestra trinchera moral. No veía lados distintos en la corrupta actualidad, pero sí que defendía en que cada uno intentásemos sobrevivir como pudiésemos.
—¿Quieres decirme algo? —preguntó Bourbon al notar mi mirada sobre él.
Negué con la cabeza volviendo mi atención al trabajo y desconecté de Bourbon y del ruido del televisor hasta que apareció Gin.
Bourbon se levantó cuando escuchamos el ruido de la puerta y Gin se quedó parado en la entrada del salón cuando lo vio.
—Esto es para ti —comentó Bourbon entregándole un teléfono bastante antiguo, me sorprendió ver el tiempo que hacía que no veía un teléfono con tapa.
—¿Todo bien? —preguntó Gin de vuelta a la vez que lo guardaba en uno de los bolsillos de su gabardina y giraba la mirada para verme trabajar.
Bourbon asintió sin decir nada y recogió sus cosas antes de dirigirse a la puerta para marcharse.
—¿Quieres café? —pregunté sin molestarme a preguntar sobre ello a la vez que recogía la taza de Bourbon.
Negó la cabeza mientras me dirigía a la cocina y volví al salón observándole quitarse la gabardina.
—Tienes sangre —comenté acercándome a él al ver las manchas.
—No es mi sangre —respondió tratando de quitarle importancia antes de dirigirse al baño.
Podía seguir trabajando mientras volvía, pero decidí seguirle y preparar el agua caliente mientras se acababa el cigarro. No es que él no fuese capaz de hacer las cosas por su cuenta, simplemente me gustaba saber que todavía podía hacer algo agradable por alguien, puede que fuese un rasgo nostálgico que me había dejado esa convivencia con el profesor durante mi tiempo siendo Haibara o porque me gustaba calmar la seriedad de Gin por unos pocos segundos.
De dirigí a la puerta para dejarle un poco de intimidad, pero él me frenó para pasar sus manos por mi espalda y juntarnos en un abrazo. A primer momento me sorprendí, pero no tardé en devolverle el abrazo y enterrar mi cabeza en su pecho. No sabía si era por su olor, por las manos que me apretaban a él o porque últimamente mi estabilidad emocional se mantenía con un hilo, pero empecé a llorar sin darme ni cuenta.
No era de las personas que soñaban por las noches, puede que fuese porque mi mente trataba de bloquear cualquier indicio de pesadillas, pero era algo que solo ocurría de vez en cuando, como un suspiro que me permitía relajarme entre todos esos mal sueños.
La felicidad de poder ver la silueta de Akemi sonriéndome, aunque solo se tratase de un recuerdo, me llenaba de felicidad, y al mismo tiempo me llenaba de nostalgia. En los sueños también lloraba, no por miedo, pero sí por tristeza.
Bajé la mirada para observar la taza de café que había entre mis manos y volví a alzarla para contemplar el brillo de la mirada de Akemi. Era demasiado real, pero yo sabía que era un sueño y en cuanto intenté agarrar sus manos y sentir su calor, el fondo y las paredes de nuestro alrededor empezaron a oscurecerse, y su silueta desapareció para volver a dejarme completamente sola. La calidez me abandonó y una sensación de malestar saqueó mi cuerpo a la vez que el olor a sangre abrumaba el ambiente.
Miré a un lado y a otro sin poder ver nada con claridad y al segundo siguiente sentí la lija de una lengua sobre mi cuello y el decorado de mi alrededor me llevó de nuevo a la habitación de aquel hotel. Podía escuchar en susurros la voz vacilona de aquel hombre y empecé a sentir las manos calientes y pringosas por la sangre. Las froté tratando de limpiarlas, pero solo conseguía que apareciese más.
Apreté los ojos con fuerza intentando despertar y me asusté al notar una mano sobre mi hombro.
—Todo estará bien, Shiho.
—Akemi…
Mis ojos se abrieron nuevamente con miedo de no ser la persona que me encontrase al abrirlos y un suspiro de alivio se escapó de mis labios al ver de nuevo su silueta. Sin embargo y por la poca de mis suertes, esa sensación de bienestar duró apenas un instante y mis ojos se abrieron con terror al ver la sangre que manchaba su camisa. Había demasiada sangre y se empezó a mezclar con el rojo de mis manos cuando me acerqué a intentar socorrerla. Su piel palideció y el brillo de sus ojos empezó a desaparecer por más que suplicase y tratase de taponar la herida.
