Gracias a mi cómplice Li por su lectura previa. Los errores siguen siendo míos.


Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer, la trama pertenece a mi imaginación.

Capítulo 8

Edward

¿Y si por fin doy un paso?

Pudiera acercarme, rodearla con mis brazos, respirar su mismo aliento, probablemente inclinarme un poco, solo unos centímetros y…

― ¿Quieres ser mi novia?

En mi mente no se escuchaba tan mal mi voz estrangulada y cargada de necesidad.

Pateé las sábanas y decidí salir de la cama.

Tenía la determinación de que hoy pudiera declararme.

¡Tú puedes, campeón!

.

.

Bella

La puerta se abrió con un suave chirrido metálico, como si hubiera invocado un hechizo de alivio, vi aparecer a Edward. Su cabello revuelto, los lentes un poco torcidos y una carpeta negra en la mano. Siempre parecía llegar con una pequeña tormenta sobre los hombros, pero era una tormenta mía. Solo mía.

— Buenos días —saludó, un poco agitado—. Disculpen el retraso, los contratistas querían confirmar los materiales de la pérgola sur.

Mi cuerpo se relajó sin que me lo propusiera. Lo miré detenidamente. Y algo dentro de mí volvió a acomodarse.

— Perfecto —comenté,dándole una sonrisa que tal vez duró más de lo normal.

James se giró también fingiendo entusiasmo.

— Edward, muchacho, justo hablábamos de lo bien que está quedando la zona del spa. Tu socia tiene mucho talento ―se relamió los labios mientras me recorría con su lujuriosa mirada― y mucha presencia.

Se giró hacia Edward y le lanzó una mirada cargada de desdén. Edward sin embargo, no reaccionó de inmediato. Asintió despacio, dejando la carpeta sobre la mesa mientras me ofrecía una mirada rápida. No fue una mirada romántica, ni de complicidad. Fue una evaluación. De esas que te atraviesan con sigilo.

— ¿Todo bien? —me susurró mientras desplegaba los planos junto a mí.

Asentí. Ocultando mi verdadera molestia, probablemente normalizar tanto el acoso laboral no era la mejor salida, sin embargo por el momento no había opción.

— Sí, todo bien. Solo lo estaba poniendo al tanto de los ajustes en los puntos de luz natural. El señor Witherdale quiere reforzar la iluminación en el pabellón del spa sin perder el efecto sombra del techo a dos aguas.

James resopló con falsa modestia desde su silla.

— Ya sabes, Edward, solo sugerencias de cliente. Pero Bella lo explicó todo muy bien. Con pasión, diría yo.

No pude evitar tensarme. Sentí los nudillos de mi mano volverse blancos al sujetar el lápiz. Edward no dijo nada. Solo bajó la vista al plano y empezó a trazar líneas imaginarias con el dedo índice. Aunque podía apreciar tensión en su mandíbula que parecía estar intrincada.

Lo conocía lo suficiente.

No lo enfrentó. No le dijo nada. Pero en sus silencios se estaban construyendo columnas.

— Quizás podríamos mover la orientación del tragaluz —propuso, su voz más firme—. Y así evitamos saturar el espacio de calor al mediodía. ¿Qué opinas, Bella?

— Estoy de acuerdo —respondí de inmediato—. Puedo redibujar esa sección. Tengo una idea con listones de madera paralelos que funcionan como filtro. Minimalista y funcional.

Él asintió. Me dedicó una sonrisa tierna. Fue suficiente para recordarme por qué me gustaba tanto trabajar con él.

La reunión continuó entre datos, cálculos y silencios espaciados. James volvió a ser el cliente formal y yo hice el papel de la arquitecta que no deja que le tiemble la voz. En cambio Edward, él sabía. Tal vez no los detalles, tal vez no las palabras exactas, pero lo sabía. Lo sentía en mi tono. En cómo esquivé las miradas. En cómo mis dedos nunca dejaron de apretar el lápiz.

Y cuando todo terminó, cuando James finalmente salió de la sala con su perfume y su ego triturado, Edward se acercó con calma.

— ¿Puedo preguntarte algo?

— Lo que quieras —dije, fingiendo revisar una hoja.

— ¿Te incomodó algo de lo que dijo?

Tardé en contestar. El lápiz ahora estaba plano entre mis dedos.

— Un poco —admití al fin—. Pero está bien. No pasó nada.

