¡Volví!
Lamento mi ausencia, aparte de los pendientes de la vida y salud, estuve lideando sobre en qué dirección debe de ir esta historia. No sé si lo mencioné antes, pero mi tipo de escritura es más de jardinero que de arquitecto, así que me toca decidir si podar o no la plantita. Pero anyway...
Resultó que me caí en una zanja y me lastimé el tobillo, y en que me mandaron a descansar me salió tiempo para escribir xD
Empecemos.
¡Oh! Y gracias a Atarashi Hajimari, no sé cómo lo haces pero das en el clavo xD Mil gracias también a Abitaisho, Natalie san (bienvenida de nuevo), Tamashi Himura, w4k0, por no abandonar esta historia.
"Los secretos que guardamos: Tomoe"
Junio, 1865
Hacía apenas un par de horas que el sol se había ocultado, por lo que el cielo todavía tenía un poco de luz entre sus nubes. El día todavía conservaba algo de calor, pero era un hecho que estaba llegando a su final.
La sacerdotisa de ojos azules dejó salir un largo suspiro, mas se negaba a dejar de esperarle...
Era principios de verano, y aunque todavía faltaba para la época de lluvia, las luciérnagas ya habían comenzado a llegar al lago en la montaña de Inari, camino al santuario. Ahí era donde se encontraba ella ahora. Pacientemente esperando.
-Las luciérnagas se ven hermosas esta noche.
Su corazón saltó de dicha.
-¡Kenshin!
El joven samurai detuvo sus pasos cuando quedó a una distancia prudente de su compañera, quién había saltado y girado hacia él con una sonrisa.
-Hola, Kaoru.
El corazón de la miko batió sus alas.
-Viniste. -Dijo emocionada.
La sonrisa de él creció.
-Es tu cumpleaños, no me permitiría el ausentarme.
¿Cuánto había sido desde su último encuentro? Lo cierto era que, comparado a sus otras separaciones, ésta había sido corta. Claro que entonces, sus sentimientos no habían sido tan claros, sin mencionar la discusión que tuvieran tras la muerte del anterior Guji.
La sonrisa de Kaoru se desvaneció al recordarlo.
-Estaba preocupada -confesó. -Pensé que... dado a cómo terminamos la última vez...
-Jamás podría permanecer enojado contigo. -Le dijo él de inmediato, dando dos pasos hacia ella.
-Habrías estado en tu derecho. -Refutó la miko.
-Igual que tú, Kaoru. -Él volvió a interrumpirle acercándose más a ella. -Estar lejos de ti con este sentimiento, fue una experiencia demasiado dolorosa. Pensar que te defraudé...
A tan solo un paso de distancia, la joven no pudo evitar mirarle a los ojos.
-Kenshin... -Suspiró, quedaba claro la angustia que el pelirrojo había padecido. -No hablemos más de ello. Es claro que los dos nos arrepentimos de lo dicho.
Aquello terminó por darle esperanza al muchacho.
-Kaoru. -Él volvió a acercarse, quedando a una distancia nada apropiada, al tiempo en que tomaba las manos de su compañera en las suyas propias. -Debo confesar, que al estar alejados me hizo comprender la necesidad tan grande que tengo de ti.
Las mejillas de la joven se colorearon de rojo. La mirada que su compañero le dedicaba le hacía sentir las piernas como manju.
-Kenshin, ¿a qué te refieres? -Preguntó nerviosa.
Una corriente deliciosamente fría se deslizó por su espalda al sentir la mano de él atraerla hacia sí por la cintura.
-Te dije que te entregaba mi corazón, no lo rechaces ahora, dulce Kaoru. -Le susurró con voz grave, como seda resbalando por su piel.
El corazón corrió descolocado en su pecho. Sentía su cuerpo arder en calor.
-Esto... ahora... No sé qué decir. -Balbuceó, desviando el rostro sonrojada.
Kenshin le tomó el rostro por la barbilla, obligándola a mirarle, sus rostros a un suspiro de distancia.
-Di que me aceptas, y hazme el hombre más feliz del mundo.
La vista comenzó a nublarsele. El pelirrojo la apretó a él, decidio a besarla.
-Ken, Kenshin... -Susurró antes de cerrar sus ojos y dejarse llevar.
La escena se deshizo en el calor del momento. Pequeños flashes de piel, tela, labios...
-Kenshin... oh, Kenshin... -Murmuraba Kaoru, manos en cada una de sus mejillas, ojos cerrados y el cuerpo semi bailando en el hechizo de su fantasía.
Hikari contuvo las ganas de vomitar. Respiró hondo inflando el pecho antes de llamar a su compañera.
-¡Kaoru!
La aludida brincó en su sitio, sobresaltada.
-¡Ah! -Gritó.
Y acabó por caer de la veranda donde había estado sentada, de lado sobre el tatami.
-¡Hikari! ¿Cuánto tiempo llevas ahí? -Cuestionó avergonzada.
-Afortunadamente no el suficiente. -Respondió la menor. Luego se acercó a la miko y la ayudó a levantarse. -¿No estás soñando demasiado?
Kaoru parpadeó.
-¿Tú crees? -Preguntó no muy segura, y un tanto avergonzada.
Hikari bufó.
-Ni siquiera han arreglado su último malentendido. -Señaló la eterna chokkai. -Aunque bueno, tratándose de Himura kun no creo que te guarde resentimiento. Y supongo que tú misma estás consciente de ésto o no estarías soñando con agasajos y besos. -Tentó sonriendo de medio lado.
Kaoru saltó al instante, mejillas arreboladas.
-¡No lo estaba!
-Sí, seguro.
Kaoru hizo un puchero, antes de desviar la mirada hacia la ventana en la que había estado sentada instantes atrás. El aire estaba fresco y contrastaba con el calor latente del sol de verano.
-¿No fue igual, para ti y para Kago kun? -Cuestionó tras un instante.
Tras el silencio que siguió, la miko miró a su compañera cayendo en cuenta de su error. El rostro de Hikari lucía triste.
-Perdona, no debí. -Se disculpó.
La chokkai negó con la cabeza antes de volver a sonreír. Recordando de pronto el encargo de talismanes en sus manos, se dirigió al escritorio de la miko para acomodar las tablillas.
-Está bien. Ya han pasado dos años; auque todavía duele no estoy amargada. -Dijo la menor. -Con Kago fue diferente, crecimos juntos y eso nos hizo desarrollar mayor confianza. Aunque en realidad nunca me besó, sí soñé con eso muchas veces. Y era incluso más niña que ahora, qué vergüenza. -Rió.
-Por el contrario, yo creo que es hermoso. -Opinó Kaoru, dándose cuenta de que de momento sus sentimientos por Kenshin eran similares a los que Hikari había sentido por su fallecido amigo. -No sé cómo sea, pero me lo imagino. -Completó, volviendo a sentarse en la veranda de la ventana.
Hikari parpadeó confusa.
-¿Tú y Himura Kun, nunca? -Cuestionó, dejando la pregunta al aire.
Kaoru la miró comprensiva.
-¿Por qué pensabas que era diferente?