El ruido del seguro de un arma me hizo girar la cabeza y apreté los dientes con fuerza cuando vi a Gin sujetar el gatillo con esa sonrisa de satisfacción. Gruñí e incliné mi cuerpo tratando de proteger el cuerpo sin vida de mi hermana, sin apartar ni un solo momento la mirada.
—Es tu turno, Sherry —pronunció apretando el gatillo sin que la sonrisa abandonase su rostro.
El sonido del disparo logró despertarme y salí de la cama casi tropezando con las sábanas para correr hacia el baño y abrir la tapa del inodoro antes de que mi estómago decidiese devolver la cena. Todavía notaba el hedor a sangre y eso solo conseguía provocarme más náuseas.
—Sherry, ¿estás bien?
—Apártate de mí —dije con la voz ronca, pero dura.
Aparté su mano con un desprecio que no pude controlar y volví a inclinar la cabeza vaciando lo poco que quedaba en mi estómago. No me giré para mirarle, pero me di cuenta como Gin se apartaba y volvía a la habitación sin volver a abrir la boca y me sentí algo mal por haber sido tan brusca, pero el olor a sangre siguió revolviendo mis tripas y olvidé ese problema para concentrarme en apartar la pesadilla de mi cabeza y tratar de mitigar ese malestar. Tiré de la cadena y me quedé sentada apoyando la espalda en la pared cuando sentí que mi estómago se calmaba, sufriendo un escalofrío al sentir el frio de las baldosas contra mi piel. Cerré los ojos concentrándome en el sonido del latido de mi propio corazón y a los minutos volví a sentir cerca la presencia de Gin aun sin abrir los párpados.
—¿He de llamar para avisar de que hoy no irás al laboratorio? —preguntó sin cruzar el marco, con un tono más prudente.
—No hace falta, estoy bien —respondí abriendo los ojos antes de lentamente.
Él asintió y volvió a desaparecer, esta vez en dirección a la cocina. Yo volví a la habitación después de lavarme la cara y cepillarme los dientes y recogí mi teléfono percatándome de que ya eran las cinco de la mañana. Decidí vestirme y me dirigí a la cocina para sentarme en uno de los taburetes. Gin me recibió en silencio, con una taza de té y su habitual seriedad en su rostro.
—Si estás enferma no deberías salir a trabajar.
—Estoy bien —repetí acercando mi taza para dar un corto primer sorbo—. Ha sido solo una pesadilla, no es nada.
—Bébete el té, te sentará bien —comentó sin querer indagar, volviendo su atención a su propia taza.
Nos pasamos los siguientes minutos en silencio y yo avisé a Bourbon para que me recogiese más pronto con la esperanza de marcharme antes del lugar.
Gin apagó el televisor después de escuchar las primeras noticias de la mañana y agarró su sombrero nada más ponerse la gabardina.
—Yo tengo que salir, ¿estarás bien? —preguntó a la vez que comprobaba la munición de su beretta.
Ver su pistola hizo que un escalofrío recorriese mi cuerpo con el recuerdo de la pesadilla y mi mirada volvió a evitarle a la vez que apretaba los labios.
—¿Sherry?
—Claro, Bourbon debe estar por llegar —respondí intentando sonar lo más natural posible.
Él volvió a asentir y me quedé con el sonido de la puerta cerrarse y un sorbo de té más que frío.
Bourbon apareció a los quince minutos después y yo me puse a ojear las redes sociales mientras nos dirigíamos al laboratorio. Nunca compartía ni interfería, pero era una manera para poder observar que sucedía en el mundo real, aunque a veces era poco fiable.
Sonreí al leer que Higo jugaría el próximo partido de los Big Osaka y fui deslizando el dedo ignorando la mayoría de publicaciones que más bien me interesaban bien poco. Frené el dedo al ver la sonrisa de Shinichi en una de las imágenes y me sorprendí al leer el titular.
—¿Kudo y Mouri se han casado? —pregunté bloqueando la pantalla del teléfono para girarme a mirar a Bourbon.
—Eso parece —contestó sin más.
Aparté la mirada para observar el exterior de la ventana y apoyé el codo mientras mi mente volvía a pensar en el amigo de mi falsa infancia.
Era imposible negar el amor que sentía Shinichi por Ran, pero esa inesperada boda me había dado que pensar. Me sentía feliz por ellos, y a la vez, sentía que yo parecía haber sido el único obstáculo para que ellos dos pudiesen llegar a ese punto. Y eso me hizo fruncir el ceño con el sabor de la culpa.
Volví a desbloquear el teléfono y busqué su perfil sabiendo lo peligroso que era cada movimiento que estaba haciendo. No había muchos detalles de la boda por los medios, pero él mismo había compartido una imagen de Ran vestida con un precioso vestido blanco.