— No debería pasarte eso. No estás aquí para soportar esas cosas —murmuró, con la voz más seria de lo habitual—. La próxima vez que ese tipo se pase de la raya, me lo dices. ¿Sí?

Lo miré. Con el corazón haciendo cosas raras.

— Lo digo en serio, Bella —agregó—. No estás sola en esto.

Y por un segundo, solo por uno quise olvidarme de la arquitectura, del spa, de Miami, del mundo entero y solo quedarme ahí. En ese espacio entre sus palabras.

No respondí, mis hombros cayeron.

Porque todavía no sabía qué hacer con lo que Edward me hacía sentir.

.

Me deslicé entre las sábanas blancas del hotel, con el rostro limpio, el cabello húmedo y una bolsa de cheetos flamin hot abierta sobre la cama. El aire acondicionado zumbaba de modo fastidioso mientras revisaba por quinta vez el plano de la pérgola.

Suspiré. Cerré la laptop. No tenía cabeza para pensar en muros ni en tragaluces.

El teléfono vibró a un lado. La imagen de Renata apareció en la pantalla.

Respondí sin pensarlo.

— ¿Sigues despierta? —preguntó al segundo tono, sin siquiera saludar.

— A menos que este soñando ―me burlé― creo que estoy despierta.

— ¿Qué haces?

— Comiendo cheetos. Estoy derrotada.

— Ugh, eso suena a miércoles. ¿Edward también está muerto?

Rodé los ojos aunque ella no pudiera verme. Y empecé a chuparme los dedos quitándome la deliciosa costra roja que había había las puntas.

— Seguramente. Fue un día largo. Nos tocó reunión con el cliente, ajustes de último minuto y visitas a obra. Sol y humedad. El combo perfecto para querer renunciar.

— ¿Y qué tal el famoso resort? —preguntó con tono de curiosidad contenida—. ¿Sigue siendo tan lujoso como en las fotos?

— Más. Y más caro. Le están invirtiendo demasiada plata, tendrá mármol hasta en los marcos de las puertas. Ya sabes, serán de esos que te hacen sentir pobre hasta con zapatos nuevos.

Renata soltó una carcajada que me hizo sonreír.

— Bueno, ¿y Edward? ¿Sigue con esa carita de cachorro asustado y los lentes caídos?

— No seas cruel —dije.

— No lo soy. Es un halago. Ya sabes que me parece adorable. Pero vamos, Bella, estás viajando con él. ¿No ha pasado nada digno de contarme?

Cerré los ojos con una mezcla de cansancio y resignación.

— Renata ―advertí―, me quiero dormir.

— ¿Qué? Estoy viviendo a través de ti. Aquí en Chicago solo veo planos y compañeros con halitosis. Dame algo, no sé, quizá una información distinta.

Me acomodé en la almohada, mirando el techo con una sonrisa tonta.

— Mira, ha sido agradable. Trabajar con él siempre lo es. Es muy respetuoso, detallista, incluso dulce a veces. Pero ya sabes cómo es.

— ¿Torpe y educado?

— Exacto.

— ¿Y eso no te encanta?

Me mordí el labio inferior. ¿La respuesta corta? Sí. Pero no era tan simple.

— Me parece, entrañable.

— Ay, Dios mío, dijiste entrañable como una señora que habla de su gato —bufó—. Bella, me niego a aceptar eso. Estás evitando el tema.

— No estoy evitando nada. Solo que no hay tema. Estamos trabajando.

— Sí, sí trabajando. En la playa. Compartiendo cenas. Miradas casuales sobre planos mal impresos. Suena muy laboral.

Reí.

— Renata, en serio, Edward es… él es diferente.

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

— ¿Diferente cómo?

— No lo sé. Como si nunca estuviera intentando impresionarme. Solo es él mismo. No hay máscaras, ni poses, ni ese aire de mírame lo increíble que soy que tienen todos los demás.

— Entonces te gusta.

— Renata ―alcé la voz.

— Te gusta ―afirmó―. Por mí no hay problema, eh.

— Buenas noches, Renata.

— Te gusta y no lo quieres admitir.

— Duerme, ya.

— Mira, solo prométeme una cosa —dijo, ahora en tono más suave—. Si alguna vez Edward da un paso, aunque sea uno chiquito, no huyas.

— No estoy huyendo.

— Claro que no. Solo corriendo en círculos —exhaló.

Ambas reímos. Fue una risa real. Una que sentí más abajo del pecho.

— Buenas noches, Ren —le dije finalmente con el corazón un poquito más liviano.

