Cerca estuve a punto de escribir una tercera parte!
La última escena fue lo que realmente evitó la publicación de este capítulo antes. It was a pain in the a...! XO pero bueno, finalmente está aquí.
Disclaimer: Una vez más, you know the drill =]
Atemporal
Himura Kenshin
Parte II
El sol todavía no ha salido cuando el capitán Sagara Sozo regresa de su último consejo de guerra. Sin embargo, la luz ya se ha comenzado a filtrar y las sombras rehuyen su presencia enroscándose en los rincones que permiten aún la oscuridad.
Es la segunda vez que se permite regresar a aquella mansión, en la que temporalmente residen. Cuando llega a la habitación en la que movieron a Himura la tarde del día anterior, únicamente el doctor Gensai, la joven asistente y Sanosuke lo reciben despiertos.
Kenshin permanece dormido, por suerte, tranquilamente. Aunque está pálido, parece que la fiebre por fin le ha dado tregua.
-¿No ha habido cambio? -le pregunta al doctor.
Éste niega con la cabeza en un gesto claro de tristeza. Las horas previas habían sido agotadoras en su constante ir y venir para bajar la fiebre del pelirrojo.
-Ya van dos días -se queja.
-¿Noticias del santuario? -Pregunta a Sano.
La misiva que habia mandado hace un día, no tendría respuesta tan pronto, pero las noticias del santuario corrían diario debido a la miko principal.
El castaño suspiró con pesar sin embargo.
-Eso es lo más preocupante. -Contesta la joven asistente en lugar del muchacho. -La joven que es considerada la princesa de Kioto, ha caído presa de una visión que aún no la libera.
Sozo arruga el gesto.
-¿Aún? -Cuestiona.
La morena asiente.
-Lleva dos días sumergida en tal sueño. El mismo tiempo que Himura kun, y al mismo momento.
Hay un silencio que se posa sobre ellos entonces. Aunque nadie lo dice, la pregunta está ahí como un inquilino incómodo. Es Sanosuke quien termina diciéndola.
-¿Qué significa que ambos hayan caído inconscientes al mismo tiempo? ¿Y que continúen así?
Gensai es el primero en desesperarse.
-Una coincidencia, una coincidencia. -Asegura con fuerza. -No le des más importancia. Es absurdo pensar que ambos eventos estén conectados -alega.
Aunque nadie en la habitación parece escucharle, ni siquiera él mismo está del todo convencido. A pesar de lo que su daimyo Kamiya pueda pensar de Himura kun, no está seguro todavía del todo de su valía.
Sozo quisiera pensar igual que el médico y rechazar tales supersticiones. Más aún debido a la intención del mismo Himura de mantener a salvo a los miembros del santuario, en especial a Kaoru sama.
Pero hay una parte de él que quisiera que aquello fuese verdad, si tan solo para asegurar el que de algún modo, éso aseguraría la recuperación del muchacho.
"¿Qué estarás soñando, Himura kun?" Se pregunta el capitán, mientras mira al samurai dormir. "¿Es la sacerdotisa de ojos azules con quien sueñas?"
…
En cierta forma, era así.
...
Había sido casi un mes de ardua campaña en el sur, en la que por fin, tras varios y sangrientos encuentros, habían logrado dar la vuelta al enfrentamiento y conseguido ganar la rebelión de Mito, la cual se había considerado perdida.
Kenshin no había planeado volver a Kioto tan pronto. Después de todo, la situación era todavía delicada, aquél pequeño momento en el que parecían tener la ventaja bien podría venirse abajo con demasiada facilidad.
Pero... Había estado tan agobiado de pesadillas, que sentía que se volvería loco si no conseguía un respiro. Sus pasos como de costumbre, le llevaron de vuelta al santuario.
Sin embargo, entonces el joven samurai había permanecido inseguro a los límites de éste. A pesar de haber enviado la carta a Kaoru, se había marchado rumbo a Kioto antes siquiera de recibir una respuesta, por lo que no sabía si ella lo recibiría.
-No te esperaba de vuelta tan pronto, Himura Kun.
El aludido adoptó una postura de defensa al escuchar al intruso, sobresaltado de no haber siquiera detectado la presencia sino hasta que ésta estaba tan cerca de él.
Más al reconocer al recién llegado, su postura se relajó.
-¡Guji sama! -Reconoció.
El hombre, Jineh, le miró con una sonrisa, verdaderamente divertido por la respuesta previa del muchacho.
-Vaya, pero si esos ojos son los de un asesino. -Dijo.
El joven samurai se avergonzó al instante, obligándose a bajar la mirada e intentar abandonar todo rastro de su parte más oscura.
El Guji pareció compadecerse de él entonces. Todavía sonriendo, se sentó por delante del pelirrojo. Luego, le invitó a sentarse con él.
Kenshin, todavía avergonzado e inseguro, acabó por aceptar.
Hacia tanto no veía al hombre junto a él, que le fue difícil el apartar su mirada de éste. Tenía tantas preguntas que quería hacerle. ¿Dónde había estado? ¿Por qué había abandonado el santuario? ¿Sabría algo de Yumi sama? ¿Sabía Kaoru que él estaba ahí?
A Jineh no pareció importarle la atención que el chico le daba; sus ojos seguían mirando hacia el santuario, lleno de una paz y calma tan características del hombre que había sido.
-Escuché que ganaste la rebelión para los idealistas. -Soltó de pronto.
Kenshin se sobresaltó.
-Es presuncioso decir que el mérito es sólo mío -acabó por responder.
-¿Lo es? -Cuestionó el Guji con un brillo de genuina diversión en los ojos. -Eres tal como esa avecilla.
-¿Kaoru dono?
-Tan inseguros de sí mismos que disfrazan su propia falta de afecto por humildad. -Soltó. Y en sus palabras se notaba lo mucho que despreciaba aquello.
Por una vez Kenshin no supo qué decir para defenderse.
-Vuelves por ella entonces -inquirió el hombre.
Más Kenshin bufó con amargura. ¡Qué fácil sonaba tal encargo!
-No puedo tener deseos tan pretenciosos. -Declaró, riéndose internamente de que su respuesta únicamente resaltaba las palabras previas del mayor. -Es toda una apuesta ahora.
El joven samurai sabía que el hombre a su lado lo entendía por supuesto. Al ser Kaoru una figura política, cada uno de sus pasos sería observado y juzgado con ojo en extremo crítico. Un paso en falso podría incluso asegurarle la horca en los tiempos que se vivían. Aunque el santuario era internamente idealista, abiertamente estaban en favor del Shogun. Si se descubría que Kenshin era un rebelde y que comunaba con el santuario, ya no digamos con su representante mayor -Kaoru-, algo peor que el incendio de hacia un año sin duda ocurriría.
Por éso le sorprendió tanto escuchar la respuesta del hombre a su lado.
-Pero esa niña hizo una conexión contigo, Himura kun.
El aludido miró al mayor con sorpresa. Éste le miraba con cierta seriedad. Su sonrisa previa había disminuído hasta convertirse en casi una línea recta. Pero estaba ahí y le dejaba un mensaje en claro.
Kenshin se removió incómodo. Y decidió que quizá ese era el momento ideal para aclarar algunas dudas.
-Hay algo que deseo preguntarle. -Le dijo. -Sobre la conexión.
El Guji le miró atento, su mirada fue adquiriendo un brillo casi calculador, como si ya supiera lo que el muchacho estaba por pedirle.
Aquella vez, su primera despedida y a su vez su primera discusión entre él y Kaoru, su enojo había sido por la falta de confianza de su compañera. Ella había sabido cada movimiento que él daría y le había negado a él entender lo que había detrás de cada acción.
Tras meses compartiendo sus dudas sobre su destino como espadachín, descubrir que Kaoru había conseguido la respuesta a expensas suyas pero que se negaba a compartírsela, se había sentido en cierta forma como una traición.
Había sido por él después de todo, que ella había conseguido tal visión...
-Confieso que, aunque me sentí bastante molesto entonces, la realidad es que no lo entendí del todo. -Dice. -Tan sólo me sentí molesto al saberme de algún modo usado y no saber siquiera el porqué.
-¿Quieres que te lo explique? -Ofrece el Guji al instante. Deseoso de revelar tal secreto.
Y el muchacho no puede evitar rebosar en ansiedad.
-Si no fuera molestia. -Pide.
-Lo haré Himura kun, pero hay algo que debes entender primero. -Le advierte. -El que tus preguntas sean contestadas o no dependerá en gran parte de tus creencias.
-¿Mis creencias? Sobre la religión, ¿quiere decir?
El Guji suspira entonces. Su mirada se vuelve lejana.
-¿Qué opinas del destino, Himura kun? ¿Crees que todos tenemos una misión que cumplir en este mundo terrenal? Y de ser así, ¿crees que la historia de cada hombre y mujer ya ha sido diseñada con antelación?
Un nudo de emociones se ata en el pecho del samurai.
-Eso último sería algo cruel. -Opina.
El Guji no ha dejado de sonreír.
-¿Por qué? -Instiga.
-No estoy seguro de cómo explicarlo. Pero como lo entiendo, si la historia de una persona ya ha sido diseñada, significa que tanto las víctimas como los villanos, están condenados unos a sufrir y otros a generar sufrimiento sin posibilidad de elegir algo diferente.
-Puede ser. -Asintió el hombre. -La religión nos dice, sin embargo, que, si bien todos tenemos un camino a seguir, éste depende en gran medida de nuestras decisiones. No todos están aquí con una misión en particular. Algunos simplemente son libres de vivir como quieran, pero hay otros necesarios para evitar tragedias, o para forjar caminos. Como lo es Kaoru dono. -Declara, y luego lo mira directamente. -Y como lo eres también tú.
Kenshin se sobresalta ante esto.
-¿Yo?
El Guji asiente.
-Tú eres el niño rojo que Kaoru dono estaba buscando. Eres Shinta -Declara.
El calor le abandona a Kenshin por ese instante. El recuerdo de Kaoru en su primer encuentro en el bosque le asalta la mente.
"Rojo. Shinta." Había dicho ella en trance.