Me entraron unas ganas repentinas de escribirle y de decirle lo feliz que me sentía por él, pero acabé frenando mis dedos al percatarme de que había empezado a teclear el mensaje. Bloqueé el teléfono y lo guardé dentro de mi bolso para no volver a sentirme tentada y lo intenté apartar de mi cabeza concentrándome en los coches y la gente que veía por la ventana.
Las semanas pasaban con mucha rapidez cuando la vida consistía en ir de casa a un laboratorio todos los días, sentía que perdía la noción del tiempo, y a veces, cuando me acordaba de Conan o de Haibara, lo veía como si solo hubiese sido un sueño.
Encendí las luces del laboratorio y preparé un poco de té mientras preparaba la maquinaria.
—¿Hoy te vas a quedar de ayudante en el laboratorio? —pregunté al notar que Bourbon todavía seguía aquí.
—Tengo cosas que hacer, pero todavía es algo pronto —respondió brevemente a la vez que se paseaba por el laboratorio con el rostro curioso, acercándose a los cuatro ratones que había en jaulas en uno de los extremos del laboratorio —. ¿Solo tenéis estos cuatro?
Me acerqué a su lado para retirar uno de los ratones que había muerto esa noche y ponerme a alimentar a los demás—. Trabajamos con diferentes tipos de animales o personas según lo que requiera la investigación y la fase del proyecto —expliqué poniéndome los guantes antes de ponerme a preparar una jeringuilla —. Estos tres son los que han tolerado la primera dosis experimental.
Bourbon asintió mientras me observaba agarrar a uno para implantarle la segunda dosis modificada. El roedor se intentó librar de mi agarre y empezó a emitir pequeños gritos cuando clavé la aguja.
Lo dejé de nuevo en la jaula y miré la hora exacta en el reloj antes de observar la reacción del animal. El pequeño animal no tardó en reaccionar a la sustancia y empezaron a aparecer todos esos signos que no quería que aparecieran. El animal me suplicaba e intentaba arañar el cristal de su jaula para lograr una liberación que nunca iba a tener, y al minuto siguiente, su corazón dejó de latir a la vez que su cuerpo se quedaba boca arriba con las piernas tiesas. Suspiré derrotada y agarré el cuerpo del animal que todavía seguía caliente para intentar encontrar una solución en una pequeña autopsia.
Observé a Bourbon cuando dejé al animal sobre una de las mesas de trabajo y sonreí ligeramente al notar cierta inquietud en su rostro.
—Esto no parece muy distinto a cuando yo recibo órdenes para acabar con alguien —comentó con el ceño fruncido.
—Solo hay una diferencia clara…que cualquier ser humano es egoísta y avaricioso por naturaleza, sin embargo, los animales solo nos atacan por instinto de supervivencia. Tengan sentimientos o no, ellos son mejores que nosotros.
—Entonces, podrías haber decidido hacerte veterinaria —bromeó él.
—Intento hacer solo las pruebas estrictamente necesarias con animales pese a las decenas de protestas de recibo de arriba. Es un trabajo duro, pero vale la pena si por casualidad damos con la cura de una enfermedad como el cancer, ¿no crees? —intenté explicar aun sabiendo que en ese laboratorio no había ningún proyecto activo parecido a nada de eso. Mi trabajo era más retorcido, y el noventa por ciento de las veces, trabajaba con venenos y otras substancias dañinas. Pero eso no quitaba la razón de mis verdaderas intenciones —. Me gusta la ciencia, siempre ha estado en mi vida de una manera u otra. Supongo que es lo que mejor sé hacer…
Me incomodó un poco ver como Bourbon me miraba fijamente sin saber bien que podía estar pensando e intenté centrarme en mi trabajo. Intenté agilizar el proceso con rapidez para poder dirigirme al ordenador y centrarme en otra parte del proyecto, pero en cuanto el bisturí se manchó de sangre, el malestar de esa mañana volvió.
—¿Te encuentras bien? —preguntó agarrando mi mano para que soltase el bisturí —. Estás blanca.
Solté el bisturí a la vez que cortaba el agarre y me dirigí a su escritorio para beber de mi taza y evitar mirarle. Un par de mis compañeros aparecieron justo en ese momento y agradecí esa momentánea suerte. Los mandé a relevarme y me dirigí al ordenador para apuntar todos los datos que había obtenido.
—¿Necesitas hablar con alguien? —preguntó Bourbon volviendo a acercarse a mi lado.
