Lo intenté, les juro que lo intenté. Pero a final de cuentas se trata de Kenshin y fue demasiado ingenuo de mi parte el creer que con un capítulo bastaría xD
Por cierto que estoy preparando un par de sorpresas navideñas para esta historia y las demás que tengo pendientes, y una que otra de las que ya están completas. So, prepare yourself for the ride! Muahahaahahaha!
Ejem...
Btw, quiero dar la bienvenida a Atarashii Hajimari, ojalá que la historia sea una que atesores en tu corazón, y sino, mínimo espero que te entretenga =P
Tus reviews fueron una especie de látigo que me puso a trabajar xD
Y desde luego que gracias a todos los otros reviewers =) TamashiHimura, AbiTaisho, w4k0, Natalie-san, SakiraAkai, SakataGinkox3, Sandy844.
Disclaimer: La canción Inhale, Exhale, pertenece a Aurora. Y sí, decidí que es su voz la elegida para hacerla de Kaoru, jejeje.
Atemporal
Himura Kenshin
Parte I
Está ardiendo.
Kenshin está ardiendo.
Sumido en medio de una pesadilla… ¡Grita!
Es fuego lo que lo consume. Lo ahoga y no lo deja respirar. En medio de una tormenta de llamas que promete una lluvia de cenizas, Kenshin intenta salvar a Kaoru. Moviéndose entre la devastación de las llamas, ignorante del riesgo que supone el moverse entre enemigos con la mirada fija en un punto completamente lejano de la batalla.
-¡Kaoru dono!
No. Kenshin no tiene el corazón en la batalla, eso no le importa ahora, tan sólo el alcanzar a Kaoru, el llegar hasta ella. Por eso no se preocupa de acabar con contrincantes como debería ni de protegerse como debe de los ataques de éstos. Mientras no muera, mientras pueda llegar a ella lo más rápido posible…
-¡Vive, Kenshin! ¡Vive! -Le grita ella.
Las llamas crecen, Kaoru sigue presa, una jaula hecha de fuego que no tiene una salida, que se desmorona en sí misma. Y Kenshin, nunca se había sentido tan lejos de alcanzarla.
-¡KAORU! -Grita en medio de la bruma.
Un estallido. Un golpe.
Después, sólo hay oscuridad.
Las puertas de la mansión se abren de golpe. El grupo de hombres -samurai en su mayoría- entran con prisa mientras la desesperación se refleja en sus rostros. Varios de ellos apenas y pueden mantenerse en pie, otros se sostienen de algún compañero. Pero es el que llevan al frente por el que todos se preocupan, por el que están ahí, por el que han regresado con la esperanza de poder sanarlo.
-¡Cuidado! ¡Con cuidado! -Remarca el que va al frente, un hombre mayor, pero de físico construido. Su propio miedo de perder al chico lo obliga a responder con enojo.
Hay una serie de instrucciones que van en eco, seguidas de acciones que las cumplen.
-¡Cierren y aseguren las puertas!
-¡Llamen al médico!
El chico que se debate entre la vida y la muerte, es cargado por el mismo Sagara Sozo, quien a su vez está casi tan maltrecho como el mismo muchacho que lleva en brazos.
Los hombres se mueven pasando de los jardines, entrando a las habitaciones de la casa y siguiendo las indicaciones de los trabajadores.
-Pónganlo en el tatami -Indica el médico, quien es asistido por tres aprendices, uno de ellos es apenas una jovencita.
-¡Ah! -se queja el muchacho al ser dejado sobre el tatami.
El resto de los hombres se dedican a desvestirle de la armadura, y luego descubren su pecho donde un corte sobre el pectoral izquierdo -el cual inicia en el hombro y se extiende hasta casi llegar al vientre- burbujea sangre y pus.
-¡Kamisama! -es la exclamación que más se oye en la habitación.
Sozo aprieta el gesto.
-La herida no es profunda, ¿cómo pasó esto?
El médico ya se ha puesto manos a la obra, preparando sus instrumentos y ungüentos, mientras con la mirada da indicaciones a sus asistentes, quienes atienden de inmediato.
-Se le infectó -Contesta, al tiempo en que comienza a limpiar la herida-. Probablemente no la limpió como debió de haberlo hecho, o pensó que no era tan grave. O simplemente se le olvidó. En medio del campo de batalla, la consigna es no dejarse matar, no hay tiempo para seguir la cuenta de las heridas.
Sozo lo sabe por supuesto, él también ha tenido que pelear en campo abierto, aun así, no esperó que el joven samurai resistiera aquel agravio por tanto tiempo sin siquiera quejarse.
-Quizá al no quitarse la armadura… -sugirió la joven que asistía, una jovencita probablemente de la misma edad que el samurai, de ojos castaños y cabellos negros.
-Tal vez, pero por ahora no importa -contestó el médico-. Pásame el tanto. -Indicó.
Sozo brincó al instante.
-¿No sería mejor darle algo para el dolor primero?
El médico se detiene apenas por un segundo.
-Habrá que ver cómo reacciona sin uno. De momento no hay nada que pueda aliviarle el dolor sin que le cause otro daño peor.
Sozo se retrae en sí mismo, molesto, frustrado y terriblemente culpable.
La joven parece apiadarse de él entonces.
-Maestro, por esta vez, ¿no podríamos usar una droga?
El aludido se desespera.
-Creí haber sido claro. -Responde. -Sé qué droga estás pensando, pero el daño puede ser peor.
-Sólo una pequeña dosis -refuta ésta- está claro que él está limpio.
El médico lo considera otra vez, el muchacho vuelve a quejarse. La fiebre lo domina, pero todavía tiene suficiente fuerza para requerir el que lo contengan entre tres personas, algo que sin duda representa un problema…
-Muy bien -cede, para alivio de los demás -una pequeña dosis de opio. ¡Apresúrate!
El joven samurai -que no es otro más que Kenshin- es sostenido mientras le administran la droga. Sin embargo, -hundido en el deliro de la fiebre- les da batalla y casi la mayor parte se desperdicia en su forcejeo. Mas al final lo consiguen.
En cuanto la droga comienza a hacer efecto, Kenshin cae inconsciente.
El médico revisa sus signos vitales, le revisa las pupilas y la lengua. Al final asiente.
-Empecemos -dice, desenvainando el tanto.
-¿Para qué lo necesita? -Pregunta Sanosuke, quien ha estado relegado a mirar desde una esquina.
Durante el último mes, él y Kenshin se habían vuelto algo cercanos, y ahora temía por el destino de su recién amigo.
-Hay que arrancar la costra de pus y sangre que se ha hecho. -Informa el médico, luego sonríe con algo de cinismo en sus ojos. -No te preocupes, las otras hojas no son tan grandes.
Sano se estremece.
"No mueras, Kenshin" piensa.
Kenshin se despierta con un sobresalto.
-Aah -Inhala profundamente, como si acabara de asomar la cabeza de debajo del mar.
Por un segundo no sabe dónde se encuentra.
-Kenshin.
Mas al oír aquella voz todo se organiza y termina en su lugar en su mente. La habitación de techo alto, la ventana al fondo con la cómoda de madera bajo ésta, sus pertenencias repartidas entre los recovecos de la sala… "Este es el santuario", se dice.
-Kaoru dono -dice al verla.
Es de noche y ambos están en la habitación de ella. Kaoru está en la antesala, las puertas que conectan ambas habitaciones están ligeramente descorridas, como si la niña las hubiese dispuesto así para poder mantener un ojo sobre él.
La tela que Kaoru ha estado cosiendo, ha quedado olvidada en el suelo. La niña está sobre manos y piernas, inclinada en su dirección, evidentemente había saltado hacia él en cuanto éste se despertó con aquel sobresalto.
-¿Tuviste una pesadilla? -Le cuestiona ella, la preocupación es clara en sus ojos, y Kenshin siente calor extenderse en su pecho.
-…No lo recuerdo. -Contesta, desviando la mirada. Luego su memoria se activa y recuerda. -¿Cuándo volviste? -Inquiere.
Aquel día había regresado solo a la habitación de la aprendiz de sacerdotisa, Kaoru había tenido que atender un ritual con el Guji fuera del santuario, y Kenshin se había quedado atrás. Había intentado esperarla despierto, pero todo parecía indicar que había cedido al sueño.
Kaoru sonríe.
-Hace poco más de dos horas. -Contesta, volviéndose a sentar.
Cuando había regresado, su amigo estaba recargado sobre la pantalla que dividía ambos futones, los cuales él había dispuesto por adelantado, incluso había cambiado del lado que normalmente dormía para facilitarle a ella el descanso cuando llegara. Seguramente el joven había querido asistirla de alguna manera.
La aprendiz sonríe.
-Te veías muy cansado, por eso no quise despertarte. Y dado que todavía tenía trabajo que hacer… -Completa, recordando de pronto la tela que ha dejado olvidada y volviendo a retomar la labor.
Kenshin la observa, analizando por fin las condiciones en las que ambos se encuentran. Quedaba claro que ella había tomado precauciones para no despertarlo, pero que al mismo tiempo había estado preocupada por él, si las puertas entreabiertas y la cobija que tenía encima significaban algo.
-No tenías que tomarte tantas molestias -le dice algo apenado.