-Bueno... -Hikari se veía abochornada, había sin querer asumido algo impropio sobre su amiga. -Su historia se parece más a los relatos de amores épicos. Aunque ahora que lo pienso, conociéndolos a ambos es normal que vayan tan lento.
Kaoru sonrió.
-La verdad es que me costó definir mis sentimientos. -Le dijo, volviendo a mirar el paisaje tras la ventana. Kioto estaba tranquila esa mañana. Los ojos de la miko se nublaron al recordar la noche del kuchiyose -Y siendote franca, le estoy agradecida a Momiji sama, en especial a Yumi sama. De no haber sido por sus intervenciones yo ya...
Su voz se perdió tras aquellas palabras. Mas no hacía falta que la miko completara tal pensamiento, Hikari lo sabía despúes de todo. Tras el ataque al santuario y la precaria situación en la que se encontraba el clero de Inari, todos sabían que el resto del maekkai buscaría un niño de los dioses, sin importar la edad de la joven vidente. Si sus anteriores mentoras, en especial Yumi, no hubiesen intervenido, Kaoru habría entregado su virtud aquella noche.
Por ese instante Hikari sintió remordimiento.
-Confieso que cuando Yumi sama nos dijo que Himura Kun estaba contigo, pensé que sería él quien te tomaría. -Confesó. -Aún más tras los rumores sobre lo que ocurrió fuera del atrio se dispersaron.
La miko siguió sin mirarla. Ella recordaba la presencia de Kenshin, y cómo el descubrir los eventos en los que él había intervenido aquella noche la habían sacudido hasta su centro. Entonces ella había estado tan descorazonada, que ni siquiera había pensado en la posibilidad de que Kenshin pudiese haber llenado el papel de su kami regente en toda regla.
Y honestamente dudaba que Kenshin hubiese siquiera considerado la idea. Al igual que ella, había estado demasiado aturdido por su destrozado plan de fuga, como para pensar en sacar provecho de una tragedia.
-Planeaba huir aquella noche con Kenshin -Confesó de pronto la miko, para la sorpresa de su compañera.
-¿¡Cómo?!
-Se suponía que me encontraría tras el kuchiyose y correriamos juntos -sonrió, aún ahora podía imaginar aquel posible escenario-. Pero tras el incendio, acabé por ser yo quién rompió aquél plan. Asi que, no estabas tan errada; aunque dudo que Kenshin me hubiese tomado esa noche.
Hikari la miró por un instante.
A pesar de todas las tragedias que habían vivido, Kaoru jamás había dejado de sonreír. Incluso durante su duelo, siempre se concentró en seguir adelante. Aún tras su separación de Himura Kenshin.
-A veces te envidio. Y otras veces siento pena por ti -Le dijo.
Kaoru dejó salir una risa cantarina.
-No deberías sentir ninguna. Estoy bien como estoy.
Hikari hubiese querido sacudirla por los hombros entonces.
-¿Aún a pesar de tus sentimientos, seguirás con el omiai? -Cuestionó.
La pelinegra suspiró. Le costaba hablar de aquello con el malentendido aún presente entre ella y Kenshin.
-Es únicamente un acuerdo político, Kenshin lo sabe. Si todo sale bien, dicho arreglo será inválido. E incluso si pasase lo peor, hay modo de zafarme del compromiso. -Explicó.
Hikari sintió que Kaoru estaba siendo demasiado optimista, pero se sabía fuera de lugar para señalarlo.
-Supongo que basta con que tú estés de acuerdo. Pero, si decides algo diferente, sabes que puedo tomar tu lugar.
Kaoru la miró al instante.
-Sería demasiado. -Refutó.
-Sería sólo un acuerdo político -le cortó la menor-. Piénsalo. -Pidió, luego recordó a qué había ido a buscarla además de llevarle las tablillas. -Por cierto, Kiyosato dono ha pedido audiencia contigo.
-¿Tomoe san?
-Le he dicho que puedes recibirla esta tarde, pero se ha negado a dejar el santuario. Ha dicho que esperará aquí. Parece ser urgente.
El corazón de la miko tembló. No había visto a Tomoe desde antes del incidente del Guji.
-¿Hay compromisos hoy?
Hikari negó.
-Únicamente una adivinación, pero es en el recinto, no te tomará más de una hora. Y hasta donde sé, no es urgente. Sin embargo, hoy pretendías hacer otra visita -Le dijo con intención.
La miko lo pensó por un instante.
-En ese caso, la recibiré antes de partir -informó. -Por favor dile que me espere mientras me cambio.
Hikari asintió antes de salir de la habitación de su amiga. Hacía menos de una semana que hubiesen enterrado al anterior Guji, Jineh, a penas dos días antes de que Kaoru cayese presa de aquella premonición. Había enviado las cartas tal como le había pedido, y había permitido a su vez el que Sasaki mantuviese a Hiko informado de lo ocurrido entre la miko y su exaprendiz. Mas no le había dicho nada a Kaoru sobre la amenaza -disfrazada de propuesta- que había llegado al santuario por parte del clan Kiyosato, temerosa de cómo aquello pudiese afectar a su amiga. Por el contrario, la había mandado a Himura.
Sin embargo, ahora, con Tomoe allí, solo podía rezar que la joven tuviese la prudencia de no revelar lo que no le correspondía.
Kaoru suspiró tan pronto Hikari abandonó la habitación y sus pasos se perdieran tras el pasillo. Volvió a mirar hacia el paisaje tras la ventana.
"No debe prestar oídos a absurdos." -Le había dicho Tomoe la última vez que saliesen de paseo, días antes del regreso de Kenshin, semanas antes incluso del incidente del Guji.
Desde entonces las historias y los rumores se habían ido incrementando, aún más tras las últimas victorias en la región de Kanto. Las historias del samurai de armadura y cabello rojo, el demonio Battousai, se compartían en murmullos entre los habitantes de Kioto.
Poco a poco, el destino que previamente había intentado deshacer había vuelto a encontrar su curso, si bien de una manera un tanto diferente. Mas habían habido eventos que habían alterado por completo el curso del destino.
"La muerte de Akira se retrasó, pero aún sigue marcada." Pensó para sí la miko.
Se suponía que el samurai muriese el año anterior, pero su muerte no había ocurrido. Kaoru sabía por qué. El Guji había muerto antes de tiempo, doce años antes para ser exactos, y su muerte había pagado por la vida de Akira -y de otros tantos -. Sin embargo, la visión de su muerte -Akira- seguía visitando a la miko de vez en cuando, advirtiéndole que igualmente ocurriría y que no pasaría de ese año.
"Kenshin," Invariablemente sus pensamientos siempre convergían al recuerdo de su persona más importante. -Ojalá regreses pronto. -Pidió.
...
EDO
De vuelta en Edo, justo a las afueras de la ciudad imperial, donde el Sekihotai descansaba de momento, Sanosuke corría por las calles de la pequeña prefectura. Habían pasado escasos tres días desde la recuperación de Kenshin, y apenas habían conseguido establecer un nuevo campamento. Aquella mañana, Sanosuke se había levantado como alma que lleva el diablo al caer en cuenta de que se le había hecho tarde.