-Cuando Kaoru dono fue traída al santuario, era demasiado niña para aceptarla, por lo que debía dar prueba de que era poseedora de un don especial. -Continua el hombre con su explicación. -Sin embargo, no hubo necesidad de ponerla a prueba, ella ya traía tu nombre en la boca -ríe.
-¿Fue esa la verdadera razón de que se me permitiera quedarme con ella?
-¡A saber! -Ríe el hombre. -La conoces. Es fácil quererla.
Las mejillas del muchacho se han coloreado ante aquella acusación. La sangre le ha subido hasta las orejas.
Esta vez el Guji sonríe por una emoción sincera. Una parte del hombre que había sido todavía reside en él, y ésta recuerda los sentimientos que el samurai frente a sí alberga por quién había sido su protegida.
-Su bondad. Su amor por la vida. Su solidaridad. Su fortaleza. Su facilidad para aceptar a las personas. Su compromiso con su deber. -Señala. -Son tan sólo algunas de las cualidades que atraen a la gente hacia ella.
"Cuando descubrimos quién eras, y quién era tu maestro, fue fácil aceptar que debías compartir camino con nuestra pequeña doncella. Mas no teníamos idea de cómo exactamente embonarías en su destino.
Pero al verte ahora con esos ojos. -Ojos de asesino- Quizá tu camino siempre fue éste. O quizá hubo otro que ella interrumpió."
-¿Cómo? -Cuestionó Kenshin sobrecogido.
-Kaoru dono no sólo tiene el don de la premonición, sino de la visión misma. -Le dijo el Guji. -Es capaz de ver no sólo el futuro, aquellos destinos incapaces de alterarse, sino también de ver las posibles vertientes, aquellos que pueden moldearse, y decidir si cambiarlos o no. Y en tu caso, decidió cambiarlo.
Éso tendría sentido si en principio hubiese sido a él a quien Kaoru había estado leyendo, se dice Kenshin, más no había sido así.
-Pero, en ese momento Kaoru dono estaba leyendo el futuro de alguien más. -Recalcó.
-Exactamente. -Asintió el mayor. -Ése es mi punto Himura kun. Lo que sea que ella haya visto, queda claro que había una conexión contigo y la joven Yukishiro.
-Ni siquiera la conozco. -Refutó sintiéndose molesto.
-Pero quizá debías hacerlo. -Insistió el Guji. -Incluso si entonces no eras consciente de ella, ambos estaban en el mismo camino, ¿o no? Los dos en aquella habitación.
…
Y entonces su corazón se sacude, porque recuerda el encuentro con la joven de ojos oscuros en el mercado, hace apenas unos días.
-¿Te he visto antes? -Había preguntado ella.
…
-Si Kaoru dono no hubiese sugerido aquella lectura -continua el Guji-. Si tú te hubieses integrado a aquél encuentro. Si ninguno de los dos hubiese tenido que enfrentarse a sus sentimientos y sus circunstancias… quizá hubieses elegido diferente.
Tal vez, acepta el samurai, más el eco de aquél recuerdo sigue fresco en su mente.
-Aquella mujer, está casada ahora. -Vuelve a refutar.
Jineh no puede evitar soltar una risa.
-Hay más de un solo tipo de relación entre un hombre y una mujer. -Le explica. Aunque el muchacho no parece querer escuchar. -La única que sabe realmente cuál sería la tuya con dicha joven es Kaoru dono. Algo es claro, sin duda… cualquiera que hubiese sido tu destino con tal jovencita, debió afectar tanto a Kaoru dono que decidió cortarla, y ponerse a sí misma en su lugar. -Declara.
"Hice una conexión." Había confesado Kaoru, con la más clara culpa y vergüenza en sus ojos.
El corazón se le estruja a Kenshin en el pecho, porque lo que el Guji ha declarado es mucho más delicado de lo que aparenta.
-Ésa es la conexión Himura kun.
"Ella te eligió a ti." Resuenan en su mente las palabras de Shinji, y por fin las entiende.
-Quizá aquel momento fue el primero en el que nuestra pequeña avecilla se permitió ser completamente egoísta.
"No quiero dejarte ir." Había llorado ella aquella mañana en la casa de retiro.
Tan aferrada a él y decidida a no soltarle.
Más aquella primera despedida, Kaoru había estado tan resignada... Quizá porque entonces sus sentimientos por él no eran todavía tan fuertes, considera.
No. Se dice después.
-Me dejó ir entonces por remordimiento. -Concluye.
Aunque lo justo sería decir que la joven había recapacitado tras recibir su castigo por tal crimen.
El Guji asiente.
-Lo hizo. Pero también por deber -Le aclara. -Lo que muchos no alcanzan a comprender, es que una vida, por insignificante que parezca, tiene conexión con el resto del mundo. Estamos todos conectados como hilos en un tapete. Si jalas uno, provocarás una reacción en cadena que bien podría destruir por completo dicha prenda. El alcance de sus acciones -las de Kaoru- es imposible medirse.
Ah, entonces aquellas palabras tenían sentido, se dice el pelirrojo.
"No quiero que me odies." Le había dicho ella. Y no había sido una petición, sino una declaración.
-Quizá pensó que al alejarse de ti entonces, al recordarte cuál era tu camino previo a conocerla, aquello que había roto volvería de algún modo a remendarse.
"No era aquí a donde querías ir." Le había recordado Kaoru.
Y aunque había sido cierto, también lo había sido su deseo a permanecer en el santuario, con ella.
-No importa. -Declara tras reflexionarlo. -No cambia nada lo que Kaoru dono haya hecho o no. No me importa. -Asegura. -No voy a elegir a nadie más.
No había mentira en sus palabras. Durante todo el tiempo que estuvo en el santuario, únicamente tuvo un deseo.
-Incluso si mi destino fuese otro… -Reconoció. -No quiero elegir a nadie más.
"Sí te quiero." Porque ella le había correspondido.
El mayor le miró entonces con pena en sus ojos, como si hubiese sabido siempre que aquella sería su respuesta. Con la tristeza de ver que el joven no era capaz de entenderlo del todo.
-Himura kun. -Le apremió. -Cualquiera que haya sido el destino de la joven Yukishiro, Kaoru dono lo ha hecho suyo. -Recalcó, dejando una pausa para que el muchacho lo asimilase. -Es muy pronto para saber si aquello terminará en un final feliz o en una tragedia.
Un escalofrío recorrió al samurai.
-No permitiré que lo segundo pase. -Juró.
Porque su mente recordaba con demasiado detalle la pesadilla en la que los ojos azules de la joven miko habían perdido su brillo.
Y la espada que atravesaba cruelmente el pecho de ésta.
-Jamas permitiré que suceda. -Gruñó con las manos en puño.
Eran las primeras horas de la mañana cuando Sanosuke volvía a tallarse los ojos en un intento de mantenerse despierto. Justo cuando el doctor Gensai volvía a entrar para una última revisión de Himura.
Al ver al castaño el corazón se le entibió al mayor.
-Deberías descansar, todo el mundo está durmiendo -le dijo, con una sonrisa.
Sano, sobresaltado un poco, negó con la cabeza.
-Kenshin podría despertar en cualquier momento -dijo-, prefiero quedarme aquí que dejarlo solo.
Gensai observó entonces a detalle la situación en la habitación. Sanosuke había arreglado todo en la habitación para asegurar la comodidad del samurai. Tenía incluso una charola con agua y te, listos por si el joven despertaba y tenía sed. Hasta había una cajonera con medicinas cerca del futón dónde descansaba el pelirrojo.
Gensai dudaba desde luego, que el chico supiera usarlas.
-Eras cercano a él. -Concluye el médico.
Sano no lo niega, a pesar de que su relación con el samurai no había sido tan abierta.
-Cuando Katsu se fue resultó difícil coordinar con el resto del grupo. -Explicó. -A veces es frustrante que me vean tan sólo como un chiquillo a pesar de casi cumplir los quince. -Confiesa. -Luego Kenshin llegó, y fue agradable tener alguien cercano a mi edad, que además ya conocía en cierta manera.
Gensai lo entiende.
A pesar de que cada vez más y más huérfanos se unen a las filas de soldados, son pocos los que logran tener un avance como el de Sanosuke y Katsuhiro.
La mayoría morían en cuestión de días.
-Después, al ver lo fuerte que era, me inspiró a querer ser mejor luchador. -Continua el castaño. -Si su actitud hubiese sido diferente quizá no nos hubiésemos llevado tan bien.
-Como una rivalidad, quieres decir. -Inquiere el médico.
Sano lo considera.
-Tal vez… -Dice algo inseguro. -Pero Kenshin, es diferente. -Declara, mirando a su amigo todavía inconsciente. -Me recuerda un poco al capitán Sagara. Ambos no hacen alarde de su fuerza. Y son demasiado honestos. Kenshin es incluso más ingenuo que yo. -Sonrió.
Gensai sonríe también. Si los ideales de la gente que trabajaba por destruir aquella era eran tan honestos y puros como los de los corazones de esos muchachos... Tal vez, había verdadera esperanza de un mundo diferente y mejor.
-Estoy seguro de que a Himura san le alegrará saber que cuenta con tan leal amigo -le dijo sonriendo.
Gensai se retiró entonces, dejando al castaño con su incansable guardia.
Sanosuke cabeceó un par de veces más. Cerca de quedarse dormido, el castaño recordó cuando se había reencontrado con el samurai.
-A partir de ahora Himura se unirá a nosotros. -Había declarado el capitán Sagara.
Apenas habían pasado un par de semanas desde su primer encuentro, por lo que le había sorprendido a Sanosuke el ver al pelirrojo de vuelta con ellos. Katsu llevaba un par de días desde su reubicación además, por lo que la llegada del samurai le hizo sentir algo de alivio.
Y dado su conexión con Jouchan, se sentía todavía mas cómodo al dirigirse a él.
-Yo! Kenshin -le había llamado al acercarse.
El aludido le había mirado al instante, sino bien algo sorprendido de encontrarlo ahí -mucho más de que éste se le acercara con tanta confianza-, pero internamente aliviado de encontrar de menos una cara conocida.
-Ah, Sanosuke san, ¿cierto? -Dijo, tras recordar su nombre.
