—No tenías que venir conmigo… —se quejó Nanachi, sin molestarse en ocultar el fastidio en su voz. Estaba en cuclillas bajo un árbol nudoso, inspeccionando un grupo de setas que brotaban de una raíz expuesta—. Por si lo olvidaste, puedo cuidarme sola.
Encima de ella, encaramado entre las ramas, Reg se estiraba para alcanzar unas frutas que colgaban a varios metros del suelo. Al escucharla, soltó un suspiro y, sin dejar de buscar, respondió con un dejo de fastidio.
—¿Vas a seguir repitiéndome lo mismo? Ya te dije: dos recolectan mejor que uno. Aparte, Riko estuvo de acuerdo en que trajéramos más comida.
Nanachi alzó la vista apenas un segundo, lo suficiente para notar cómo el chico se balanceaba con torpeza mientras arrancaba otro fruto. Chasqueó la lengua.
—Como si no te encantara buscar excusas para seguirme a todos lados…
—Y tú no pierdes una para quejarte de todo lo que hago…
La narehate hizo una mueca, pero no le respondió de inmediato. Estaba demasiado concentrada oliendo otra seta. Olía rancia, así que la arrojó a un lado sin pensarlo dos veces.
—Que me acerco demasiado cuando dormimos. Que no te rodeo lo suficiente y pasas frío. Que te aplasto con los brazos y no te dejo moverte. Que no digo nada cuando Faputa se me cuelga como una lapa. Que estoy malcriando a Riko, cada vez que cedo cuando me pide que la cargue. Que le echo demasiada pimienta a la sopa. Que siempre digo "irremediable" cuando algo no me gusta... pero tú dices "nnaa" cada dos frases y nadie te dice nada —protestó Reg, sacando un gusano colmilludo de una fruta antes de encestarla en la canasta que colgaba de una rama aledaña—. ¿Sigo? Porque podrías llenar un cuaderno entero… Irremediable.
Nanachi rodó los ojos, pero no solo por lo que acababa de decir. El jueguito de Reg la tenía con los nervios de punta.
—¡Nnaa! ¡Deja de hacer eso!
—¿Ves? Es por todo.
—Tus gracias van a hacer que me caiga otra fruta en la cabeza, genio —murmuró Nanachi, frotándose de nuevo la nuca, justo donde le había rebotado una hace un rato—. Ponte serio, ¿quieres?
—¡Ni siquiera fue porque la lanzara! Se me resbaló de las manos cuando hiciste ese gemido todo extraño. Me asustaste, pensé que te había picado un bicho o algo…
—Bueno, para tu información, eso no fue un gemido, fue un suspiro, denso pervertido cavernícola. Y segundo, no me picó nada, salvo el chichón que me dejaste. Aún me duele la cabeza, maldición. ¿Estás seguro de que esas "frutas" son comestibles siquiera? Porque parecen un trozo de mármol… y no me refiero solo al color. No me sorprendería que después de un solo mordisco nuestros dientes quedaran incrustados en esas cosas.
—Lo son, Nanachi. Ya probé una…
«Claro, pero no todos tenemos dientes de titanio», pensó Nanachi. De hecho, se lo iba a decir, pero se distrajo al ver cómo Reg lanzaba otra fruta con ese tiro exagerado en arco. La canasta se balanceó más de lo debido.
—Más importante aún, Nanachi —dijo Reg desde la rama en la que se apoyaba, asomándose para mirar hacia abajo—. Se suponía que ya habíamos solucionado el asunto, ¿o no recuerdas? Estuve como quince minutos disculpándome contigo. Hasta bajé y te hice cariñito en la cabeza. Pensé que te habías quedado contenta… pero veo que no. Además, no es mi culpa que suspires tan raro. ¿No puedes hacerlo menos…? Menos… bueno, ya sabes.
Una de las cejas de Nanachi tuvo ese inconfundible tic que siempre venía con la ira. Luego apretó los dientes, conteniéndose. Por un momento, estuvo tentada a lanzarle una de las muchas rocas que tenía al alcance. Pero Reg, quizás notando que pisaba terreno fangoso, cerró la boca de inmediato. Ella aprovechó el silencio para contar hasta diez y, simplemente, lo ignoró. No tenía tiempo para nimiedades. Escarbó un poco más en la tierra y sacó otra seta: era colorida, aunque ese aroma dulzón a miel ya le resultaba conocido. Fue directo a la alforja.
—Conseguir setas es pan comido, nnaa… ojalá lidiar contigo fuera igual de fácil —masculló, dándole vueltas a otra entre los dedos—. Pero en fin… dejando de lado los asuntos baladíes.
