Disclaimer: Los personajes son de Watsuki. Y todos sabemos éso, así que a partir de ahora ya no pondré el disclaimer a menos que sea extrictamente necesario. Y con eso en mente, este capi está inspirado por la canción de Borders de Kalandra.
"Recuerdo"
El mar siempre había cantado en aquellos días de primavera. Incluso con el sol brillando fuerte en lo alto, la piel se erizaba con el frío del aire. Las olas iban y venían, y en su andar, viajeros llegaban a puerto. Huyendo de una realidad llena de tragedias, en Izumo se concentraron lugares de puertas abiertas que recibieron a los gente descendía con ayuda y seguía moviéndose con prisa, siguiendo las indicaciones quienes los ayudaban por orden del daimyo.
La sacerdotisa, convertida en un fantasma, deambulaba casi sin moverse entre el fluir de aquellos recuerdos. Era una roca en un río de gente que corría sin detenerse, mientras observaba las conexiones hechas entre cada contacto.
Los días pasaron, bajo la luz de aquel sol, más y más llegaron a puerto. En el último barco un botón de niña descendía, las gemas de sus ojos cautivaron con su brillo a quien tenía la fortuna de cruzarse en su camino. Dos zafiros, recortes de un cielo nocturno estrellado. Fue sólo uno, sin embargo, quien cautivó su corazón.
Un encuentro, una mirada y una sonrisa. Una mano ofrecida y el temblor de quien la recibe.
Días llenos de risas y momentos compartidos. El tiempo pasa y aquellas manos se unen y no vuelven a soltarse. Pasos en medio de campos en flor, y la brisa que levanta y revuelve los aromas.
Un beso en medio de un jardín de flores.
El cielo se nubla, el sol se pone. Las nubes grises lloran por días cuando la profecía del porvenir se cumple. Aunque siguen tomados de las manos, las expresiones son inciertas y quizá hasta tristes... De pie frente a los padres del muchacho debaten sobre la bendición de su unión. Uno defiende a voz viva, mientras su compañera permanece en silencio, su mirada rehuye la emoción en los ojos de quienes la miran, y su mano cae irremediablemente sobre su vientre.
El mar sigue con su vaivén. Las olas van y vienen, mientras el aire frío sigue dominando a pesar del sol. En medio de una colina los amantes discuten; uno intenta obtener una reacción, la otra llora en silencio.
Y mientras las olas se crecen y el viento sopla más fuerte, el cielo se prepara para la tormenta.
La gente corre ahora con antorchas de ira en sus manos. El cielo se tiñe de rojo, la luna parece estar hecha de sangre. El daimyo resiste ante todo; la tradición los mantiene, el honor los sostiene...
Y es por honor que la niña que nace es arrebatada de los brazos de su madre. Es otra quien la abraza para que la pequeña pueda tener un lugar en aquel castillo, su origen debe ser oculto.
Un pacto obligado. Un futuro prometido en su lugar para mantener el honor intacto.
El mar se viste de luto.
Fue la tristeza la que terminó con aquella vida. El amor fue insuficiente, el parto complicado. El cuerpo débil se ahoga en llanto. Promesas que han quedado sobre la arena, promesas que el mar ha borrado al venir. Apenas dos meses después una vida se extingue, una vela más se apaga de golpe.
El padre llora sentado en la engawa.
Por un instante su mirada se clava al frente, y la sacerdotisa siente que es a ella a quien mira. Mas el hombre vuelve a alejar la mirada, la bebé llora, y algo en él se quiebra.
"Perdoname. Tú también la perdiste." Solloza, y luego toma en brazos a la creatura, aferrándose a ella, comienza a mecerla.
El corazón de la miko brinca.
Aquella canción es la misma, se dice, la misma que su madre cantaba para ella.
"Mi dulce Kaoru" Murmura el padre. "Te he fallado. Fui ingenuo al creer que este arreglo funcionaría... y ahora me veo obligado a seguirlo... No puedo dejar que el sacrificio de tu madre sea en vano. Nadie va a cuestionarte. Te prometo una vida con honor." Le jura, con la voz temblando y el corazón resquebrajado.
Las olas del mar chocan contra la roca del risco y se quiebran en espuma y gotas de agua. El sol vuelve a salir, imponente, latente. El aire es frío todavía, mas la bebé suspira tranquila, como si ella también hubiese hecho aquella promesa.
En los años que siguen, las lágrimas desaparecen movidas por sonrisas y alegrías.
El jardín ha florecido de nuevo; y el mar embravecido se rompe en espuma y aromas salados; el viento sigue siendo frío y lleva en sus remolinos la brisa de un recuerdo.
...
Cuando Kaoru regresa al cuadro blanco, sólo el aroma a sal permanece con ella, el frío todavía la domina pero éste se desvanece con prisa.
-Ésa fue una promesa honorable sin duda. -Dice un hombre por detrás de ella.
Una voz que ella reconoce al instante, y se voltea mirándole con emoción.
-¡Padre! -Exclama.
