Nota de la autora:
ADVERTENCIA: discusión sobre una hipotética agresión sexual que incluye la palabra viol*ción (nada detallado)
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Hermione se despertó temprano al octavo día. Pasó varios minutos revolviendo las perchas de su armario en busca de su blusa entallada favorita. Una vez localizada, se tomó un rato para maquillarse. No por ninguna razón en particular, simplemente le apetecía maquillarse.
4
Debatió por un momento qué desayunar, pero al final volvió a decidirse por los cereales. Estaba de pie junto a la encimera, a medio pelar un plátano para cortarlo por encima, cuando oyó a Malfoy en las escaleras. Un pequeño escalofrío de excitación la recorrió e intentó desesperadamente racionalizarlo en los pocos segundos que transcurrieron antes de que él apareciera.
Sin embargo, cualquier progreso que hiciera se esfumó de inmediato al verle. Estaba otra vez sin camiseta, porque al parecer eso era lo habitual, y esta vez llevaba pantalones de chándal grises.
Hermione hizo lo posible por dedicarle una sonrisa despreocupada.
—Buenos días.
Él le devolvió la sonrisa mientras se acercaba, y ella volvió a mirar la fruta que tenía en las manos cuando él pasó detrás de ella.
Pero no lo hizo. Se detuvo detrás de ella, apoyó las manos en el mostrador y la abrazó. Ella jadeó cuando él se inclinó hacia delante, presionándola contra la espalda. El calor de su piel desnuda la envolvió y dejó caer el plátano mientras él seguía empujando más y más, hasta que el borde de granito se clavó en sus caderas con la fuerza de él detrás de ella. Respiró entrecortadamente cuando las manos de él se deslizaron por debajo de las suyas y le acariciaron el vientre.
—Buenos días, cielo, —murmuró contra su oído.
—N-No me llames así, —jadeó ella, con las palmas de las manos deslizándose contra la fría superficie de la encimera.
Él emitió un zumbido decepcionado mientras con una mano le apartaba el pelo del cuello.
—Es el quinto que rechazas, —dijo con los labios contra su piel—. Me estoy quedando sin cosas que llamarte.
—Siempre queda mi nombre, —le recordó ella.
—¿Hermione? —ronroneó.
Cerró los párpados.
—El otro.
—¿Malfoy? Podría ser confuso.
—Dioses, eres...
Exasperante era lo que había querido decir. Pero lo que salió fue más bien un suspiro ahogado cuando los dedos de él atraparon el dobladillo de su blusa y se deslizaron por debajo. Ella se derritió contra él mientras sus manos le acariciaban la cintura de los vaqueros, el ombligo y las costillas.
—No te preocupes, —dijo, presionando un beso justo debajo de su oreja—, todavía tengo algunos más para probar.
Y luego se fue. Tan rápido como había venido, la dejó tirada contra el mostrador, con los brazos temblorosos y las bragas escandalosamente mojadas.
Sin embargo, antes de salir de la habitación, se detuvo ante la pizarra para poner al día sus progresos. Mientras le veía cambiar el 4 por un 5, no podía creer lo bien que iban las cosas.
Esa debería haber sido su primera pista de que todo estaba a punto de desmoronarse.
—
Unos diez minutos después de terminar de comer, Hermione encontró un resquicio.
Estaba enterrado en una nota a pie de página: una referencia a otra nota en la que el nombre del autor de la obra original estaba mal escrito. Una letra de más impedía que sus hechizos de referencias cruzadas encontraran lo que deberían haber encontrado hacía días.
Hermione pasó las horas siguientes estudiando cada detalle, examinando cada ángulo, determinando exactamente lo que había que hacer. Dejó que la necesidad de información la consumiera por completo, bloqueando todas las emociones confusas que amenazaban con aflorar tras su revelación.
Distantemente, era consciente de que Malfoy probablemente sabía que algo iba mal. Hacía días que no salía de su habitación durante tanto tiempo y no se atrevía a abrir la puerta cuando él llamaba para invitarla a cenar. Ella sabía que él no oiría el sonido de su Desaparición desde su habitación Silenciada, pero una vez que él se diera cuenta de que ella estaba en el jardín trasero, sería dolorosamente obvio que ella había llegado allí sin tener que pasar por la casa y verlo.