-¿Has visto al capitán Sagara? -Preguntó a uno de sus compatriotas, un chico apenas cuatro años más grande que él.
-¡Sano! Justo acaba de irse en dirección al campamento. -Le informó éste.
El castaño se sintió desfallecer.
-¿Tan pronto? -Se quejó, luego maldijo por lo bajo.
Agradeció y se despidió de su compañero, decidiéndose a volver sobre sus pasos. Al día siguiente tendría que partir a Kioto en compañía de Kenshin, por lo que no tendría oportunidad de volver a ver al capitán sino hasta que terminara con el encargo que le había dado.
"Deberás ir al santuario." Le había dicho Sosou, la noche que Kenshin había despertado.
Entonces Sanosuke se había sentido desfallecer, como si de pronto hubiese perdido valor como soldado y estuviese siendo deshechado.
"¿Por qué debo de marcharme del frente?" Se había quejado.
"Es necesario." Había declarado Sozo con seriedad.
"¿Acaso soy un estorbo?"
El mayor sonrió comprensivo.
"No se trata de eso Sanosuke." Le aseguró. "Por el contrario, eres tan necesario que debo legitimarte antes de que continúes luchando."
Al menor el corazón se le saltó un latido.
"Quiere decir…"
Sozou asintió.
"Voy a reconocerte como mi hijo." Declaró.
La sonrisa del menor había sido inmensa.
-Rayos.
De vuelta al presente, todavía contento por lo revelado días atrás, Sanosuke maldecía su suerte mientras pateaba pequeñas piedras en su camio.
-Quería despedirme. -Lamentó.
Justo entonces una corriente de aire pasó con fuerza a su derecha. No. No había sido una corriente de aire, se corrigió, su más reciente amigo había pasado corriendo de él y se dirigía hacia el centro de la prefectura, hacia la mansión del doctor que les había recibido tras la primera batalla en la que su amigo había salido gravemente herido.
-¡Kenshin! -Le llamó, mas el pelirrojo siguió corriendo sin detenerse. -¿Habrá pasado algo?
Sin darle más vueltas, salió corriendo en la misma dirección en la que se había ido su amigo.
…
En el recinto principal de la mansión en la que residía el doctor Genzai, y perteneciente a las propiedades del clan Kamiya, varios samurai y aristocráticos discutían sentados alrededor de una mesa rectangular. Montones de documentos junto con un gran mapa de Edo dominaban la superficie de madera.
-¡Maestro Genzai!
El doctor reconoció la voz de inmediato. Kenshin había de algún modo burlado la seguridad de la mansión e infiltradose en el recinto. El hombre no podía negar que se sentía maravillado de la recuperación tan pronta del muchacho y las habilidades motoras que éste poseía. Pero sobre todo, tras reconocer la conexión del samurai con la hija de su señor, sabía por qué éste estaba ahí.
-Himura… -Le habló en forma de saludo, excusándose del grupo para ponerse de pie y recibir al samurai. -No deberías estar de pie.
Kenshin ni siquiera intentó fingir que le importaba el protocolo.
-¿Es cierto? -Presionó, la preocupación palpable en el tono de su voz.
Genzai suspiró.
-Te has enterado, veo.
-¿Desde cuándo? -Volvió a presionar el pelirrojo, consciente de la respuesta del doctor al no dar negativa a su primera pregunta.
El doctor miró por detrás de sí. Solo cuando la mayoría de los presentes asintieron, se decidió a informar al muchacho frente a sí de la situación.
-Le han arrestado apenas una noche atrás. -Declaró.
Kenshin afiló la mirada.
-¿Bajo qué cargo? -Demandó saber.
-Me temo que no puedo decírtelo. No del todo al menos.
Entonces fue que Sanosuke consiguió entrar. Su entrada no había sido tan fluida como la de su compañero y apenas y había conseguido escapar de los guardias de la mansión.
-¿Qué es todo este alboroto? -Se quejó más de uno.
Genzai les indicó que no había problema, conocía al chico y la lealtad de éste hacia el capitán del Sekihotai. Los guardias lo dejaron en paz entonces. Mas Kenshin seguía con la mirada fija en el doctor.
-¿Qué sucede? -Preguntó Sano.
Kenshin, todavía mirando al doctor, contestó.
-El líder del clan Kamiya ha sido arrestado. Y su heredero, Kamiya Koishijiro, es prisionero en su propia casa. El dojo ha sido clausurado.
-¿Clan Kamiya? -Cuestionó el castaño.
¿Por qué aquello sería importante para Kenshin? Se cuestionó, luego recordó su primer encuentro con la miko de Inari.
"Mi nombre es Kamiya Kaoru."
Fue como si un balde de agua le hubiese caído encima.
-Jouchan… -Murmuró con preocupación.
-Doctor Genzai -Volvió a presionar Kenshin. -¿No hay nada que podamos hacer para ayudarlo?
El hombre dejó salir el aire que sin querer había estado conteniendo.
-Entiendo cómo te sientes, créeme, puesto que me encuentro en la misma situación de impotencia que tú. Pero no hay forma de penetrar en principio sin ser vistos.
-Si se trata de una misión de rescate puedo hacerlo sin problema.
Sano saltó al escuchar esto.
-Kenshin, espera. -Le dijo acercándose al fin a él, mientras Genzai continuaba.
-No es tan simple como lo manifiestas, no podemos darnos el lujo de un enfrentamiento -le reprendió con voz severa-. Eso sólo terminaría hundiendo al clan entero y acabaría por afectar incluso a miembros que no se encuentren en Edo.
A Kaoru, afectaría a Kaoru, era lo que infería el hombre.
Kenshin, sin embargo, no se amedrentó. Su mano izquierda apretaba con fuerza el mango de su katana.
-Nadie me detectará. Y no habrá enfrentamientos. Ninguno al menos que deje un rastro.
Sanosuke finalmente lo alcanzó.
-No puedes ir tú solo. -Le recriminó. -¿Qué ocurrirá si te atrapan? Eres muy importante para el Sekihotai, el capitán Sagara confía en ti. ¿Y si te pasa algo?
El pelirrojo apretó los dientes, cerrando los ojos un instante para tratar de controlar su irritación. Luego miró por un instante al castaño.
-Te olvidas de algo, Sanosuke. Soy una espada libre, tomo mis propias decisiones en cuanto a mis intervenciones en la lucha. Y en este momento, me es más importante rescatar al hermano mayor de mi amiga. -Declaró con voz grave y firme.
Sano se sintió desfallecer.
-¿Cómo puedes decir eso? -Le reclamó.
Genzai, tras analizarlo, al final acabó por ver algo que lo convenció en la determinación del samurai frente a él.
-Muy bien. -Dijo, atrayendo la atencion de los dos jóvenes. -Te dibujare un mapa de la mansión Kamiya. -Kenshin casi sonríe -Pero no te infiltrarás con tal herida, tendrás que esperar cuando menos dos noches más.
-¡En ese tiempo la situación podría empeorar! -Reclamó con desesperación.
-O relajarse incluso. -Le reprochó el doctor. -Por el éxito de la misión, prefiero que vayas en tu mejor condición, Himura. No querrás estropearlo por un error de calor de juicio.