El hombre de pie, cuyos ojos son oscuros como su hermano Koishijiro, se ve cansado y maltratado; como si llevase días perdido sin agua ni alimento. Mas su sonrisa es cálida y honesta.
-Aún más al estar llena de amor hacia ti. -Concluye él.
Ante su sonrisa, la miko se deshace en emociones y corre a abrazarlo sin pena. Él la recibe, abrazándola con cariño. Sus ojos se llenan de lágrimas al instante siguiente y la voz se le quiebra. -Kaoru. Mi Kaoru... mucho me temo que ya no deberás llamarme bajo ese título.
Es un momento que ambos se toman porque lo necesitan, un tiempo para llorar por los secretos revelados y lo inminente de la despedida definitiva.
-Pudieron habérmelo dicho. No me habría enojado -Dice ella de pronto, todavía sin soltarlo.
-Pudimos, sin duda. -Asiente él.
La falta de su negativa, le obliga a ella a considerar el contexto en el que creció. La importancia del mantener su linaje incuestionable bajo la lucha interna del país. Entonces era muy pronto para determinar el bando a elegir. Y si Koishijirou no había aceptado ninguna otra esposa, quedaba claro lo que habría tenido que hacer para asegurar la presencia de Kaoru en su vida sin poner en riesgo al clan al inicio del conflicto interno de Japón.
-...Querían darme sólo alegrías, ¿no es cierto? -Inquiere ella.
Su abuelo sonríe con pena, todavía sin deshacer el abrazo.
-Fuimos pretenciosos y egoístas. Apuntamos demasiado alto y terminamos cayendo. La verdad siempre sale a la luz, Kaoru, es algo que debes siempre recordar. -Le advirtió.
La miko sintió el peso de aquella advertencia; entendía lo que significaba el reconocer el silencio de sus propias verdades, especialmente para con Kenshin. Pero había tomado una decisión, se dijo, aunque aun no daba el primer paso, y su corazón todavía se sacudía en inseguridad.
-¿Qué pasará ahora? -Cuestionó ella, separándose lo justo para mirarle a los ojos.
Lo que ella vio, sin embargo, reflejado en los ojos del mayor era una clara y absoluta resignación. Una sonrisa tan triste que apenas si era una, y una mirada cargada amor y despedidas.
La morena se alejó negando con la cabeza una y dos veces.
-No... ¡No es cierto! -Lamentó.
Mas el mayor no dijo nada y su silencio se convirtió en una daga pesada que acabó por resquebrajar el corazón de la miko.
-¡No es justo!
Haciendo uso de su templanza, el hombre respiró hondo y contuvo su tristeza.
-Ya hemos sido bendecidos mucho más de lo que merecíamos. -Le dijo con tono severo. -Lo sabes, lo sé. Tu mentor te lo ha dicho. Nuestro clan debió haber caído hace tiempo, sin embargo, aquí estamos. Y es justo, por tanto, que paguemos por los años de dicha que se nos permitieron.
Si tan solo su padre hubiese huído con su madre tan pronto supo del embarazo de ésta... Lamentó ella, y luego se reprochó por este mismo pensamiento. Porque aquello hubiese representado la caída del clan, y la muerte de gente a la que consideraba importante y que además amaba; como sus abuelos, quienes habían hecho el papel de sus padres...
Al final, Kaoru, todavía con el corazón tambaleante, preguntó "¿Cómo puedo seguir sin tí?"
Su abuelo sonrió.
-En el futuro, mi niña, tú serás la heredera de la espada de tu padre. -Le dijo con orgullo. -No estarás sola. Jamás lo estarás.
El lienzo blanco se deshizo en pinceladas de color, hasta crear el cuadro de un paisaje que le resultó familiar a la miko. Una mansión de amplios pasillos, con un dojo al fondo.
-Tú debes seguir. -Le dijo su abuelo, guiándola para que ella mire de frente aquella imagen. -Tu corazón no debe dudar, mi pequeña. Incluso si los nombres cambian, seguimos siendo los mismos y te amamos igual. Los lazos que nos unen no se romperán.
Las lágrimas cedieron, detenidas por una repentina curiosidad y esperanza. Ella volteó a verlo de nuevo.
-No sé si tengo el valor. Me propuse no darme por vencida, pero incluso con todo lo que he hecho, aún no he podido dar un paso al frente. -Lamentó. Su última conversación con Kenshin todavía le hacía sentir triste.
-Quizá no era el momento todavía. -Refutó su abuelo, sonriendo comprensivo. -Pero ahora estás lista. No temas. Tu corazón ya ha decidido en qué dirección ir. -Concluyó él, guiándola hacia una nueva visión.
Hacia la silueta de una figura de pie por delante de ella, iluminada por la luz a sus espaldas su imagen quedaba sumida en sombras; mas ella fue capaz de descubrir aquella mirada, aquella sonrisa, y su cuerpo reaccionó por sí solo, aceptando la mano que éste le ofrecía.
...
KIOTO, 1865
Cuando abrió los ojos, ya no había más lágrimas, ni tampoco aquella embriagante angustia. Seguía triste por lo que vendría, eso no había cambiado, pero se sentía igualmente en paz y decidida.