Kaoru hace un mohín y acto seguido le golpea la frente a Kenshin con un dedo, él apenas y se queja.
-Kenshin no baka(idiota), yo quería hacerlo. -Le dice. Luego suspira. -Es tarde. Deberías volver a dormir.
-¿Y tú? -Cuestiona él.
Aunque Kaoru ya trae puesta la yukata de dormir, se ve todavía demasiado despierta.
-Todavía tengo que terminar. -Le dice, sonriendo apenada. -Si no termino con éstos ajustes, puede que tropiece con la tela en el baile de mañana.
-¿Quieres que te ayude? -Ofrece él, no deseando tener que dejarla sola y sintiéndose al mismo tiempo algo incómodo de dormir mientras ella trabaja.
-En realidad no hay mucho que puedas hacer. -Argumenta ella. -Estoy bien, enserio.
Kenshin duda un instante. Mas al final cede.
-De acuerdo. -Dice.
Ella asiente y se vuelve a enfrascar en zurcir la tela del kimono que prepara.
El muchacho está por acostarse cuando nota la cobija todavía sobre sus hombros. Sonríe antes de quitársela y ponerla ahora sobre los hombros de la joven. Ésta se sobresalta al inicio, pero le sonríe después agradeciéndole el gesto. Hay un intercambio de miradas, a través del cual se comparten secretos. El pelirrojo regresa a la habitación privada, mas en vez de cerrar el shoji lo abre un poco más. Se recuesta en el futón, esta vez cubriéndose con la colcha, y tras soltar un suspiro cierra los ojos intentando dormir.
Luego se remueve incómodo. No por la luz de la lámpara que su compañera está usando, ni tampoco por el siseo que los sutiles movimientos de ella provocan -éstos más bien le relajan- sino porque siente que falta algo.
-Kaoru dono -la llama y ella le responde distraídamente, sin dejar de coser-, la canción que tarareabas…
-¡Ah! Perdona -se sobresalta abochornada-, ¿te molesté?
-No. -Contesta de inmediato, irguiéndose para poder mirarla de frente- Se me hizo conocida, es todo.
-Ah… -La joven aprendiz lo considera, por un instante se pierde en viejos recuerdos, y luego retoma la tarea mientras contesta. -Mi mamá solía cantarla para mí y mi hermano en Izumo. Dijo que la había aprendido de un Ainu(japoneses con ascendencia europea), pero que le había gustado tanto que le había pedido se la enseñara.
Kenshin la mira algo inseguro, nervioso incluso.
-¿Podrías…? -Empieza, pero él mismo se corta las palabras.
Kaoru parpadea, mirándolo sin entender, esperando a que continúe.
Kenshin sin embargo, niega con la cabeza y se vuelve a acostar con prisa.
-No. Nada. Buenas noches. -Dice apresurado.
-Kenshin. -Kaoru lo mira consternada, en cierta forma acaba de entender lo que él había estado por pedirle.
En los dos meses que Kenshin lleva viviendo en el santuario, Kaoru ha aprendido a leer al chico y entender lo inseguro y tímido que es realmente por debajo de su imagen de confianza. Sopesa un poco la petición oculta de éste y al final sonríe.
-Kenshin -le llama. El muchacho en respuesta sólo se remueve un poco bajo la colcha del futón, la sonrisa de la joven se ensancha. -Si no te molesta, ¿puedo cantarla? -Ofrece.
Es entonces que Kenshin vuelve a erguirse sobre los codos, sorprendido, y la mira a detalle.
-Me ayuda a concentrarme mejor en mis puntadas -explica ella, señalando la tela y la aguja en sus manos.
El samurai vuelve a sentir aquella calidez en su pecho y no puede evitar el sonreír igual que ella.
-Sería un honor -contesta.
El pelirrojo vuelve a acostarse, Kaoru vuelve a su oficio, dando un par de puntadas antes de comenzar a cantar, tarareando primero las notas de la melodía.
-Hmmm, hmmm, hmmm…
El muchacho suspira, cerrando los ojos. La joven aprendiz marca el tempo y va creando de apoco la fantasía de la música que canta.
Ambos corazones se vinculan y el espacio a su alrededor desaparece, absorbido por una gentil bruma.
Es entonces que comienza a soñar.
…
Extensiones de verde se pintan por delante de sus ojos. Bosques frondosos y campos de cosecha.
I was a moving thing before I was a human being
I was the ice before it melts, I was the tree before it fell
Es un niño que corre entre la hierba donde montones de granjeros trabajan bajo el sol. Va siguiendo a una niña por delante de él -su hermana-, pero al ver a su madre se desvía hacia ésta última. La mujer -cuyo rostro ya no puede dibujar- le sonríe y le acaricia la cabeza con cariño. Le toma las manos y pone un trompo de madera en éstas.
Escenas de su familia con él envueltos en una vida cotidiana se suceden, donde las risas son la principal característica.
El trompo girando sin detenerse.
My dear, come near
Do you understand what is happening?
Y de repente el tiempo pasa sucediendo escena tras otra. La mayoría oscurecidas por la tragedia y la tristeza que las envuelve. Los sembradíos consumiéndose, el agua ennegrecida... Su madre le mira, todavía sosteniéndole las manos, mas ahora sus ojos han perdido brillo. Ésta le pregunta algo, algo que no alcanza a escuchar pero que igualmente entiende…
Mientras todos y cada uno de los miembros de su aldea -de su familia- mueren uno a uno, poco a poco consumidos por el cólera.
Hasta que ha quedado de pie, solo en un campo de muerte, para ser reclamado por un nuevo grupo. El trompo deja de girar.
…
Crawl beneath the earth to feel the hunger and the thirst
If you could fly and be the bird, then you would see the forest burn
Es todavía un niño. Viajando por entre las distintas prefecturas, protegido por sus nuevas hermanas, quienes lo cuidan, le sonríen, juegan con él en los momentos de descanso, y lo abrazan al dormir todas las noches. El contraste del pequeño cielo que vive en comparación con el infierno de la realidad que los envuelve, los estragos que las sequías y la escasez de comida provocan en la gente de Japón…. Así como el abuso de algunos señores feudales, y los cuerpos innertes en las calles…
Pero está bien, mientras esté en buena compañía, estará bien…
My dear, come near
Do you understand what is happening?
Entonces Kasumi lo abraza, al tiempo en que el líder de su grupo es asesinado junto con el resto de su pequeña comitiva. Sus tres hermanas lo protegen, hasta terminar dando literalmente la vida por él.
Sakura le dice algo, justo antes de morir. Kenshin apenas y despega la mirada de la masacre para atender las palabras de su hermana, antes de que ésta también desaparezca.
Después Seijuro Hiko está ahí, y le sonríe. Hay un montón de tumbas por detrás de éste, tumbas que el niño pasó la noche y parte de la mañana cavando, las manos están llenas de tierra y sangre.
Shinta acepta la espada que su nuevo maestro le ofrece.
…
Hmmmm hmmm
Who is calling me for the emergency?
Hmmmm hmmm
Who is listening to the sirens singing?
Y luego entrena. Constantemente. Da golpes con la espada sobre el tronco de un árbol viejo, y se baña con el agua fría de la cascada.
Las manos le sangran, y le arden aún más cuando las lava en el río. El recuerdo de su difunta hermana, aquella que perseguía cuando niño, le viene a la mente y derrama un par de lágrimas. Pero está bien, se dice. Tiene un techo sobre su cabeza, un lugar donde dormir y comida en su plato. Y principalmente, no está solo, razona; mientras su nuevo protector le acomoda la manta con la que se cubre en las noches y le revuelve los cabellos.
Ya no es Shinta, se dice. Es Kenshin. Y un samurai debe ser fuerte.
…
We are stood and somehow calm within the madness of the storm
With no solution for the scared, tasting pollution in the air
Y ya no es niño tampoco. Ha crecido y se siente desesperado. Las pesadillas de su pasado todavía le persiguen. Su crecimiento en su desempeño con la espada se siente truncado, frustrado. Es demasiado gentil, le dice su maestro. Mas Kenshin lo cuestiona.
El quiere ser parte, piensa, mientras ve la gente al otro lado del río envolverse en los festivales del final de invierno.
Se siente desconectado.
Y luego, cuando es testigo de los maltratos, de que la realidad de la pesadilla en la que ha vivido desde que era esclavo es la misma, se frustra por no poder hacer nada.
Es sólo un niño, se reclama. Llora constantemente, incluso si sus ojos están secos.
…
My dear, come near
Do you feel my hand? It is there
Pero entonces, hay una mano en su rostro.
Suave. Cálida.
Es la niña de ojos azules.
La misma que lo liberara del remolino que lo ahogaba.
Es Kaoru.
De pie por delante de él, sosteniéndole el rostro y mirándolo con amor mientras le sonríe. Con una pregunta silenciosa en sus ojos azules.
…
Exhale, inhale, exhale, inhale
Exhale, inhale, exhale, inhale
Exhale, inhale, exhale, inhale
Exhale, inhale, exhale, inhale
Kaoru.
Dulce Kaoru.
Tensando el arco, mirada concentrada y enfocada en su objetivo, aquél día en que practicaba sus tiros con Kaede.
Kaoru.