El aludido se retrajo como si hubiese recibido un golpe, las palabras de su maestro reverberaron en su mente.
"Si saltas a las llamas sin un plan, sólo conseguirás quemarte."
Kenshin apretó las manos en puños.
-Entiendo. -Cedió.
De nada le serviría oponerse ahora. Se había prometido ser más certero en sus decisiones, así que no tenía de otra más que controlar su temperamento.
Sanosuke por su parte analizaba a su mas reciente amigo entonces. Tenía que recordarse los tres días que Kenshin había estado inconsciente y las veces que éste había llamado constantemente el nombre de Kaoru. Sano sabía además, de los sentimientos que el samurai albergaba por Jouchan, pero aún así...
Al final cuando Kenshin se retiró con Genzai hacia el recinto en el que se encontraban los estrategas, Sano no pudo más que esperar afuera.
…
Horas más tarde, Kenshin descansaba en una de las habitaciones libres de la mansión, la misma en la que hubiese caído inconsciente cinco noches atrás. Desde que había despertado, aún a pesar de las noticias de Kioto, se había decidido a esperar a sanar completamente; de momento no parecía haber realmente nada urgente que requiriera su presencia. A pesar de su reacción inicial a la carta recibida, tras pensarlo mejor había caído en cuenta de que poco podía hacer cuando se trataba de cuestiones políticas. Sin embargo, tras la noticia del arresto de Kamiya Koishijirou, había entendido diferente el mensaje enviado a él.
-Koishijirou Kamiya -dijo para sí.
Kenshin recordaba, por supuesto, la tristeza con la que hablaba Kaoru cada que mencionaba a su hermano.
"Desde mi ascensión, ya no me permiten acercarme a él como su hermana."
-Kaoru... -suspiró.
Hubo entonces dos golpes sobre la puerta de shoji, Kenshin se había olvidado de cerrarla por completo, se dio cuenta al fin. En el umbral se encontraba de pie una jovencita de cabellos negros y ojos castaños.
-Fue muy valiente de tu parte el proponer tal rescate -le dijo la joven con una sonrisa.
Kenshin frunció el entrecejo.
-Disculpa, ¿te conozco? -Cuestionó.
La joven dejó salir una risa cantarina, antes de autoinvitarse a entrar en la habitación.
-Se podría decir que sí. Mi nombre es Megumi. Soy una de las asistentes que ayudó en tu recuperación.
Kenshin parpadeó con sorpresa y se puso de pie al instante después, acabando por hacer una pequeña inclinación.
-Le agradezco sus atenciones.
La joven parpadeó sobrecogida y algo abochornada.
-Pero qué formal. -Se rió, el muchacho frente a ella desvió la mirada algo ofuscado. -Disculpa, no era mi intención avergonzarte. -Se disculpó ella. -¿Puedo preguntarte algo? -
Kenshin la miró un instante antes de asentir con la cabeza, sin esperar el que la pregunta de ella acabase por tocarle una fibra sensible de su alma. -¿Kamiya Koishijiro es alguien cercano a ti?
"Todavía puedo planear su matrimonio." Le había dicho el hombre, con una sonrisa que había sido honesta.
El samurai no pudo evitar el que sus mejillas se tiñesen de rojo.
-Supongo que podría considerarlo como un amigo por extensión. -Dijo. -Su hermana… fue mi primera amiga, y es también la más importante.
Megumi parpadeó algo sorprendida.
-¿La princesa de Kioto? -Inquirió, Kenshin asintió otra vez, sin saber que sus mejillas seguían teñidas de rojo y aquello había sido todo lo que ella había necesitado para entender sus sentimientos. -¿Estás enamorado de ella?
La reacción fue instantanea.
-¡!
Su mano había volado hacia su katana.
-¡Aw! / ¡Oh kami!-Exclamaron tanto Megumi como Kenshin al tiempo.
Porque Sanosuke había entrado entonces y golpeado a Kenshin justo sobre la cabeza de éste.
-Tranquilo, no lo dijo de esa manera. -Le aseguró el castaño al pelirrojo.
Este último se sobaba el área herida, pero internamente agradecía aquella intervención, si acaso deseando el que su amigo hubiese sido menos brusco.
Megumi por su parte había saltado molesta.
-¿¡Por qué lo golpeas?! ¿¡No ves que sigue herido?"
Sanosuke hizo lo mejor que pudo por ignorar sus quejas.
-Mejor que cuides tus palabras cuando te refieras a Jouchan.
-¿Jouchan? -Parpadeó confusa.
-Se refiere a Kaoru dono, la sacerdotisa de Inari. -Contestó Kenshin en su lugar, tras que el dolor en su cabeza aminorara. -Considerando la situación política actual del santuario, no es conveniente involucrarla en escándalos. -Dijo, con la clara súplica hacia ella de que no volviese a hablar de lo que él sentía por la miko con tanta libertad.
-Ya lo oíste, procura no ser imprudente. -Reprendió Sano.
Las mejillas de ella se inflaron en molestia.
-¡No era mi intención! No tienes por qué ser tan pedante.
Sano volvió a ignorarla.
-Kenshin, la carta que recibiste… ¿era de Jouchan?
El aludido saltó un instante. Si bien la carta había sido del santuario, no había sido de quien él había esperado.
-No. -Contestó.
-Entonces…
-Otro conocido mío, que es también allegado de Kaoru dono, me informó de la situación que está por desencadenarse en Kioto. -Le dijo. Hikari había sido quien le había escrito, apremiándolo a regresar tan pronto pudiera. -Tengo que regresar. Si sus palabras son ciertas, la legitimidad de Kaoru dono se verá amancillada, a menos que…
Su voz se perdió. Apretando la mandíbula, no deseaba tener que decir aquellas palabras.
-¿A menos que, qué? -Insistió Sano tras el momento de silencio.
Megumi fue quien acabó por apiadarse del samurai y contestar por él.
-Que se una políticamente a otra familia -declaró.
Sano le miró todavía más confundido.
-¿Pero por qué tendría que hacer eso?
Megumi puso los ojos en blanco.
-Es obvio, bobo. ¿Acaso no prestaste atención a lo que sucedió hace unas horas?
-Claro que sí, pero aún así, ella pertenece al santuario. Renunció a su familia cuando se convirtió en sacerdotisa.
La joven rodó los ojos.
-Tengo que recordar que eres granjero.
-¡Hey! ¡No me insultes!
-Es más complicado que eso, Sano. -Le interrumpió Kenshin. -Kaoru dono es ahora la imagen y representante principal del santuario Inari; si se llegase a vincularla con alguna facción o mancillar su honor por un disturbio político, todo el santuario caería con ella. A menos claro que la echén.
A Sano el corazón se le fue a los pies.
-¿Serían capaces de hacer eso? -Cuestionó con preocupación.
Kenshin lo consideró un instante.
-Los miembros que viven con ella no lo harían, pero no puedo decir lo mismo del resto del clero. Sin mencionar que, al ser una vidente, tendrían que considerar la reacción de la gente de Kioto. Lo más conveniente sería limpiar su honor de la mejor manera posible. Y dadas las circunstancias tendría que hacerse pronto, antes de que la noticia de la posible caída de su clan se esparza.
