Año 6
Cinder Donovan - 17 años - Distrito 12.
Pobreza.
Hambre.
Miseria.
Dolor.
Angustia.
Desigualdad.
Resentimiento.
Conformismo.
Con eso se podría resumir la vida en el Distrito 12, desde siempre uno de los más miserables de Panem. Estando tan cerca del 13, no sé por qué no aprovecharon y nos bombardearon al mismo tiempo. O sea, con toda la tecnología tan avanzada que tienen, dudo que les haga mucha falta el carbón que producimos.
Pero ese tipo de misericordia no es propia del Presidente Dionysus Heavenly ni de ninguno de sus conciudadanos... En el Capitolio no conocen de misericordia, para ellos no somos más que esclavos, medio moribundos, medio alimentados, la escoria de Panem... Tal vez por eso es que he causado tanta conmoción... La huérfana Cinder Donovan, claro, aquello de huérfano es un estado bastante común desde que acabó la guerra.
A mi edad, las restricciones impiden que pueda trabajar en la mina. Y siendo demasiado mayor para el miserable orfanato del distrito, lo natural es que ya hubiese pasado a mejor vida, pero soy una luchadora y no me dejé morir de hambre, antes de perder a mis padres aprendí de ellos lo mejor de sus talentos: de mi madre el arte de la diplomacia y, de papá, valentía y temeridad. Manipulo cuando es necesario y también me atrevo a robar en las casas de los comerciantes, así pues, me sé defender. Puede estar mal, pero a ellos les va mejor.
Es así como además de no estar tan malnutrida como los demás tengo un par de cartas bajo la manga y sorprendí a los vigilantes durante mi presentación obteniendo un majestuoso 8/12. Una hazaña que por primera vez consigue alguien de mi distrito.
La chica del 7 y yo hemos hecho un buen equipo, ella es una maestra con el hacha y a mí me va bien con los cuchillos. Nos juntamos después del baño de sangre, en el que yo maté a dos chicos y ella a su compañero, para hacernos con provisiones y armas. Cinco años de juegos han dejado claro que es imposible sobrevivir sin ellas y no puedo atenerme a la generosidad de los patrocinadores, pues hace mucho aprendí a no depender de nadie.
Yo sobreviviré. Yo voy a salir de aquí…
Tasha y yo hemos tratado de no llamar mucho la atención. Pero la pareja de voluntarios del 2 la tomó en nuestra contra cuando nos llevamos dos cestas con alimentos de la cornucopia, nos están persiguiendo y nos pisan los talones. A varios días (con sus respectivas noches) de jugar al gato y al ratón con ellos estoy realmente agotada, sobre todo porque la escarpada ruta que ha elegido mi compañera es demasiado para mí en estas condiciones, el sol está particularmente inclemente esta mañana, el sudor corre a chorros por mi espalda y siento las piernas pesadas mientras escalamos la pronunciada pendiente. Finalmente soy yo quien pide descanso:
– ¿Tasha... – murmuro sin aliento – Podemos descansar?
– No, Cinder – Me responde sin volverse a mirarme y la condescendencia en su voz me irrita: – Ya no tenemos provisiones, hay que buscar algo que comer...
Guardo silencio y continúo caminando como si no me sintiera desfallecer a cada paso, la debilidad aumenta y cuando estoy segura que no puedo avanzar más, Tasha se detiene y voltea a mirarme con una radiante sonrisa; su piel, antes blanca a más no poder, se ha bronceado con el sol de los últimos días, supongo que igual estará la mía, y sus ojos verdes brillan tanto, que si estuviéramos en otro lugar pensaría que es una chica muy feliz.
– ¡Mangos! – Es todo lo que me dice mientras empieza a subir con facilidad a un árbol.
Me quedo de piedra, no sé de qué habla ni a qué se debe el ímpetu con el que se impulsa entre las ramas. Con miedo de ser alcanzada por los chicos del dos, subo tras ella sin dificultad. Cuando la alcanzo tiene en su regazo media docena de frutas de piel entre amarilla y roja y se lleva una a los labios, no puedo dejar de pensar que es un error, que la fruta debe estar envenenada, pero de mi boca semiabierta no sale ni un sonido.
Nunca antes he visto esa fruta. Ni siquiera en el tren o durante mi estadía en el Capitolio, donde probé cosas que nunca había siquiera imaginado.
Exhausta por todo el esfuerzo, pero aún sin decirle que no se coma eso, me acomodo en una de las ramas un poco más abajo de ella, que avienta a mi regazo una de las frutas.
– Come, están buenos. – Dice con la boca llena y expresión de dicha.
Con evidente desconfianza espero unos minutos, estudiando el aromático fruto, dando tiempo a que ella caiga muerta si es que está envenenado, mientras Tasha casi ha devorado todos los que tenía y va por más. Sólo entonces me permito morderlo y me llevo una agradable sorpresa, es jugoso y dulce. Y, aunque está tibio, es delicioso.
Y de pronto, la segunda sorpresa del día llega a nosotras, en forma de un par de paracaídas plateados. Tasha y yo nos movemos rápidamente y tomamos uno cada una, para encontrarnos con exactamente los mismos regalos: Una cerbatana y doce dardos envenenados. Abajo de nosotras nuestro blanco aparece al pie del árbol, tan cansados como inocentes de lo que les espera...
¡Hola de nuevo!
Por acá con mi primera tributo del doce. ¿Qué les pareció Cinder? A mí me encantó, pero realmente amo a todos mis narradores, ya saben, yo les di vida (aunque también muerte, puesto que ninguno ha vuelto vencedor).
El año pasado Mackenzie y Tyrone murieron durante el baño de sangre. Ella fue hosca y apática durante su entrevista, y su mentor pese a su intención no pudo hacer nada por ella.
Los 5° Juegos del Hambre los ganó Liam Brandt, un joven de 17 años del D6. Nos vemos en el siguiente.