Llevándolo de la mano hacia su habitación, ofreciéndole su propio hogar para que lo haga suyo con una sonrisa.
Kaoru.
Con un bebé en brazos manchado en sangre, la vida que había ayudado a llegar al mundo. Cómo sus ojos brillaban maravillados y aterrados al mismo tiempo. Como todo aquello la hacía lucir hermosa.
Kaoru.
Entrenando el arte de la espada con él en el dojo del santuario. Enseñándole la diferencia entre la danza de la espada y el danzar con una espada. Compartiéndole los secretos del estilo de la espada de su hermano.
Kaoru.
Cepillándose el cabello antes de dormir. Moviendo sus dedos por las negras hebras, trenzándolo. Su sonrisa antes de decirle "oyasumi(buenas noches)", y el compás de su respiración mientras duerme.
Kaoru.
Persiguiéndolo por los pasillos del santuario con la molestia clara en su rostro, con toda la intención de darle una reprimienda, tras una jugarreta que él sin querer le había hecho.
Kaoru.
Con el rostro cubierto en lágrimas la noche de su Kuchiyose, la noche en que aceptaron el que caminarían senderos diferentes…
…
Hmmmm hmmm
Who is calling me for the emergency?
Hmmmm hmmm
Who is listening to the sirens singing?
Kaoru.
Incapaz de negarle el haberse prometido a alguien más.
"¿Por qué?"
Aquella discusión a las puertas de su recámara en el santuario, la noche en que él había decidido que ya había sido suficiente.
El constante llamado a integrarse en la lucha.
…
Take from my world my home
Take from my world my home
Take from my world my home
Take from my world my home
El caos de la batalla.
La adrenalina al intentar mantenerte con vida. El estruendo de los cañones. Los gritos de los hombres al atacar, y al morir. El latido de su propio corazón inundándole los sentidos.
"Kenshin"
La imagen de una vida diferente.
La misma Kaoru, más grande, más hermosa.
"Quiero que el vagabundo se quede."
Kaoru, al borde del río en una noche de verano, las luciérnagas bailando alrededor de ella… y su rostro cubierto de lágrimas.
"Volveremos juntos a Tokyo."
Kaoru entregándole una nueva habitación, ropas limpias y un futón cómodo.
Kaoru entrenando y siempre con su hermosa sonrisa.
"Pero Kenshin… yo quiero quedarme contigo por siempre."
Kaoru.
Con una espada atravesando su pecho.
…
-No esperaba verte aquí.
Kenshin da un sobresalto. Liberándose del torbellino de sus pensamientos, ha vuelto aterrizar al día oficial del regreso de Kaoru a Kioto. Cuando todos los habitantes de la ciudad habían salido a recibirla en vitores, bailes, y canto.
Shinji avanza hacia él, a diferencia de antaño, ahora viste como todo un daimyo y un samurai.
-No tan pronto al menos -completa el castaño.
Kenshin apenas y reacciona, reflexionando en las palabras del chico. Cierto era que no se había acercado al templo, por supuesto. Contento de su recuperada cercanía con la miko de ojos azules, admirarla desde lejos mientras se sabía cercano a su corazón resultaba más exhilarante si acaso.
Razón por la que la observaba a la distancia, mientras ella proseguía con la danza en el pabellón del santuario ante los ojos de la gente de Kioto.
-No podía perdérmelo -Contesta sonriendo.
Shinji asiente y se gira para mirar a Kaoru.
La miko es asistida por dos nuevas aprendices que ahora estarán a su cargo, una de ellas es incluso más grande, mas es Kaoru quien sobresale; sus pasos son más acertados y fluidos, su postura es más firme y su sonrisa mucho más segura que la de sus compañeras.
-Sin duda una imagen magnífica -nota el castaño.
Kenshin no podría estar más de acuerdo.
-Aa.
Shinji lo analiza entonces por el rabillo del ojo. Desde la postura relajada hasta la sonrisa dulce y la mirada cálida, llena de cariño y admiración; queda claro que Himura tiene sus intenciones fijas en la sacerdotisa de Inari.
"Esto será difícil" piensa, mas sabe que igualmente debe hacerse. -Kaoru dono me comentó que ustedes se conocieron poco antes de que ella fuese aceptada en el santuario. -Dice de pronto.
El pelirrojo, apenas distraído un instante de la imagen de su amiga, sonríe aún más al recordar tal hecho.
-Fue un encuentro fortuito -asegura.
-¿Lo fue? -Inquiere Shinji, con algo de humor, Kenshin asiente con la misma risa. Tras una pausa, el menor continúa. -Yo la conocí un año después.
-Lo sé. -Comenta el samurai. -Fue la primera misión de vidente fuera del santuario.
Shinji se ve verdaderamente sorprendido al escuchar aquello.
-¿Te lo contó?
Kenshin asiente; todavía sonríe.
Su compañero lo considera un momento. No era secreto que ambos jóvenes -Kenshin y Kaoru- fuesen cercanos al grado de en algún punto haberse considerado incluso inseparables; pero qué tan íntimos habían sido eran sólo suposiciones.
Igualmente era una ventaja que debía aprovechar a su favor, se dijo.
-Supongo que eso facilita las cosas -murmuró.
El samurai entonces reacciona, algo en las palabras del castaño le grita como una alarma.
-¿Cómo? -Pregunta.
Sin embargo, Shinji no se explica, sino que continúa con lo que ha venido a informar.
-Dime, ¿también sabes sobre el omiai(matrimonio arreglado)?
Es un breve instante en el que el corazón del pelirrojo casi se le cae hasta el suelo, y apenas y se logra mantener pendiendo de una delgada soga.
Él sabía, por supuesto. Durante aquel tiempo en el santuario Kaoru se había sincerado con él en cuanto a sus frustraciones sobre las expectativas de los demás en ella, incluyendo las políticas.
-…eh. -Contesta inseguro, desviando la mirada.
Su instinto le dice que hay un propósito a aquella conversación. Uno que desea evitar con todas sus fuerzas. Porque incluso si no sabe lo que es, entiende en cierta medida hacia dónde se dirige y lo que puede terminar perdiendo…
Independientemente del cambio en su humor, Shinji continua ajeno a éste.
-Fue algo corto, a decir verdad, nunca realmente concertado. -Confiesa. -Aunque mi hermano, Akira, hizo de todo para que mi relación con Kaoru dono diera frutos, ambos éramos bastante tercos. Llegó a parecer incluso que el interesado era Akira y no yo.
Mutismo.
-…Mm. -Murmura.
Kenshin frunce el gesto. Es como si un rayo lo hubiese partido por la mitad.
No había sido ciego -a pesar de su esencia gentil e ingenua- ante el interés que más de algún hombre había mostrado en su amiga, y mucho menos en notar que el trato que Akira le daba era especial. Si bien no le había conocido sino hasta el retiro previo al Kuchiyose, había escuchado bastante de labios de la misma Kaoru. La emoción con la que ésta hablaba del moreno, era una espina que siempre le incomodó en su pecho, aunque en aquél entonces no estaba seguro del por qué, ahora no podría fingir que no sabía el motivo.
-Pero luego -continua Shinji-, cuando Akira tuvo que partir a Edo y de pronto quedamos solos, parecía que finalmente algo podría pasar. -Concluye sonriendo.
Shinji sonríe demasiado entretenido por sus propios recuerdos, según parece, como si hallara diversión en aquella perdida oportunidad entre él y Kaoru, una de la que el samurai desconocía y que además, había ocurrido durante el tiempo de su separación. Para Kenshin tal actuación le resulta repulsiva.
Y sin embargo, no puede evitar su curiosidad.
-¿Qué lo impidió? -Cuestiona con tintes de cinismo.
Shinji hace una pausa, el tiempo suficiente para lograr el que su compañero lo mire y le dé toda su atención. Cuando esto finalmente ocurre, el daimyo por fin contesta.
-Tú. -Declara.
Y es como si alguien o algo hubiese congelado de golpe el cuerpo del samurai. El corazón le palpita fuerte en el pecho y su bam, bam le retumba en los oídos. No sabe exactamente qué es lo que siente pero en definitiva no les gusta.
-Ella te eligió a ti. -Continua Shinji.
Enojo, decide Kenshin, irá por el enojo. Las palabras del castaño le resultan una burla, casi una ofensa. Aprieta el gesto y murmura entre una mueca que bien pudiera ser una sonrisa.
-Ella eligió al santuario. -Dice.
Y está claro lo mucho que aquello le duele.
-No. Te equivocas. -Refuta Shinji, pasivo. -Ella te eligió a ti. -Vuelve a declarar. Y es en el semblante de éste donde Kenshin puede ver que el daimyo no le está mintiendo, ni mucho menos burlándose de él.
Lo siguiente que dice, acaba por partirle el alma.
-Es por eso que ahora que el omiai por fin se ha concertado debes mantenerlo en mente.
-…¿Qué? -Apenas y puede hablar.
Hay un remolino de palabras agolpándose en su garganta, luchando por salir y ninguna lo consigue. Su mente, que debería de decidir su siguiente pensamiento, es un mar de confusión y angustia que apenas y entiende lo que ha escuchado.
Shinji por su parte continua sin el más mínimo atisbo de empatía.
