Año 27

Naia "Nicole" Hunter - 16 años - Distrito 8.


Llorar nunca fue una opción para mí. Ni siquiera al quedarme sola hace casi un año de manera tan abrupta, tan inimaginable, cuando murió mi padre y, luego de dos escasas semanas, mamá se unió a él. Por ello, me tocó afrontar la vida prácticamente sola, con el lastre de una tía sumida en las tinieblas de la demencia. Bueno, era asumir eso o irme a vivir a la pocilga a la que llaman orfanato en el distrito. La elección no fue tan fácil, pero supe vivir con las consecuencias que venían con ella. Me adapté, me acostumbré a que mi tía creyera que soy Nicole, su niña, dejé la escuela y me puse a trabajar en la fábrica para mantenernos a ambas. Hasta el día, tras pocos meses de la partida de mis padres, cuando nos anunciaron que habían determinado las causas de la epidemia que nos asolaba: Los nuevos químicos y tinturas reaccionaban de manera inadecuada en nuestra vieja maquinaria y los vapores que emitían resultaban tóxicos. A esas alturas ya más de tres mil trabajadores había enfermado, en mayor o menor grado, más de quinientos de ellos no había sobrevivido.

¿Y a quién le importaba? A nadie con el suficiente poder para tomar acciones realmente significativas. Simplemente nos concedieron un cambio de condena, la muerte seguía estando garantizada pues igual debíamos trabajar expuestos a los vapores de los fulanos tintes para obtener la colorida variedad de telas que ansían en el Capitolio, pero además se incrementó la hambruna entre los trabajadores, pues la ingeniosa solución de los directivos fue reducir las jornadas (y con ellas los salarios), en definitiva: quienes iban a la fábrica continuaban enfermando y ni siquiera ganaban lo suficiente para subsistir.

Al saberlo dejé el trabajo allí y terminé por dedicarme al oficio más viejo del mundo. Comenzar no fue agradable y con el paso del tiempo no mejoró, la mayoría de las veces el intercambio resultaba denigrante, sobre todo cuando era el fulano quería establecer el precio o aquellas mil veces en las que debí conformarme con recibir por pago tan solo un poco de pan o de fruta. Mis clientes por lo general eran los mandamases de la servidumbre en las casas de los más acaudalados habitantes del Distrito Ocho y poco les importaba intercambiar su comida del día por disfrutar de mí. Fue trabajando en una de aquellas grandes casas donde conocí a Misael. Un chico listo y bondadoso, hijo de un famoso sastre del distrito. En aquella ocasión él me rescató de un borracho que estaba a punto de matarme a golpes.

Desde que lo conocí las cosas cambiaron para mejor. Sigo dedicada a lo mismo, le dejo hacer con mi cuerpo lo que se le antoje y él a cambio me paga lo que yo le pida, la única diferencia es que ahora sólo lo hago con él. No más viejos hediondos a alcohol ni brutos que se excitan al hacerme daño. No. Ahora estoy bien, Misael me trata bien, incluso me complace mucho más que yo a él. Siempre llega con un detalle para mí, se comporta más como un novio amoroso que como un cliente que paga por lo que se le sirve. Me ha prometido que hará revisar a mi tía, que hay médicos que pueden traerla del mundo de los sueños donde vive y que pueden hacerle entender que no soy Nicole, que su niña murió hace muchos años.

A pesar de la resignación con la que afronté todos aquellos cambios en mi vida, a pesar de que de alguna u otra manera estaba tomando mis propias decisiones y aprendiendo a vivir con ellas, a pesar de que, si bien no era feliz, al menos estaba saliendo adelante, no podía adivinar que las cosas cambiarían nuevamente.

Para la cosecha me visto con un vestido que Misael me regaló, es lindo, de verdad, entallado en la cintura y vaporoso en la falda que me llega por encima de las rodillas, con un estampado de flores minúsculas precioso, sujeto a mi espalda por unas cintas cruzadas. Al írmelo poniendo no podía dejar de imaginar sus manos deshaciendo las lazadas, apretándome contra su cuerpo, recorriendo con sus besos cada recoveco. Recogí mi cabello, me pellizqué las mejillas para parecer menos pálida, puse algo de color en mis labios y me calcé en unas zapatillas blancas planas, buscando resaltar mis atributos, pero sin verme vulgar. Quiero recompensar a Misael después de la cosecha, nos encontraremos en la casita que nos servía de nido de amor, apenas ésta culminara. Me despedí de mi tía con un beso y me encaminé con pasos firmes y mirada altiva hasta la plaza principal.

Por poco llego tarde, apenas faltaban pocos minutos para que empezara todo, los chicos y chicas en edad de cosecha se apretujaban en la diminuta plaza, pues, aunque la población del distrito ha aumentado considerablemente en los últimos años, no se ha hecho nada por acondicionar el espacio, así que entre empujones y pisotones me abro paso hasta la sección que me corresponde. Al llegar intento vislumbrar a Misael (él está fuera de la cosecha desde hace cinco años ya, pero uno de sus hermanos tiene mi edad, así que debe estar por ahí), pero es imposible, me doy por vencida y pongo atención a la pantomima que ejecutan la alcaldesa y el escolta venido del Capitolio, narrando las bien-sabidas tonterías de siempre: Días oscuros, rebelión, guerra… blah, blah, blah… dejo de prestar atención y empiezo a pensar en el próximo encuentro con Misael, de hecho empiezo a anhelarlo, sin embargo vuelvo a concentrarme en el evento cuando reconozco el nombre que pronuncia el escolta: nada más y nada menos que el mío.