-Olvídate del keigo, soy sólo Sanosuke -Contestó el castaño, luego se tornó algo altanero. -Aunque una vez ganemos la guerra seré Sagara Sanosuke.
Y aunque lo había dicho con confianza, estaba esperando el momento en que quizá Kenshin le mirara diferente, igual que hacía el resto al escucharle.
-¿Igual que el capitán? -inquirió éste.
Sano asintió, preparándose para la mirada que le dedicaría el samurai, la misma condescendencia que todos le daban.
-Aa. Pero por el momento soy sólo Sanosuke.
Sin embargo, Kenshin había sonreído, y en su sonrisa no había ningún tipo de burla.
-De acuerdo. -Había dicho. -Sanosuke entonces.
Sano lo quiso aún más.
Al finalizar el día, y tras haberle dado un tour por el campamento, Sano se alegró de compartir tienda con el samurai.
-Así que estarás peleando con nosotros -Inquirió mientras preparaban las camas.
-Por el momento -Asintió.
-Hmm.
Sin embargo, Sano se había quedado viéndolo a detalle entonces, tan descaradamente que en algún punto fue demasiado para el pelirrojo.
-¿Sucede algo? -Le cuestionó al fin, sonriendo todavía pero con la venita del enojo resaltando en su sien derecha.
Sanosuke sin embargo, no se inmutó.
-Es extraño, pero, había pensado que eras el guardaespaldas de Jouchan. -Declaró.
Kenshin entonces había cambiado el semblante. Cómo si las palabras de su compañero de algún modo le hirieran.
-En cierta forma lo fui. -Reconoció con cierta tristeza, una agridulce. -Aunque es algo un tanto más complicado que eso. -Declaró.
Y Sano, terriblemente niño todavía, había sonreído sintiéndose de algún modo victorioso.
-¡Lo sabía! -Dijo, comenzando a reír. -¡Te gusta, ¿cierto?! Qué guardado te lo tenías, pillín.
Se suponía que Kenshin se ruborizaría y se haría nudos con sus propias palabras; completamente abochornado por ser descubierto en sus sentimientos, los que seguramente había mantenido en secreto si consideraba de quién estaba enamorado el joven samurai.
Más Kenshin no había reaccionado de tal forma.
-¡No digas nada! -Le había amenazado.
Porque había sido una amenaza. El seguro en su saya se había liberado e incluso había levantado la espada por encima de la funda. Su ki también había cambiado, tensando el ambiente.
Sanosuke había sentido verdadero temor entonces.
-Descuida, descuida. Sé guardar un secreto -Aseguró con prisa con las manos levantadas. -Geez Kenshin, relájate. Juro que no le diré ni a una sola alma.
Sólo entonces el pelirrojo había despertado de aquella paranoia. Su rostro se llenó de vergüenza al instante después.
-No… -Dijo con dificultad, volviendo a asegurar la katana. -Gracias Sanosuke... Tienes razón, no es para tanto. -Dijo evidentemente incómodo.
Horas después, y tras hablar con el capitán Sagara, Sanosuke entendería lo inapropiado de sus comentarios y el por qué Kenshin había reaccionado de tal manera...
Si alguien ajeno, con intenciones de lastimarlo, llegase a escuchar aquello... Sano se había estremecido entonces. Aquella noche, juró no volver a ser tan descuidado.
…
Y luego, la batalla contra el ejército del Shogun -aquella enriquecida de extranjeros- se desató.
-¡Retirada!
Habían sido superados en número, terriblemente superados. Además de haber sido dirigidos a una emboscada.
Incluso si Sanosuke se había quedado en la retaguardia cómo siempre, tan pronto se habían visto rodeados poco podía ayudarle en protección aquella postura.
Y aunque más adelante sería algo que le avergonzaría, en aquel momento había agradecido el que sus mayores le protegieran, mandándolo al centro del grupo.
Más tan pronto los ataques habían empezado, poco sirvió también aquella posición. En especial cuando el enemigo acababa con sus filas con demasiada facilidad.
Sanosuke había logrado esquivar y defenderse por igual, mientras veía tanto aliados como enemigos caer a diestra y siniestra.
Pronto estuvo de frente al fusil de un rifle.
-¡Ah!
-¡Muere!
Más la sangre que le bañó de frente no había sido la suya.
-¡Kenshin!
El samurai había literalmente decapitado al soldado enemigo, justo cuando habían llegado refuerzos que reabrieron el camino para la retirada.
-Salvaste mi vida… -murmuró el castaño, con voz temblorosa.
El eco de sus compañeros se escuchó de pronto gritando "retirada". Ante tal desequilibrio de ejércitos era obvio que debían escapar. No habría forma de que vencieran.
-Kenshin debemos irnos, nos superan en número. -Le habló con premura a su compañero -¡Kenshin!
Más el samurai se veía diferente del chico con el que habia interactuado en el campamento. Su ki era mucho más filoso y frío, un total opuesto del Kenshin horas atrás.
-Kaoru, dono… -murmuró éste, con los ojos todavía cubiertos por sus mechones rojos. -Debo seguir.
-¿Kenshin…?
El aludido se había erguido de pronto. Sanosuke retrocedió ante esta nueva presencia.
Los ojos del samurai brillaban como oro líquido.
-¡Kaoru…! -Soltó éste, apretando su agarre en su katana. -Debo pelear...
Y al instante siguiente se había avalanzado hacia el enemigo.
Sanosuke ni siquiera tuvo tiempo de volverle a gritar.
...
Kenshin era algo totalmente diferente del resto de los samurai.
Kenshin era un oni, mucho más rápido que el mismo viento.
En su primer ataque se movió fluido como una serpiente de agua, que evade con soltura los ataques de frente para luego elevarse cuál dragón en un ataque completo de dos pasos, el cual le permitía acabar con cinco oponentes de frente.
En el segundo, había corrido en medio de una lluvia de balas y conseguido esquivarlas al cubrirse estratégicamente con soldados enemigos que acababan por dispararse a ellos mismos en un intento por alcanzar al pelirrojo.
-…Imposible.
Para su tercer ataque, el enemigo ya se mostraba cauteloso, en pausa, esperando adivinar en vano su siguiente movimiento.
-Debo pelear por ella… -Seguia murmurando, en una voz tan baja, que Sano apenas y le escuchó.
Para entonces, los ánimos de sus compatriotas ya se habían vuelto a levantar.
-¡Con Himura! ¡De prisa! ¡Minna(Todos)! -Gritaban.
Kenshin les había abierto el paso en aquella batalla, un enemigo tan veloz que no tenía contrincante que se le igualara.
Más era su motivación a pelear lo que se había quedado grabado en la mente del joven luchador.
…
Todavía ahora, mientras veía a su amigo debatirse entre la vida y la muerte, lo asaltaba el mismo pensamiento.
"¿Qué pasó entre ustedes dos?" Se cuestionaba.
...
Si tan sólo supiera la verdad de ambos corazones, quizá sería fácil entender, y finalmente ayudar a su compañero.
De momento únicamente podía rezar por su recuperación.
En la mente del joven samurai, un recuerdo diferente se planta.
"No puedo ser visto contigo en el santuario." Había declarado aquella noche. Cuando había estado seguro de que no volvería a ser cercano a la miko de ojos azules.
Y aunque entonces lo había dicho más por despecho, Kenshin entendía la importancia de mantenerse a distancia de la joven si se declaraba como rebelde.
A pesar de esto, tras su confesión, el cómo debía cuidar el no ser visto con ella había cambiado totalmente.
Después de su reencuentro con el Guji, había quedado convencido de que deseaba saber si le recibiría Kaoru y cómo y en qué medida, y de qué forma sus interacciones cambiarían.
Por lo que había sido un alivio encontrarla a su regreso, justo en el punto en el que había pedido verla, en una de las capillas de asistencia más cercana al Tori. Aquella reservada para el descanso del clero, que además estaba fuera del camino principal de la subida.
La joven estaba dentro de ésta al borde del shoji, el cual estaba abierto, mientras jugueteaba con el trompo en sus manos; el mismo del que se había negado a renunciar semanas atrás.
El corazón a Kenshin le bailó en el pecho al verla.
-Kaoru -le llamó.
La respuesta de ella fue inmediata.
-¡Kenshin!
Y su sonrisa aún más magnífica.
La joven se había puesto de pie al instante y salido a su encuentro, el muchacho se adelantó hasta ella como pudo. Tanto como su pierna izquierda, herida a la altura del muslo, se lo permitía, tambaleándose.
Aquello la frenó en seco.
-¡Estás herido! -Exclamó con preocupación.
Él por supuesto le restó importancia, preocupado de ver la angustia en el rostro de ella.
-Un poco. -Declaró.
Ganándose sin quererlo una reprimenda por parte de ella.
-¡¿Un poco!? -bufó.
Y al instante siguiente lo arrastró de la coleta dentro de la capilla.
-¡Iitteee!(Duele) -Gruñó Kenshin, siguiendo forzadamente el ritmo de la joven, que en realidad había respetado la necesidad de él de caminar más despacio.
Lo que alargó el agravio a su pobre cabellera.
-¡Mou! -Gruñó Kaoru al soltarlo, manos sobre la cintura.
Dejándolo caer con cierta gracia sobre uno de los cojines dispuestos alrededor de una mesa central, evidentemente diseñada cómo comedor.
-Estoy bien, en serio. -Aseguró el muchacho todavía sonriendo.
Kaoru no parecía convencida.
-¿Puedo? -Pidió.
Él suspiró internamente, antes de asentir. A sabiendas de que ella no estaría tranquila sino hasta asegurar que de verdad él estaba en su mayoría bien.
Kaoru entonces -con algo de pena aún, si sus mejillas rojas evidenciaban algo- comenzó a revisar el cuerpo del samurai.
Empezando por sus brazos, desde los hombros hasta la punta de sus dedos; primero uno y luego el otro. Viendo, flexionando y tocando levemente ciertas zonas para asegurar que el muchacho no mentía. Siguiendo por su espalda y su cuello; dónde su toque le provocó cosquillas a Kenshin, pequeños escalofríos que provocaban algo diferente a la risa. Moviéndose después al pecho del muchacho, dónde se limitó únicamente a mirar mientras removía un poco el gi; para terminar en su rostro. Dónde él se decidió a mirarle también, mientras se sabía amado...