-Se ha concertado el compromiso entre la casa Kiyosato y el Santuario Inari. -Declara. -Sí, escuchaste bien, la unión es con el Santuario y no con la casa a la que pertenecía Kaoru. -Completa al ver la expresión del pelirrojo. -Siendo que es una miko consagrada al santuario, es lo esperado ¿no?
Kenshin da un paso en falso hacia atrás. Parece que está por trastabillar al suelo más consigue detenerse. Pero es evidente el golpe que ha recibido y lo mucho que le hiere.
-Pensé que te lo había dicho. -Agrega el castaño.
-No lo hizo. -Contesta Kenshin, su voz apenas un susurro.
Su corazón, que apenas había conseguido volver a latir tres días atrás, llora con la intensidad de miles de banshees.
Había pensado que la tenía más cerca.
Había pensado que esta vez podría tenerla…
-Himura. Estoy diciéndote esto por tu bien. -Vuelve apremiarle el daimyo.
Más Kenshin apenas y lo escucha, ya ni siquiera lo ve. Su rostro caído, sus ojos están perdidos en algún punto distante del suelo. Se siente por ese instante desconectado, sumido en un profundo mar.
-Define tu lugar junto a ella. No permanezcas más como una duda. -Declara con fuerza Shinji.
Y algo en sus palabras ha conseguido hacer mella en la psique del samurai. Algo que lentamente comienza a jalarlo fuera de aquella desesperación que lo ha ido invadiendo.
"¿Definir mi lugar?" Se cuestiona.
-Ella es ahora una figura pública con todo lo que eso representa, y en la rebelión que se avecina, tiene además influencia política. Si de verdad deseas protegerla, no darás pasos tan descuidados en tu actuar como samurai.
Ha sacado la cabeza ahora, la adrenalina se ha disparado. Lo que Shinji le está diciendo obviamente señala lo ocurrido un año atrás. ¿Pero cómo lo sabía?
-¿A qué te refieres? -Cuestiona con cautela.
Shinji parece querer morderse la lengua, pero ya es tarde, se recuerda. Necesita que Himura se una al juego que está preparando, su plan no puede avanzar sin la participación de éste.
-Tu intervención durante su ascenso… no volverá a ocurrir a menos que definas tu lugar al lado de ella. Por tu propio bien, pero principalmente por el de ella. ¿Entiendes lo que digo?
Kenshin pasa saliva con dificultad.
"Define si lucharás." Era lo que en realidad le estaba diciendo. Entonces, Kaoru había entrado al juego, se dijo.
Sus manos se apretaron en puños.
-Dime algo. -Exigió. -¿Serás tú?
Shinji no puede evitar reír, después de todo, no solo su padre sino también Akira se lo había planteado.
-No. -Dice al fin. -No seré yo.
Porqué Kenshin se siente aliviado, no puede definirlo realmente; pero se dice que quizá es más fácil deshacerse de alguien por quien Kaoru no sienta afecto, y las implicaciones de este pensamiento le provocan escalofríos…
Por todas las razones incorrectas…
-Una cosa más -dice Shinji -quizá debas aclarar tu postura igualmente con tu maestro. Ahora que Kaoru dono está comprometida, ya no podrá seguir lanzando dados con su destino.
Han pasado cerca de cinco horas cuando finalmente el médico y sus asistentes han terminado de atender al joven samurai. Mas es muy pronto para que se pueda respirar alivio en la sala. Únicamente Sozo y Sanosuke permanecen en la habitación donde yace el pelirrojo.
-¿Será suficiente? -Pregunta Sozo con genuina preocupación.
Y no tiene que ver con el éxito de su rebelión aunque no niega la valía de tal soldado, sino con un cariño sincero por aquél muchacho de sonrisa triste que ha inspirado a sus compatriotas con su espléndido desempeño, pero sobre todo, por el corazón de éste.
El médico suspira.
-Por ahora no podemos hacer más que mantener la herida limpia y procurarle reposo -Contesta. -Además de mantenerlo hidratado mientras esté inconsciente.
Para su alivio, la respiración del muchacho es acompasada y ya no hay signos de la fiebre que horas atrás lo tuviese cautivo.
-¿Cree que despierte? -Pregunta Sanosuke, en toda su calidad de niño.
Sozo lo reprende con la mirada, mas el chico apenas y le presta atención.
El médico sonríe comprensivo.
-Lo hará. Si todo sale bien, lo hará. -Asegura, dedicándole una mirada a su paciente, luego su rostro se entristece. -E incluso si no… -porque siempre estaba esa posibilidad- despertará una última vez cuando menos.
Una última vez antes de morir…
Sanosuke se remueve incómodo y se dirige a su maestro.
-¿No deberíamos informar al santuario?
Sozo lo considera un instante mientras mira la figura de Kenshin descansar sobre el tatami, pronto -cuando lo consideren prudente- lo moverán de habitación y lo recostarán en un futón, o de menos algo mucho más cómodo que el suelo.
Pensando en la petición de su alumno, no es que quiera mantener la condición del chico oculta, pero no es secreto que Kenshin había pedido desde un principio el mantenerse de incógnito, si acaso por su relación con la alta miko Kaoru dono, la princesa de Kioto como ahora se le llamaba.
Y sin embargo…
-Manda una misiva cuanto antes -le ordena al menor.
-Hai Sagara Taichou (capitán)
Sanosuke sale corriendo al instante siguiente.
Es entonces cuando Sozo se dirige al médico.
-Muchas gracias por apoyarnos -dice, luciendo verdaderamente contrito- Entiendo el riesgo que corre al prestarnos su casa siendo parte de uno de los clanes más fieles al sogún, doctor Gensai.
El aludido, un hombre pasado de los cuarentas, le sonrié comprensivo.
-No me lo agradezcas -contesta. -Mi lealtad está primero con mi familia antes que con el gobierno. -Asegura, mirando de nuevo a su paciente. -Además, Kamiya san no me perdonaría el dejar desamparado al favorito de su hija.
Esta vez Sozo también sonríe.
...
Es al día siguiente cuando la fiebre ataca el cuerpo del samurai. Es entonces cuando las pesadillas lo acongojan. Es un salto entre una escena y otra, el revivir de distintas experiencias interconectadas y el brincar de un personaje a otro.
Es recordar el cómo y por qué llegó a donde está.
Aquella noche, tras que la presentación de Kaoru terminara, mucho después de su conversación con Shinji; había ido a donde su maestro.
Su mente había sido un caos, un choque tormentas de pensamientos y emociones contenidas. No era la primera vez que volvía a donde su maestro en tal condición, pero sí la primera en la que no buscaba del todo un consuelo…
Había permanecido sumido en una charla consigo mismo al tiempo en que permanecía igualmente en silencio. Múltiples conciencias que debatían la una con la otra.
El vacío y el ahogo que estrujaban su pecho, su persona, y que destruían y armaban imágenes diferentes de sí mismo.
Pero sobre todas esas emociones, el resentimiento sobresalía cual tirano.
Aquella noche, parecía que su maestro sabía por adelantado de sus intenciones, como si estuviese siempre informado sobre cuándo y cuántos pasos daría y en qué dirección. Sintió ganas de reír, después de todo, ¿no había sido así siempre?
-Así que finalmente llega el día. -Declaró Hiko al verlo.
Sentado frente a un pequeño fuego, su figura se veía altiva a pesar de estar en una pose de descanso, brazos sobre los muslos y el cuerpo ligeramente inclinado al frente, expresión adusta y calculadora.
Esos ojos grises brillaban con un juicio cruel en ellos.
-Te vas. -Declaró.
Kenshin sintió deseos de golpearlo entonces.
…
Porque aquello sólo podía guiarlo hacia la razón de su molestia… Al recordar la sonrisa de Kaoru mientras bailaba, el brillo de sus ojos lleno de misticismo, su figura fluyendo con la música… Kenshin podría haber jurado el haber estado frente a una diosa.
E incluso ahora, sin el maquillaje y las ropas, con una sencilla yukata y un chal cubriéndola, seguía luciendo tan magnífica como cuando estaba en el escenario.
-Te veías hermosa -Había dicho, sin ser plenamente consciente de que lo había hecho.
-¡Kenshin! -Contestó ella, sobresaltada al escucharle, pero mucho más complacida de encontrarlo ahí, en un lugar tan privado e íntimo, y sentirse parte de éste.
Para el joven samurai la sonrisa abierta de la miko dolía en el centro mismo de su alma. "¿Cómo puedes sonreír cuando nuestra historia vuelve a fragmentarse?" Pensaba.
-¿Disfrutaste el baile? -Preguntó ella, avanzando contenta hacia él, mas deteniéndose al momento de notar el humor de éste. -¿Kenshin?
La amaba.
Podía confesarlo y aceptarlo por fin abiertamente, aunque fuese sólo consigo mismo de momento… y justamente por ésto fue incapaz de contener los sentimientos agolpados en su pecho, el deseo inmenso de quebrarse ahí mismo y llorar.
…
Habían sido en cierta forma estos mismos sentimientos los que lo habían convencido de moverse al fin, y entrar en el juego político que definiría el destino de Japón. El decidir dar un paso al frente en su destino, elegir un camino.