Pero no podía preocuparse por eso. Necesitaba espacio para pensar. El tipo de espacio que solo el aire cálido de la noche y el cielo despejado podían proporcionarle.
—
La puntera de su zapatilla rozó un surco bajo el columpio mientras permanecía sentada intentando llegar a algún tipo de entendimiento en su mente. Se agarró a las cadenas como si fueran salvavidas mientras la duda amenazaba con hundirla.
Había pensado que cuando encontrara una salida, la tomaría a toda costa. Haría cualquier cosa, pagaría cualquier precio para tener otra opción además del camino en el que estaba.
Pero esto...
—¿Necesitas que te empuje?
Levantó la vista y vio a Malfoy apoyado en la barandilla. Estaba a contraluz por la brillante luz del porche, ensombreciéndole la cara. Esa fue probablemente la razón principal por la que dijo:
—Claro.
Sus ojos se posaron en el suelo mientras él cruzaba el patio y no volvió a levantar la vista hasta que sus manos le presionaron la espalda. Levantó los pies y dejó que la empujara, mientras el rítmico chirrido de las cadenas se mezclaba con la sinfonía de las cigarras.
—¿Por qué sigues teniendo esto? —preguntó Malfoy.
Supuso que se refería al columpio, y una sonrisa reacia se dibujó en sus labios al recordarlo.
—Mi padre lo construyó para mí cuando era pequeña, —dijo en voz baja—. Antes de que supiéramos cuánto tiempo iba a estar fuera por la escuela. La hermana mayor de Gemma, Shannon, era mi mejor amiga de la infancia, y aún venía a jugar mientras yo no estaba.
Hermione pasó los dedos por los eslabones, ligeramente cubiertos de óxido.
—Fue duro para mis padres tenerme tanto tiempo fuera, —continúo—. Creo que a mi madre le ayudó mucho que siguieran viniendo otros niños. Tenían una especie de política de puertas abiertas con los niños del barrio, y cuando llegó Gemma, trajo consigo a toda una nueva generación.
Malfoy escuchaba en silencio detrás de ella, aun atrapando su impulso contra sus manos y empujándola de nuevo.
—¿Dónde están tus padres?
Hermione tragó saliva. Con lo mucho que había husmeado por la casa, le sorprendía que no hubiera hecho más preguntas antes.
—En Sydney, —respondió—. Australia.
—¿Qué hacen ahí?
Podría haber dicho, siendo dentistas, lo mismo que habían hecho en Inglaterra, pero sabía que no era eso lo que él le estaba preguntando.
—Estar lejos de mí, —dijo—. A salvo de la guerra.
Malfoy debió de empujarla diez veces antes de volver a hablar.
—La guerra terminó hace mucho tiempo, Granger.
—No para ellos.
Podía haberlo dejado así, y por su silencio, quizá Malfoy se lo hubiera permitido, pero las palabras subieron y salieron de su garganta como si el aire quieto y oscuro necesitara tenerlas.
—Sabía que no me dejarían, —explicó—. Y no estarían a salvo si se quedaban. Así que me borré de sus recuerdos y les creé nuevas vidas al otro lado del mundo.
Hermione miró hacia la casa, hacia el parpadeo de las polillas frente a la luz del porche.
—Lleva mucho tiempo recuperar 17 años de recuerdos, —añade—. No se puede hacer de la noche a la mañana. Han recuperado la mayor parte de mí, pero...
Se le quebró la voz y apretó los dientes contra el ardor que sentía detrás de los ojos.
—Mi padre me dijo hace poco que todavía me sentía como en un sueño. Un buen sueño, pero... todavía algo separado de ellos. Cuando creé sus nuevas identidades, no quería que se arrepintieran de no haber tenido un hijo, así que les di razones de por qué no lo habían hecho. Razonables. Ese fue mi error...
Sacudió la cabeza, frustrada. Había querido ser minuciosa. Si le ocurría algo, no quería que se sintieran solos. No fue hasta ahora, ante la perspectiva de tener hijos ella misma, que pudo comprender realmente lo monumental de la decisión. La forma en que les había cambiado en su núcleo.