La expresión risueña del chico, tuvo un efecto diferente del esperado...
-¿Satisfecha? -Le preguntó coqueto. Provocando que las mejillas de ella se tiñeran de rojo.
Las manos de la joven volvieron sobre la pierna izquierda del samurai.
-¿Es ésta la única grave? -Preguntó, no sin cierta amenaza por debajo de sus palabras.
-Lo juro. -Contestó él, todavía sonriendo.
Kaoru al final suspiró aceptando aquella respuesta.
-¿Qué ocurrió?
Kenshin extendió su sonrisa, aquella que al no llegar a sus ojos, le había obligado a cerrarlos.
-Aterricé mal tras un ataque.
Las cejas de la joven se juntaron en un gesto de incredulidad e irritación.
-¿Aterrizaste sobre espada enemiga? -Cuestionó con cinismo.
El muchacho se atrevió a reír aún más.
-No es tan malo como suena. -Declaró, rascándose por detrás de la nuca.
La miko le jaló ambas mejillas con fuerza.
-Te estás convirtiendo en un simplón -Soltándolas tan pronto le acusó.
-¿Te molesta? -Preguntó él sobándose ambas mejillas, todavía sonriendo a pesar del dolor en éstas.
El gesto irritado de la miko, pronto se enserio en una expresión que denotaba tristeza.
-Sólo cuando me mientes. -Dijo, logrando romper la máscara del muchacho, cuya sonrisa se desinfló cuál globo. -¿Entonces? -Presionó ella.
Kenshin, incapaz de seguir evadiendo lo que lo acongojada, no pudo más que responder con la verdad.
Su mirada se tornó distante.
-Uno de los samurai que enfrenté era apenas un niño. -Dijo, consiguiendo que el corazón de su compañera se estrujara con aquella confesión. -Otro más lo había conocido en mi viaje a Edo un año atrás.
El samurai todavía podía pintar el rostro de aquél hombre, y la misma emoción de desconcierto en su rostro, que sin duda había pintado el suyo propio también al encontrarle en batalla.
-Fue una de las personas que me había ayudado a rescatar a Sasaki dono. -Continuó. -Dudé un instante… Y esto pasó. -Concluyó señalándose la pierna herida.
Las manos de la joven se habían juntado a la altura de su boca, en una reacción de contener la emoción que sentía. Luego, tras reconocer que era ella quien debía dar consuelo, se obligó a reponerse.
-Lo lamento. -Le dijo con sinceridad, tomando después las manos de Kenshin en las suyas propias. -Haré oración por ambos... ¿Tienes más nombres?
Kenshin arrugó el gesto con pesar.
-Demasiados. -Sollozó, apretándo las manos de ella.
La joven asintió.
-Dímelos todos.
Y Kenshin lo hizo, mientras Kaoru va grabando cada nombre en su mente, aceptando llevar la misma carga que su compañero para evitar que ésta acabase por ahogarle.
…
Era cerca de la media noche cuando el relato por fin había terminado, y Kaoru había hecho las oraciones pertinentes.
Aunque el ki del joven samurai todavía estaba herido -y Kaoru entendía que en cierta forma siempre sería así a partir de ahora- cuando menos tenía mejor ánimo que cuando había llegado. La máscara que se había autoimpuesto había desaparecido por completo, no estaba tratando de encubrir sus emociones.
Más Kaoru temía que tal avance se viese entorpecido, había notado las ojeras en el rostro del chico y adivinado lo que sin duda alguna le agobiaba entonces.
Por lo que terminó por hacerle aquel ofrecimiento.
-Pasa la noche aquí. -Le dijo, porque había sido una orden más que una petición.
Kenshin negó con la cabeza.
-Es muy arriesgado. -Le dijo.
-No tenemos que volver a mi habitación.
-Kaoru. -Le advirtió él.
Más ella no se rindió.
-He despertado en lugares peores, tú lo sabes.
Por supuesto que lo sabía. Le había dado un susto de muerte la primera vez que la había visto caminar sonámbula, aquella primera semana que había pasado con ella en el santuario.
Pero aquello había sido diferente.
-Aún así…
-Siempre puedo culpar a una visión -le cortó ella, y luego agregó al ver cómo él estaba por refutarle-. Ni siquiera tendría que mentir, dejaría que ellos asumieran lo que quisieran.
Se sintió tentado entonces... Había extrañado tanto su compañía...
Sobretodo tras su confesión casi un mes atrás.
Aquella noche en qué la había abrazado para abochornarse al instante después. Dónde había terminado murmurando algo bajo la línea de "abriré el camino a una nueva era para ti", no estaba seguro ahora. Y luego había partido decidido a ver a Katsura.
Ahora que lo pensaba, aquella había sido una despedida confusa.
Kaoru ni siquiera le había dicho nada entonces, aunque no le había rechazado, tampoco le había dicho nada más.
Aquello había sido la verdadera razón de que se hubiese marchado de regreso a Kioto sin esperarse a recibir respuesta de ella, no queriendo darle la oportunidad de que volviese a rechazarle ...
Todavía ahora quería ser precavido.
-No podría hacerlo. Ya estoy tentando tu honor bastante por como son las cosas.
Por lo que genuinamente se habia sorprendido de la respuesta que ella le dio entonces.
-Mi honor reside en la verdad de mis sentimientos por ti. -Declaró con fuerza, volviendo a tomar sus manos, claramente con la intención de detenerlo en su partida -Y no estoy haciendo nada malo. Estoy ayudando a un amigo. -Declaró, aquella palabra que tanto le molestaba a él.
Ella, al ver la molestia brillar en sus ojos, presionó con más fuerza sus manos, deteniendole y con una sonrisa en las comisuras de sus labios.
-Por ahora -remarcó-. Sólo un amigo.
Kenshin se mordió la lengua. Porque aunque su corazón le motivaba a refutar, su mente le abría el panorama de lo que representaban las palabras de ella.
Ciertamente era menos impropio que dos amigos compartieran cama a que lo hicieran dos jóvenes enamorados.
-Un amigo. -Aceptó, aunque no sin cierta dificultad.
Ella le sonrió.
-Sé que tienes pesadillas. No te escondas de mí, Kenshin. -Le rogó, su voz apenas un susurro.
El muchacho se debatió consigo mismo apenas un breve instante antes de ceder.
-Sólo esta noche.
La sonrisa de ella se extendió.
Más cuando ella se dirigió al fondo de la habitación donde tan solo un único futón estaba doblado, Kenshin sintió que ambas piernas le flaqueaban y la razón no era su herida en el muslo izquierdo.
-Kaoru dono esto no… -intentó refutar.
Más la mirada de su "amiga" lo detuvo en seco, a un lado del futón había un bokken(espada de madera), uno que le trajo el recuerdo de Kaoru persiguiendolo por el santuario antes de dolorosamente -para él - alcanzarlo.
-Lo hacemos a mi manera, o a la manera del bokken -amenazó ella.
-Ambas son a tu manera -gruñó él por lo bajo.
-¿Dijiste algo? -Cuestionó ella, cejas elevadas.
Él fue pronto al negar todo.
-Lie(no), hime dono(princesa). -Canturreó.
La joven sonrió satisfecha antes de disponer el futón, y luego ambos se acomodaron debajo de la colcha.
...
Tal cercanía resultó exquisita.
...
Exquisitamente incómoda.
Lado a lado, hombro con hombro, miradas en un punto distante del techo, y cosquillas en el cuerpo; ambos jóvenes apenas y podían respirar.
No había sido así ni siquiera cuando habían dormido sin la pantalla. E incluso la noche que habían compartido futón en la casa de retiro, sus sentimientos no habían estado tan expuestos...
Oyasumi -susurró de pronto Kaoru, quién había girado su rostro para verle.
Kenshin la miró igualmente
Oyasumi -Contestó él.
Sus ojos quedaron fijos en los del otro por un breve momento.
Después ella volvió a acomodarse dándole la espalda, sintiendo cosquillas ante la mirada de él en ella.
Kenshin suspiró, había un claro anhelo en su mirada; después se acomodó de igual modo, espaldas a ella, en aquél pequeño espacio del futón.
Espalda contra espalda, los dos jóvenes se mantuvieron despiertos por un largo rato antes de poder conciliar el sueño.
…
Cerca del amanecer, Kenshin despertó aferrado al cuerpo de su compañera; con el rostro recargado en su pecho, nariz hundida en la curva de su cuello, y los brazos aferrándose al torso de la miko. Kaoru, contrario a lo que el joven esperaba, le abrazaba de igual manera, una mano sobre su roja melena y la otra en su espalda. Casi como si estuviese protegiendo a un niño pequeño, con las piernas enredadas en las de él.
Aquella noche las pesadillas no habían hecho presencia en su psique. Y el muchacho lamentó el tener que separarse de la joven miko.
Más ya se habían arriesgado bastante.
Sin embargo, cuando había intentado despertarla, la joven había terminado por aferrarse más a él.
-Solo un momento más Kenshin -había pedido ella a voz baja, todavía adormilada.
Y Kenshin, tan faltó de cariño, había cedido a sus deseos y vuelto a cerrar sus ojos...
...
¿Cuando había sido entonces que las cosas habían dado un giro en la dirección incorrecta?
…
-Si seguimos como hasta ahora, nuestro siguiente punto será Edo.
"Cierto" Se recordó. "Había sido por Guji sama."
-Himura kun -Le había hablado Sozo entonces. -Hay un asunto urgente que debemos resolver.
Kenshin apenas y podía creer lo que leía entonces...
Tras su regreso al campo de batalla, meses después de aquel encuentro clandestino entre él y Kaoru, el anterior Guji había sido declarado enemigo público del shogunato.
-Imposible… -Murmuró, sintiéndose dividido entre el enojo y el temor -Guji sama sería incapaz de hacer esto. Él… es un hombre honorable, gentil incluso.
-¿Lo has visto pelear Himura? -Le cuestionó Sozo.
Logrando sin quererlo revivir un recuerdo en la mente del chico, e incluso el volver a sentir el escalofrío de aquel día, al ver al Guji cómo un asesino.