Ya no podía permanecer quieto y mucho menos ante los hechos que estaban por desenvolverse…
Sobra decir que Katsura había estado sorprendido de descubrirlo dentro incluso de su oficina privada. Tanto él como su escolta esa noche -Makoto Shishio- miraban con incredulidad y asombro al joven samurai, quien estaba tranquilamente sentado en medio de la habitación, frente al escritorio de Katsura y de espaldas a los recién llegados.
-¡Himura kun! -Exclamó el moreno, el aludido apenas y le dedicó una mirada por encima del hombro. -Esto es una sorpresa. -Dijo, mientras daba una silenciosa instrucción a Shishio de hacer guardia afuera.
Shishio asintió, dedicándole una mirada significativa al pelirrojo antes de salir de la habitación; las comisuras de sus labios se elevaban en el asomo de una sonrisa.
-¿A qué debo tu visita? -Cuestionó el hombre tras haberse quedado solo con el joven samurai, y sentado tras su escritorio.
Kenshin, entonces pasivo y decidido, le había mirado directamente a los ojos.
-Hay sólo una razón por la que podría estar aquí -Declaró, a sabiendas de que no habría vuelta atrás.
Katsura Kogoro sintió emoción al pensar en las implicaciones que hacían las palabras del joven samurai.
…
¡Cuán irónico! Había pensado el pelirrojo. Ya sea por una razón u otra, mientras usara la espada siempre terminaría tomando la vida de alguien. ¿Era la razón detrás de la acción tan importante como para determinar si era bueno o malo?
Para su maestro al menos, había sido así, se recordó.
Era imposible pensar otra cosa, al notar la finalidad con la que el hombre se dirigía a él.
-Supongo que debo darte el crédito de resistir hasta ahora, pero la verdad es que no deja de ser una decepción. -Declaró el mayor.
Sus ojos se desviaron un instante hacia las llamas del fuego. Pero Kenshin, que tenía las marcas de un corazón fragmentado, apenas y podía notar la escena completa. El resentimiento era mucho más fuerte.
-¿Cuándo planeaba decírmelo? -Cuestionó a su maestro.
El aludido frunció el entrecejo, no del todo seguro de a qué se refería su discípulo.
-¿Qué eras una decepción? -Inquirió sarcásticamente como costumbre.
Mas Kenshin no aceptaría nada de eso.
No ahora.
No más.
-Su plan -Dice, con voz grave, y hay un tinte de dolor en sus palabras. -Su plan para conmigo y Kaoru dono, ¿cuándo planeaba decírmelo?
Y es en la mirada que el menor le dirige, donde Hiko encuentra y comprende la pregunta del muchacho. Es la emoción que brilla en esas pupilas amatistas la que termina de convencerlo de su propio fracaso.
…
Kaoru había reaccionado de la misma manera.
-¿Es cierto? -Presionó Kenshin ante el silencio de su amiga.
El cuerpo de la miko se sacudía en ligeros temblores. Abrió y cerró la boca una y dos veces, y a la tercera -cuando parecía haber dado con una explicación razonable- sólo su nombre salió de sus labios.
-Kenshin…
Como una plegaria.
Casi como si le rogara que entendiera.
El muchacho hizo una mueca al intentar contener la emoción que buscaba estallar fuera de su garganta, la retuvo y la tragó hasta devolverla a su pecho donde la herida crecía.
-No me hagas decirlo. -Susurró con voz ahogada. -Por favor… sólo di sí o no.
Por un instante pareció que Kaoru le debatiría nuevamente, pero al final acabó por resignarse.
-Lo siento, Kenshin… -Dijo.
Aunque era evidente la angustia que a ella igualmente la envolvía, el joven samurai entonces, herido y molesto por su respuesta, no pudo retener sus palabras.
-Cuando hablaste de ser una mentira, ¿te referías a esto? -Escupió.
-¡No! -Contestó ella.
Tras todo lo que habían compartido y lo mucho que se habían sincerado con el otro en los días anteriores, era obvio que aquellas interacciones habían sido honestas.
Pero corazones rotos, no entienden de razones…
…
Y aún así…
-¿Serás mi hitokiri(asesino)? -Le había preguntado Katsura, sin preocuparse de ocultar la emoción que sentía en sus palabras.
Kenshin se miró las manos un instante antes de contestar.
-No. -Declaró firme, y pudo notar el momento en el que el mayor se amedrentó. -No tengo intenciones de convertirme en alguien tan visceral -explicó como respuesta.
La postura de Katsura volvió a enderezarse, retrocediendo aquella inclinación al frente que sin querer había hecho un instante atrás. Su rostro volvió adoptar seriedad.
-¿Qué es lo que buscas entonces? -Preguntó.
Kenshin apretó las manos, este era el momento.
-Un enfrentamiento honesto -Dijo.
El hombre lo entendió al instante, aunque no sin cierta sorpresa. El joven samurai no deseaba ser un agente en las sombras, deseaba el honor de la batalla.
-Quieres pelear a campo abierto.
-Aa (sí).
Katsura arrugó el gesto, negando después con la cabeza. Si bien quería a Himura por su habilidad con la espada -la cual estaba por encima de su clan, incluido Shishio-, pelear a campo abierto dependía a veces incluso más de la suerte que de habilidad misma.
Un paso en falso, y todo habría terminado. Katsura volvió a negar.
-Es incluso mucho más peligroso, no podría arriesgarme a perder a mi mejor soldado.
-Sí puede. -Le interrumpió Kenshin, dejando al hombre momentáneamente sin palabras. -En especial cuando ese soldado le ayudará a nivelar la balanza.
"¿Podría ser?" Se cuestionó Katsura.
Era una gran apuesta, que de ganar, lograría un avance notorio en la rebelión -derrotar ejércitos enteros era mejor que pequeños encuentros clandestinos- pero si acaso perdiera…
¿Podría realmente correr ese riesgo? Se preguntó.
…
La expresión en los ojos oscuros del hombre era tan similar a la de su maestro. Sí. Ambos tenían ojos calculadores. La mirada de un hombre que ve la vida como un juego de fichas, y va planeando qué paso dar, pero también que calcula los movimientos de los que están a su alrededor.
-Lo descubriste. -Declaró Hiko, más para sí mismo que para su pupilo.
Bien, al menos no lo estaba negando. Kenshin cerró las manos en puños.
-¿Era todo una maquinación suya? -Exigió saber, elevando la voz una octava. -¿Parte de su plan para lograr convertirme en su perfecto sucesor?
Hiko suspiró con enfado.
-¿Por qué te sorprendes? Es parte del trabajo que realiza el maestro.
-¿Incluyendo los engaños? -Le interrumpió Kenshin. -Y no se atreva a decirme que nunca me ha engañado. Me ha movido a su antojo, calculando cada uno de mis pasos.
El hombre se permite una pausa, un pequeño silencio en el que su expresión adusta refleja por fin una emoción.
-Era necesario para tu crecimiento -explica.
Mas su voz no ha sido dura como siempre, sino un eco vacío de lo que antes era, como si el mismo reconociese el no estar seguro de sus propios motivos.
…
Justo como Kaoru. Quien no conseguía el sostenerle la mirada aquella noche. Tan resignada y reacia a dar explicaciones, como si esperase de algún modo el que él lo dejase estar.
¿Pero cómo podría? No había forma, al menos que ella renegase de todo…
-Dime entonces que no aceptaste un omiai -Le ordenó.
Kaoru, si acaso, se retrajo aún más en sí misma. Dolida por lo que las palabras del chico representaban, el tono de reproche en éstas.
-No es lo que crees -dijo en su lugar.
Kenshin sintió ira entonces.
-¿Y qué es exactamente lo que creo? -Refutó levantando la voz. -Por como son las cosas, eres la única que se ha movido con un mapa aquí.
-Eso no es justo -Refutó ella con igual fuerza.
-¿No lo es? -Cuestionó él con una sonrisa. Una sonrisa rota que cortó cualquier respuesta de ella. -Ciertamente. Pero da igual, te rehúsas a decirme lo que viste.
-Kenshin… -Pidió. En la inflexión de su voz le pedía el comprender, el no volver a cuestionar los eventos que llevaron a su primera despedida.
Mas el muchacho estaba demasiado dolido, molesto incluso.
-¿Por qué? -Exigió saber, con emoción viva en su voz. "Pudiste haber corrido conmigo…" Decían sus ojos.
Ambos lloraban en este punto.
-El santuario…
-¿Es eso lo único que te importa? -Le cortó de nueva cuenta, sus palabras un reclamo en forma de sollozo.
Una katana que la partió en dos.
Kaoru hubiese querido decirle muchas cosas, explicarle con calma, de otra forma, en un momento más idóneo… pero había dejado pasar la oportunidad durante aquellos tres días previos. Había tanto que compartir, que hablar de lo que le dictaban sus deberes -de su situación actual tan precaria en el santuario- había parecido algo erróneo.
Si tan sólo hubiesen tenido más tiempo…
Si tan sólo hubiese sido ella quien se lo hubiese dicho…
Si tan sólo hubiesen hablado los dos sobre sus sentimientos… Confesado el haber reconocido el latir del corazón del otro, y la música que éstos creaban cuando estaban juntos…
Si tan sólo…
-Te estoy dando mi corazón -Declaró Kenshin con la voz quebrada- …Mi alma junto con mi vida, y aún así… Decides tirar todo al vacío. ¡¿Por qué!? ¡¿Por qué no me aceptas!?