Sanosuke lo sopesó entonces. Dándose cuenta al fin de lo niño que todavía era al no poder ver las implicaciones de la posible caída del clan; se recriminó el no tener la cabeza fría y el tener la mente tan cerrada. Debía volverse mejor.
-El santuario apoya al movimiento revolucionario -dijo entonces-, viéndolo así, no me queda de otra más que ayudarte.
-¡Sano! -Kenshin le miró perplejo.
-No digas más. Salvaste mi vida no hace mucho. Admítelo, somos amigos ahora. Ayudarte es lo que tengo que hacer. Y quiero hacerlo, Kenshin.
El samurai asintió agradecido.
Megumi miró a uno y luego a otro. Considerando el camino que ella deseaba seguir, lo más conveniente sería permanecer cerca del samurai, así que asintió también.
-Supongo que en mi caso, los ayudaré desde la retaguardia -dijo. -Estaré lista para curar sus posibles heridas.
Kenshin sonrió al fin.
-Gracias.
Sanosuke se tronó los dedos de ambas manos.
-Entonces, será mejor que empecemos con el plan. -Declaró.
…
Kioto
"Con cuánta prisa van cambiando las estaciones." Pensó Tomoe mientras veía caer las flores de sakura que habían logrado prevalecer tan cerca del verano.
Por fuera daba la imagen de una mujer calmada y serena, por dentro, sin embargo, era un mar de ansiedad. Meses atrás, a su regreso a Kioto, había temido tanto el que Akira revelara el secreto del clan Kamiya a la sacerdotisa de ojos azules, que había intervenido al punto de frustrar tal encuentro.
Lo del Guji había sido una especie de bendición disfrazada. Pero ahora con el secreto tan cerca de revelarse, Tomoe se preguntó si no sería mejor el que fuese alguien cercano quien avisara a la miko, en lugar de dejar que se enterará de la peor manera, cuando ya fuese imposible hacer algo al respecto.
Y también quedaba el asunto de su compromiso. Aquel secreto le había costado una deuda con Kiyosato Shinji, pero agradecía el haberse enterado de la verdad.
Si tan sólo Enishi no fuese tan niño.
-Estás más callada de lo normal. -Le había dicho hacía unos días, tras notar lo conflictuada que estaba durante el desayuno. -Hermana, estás asustándome. ¿Sucedió algo?
Tomoe tenía demasiadas cosas que deseaba soltar, pero su educación la obligaba a cuidar su lengua. Sin embargo, eso también la había enseñado a decir más con menos.
-Enishi. -Le llamó con gesto severo.
-¿Hai? -Contestó éste son dejar de comer.
Tras el silencio que siguió, sin embargo, el joven levantó la vista hacia su hermana. Tras un instante de analizarle, el chico acabó por bufar
-Debí suponer que eso era lo que te molestaba. -Se quejó.
-¿Cómo puedes prometerte a alguien que no amas?
Él soltó una risilla antes de responder.
-Hermana, recuerda que soy un hombre. Esos detalles no son importantes para nosotros. En tu caso fue una excepción, una de la cual estoy agradecido, pero no puedes esperar que sea lo mismo para mí. -Declaró, volviendo a su comida. -Igualmente no debes preocuparte, me han dicho que mi prometida es una buena mujer.
Buena sin duda, pero no del todo una mujer.
-Ambos apenas y son niños. -Refutó.
Enishi puso los ojos en blanco.
-Son sólo tres años antes de mi ascenso, y ella es un año mayor que yo. En todo caso, ¿por qué te preocupas? Para cuando se llegue el momento de la boda tendremos las edades adecuadas. Y si los planes de Shinji niisan proceden como están previstos, ni siquiera tendré que casarme.
Tomoe no tenía cómo refutar aquello. Más tras cerciorarse de los sentimientos de la miko y volver a encontrarse con el samurai que era dueño de los afectos de dicha joven, la pelinegra no podía evitar angustiarse.
-Simplemente estoy preocupada. Planeas incluso ser parte de la facción Minami, es peligroso, Enishi.
El aludido se veía irritado. Más dentro de sí comprendía el sentir de su hermana. La revolución estaba cada vez más y más cerca de Kioto.
-Sólo estaré como aprendiz. -Le aseguró sin librarse del todo de la molestia que sentía -Sé que tienes muchas otras presiones, hermana, pero no debes preocuparte. Todo estará bien.
Tras analizarlo con calma, Tomoe entendió que no lograría nada con Enishi. Incluso si él rehuia de la responsabilidad que se le había otorgado, lo único que conseguiría sería el ser expulsado del clan.
-Lamento haberte hecho esperar.
Tomoe despertó de la burbuja de sus pensamientos. Girando hacia la miko, una sonrisa se formó en sus labios casi de inmediato. Kaoru venía acompañada de su eterna chokkai, Hikari, y dos más aprendices que habían entrado al santuario a finales del año anterior. La sacerdotisa de ojos azules vestía ropas ceremoniales pero sin los múltiples adornos y accesorios requeridos. Aquello intrigó un poco a Tomoe.
-Su Excelencia. -La saludó con una reverencia.
-Pensé que te gustaría estar en el jardín. Hace un día precioso -Le dijo Kaoru sonriendo igualmente. -Sin embargo, si no es una molestia, me gustaría que me acompañaras en mi encargo de hoy.
Por un segundo Tomoe se sintió descolocada. Luego, viendo aquello como una invitación sincera de su amiga y no de la princesa de Kioto, volvió a sonreír.
-Como usted guste.
Tomaron un carro tirado por do caballos, no era propiamente un carruaje sino algo más parecido a los carromatos tirados por personas, apenas había espacio para dos pasajeros en el asiento anterior más el del conductor que iba al frente. El resto de la compañía tomó diferentes vehículos. La menor esperó hasta haber salido de la zona del santuario para intentar entablar conversación con su compañera.
-Te ves preocupada -Señaló-. Como si llevaras un gran peso en tus hombros.
Tomoe inspiró y suspiró con pesar.
-Han sido unos meses difíciles, su excelencia, considerando la partida del anterior Guji.
Silencio.
Kaoru desvió la mirada, su corazón todavía se encontraba en duelo. Tras la muerte de quien fuera uno de sus más queridos mentores, montones de viciosos rumores se habían extendido por toda la ciudad. Aunque el Saito había sido fiel a su palabra y lo había hecho pasar como un crimen de un miembro del shinsengumi, la mayoría lo veía como un acto de rebelión; y ya muchos se pensaban dos veces las alianzas con el santuario a Inari.
Kaoru había hecho todo en su poder para aplacar dichas acusaciones, pero ni siquiera ella podía escapar al dolor de tener que enfrentar la verdad, lo que realmente había ocurrido con la psique del exguji Jineh.
La menor se sobresaltó al sentir la mano de su amiga tomar la suya.
-Mis condolencias -le dijo ésta con la clara pena en sus ojos oscuros-. El anterior Guji era alguien honorable. Siempre fue amable con todos.
Kaoru sintió un nudo en la garganta.
-Gracias, Tomoe san. -Asintió, apretando la mano que la sostenía. -Supongo que no puedes decirme lo que te acongoja en este momento.