—Te están llamando —respondí cambiando de tema al escuchar la vibración de su teléfono —. Puede que vaya siendo hora de que te marches.
Bourbon asintió y se marchó sin objetar antes de contestar a la llamada y yo suspiré más aliviada de recuperar parte de mi privacidad. Agarré la taza con un poco más de fuerza al notar que las manos me seguían temblando ligeramente.
No tenía que tener una carrera de psicología para saber que todo ese mundo me había afectado de una manera u otra. Las pesadillas que no dejaba de vivir y la constante guardia con la que me movía eran señales de ello. Algunos lo llamarían shock post traumático, otros me catalogarían como psicopatía e incluso Shinichi sería capaz de relacionar mi relación con Gin con el síndrome de Estocolmo. ¿Cuál de todas las mentes privilegiadas se suponía que tenía la razón? Porque yo, lo único que sentía con certeza, era que sentía el alma rota.
Shinichi abrió los ojos a la vez que bostezaba con algo de cansancio y seguidamente sonrió a percibir el perfume de Ran y su respiración contra su pecho. El cielo empezaba a despertar con el rosado de amanecer, y aunque Shinichi estaba seguro de que no le costaría volver a conciliar el sueño, decidió apartar con cuidado el cuerpo de Ran para ponerse unos pantalones y salir a la terraza del hotel para notar la fría brisa primaveral.
Observó con tranquilidad la torre Eiffel y observó desde ese ático las diminutas personas que empezaban su día paseando por las calles. Él no era un gran admirador de esas ciudades y mentiría si dijese que no hubiese preferido la ciudad de su preciado detective para su luna de miel, pero conocía lo romántica que era Ran para estas cosas, y si París era la ciudad del amor, no podía decepcionar a su mujer en su primer viaje. Sabía que no era un tipo romántico y que esas ciudades se lucraban de los mismos mensajes que transmitían, pero su prioridad era ver a Ran sonreír y si tenía que pagar el doble o el triple por una habitación, lo haría con gusto.
Habían recorrido un par de ciudades antes de llegar a París y todavía les quedaba visitar Roma. Había sido un plan algo aventurero escoger varios destinos en vez de pasar dos semanas tranquilas en una misma ciudad, pero no podía decir que no lo estaba disfrutando. Después de todo el tiempo que había invertido en su trabajo, le hizo darse cuenta no había invertido el necesario en su propia pareja, y disfrutaba de aprender algo de todos los lugares que visitaban.
Sus padres y amistades más cercanas se habían sorprendido cuando comunicaron su compromiso, apenas tenían veinte años y una larga vida que caminar. Shinichi lo entendía, pero también sabía que, si no se casaba con Ran en ese momento, lo haría en cinco o diez años. Nada cambiaría. Había decidido hacerlo para conseguir atraer felicidad a la oscuridad que les estaba rodeando. Quería ser su abrigo, su amigo y su marido, y con el tipo de trabajo que tenía, no quería dejar pasar el tiempo sin más. Sabía que algunos lo llamaban loco, pero era lo que quería. La quería a ella.
Comprobó la diferencia horaria antes de hacer una llamada y apoyó el codo en la barandilla mientras esperaba.
—Esperaba no saber nada de ti estos días —respondieron ntes de que diese el tono final —¿Cómo estáis?
—Estamos bien, ya sabes que europa es un mundo distinto a Japón —respondió tratando de peinar mi pelo con los dedos —. ¿Y tú, Akai? ¿Algo interesante que haya sucedido con mi ausencia?
Lo escuchó reír desde el auricular.
—Nada interesante que comentar, aunque tú deberías concentrarte en tu viaje de novios y apartar el trabajo estos días, como sé que prometiste a Ran.
—Sí, lo sé —contestó rodando los ojos.
—Entonces ve al grano, y dime, ¿a que debo el privilegio de esta llamada? —preguntó sabiendo que Shinichi no solía llamar para pasar el rato.
—Tengo una cita con una mujer cuando llegue a Tokio —explicó sintiéndose cazado.
—¿Una cita? Todavía estás de luna de miel, ¿y ya estás pensando en engañar a tu mujer? No es propio de ti, Kudo —se atrevió a bromear Akai.
—No digas esas cosas, no tengo intención de engañar a Ran, ni ahora ni nunca. Ya sabes que aunque hable de una mujer no me refiero a ese tipo de citas —se defendió intentando controlar el sonrojo de sus mejillas, carraspeando la garganta sabiendo que sus siguientes palabras confundirán por completo a su compañero —. Te sorprenderá reconocer su nombre…