"Tienes una avecilla que rescatar." -Le había dicho, con el cuerpo maltrecho de la antigua miko Momiji colgando de uno de sus brazos.
Pero incluso entonces, el ki del hombre había estado lleno de angustia.
-Durante el ataque al santuario, pero eso fue diferente. -Aseguró. -No hay forma de que él se volviese un asesino solo porque sí. -Dijo convencido, tanto que le fue fácil esconderse en una emoción de molestia. -¿Qué pruebas tienen?
Sozo miró a uno de sus asistentes, quién le entregó otro pergamino antes de contestar.
-El shinsengumi ha hecho llamar al santuario.
-¿Por qué el shinsengumi? -Cuestionó el pelirrojo, con un mal presentimiento.
-Parece ser que se volvió parte de una cuadrilla de limpieza dentro del grupo.
El corazón se le fue a los pies. ¿El Guji cómo enemigo del santuario?
-Imposible, no hace mucho hablé con él.
Porque había sido cierto. Si el Guji realmente estuviese del lado del régimen, no habría tenido reparos en acabar con Kenshin, en especial tras los hechos en Mito.
Aunque quizá, aquello había sido una última concesión del hombre hacia él... Ya no estaba seguro de qué ceer...
-¿Notaste algo al respecto? -Preguntó Sozo.
"Esos ojos son los de un asesino." Le había dicho el Guji.
Pero eso tenía más que ver con sí mismo que con un cambio en el mayor ...
-No. -Respondió. -Y estoy seguro de mis creencias. No fue él. No lo hizo.
Sozo se debate ese momento en considerar todas las posibilidades, muchas de las que Kenshin imagina, se escapan a él mismo. Pero no parece que su superior vaya a llegar a una conclusión lógica.
-Aunque, de momento no han llamado en particular a Kaoru miko sama a hacer frente -continua el asistente-; sólo es cuestión de tiempo para que lo hagan.
Kenshin finalmente entiende el por qué lo llamaron.
-Está enviándome. -Concluye, incapaz de completar la frase.
Porque incluso si se ha hecho a la idea de tener que matar para ganar, sabe el peso de tener que acabar con alguien conocido, ya no digamos cercano.
Y no quiere tener que hacerlo.
Sin embargo, y al mismo tiempo, sería absurdo decir que no desea ser él quien vaya. Pues es precisamente por de quién se trata, que Kenshin no desea que sea otro quién lo elimine.
-Incluso si la orden vino de Katsura Kogoro, sé que quieres ir. -Le dice Sozo, entendiendo a la perfección los pensamientos del joven delante de él y al mismo tiempo explicando el oir qué de su actuar. -Somos tus aliados Himura kun. Espero que puedas vernos como tal.
El aludido afiló la mirada. Debía apresurarse, se dijo.
-Viajaré solo.
Tras un instante de duda por parte de su superior, éste asintió.
-Entiendo.
Aquello le sabía mal al capitán del Sekihotai, más entendía que debía respetar la decisión de Himura. Era parte de su acuerdo con Katsura de cualquier modo.
-No saben quién eres. Hemos cumplido con lo necesario para mantener tu identidad en las sombras. Sin embargo, si no eres cuidadoso, más de uno podría descubrir tu identidad. -Le advirtió. -Debes cuidarte principalmente de los capitanes del Shinsengumi.
-O quizá deba ocultarme en sus filas. -Completó el pelirrojo.
Los presentes en la sala rieron.
No fue sino hasta que Kenshin estuvo camino a Kioto que finalmente vislumbró lo que posiblemente había hecho el Guji.
"¿Podría ser posible?" Se cuestionó. "El Guji como un veneno que atacará desde dentro..."
Kenshin aceleró el paso.
Si sus sospechas eran ciertas, debía llegar cuánto antes a salvarlo.
...
Sin embargo, para cuando había llegado al santuario había sido tarde.
-¡Himura kun! -Le recibió Hikari, corriendo hacia él.
Kenshin apenas y la detuvo sosteniéndola de los hombros.
-Hikari chan, ¿qué ocurre?
-Llegas tarde. -Se quejó ésta, pero la molestia quedaba sepultada bajo su preocupación-. Kaoru dono ya salió con una cuadrilla. El shinsengumi también está persiguiendo a nuestro antiguo Guji. -Explicó y luego se aferró a él desesperada. -¡Himura kun, la consigna es matarlo!
…
Siguiendo las indicaciones de Hikari, había sido fácil alcanzar a la primer cuadrilla del shinsengumi antes de que el Guji acabará con ellos, o de éstos consiguieran acabar con el sacerdote.
Kenshin no lo tenía claro entonces, ¿por qué exactamente buscaba al Guji? ¿Sería para eliminarlo o para ayudarle a escapar?
Sin embargo, tras su primer enfrentamiento, el joven samurai pudo darse cuenta del cambio en la fluctuación del ki del hombre que antes dirigía el santuario. Era una presencia pesada y oscura...
Y para su pesar, no había rastro alguno del hombre amable al que había considerado un guía. Aquello le había descolocado tanto, que en su momento de duda, Jineh había aprovechado para hechizarlo.
-Veremos quién llega primero a ella, Himura.
-¡No! ¡Jine!
Con su mente un caos, Kenshin apenas y consiguió liberarse del hechizo a tiempo de rescatar a Kaoru. Aunque le costaba admitirlo, había dado con ambos gracias a su conexión con la joven y no a su habilidad para seguir el ki del Guji.
...
El muchacho estaba exhausto.
...
-¿Te encuentras bien Kenshin? -Le había preguntado Kaoru, tan pronto la había dejado tras alejarse lo suficiente de Jine para no ser heridos por éste.
Lamentablemente, el pelirrojo no tenía la fuerza suficiente para alejarlos a ambos del lugar. Sin mencionar que no podía irse sin acabar con el problema que el exsacerdote representaba.
-Estoy bien. ¿Y tú?
Kaoru negó con la cabeza. Aunque era evidente que estaba herida, no parecía ser de gravedad.
-Pelea conmigo Himura -volvió a retar Jineh por detrás de ellos. Su gesto era todavía más enloquecido.
La miko le había detenido cuando había estado por volver a la lucha, la pobre bullía en miedo por ambos. Kenshin entendía tal preocupación, así como lo inútil de ésta... Había entonces puesto sus manos sobre las de ella.
-Todo estará bien Kaoru. No debes preocuparte -le aseguró.
Ella, todavía no del todo convencida, le había soltado al final.
La pelea había sido hasta cierto punto equilibrada.
Excepto que el hombre era capaz de ver aquella otra faceta del muchacho, la oscuridad que había intentado ocultar. El asesino en que se había convertido reconoció al asesino en el muchacho, y se llenó de éxtasis.
-Estas condenado igual que yo. Ella nunca te elegirá. -Le había provocado.
Kenshin lo supo entonces, el Guji deseaba morir, y quería que fuese él quien lo matase.
La sangre le cantó en las venas...
-¡Ah!
¿Por qué? Se sentía molesto y decepcionado... Mientras chocaban espadas, el joven samurai más y más se convencía de que la consciencia del Guji estaba perdida, únicamente quedaba Jineh el asesino.
Frustrado, había seguido los deseos de su superior.
...
-¡No lo mates!
Pero entonces Kaoru había gritado que se detuviera y su cuerpo reaccionó al instante, como si fuera ella quien realmente tuviese el control de él mismo.
Jineh cayó entonces al suelo con un fuerte golpe, tras haber recibido el daño de la técnica que el samurai había usado en reversa para no matarlo.
Kenshin respiraba con dificultad, aspirando por la boca. Lo siguiente que ocurrió casi le saca el corazón del pecho.
-¡Kaoru dono! -Le detuvo.
La mirada que ésta le dedica lo desarma. Porque no hay miedo ni reproche en los ojos de la miko. Ella sinceramente trata de reconfortarlo y hacerle saber que no debe temer.
-No me lastimará -le segura con voz temblorosa.
Kenshin duda un instante, pero acaba por dejarla ir.
La miko llega donde Jine yace, tosiendo mientras intenta recuperar el aliento perdido.
Es entonces cuando Kaoru pinta un cuadro que hasta ese momento no había tenido cabida en la vida del samurai.
-Todos tienen derecho a una segunda oportunidad.
Redención.
Kaoru está hablando de redención.
Sobre la posibilidad de que alguien que camina un camino tan oscuro como el de él, tenga la oportunidad de recorrer uno diferente lleno de luz.
Una vez más la miko le ha vencido. Mientras él llegó a enfrentar al Guji sin una idea clara de qué debía hacer, ni siquiera de lo que él deseaba hacer, Kaoru le había buscado con la firme intención de salvar al hombre que había sido su superior.
Y lo dice con tanta pasión y sinceridad que Kenshin casi lo cree posible...
Pero entonces...
-¡Ah!
Kenshin siente el ki del capitán del shinsengumi, Saito Hajime. Gracias a su habilidad es capaz de notar el momento exacto en el que Saito se ha escurrido por la retaguardia del Guji y el movimiento que pretende hacer.
Sus piernas se mueven por sí solas, antes de que acabe de decidir cómo responder.
-¡Kaoru dono!
Es un momento de duda que le ha costado una vida... Lo sabe...
Y aún así...
-No mires. -Le pide, casi le ruega.
Porque el hombre que ambos admiraban ha sido atravesado por la espalda.
"¡No mires!"
Porque su sangre gotea sobre la hierba hasta teñirse de rojo cuando el hombre por fin cae.
"¡Por favor! ¡No mires...!" Se dice a sí mismo.
Porque la imagen del hombre que muere no es la del asesino... Sino la del gentil sacerdote cuyo corazón había amado en secreto a quien había sido su compañera.
-¡No! ¡Guji sama! -Grita la miko, intentando liberarse del agarre del samurai.
Éste se mantiene firme.
Porque el sacerdote al que tanto querían muere con el nombre de la compañera que amó en sus labios.
-Mo...miji...
El corazón de Kenshin se sumerge en culpa.
-¡No mires, Kaoru! ¡Por favor! -Ruega.