"Desearía poder" Sollozaba el corazón de la miko.
Mas había cosas que ya no se le permitía confesar a voz alta. Sin importar lo mucho que le costará su silencio…
E incluso si el samurai era capaz de notar tales sentimientos en la expresión de la joven, en su rostro bañado en lágrimas y su cuerpo retraído en sí mismo, temblando, como un animal herido… Aquel silencio tan sólo representaba un rechazo.
-¿Soy tan indigno para ti?
…
-Esa niña tiene una devoción que a ti te falta -Declaró Hiko casi como si respondiera a la pregunta. Sus ojos tienen un tinte distante, casi triste. -Tú sabías esto y la envidiabas por ello. Ésa fue la verdadera razón de que te quedaras junto a ella en un principio. Querías aprender de ella.
Los ojos del hombre conectan entonces de nueva cuenta con los de su pupilo, quien lo mira con recelo, con la expresión llena de resentimiento; pero incluso para éste último hallar algo con qué contradecirlo parece casi inútil.
-No soy tan vano como me pinta -dijo.
Hiko soltó una risa corta, una mofa casi.
-Lo dijiste tú mismo. -Le recordó. -Jamás has elegido algo por decisión propia. Tienes un corazón gentil, demasiado incluso para un samurai, sin embargo, es este mismo corazón el que me guió a elegirte. -Hiko hace una pausa entonces, para dejar que sus palabras siembren raíces en la conciencia de su alumno- Una espada libre, Kenshin, no debe tener aspiraciones propias.
-Entoces ¿por qué? -insiste Kenshin, casi gruñendo -¿Por qué me mandó allí?
-¿Por qué estás tan seguro de que fui yo? -Refuta con algo de fastidio. -Me das más crédito del que merezco, soy simplemente un hombre no un kami(dios).
Kenshin pasa saliva con dificultad, sus manos -aún cerradas en puño- tiemblan ante el esfuerzo que hace de controlar sus emociones.
-El día que bajé la montaña, usted me indicó el camino a seguir -Explica, irritado de tener que enfrentar a su maestro de aquella forma. -Una última petición que como alumno debía cumplir si bien recuerdo. Mas cuando supieron de mí en el santuario, nadie salvo Kaoru dono, reaccionó ante mi presencia; casi como si hubiesen estado esperando el que llegara.
Mutismo.
Sin aceptar ni negar nada, Hiko se limita a mirarle en silencio, lo cual solo termina alentando al menor.
-Tal vez no sea un kami, pero no es un hombre cualquiera. Usted plantó la idea de que debía seguir en aquella dirección, y omitió mencionar el santuario sabiendo que si lo hacía, probablemente estaría más renuente a adentrarme en éste. Durante ese último mes llevó el control de los ataques de los ronin, sabía que habría una cuadrilla esperándome al bajar. Quizá no controló el hecho completo, pero sin duda no hizo una apuesta a ciegas.
La mirada de su maestro se ha ido endureciendo ante las palabras de su alumno. Ninguno de los dos ha roto el contacto.
-Usted sabía -Gruñó el menor.
Hiko se mofa, sin dejar de mirarle y sin cambiar su expresión.
-Tendrás que ser más claro que eso.
-¡Usted sabía que mi relación con Kaoru estaba destinada al fracaso! -Estalla.
Cansado de hablar en rodeos, de que no le de una respuesta clara, Kenshin por fin estalla.
Su rostro es un poema de ira, pero es una ira llena de angustia y desilusión. Una expresión tan sincera, que su maestro no puede darse el lujo de no responder.
Y responde con la misma emoción.
-¿Es realmente éso lo que te motiva a irte? -Le cuestiona, poniéndose de pie al fin. -Sí, sabía sobre el triste desenlace que tendría tu historia con la chiquilla del santuario, hasta un ciego podría verla. Vivimos en un mundo de castas, ¿qué creías? ¿que correría contigo a una vida de vagabundos? -Cuestiona con cinismo, un golpe claro al muchacho que tiene frente a sí, quien da un paso en falso hacia atrás. -¿Dónde estaría el honor en la vida que planeabas ofrecerle? Solamente estabas jugando, ambos lo estaban. -Gruñe. -Pero cuando menos ella tuvo la decencia de reconocerlo.
"Así que había hablado con ella" Comprende Kenshin, sintiéndose aún más fúrico ante aquella abrupta confesión.
-Usted provocó muchas de esas interacciones. -Le acusa. -Y ni una sola vez me advirtió de mis pasos.
-Difiero en eso. -Le corta Hiko. -Puede que no te haya dado las respuestas completas, pero sí te di señas sobre el resultado. Que hayas sido ciego a lo que estaba frente a ti es enteramente tu culpa.
Cada palabra es un golpe que le da de lleno al pecho, pero es este mismo daño, el que lo motiva a seguir peleando.
Porque está herido, debe defenderse hasta con los dientes.
-Jamás fue claro al respecto -gruñe.
Porque había sido así. Aún si el hombre había dado señas de la situación de Kenshin y Kaoru, lo cierto había sido que nunca le había dado una advertencia directa. Lo había plantado en medio de la experiencia y abandonado al instante después.
Podría disculparse, Hiko es consciente de esto. Pero no va con él.
-¿Esperabas que te diera un manual entonces?
Y acaba por burlarse en su lugar.
-Eso sólo habría entorpecido la experiencia -dice.
El muchacho vuelve a dar el paso al frente que había retrocedido. Cada nueva confesión le hiere más que la anterior y al mismo tiempo le enerva.
-Planeaba entonces dejarme caer. ¿Y luego qué? ¿Unas palabras de reflexión y a lo que sigue? ¡No fue solo a mí a quien manipuló! -Le acusó.
Por un segundo la determinación de su maestro cede. Un breve y efímero segundo en el que éste reconoce por fin el alcance de sus maquinaciones, lo contradictorio de sus propias acciones y palabras. El cómo pareciera el haberlo motivado y desalentado por igual.
Luego desecha tal sentimiento.
-Tienes derecho a estar enojado, furioso incluso. Pero entiende que es mi deber como tu maestro procurar ciertas situaciones, situaciones que te pondrán a prueba, que fortalecerán tu alma y tu espíritu. No puedo darme el lujo de tener un alumno mediocre como mi sucesor.
Kenshin no puede evitar reír. Una risa que apenas y es una, seca y cínica... herida.
-Y eso era todo lo que quería conseguir. -Se mofa Kenshin.
Un comentario que el mayor recibe como un insulto.
-¿Qué estás insinuando kozo(chiquillo)?
Es en este punto cuando el ki de su alumno cambia.
Es una mirada fiera y cruel la que le dedica, y el mayor descubre a un hombre distinto por delante de sí. Las irises amatistas brillan con reflejos dorados. Es una lucha de miradas, siendo la de su alumno la más afilada -honesta incluso en su furia- que es Hiko quien por vez primera, termina deshaciendo el contacto.
-No voy a negar que hubo un punto en el que te motive a seguirla. -Cede al fin. -Que le rompan el corazón a un hombre, Kenshin, genera una catarsis que define su carácter. En este caso el tuyo como hombre y como samurai. Además, da por fin paso a tu aislamiento del resto del mundo. No pertenecemos.
La madera cruje entonces, cortando momentáneamente la tensión en el ambiente.
El muchacho quiere entender las intenciones de su maestro, creer que en verdad había un interés sincero en ayudarlo en su crecimiento... Pero no puede olvidar todas aquellas veces en las que el hombre fue incongruente con su actuar hacia él.
¿Por qué motivar su acercamiento con Kaoru?
¿Había sido sólo por la experiencia? ¿Una prueba de carácter?
¿Incluso cuando el mayor sabía que sus sentimientos no habían sido intermitentes?
¿Incluso cuando había estado a punto de pedirle que la aceptara con él?
¿Había sido todo un acto? ¿Y para qué?
Todos aquellos consejos, aquellas conversaciones cuando las pesadillas se sucedieron tras el ataque al santuario, no habían sido huecos, de eso Kenshin estaba seguro...
A pesar de eso...
-Mientras puedo tolerar las breves interacciones y choques de carácter; no puedo tolerar la crueldad -Le dice Kenshin.
Y esa es una espina que ha conseguido llegar al corazón del maestro del Hiten Mitsurugi. Una herida tan profunda que siente la necesidad de rehuirle.
-Me cansé de esto -Suelta con irritación, pero hay otra emoción debatiendose en su pecho-. No entiendo qué es lo que tratas de conseguir con tales reclamos.
¿Por qué no entendía? Pensaba Kenshin.
¿Por qué no podía ser realmente un guía? ¿Un apoyo?
¿Por qué no podía verlo como algo más que un proyecto?
¿Había sido él el único con tales sentimientos?
…
¿Por qué era alguien más de quien recibía tal comprensión?
Kenshin suspiró con cansancio, esforzándose por mantenerse sereno pero firme delante de quien pronto se convertiría en su nuevo tutor.
En aquél entonces, Katsura le miraba con toda su atención y su respeto, atento a las palabras del chico, deseoso de poder entenderle.
¿Por qué su maestro no había sido igual?
