Año 38
Hayden Addams - 15 años - Distrito 3.
La luz en el exterior es cegadora, en comparación con la breve oscuridad del tubo de lanzamiento. Al ser todo blanco sobre blanco cuesta captar los detalles más allá de los uniformes grises de los demás chicos. Parpadeo intentando enfocar mejor y diviso a unos metros el tenue resplandor azulado de la cornucopia, este año es peculiar, una especie de cueva abovedada hecha de bloques de hielo, cuya entrada es diminuta, un embudo en el que muchos caerán.
Si antes tenía mis dudas, ahora es una decisión tomada, no pienso involucrarme en la lucha.
Nos rodea una inmensa cordillera, con agudos picos. Desde cada plataforma todos se ven amenazadores, el mismo equipamiento nos hace parecer más corpulentos y más fuertes.
La cuenta atrás se prolonga mucho más de lo que imaginé y la nieve parece haber ocultado cualquier tipo de obsequio, no se distingue nada diseminado alrededor. El gong finalmente se escucha y yo mantengo mi posición por un par de segundos, observando lo que ocurre a mi alrededor, pese a que la ventisca levanta los copos de nieve y dificulta mi visión: Hay quienes, determinados, se atreven a saltar al terreno y se hunden en la nieve. La chica del Siete, menuda y pequeña, es la que parece tener mejor suerte, se mueve como un lince, y escapa por un camino descendente.
Dos de los profesionales, brutos y grandotes, la han emprendido a golpes entre ellos mismos, a saber, por qué razón. La chica del Distrito Cuatro los ignora y encabeza la marcha hacia la cornucopia. Tras ella otros tantos se esfuerzan por llegar al cuerno, otros rebuscan entre la nieve y logran desenterrar algunos objetos.
Decido bajar cuidadosamente de mi plataforma, tratando de mantener el máximo de movilidad, no soy tan pesada y esto juega a mi favor al menos esta vez. Empiezo a avanzar con dificultad, empeñada en quitarme de la vista de los demás lo más pronto posible, pero algo se engancha en mi bota y me hace caer de boca sobre la nieve blanda.
Una tira fucsia sobresale y al halarla, con esfuerzo, me hago con una mochila de buen tamaño, supongo que ha sido cosa de suerte, si se le puede llamar así. Pero muy poco me dura la impresión pues el llamativo color de la mochila atrae atención indeseable sobre mí. Un tributo se abre paso a campo traviesa en mi dirección, pese a la distancia a la que se encuentra y que su avance es muy lento, me muero de miedo al saber que me ha escogido como objetivo.
Cambio de dirección y vuelvo a terminar en el suelo, el corazón no deja de acelerar su ritmo, estoy al borde de un ataque de pánico, me ahogo y el miedo se apodera de mí. Trato de respirar como me han aconsejado y me obligo a mantenerme atenta respecto a lo que ocurre a mi alrededor. Internamente no dejo de gritar: «No quiero estar aquí, maldición».
La chica, estoy casi segura que es una chica quien me persigue, lanza algo en mi contra, pero falla. El objeto: pequeño, blanco y brillante, cae a unos pocos metros y se confunde un tanto con la nieve. Sin reparar en qué es lo agarro fuerte y me lo llevo, tal vez me resulte de utilidad, pues hasta donde sé voy totalmente desarmada.
Me levanto intentando correr a todo lo que doy para alejarme. Detrás de mí un par de chicos golpeándose me bloquean la visión de mi perseguidora, uno de ellos le voltea la cara al otro con una vara larga y azulada, la sangre salta de su boca y el rojo intenso destaca sobre la nieve. Saco esa imagen de mi mente y acomodo la mochila en la parte delantera de mi cuerpo y prosigo.
Paso a paso, conforme salgo del radio adyacente a la cornucopia el suelo me brinda más firmeza y estabilidad, incluso me siento más dueña de mí misma, miro en todas direcciones y percibo que nadie me sigue ya, un bosque de altos pinos se extiende hacia el sur y hasta allá intento dirigirme, «He salido del baño con vida», pienso y me permito exhalar un suspiro de alivio. Mientras avanzo examino lo que me ha lanzado la chica: es una de esas estrellitas ninja que vimos en los entrenamientos. ¡Vaya burla! Es imposible lanzarlos con la precisión necesaria con estos guantes.
Un estruendo brutal me hace estremecer cuando desde una de las cimas empieza a desarrollarse una avalancha. Acá abajo estoy acabada. Volteo en todas direcciones tratando de decidir mi siguiente movimiento y reparo en que hay unas caminerías de roca grisácea que conducen a lo que parecen ser unas cuevas en la ladera de la montaña, son de reducido tamaño y, de pronto, la claustrofobia que nunca he sentido se proyecta como un nuevo problema.
Corro, más guiada por el pánico que por la estrategia. No tengo idea de qué voy a hacer, me escuecen los ojos porque estoy por romper a llorar, se supone que los juegos no deben empezar así... No nos han dado tiempo de adaptarnos, encontrarnos o pensar siquiera de qué va esta maldita locura...
Hola, de nuevo...
Pues en tiempo de recogimiento lo mínimo que podía hacer era escribir un capítulo. Espero de corazón que todos estén bien, sobre todo que conserven la calma, yo sé que en este contexto de alerta mundial es realmente difícil, pero la angustia y el estrés disminuyen las defensas y nos hacen más propensos a enfermar.
En la edición anterior el vencedor fue Noah Goldsberry, del D6, quien tendrá que volver a la arena para la edición 75.
¡Gracias por leer!
SS.