—Creo que, con el tiempo, lo real volverá, —dijo en voz baja, sin querer ahuyentar la idea—. Y quizá ellos también lo hagan. Pero por ahora, creo que es más fácil para ellos quedarse donde están: queriéndome desde una distancia física que coincida con la emocional.
Hermione no se dio cuenta de que Malfoy había dejado de empujarla hasta que volvió a posarse en el centro, con la punta de la zapatilla de nuevo en el suelo. Sus manos rodearon las de ella, donde aún sujetaba las cadenas, y su barbilla tembló con su vacilante resolución.
Cuando dio la vuelta al columpio para mirarla, tenía las mejillas llenas de lágrimas.
Sintió cómo sus pulgares las emborronaban al rozar su piel, pero la sorprendente delicadeza de sus labios eclipsó cualquier otra preocupación.
Sus dedos le apretaron la nuca mientras le acercaba la cara a la suya. Y entonces ella se levantó del columpio y se puso de puntillas mientras buscaba el consuelo de su beso.
Se lo dio de buena gana, respondiendo a sus caricias mientras ella saboreaba y recibía, y su boca en la suya se sintió como la noche misma: cálida y oscura y llena de todas las cosas que solo se pueden decir cuando parece que no hay nadie para oírlas.
Respiraba agitadamente contra él, con los dedos enredados en su pelo mientras deslizaba los labios sobre los suyos una y otra vez. Le apretaba la mandíbula y, cuando se apartó para mirarla, ella no tenía adónde ir.
Las palabras se le escaparon en cuanto le vio la cara.
—Encontré una salida.
Sus palabras tardaron unos segundos en calar, pero poco a poco su expresión se fue nublando de confusión.
—¿Qué?
Tragó saliva, esforzándose por no mirar cómo le brillaban los ojos a la luz de la casa. Porque tenía la sensación de que él la había besado no porque ella los necesitara para sentirse cómoda, sino porque ella había necesitado que él la besara. Como si tal vez él hubiera querido.
Y de repente, no quería que se quedara atrapado con ella.
—Encontré una laguna, —dijo—. Una disposición para disolver el matrimonio.
Fue entonces cuando sus manos se apartaron de la cara de ella.
—Todo el propósito de la ley es aumentar la fertilidad mágica, —dijo apresuradamente—, y los crímenes más atroces y traumáticos pueden dañar la magia de la víctima, comprometiendo la fertilidad al menos temporalmente, pero potencialmente de forma permanente. Una acción lo suficientemente grave puede justificar la anulación del vínculo matrimonial.
Malfoy no se había movido desde que ella empezó a hablar, pero sus ojos recorrían su cara como si no pudiera seguir el ritmo de las palabras que brotaban de ella.
—Tendrías que declararte culpable de agresión sexual. Primer grado.
Las palabras le supieron a ceniza en la boca. Él se llevaría la peor parte del sacrificio: una condena mínima de cinco años en lugar de veinte y la adición de un nuevo alias a sus antecedentes penales. Violador.
Ambos se enfrentarían a una condena de un año por perjurio si los pillaban mintiendo, pero más que eso, Hermione tendría que vivir con toda una vida de culpa por haber denunciado falsamente una violación.
Era algo espantoso de considerar, pero también lo era un gobierno dispuesto a despojar a sus ciudadanos de cualquier alternativa decente. Aunque, de algún modo, en los últimos días, la necesidad de una alternativa en absoluto había empezado a parecer cada vez más remota.
Por eso no le sorprendió la oleada de alivio que sintió cuando Malfoy dijo por fin:
—No puedo.
—Vale, —dijo enseguida, acercándose de nuevo a él—. Lo entiendo.
Sacudió la cabeza, como si necesitara armarse de valor.
—Granger, no puedo violarte.
—Lo sé, —dijo ella rápidamente, agarrándose a su camisa—. Lo siento por siquiera sugerir que podrías estar dispuesto a dejar que la gente pensara que lo habías hecho, solo quería que tuvieras la opción.
Levantó la mano y la apartó de él, cerrando los ojos por un momento.
—No hablo de mi moral, —dijo con voz dolorida—. Nunca lo haría, pero, aunque quisiera, soy físicamente incapaz de hacerlo, y hay gente que lo sabe. Gente que sabría que estamos mintiendo.