La aludida negó con un leve movimiento de cabeza, incluso en momentos tan pequeños como ésos, la mayor conservaba su perfil regio.
-Lamento la molestia, pero preferiría el que pudiésemos estar solas -pidió.
El corazón de la miko se oprimió en su pecho.
-Entiendo.
Entonces iban saliendo de los límites de la ciudad, el camino se había vuelto disparejo y resultaba un tanto incómodo el avanzar. Tomoe se sintió algo nerviosa.
-Si se me permite preguntar, ¿a dónde vamos? -Inquirió.
La joven a su lado le sonrió con complicitad.
-Es un distrito no reconocido de Kioto. -Le dijo, para sorpresa de su compañera. -No es un lugar secreto, sin embargo, supongo que más de uno aún no sabe de su existencia.
-Podría ser, ¿una aldea de repudidados?
La menos frunció el gesto con pena.
-Incluso si es así, no me gusta como suena. Pero sí. -Asintió. -Con los avances de la revolución, no, incluso antes, muchas familias cayeron en la pobreza extrema. Montones de niños quedaron huérfanos. Si bien es cierto que cualquier profesión lleva cierto honor en su servitud, la realidad es que no dejan de ser esclavos. Sirven para pagar sus deudas, a veces incluso las de sus padres. Sirven para pagar la comida en su plato.
Tomoe podía simpatizar con aquello. Después de todo, tras la muerte de su madre su propio padre había caído en una depresión que casi los llevó a la ruina. De no haber sido por el apoyo de Akira, Tomoe y Enishi no habrían conseguido el cobijo de la tía Kagome. Sin embargo, aquello había significado el abandono de su propio padre. Aún ahora le pensaba de vez en cuando con un sentimiento que bien podría considerarse culpa. Y al mismo tiempo, no podía arrepentirse, ya que al haberse marchado se habían salvado de tener que pagar las deudas de un padre que apenas y recordaba tenía hijos.
Mas no todos podían tener la misma suerte que ellos.
-Durante mi viaje de peregrinación -continuó la miko- tuve la oportunidad de ver la dura realidad del pueblo de Japón. Al ver los esfuerzos de tantos por cambiar el destino de muchos, por un mejor futuro, pensé que debía de haber algo que yo también pudiese hacer. Algo que por lo menos aliviara un poco el dolor de la rebelión, y que acaso pudiese evitar el que los niños sin padres lanzaran sus vidas al campo de batalla. -La miko sonrió. -Claro que tuve inspiración de otra parte -Sanosuke Souzo-, y apoyo de muchos más. Lo que empezó como algo pequeño comenzó a crecer hasta convertirse en lo que hoy es.
El carro paró entonces.
-Hemos llegado, excelencia. -Informó el cochero.
Tomoe admiró la pequeña aldea, un espacio de chozas dispersadas en un bosque de árboles en su mayoría veraniegos. El aire era húmedo. Había niños corriendo y jugando en la tierra y entre los árboles, mientras ancianos conversaban sentados a la entrada de sus hogares, y otros más hacían distintas labores.
-¡Su excelencia, Kaoru miko sama ha llegado! -Exclamó alguien.
Y pronto vitores de voces se mezclaron con el sonido de los pasos de la gente que salía a saludar a la miko. La joven mujer observó con fascinación las sinceras emociones en el rostro de la gente que salía a recibir a su amiga. Sintió verdadera admiración por la miko, a quien llamaban con razón la princesa de Kioto.
Fue así que no pudo evitar sentirse avergonzada. Aquí estaba ella con sus preocupaciones egoístas, pensando en el corazón de la joven a la que tenía aprecio y dándose cuenta de que difícilmente lo entendía. Kaoru, aún a pesar de ser mucho más joven que ella -aunque ya no del todo una niña- era mucho más madura; y su compromiso con su rol de servitud mucho más grande.
De pronto sintió que no había motivo para que ella estuviese allí. Se consideró una intrusa y a punto estuvo de dar la vuelta.
-Ne, no vayas a abandonarme ahora Tomoe san.
La aludida se sobresaltó al sentir el agarre de su amiga en la manga de su kimono. Kaoru sonreía y le miraba con expectación. La mujer dejó ir entonces sus absurdas preocupaciones.
-No me lo permitiría, su excelencia.
Tomoe acompañó de cerca a la sacerdotisa mientras ésta desempeñaba varias tareas, un bautizo, un ritual de sanación y protección, y una adivinación. Mientras la veía su admiración por ella crecía de igual forma; también aprovechó para mirar en derredor suya, tomando detalle de aquél lugar retirado pero a la vez tan cercano de Kioto. En su mayoría eran niños y anciones, los pocos jóvenes adultos eran en su mayoría mujeres, por sus facciones y comportamiento era fácila divinar que provenían de algún burdel.
"Si mi honorable tía no me hubiese acogido, me pregunto si ése habría sido mi destino como mujer." Pensó para sí.
-Kiyosato dono -le habló Hikari entonces, la chokkai sostenía una cesta con utensilios y ornamentos propios de una boda. -¿Nos acompañas?
Tomoe parpadeó, por un instante confundida.
-Hai. -Asintió comenzando a avanzar con la chokkai.
Se dirigieron hacia una de las tres chozas grandes que había en la zona boscosa. Estaba incluso en una planicie elevada por encima del resto de la aldea. Tomoe se maravilló al ver el empeño que dicha edificación poseía en su estructura hecha de piedra y madera; sin duda pensada para hacer las veces de santuario, o cuando menos un área de altar.
-Espero no haber llegado muy tarde. -Habló un hombre por detrás de ellas.
Tomoe sintió frío al reconocer esa voz, su miedo se intensificó al verlo.
-Saito Hajime Taichou(capitán) -le reconoció.
El hombre le dedico su característica sonrisa de ojos cerrados.
-Oh, Kiyosato dono, no esperaba encontrarla aquí. -Le dijo ameno. Luego giró para saludar a la eterna chokkai con una leve inclinación de cabeza.
La joven, sin embargo, no pudo evitar mirarle con repudio y las manos apretadas sobre la canasta. Parecía dispuesta a soltarle un insulto cuando Kaoru la detuvo poniendo una mano en su hombro.
-Hikari -Le llamó, dándole una mirada significativa.
La chokkai al final terminó por ceder.
-Bienvenido capitán Saito -saludó la miko, luego se retiró junto con éste hacia el carro en el que éste había llegado. La carreta estaba llena de enseres.
-Es uno de los benefactores. -Informó Hikari a Tomoe.
Ésta última se dio cuenta apenas entonces de que se había quedado observando con obvio interés hacia la miko y el capitán.
-Sé que cuesta creerlo considerando el tipo de hombre que es -continuó la chokkai-. Pero su esposa, solía vivir en el límite de Kioto antes de mudarse a Edo, y siempre sintió el deseo de ayudar. Kaoru dono consiguió un milagro para ella y tras varias conversaciones por cartas, ambas empezaron este proyecto.
-No tenía idea de que el capitán era un hombre casado.