—¿Bala... qué? —la interrumpió Reg, frunciendo el ceño con una mueca de confusión—. Ya estás con tus palabritas raras otra vez... Supongo que vivir tanto tiempo rodeada de libros tenía que dejarte alguna secuela.
Hizo una pausa, luego sonrió y sacó un poco el pecho.
—Aunque no te creas… el otro día usé "inconmen... inconmensulabre" en una oración. Bien usada y todo, ¿eh? Es gracias a ti, supongo.
Nanachi lo miró de reojo, oculta tras el flequillo.
—C-cállate, Reg... —murmuró apenas, inflando los cachetes para que no se le escapara una risotada. Esa última frase, a su gusto, había sonado demasiado tierna—. N-no me cambies el tema. Q-que… quiero decirte algo… importante.
Hizo una pausa. Bajó un poco la cabeza y apretó los labios, luchando contra el cosquilleo en la garganta. Respiró hondo, intentando sofocar el ataque de risa que se le venía encima. Funcionó… más o menos.
Pero, la sonrisa desapareció en cuanto recordó lo que realmente quería decir.
—Hablando en serio, Reg... sabes perfectamente que casi todos los incidentes que hemos vivido, incluyendo lo de hace un rato —cuando por poco ¡me PARTES la cabeza!—, han sido culpa tuya.
—¿Mi culpa? ¡Yo solo intentaba…!
—¡Porque estás demasiado pendiente de mí! —lo interrumpió sin mirarlo, como si así fuera más fácil decirlo—. Y no me refiero a cuidar, me refiero a... no sé, a esa forma tuya de seguirme con los ojos todo el tiempo. Así como en plan: estoy locamente obsesionado por ti…
Se quedó callada, retorciendo distraídamente un largo mechón blanco entre los dedos. En su cabeza no había sonado tan raro. Reg tampoco dijo nada. Desde arriba, el leve crujido de las ramas bajo sus pies era lo único que rompía el silencio.
¿Por qué no decía nada? Justo él, que siempre tenía alguna tontería lista...
Sintió que algo de calor se le subía a la cara, aunque no lo suficiente como para llamarlo un sonrojo. Aun así, se bajó un poco el sombrero. Por si acaso.
—Lo diré una sola vez, Reg, así que escucha bien y grábalo en esa linda cabecita tuya: deja de mirarme todo el tiempo. ¿De verdad crees que no me doy cuenta? Cuando almorzamos. Cuando exploramos. Incluso te he pillado mirándome en mitad de la noche. Es incómodo. Es raro. ¿No puedes darme un respiro, al menos por un rato?
Hizo una pausa. Vaciló un segundo y luego murmuró por lo bajo:
—Ni Mitty era tan… —Se mordió la lengua antes de terminar—. Olvídalo. No sé ni qué estoy diciendo. Quizá pasar tanto tiempo rodeada de libros no fue tan malo después de todo. Al menos ellos no te hacen perder la cabeza.
—…
El silencio volvió, más denso que nunca.
Era tan profundo que casi se podía escuchar el modo en que el viento arrullaba las hojas, meciéndolas con suavidad antes de que tocaran el suelo.
Nanachi no pudo soportarlo más. Se frotó las mejillas, tratando de calmarse, y luego deslizó los dedos por ambos bigotes en un intento desesperado de borrar lo que acababa de decir. Pero al ver que no funcionaba, se dio media vuelta y volvió a ponerse en cuclillas, como si acabara de encontrar otra seta cualquiera que valiera la pena examinar.
Reg, en cambio, se quedó inmóvil, tan quieto que parecía una estatua. Sintió el calor subirle desde el cuello hasta las mejillas y agradeció estar lo bastante alto como para que ella no lo notara. Aun así, se encogió un poco, ocultándose entre el follaje. Sus dedos se tensaron tanto que la fruta que sostenía se le escurrió, resbalando como si estuviera empapada en sudor. Rebotó con un golpe seco contra la tierra, levantando una nube de polvo justo al lado de la cola de Nanachi.
—¡Oye!
—¡Perdón, perdón!
Nanachi recogió su cola y la abrazó contra el pecho, temiendo que la fruta la hubiera rozado al caer tan cerca. La inspeccionó rápidamente; al ver que estaba intacta, suspiró aliviada. Pero ese alivio duró poco. Miró hacia arriba, al culpable, y su rostro se crispó de nuevo. Pensó en reprenderlo, como tantas veces antes. Quizá, si alzaba más la voz, por fin se concentraría y haría bien su maldito trabajo. O tal vez debería subir ella misma y bajarlo de las orejas, ya que era un inútil… además, ya estaba harta del bucle en el que llevaban atrapados los últimos cuarenta minutos.