¿Lo consideraba tan débil que no valía la pena siquiera el ayudarlo?
-¿Himura? -Le llamó el líder del clan Chosu, tras el silencio que había envuelto de pronto al joven samurai.
Su voz, sin embargo, consigue despertar a Kenshin a la realidad del momento y contesta al instante siguiente.
-No pienso engañarme creyendo que mi causa es la única justa, la única con derecho a sobrevivir -explica-. Pero tengo algo que proteger, la felicidad de una persona valiosa para mí. Así que he decidido intervenir finalmente.
Katsura se toma un momento para considerar las palabras del muchacho; luego intenta ajustarlas a sus propios intereses, compaginándolos con los de éste para poder sacar provecho mutuo de aquella relación.
No pasa mucho tiempo antes de que decida el lugar correcto para el pelirrojo.
-Irás con el Sekihota entonces. -Le informa. -Creo que de momento, es el grupo que más se ajusta a tus ideales, Himura.
Internamente Kenshin suspira en alivio.
-Algo más. -Agrega. -Necesito permanecer de incógnito.
El moreno arruga el gesto, confundido.
-¿Por qué?
El joven samurai agacha la mirada, sus ojos se dirigen a donde la cinta azul de su amiga sigue sosteniendo sus espadas.
Estaba por confesar un secreto, y el corazón le bailó en ansiedad y miedo.
-No planeo romper mi relación con el santuario. -Declara al fin, consiguiendo sorprender a su anfitrión, sus dedos bailan sobre la tela. -Por lo que no puedo comprometer la seguridad de los miembros de éste. Y viendo que el mismo es un aliado de los idealistas, estoy seguro de que no pondrá impedimentos a mi solicitud.
La mirada en el hombre se oscurece. Es evidente el juicio que se está llevando a cabo en su mente entonces, todas las conexiones que en ése momento consigue descubrir gracias a la confesión del chico.
Para entonces, el omiai entre el santuario y la casa Kiyosato -quien es uno de los clanes más leales al sogún- ya es algo conocido por la nobleza japonesa. Sin embargo, Katsura sabía de la relación entre Kaoru y Kenshin gracias a la carta de Momiji, por lo que entendía que era a Kaoru a quien no planeaba abandonar.
-¿Qué harás una vez termine el conflicto en Mito? -Pregunta en su lugar. -Es obvio que el shogun tiene la mano ganadora por ahora.
-Todavía no lo decido. Pero… -Kenshin hace una pausa, para permitirse hacer una reverencia a su anfitrión, manos y frente pegadas al suelo. -Si me lo permite, podría permanecer dentro de su escolta. Por ahora, necesito permanecer -con ella- en Kioto.
Katsura sonríe.
Puede que no haya conseguido hacer de Kenshin su asesino, pero lo ha conseguido como algo mucho mejor y más grande.
Un aliado. Uno que quizá encabece el camino hacia una nueva era.
-Muy bien. Haré los preparativos -Asiente.
Kenshin levanta el rostro. Sus ojos se han abierto incrédulos ante la facilidad con la que ha conseguido el que sus demandas se cumplan. La sonrisa de Katsura -tan fresca y comprensiva- es un contraste con la sonrisa burlona de su maestro.
¿Por qué? Se pregunta otra vez.
¿Por qué no podía recibir el mismo trato? ¿La misma confianza? ¿El mismo orgullo?
…
Era un sentimiento que se enroscaba en su pecho antes de crecer e invadirle el resto del cuerpo. Como una enredadera llena de espinas con el único propósito de desaparecer a su huesped, de sepultarlo...
-Si piensas irte hazlo de una vez -continuó el mayor. -Pero no te atrevas a culparme por las consecuencias de tus propias decisiones.
"¿Por qué?" Continua cuestionándose.
"Somos sólo mi maestro y yo." Había dicho hace ya casi dos años atrás, cuando había tenido su segundo encuentro con Kaoru. Entonces aquellas palabras se habían sentido tan sinceras, tan reales y ciertas, que no había tenido la menor duda de que podía considerar a su maestro como su familia.
"Entonces, ¿por qué?"
-Me mandó allí con la esperanza de que volviera con un corazón roto -murmura por lo bajo, palabras escurridas que apenas y Hiko consigue escuchar y entender.
El moreno se rehusa a voltear a mirarle. Siendo capaz de leer el ki de su alumno -alguien que además es inocente y honesto en su esencia- el mayor entiende que entraría en una contienda que no tendría forma de ganar. Kaede misma se lo había advertido en un inicio, si no aclaraba qué era lo que verdaderamente deseaba para su alumno, terminaría haciéndole más daño que bien.
Y dado el timbre herido en la vibración de su ki, quedaba claro que la antigua miko había tenido razón.
Se sentía culpable.
Y sin embargo...
Hiko apretó el gesto.
-No me quedaré aquí a ser juzgado por un chiquillo que apenas y sabe nada de la vida -acusa con emoción. -Un niño que pretende unirse a una guerra con nada más que ideales absurdos; evidencia clara de su ingenuidad y estupidez; y que tirará por la borda años de enseñanza tan sólo para-
-¡Se suponía que era mi maestro!
Silencio.
Un profundo y terrible silencio.
Es una afonía total la que domina a Hiko, quien ha terminado por mirar por fin a su alumno.
Kenshin, quien se había ido enrabietando más y más ante cada palabra de su superior, ha terminado por confesar lo que realmente le duele del hombre frente a sí. Aquella ilusión, aparentemente vana, en la que había dado un tinte diferente a su lazo, al lazo que había creído los unía.
Hiko Seijuuro está cautivo por las emociones de su discípulo, incapaz de moverse hasta que éste último decida que puede hacerlo. Es la maraña de emociones que ha lanzado contra él en aquél arrebato; ha recibido un golpe directo y su pecho duele como si el corazón se le estrujase...
Agonía.
Al ver el rostro de su alumno bañado en lágrimas. Lágrimas que aún resbalan por el rostro del menor. Sus manos, cerradas en puño, tiemblan ligeramente ante el gran esfuerzo que hacen por contener aquella explosión de sentimientos.
-Se suponía que me advirtiera... -Susurra. -Confiaba en usted...
Y no es la palabra maestro lo que Kenshin ha gritado en aquél reclamo. No. Aquél reclamo de abandono solamente se le podía hacer a un padre...
-Pero si he sido yo, quién ha malentendido todo entonces... -Murmura Kenshin, rostro caído, sonrisa triste, casi inexistente.
Silencio...
"Padre." Piensa Hiko. "Se suponía que fuera mi padre."
Y su corazón se rompe aún a pesar de su autoimpuesta orden de ser ajeno a los sentimientos.
El muchacho se toma ese instante para limpiarse el rostro. Es como si tras aquél grito hubiese sido capaz de desahogar todo lo que había tenido contenido, que ahora se sentía exhausto.
-Así que supongo que en cierta forma ganó, consiguió lo que quería. -Declara sin mirarlo. Temblando en emoción, se siente inseguro.
Hay una risa en sus palabras que suena rota y cansada. Cuando su rostro por fin se levanta y sus ojos se encuentran con los de su maestro, este último siente el golpe de lleno al enfrentarse con la expresión quebrada de su pupilo.
-Puede que Kaoru me haya roto el corazón. -Dice con una triste sonrisa. -Pero ha sido usted quien me lo ha destrozado.
Su maestro quisiera reírse entonces, mofarse tanto de las palabras del chico como de las emociones que brillan en éstas, ser cínico como es su costumbre y decirle que deje de ser tan dramático. Hacerle entrar en razón y pasar página, haciendo menos aquella explosión tan patética de emociones…
Pero no puede…
Es incapaz de hacerlo…
No puede sencillamente porque el chico que tiene en frente es importante para él. No puede porque se preocupa por éste.
No puede porque le quiere.
Y al herirle, ha terminado hiriéndose a sí mismo.
-Kenshin… -murmura en voz tan baja que ni siquiera se entiende el nombre que ha dicho, perdido en el eco del vacío que siente.
El muchacho por su parte se endereza, manos firmes al lado de sus costados, su rostro se vacía de toda emoción. Luego se inclina para hacer una reverencia.
-Por todo lo que me ha enseñado hasta ahora, le estoy agradecido. -Declara. -Lamento no poder continuar con mi entrenamiento.
Para Hiko es como si el corazón se le hubiese caído al suelo.
El joven se vuelve a enderezar, mas su rostro no vuelve a levantarse, se niega a dedicar una última mirada a su superior. Sus ojos permanecen fijos en un punto distante.
-Sayonara, Hiko Seijuuro.
Lo demás es un recuerdo borroso y confuso. Había bajado de la montaña directo al santuario. En su camino por seguir atando cabos, sus pasos lo llevaron hacia su siguiente punto y quizá al más importante de todos.
Kaoru.
…
Dulce Kaoru.
-¿Soy tan indigno para ti?
Inalcanzable Kaoru.
-Kenshin, ¡no es eso! -Había refutado ella, con tanta emoción que Kenshin casi se siente obligado a creerle.
Sin embargo, tras su encuentro con Shinji y su enfrentamiento con quién había sido su maestro, le era imposible seguir siendo ciego a lo que tenía delante.
Su mirada se afiló.
