* CAPÍTULO ESPECIAL *
Año 60
Torrance Davenport - 17 años - Distrito 1.
Todavía recuerdo el dolor en los ojos de Gaia, mientras tomaba mi lugar junto a la escolta, luego de sustituir a la chica seleccionada. Los gritos durante nuestra despedida, su acusación, su desesperación y su evidente falta de confianza en mí. ¿Cómo hacerle entender en unos minutos lo que no quiso escuchar durante años?
Mamá y papá no lo aprobaban, mi hermana no lo aprobaba, mi novia no lo aprobaba, pero ¿qué importa si al final es mi vida? Si al final, esto era lo que yo quería. Me sentí preparada y dispuesta, por mil motivos que, aunque explicara una y otra vez, nadie comprendía.
En nuestros distritos profesionales, en especial en el Uno y el Dos, no resulta extraño que cosechen al familiar de un vencedor, se considera honroso y los voluntarios seleccionados tienen la orden de no inmiscuirse si esto llega a pasar. Era mejor que me presentara a que, dentro de algunos años, algún estirado escolta sacara la papeleta de mi Emerald, de mi Emmie, dejándola sin ninguna alternativa.
Mi pequeña sobrinita tiene la edad que yo tenía cuando su madre logró ganar los cuadragésimo octavos juegos. Ella, al igual que yo en su momento, no tiene idea que de juegos esto no tiene nada. Pero, a diferencia de mí, nunca tuvo que vivir con lo justo, con menos de lo necesario. Aunque pronto olvidé las carencias nunca ignoré el sacrificio que hizo Defiance para sacarnos de los barrios bajos. Mi hermana cambió mi vida y yo quiero proteger a la persona más importante para ella. Sé que mi sobrina no será una niñita para siempre, sé que Defiance le enseñará a defenderse incluso si no termina yendo a una arena. Pero si un pequeño sacrificio la puede mantener a salvo, yo daré el paso al frente gustosa.
Además, quiero dejar de ser sólo la hermanita menor de Defiance. Quiero que me conozcan por quien soy. No es tan difícil ¿verdad? Tener un camino propio, una identidad propia... Nadie termina de entenderlo y eso me frustra.
Mi vestido para la entrevista es de corte sirena, con la espalda descubierta y sin mangas. Es de satén verde esmeralda y evoca, sin sutileza alguna, el collar y la tiara con los que engalanaron a mi hermana en su ceremonia de coronación. Tengo el honor de abrir el programa de entrevistas y durante toda mi participación les dedico sonrisas y guiños a Caesar, a la audiencia y a las cámaras. Empeñándome en mostrarme competente y segura, pero sobre todo me dedico a evadir todos los intentos de Caesar de hacer comparaciones entre Defiance y yo. De camino a mi lugar me cruzo con Auriel, que me mira con burla, haciéndome enojar sin ningún esfuerzo. Los del Dos también tienen una sonrisa burlona que me encantaría borrar de sus rostros.
Me aburro con la mayoría de las entrevistas y me pregunto cómo ha sido capaz esta gente de aguantarse tantos años de lo mismo, supongo que pagan dichosos este precio por la "diversión" que viene después. Nuestros mentores nos hacen subir al piso en cuanto termina la transmisión del programa, me enerva que se hayan puesto en este plan cuando los demás mentores son mucho más permisivos con sus tributos, su actitud nos hace quedar por debajo de ellos, como unos mocosos sin voluntad propia, pero, sabiendo que de nuevo no me escucharán, me limito a resignarme, concentrada en la idea de que en los próximos días tendré todas las oportunidades de demostrar quién soy realmente.
Mañana empiezan los juegos y como último regalo mi hermana me ha dado una holotarjeta con fotos y videos de casa, de nuestra familia, de Gaia. Me enseñó, breve y secamente, a utilizar las gafas de inmersión virtual y me dejó sola, segura de que la nostalgia iba a hacer mella en mí. Me da tristeza saber que me conoce tan poco, me da pena que no comprenda por qué escogí estar aquí e, inmersa en las imágenes, siento las tibias lágrimas deslizarse por mis mejillas. Me reprendo internamente, limpio con el dorso de mi mano todo rastro de mi llanto, decidiendo aprovechar de otra manera este cacharro por lo que escojo en el menú una de esas viejas películas de gladiadores que se pusieron de moda el año de la victoria de Brutus, pero me aburre tanto que al final termino por darme un largo baño de burbujas antes de dormir.
Nicholas Graystone - 17 años - Distrito 10.
Siento que este entorno me devora, consumiendo cada pequeño pensamiento entre tantas luces y tanto ruido. Y, recubriéndolo todo, siempre miedo. Miedo de saber que a la vuelta de la esquina podría saltar un muto, que debajo de una mesa puede ocultarse otro tributo. Un miedo que debo esconder a cómo dé lugar, pero que al final domina cada una de mis decisiones.
Sigo recorriendo en solitario este enorme lugar, pegado a la pared, atento al entorno. Pero el cansancio es cada vez mayor, no resisto más. Hace un par de recuentos había encontrado un baño, allí me escondí durante unas horas y pude dormir un poco, pero me hicieron salir de allí enviando un montón de insectos reptantes que se colaron por el sumidero del lavamanos y por el inodoro. Nada más recordarlo me hormiguea todo el cuerpo.