Kenshin sabe, que ha sido la emoción en su voz lo que finalmente ha convencido a Kaoru de permanecer quieta.
Kenshin sabe...
Sabe... Que le ha fallado terriblemente...
...
El grupo que venía con el capitán de la tercera división del shinsengumi iba además acompañado por el grupo del santuario.
Durante todo el tiempo que les toma hacerse del cuerpo del exGuji, además de las pertinentes discusiones con los líderes presentes -Saito, Okita y Heisuke-, Kenshin permanece aferrado a Kaoru, su mano izquierda todavía cubriendo los ojos de ella.
La miko ha sido reducida a un llanto silencioso...
...
Cuando el cuerpo ha sido retirado, Kenshin libera a Kaoru. Mas más tarda éste en soltarla que ella en correr hacia Hajime Saito.
-¡No tenía derecho! -Le grita enrabietada, plantada delante de él. Kenshin a sus espaldas, apenas y consigue alcanzarla.
...
Estaba exhausto...
...
-¿Cómo pudo atreverse a cometer tal acto? -cuestiona entre lágrimas. -¡No tenía derecho!
Saito apenas si se inmuta. Forzándose a recordar que más que la "princesa de Kioto" la joven es la "querida" de su esposa, Tokio, logra mantenerse tranquilo.
-Por el contrario -Refuta con fría calma. -Desde el momento en el que se unió al shinsengumi era nuestro deber hacernos cargo de él como correspondía. -Declara, reconociendo el momento en el que la mente de ella vuelve a ser consciente de las circunstancias del anterior Guji. -Sé que lo entiendes, así que no trates de discutirlo. Jineh Udo ya había renunciado al santuario desde antes de volverse asesino.
Esto sólo enardece más a la joven, Kenshin apenas y la reconoce al ver la ferocidad de su ki y cómo sus manos se aprietan en puños hasta herirse con las uñas.
Saito también lo nota, pero a diferencia del muchacho, él lo disfruta.
-No te atreverías a decir lo contrario ¿o sí? -Le reta.
Kaoru ha terminado por herirse el labio y hacerlo sangrar. Está intentando contener aquella tormenta de emociones para evitar cometer un error. Un desliz que sin duda se volvería una tragedia.
Mejor que la responsabilidad del crimen recaiga en el shinsengumi que en el Santuario...
-Él era un hombre honorable -consigue decir, gruñendo las palabras.
Saito sonríe ahora, y Kenshin comienza a sentir la misma adversión por él que su compañera.
-¿Oh? ¿Es que hubieses preferido el que muriese en la horca?
Kenshin interviene.
-Kaoru dono -le llama, manos sobre ambos antebrazos de la joven, queda evidente que está conteniéndola. -Es mejor irnos.
A regañadientes ella se templa.
Pero luego el capitán vuelve a hablar.
-Deberías agradecer el que se les permita conservar el cuerpo -declara, la joven se ha detenido de golpe -Un criminal como él simplemente debería echarse en una fosa común.
Kenshin termina poniéndose en medio de ambos.
Y su imagen corta de tajo la emoción de la joven, si bien momentáneamente, es suficiente para conseguir que la miko se deje guiar de vuelta a dónde reside su grupo.
-Vamos Kaoru dono.
Las lágrimas caen silenciosas por el rostro de la miko, lágrimas de tristeza y rabia.
…
El camino de regreso a la ciudad es silencioso. Justo al llegar a la base del santuario, ambos grupos se disponen a partir.
Por propiedad -y por apariencia más que nada- Kenshin se mantiene a distancia de Kaoru. La miko ahora en brazos de Sato es guiada por detrás del grupo que lleva el cuerpo de Jineh.
El capitán Heisuke aprovecha tal distancia para acercarse a Kenshin entonces, su actual sonrisa ladina adornando su rostro.
-Tienes habilidad. -Es lo primero que le dice. -Dime Ronin, ¿no preferirías darle mejor uso a tu potencial?
Kenshin se mantiene tranquilo, aunque su mano izquierda ha ido a parar sobre su katana en cuanto el hombre le dirigió la palabra.
-No soy un ronin, soy una espada libre. -Le corrige.
Porque incluso si ha renunciado a su entrenamiento, eso no significa que no mantenga las mismas enseñanzas. Sin importar lo hipócrita que sea si considera que ahora está técnicamente bajo el mando de Katsura Kogoro.
-Deberías de pensar mejor las palabras antes de ponerlas en tu boca. -Le advierte Saito.
Es claro el mensaje que intenta darle, si es así de ambiguo en medio de una guerra, sin duda terminará cayendo bajo el filo de una katana ya sea de un bando o del otro.
-Descuida Saito san -Interviene Okita, llegando por detrás de éste último, con su sonrisa se ve incluso más niño. -No creo que nuestro amigo haya dicho aquello con dobles intenciones, ne?
Kenshin apenas y asiente, su mano permanece sobre la empuñadura de su espada. Heisuke ríe y dice algo que el muchacho no alcanza a escuchar, su atención está sobre Saito quién le analiza de igual forma.
-Pero deberías de considerar lo que te proponemos. -Insiste el capitán de la primera división. -Quizá entonces podrás evitar tragedias como ésta.
El enojo se enciende en el pecho del pelirrojo.
Saito suspira con irritación, incluso él ha sentido la ofensa.
-Okita.
-Hai, Saito san?
-No sofoques al chico. -Le reprende. -Eso fue grosero de tu parte.
Okita se ve verdaderamente contrariado entonces.
-Gomen, gomen.(perdón) -Se disculpa. -No era mi intención ser impertinente.
Kenshin por su parte, mira a Saito con desconcierto. No sabe qué pensar de tal persona.
¿Acababa de defenderlo?
Mas luego Saito sonríe antes de completar...
-Algo me dice que esta bestia ya tiene correa.
"No." Se dice Kenshin. "Por supuesto que no. Son todos buitres." Concluye.
-Si me disculpan. -Les dice antes de retirarse con una sencilla inclinación.
Sabe que si se queda acabará por desenvainar su katana.
A sus espaldas, Kenshin apenas y alcanza a escuchar el comentario de Heisuke.
-Saito... si sigues comportándote de esa manera, más y más jóvenes se unirán en nuestra contra.
Kenshin opinaba lo mismo.
Para el tercer día del sueño de la miko, como le decían en el santuario, Hiko recibió la noticia de que su exdiscípulo también había caído inconsciente.
Contrario al resto del mundo él entendía la conexión entre el par de idiotas que eran Kenshin y la chiquilla del santuario, Kaoru. Por qué Sasaki seguía manteniendolo al tanto sobre la situación de ambos jóvenes, seguía siendo un misterio; más sorprendentemente, no tenía queja.
Su primer pensamiento al enterarse de la noticia había sido "baka deshi", y su segundo...
"¿Cómo puedo quedarme quieto al ver qué la gente sufre frente a mis ojos?"
Su segundo lo llevó a un recuerdo de lo que se sentía había sido una vida diferente.
Una en la que se veía forzado a lidiar con tonterías de niños y luego de adolescentes. Días llenos de discusiones y risas por igual.
"Tengo que hacer algo." Había expresado su alumno.
¿Por qué no había hecho nada para entenderlo?
-Haa... -Suspiró con pesar.
De pie frente a la tumba de Kaede, Hiko destapó su jarra de sake para después verterlo sobre la piedra moratoria.
-Tenias razón, Kaede. -Le dijo al terminar.
Deseando que donde sea que la miko se encontrase, pudiese de algún modo ayudarle.
-He arrojado a mi aprendiz como alimento para los lobos. Lamentó.
Y luego, dejando el orgullo a un lado, hizo lo que cualquier padre haría ante una situación de emergencia.
Rezó por el bienestar de a quien consideraba aún su -hijo- discípulo.
Y que cualquiera que fuera la catarsis que estaba atravesando, que pronto encontrase el camino para superarla.
Y tal como cualquier padre, tenía razón en lo que agobiaba al joven samurai.
Aquella noche, al volver al santuario, lo primero había sido atender al grupo que había ido en busca del anterior Guji. Lo que había dejado a Kenshin solo con su pequeño grupo de amigos, Sasaki, Hikari y Sato.
Éste último había explicado a las dos jóvenes lo ocurrido en las horas atrás, para alivio de Kenshin, quién todavía seguía abrumado por la experiencia.
Tras escuchar los hechos, Hikari fue la primera en estallar.
-¡Te dije que esto ocurriría! -Gritó.
-Hikari no estás ayudando. -Gruñó Sato.
-¿Y de quién es la culpa? -bramó ésta. -Sí tan solo me hubieses escuchado tendríamos un resultado mejor.
-No podemos asegurarlo.
-Al menos Kaoru dono no habría tenido que presenciarlo -intervino Sasaki con tristeza.
Los otros tres presentes al menos coincidían en éso.
El samurai todavía nadaba en arrepentimientos...
Sato suspiró. Hikari no parecía querer seguir discutiendo.
-Sasaki por favor encárgate del resto de las funciones mientras resuelvo el funeral -le pidió el moreno.
Ella asintió.
-Sí, por supuesto.
-Himura -Le llamó, mirándolo entre aliviado y ansioso. El aludido le atendió al instante. -Agradezco el que estés aquí y nos hayas apoyado. De momento no creo que haya problema si permaneces con nosotros. ¿Podrías...?
El pelirrojo sonrió comprensivo.
-No te preocupes, planeaba quedarme. -Le dijo.
La ansiedad pareció abandonar a Sato.
-Gracias.
...
Se había dirigido entonces a la habitación de Kaoru, aquella que antes había sido de Yumi durante el poco tiempo que regió cómo la Alta Miko del Santuario a Inari.
Era la primera vez que entraría por la puerta interna. La ocasión anterior habían quedado de verse en secreto, por lo que se había mantenido lejos del edificio principal.
-¿Kaoru dono? -Llamó a la puerta, cuidando de usar el keigo(lenguaje formal) siempre que no estuviesen a solas. -Voy a entrar. -Dijo.
Y luego descorrió el fusuma, entrando en la habitación al hacerlo.
Más la imagen destrozada de la habitación lo descolocó.
-Pero qué... Kaoru...