-Es difícil de creer. -Se burló Hikari. -Su esposa reside en Edo, y es allegada del santuario. Por lo que sé que tal ayuda proviene realmente de ella y no de él.
La pelinegra analizó entonces a la chokkai. Su mirada estaba afilada, su seño fruncido, y sus manos seguían apretando la canasta con fuerza.
-Veo que le guardas rencor. -Le dijo.
Hikari ni siquiera lo negó.
-Fue él quien asesinó al Guji. -Soltó con rabia.
Tomoe no hizo nada por corregir a la menor. Podía entender el dolor que ésta sentía. Una vez más volvió a maravillarse de la facilidad con la que la vida arrebataba la infancia de una persona. Al mismo tiempo, tembló al reconocer los cambios que su propio hermano había estado mostrando.
Cierto era que Tomoe había comprado aquella información de parte de Shinji, pero lo que este último desconocía eran las lealtades de su cuñada. La joven no tenía la intención de traicionar a la familia de su esposo -mucho menos ahora que era suya también- pero no estaba dispuesta a que ésta usase a Enishi a su antojo.
-Será mejor seguir con los preparativos -le dijo a Hikari.
La chokkai apenas y suavizó un poco su semblante, mas terminó por asentir.
"Al final cada quien lleva su propia lucha" pensó para sí.
Después de todo, si su marido fungía como doble agente, ella siendo su esposa también podía desempeñar el mismo papel.
Si acaso con la intención de evitar una tragedia.
...
Tras terminar de vaciar la carreta, Saito se acercó a Kaoru, aunque sonreía lo tenso de su voz denotaba la seriedad en sus palabras.
-Éste será el último apoyo que recibirás durante este año. Las cosas están por complicarse en Edo. -Le dijo.
La miko seguía apretando la tela de su hakama en un intento por controlar sus emociones, y al mismo tiempo, prestar atención a las advertencias del hombre.
-Será mejor mantener un estricto control sobre los que vayan llegando. En algún punto será imposible recibir a todos.
-Entiendo. -Asintió ella. -Lo mantendré informado capitán.
Al escuchar el apelativo Saito deshizo su sonrisa y le dedicó por fin una mirada significativa a la miko. Mentiría si dijese que no había estado preocupado por ella durante los días de su delirio -así era como él le llamaba a sus visiones-, aunque no lo admitiría lo cierto era que se sentía contrito por cómo habían terminado las cosas con el anterior Guji.
-Pensé que seguirías guardándome rencor. -Le dijo al fin.
Kaoru sonrió con pena.
-No voy a mentirle capitán, sigo molesta. Pero no le guardo rencor. -Confesó, dedicándole una mirada. -La verdad es que aunque le hubiese perdonado la vida, no tenía verdadera forma de sanar al Guji. Considerando su declaración sobre el hecho, lo cierto es que nos absolvió de cualquier cargo que hubiésemos debido pagar.
Saito bufó. La respuesta de ella le hizo recordar porqué era que Tokio, su esposa, le tenía tanto afecto a esta joven.
-Un asesino siempre será un asesino, sin importar que deje de matar. Los muertos no reviven, su excelencia. -Le advirtió. -Te estaré observando. No vuelvas a cometer otro desliz.
Kaoru apretó el gesto. Se veía frustrada.
Los ojos del capitán cayeron entonces sobre la joven Kiyosato y su mirada se afiló.
-Por cierto, ¿es de confiar? -Cuestionó.
Kaoru miró entonces por detrás de sí, en la dirección en la que veía el hombre a su lado. Tomoe se encontraba ayudando a Hikari en los preparativos del altar.
-Lo es. -Asintió la miko. -No la habría traído conmigo de no ser así.
Saito la analizó un instante más, antes de quedar satisfecho. Tras una inclinación, se retiró del lugar junto con el paje que lo había acompañado.
Sólo hasta que su figura se perdió en la distancia Kaoru suspiró con alivio.
Kaoru volvió hasta el edificio que de momento haría de santuario. Los aditamentos habían sido dispuestos y los novios esperaban a que la ceremonia empezara. No era común tener una boda en forma a diferencia de los eventos de la aristocracia, pero tanto Kaoru como Tomoe consideraban que tenían igual belleza, si los novios lucían tan enamorados como la pareja presente.
-Lamento la tardanza. -Se disculpó la miko.
Después, la ceremonia dió inicio. Entonces sería Sato quien oficiaría la boda, comenzando por el ritual de purificación en el que Hikari le asistió. Kaoru por su parte, permaneció a un lado, cerca de Tomoe.
-Puedes preguntar. -Le dijo la joven a la mujer.
Ninguna de las dos despegó la vista del frente.
-Sería impropio de mi parte. -Respondió Tomoe.
Kaoru negó con la cabeza mientras sonreía. A veces pensaba que Tomoe y Kenshin eran parecidos en cierta manera.
-Eres mi amiga, y fui yo quien te trajo. -Refutó la menor. Luego su mirada se tornó contrita. -Escucha Tomoe san, necesito que guardes el secreto del capitán Saito, ni siquiera el capitán Okita sabe algo al respecto.
Aquello sorprendió a la mujer. Era de conocimiento público que ambos capitanes eran cercanos. Mas con lo último dicho por Hikari quedaba claro que aquello no era asunto del capitán Saito para compartir, el secreto era de su esposa. Y en cierta forma, era entendible el por qué buscaba hacer aquello en secreto; muchos de los que vivían en aquella pequeña aldea no sólo eran repudidados, sino fugitivos...
-Entiendo. -Dijo tras un instante. -Después de todo, todos tenemos nuestros secretos.
Kaoru sonrió.
-Arigatou(gracias) Tomoe san.
...
Tras la ceremonia había comenzado el banquete, éste se había hecho al aire libre para que todos pudiesen participar. Hikari se encargó de informar a Tomoe sobre los novios. Ambos habían sido sirvientes en una casa de placer, al final no habían pagado toda su deuda cuando el establecimiento se vino abajo, y terminaron por huir fuera del distrito rojo. Al igual que muchos de los residentes, el secreto de una aldea libre lo habían escuchado en secreto a voces.
Kaoru estaba extasiada. Mirando a los novios a la distancia, se sentía satisfecha de haber podido lograr tanto en tan poco tiempo. Aunque era cierto que el mayor crédito había sido de la esposa del capitán Saito; no podía hacer menos su propia participación. Estaba tan ensimismada en sus cavilaciones, apartada del resto del grupo, que no notó cuando una nueva presencia llegó hasta donde se encontraba.
-Fue una ceremonia hermosa.
El corazón de la miko batió las alas.
-¡Kenshin! -saltó emocionada -¿qué haces aquí? ¿cuándo llegaste?
-Te he seguido desde que saliste del santuario -contestó éste. -Pero no estaba seguro sobre si sería conveniente salir.
La joven lo entendía perfectamente, incluso con los eventos durante la pelea contra el Guji, no podía asegurar que más de alguno lo relacionase con un grupo rebelde.
-¿Fue difícil llegar hasta aquí? -Cuestionó ella.
Él negó con la cabeza.
-Todavía sigue siendo un misterio la identidad de Battousai -respondió él. -Kaoru dono, por otro lado.