Pero entonces, algo más divertido cruzó su mente: una idea que le permitiría aprovecharse de la incomodidad de Reg… y, de paso, enterrar la suya bajo una gruesa capa de burla.
—Oooh… ¿tan nervioso de pronto? Parece que toqué una fibra sensible —ronroneó con una sonrisa juguetona—. No me digas que… ¿te gusto? ¿Es eso? Porque si es así… nnaa, eso explicaría taaaantas cosas.
Otra fruta cayó. Luego otra. Y otra. Reg, en su desesperación por ocultarse de ella, se había echado tan bruscamente hacia atrás que terminó golpeando el tronco del árbol. La vibración se extendió como una ola por las ramas, y las frutas que colgaban con menos firmeza cedieron al instante.
Nanachi soltó un gritito y se hizo un ovillo, tirándose el sombrero sobre la cabeza. Por un instante, juró que iba a morir sepultada por un aluvión frutal. Genial. Por bocona.
—N-no digas tonterías, N-Nanachi… —replicó Reg, con la voz temblorosa—. S-sabes que solo me preocupo por ti. Como lo haría… un buen amigo. Nada más.
Cuando volvió a mirarlo, aquellos ojos de cachorro le devolvían la mirada con un brillo tan serio que casi se sintió culpable. Casi.
Nanachi se puso de pie, sacudiéndose el polvo del pelaje con una dignidad que no sentía, y un aire exageradamente condescendiente. Se cruzó de brazos, como si no acabara de sobrevivir a una avalancha de estalactitas frutales provocada por ella misma.
—Ajá… claro. ¿Y por eso me miras todo atolondrado? No es por molestar, pero se te corre la baba. Al menos podrías intentar disimularlo un poco, nnaa.
—¡Eso no es cierto! —gritó Reg, agitando los brazos tan fuerte que casi se cae del árbol—. ¡Y que conste que no lo hago a propósito! Se me van los ojos solos, ¿ok? ¡No es mi culpa! No intento incomodarte…
—¿Y se puede saber por qué se te van solos, eh? —replicó Nanachi con voz filosa, alzando una ceja.
Reg titubeó. Su única mano libre se movía nerviosa, abriendo y cerrando los dedos en un gesto repetitivo, mientras la garra mecánica colgaba tensa, sin saber dónde meterse. Tragó saliva. Una pausa larga. Luego, sin mirarla directo a los ojos, empezó a soltar palabras como si algo dentro suyo se hubiera desatascado de golpe.
—Es solo que… me gusta tu figura —dijo, con un hilo de voz—. Es… agradable. Compacta. Simétrica. Bien distribuida. También esponjosa en los lugares correctos… pero sin exagerar. Tiene buena... densidad. Como esas almohadas caras de la superficie, pero con patas.
Nanachi parpadeó. ¿Qué demonios…?
—Y tus orejas —continuó él, todavía ajeno al cortocircuito emocional que estaba causando—, son demasiado lindas. Tienen algo… no sé, como nobleza. Como si fueras una princesa. Y tu aroma… es cálido, como cuando llueve y encuentras una cueva seca cubierta con musgo. Me calma. —Se quedó un momento en silencio, mirando al horizonte, y soltó un suspiro leve, casi soñador—. Y no me hagas empezar con tu voz…
—¡OKAY, okay, Príncipe Encantador, ya entendí! ¡Cierra esa bocaza de una vez, ¿quieres?! —lo interrumpió Nanachi, encogiéndose como un resorte. El gorro se le cayó un poco sobre los ojos, mientras todo su pelaje se erizaba de incomodidad—. ¡Lo estás haciendo aún más raro, nnaa...! Tsk, no sé ni por qué me molesto contigo…
—¡P-pero Nanachi! No quise decir nada raro... Es solo que, cuando te miro, algo aquí —dijo, llevándose una mano temblorosa al pecho— se aprieta. No sé si tengo un corazón de verdad, pero lo que sea que hay ahí, se calienta. Como si estuviera vivo… por ti.
La narehate se enrojeció aún más… si es que eso aún era posible. Sus orejas se echaron hacia los costados, tensas, mientras la cola azotaba la alforja sin querer, desparramando todo el fruto de su duro trabajo. Su cuerpo entero temblaba, el pelaje tan erizado que parecía recién salido de un baño caliente.