La mayoría de las cosas estaban regadas en el suelo, libros, tablillas de la suerte, e incluso listones y adornos ceremoniales para el cabello corrieron con la misma suerte... cajoneras completas volteadas con los kimonos desperdigados por el suelo. Los trozos de un jarrón de cerámica yacían sobre las flores de ciruelo blanco que habían contenido.
Y en medio de todo ese caos estaba la miko.
-Kaoru...
Respiraba con dificultad y murmuraba por lo bajo. Seguía con las mismas ropas que cuando había regresado pero su estado era incluso mucho más descuidado.
-Kenshin. -Saltó al verlo, acercándose a él -¡Qué considerado de tu parte el unírtenos! -Dijo con sarcasmo.
Más el joven samurai entonces había estado tan sobrecogido por la escena que poco había notado la actitud de la ésta. Cerrando las puertas del fusuma, se concentró en revisar a la miko con la mirada.
-¿Estás bien? -Preguntó notando con alarma las heridas en las manos de la joven.
Heridas clásicas de cuando uno se va a los golpes contra alguien. La piel de los nudillos estaba raspada, pequeñas cortadas por dónde la sangre asomaba.
Ella pareció confusa un segundo, antes de caer en cuenta de lo que él miraba.
-Oh. ¿Ésto? -Inquirió, mirándose los nudillos heridos. -Es nada. -Aseguró sonriendo antes de cambiar su semblante a uno de desasosiego. -Considerando la terrible derrota que acabamos de padecer. -Bufó con amargura.
Él parpadeó confuso.
-¿Derrota?
Kaoru camino hacia el acceso al jardín, dónde las puertas seguían cerradas, se detuvo justo donde el jarrón yacía destrozado. Sus orbes azules miraban como en trance las flores rojas.
-Espero que al menos estés feliz -Dijo con voz baja.
El ki de Kaoru era errático, y pareciera brincar de una emoción a otra.
-¿Por qué lo estaría? -Cuestionó él confuso.
Kaoru soltó una pequeña risa, una que la hacía sonar resignada. Pero principalmente dolida.
-Tienes razón. No tiene sentido lo que digo -Murmuró a voz baja, luego se agachó a recoger las flores rojas.
El corazón le baila en preocupación al joven.
Algo está terriblemente mal, reflexiona. Y avanza hacia ésta intentando confrontarla.
-¿Kaoru?
La aludida, sin embargo, rechaza a su compañero en su intento de acercarse a ella, de tocarla; ha retrocedido un paso que ha dejado claro el que no quiere estar cerca de él.
-Dime Kenshin, ¿crees que la muerte de Guji Sama fue lo mejor? ¿Lo más justo?
El corazón a Kenshin se le estruja en el pecho, porque está claro de lo que ella lo acusa.
-Debes creerlo... -Continua ella, ojos todavía perdidos en las flores que ahora descansan en sus manls. -Viendo lo fácil que fue acabar con él.
El pelirrojo no sabía si debía dejarse enojar por lo que aquello implicaba. No podía ser cierto, lo que ella estaba insinuando... No podía ser.
-Yo no lo mate. -Refuta con fuerza, gruñendo incluso.
Mas queda clara la culpa que siente...
La mirada que Kaoru le dedica lo hiere tanto o más que sus siguientes palabras.
-Bien podrías haberlo hecho. -Declara.
Y ahora está molesto. Casi hasta enojado.
-¿Por qué estás molesta? -Reclama, luego se retracta por lo absurdo de la pregunta. -No. Entiendo por qué lo estás, pero ¿por qué me estás atacando a mi? Yo no planeé que todo esto sucediera.
-¿Si quiera planeabas salvarlo? -Le cuestiona ella con fuerza. -¿Por qué estabas ahí Kenshin?
-Trataba de ayudar-
-¿Cómo? -Le corta. -Tuviste la oportunidad de detener a Saito, y decidiste no hacerlo.
-Me acusas de dejarlo morir?!
-¡Porque lo hiciste!
Mutismo.
El rostro de Kaoru... La expresión en ésta es un cuadro de angustia, una mezcla de emociones tan herida, que el samurai es incapaz de momento de negar aquella acusación.
-Sé de lo que eres capaz, y ni siquiera lo intentaste. -Continuó ella, el reproche en sus palabras es claro.
Kenshin sigue molesto, más su molestia se encuentra diluida en la culpa que siente, pues hay verdad en las palabras de la joven.
-No era tan sencillo... -Murmura en su lugar, con la mirada lejos de ella. -Sabías su situación Kaoru.
La aludida siente el sabor a sangre en la boca...
-¿Cuál? -Le reta. -¿Qué era un hombre condenado? ¿Sin una oportunidad de salvación?
El muchacho aprieta el gesto, no tiene deseos de decir lo siguiente.
-Que era un criminal.
La miko no puede evitar reír. Una risa corta que trata de encubrir lo que aquello le duele.
-Dime algo Kenshin, todas esas veces en las que decías preferir mi visión... La visión de mi hermano sobre una espada que protege la vida... ¿Realmente lo creías?
Los ojos de él regresan a ella. La expresión de desconcierto es pura.
Kaoru se acerca a él.
-¿Siquiera crees en mí?
-¡Por supuesto que sí! -Se defiende él.
-Entonces ¿Por qué? -Le recrimina, voz quebrada -¿Por qué no crees que hubiera sido posible salvar a Guji Sama? Él tenía derecho a redimirse, pero decidiste que era mejor que muriera entonces.
-Kaoru -Ruega, con un dejé de irritación, porque aunque él quisiera creerle...
...porque aunque hubiese sido posible salvarle, ella no puede ser tan ciega y necia de la realidad en la que se encontraba el exsacerdote.
-Guji Sama estaba condenado a morir sin importar el que lo hubiese salvado de Saito.
Ella niega con la cabeza, lágrimas acumulándose en sus ojos.
Kenshin la toma de las manos en un intento de evitar que ella deje de escucharle.
-Estaba declarado como enemigo público del shogun. Y si te empeñabas en defenderlo acabarías por correr el mismo destino. No podía permitir que eso sucediera -Declara, su voz se ha ido incrementando en volumen.
Kaoru se desprende de él.
-Aun así... Pude haberlo ayudado.
-Kaoru entiende -pide, volviendo a agarrarla, está vez de los hombros. -No podía dejarte ir.
Frente a frente, con la mirada clavada en la de ella, el joven samurai trata de hacerla entender cuál era su temor.
Incluso si había llegado sin tener claro qué debía hacer en lo referente al Guji, subconscientemente sabía a quién quería proteger. Esto le había permitido vislumbrar el alcance de cada posible paso a dar y cómo éstos terminarían afectando a Kaoru por la postura neutral del santuario.
-Entiendo lo mucho que te duele haberlo perdido, porque a mí también me duele. Pero el mismo Guji sama entendía el predicamento en el que se encontraba.
-Estas tratando de convencerme de que él quería que lo mataran.
-¡Porque fue así Kaoru!
Silencio.
Él no ha querido gritarle, pero sentía que estaba sobrepasando su límite.
...
Estaba exhausto.
...
Y sin saberlo, aquellas enseñanzas que tanto había cuestionado -tan arraigadas en su psique - comenzaron a salir de él cuál vómito.
-Sé lo importante que es para ti el ayudar a las personas a caminar un mejor sendero. Pero en el mundo en el que vivimos la espada es un arma para matar no importa cuántas palabras uses para embellecerlo.
"Sin importar el mérito de tu puesto nadie va a aceptar que un hombre considerado un criminal, se le permita caminar libre, en especial cuando ha acabado con vidas inocentes.
"Tu ideología de no matar no tiene cabida en la sociedad en qué vivimos, Kaoru. Y tal como Guji sama te lo dijo, llevará a más de uno a la horca. Tienes que-
Las palabras del pelirrojo se han visto cortadas de golpe. Específicamente, de una bofetada.
Kenshin, con la expresión más pura de desconcierto, apenas y comprende lo que ha pasado.
Y es que tan perdido estaba en repasar las enseñanzas de su antiguo maestro, que había pasado por alto los breves instantes en los que sus palabras han tanto herido como enervado a la joven sacerdotisa.
Y el enojo que siente bulle con la intensidad de un volcán.
-¿! Cómo no puedes entenderlo?! -Le recrimina a ella -¿!Preferirías haber arriesgado al santuario?!
Kaoru por su parte le responde con toda la ira de su corazón destrozado.
-¿Cómo son mis ideales diferentes de los tuyos? -Cuestiona. Su voz fría pero firme.
De pronto es como si un balde de agua fría le hubiese caído a Kenshin encima.
-¿Qué? -pregunta verdaderamente confuso.
Kaoru repite con más fuerza, elevando la voz.
-¿Cómo son mis ideales diferentes de los tuyos?
Silencio.
Es aquí donde la situación se invierte. Las flores rojas han sido destrozadas en las manos de la miko. La joven bulle con rabia.
-Tú. Que piensas que crearás una nueva era a costa de destruir la actual. -Acusa.
Kenshin acaba por dar un paso hacia atrás.
El mismo paso que ella avanza hacia él.
-Tú. Que apagas vidas por el ideal de que así abrirás el camino a un mundo mejor. -Continua.
Cada palabra haciendo mella en el alma del muchacho.
-¡Sólo eres un hipócrita!
Afonía.
Kenshin se está mirando a sí mismo en un espejo. Y en el reflejo de éste es su maestro quien lo mira, con sus negros como el onix declarando el veredicto que merece.
"Sólo eres un hipócrita... Un chiquillo demasiado ingenuo para darse cuenta de lo estupido y absurdo de sus ideales."
El peso de tal juicio es tal que el joven samurai vuelve a retroceder.
Más Kaoru no puede darle tregua.
-¿Por qué tus ideales han de ser los únicos a considerarse realizables? -Cuestiona. -¿Por qué es más fácil creer que la espada sólo sirve para matar y no para proteger? ¿Cómo es más creíble que una guerra traerá la paz, que el perdón de un hombre arrepentido?
Kenshin intenta dar con una respuesta, más no encuentra palabras; de frente a sus propios miedos, a sus dudas, no tiene argumentos.
-Yo...