-¿nani?
El joven se acercó a ella a paso seguro, la joven dudó un instante mas consiguió evitar dar un paso hacia atrás. El corazón le latía con fuerza en el pecho. Kenshin se acercó hasta quedar a un suspiro de distancia.
-¿Deberíamos aprovechar y casarnos ahora? -Le preguntó él en un susurro.
El calor invadió a la miko.
-¿Pero qué dices Kenshin? -Refutó con el rostro rojo. -No sería propio robar un evento ajeno.
Kenshin sonrió, aprovechando ese descuido de ella para abrazarla por la cintura.
-Entonces -le dijo- deberemos saltarnos hasta la parte de los votos -propuso con voz ronca- ¿o quizá beber de la misma copa y dejar que nuestros cuerpos hablen por sí solos después?
La sacerdotisa sentía que se derretiría ahí mismo.
-Kenshin... no...
-Bebe conmigo Kaoru -le dijo él, en ese momento una copa se materializó en su mano, bebió de esta y luego se la ofreció a su compañera.
Kaoru la tomó con manos trémulas.
-Kenshin... yo... esto...
-¿Deberé darte a beber de mi boca? -Ofreció él al ver la timidez de la joven.
Kenshin bebió entonces un segundo trago y atrajo sus labios hacia su doncella.
La escena volvió a desvanecerse en bruma y flashes de imágenes cortas.
-Aah... Kenshin... -susurró la miko, con los ojos cerrados, y ambas manos sobre sus mejillas arreboladas.
Hikari volvía a mirarla con irritación y desagrado.
-Ahí va otra vez -se quejó.
Tomoe sintió ganas de reír. La chokkai, igual que esa mañana, volvió a insipirar aire con fuerza.
-¡KAORU! -gritó.
-¡Aaah! -la miko por su parte casi vuelve a caer de bruces al suelo.
Esta vez Tomoe no pudo evitar el que una risa se le escapara.
-Honestamente -bufó la chokkai -deberías de controlarte.
-Gomen(perdón) -se disculpó Kaoru. -Es sólo que todo es tan hermoso que no me pude contener.
Tras un suspiro, Hikari sonrió con ellas.
Justo entonces se escuchó un gran revuelo. La novia fue retirada junto entonces, el novio esperaría un pequeño instante más antes de seguirla. Había una casa dispuesta para la primera noche de la pareja, alejada del bullicio de la fiesta.
Kaoru miró con admiración y genuina curiosidad tal escena, sin perder detalle. "¿Qué se sentirá?" Se preguntaba "¿Entregarte a una persona por voluntad propia?" Sus ojos habían tomado un brillo de ensoñación, hecho que no pasó desapercibido para sus compañeras, en especial para Tomoe quien se sentía entonces aturdida por la preocupación.
Hikari entonces se disculpó, debía ayudar a Sato a preparar todo para su partida. El día estaba terminando después de todo, el atardecer estaba en su apogeo.
Cuando ambas jóvenes se quedaron solas, Kaoru de pronto no pudo evitar el buscar respuestas a sus inquietudes.
-Ne, Tomoe san -Le habló, su compañera le miró atenta -¿fue igual para ti? -Cuestionó sin mirarla. -Recuerdo lo hermosa que estabas ése día.
Un latido.
Dos latidos.
-Aunque hubo mucha más fanfarrea, fue ciertamente parecido. -Contestó ella con una sonrisa en las comisuras de sus labios.
-¿Estabas nerviosa?
-Mucho. Pero Akira san fue amable conmigo -confesó. -Aún tras el dolor, disfruté mucho mi primera noche con él.
El fuego crepitó.
-Kaoru dono -le habló Tomoe por fin sin usar el apelativo. -¿En verdad firmarás el acuerdo de omiai con mi pequeño hermano?
Un latido.
Dos latidos.
Un suspiro.
-Lo lamento, Tomoe san -se disculpó la miko. -No es mi intención usar a tu hermano, es únicamente un arreglo político.
-¿Entonces no planeas llevarlo a término?
¿Qué tanto sabía Tomoe? Se preguntó la miko, por primera vez cayendo en cuenta de que ésta viajaba sola, sin compañía. Solo entonces recordó que tras su regreso a Edo, no había podido entablar palabra con Akira, y que siempre había sido la joven frente a ella quien había provocado tal circunstancia. Entonces decidió que no andaría con rodeos.
-¿Qué es lo que sabes, Tomoe san? ¿Akira san sabe que estás conmigo?
La aludida apretó las manos sobre la tela de su kimono.
-Yo... tengo algo que confesar -le dijo.
...
En el barullo de la música y las voces de los presentes, las palabras de Tomoe pasaron desapercibidas por todos los presentes de aquella boda, salvo una. Kaoru miraba y escuchaba atenta cada palabra de aquella confesión. Y mientras más escuchaba, más cambiaba su expresión a una de desconcierto.
Aún en la distancia, Hikari supo que el secreto había sido revelado.
...
Edo
-¡Tenemos problemas!
Los presentes en la sala giraron sus rostros en dirección a la entrada, hacia la persona que había descorrido las puertas del fusuma con fuerza.
-¿Qué es lo que sucede? -Cuestionó Genzai, entre molesto por la interrupción y preocupado por la sola expresión de su sirviente.
-Él shinchogumi ha terminado por involucrarse. -Explicó el joven, para el desconcierto de todo.
-¡Genzai! -le apremió uno de los aristócratas del clan Kamiya.
-¿Por qué se involucrarían? Hasta ahora sólo era una rencilla de clanes. -Se quejó el hombre, pero quedaba clara la angustia que sentía.
-Maestro Genzai.
El aludido miró al recién llegado, Kenshin estaba de pie con Sanosuke por detrás de él.
-No podemos esperar más tiempo -apremió el pelirrojo. -Debemos movilizarnos ahora.
La sala estalló en discusiones.
...
En la habitación principal de la mansión Kamiya, donde el heredero permanecía en arresto, un sirviente entró con prisa tras anunciarse.
-¡Koishijirou sama! -Exclamó.
El joven heredero permanecía sentado en pose ceremonial frente a una pared llena de tablillas con nombres de los miembros del clan.
-¡Van a enjuiciar a vuestro padre!
Koishijirou apretó las manos en puño, su rostro se veía lleno de angustia.
-Lo sé. -Dijo al fin. -No podré ocultarlo por más tiempo.
Su sirviente parecía sentir su mismo dolor.
"Kaoru" Pensó Koishijirou. "Tan sólo deseo poder protegerte."
...
Sus palabras parecían hacer eco en su mente para reverberar hasta liberarse y llegar hasta donde dicha joven, se había levantado para salir corriendo hacia lo profundo del bosque.
"Soy una espía ahora, por lo que sé lo que está por ocurrir. El clan Kamiya será purgado en menos de un día, siendo vuestro padre y el secreto que él guarda la clave del conflicto."
A/N: Ha sido extenuante encontrar información fiable, o cualquier tipo de información histórica en realidad, referente a Japón y sus costumbres y tecnología durante el bakumatsu. Así que sí, nada más alejado de la realidad que lo que aquí escribí xD
Sigh ... T_T