Entro a una nueva sala, cuya música empieza a retumbar en mis oídos y a expandirse por todo mi cuerpo. Las luces, verdes, rojas y azules, parpadean y se mueven y las paredes, con patrones de colores, me causan mareos y náuseas. No quiero ser débil, no quiero ser un cobarde, pero sé que estoy llegando a mi punto de quiebre. Me deslizo lentamente sin separarme de la pared, buscando la siguiente puerta, cuando capto el brillo reflectante de las camisas de un uniforme al fondo de la habitación. Yo, apenas salí con vida del baño de sangre, cubrí las mías con mi propio excremento, ya no huele tan terrible, o quizá me acostumbré al pestazo; pero este tributo va por allí anunciando su presencia tal vez sin saberlo. Es alguien pequeño o está acurrucado, debajo de una barra y detrás de los taburetes.
Retrocedo, intentando que no repare en mí, pero al llegar a la entrada descubro que la puerta está cerrada y la manilla no cede.
Maldita sea, me dejan sin más opción que un enfrentamiento directo. El ritmo de la música y de las luces se acelera hasta que, de pronto, se detiene y es como si la fiesta hubiera terminado. Se apagan las luces estridentes y un solitario fluorescente convencional en el techo ilumina lúgubremente la habitación. La chica en el fondo se levanta y voltea en mi dirección. Un brillante 'uno' reluce en su pechera. Su cabello oscuro está sucio y despeinado, su rostro pálido tiene un cariz enfermizo, y se sujeta el abdomen donde se extiende una mancha sanguinolenta, que me aclara su inacción.
―Bueno, no tienes cara de que vayas a sacarme de esta... ―susurra, con una expresión lastimera mientras se recarga en la esquina entre la barra y la pared.
―¿Qué te pasó? ―me sorprendo preguntándole desde la distancia.
―¡Ja! Supongo que los demás tenían más razón que yo y no debí venir aquí. Supongo que, simplemente ―su voz se quiebra―, la suerte no estuvo de mi parte.
Sus ojos recorren minuciosamente cada rincón del salón, ahora totalmente visibles, y me siento intimidado. Pese a que aparentemente ambos estamos desarmados, no puedo dejar de pensar en que ella es una profesional. No me explico por qué está sola y mi curiosidad me lleva a acercarme un poco más hacia ella.
―No tengo nada para ayudarte ―le explico, respondiendo a su primera afirmación, tratando a su vez de demostrarle que no quiero hacerle daño.
―¿No traes ni un cuchillo? Créeme, si tuviera un arma ya habría acabado con esto.
Doy un respingo ante lo que insinúa y entonces detengo mi marcha hacia ella. Obviamente tenemos cosas muy distintas en mente.
―No... no me refería a eso...
La chica sonríe, tiene unos ojos hermosos y expresivos, además en estos momentos luce más joven y mucho más dulce de lo que demostró antes de estar aquí.
―Bueno, al menos puedes hacerme compañía. ¿Sabes cuántos quedan ya?
Se recuesta suavemente contra la barra, sin dejar de sostener su herida, mucho más tranquila. Yo me acerco un poco más, dando vistazos por si acaso hay algún otro escondido por allí, esperando que me confíe.
―Nueve, o tal vez ocho. La verdad no he podido llevar la cuenta con certeza... Con tanto ruido no me puedo concentrar...
―Mmm... ¿Al menos tienes agua?
Sí, tengo, pero... Qué demonios, está sola y malherida, además hace tanto que no hablo con nadie. Como respuesta saco de uno de mis bolsillos la botella y me acerco más a ella que tiende hacia mí su mano izquierda algo temblorosa.
―No la dejes caer, por favor ―implora―. Tengo demasiada sed.
Tiene razón, no tengo mucha agua para ir desperdiciándola, por eso termino de acercarme para darle el agua en los labios. Cuando retiro la botella para reservarme un poco se mueve bruscamente y veo que en la mano derecha, la que mantenía inmóvil sobre su supuesta herida, tiene una especie de destornillador. Trastabillo cuando intento retroceder para escapar, pero salta hacia mí, me derriba con su peso y empieza a clavar su arma en mi torso, sin demostrar clemencia alguna.
¡Hola, hola, hola!
Dani y Alpha, me alegra mucho que les haya gustado la edición anterior, la victoria de Nylah fue en parte suerte, pero sin duda tuvo peso que fuera tan precavida. En esta ocasión tenemos la segunda de tres arenas consecutivas de "corte turístico", aunque en esta los vigilantes no fueron tan benevolentes con el manejo de los recursos como en la edición anterior.
Este capítulo solo estaba planificado con el POV de Nicholas, pero Torrance fue haciéndose un huequito en mi mente y al final no quise desechar ninguna de las dos perspectivas, presentándole a ambos. Me pareció una bonita forma de rememorar que el 23-08-14 inicié esta aventura (¡hace NUEVE años!). Con Torrance quise entrelazar historias previas, como lo hacía en las ediciones más antiguas, costumbre que fui perdiendo cuando se fue espaciando tanto el tiempo entre un capítulo y el siguiente.
El blog está actualizado hasta esta edición, muchas gracias por pasar y nos leemos pronto,
SS.