Algo horrible se extendía por Hermione. Una retorcida sensación de pavor, que se filtraba por sus brazos desde donde él había retirado su tacto de su cuerpo.
—¿De qué estás hablando?
Malfoy se apartó un paso de ella y ella lo observó entumecida mientras se apretaba los ojos con los pulgares de ambas manos.
—Joder, —murmuró antes de tomar aire. Luego—, Joder, —mucho más alto.
—¿Qué está pasando? —preguntó Hermione, y su voz sonó muy lejana.
Cuando Malfoy volvió a mirarla, parecía a punto de vomitar.
—Nunca pensé que realmente encontrarías algo.
—No lo entiendo...
—No puedo herirte seriamente sin hacerme un daño extremo a mí mismo, —dijo—. No sé lo que me haría... agredirte, pero sería horrible si pudiera lograrlo.
—¿Por qué? —exigió Hermione.
—Porque cuando nos casamos, nuestros núcleos mágicos quedaron unidos.
La tierra bajo sus pies se convirtió en arenas movedizas.
—No.
No, no, no.
Se quedó ahí parado.
Sintió que le dolía la cabeza.
—Nunca estuve de acuerdo con eso.
—Lo hiciste. Sometiéndote al ritual del matrimonio.
—No, —dijo ella con firmeza—. No había nada en la ley sobre la vinculación del núcleo, nunca habría...
—No fue por culpa del Ministerio, —dijo, con aspecto repentinamente agotado—. Fue por mi culpa. La magia de los Malfoy es antigua, y la vinculación del núcleo fue la forma de hacer las cosas durante mucho tiempo. No podemos casarnos sin ello.
—Pero... eso es... permanente. —Hermione se sintió al borde del desmayo.
Tuvo la osadía de asentir.
—Los Malfoys se emparejan de por vida.
—¡No soy un puto cisne, gilipollas! —gritó—. Debe haber una manera de deshacerlo.
—Se puede deshacer, —dijo uniformemente—. Antes de consumarlo, perderíamos nuestra magia y probablemente moriríamos. Después de consumar, definitivamente moriríamos.
Hermione se apretó el pecho mientras el estómago se le revolvía en la garganta. No era verdad. No podía serlo. Tenía que haber algo. ¿Por qué...?
—¿Por qué aceptarías eso? —preguntó desesperada—. ¿Para siempre?
—No tuve elección.
—¡Sí, la tenías! —gritó ella—. Veinte años...
—No podía dejarte ir a Azkaban, Granger.
—¡Sí, podrías! —se ahogó en un sollozo—. No es tanto tiempo...
—No, —dijo, sacudiendo la cabeza con firmeza—. Para ti, ahí dentro, veinte años bien podrían ser cien. No podía permitirlo. No podía imaginarte en ese sitio...
—¿Por qué no me lo dijiste antes de la boda? —suplicó—. Debería haber tenido la oportunidad de elegir.
Malfoy la miró con tristeza.
—Habrías elegido mal.
—Que te jodan, —sollozó—. Esa era mi elección. No tenías derecho. Te quedaste ahí mirando mientras me violaban sin que yo lo supiera. Mi magia...
—Lo siento.
—¡No te atrevas! —gritó—. No te arrepientes. Volverías a hacer lo mismo.
No lo negó.
—Esta última semana, —murmuró, con la mente en blanco—. ¿Por qué me dejaste investigar? ¿Por qué no me dijiste que no había esperanza?
Miró al suelo.
—Pensé que sería mejor esperar hasta que...
—¡¿Hasta que confié aún más en ti?!
Él pareció desinflarse ante eso, y Hermione no pudo soportar verlo. Se dio la vuelta y corrió hacia la casa, subió las escaleras y entró en su habitación, cerrando la puerta tras de sí. La protegió con todos los hechizos que se le ocurrieron durante su huida, hasta que el aire se llenó de magia.
Y entonces hizo algo que pensó que nunca haría.
—Nilly.
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Nota de la autora:
¡Último plot twist, lo prometo!
¡Muchas gracias por leer! Vuestros comentarios me dan la vida.
¡Muchas gracias y mucho cariño a naginisLinguini por el trabajo beta!
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