-¿Qué se supone que crea ante tu constante rechazo?
-Sí te quiero. -Dijo ella al instante.
Sus ojos no mentían pero...
-Tienes que creerme -le rogó ella- hay una razón por la que estoy haciendo esto, y aunque todo tiene que ver en cierta forma con el santuario, no es sólo en beneficio de éste.
El samurai la mira, la analiza. A pesar de lo herido y furioso que se siente, no es un hombre cruel, ni un necio. Shinji incluso se lo había dicho y él, aunque a regañadientes, lo entendía.
"Ella te eligió a ti. No lo pierdas de vista."
Entonces la emoción es otra, y su mirada se torna herida.
-¿Por qué no confiaste en mí?
-...
Kaoru se debate con las palabras, sumida en una angustia que parece no tener fin.
"Ella tiene una devoción que a ti te falta" Le había dicho su maestro.
-No es que no lo haga. Es sólo que soy más consciente ahora.
Consciente... Tras su conversación con Hiko, deduce Kenshin, entendiendo por fin lo que seguramente habrían conversado ambos. La conversación que a ella la había convencido de aceptar el omiai.
-¿Ibas a decirmelo? -Cuestiona él con voz quebrada- ¿Lo prometes?
-Sí -contesta sin titubear. Esperanzada quizá de que él la perdonará.
"Pero es que para empezar," se dice Kenshin," jamás estuve enojado contigo, no realmente ".
Porque tras aquella conversación en el pozo él entendía lo mucho que ella había sufrido aquel último año... Lo egoísta que él había sido al creerse haber sido el único herido.
Porque tras su conversación en aquella posada, ¿cómo podría recriminarle nada, después de que abiertamente le excusara sus errores confeseandole incluso lo importante que él era para ella?
"Estaba furioso conmigo mismo" Reconoce. "¿Por qué no podía avanzar como tú? ¿Decidir en mi camino y seguirlo con determinación? ¡Yo todavía dudo!"
"Excepto de ti..."
"Has sido la única..."
El samurai, que por fin es capaz de reconocer que no hay injusticias hacia él, sino simplemente acciones que de un modo u otro han terminado afectándole, decide en ese momento dejar de moverse en círculo y avanzar sin importar lo que tenga que dejar atrás...
"Si mi corazón ha de romperse, al menos quiero ser yo quien lo aplaste en mis manos." Se dice. "No deseo tener que manchar el recuerdo de Kaoru dono con los tintes de mi propio egoísmo."
"No deseo aprisionarla..." Concluye, por fin con cierta calma.
Y es Kaoru ahora quién tiembla.
-¿Qué haces?
Porque las manos de Kenshin han ido a parar a dónde la cinta azul -su cinta azul- se aferra a ambas espadas a su cintura. Con movimientos fluidos, el pelirrojo desata los nudos y vuelve a ajustar las katanas con el lazo del obi.
-No creo que sea necesario seguir intercambiando presentes -Declara el pelirrojo, doblando la fina tela azul.
Aquella cinta que ella le ofreciese la tarde de su Kuchiyose.
"Ya no podré usarla."
Le había dicho, justo antes de subir al palanquin.
"Me gustaria que la tuvieras contigo, como un deseo egoísta de que al menos puedas tener algo con que recordarme."
Él la había aceptado entonces, e intercambiadola por aquél juguete de madera que había sido lo único que lo había acompañado de su antigua aldea, su antiguo hogar.
"Deseo poder recibir el mismo favor de su excelencia." Había contestado él, reconociendo el cargo que ahora ella ostentaría.
Ambos habían intercambiado presentes con sonrisas tristes, aceptandolos cómo un bálsamo que endormecería la herida.
Había pasado poco más de un año de aquello, y aún así se sentía como si apenas hubieran pasado un par de días.
-No soy un necio. -Siguió. -Aunque me hiera, entiendo la posición en la que te encuentras, pero he decidido que no tengo porque pagar por ella.
Él también ha decidido recorrer su propio camino, está vez siendo él quien pone los límites en su relación con ella.
Más la miko ya está negando con todo su cuerpo antes de soltar siquiera su respuesta en palabras.
-No... Kenshin... -Dice con voz ahogada. -No quiero esto -refuta.
Más el joven samurai pareciera no escuchar sus palabras. Tras acariciar la tela azul una última vez, la levanta por delante de sí.
-Regresa lo que es mío -Le pide.
Kaoru vuelve a negar encogiéndose en sí misma. Se abraza apretando la manga izquierda de su yukata, dónde el trompo reside.
-No puedo... No lo haré -Declara, negando con la cabeza.
Kenshin arruga el gesto.
-No lo hagas más difícil - le pide con una mezcla de emociones que no se deciden entre la molestia y la irritación, la tristeza y la desesperación. -No te estoy, cortando de mi vida -Declara con dificultad, -simplemente estoy marcando los límites de mi relación contigo. Tú debes entenderlo mejor que nadie.
Y lo hace. Kaoru lo entiende, lo que menos quiere es herirlo... Más no es eso lo que niega.
-No lo regresaré -declara firme aún a pesar de las lágrimas, abrazándose con más fuerza. -Sigues siendo mi amigo.
-¡No quiero ser tu amigo! -Grita. -Quiero más... Pero tú...
Ella sigue negando.
-No puedo regresarlo... -Solloza.
-Kaoru -le gruñe él -Ya no puedo ser visto contigo en el santuario. Si voy a unirme a la lucha... -Se desespera -Entiende!
Ella sigue negando, está vez hasta cerrando los ojos, como una niña emberrinchada.
-¡Kaoru!
-¡No renunciaré a ti! -Grita.
...
Y Kenshin, cuyo corazón aún sigue atado al de ella, está frente a la miko en cuestión de un segundo... Apenas un rápido y fluido movimiento tan característico del estilo que práctica.
A reaccionado por instinto a sus palabras, enardecido y fastidiado de que la joven no reconozca lo que él ya sabe. Pero más que nada, a reaccionado inconcientemente a la confesión que había estado esperando escuchar.
...
La joven sacerdotisa apenas y tiene tiempo de dar un pequeño sobresalto ante la inmediata presencia de su compañero por delante de ella, invadiendo su espacio personal...
Con su rostro tan cerca del suyo propio... Con las emociones a flor de piel...
...
Kenshin la mira directo a los ojos, no hay mentira ni engaño en esas orbes azules, tan profundas como el cielo mismo.
Kaoru no le rechaza, le acepta casi de inmediato, recibiendo en agrado la vista de sus ojos violetas.
-Es a mí a quien quieres -declara él, no sin cierto fastidio, molesto del constante ir y venir de ella.
Más luego...
-¡!
Sus ojos se abren como platos.
Porque Kaoru, por una vez, no le ha rehuido la mirada, sino que se ha enderezado y afilado la mirada, aceptando el desafío, cualquiera que sea el veredicto de su amigo.
Es hasta entonces que su mente por fin ha entendido sus propias palabras...
Y lo que éstas infieren.
-…¡Es a mí a quien quieres! -Declara casi incrédulo.
...
Casi.
...
-¡Ah!
Es el turno ahora de Kaoru de sorprenderse, al verse envuelta en los brazos del samurai.
Y este abrazo, es diferente de todos aquellos otros que habían compartido. La diferencia está ahí y es clara.
Está en la forma en la que se amolda a ella, como dos piezas de rompecabezas que embonan la una en la otra, complementandose.
Está en la manera en la que sus manos se aferran a ella y la atraen hacia él al mismo tiempo. En su rostro hallando refugio en la curva del cuello de la joven, al tiempo en que la respira.
Todo en este exhuda intimidad.
Y es que es tanta la dicha que siente... Que apenas y puede contenerse.
-¡Es a mí a quien quieres! -Solloza en alivio, apretándose más a ella.
Y la sonrisa que adorna sus labios, es una limpia y honesta.
A/N: Kenshin es un personaje complicado de entender y aún más de escribir. He leído demasiados fics dónde retratan la identidad de batossai como un hombre posesivo y volátil. ¡Y los odio con odio jarocho! Tanto en el manga como en el anime, la personalidad de batossai, si bien sanguinaria y calculadora, es bastante estable en cuanto a sus emociones y su actuar; se caracteriza además, por mantenerse alejado emocionalmente de las personas pues está convencido de que no merece ser parte del mundo que se creará tras la revolución. Katsura incluso dice que la división de personalidad nace a raíz de que no tiene algo o alguien que proteger salvo un ideal, no tiene alguien importante que lo mantenga conectado con su parte humana... ¿Cómo entonces puede ser un hombre tóxico tipo After? ¡Osea no!
En mi fic, esto no pasa por supuesto, Kaoru pasa a convertirse en ese algo que le hacía falta, en su saya; por lo que hasta cierto punto evita dicha división de personalidad. Es su conexión con ella lo que le permite seguir expresando sus sentimientos y experimentarlos de lleno. Ése "¿Qué tal si hubiera sido Kaoru?" de Yahiko denota desde la concepción de la pregunta que debe haber un cambio para bien. Sin embargo, Kenshin no puede negar su esencia gentil, por lo que la creación de batossai es hasta cierto punto una necesidad. El cómo se creará en esta línea temporal dependerá en gran parte de su relación con Kaoru...