—¡YA CÁLLATE DE UNA VEZ! —explotó, la voz quebrándose bajo el peso de todo. No podía soportar otra palabra. Ni una. Estaba a punto de derretirse ahí mismo y morir de pura vergüenza.
¿Y lo peor? Él seguía mirándola. Con esos ojos enormes, brillantes, inocentes... Como si esperara algo. Como si... quisiera que ella sintiera lo mismo.
¿Era eso… una confesión?
Nanachi entornó los ojos hacia la nada, mordiéndose el labio inferior con los colmillos. Estaba inquieta. Confundida. ¿De verdad se suponía que una confesión tenía que sonar tan estúpida? ¿No se suponía que venía con un beso después? ¿Caricias suaves? ¿Ese voto de amor eterno bajo la luz de la luna...? ¿Cuerpos que se buscan, que se anhelan, como en esos libros viejos y polvorientos que una vez hojeó con una fuerte dosis de escepticismo?
Se cubrió la cara con ambas manos, sintiendo cómo las mejillas le ardían como brasas. El mundo giraba raro… o tal vez era ella. Ya no lo sabía.
Estúpido chico de hojalata. ¿Quién le dio permiso para revolverle así la cabeza? Ahora ella también estaba pensando estupideces.
—¡Y ya deja de mirarme así! ¡Te dije que no me gusta! —espetó, dándose la vuelta bruscamente—. Además… ¿no se suponía que estabas recolectando frutas? Mira tu canasta, apuesto a que sigue por la mitad. Haz algo útil por una vez, ¿sí? Ya perdimos suficiente tiempo con tus payasadas. Y si Faputa aparece por aquí también… ¡uff! Me va a explotar la cabeza. Honestamente, en momentos como este me pregunto por qué dejé mi tranquila y pacífica cabaña allá arriba...
Sin darse cuenta, llevó una mano a la nuca y presionó justo donde le dolía. El chichón palpitaba con rabia propia, como si también quisiera protestar.
Reg, al verla encogerse sobre sí misma, levantó una mano con torpeza —aún desde lo alto—. Por un instante, pareció debatirse entre bajar… o simplemente extender el brazo, con la esperanza de poder sosegarla con una suave caricia.
—Eh… si te sigue doliendo mucho, tal vez pueda…
Ella lo fulminó con la mirada.
—Perdón —murmuró, retrocediendo un poco—. Iré a recolectar más ahora mismo.
Sin esperar respuesta, Reg, se giró y siguió trepando, alejándose poco a poco.
Nanachi cruzó los brazos con fuerza, los labios apretados en una delgada línea. Cerró los ojos un momento, tratando de ignorarlo, pero el sonido de las ramas y hojas moviéndose la obligó a abrirlos de nuevo. Lo vio alejarse. Luego bajó la vista, frustrada. Por un momento pensó en gritarle, preguntarle por qué demonios seguía subiendo, si desde donde estaba ya había frutas de sobra… pero se quedó callada.
Mejor así.
Mejor no verlo por un rato.
Dejó escapar un suspiro largo y volvió a agacharse junto al desastre en que se había convertido su alforja. Una a una, fue recogiendo las setas y frutas desparramadas que había ido encontrando en el camino. Se tomó su tiempo, el ceño fruncido, el pelaje de la espalda aún erizado.
Cuando terminó, volvió a escarbar en la tierra, buscando los tesoros que la naturaleza quisiera ofrecer. Dio con un grupo de setas brillantes. Se inclinó un poco para olfatearlas, pero frunció aún más el ceño: no lograba distinguirlas. Todo le olía a enojo y vergüenza.
—Idiota… ¿Cómo puedes decir esas cosas sin entender lo que significan? —musitó para sí, mientras se apretaba el pecho con una garra.
Ardía.
«¿Por qué sigue latiendo tan rápido… como si quisiera escapar?», se preguntó, genuinamente confundida. Ni siquiera Mitty había provocado sentimientos tan... imposibles de nombrar.
—Amor, Nanachi… Es una simple cuestión de amor.
Bufó con fuerza.
Perfecto. Justo lo que necesitaba: la voz de Bondrewd dando vueltas en su cabeza como una perdiz borracha.
Iba a golpear a Reg. En serio. En cuanto bajara, le soltaría un buen puñetazo, de esos que hacían temblar hasta el alma. Porque todo esto era culpa suya. De él y de su estúpida sonrisa. Y esas palabras almibaradas que soltó sin pensar.
Y aun así...
Sus ojos lo buscaron.
Solo por un segundo.
Por si acaso.