Kaoru le da la espalda entonces, consciente de que él no va a responderle, y aún más de que sólo desea herirle y de lo mucho que se arrepentirá después si lo hace.
Así que únicamente tiene una salida.
-Sólo vete ... -Le pide-. Déjame sola...
Aquello es una espina en el corazón del samurai. Intenta alcanzarla otra vez.
-Kaoru...
Más esto sólo consigue alterarla.
-¡Vete! ¡Déjame sola! -Estalla rechazándolo.
-¡Vete! -Insiste.
Kenshin sale corriendo de la habitación al instante siguiente...
-¡Ah! -Grita el samurai en sueños.
Sanosuke, que previamente había caído dormido, se levanta con un salto al oírlo.
-¡Kenshin! -Le llama, tan pronto lo ve retorcerse en sueños.
Si continúa con ello no tardará en lastimarse nuevamente hasta incluso reabrirse la herida del torso.
-Espera, Kenshin! -Sano intenta detenerle, mientras pide ayuda. -¡Doctor Gensai! -Exclama.
Y al segundo siguiente se recuerda que el médico no está en la mansión, la cual ha sido desocupada tras el traslado a una nueva posada.
-¡Por favor! ¡Alguien! ¡Ayuda! -Grita desesperado.
Es entonces que una de las asistentes llega y entra a la habitación corriendo.
-¡Déjame ayudarte! -Le dice. -Sostenlo...! -le indica, hay un frasco en sus manos cuyo líquido es negro.
Sanosuke duda
-Pero...
-¡Sólo sostenlo! -Le exige ésta.
Al final hace como ella le ordena.
La joven asistente de médico destapa el frasco y lo acerca a la nariz del pelirrojo, Sano hace lo que puede para mantenerlo quieto sobre el futón, mientras la joven le sostiene el rostro.
Tras un breve instante, Kenshin deja de forcejear.
-Tranquilo Himura Kun -Le dice la joven.
El pulso de Sanosuke es acelerado, vibra en miedo y preocupación por su amigo, más se va tranquilizando al notar cómo los movimientos del pelirrojo se vuelven lentos y pesados.
-Kenshin -Le habla.
Entonces el aludido comienza a sollozar y al castaño el corazón se le estruja en el pecho.
-Kenshin... Tranquilo, amigo. Estoy aquí, estoy aquí.
Los ojos del samurai no se abren, sin embargo pareciera que de algún modo está consciente y ha sido capaz de reconocer al luchador.
-¿Sano? -Murmura entre lágrimas.
-Soy yo, eso es Kenshin. -Le contesta, su agarre en el joven se ha convertido en una especie de abrazo, en el que lo sostiene por la espalda. Tranquilo... -Le susurra.
La cabeza del samurai termina sobre el regazo del castaño, tras que su cuerpo se giease en un intento de responder al contacto de su amigo.
-Cometí un error Sano... -Solloza. -Cometí un error...
Deseando con tristeza el tener el consuelo de su maestro, y sin saber que éste está al pendiente de lo que ocurre con él.
...
Hiko no es diferente en tal caso. Al igual que su discípulo -porque sigue siendo su discípulo, decide- el hombre de pie frente a la tumba de quién años atrás hubiese sido la miko regente de Inari.
-Kaede. -Le llama. -Si aún me escuchas. Si de algún modo sigues aquí... Y aún más, si todavía me consideras alguien en quien gastar tu tiempo... -Ruega.
Esperando que sus oraciones puedan llegar a dónde deben.
...
Éstas vuelan hasta las manos de Sanosuke, quién al escuchar a su amigo no puede evitar el querer reconfortarlo.
-Hey, no eres el único Kenshin ... -Le dice, mientras sus manos acarician la cabeza del pelirrojo. -Todos lo hacemos. Nadie puede juzgarte por éso.
Aquello es quizá el pensamiento más maduro que haya tenido jamás el joven luchador.
...
Hiko sin duda no podría pasar por alto un fallo, sin embargo, sería incapaz al mismo tiempo de condenar a alguien por un tropiezo
Ni siquiera a sí mismo.
-Trae de vuelta a mi estupido estudiante... -Pide sincero
Y no es un "regrésalo conmigo" sino un. "libéralo de cualquier infierno en el que se encuentre."
-Ayudame a traerlo de regreso. -Insiste.
Porque entiende que, a menos que esté dispuesto a dejar de lado su orgullo y a admitir entera responsabilidad del muchacho como algo más que un posible sucesor, no tiene derecho a inmiscuirse en la vida de Kenshin.
Y sólo puede pedir que siempre haya alguien más que pueda ayudar a su pupilo... Que en su camino encuentre a quien sepa verlo por el valor que tiene.
...
Y quizá en cierta forma, su baja deshi ya ha conseguido esto.
-En todo caso Kenshin... -Continua Sanosuke. -Siempre puedes corregirlo...
Y ya sea que las pequeñas caricias en la cabeza del chico, como un mimo hecho a un niño pequeño, o que la pesadilla ha concluido, Kenshin ha dejado de llorar y se encuentra de nuevo dormido.
-¿Funcionó? -Pregunta Sano, tras un breve instante de calma y silencio.
La joven asistente asiente.
-¿Que fue eso? -Pregunta Sano.
-Probablemente la fiebre -Responde la joven. -Lo hiciste bien...
-Sano, Sanosuke -Contesta, acordándose de presentarse.
A pesar de haberse visto en los días anteriores, ésta es la primera vez que ambos jóvenes interactúan de frente.
-Yo soy Megumi. -Se presenta ella. -De ahora en adelante te apoyaré en lo que necesites.
Sano sonríe aliviado.
-Gracias.
Entre los dos vuelven a acomodar a Kenshin boca arriba en el futón. Megumi incluso se encarga de revisar la herida del samurai. Afortunadamente no se ha hecho daño.
Ésa fue la última vez que Kenshin padeció la fiebre.
El resto de las horas poco a poco se va recuperando.
Y es que dentro de su sueño, ha recordado brevemente el tormento que había seguido al día siguiente de abandonar el santuario.
Recuerda el haber accedido a reintegrarse al Sekihotai tras haber aceptado moverse solo hacia donde el grupo enfrentaba un nuevo ataque...
Y cómo las palabras de Kaoru le habían atormentado durante toda la batalla.
"¿Cómo son mis ideales diferentes de los tuyos?"
-Cometí un error... -Había entendido en medio de la batalla.
Justo al instante en qué había recibido aquella herida.
"Si alguien merece un deseo así..." Recordó aquella osadía.
-Cometí un terrible error -Repitió. -La traje a una era de caos -Lamentó.
Más luego, es Hiko quién le hace frente.
"No te enseñé el arte de la espada para ser infeliz."
Finalmente, al cuarto día, Kenshin por fin despierta.
Su fiebre ha cedido y su mente se ha liberado de la prisión de los recuerdos. Irónicamente, a pesar de haber estado en cama durante tres días y tres noches, el samurai se siente en lo general bien, salvo la sensación de músculos entumidos, propio de la curación de sus heridas físicas.
Es extraño, pero propio se dice, casi adecuado. La catarsis que necesitaba para decidir qué hacer, qué camino seguir. Y si no se sintiese todavía algo cansado, ya se habría levantado incluso.
-¡KENSHIN!
El aludido parpadea, y dirige la mirada hacia donde había provenido la voz. Sanosuke está de pie a la entrada de la habitación, su rostro es un poema de alivio.
-Sano -reconoce el pelirrojo.
Y aquello es la última cinta en romperse de las que todavía sostenían al castaño, quién ha corrido hasta quedar sentado a un lado de él.
-Qué gusto verte bien, Kenshin. -Le dice éste, con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
El samurai, tras mirarlo un instante, sonríe.
...
Es mucho más tarde después, cuando el sol está por ponerse de nuevo en su descenso para dar pasó a la noche, cuando Kenshin finalmente está en condiciones de levantarse y salir de la habitación.
De pie en la engawa y con la mirada hacia el jardín, Kenshin inspira el aire y se deja envolver por la energía del ambiente. Su mente por fin se ha aclarado...
Sano está con él incluso entonces. De momento el chico está descansando sentado en la engawa y recargado sobre uno de los postes tras terminar de comer.
Es en esta paz que los encuentra Sozo.
-Himura -Le llama. Y el aludido apenas repara en la falta del keigo en la forma en la que el hombre se dirige a él. -Hay una carta para ti.
Kenshin se yergue, dejando su postura relajada. Sólo hay dos lugares de dónde una carta podría llegar para él...
-És del santuario -Le informa el capitán.
El muchacho se acerca y toma la carta que el mayor le ofrece.
-Debe de ser de Jouchan. -Dice Sano al tiempo. -No te lo dije pero, ella estuvo inconsciente el mismo tiempo que tú.
Las manos de Kenshin se detienen a punto de romper el sello tras oír esto.
-¿Cómo dices? -Cuestiona incrédulo, y con un dejé de preocupación.
Tanto Sano como Sozo asienten.
-Aunque la razón fue diferente. -Le informa el moreno.
El samurai no pierde más tiempo, abre la carta y comienza leer.
Sano se acerca a él con curiosidad.
-¿Qué es lo que dice? -Pregunta.
-Debo volver a Kioto -Dice Kenshin con seriedad, ojos todavía en la carta.
-¿Estás seguro? -Cuestiona Sozo y Kenshin asiente.
-Acabas de recuperarte -Refuta Sano.
-No importa -asegura el samurai. -Debo volver.
No dudará de nuevo, se jura a sí mismo. Después de todo, el único error sería no moverse.
Y él ha decidido caminar el camino que ha elegido sin arrepentimientos.
Por él y por Kaoru.
A/N: Ay, Dios, tenía rato que no publicaba tan rápido... O seguido más bien. ¡Y necesito feedback! ¡Con urgencia! Porque se viene el clímax y la primera cicatriz de nuestro Rurouni favorito D:
He tratado de incluir las partes que en capítulos anteriores me han hecho saber no habían quedado del todo claras. Pero igualmente una perspectiva diferente me permite ver qué tan congruente estoy siendo con esta historia y el arco que sigue cada personaje. En fin.
Sorpresas de navidad se vienen pronto! =D