— Buenas noches, arquitecta necia —se burló, colgando sin esperar respuesta.

Me quedé un momento más mirando el techo antes de soltar una largo suspiro. De esos suspiros que salen del alma y te quitan el aliento.

Y aunque no lo admitiría ni bajo amenaza, en mi mente Edward Cullen acababa de sonreírme otra vez.

Una amplia sonrisa se mantuvo en mis labios mientras rodaba por la cama.

.

.

El viaje estaba por terminar.

Lo sabía por el tono de los correos que llegaban con urgencia desde la oficina en Chicago. Lo sabía por el cansancio en las ojeras de Edward. Y lo sabía porque sin quererlo, empezaba a hacer maletas en mi cabeza.

Habíamos sobrevivido a reuniones, visitas a obra bajo el sol implacable, cenas improvisadas y miradas robadas a través de planos.

Y contra todo pronóstico, había llegado el día de la cita.

Edward me había enviado un mensaje por la tarde, con una dirección y dos palabras: Esta noche.

No decía más, pero bastó para que mi estómago diera un giro raro. Una mezcla entre nervios, emoción y algo más profundo que no quise nombrar.

No tenía idea de qué ponerme, así que me decidí por un vestido color marfil, suelto y ligero, con la espalda descubierta. Nada demasiado llamativo, aunque el escote insinuado me parecía osado incluso para mí. Me dejé el cabello suelto, húmedo por la ducha, cayendo como olas sobre los hombros. Un labial suave. Perfume apenas.

Cuando bajé al lobby, Edward ya estaba allí.

Vestía una camisa azul oscuro, de lino, con las mangas arremangadas hasta los codos y el cabello más rebelde de lo normal. Al verme, se quedó completamente quieto, con la mirada detenida como si se le hubiese olvidado respirar.

— ¿Estoy bien así? —indagué en una forma discreta.

Asintió torpemente, tragando saliva.

— Estás ―sus ojos se ampliaron― wow.

Sonreí. Había algo increíblemente tierno en que no supiera ni siquiera halagar con soltura. Como si le costara creer que pudiera estar allí con él.

Fuimos caminando hacia el restaurante.

Estaba junto a la costa, con mesas al aire libre, faroles de luz cálida y música suave de fondo. Un lugar casi escondido, sin pretensión. Pero con vista directa al mar.

Varias miradas se giraron hacia nosotros, bueno, más hacia mí para ser honesta y sentí esa tensión incómoda de ser observada. Aunque no por inseguridad sino porque él también lo notó.

Edward frunció apenas el ceño, como si quisiera interponerse entre mí y el mundo.

— Creo que todos te están viendo —murmuró mientras me ayudaba a sentar.

— ¿Y eso te molesta? —pregunté, mirándolo con un dejo de juego.

— Solo si te lo crees demasiado —replicó con media sonrisa.

Reí suavemente. Él también y de repente el mundo volvió a ser solo nuestro. Nuestra burbuja.

La cena transcurrió entre anécdotas; recuerdos del primer día de trabajo, risas contenidas, me mostró fotos de Anthony y me dijo que le llamaba todos los días, quedamos en que llegando a Chicago iría a conocer a su abuela y de pronto las conversaciones cesaron y esos silencios cómodos que solo ocurren cuando estás justo donde quieres estar.

En algún momento mientras hablaba sobre su primer proyecto como arquitecto, lo miré de lado.

Y me di cuenta de que me sabía cada arruga de su sonrisa.

Que podía anticipar el movimiento exacto de sus dedos cuando se ponía nervioso.

Que había algo en su voz, algo cálido y genuino, que se me había colado muy hondo sin pedir permiso.

— ¿Qué pasa? —preguntó al notar que lo observaba.

— Nada —mentí.

Pero lo que no dije fue que ese nada estaba empezando a parecerse demasiado a un todo.

Y que, aunque el viaje terminara pronto, algo había cambiado entre nosotros.

Algo que no iba a caber en la maleta de regreso.

― Debemos regresar a dormir ―me indicó, sacándome de mis pensamientos.

.

El ascensor subía lentamente.

Demasiado lento diría yo.

Edward estaba a mi lado, tan cerca que podía sentir el calor de su brazo junto al mío, pero con esa torpeza que le nacía siempre que no sabía qué hacer con sus manos. Las tenía cruzadas, como si intentara contenerse. Como si cada segundo en ese espacio cerrado fuera una especie de prueba de resistencia.