Me indigno en un principio, casi todas las chicas que me rodean saben quién soy, algunas hasta saben a qué me dedico, y todas me miran fijamente, pero nadie mueve un músculo. Nadie excepto yo. El hombre del Capitolio repite mi nombre con impaciencia y yo me doy media vuelta y trato de escapar, tropiezo y empujo a las chicas a mi alrededor, y aun así no logro ganar mucha distancia, además los agentes ya se han puesto en movimiento. Algunas chicas se quitan, otras gritan, es un caos total, cuando llego al final de la cadena que delimita las áreas tres agentes me están esperando del otro lado, con las porras en las manos, me freno en seco y me dejo caer, asustada y furiosa a partes iguales, dos de ellos me llevan cargada hasta la plataforma donde el escolta esperaba mi llegada, él le quita importancia a mi reacción y se encamina a elegir al chico que me acompañará.

Me obligo a calmarme, sabiendo que ahora no solo me ve mi distrito sino todo Panem, empiezo a buscar con la mirada a Misael, cuando lo encuentro veo en su mirada una desolación que sólo puede ser reflejo de la mía. La ceremonia sigue su curso y el escolta escoge por tributo a un chico alto y fornido. Nos damos la mano por cumplir el protocolo y nos llevan sin tardanza al Edificio de Justicia.

Es hora de las despedidas y no sé si alguien fue a avisarle a mi tía, es la única pariente que me queda y aunque siempre me confunda me agradaría abrazarla de nuevo. Pasa una eternidad e, impaciente porque nadie llega a verme, abro sigilosamente la puerta del elegante salón para echar un vistazo. Me pregunto si me han castigado por el numerito que hice en la cosecha, afuera no hay nada inusual, salvo una fila de gente esperando por visitar a mi compañero. Me encierro de nuevo sintiendo la furia apoderarse de mí y maldigo una y otra vez mi suerte apretando los puños, con ganas de destruirlo todo a mi alrededor, estoy a punto de empezar con un jarrón con apariencia de ser muy costoso cuando la puerta se abre y Misael entra.

― Naia, mi amor… ― Oír su voz rota me trae a la realidad, me revela que quizá sea la última vez que lo vea, me recuerda que estoy a punto de partir hacia un juego mortal. Apaga en mí cualquier resquicio de rebeldía y en cambio enciende el miedo.

Corro hasta salvar los pocos metros que nos separan y enredo mis brazos a su alrededor, él me aprisiona, levanta mi cara con uno de sus dedos y me besa, es delicado y tierno, como de costumbre, pero no es eso lo que yo necesito y deseo en este momento. En este ámbito nunca se ha tratado de lo que yo quiera, pero esta vez no me importa, correspondo su beso, pero le añado más ímpetu, más deseo, convirtiéndolo en un beso desesperado, reclamando lo que hasta entonces había sentido tan seguro. Instantes después me separo un poco para verlo, para memorizar cada detalle, pero su rostro, a menudo sonriente, está deformado por el dolor y yo soy un manojo de nervios que tiembla de sólo pensar en lo que me espera.

― Naia, mi amor…

― No quiero, no quiero ir… ― Lloriqueo.

― Si pudiera acompañarte, Naia… Yo te cuidaría, no dejaría que te hicieran daño. Mi amor… mi amor…

Las palabras no calman mi miedo, no son lo que necesito. Lo silencio nuevamente con un beso y empiezo a desvestirlo, mientras le beso aquí y allá, temerosa de que se acabe nuestro tiempo, de no poder demostrarle de alguna manera que pasara lo que pasara su recuerdo siempre estará conmigo. Hasta esa mañana yo estaba absolutamente segura de que él se había enamorado de mí, pero sólo mientras le pertenecía una última vez fue que me di cuenta de que quizás yo también le amaba.


¡Hola de nuevo!

De nuevo tanto tiempo sin pasar, pero no he olvidado y mucho menos abandonado este proyecto, es sólo que a veces la vida se complica más de lo que uno se imagina.

En cuanto a Cole, es otro de mis niños demasiado jóvenes para sobrevivir a los juegos, él no pudo encontrarse con Maureen, pues ella murió aquella misma noche, lo cual le desmotivó bastante, sin embargo, no perdió su deseo de sobrevivir, y eso lo condujo a su muerte: Hambriento, no pudo resistir la tentación de robarse algunas provisiones de la pareja del D11 y estos cayeron sobre él.

Nuestra vencedora el año pasado fue Merrick Sterne, del D7, con 17 años y tres víctimas a cuestas.

Gracias por leer, nos vemos en el próximo...