Se descubrió recostada sobre el futón en su habitación. Todavía era de noche y la poca luz de la luna apenas si le permitía distinguirse a sí misma. Cuando su corazón volvió a su ritmo suave y lento, se puso de pie y avanzó hacia la entrada de su habitación. Fuera de esta encontró a dos chokkais haciendo guarda, las otras dos jovencitas que habían entrado el año anterior.
-¡Kaoru dono! -Exclamaron ambas al verla.
-Necesito que me asistan -dijo, las dos asintieron. -Y necesito que preparen la sala de reuniones, hagan llamar al Guji, al sacerdote Kago, a la eterna chokkai Hikari y su compañera Sasaki.
Tras mirarse extrañadas la una a la otra, las dos jovencitas se pusieron manos a la obra; una volvió con Kaoru al interior de la habitación, la otra salió a cumplir su encargo.
"No puedo quedarme quieta" Pensó para sí la miko. "Si quiero proteger a la gente que amo, debo empezar a moverme."
EDO
-¡Tiren con fuerza!
Los ojos de Kenshin seguían mirando atentos a los miembros del castillo Kamiya trabajando por limpiar los escombros tras el combate. Demasiado pronto los líderes de los clanes bajo el daimyo habían llegado, y se habían encargado de ponerse al frente en dirigir aquella escena.
Aunque no era que realmente hubiese algo que mirar en aquella fanfarrea. Lo que atraía la atención de Kenshin era aquel chico de ojos azules -Satoshi-, casi tan azules como los de su compañera. Otra miembro más de la segunda rama por su estatus de bastardo, quien a pesar de haberse ganado el apellido, no podía aspirar a volverse parte de la primera rama -contrario a Kaoru, cuyo secreto la había puesto en la línea sucesoria-. Kenshin se preguntó de qué serviría poseer tal secreto si el descubrirlo traería más daño que beneficios.
Apreto el agarre en la empuñadura de su katana. ¿Sabría Kaoru aquella historia? Tal vez, por su don, llevaba tiempo conociendo la verdad. Cerró los ojos con pena.
"No." Se dijo. Recordando la sonrisa de su amiga cada que hablaba de su hermano, no había nada que indicase el que dudara de aquel parentezco.
Y ahora, con el dilema presente.
-¡Kenshin! -Le llamó Sanosuke. Éste llevaba la mano vendada y un parche en una mejilla. -Menos mal que estás bien -le dijo tan pronto lo alcanzó.
El pelirrojo trató de sacudirse sus preocupaciones.
-Tuve un único enfrentamiento difícil -confesó. -¿Qué hay de ti? ¿Qué le pasó a tu mano?
-Oh, ¿esto? Me distraje en la huida y solté el golpe chueco, nada grave -Explicó sonriendo. -¿Y bien? ¿Qué debemos hacer ahora? Dentro de poco amanecerá.
El samurai inspiró y exhaló con fuerza, se le veía cansado y preocupado.
-Masato san cree que será mejor permanecer en el castillo e intentar negociar a través de representantes. Pero el resto de los clanes no están del todo de acuerdo. El maestro Genzai piensa que debemos pasar a una misión de rescate primero, recuperar al lídel del clan Kamiya.
El castaño silbó.
-¿Y tú qué piensas? Tu herida todavía requiere reposo, ¿o no?
-Puedo soportar un enfrentamiento en solitario, pero no una redada -contestó Kenshin. -En realidad lo que me preocupa es otra cosa.
Sano parpadeó confuso, y con cierto interés también.
-¿Y qué es? -Le preguntó.
-Me temo que no es mi secreto para compartir -sonrió con pena- pero-
-¡Graves problemas! ¡Graves problemas! -Se escuchó a lo lejos.
Un grupo de tres samurais llegaron corriendo a la explanada del jardín principal, todos los presentes voltearon ante la conmoción y la mayoría avanzó hacia los chicos, éstos llegaron directos hasta donde Masato y Genzai conversaban con otros dos nobles y Koishijirou. Kenshin y Sanosuke compartieron una mirada antes de decidir ir hacia éstos igualmente.
-¿Qué ocurre? -Cuestionó Koishijirou.
El chico al frente parecía ahogarse con las palabras.
-¡Habla de una vez! -Le ordenó Masato.
El chico brincó ante el poder del enojo de su superior y tragó seco.
-El líder del clan Kamiya ha sido ejecutado.
-¡Ah!
Afonía.
Y una incontenible ira comenzó a crecer y crecer en el cuerpo de Kenshin. Aquello que había temido tanto había por fin ocurrido, y él había sido incapaz de hacer nada para impedirlo. La impotencia que sintió fue tan grande, que la única manera de deshacerse de aquella terrible emoción era estallar en ira.
A/N: Nop, no hemos terminado con los capis de "los secretos que guardamos", falta uno, el más importante de todos y entonces ¡boom! Llegamos por fin al clímax que ya he prometido tanto LOL.
Sigo mala de salud, por lo que mi escritura es esporádica, pero ojalá que no desistan de esta historia.