Yo también iba conteniéndome.

Pero por motivos diferentes.

Quería que me besara.

Quería que hiciera algo.

Quería que rompiera ese maldito autocontrol que parecía tener grapado a la piel cada vez que estábamos a solas.

El ruido del ascensor nos sacó del silencio tenso.

Salimos al pasillo alfombrado. Caminamos despacio. Ni muy juntos, ni del todo separados. Sus pasos eran largos y firmes, los míos más pausados, como si no quisiera llegar todavía. Como si ese tramo final hasta mi puerta fuera lo único que nos quedaba del encanto de la noche.

Cuando nos detuvimos frente a la habitación, él se giró hacia mí.

— ¿La pasaste bien? —preguntó.

— Mucho —respondí, sin quitarle los ojos de encima.

Asintió. Bajó la mirada. Luego la levantó, como si dudara. Como si estuviera haciendo un esfuerzo descomunal por no pensar lo que claramente estaba pensando.

Lo observé en silencio.

Las pestañas largas, el leve rubor en sus mejillas, ese gesto de nervios que hacía con la mandíbula cuando estaba al borde de explotar.

Y no supe en qué momento me acerqué. Un paso.

Luego otro.

Hasta quedar tan cerca que podía sentir su respiración chocando con la mía.

No dijo nada. No se movió.

Solo me miraba completamente hipnotizado.

— Edward… —susurré, no porque tuviera algo que decir, sino porque necesitaba romper el silencio o iba a terminar haciendo algo de lo que no estaba segura que pudiera contenerme después.

— ¿Sí?

Su voz salió grave, áspera, tensa.

— ¿No vas a… entrar?

Se quedó mirándome. Trago seco. Sus manos se alzaron como si quisiera tomarme del rostro, del cabello, de los hombros pero al final, no tocaron nada. Se detuvieron en el aire, suspendidas como una duda.

― Bella —murmuró.

Lo vi debatirse. Su cuerpo gritaba algo completamente distinto a lo que su boca intentaba articular.

— Dime, Edward.

— No quiero arruinarlo.

— ¿Arruinar qué?

— Esto. Nosotros. Esta noche.

Tuve que reprimir una sonrisa. Estaba tan nervioso que parecía un adolescente en su primera cita.

— No vas a arruinar nada —grazné, sin apartar la mirada.

Estábamos tan cerca que si me inclinaba un poco más, su boca estaría al alcance.

Y entonces sus manos temblorosas rozaron mi cintura. Apenas un roce. Casi imperceptible. Pero suficiente para electrificarme por completo.

Se acercó. Yo cerré los ojos preparada y exasperada por igual.

Pero su frente se apoyó suavemente contra la mía.

Y así quietos, compartiendo el mismo aliento, estuvimos unos segundos que se sintieron una eternidad.

Por favor, rogué internamente. Estaba necesitada de atención y él parecían no comprender lo que yo quería.

— Buenas noches, Bella —dijo finalmente, con voz rasposa, como si cada palabra le doliera.

— Buenas noches —respondí, con un nudo en la garganta.

Y entonces, con esa elegancia torpe que solo él podía tener, se dio la vuelta y se alejó, sin mirar atrás.

Lo observé hasta que dobló en la esquina del pasillo.

Con el corazón latiéndome en la garganta.

Con la espalda apoyada contra la puerta.

Con las piernas temblando.

Y con la certeza de que me estaba enamorando del hombre más dulce y frustrantemente cobarde del planeta.


Hola, les dije que seguiríamos esta historia. Esta Bella está que muere por Edward y él nos la tiene a dieta, ¿cuanto tiempo creen que podrá aguantar Bella? ¿O prefieren que sea él quien de el primer paso? Me encantaría saber sus opiniones

Aquí los nombres de quienes comentaron el capítulo anterior: Josefina (a mí lo que desanima es el poco apoyo, como autora es nuestro único aliciente y saber que leen pero no escriben, créeme que muchas veces no es suficiente), ALBANIDIA, Daniela Masen, marisolpattinson, Diannita Robles, Katie D B, Pepita GY, Flor McCarty-Cullen, Jade HSos, Dulce Carolina, Noriitha, Tata XOXO, Smedina, Ary Cullen 85, Maryluna, Rociolujan, Sinn Ontiveros, saraipineda44, Lili Cullen-Swan, Cassandra Cantú, Car Cullen Stewart Pattinson, Antonella Masen

Gracias totales por leer💕